La posibilidad de la utopía

Jaime Carbonell Parra

En los años sesenta la obra de Herbert Marcuse, sobre todo su libro El hombre unidimensional, ejerció una profunda influencia. Se trata en este ensayo de reflexionar acerca de la posible vigencia de los planteamientos de aquella “teoría crítica de la sociedad”. Cuando en este final del siglo la racionalidad tecnológica y la lógica de la dominación se han incrementado.

Treinta años después, muchos de los acontecimientos que inspiraron las tesis de Marcuse han perdido vigencia. La guerra de Vietnam, la rebelión de los estudiantes de mayo del 68 en París pidiendo lo imposible o rehusando la escisión entre la ciencia y la ideología, la Guerra Fría, el predominio de una burocracia marxista en la U.R.S.S., la prédica de las tesis de Mao, las controversias entre marxistas puros y revisionistas, las marchas obreras reclamando sus derechos en nombre del proletariado, la represión sexual de los jóvenes en el capitalismo propuesta por Whilhelm Reich y la amenaza de una catástrofe nuclear.

Sin embargo, el objetivo principal hacia el cual estaba formulada esta teoría crítica de la sociedad ha aumentado sus características irracionales. El sistema capitalista se ha fortalecido, el capitalismo americano es el único modelo posible, la destrucción de la naturaleza no puede contenerse, el consumismo es la máxima realización de millones de seres, la seudocultura divulgada por los mass media y el predominio de la tecnología en todas las esferas de la existencia. Por lo que nuestro mundo finisecular se ha vuelto cada vez más totalitario, más irracional, más unidimensional. Negando toda posibilidad de superación más allá del contexto tecnológico, invadido por la publicidad o de perspectivas diferentes a las de la democracia capitalista. Considérese entonces esta descripción de Marcuse incrementada con las dimensiones de nuestra actual aldea global más altamente desarrollada:

“En esta totalidad apenas es posible ya la distinción conceptual entre los negocios y la política, el beneficio y el prestigio, las necesidades y la publicidad. Se exporta un “modo de vida” o éste se exporta a sí mismo en la dinámica de la totalidad. Con el capital, los ordenadores y el saber-vivir, llegan los restantes “valores”: relaciones libidinosas con la mercancía, con los artefactos motorizados agresivos, con la estética falsa del supermercado”.(1)

La justificación de la crítica

La meditación de Marcuse sobre la sociedad industrial altamente desarrollada no es un ejercicio arbitrario. En su caso hunde sus raíces en el trabajo teórico de investigación social de la “Escuela de Frankfurt”. Donde la labor crítica fue estimulada por la tradición hegeliano-marxista gracias a la influencia de la obra de Lukács. Pero interesa más situar en el horizonte de toda la tradición filosófica este ejercicio crítico. Porque la filosofía ha sido, ante todo, crítica. Crítica de unas determinadas condiciones sociales o de una ideología. Platón criticó la democracia ateniense. Aristóteles en su Política calificó modelos y valoró constituciones. De allí que Marcuse crea encontrar en Hegel, quien es la culminación de la filosofía en el siglo XIX, el modelo dinámico para construir su crítica a la sociedad avanzada. En Razón y revolución señala el valor de la dialéctica hegeliana y muestra las condiciones de enajenación del hombre y del mundo. De qué modo la filosofía busca reconciliarse en lo real. Y es precisamente esta formulación del pensamiento negativo lo que otorga aún validez a la meditación de Marcuse. Porque esta dialéctica negativa se encarga de correr el velo del otro lado de las cosas, lo que falta en ellas. La filosofía, siempre como mala conciencia, nos vuelve a decir que este mundo tecnológico ahoga otras posibilidades del hombre. Por ello el comentario de Marcuse al texto de la Fenomenología cobra actualidad cuando indica que:

“La filosofía de Hegel es, en verdad, como la denominó la reacción posterior, una filosofía negativa. Está motivada originalmente por la convicción de que los hechos dados que aparecen al sentido común como índice positivo de verdad son en realidad la negación de la verdad, de modo que ésta sólo puede establecerse por medio de su destrucción. La fuerza que impulsa el método dialéctico radica en esta convicción crítica. La dialéctica que encierra está relacionada con la concepción de que todas las formas de ser están penetradas por una negatividad esencial, y que esta negatividad determina su contenido y su movimiento” (2).

