La posibilidad de la utopía Jaime Carbonell Parra
Treinta años después, muchos de los acontecimientos que inspiraron las tesis de Marcuse han perdido vigencia. La guerra de Vietnam, la rebelión de los estudiantes de mayo del 68 en París pidiendo lo imposible o rehusando la escisión entre la ciencia y la ideología, la Guerra Fría, el predominio de una burocracia marxista en la U.R.S.S., la prédica de las tesis de Mao, las controversias entre marxistas puros y revisionistas, las marchas obreras reclamando sus derechos en nombre del proletariado, la represión sexual de los jóvenes en el capitalismo propuesta por Whilhelm Reich y la amenaza de una catástrofe nuclear. Sin embargo, el objetivo principal hacia el cual estaba formulada esta teoría crítica de la sociedad ha aumentado sus características irracionales. El sistema capitalista se ha fortalecido, el capitalismo americano es el único modelo posible, la destrucción de la naturaleza no puede contenerse, el consumismo es la máxima realización de millones de seres, la seudocultura divulgada por los mass media y el predominio de la tecnología en todas las esferas de la existencia. Por lo que nuestro mundo finisecular se ha vuelto cada vez más totalitario, más irracional, más unidimensional. Negando toda posibilidad de superación más allá del contexto tecnológico, invadido por la publicidad o de perspectivas diferentes a las de la democracia capitalista. Considérese entonces esta descripción de Marcuse incrementada con las dimensiones de nuestra actual aldea global más altamente desarrollada:
La justificación de la crítica La meditación de Marcuse sobre la sociedad industrial altamente desarrollada no es un ejercicio arbitrario. En su caso hunde sus raíces en el trabajo teórico de investigación social de la Escuela de Frankfurt. Donde la labor crítica fue estimulada por la tradición hegeliano-marxista gracias a la influencia de la obra de Lukács. Pero interesa más situar en el horizonte de toda la tradición filosófica este ejercicio crítico. Porque la filosofía ha sido, ante todo, crítica. Crítica de unas determinadas condiciones sociales o de una ideología. Platón criticó la democracia ateniense. Aristóteles en su Política calificó modelos y valoró constituciones. De allí que Marcuse crea encontrar en Hegel, quien es la culminación de la filosofía en el siglo XIX, el modelo dinámico para construir su crítica a la sociedad avanzada. En Razón y revolución señala el valor de la dialéctica hegeliana y muestra las condiciones de enajenación del hombre y del mundo. De qué modo la filosofía busca reconciliarse en lo real. Y es precisamente esta formulación del pensamiento negativo lo que otorga aún validez a la meditación de Marcuse. Porque esta dialéctica negativa se encarga de correr el velo del otro lado de las cosas, lo que falta en ellas. La filosofía, siempre como mala conciencia, nos vuelve a decir que este mundo tecnológico ahoga otras posibilidades del hombre. Por ello el comentario de Marcuse al texto de la Fenomenología cobra actualidad cuando indica que:
Lo que significa que la filosofía como pensamiento negativo nos ha abierto los ojos para proclamar: este no es el mejor de los mundos posibles. Esta primera obra de Marcuse, Razón y revolución, publicada en 1941 es mucho más que una revalorización de Hegel o una búsqueda de las raíces hegelianas de Marx. Es el núcleo dinamizador de toda su obra posterior. Lo que nos interesa subrayar sobre todo es la preocupación que manifiesta Marcuse desde el inicio por relacionar el idealismo alemán con la reorganización social producto de la Revolución francesa. Con ello no sólo aterriza las especulaciones del idealismo alemán, sino que pone de presente conceptos tan valiosos como los de libertad y orden racional del mundo. Quizás tiene en cuenta la transición producida en el mismo sistema hegeliano: sus ideas filosóficas realizadas históricamente en el Estado. Sin embargo, la exposición del sistema hegeliano no es neutral. Marcuse advierte la contradicción o traición de Hegel a la razón dialéctica. Cuando en la síntesis final glorifica al Estado representado en