La tragedia de la cultura Un ensayo en torno a la relacionalidad y la ética Diego Fernando Jaramillo Patiño
En el campo de la investigación histórica de los fenómenos culturales, y en el de toda la ciencia en general, se profesa una fe en el valor eminentemente objetivo de los juicios científicos. Las categorías bajo las cuales se pretende dar cuenta del hecho científico pasan por ser un algo objetivamente inherente al hecho mismo, en virtud del prejuicio epistemológico, según el cual, los objetos aportan al conocimiento la totalidad de los elementos necesarios para éste y el sujeto tan sólo expone su mente, capaz de copia fiel, al impacto del objeto que así se manifiesta. La verdad científica se apoya pues, de esta manera, en un garante de validez objetiva que la proteje de cualquier presuposición. En el campo de la investigación histórica este prejuicio se hace evidente, no para bien sino para mal de la investigación misma, pues:
Es decir, la investigación histórica tiene por fin la aprehensión del sentido de la realidad que nos rodea y determina, lo cual, para Weber, no significa la indagación de los factores últimos en la base del complejo fenoménico que actúan como origen y tendencia de éste, ni la búsqueda de las leyes generales que lo describen y bajo las cuales se subsume su dinámica propia. Los fenómenos culturales de que se ocupa la investigación histórica no cobran sentido por el mero hecho de reducirlos a algún sistema de leyes:
Se impone a la ciencia, de tal suerte, una inevitable autoreflexión que haga conscientes y claras sus premisas y presuposiciones. El juicio científico no está libre del juicio de valor y , aun cuando para efectos del análisis sea posible, ambos no pueden ser del todo separados. No es posible demostrar la existencia de juicios de valor objetivamente válidos, precisamente porque el ser humano es la precodición del científico y como, de acuerdo a esta particular epistemología, el sujeto se diferencia radical e irreconciliablemente del objeto, el carácter de su subjetividad tiene para el conocimiento objetivo el efecto de una alteración de la verdad de la manifestación de la realidad empíricamente dada, mostrando la inconveniencia, la ilusión que introduce el sujeto activo del conocimiento. Pero esta realidad, como ya se dijo, no es aprehensible por fuera de la esfera humana, la que propiamente llena de sentido, de interés, el ámbito de sus reflexiones. La objetividad científica es, pues, susceptible de sospecha. No se puede pretender la eliminación de la subjetividad, antes bien, debe reconocérsela como científicamente relevante:
Todo juicio de valor hace referencia a un valor; todo juicio científico surgido en la medida de un juicio de valor hace referencia mediata a un valor; estar mediatizado implica, en todo caso, estar referido a priori a uno cualquiera de los extremos dialécticos. Cuál sea la polaridad de esta referencia es, en todo caso, cuestión de interés, lo que afirma primeramente la necesaria referencia al valor. Todo juicio científico es la mediatización del valor en su tránsito hacia la conducta. Todo juicio científico es la manifestación de un ethos que quiere a toda costa materializarse en un proceso y que lo hace, específicamente, en la esfera de lo social, profundamente comprometida con las formas de producción de acciones económicas sociales, y a través de la praxis concreta inmersa en una corriente de viviencias que traduce una y otra vez, como un acaparador de datos, hechos como ejemplos de leyes universales.
El valor metodológico, el interés que la racionalización pueda suscitar a una investigación científica, su carácter problemático, está dado precisamente por esta consecuencia suya de engendrar irracionalidad, de ser una racionalización en la dirección de un modo irracional de vida. Weber aborda el análisis de la racionalidad a partir de una tipificación de ésta, según la cual los tipos de racionalidad son cuatro, a saber: racionalidad práctica, racionalidad formal, racionalidad teórica y racionalidad sustantiva. La racionalidad práctica es aquella forma de vida orientada al mundo según intereses puramente pragmáticos, es decir, es una tendencia a ordenar la forma de vida según intereses personales de manera práctica y racional,
La racionalidad formal implica, al igual que la racionalidad práctica, una acción racional medio-fin, pero se diferencia de ella en el ámbito propio al cual se refieren:
A la racionalidad teórica le compete pues, la constitución de la realidad mediante sistemas teóricos -de conceptos abstractos- que den cuenta de ella como un todo ordenado según sus principios y leyes. La racionalidad sustantiva, por su parte, ordena la acción en patrones de valor, únicos y válidos, y a los cuales toda realidad empírica debe referirse.