Lo que significa que la filosofía como pensamiento negativo nos ha abierto los ojos para proclamar: este no es el mejor de los mundos posibles.

Esta primera obra de Marcuse, Razón y revolución, publicada en 1941 es mucho más que una revalorización de Hegel o una búsqueda de las raíces hegelianas de Marx. Es el núcleo dinamizador de toda su obra posterior. Lo que nos interesa subrayar sobre todo es la preocupación que manifiesta Marcuse desde el inicio por relacionar el idealismo alemán con la reorganización social producto de la Revolución francesa. Con ello no sólo aterriza las especulaciones del idealismo alemán, sino que pone de presente conceptos tan valiosos como los de libertad y orden racional del mundo. Quizás tiene en cuenta la transición producida en el mismo sistema hegeliano: sus ideas filosóficas realizadas históricamente en el Estado. Sin embargo, la exposición del sistema hegeliano no es neutral. Marcuse advierte la contradicción o traición de Hegel a la razón dialéctica. Cuando en la síntesis final glorifica al Estado representado en la monarquía prusiana. Además, la Historia identificada con la Razón ha podido llevar a la justificación de los crímenes o sucesos nefastos de la Historia. De allí que sea preciso criticar a la Razón desde la misma Razón. Esto es un desarrollo paralelo de la filosofía negativa para señalar que la verdad todavía está por descubrir, que es utópica en la sociedad burguesa. Más aún cuando el fascismo y el nazismo expresan la sinrazón de la sociedad. O entra en declive el poder del pensamiento negativo con el triunfo del positivismo -la filosofía posterior a Hegel- y el progreso de la civilización industrial.

El planteamiento de estas características de la sociedad industrial llevan a Marcuse a formular los conceptos que más tarde evolucionarán en el análisis de la sociedad tecnológica: las categorías económicas del marxismo, la tendencia hacia el totalitarismo, el incremento de la productividad del trabajo, la movilización total, la represión y consolidación del capitalismo en el sistema soviético, el conformismo de los individuos sometidos y la imposibilidad de la utopía. Tal como comenta J.M. Castellet:

“El discurso de Marcuse en Razón y revolución habrá sido una tentativa -lograda- por pensar y plantear de nuevo, a partir de Hegel, el poder del pensamiento negativo en la situación histórica de hoy, en la que la ciencia, la filosofía positiva y el llamado sentido común, cada cual agotándose a cada momento en lo mero inmediato, habían conseguido presentarse como integrantes del único pensamiento “realista”, el que confirmaba al mundo en su estado presente y en su pretensión de proponerse como definitivo” (3).



Marcuse también alertó acerca del peligro que significa en la sociedad unidimensional la derrota de toda lógica de protesta. Derrota que clausura las posibilidades del pensamiento negativo. Y si en los años sesenta el antagonismo entre la realidad y la razón se advertía en la brutalidad de la represión o en el predominio del modelo capitalista norteamericano, en este final del siglo, en esta sociedad de la información, la filosofía como pensamiento negativo no puede manifestarse, acallada por: la formación del complejo hombre máquina, la universalización de la tecnología y la duplicación de la realidad en su espejo de realidad virtual. Quizás el pensamiento negativo sirva para señalar las tensiones que ocasiona la subordinación unilateral a la tecnología o los efectos que sobre las costumbres tengan las tecnologías de la información. Pero el papel de cenicienta que el desarrollo lineal del progreso científico le asigna a la filosofía obliga a que las expresiones del pensamiento negativo sean apenas un susurro.

La meditación de Marcuse, formulada cuando apenas se daban los primeros pasos de aplicación de la cibernética, se reaviva hoy en los tiempos de la glorificación del software de la multinacional electrónica de Bill Gates:

“El cerrado universo operacional de la civilización industrial avanzada, con su aterradora armonía entre la libertad y la opresión, la productividad y la destrucción, el crecimiento y la regresión es prefigurado en esta idea de la razón como un proyecto histórico específico...El pensamiento científico ha tenido que romper esta unión entre el juicio mejor que los valores filosóficos no guiaban la organización de la sociedad” (4).