la monarquía prusiana. Además, la Historia identificada con la Razón ha podido llevar a la justificación de los crímenes o sucesos nefastos de la Historia. De allí que sea preciso criticar a la Razón desde la misma Razón. Esto es un desarrollo paralelo de la filosofía negativa para señalar que la verdad todavía está por descubrir, que es utópica en la sociedad burguesa. Más aún cuando el fascismo y el nazismo expresan la sinrazón de la sociedad. O entra en declive el poder del pensamiento negativo con el triunfo del positivismo -la filosofía posterior a Hegel- y el progreso de la civilización industrial. El planteamiento de estas características de la sociedad industrial llevan a Marcuse a formular los conceptos que más tarde evolucionarán en el análisis de la sociedad tecnológica: las categorías económicas del marxismo, la tendencia hacia el totalitarismo, el incremento de la productividad del trabajo, la movilización total, la represión y consolidación del capitalismo en el sistema soviético, el conformismo de los individuos sometidos y la imposibilidad de la utopía. Tal como comenta J.M. Castellet:
La meditación de Marcuse, formulada cuando apenas se daban los primeros pasos de aplicación de la cibernética, se reaviva hoy en los tiempos de la glorificación del software de la multinacional electrónica de Bill Gates:
Desde luego que no pueden desconocerse algunas bondades de la técnica. Su utilidad en la medicina, la comodidad o el avance del conocimiento. Pero su relación ambigüa con el hombre también es manifiesta. Marx y Heidegger ya habían señalado sus posibilidades de dominación por parte de una burocracia tecnócrata y la devastación de la tierra. Marcuse en su teoría crítica va más allá del ontologismo heideggeriano para cuestionar el imperio de las clases dominantes en la sociedad industrial avanzada que han convertido a la tecnología en el instrumento de la reificación. Así el mundo se ha convertido en la maquinaria de su administración tecnocrática. Con esta tesis Marcuse inspira al movimiento ecológico contemporáneo, pero sin rebajarse a una nostálgica regresión roussoniana. Más bien destaca de modo acusador los lazos sociales de la tecnología. Es evidente la aproximación de Marcuse a las recientes valoraciones de impactos de la tecnología, que apartándose de las tradicionales legitimaciones del imperativo tecnológico desde las burocracias se preocupan -a partir de los efectos negativos- de las relaciones entre la sociedad y la técnica. Tal como lo plantea Steven L. Goldman después de analizar los casos del programa espacial norteamericano y del predominio de los computadores personales IBM:
Cuestionando al Estado de Bienestar La creciente productividad de la sociedad industrial avanzada ha llenado al hombre de necesidades artificiales. El trabajador se une a la máquina de producción para satisfacerlas. Y por trabajador entiende aquí Marcuse al oficinista, al intelectual y al obrero. Estas necesidades artificiales constantemente están siendo renovadas en una espiral geométrica. Con ello se engancha vitalmente al trabajador. ¿Cómo protestar, entonces, contra el opulento capitalismo que nos concede la nevera, el televisor, el video o la lavadora? Gratificado por las capacidades opresivas del Estado de Bienestar el individuo administrado del capitalismo no advierte su ausencia de libertad. Como señala Marcuse:
Aquellas necesidades profundas del hombre que vayan más allá del consumo no interesan en este universo orwelliano. La sociedad altamente tecnificada convierte lo superfluo en necesidad. Para llegar a la completa unidimensionalidad del individuo,
Nos identificamos en la audiencia de las cadenas radiales o nos perdemos como navegantes anónimos en la nebulosa de internet. Imposible pensar ya, según Marcuse, en la fuerza liberadora del proletariado de acuerdo a la teoría marxista. Además la mecanización del trabajo ha reducido la intensidad del trabajo agotador. Se ha modificado la explotación y actitud de los explotados. La mecanógrafa, el vendedor, el empleado de banco o el periodista están uniformados en su empleo productivo y rutinario.