Los anteriores tipos de racionalidad, suscintamente expuestos, son pues los procesos mediante los cuales se pretende dominar la realidad con conciencia. Pero esta realidad es problemática justamente en su carácter de racionalidad porque pretende racionalizar la existencia por completo pero en la dirección de un modo irracional de vida. Es necesario, entonces, considerar la posibilidad que estos tipos de racionalidad tienen de introducir modos de vida metódico-racionales y la inversión que experimentan los procesos de racionalización, generando propiamente la irracionalidad en estos mismos modos de vida. La forma de vida práctica racional, en general, carece de un carácter metódico. El reino de los intereses individuales no permite que ésta se institucionalice dentro de órdenes legítimos como regularidad normativa de la acción, porque es, en efecto, el orden legítimo el que institucionaliza a las racionalidades que son naturalmente normativas y así impulsa tipos de acción social que propiamente introducen formas de vida específicas. La racionalidad teórica, por su parte, no introduce formas de vida metódico-racionales. Sólo la racionalidad sustantiva, con su referencia a valores, puede introducir formas de vida metódico-racionales, pues tiene poder exclusivo para ofrecer premios psicológicos a la acción ética en el mundo.
La racionalidad representa para Weber el carácter fundamental del modo de vida Occidental, nuestro destino. Y como, de ninguna acción racional medio-fin puede surgir una acción ética según patrones de valor interiorizados,
Así, el espíritu, el ethos de Occidente es propiamente el de la racionalidad y éste abarca y domina todas las esferas de la vida moderna creando, a su vez, regularidades de la acción racional que subordinan al hombre, bajo sus prescripciones normativas de acción ético-práctica, a una jaula de hierro.
¿Cómo, pues, es posible la acción racional en el marco de esta dependencia? ¿No implica este aparato una restricción radical del libre albedrío que impediría toda acción orientada a fines más allá del estrecho margen de sus patrones? ¿Cómo pueden, pues, los procesos de racionalización concretar (realizar) el ideal, el espíritu del mundo moderno, en un estado de cosas tal? En un ámbito carente de libertad es imposible la acción racional indispensable para llevar a cabo proceso alguno de racionalización. Precisamente el individuo libre de ilusiones requiere libertad de acción. Weber, sin embargo, encuentra en la racionalidad el lugar de la libertad, él asocia la relación entre la racionalidad y la libertad con la relación entre los medios y los fines. Se opone de esta manera a ver el problema de la irracionalidad en términos de una identificación de la libertad con la irracionalidad de la acción, pues nuestro sentimiento de libertad tiene que ver de manera directa con aquéllas acciones que hemos realizado racionalmente, es decir, libres de afectos y, en todo caso, mediante las cuales perseguimos un fin del que somos conscientes atendiendo a los medios más adecuados para alcanzarlo.
Así, la racionalidad, en tanto que subordinación necesaria, y la libertad de acción, en tanto que libertad de movimiento, hallan expresión en el cálculo de las oportunidades y las consecuencias de una acción orientada según fines y condicionada por los medios disponibles adecuados para el logro de estos fines. «A la naturaleza no se la domina sino obedeciéndola» nos enseña Bacon, igualmente, ninguna acción libre es posible por fuera del marco restrictivo de una cárcel. Weber abiertamente concilia con la justificación de ciertas formas de dominación pues, optimista, confía en la posibilidad de la libertad de movimiento dentro de ellas. No obstante, lo importante no es esto. Vale más el descubrimiento del sentido más íntimo detrás del ethos dominante. Una expresión del todo radical de la ética protestante es la del imperativo categórico de Kant: actúa como si tus actos fuesen leyes universales. Ganar la salvación por el efecto de nuestro trabajo en el mundo -sublime expresión racional de nuestras aptitudes instruidas- significa como justipreciar severamente el peso de nuestra responsabilidad. La profesión, que es el trabajo, es un llamado interno, una vocación específica que comporta nuestro puesto en el ajedrez divino. Ganar el premio: la salvación, es ejercer (mediante la acción racional) nuestras aptitudes de tal manera que se vea clara la misión a la cual estamos destinados, misión que asuminos libremente, y que significa en su secularismo la total dependencia a nuestro libre albedrío. Como creaturas alabamos a Dios por desenvolvermos justo