Desde luego que no pueden desconocerse algunas bondades de la técnica. Su utilidad en la medicina, la comodidad o el avance del conocimiento. Pero su relación ambigüa con el hombre también es manifiesta. Marx y Heidegger ya habían señalado sus posibilidades de dominación por parte de una burocracia tecnócrata y la devastación de la tierra. Marcuse en su teoría crítica va más allá del ontologismo heideggeriano para cuestionar el imperio de las clases dominantes en la sociedad industrial avanzada que han convertido a la tecnología en el instrumento de la reificación. Así el mundo se ha convertido en la maquinaria de su administración tecnocrática. Con esta tesis Marcuse inspira al movimiento ecológico contemporáneo, pero sin rebajarse a una nostálgica regresión roussoniana. Más bien destaca de modo acusador los lazos sociales de la tecnología. Es evidente la aproximación de Marcuse a las recientes valoraciones de impactos de la tecnología, que apartándose de las tradicionales legitimaciones del imperativo tecnológico desde las burocracias se preocupan -a partir de los efectos negativos- de las relaciones entre la sociedad y la técnica. Tal como lo plantea Steven L. Goldman después de analizar los casos del programa espacial norteamericano y del predominio de los computadores personales IBM:

“En cada uno de estos casos, el producto final de “alta tecnología” refleja decisiones y compromisos de origen político que están lejos de ser una aplicación del mejor conocimiento técnico disponible”(5).

Cuestionando al Estado de Bienestar

La creciente productividad de la sociedad industrial avanzada ha llenado al hombre de necesidades artificiales. El trabajador se une a la máquina de producción para satisfacerlas. Y por trabajador entiende aquí Marcuse al oficinista, al intelectual y al obrero. Estas necesidades artificiales constantemente están siendo renovadas en una espiral geométrica. Con ello se engancha vitalmente al trabajador. ¿Cómo protestar, entonces, contra el opulento capitalismo que nos concede la nevera, el televisor, el video o la lavadora? Gratificado por las capacidades opresivas del Estado de Bienestar el individuo administrado del capitalismo no advierte su ausencia de libertad. Como señala Marcuse:

“En tanto que este sistema prevalece, reduce el valor de uso de la libertad; no hay razón para insistir en la autodeterminación, si la vida administrada es la vida más cómoda e incluso la “buena vida” (6).

Aquellas necesidades profundas del hombre que vayan más allá del consumo no interesan en este universo orwelliano. La sociedad altamente tecnificada convierte lo superfluo en necesidad. Para llegar a la completa unidimensionalidad del individuo,

“donde aquella parte de su racionalidad inmanente, queda pulverizada en el proceso de asimilación de los controles sociales, y esta unidimensionalidad del individuo es al mismo tiempo una asimilación de las clases, porque ni siquiera los poderosos escapan al sistema”(7).

Nos identificamos en la audiencia de las cadenas radiales o nos perdemos como navegantes anónimos en la nebulosa de internet.

Imposible pensar ya, según Marcuse, en la fuerza liberadora del proletariado de acuerdo a la teoría marxista. Además la mecanización del trabajo ha reducido la intensidad del trabajo agotador. Se ha modificado la explotación y actitud de los explotados. La mecanógrafa, el vendedor, el empleado de banco o el periodista están uniformados en su empleo productivo y rutinario.

“El trabajador organizado en las zonas avanzadas de la sociedad tecnológica vive esta negación -la proletaria- menos directamente y, como los demás objetos humanos de la división social del trabajo, está siendo incorporado a la comunidad tecnológica de la población administrada” (8).

Es evidente que esta descripción de tendencias de la sociedad avanzada perdura incrementada en nuestra sociedad finisecular. Universalizada en países atrasados como el nuestro por el influjo mimético de los medios de comunicación. Marcuse pensó en la dificultad de sobrepasar este estado de evolución del capitalismo. Porque en el bienestar parece cumplirse la utopía de la satisfacción de los deseos. Pero la teoría crítica revela a este Estado de Bienestar como represivo. Represión ejercida tanto en el capitalismo como en los totalitarismos socialistas que se derrumbaron junto al muro de Berlín. Denuncia formulada por el profesor germano-americano desde la década de los cincuenta en su libro El Marxismo Soviético. Además, en el fondo de la represión está el racionalismo instrumental dominando a la naturaleza y a los hombres. Así sea socialismo o capitalismo, lo que persigue Marcuse es la abolición de las necesidades sin que se caiga en dependencias más profundas. Tal como anota P. Deramaix:

“Marcuse es consciente que la producción de bienes, la lógica económica, la tecnificación del mundo engendran un servilismo del hombre. Tal servidumbre equivale a una sumisión al imperativo de la Razón, una dominación ejercida por las cosas” (9).