Es evidente que esta descripción de tendencias de la sociedad avanzada perdura incrementada en nuestra sociedad finisecular. Universalizada en países atrasados como el nuestro por el influjo mimético de los medios de comunicación. Marcuse pensó en la dificultad de sobrepasar este estado de evolución del capitalismo. Porque en el bienestar parece cumplirse la utopía de la satisfacción de los deseos. Pero la teoría crítica revela a este Estado de Bienestar como represivo. Represión ejercida tanto en el capitalismo como en los totalitarismos socialistas que se derrumbaron junto al muro de Berlín. Denuncia formulada por el profesor germano-americano desde la década de los cincuenta en su libro El Marxismo Soviético. Además, en el fondo de la represión está el racionalismo instrumental dominando a la naturaleza y a los hombres. Así sea socialismo o capitalismo, lo que persigue Marcuse es la abolición de las necesidades sin que se caiga en dependencias más profundas. Tal como anota P. Deramaix:
La movilización de la tercera ola En El hombre unidimensional Marcuse señaló, hace treinta años, las tendencias principales de una sociedad transformada por los inicios de la tecnología avanzada. Una civilización donde el creciente nivel de vida vuelve inútil el descontento con el sistema. Donde las nuevas formas de control adoctrinan a los individuos en un behaviorismo práctico. Apoyado en estas bases la nueva sociedad se moviliza como un ejército para eliminar sus contradictores. Hasta la alta cultura ha sucumbido a este proceso de desublimación represiva convertida en seudocultura, en vulgarización y en intermedio muerto de los programas comerciales. Al mismo tiempo, por obra de los mass media, el lenguaje se ha vuelto también unidimensional: un lenguaje operacionalista que coincide con las funciones de las cosas, expresado en tautologías, contracciones, clichés y abreviaturas. Además, es un mundo de tecnócratas envanecidos por su dependencia de los métodos y conceptos de la ciencia moderna que han promovido la doble dominación del hombre y de la naturaleza. La conclusión del empirismo total tiene que alcanzar, por lo tanto, a la filosofía: es el neopositivismo o la filosofía analítica equivalente, según Marcuse a la función terapéutica del análisis filosófico: la corrección de la conducta anormal en el pensamiento y el lenguaje, la eliminación de oscuridades, ilusiones, rarezas, o al menos su denuncia (10). En la medida en que se ha acelerado el desarrollo de la tecnología, muchas de las tendencias de la sociedad unidimensional también han evolucionado. Sobre todo ahora que se acentúa la ubicación humana en el futuro. En un tiempo y en un espacio apremiantes denominados por el futurólogo norteamericano Alvin Toffler la tercera ola. Donde envueltos en la velocidad del cambio la producción se desmasifica, el conocimiento desplaza al capital, predominan las familias no nucleares y se ambiciona vivir en hogares electrónicos. La colisión con el pasado industrial y el choque de civilizaciones se producen en medio de un ritmo frenético y una competencia desalmada. Nos dirigimos a velocidades supersónicas hacia la civilización del siglo XXI para vivir en una democracia donde: El principio primero y herético del gobierno de la tercera ola es el del poder de la minoría (11). Es el gobierno de una élite temporal de tecnócratas elegidos por el correo electrónico. La actualidad de las tesis de Marcuse es evidente frente a esta nueva civilización. Porque su teoría crítica, más allá de los análisis en categorías económicas, se dirige a la totalidad de la persona. A esa falta de realización completa, sobre todo desde los países de la periferia, que contemplan el derroche, la explotación y la subordinación de millones de individuos a la planificación tecnológica dentro del esquema de un capitalismo salvaje. La dimensión utópica La propuesta del utopismo resulta de los ideales humanistas del Renacimiento. La imaginación exaltada por el descubrimiento de América y la revalorización de la cultura griega producen un florecimiento de las utopías. La primera, la que formó la palabra de un sustantivo y una partícula griegos, la que