La movilización de la tercera ola

En El hombre unidimensional Marcuse señaló, hace treinta años, las tendencias principales de una sociedad transformada por los inicios de la tecnología avanzada. Una civilización donde el creciente nivel de vida vuelve inútil el descontento con el sistema. Donde las nuevas formas de control adoctrinan a los individuos en un behaviorismo práctico. Apoyado en estas bases la nueva sociedad se moviliza como un ejército para eliminar sus contradictores. Hasta la alta cultura ha sucumbido a este proceso de desublimación represiva convertida en seudocultura, en vulgarización y en intermedio muerto de los programas comerciales. Al mismo tiempo, por obra de los mass media, el lenguaje se ha vuelto también unidimensional: un lenguaje operacionalista que coincide con las funciones de las cosas, expresado en tautologías, contracciones, clichés y abreviaturas. Además, es un mundo de tecnócratas envanecidos por su dependencia de los métodos y conceptos de la ciencia moderna que han promovido la doble dominación del hombre y de la naturaleza. La conclusión del empirismo total tiene que alcanzar, por lo tanto, a la filosofía: es el neopositivismo o la filosofía analítica equivalente, según Marcuse a “la función terapéutica del análisis filosófico: la corrección de la conducta anormal en el pensamiento y el lenguaje, la eliminación de oscuridades, ilusiones, rarezas, o al menos su denuncia” (10).

En la medida en que se ha acelerado el desarrollo de la tecnología, muchas de las tendencias de la sociedad unidimensional también han evolucionado. Sobre todo ahora que se acentúa la ubicación humana en el futuro. En un tiempo y en un espacio apremiantes denominados por el futurólogo norteamericano Alvin Toffler “la tercera ola”. Donde envueltos en la velocidad del cambio la producción se desmasifica, el conocimiento desplaza al capital, predominan las familias no nucleares y se ambiciona vivir en hogares electrónicos. La colisión con el pasado industrial y el choque de civilizaciones se producen en medio de un ritmo frenético y una competencia desalmada. Nos dirigimos a velocidades supersónicas hacia la civilización del siglo XXI para vivir en una democracia donde: “El principio primero y herético del gobierno de la tercera ola es el del poder de la minoría” (11). Es el gobierno de una élite temporal de tecnócratas elegidos por el correo electrónico.

La actualidad de las tesis de Marcuse es evidente frente a esta nueva civilización. Porque su teoría crítica, más allá de los análisis en categorías económicas, se dirige a la totalidad de la persona. A esa falta de realización completa, sobre todo desde los países de la periferia, que contemplan el derroche, la explotación y la subordinación de millones de individuos a la planificación tecnológica dentro del esquema de un capitalismo salvaje.

La dimensión utópica

La propuesta del utopismo resulta de los ideales humanistas del Renacimiento. La imaginación exaltada por el descubrimiento de América y la revalorización de la cultura griega producen un florecimiento de las utopías. La primera, la que formó la palabra de un sustantivo y una partícula griegos, la que inauguró el género, y la más célebre es la de Tomás Moro publicada en 1516: De optimo rei publicae statu, deque nova insula Utopia. Su descripción de un Estado ideal donde reinan la tolerancia religiosa y la felicidad social pretendía criticar las luchas religiosas y el gobierno de la Inglaterra de entonces. Este tono crítico que busca señalar la irracionalidad de la realidad sociopolítica continúa presente en todas las construcciones utópicas contemporáneas. Así fue como Marx calificó de “utópicas” las luchas del proletariado contra los capitalistas hasta tanto no se organizaran o el capitalismo se desarrollara más. Además, habría que remontarse hasta el Estado ideal de Platón en la República para hallar las fuentes históricas del utopismo. Por eso debe pensarse más bien en el utopismo como un anhelo esencial al hombre que lo impulsa a no encontrarse satisfecho con el mundo que le ofrecen. Como ocurre en la tesis hegeliana del pensamiento negativo:

“en la actitud utópica, el hombre niega la realidad, porque esta no coincide con sus ideas, e intenta cambiarla haciéndola coincidir con ellas. En esta empresa puede tener éxito o fracasar” (12).

Proponer la emancipación definitiva en la sociedad unidimensional fue la tarea inconclusa de la teoría crítica. Porque la utopía es un lugar inexistente. Pero sobre todo porque las condiciones de dominación envuelven a todos los individuos en su uniformidad. De allí que la salida en la obra de Marcuse fue seguir los pasos redentores en busca de los desplazados, el lumpen de la sociedad y los estudiantes contestatarios. En los marginados, en los desesperanzados, podría estar la esperanza. Así lo había proclamado antes, en el fascismo, Walter Benjamin. Además, esta posibilidad de liberación, coincide con la propuesta filosófica del pensamiento negativo que recorre toda la teoría crítica. Porque los desplazados son la negación, los que han ofrendado su vida por la negativa. Aunque sean los intelectuales quienes asuman la conciencia crítica o tomen conciencia de la necesidad de un cambio, su papel es poco representativo en esta sociedad tecnológica.

No obstante, en su última obra, An Essay on Liberation, Marcuse amplía la salida del círculo vicioso. Es allí cuando advierte toma de conciencia en individuos del tercer mundo y en las minorías de la sociedad norteamericana. Reunidas todas estas fuerzas podrían sembrar la semilla del cambio y liberar las posibilidades de expansión del hombre. Pero esta tarea de solidaridad es a largo plazo porque la revolución no tiene aún fecha en el calendario.

Es evidente que los condicionamientos políticos y los experimentos económicos han variado en los últimos treinta años. El movimiento estudiantil de los años sesenta -inspirado y justificado por Marcuse- ya no tiene lugar en unas universidades preocupadas exclusivamente por la profesionalización tecnológica. Además, la represión ha modificado sus objetivos. De la persecución a los líderes marxistas que pretendían la mejora de la sociedad. Se ha pasado ahora a la lucha contra los mercaderes de la droga en la curiosa contradicción de la sociedad norteamericana. De la revuelta violenta y expiatoria de estudiantes y obreros que se enfrentaban a gases lacrimógenos en las calles, se ha pasado a una negociación diplomática en las oficinas de fábricas y universidades. Y aquellos desesperanzados, los de la gran negativa, sueñan desde sus condiciones deprimentes con las quimeras que la sociedad opulenta exhibe en vitrinas y pantallas.

Sigue siendo pues aún más difícil hoy saltar aquel abismo entre el presente y el futuro. No obstante, es preciso reconocer, dentro de la fragmentación de nuestra gigantesca sociedad de consumo, una toma de conciencia minoritaria. Escritos en cierta prensa crítica, movimientos de opinión contra el racismo, denunciando las masacres o la represión. Además, la creciente dimensión de las realizaciones culturales -arte, literatura, música-, más allá de la seudocultura del consumo validan la dimensión estética esbozada por Marcuse en su último libro. Quizás nos aproximamos a una realidad donde la ciencia se ha transformado en arte y el arte deviene en forma de toda la realidad, como lo propone la neohermenéutica.