inauguró el género, y la más célebre es la de Tomás Moro publicada en 1516: De optimo rei publicae statu, deque nova insula Utopia. Su descripción de un Estado ideal donde reinan la tolerancia religiosa y la felicidad social pretendía criticar las luchas religiosas y el gobierno de la Inglaterra de entonces. Este tono crítico que busca señalar la irracionalidad de la realidad sociopolítica continúa presente en todas las construcciones utópicas contemporáneas. Así fue como Marx calificó de utópicas las luchas del proletariado contra los capitalistas hasta tanto no se organizaran o el capitalismo se desarrollara más. Además, habría que remontarse hasta el Estado ideal de Platón en la República para hallar las fuentes históricas del utopismo. Por eso debe pensarse más bien en el utopismo como un anhelo esencial al hombre que lo impulsa a no encontrarse satisfecho con el mundo que le ofrecen. Como ocurre en la tesis hegeliana del pensamiento negativo:
Proponer la emancipación definitiva en la sociedad unidimensional fue la tarea inconclusa de la teoría crítica. Porque la utopía es un lugar inexistente. Pero sobre todo porque las condiciones de dominación envuelven a todos los individuos en su uniformidad. De allí que la salida en la obra de Marcuse fue seguir los pasos redentores en busca de los desplazados, el lumpen de la sociedad y los estudiantes contestatarios. En los marginados, en los desesperanzados, podría estar la esperanza. Así lo había proclamado antes, en el fascismo, Walter Benjamin. Además, esta posibilidad de liberación, coincide con la propuesta filosófica del pensamiento negativo que recorre toda la teoría crítica. Porque los desplazados son la negación, los que han ofrendado su vida por la negativa. Aunque sean los intelectuales quienes asuman la conciencia crítica o tomen conciencia de la necesidad de un cambio, su papel es poco representativo en esta sociedad tecnológica. No obstante, en su última obra, An Essay on Liberation, Marcuse amplía la salida del círculo vicioso. Es allí cuando advierte toma de conciencia en individuos del tercer mundo y en las minorías de la sociedad norteamericana. Reunidas todas estas fuerzas podrían sembrar la semilla del cambio y liberar las posibilidades de expansión del hombre. Pero esta tarea de solidaridad es a largo plazo porque la revolución no tiene aún fecha en el calendario. Es evidente que los condicionamientos políticos y los experimentos económicos han variado en los últimos treinta años. El movimiento estudiantil de los años sesenta -inspirado y justificado por Marcuse- ya no tiene lugar en unas universidades preocupadas exclusivamente por la profesionalización tecnológica. Además, la represión ha modificado sus objetivos. De la persecución a los líderes marxistas que pretendían la mejora de la sociedad. Se ha pasado ahora a la lucha contra los mercaderes de la droga en la curiosa contradicción de la sociedad norteamericana. De la revuelta violenta y expiatoria de estudiantes y obreros que se enfrentaban a gases lacrimógenos en las calles, se ha pasado a una negociación diplomática en las oficinas de fábricas y universidades. Y aquellos desesperanzados, los de la gran negativa, sueñan desde sus condiciones deprimentes con las quimeras que la sociedad opulenta exhibe en vitrinas y pantallas. Sigue siendo pues aún más difícil hoy saltar aquel abismo entre el presente y el futuro. No obstante, es preciso reconocer, dentro de la fragmentación de nuestra gigantesca sociedad de consumo, una toma de conciencia minoritaria. Escritos en cierta prensa crítica, movimientos de opinión contra el racismo, denunciando las masacres o la represión. Además, la creciente dimensión de las realizaciones culturales -arte, literatura, música-, más allá de la seudocultura del consumo validan la dimensión estética esbozada por Marcuse en su último libro. Quizás nos aproximamos a una realidad donde la ciencia se ha transformado en arte y el arte deviene en forma de toda la realidad, como lo propone la neohermenéutica. NOTAS (1) MARCUSE,
Herbert. El hombre unidimensional. Seix Barral,
Barcelona, 1969, p. 8. |
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