NOTAS

(1) MARCUSE, Herbert. El hombre unidimensional. Seix Barral, Barcelona, 1969, p. 8.
(2) MARCUSE, H. Razón y revolución. Hegel y el surgimiento de la teoría social. Altaya, Barcelona, 1994, p. 32.
(3) CASTELLET, J.M. Lectura de Marcuse. Seix Barral, Barcelona, 1969, p. 53.
(4) MARCUSE, H. Ibid. pp. 152, 154.
(5) GOLDMAN, Steven L. Ninguna innovación sin representación: la actividad tecnológica en una sociedad democrática. En SANMARTIN, J. et. alii. Estudios sobre sociedad y tecnología. Anthropos, Barcelona, 1992, p. 277.
(6) MARCUSE, H. Ibid. p. 80.
(7) ESCOHOTADO, Antonio. Marcuse: Utopía y razón. Alianza, Madrid, 1969, pp. 93-94.
(8) MARCUSE, H. Ibid. p. 56.
(9) DERAMAIX, Patrice. Marcuse aujourd’hui en Dialectiques: Site consacré à l’Ecole de Francfort et à la théorie critique. http: //www.chez.com/patder/nouveau.htm. Este ensayo, publicado paradójicamente en la “web”, es una actualización de un artículo publicado inicialmente en la revista Alternative Libertaire en abril de 1988. Su contenido coincide en líneas generales con nuestro ensayo. Pues Deramaix quiere señalar la urgencia de volver al pensamiento de Marcuse ahora “en medio de un perturbado horizonte geopolítico” donde la hegemonía del neoliberalismo niega espacios para la libertad del hombre. Un retorno que justifica, no por nostalgias de las vivencias de los años sesenta, sino porque los asuntos cruciales del final del siglo, permanecen idénticos a los cuestionados por Marcuse. Además, en este texto se advierte la preocupación por retornar a las fuentes de la teoría crítica en Heidegger, Marx y Freud. Como para señalar la presencia constante de la tradición filosófica frente al progreso lineal de las ciencias aplicadas. Por eso se destaca la aproximación metafísica de Marcuse a la Fenomenología del Espíritu de Hegel que le permitirá concebir al ser humano en su dimensión histórica. El aporte de Freud permite comprender el proceso de desintegración sociológico de las fuerzas progresistas: la civilización reprime las pulsiones instintivas oponiendo al principio de placer el principio de realidad sobrecargado con el principio de rendimiento del capitalismo. La interiorización de estos principios le exige al individuo un orden social autoritario. En cuanto a Marx, se destaca el marxismo crítico de Marcuse inspirado en los Manuscritos de 1844, la visión de la técnica como instrumento de dominación en manos de las clases dominantes o el paso del reino de la necesidad al de la libertad. Esta mezcla “contradictoria y paradójica” que realiza Marcuse de las tesis de una fenomenología heideggeriana y Marx da lugar a una toma de partido interesante por Marcuse frente a las inclinaciones nazis de Heidegger. Es decir, que el teoricismo de Heidegger, tan adulado, es un enmascaramiento de sus peores militancias políticas. Tal como lo dice P. Deramaix: “El caso de Heidegger, adulado por la inteligencia francesa a pesar de su nazismo consciente y activo, replantea la cuestión central de las relaciones entre la filosofía y la política. Pues, al mismo tiempo que meditaba sobre “la esencia de la libertad humana”, Heidegger adhiere al partido nazi y concretisa en los hechos la proximidad de una metafísica avinagrada con las formas más brutales del exterminio del hombre por el hombre”.
(10) MARCUSE, H. Ibid. p. 197.
(11) TOFFLER, Alvin y Heidi. La creación de una nueva civilización: La política de la tercera ola. Plaza & Janes, Barcelona, 1996, p. 119. En esta obra la futurología de los esposos Toffler quiere explicar la crisis de valores morales de los Estados Unidos con el advenimiento de la sociedad tecnológica del final del siglo y del siglo XXI. Su teoría es una explicación altamente civilizada frente a los temores del milenio. De hecho, este complemento de su célebre obra El schock del futuro, quiere ser un consuelo de los dolores de parto de la nueva civilización supertecnológica. Una civilización que “trae consigo nuevos tipos de familia; formas distintas de trabajar, amar y vivir; una nueva economía; nuevos conflictos políticos, y, más allá de todo esto, una conciencia asimismo diferente” (p. 21). Para empezar a comprender las caracterísitcas de la tercera ola y despojarse de temores, la visión futurista de los Toffler formula el decálago de este cercano reino de ciencia ficción: 1. inagotabilidad del conocimiento; 2. el capital se halla ahora basado sobre valores intangibles; 3. desmasificación simultánea de la producción, la distribución y la comunicación gracias a la robotización o los sistemas de información; 4. creciente especialización del trabajo y aumento de los trabajadores indirectos o administrativos; 5. innovación continua del mercado impulsada por la competencia; 6. miniaturización creciente de la escala de operaciones; 7. flexibilización o reingeniería de las nuevas organizaciones burocráticas en las empresas; 8. la complejidad creciente de la economía exige integraciones y gestiones cada vez más complicadas; 9. la infraestructura electrónica como necesidad vital de la economía de la tercera ola; 10. alta aceleración del ritmo de operaciones y transacciones. El resultado de todo esto es una sociedad global concebida como un hipermercado donde todos los individuos no tenemos alternativa diferente a la de compradores o vendedores. Una sociedad de cleintes y abastecedores girando a velocidades de envíos instantáneos, donde “el dinero se mueve a la velocidad de la luz. La información tiene que ir más de prisa” (p. 58).
(12) CRUZ VELEZ, Danilo. Las dos caras del utopismo en Correo de los Andes, Universidad de Los Andes, Bogotá, mayo-junio, 1981, No. 9, p. 32.

 

Derechos Reservados Revista de Ciencias Humanas - UTP
Copyright © Pereira -Colombia - 2000
Ultima Modificación, Mayo de 2000.
Webmaster :
Ingrid Galeano Ruiz
Diseño:
César Augusto González