en la dirección que él nos indica; como sujetos, lo hacemos por reconocer conscientemente nuestra jaula de hierro y actuar de forma libre en orden a glorificar al señor con nuestro éxito. Dios existe, y para ganar la salvación sólo basta ser lo que él quiere que seamos; esa es su gloria y por tanto nuestra única acción racional ética en el mundo. La salvación no es un problema de dogma, el erudito no está más libre que el bruto de las tentaciones que nos pierden. La autoridad del texto, unilateralmente entendido, no basta para hacernos caer en la cuenta. Todavía se requiere una conciencia racional de nuestra responsabilidad particular que haga claro, de un lado, la referencia al valor que nos encierra y, del otro, nuestras decisiones libres en orden a hacer concreto ese valor. Toda racionalidad sustantiva se procura racionalidades formales y prácticas mediante las cuales pueda hacerse concreta, real. Sólo las racionalidades sustantivas tienen el poder de producir formas de vida metódico-racionales, pues sólo las racionalidades sustantivas requieren de medios para realizarse como fines. La racionalidad, seguramente, no se encuentra en el medio per se o en el fin per se; tiene lugar en su consideración mutua. Los fines tienen que ser buenos y provechosos por sí mismos, los medios tienen que ser adecuados y buenos por sí mismos: la identificación racional de los medios a los fines, su estimación, es propiamente el ámbito de la libertad de acción.
Los medios se vuelven fines en sí mismos, el cálculo y la estimación ganan un elemento fundamentalmente técnico (metódico-racional) que se pone por encima de las originales motivaciones originadas en principios. La ilimitada invención de los fines que se produce por la independencia de los medios técnicos fente a éstos, hace evidente el resultado irracional de este proceso de racionalización: un mismo medio es medio para muchos fines, con lo cual se hace más evidente aún esa constelación de intereses irracionales que provee fines a los medios.
La irracionalidad producida por todo proceso de racionalización sólo es comprensible por referencia a tal inversión. Si bien las racionalidades formales y prácticas no pueden introducir modos de vida metódico-racionales, éstas si constituyen los medios a través de los cuales el valor se realiza en el mundo en la conducta del hombre. Un sistema abstracto de leyes y una práctica experimental de sus postulados, son propiamente la expresión más fina del hombre moderno.
Esta inversión propiamente significa el olvido de la referencia al valor que se nos impone. Lo creemos tan patente que no necesitamos definirlo. El único problema entonces que se nos presenta es la evaluación del medio. Pareciera como que si las racionalidades formales y prácticas alcanzaran poder de introducir formas de vida, que aunque no metódico-racionales, si práctico-instrumentales. Toda racionalidad sustantiva necesita de la acción concreta de las racionalidades formales y prácticas para realizarse en la corriente de eventos susceptibles de experiencia subjetiva, en el sentido de su significancia social, de suerte que está sujeta a la posibilidad de una inversión semejante, toda vez que gaste más tiempo y más recursos en propiciar los medios para fines, que en orientarse a fines haciendo uso de los medios disponibles. La independencia de los medios y los fines, que describe el carácter de la relación entre racionalidad y libertad, muestra la pérdida inevitable del sentido original que comporta una racionalidad orientada al hombre y sus necesidades. El cálculo de las posibilidades y las consecuencias de alcanzar un fin previamente dado a través de la estimación de los medios adecuados para ello, desfigura el ethos, que primordialmente es una orientación, identificándolo con los procesos formales y prácticos de su realización mundana en medio de una constelación de intereses irracionales. La secularización es propiamente una tendencia a la negación, tal vez al olvido, de las motivaciones previas; enajenados en la acción social de este modo de vida, la razón nos vuelve ciegos al valor que nos alienta y nos confunde convenciéndonos que éste radica en la eficacia. La irracionalidad no está dada pues por la acción libre; antes bien, ella surge de la inversión de la relación entre la racionalidad y el libre albedrío que, con base en la eficacia de la acción sobre el mundo, un mundo controlable por los medios de alcanzar los fines, prescinde arbitrariamente de las motivaciones que dan origen a los fines. Así, el análisis de la irracionalidad que engendra inevitablemente todo proceso de racionalización arroja como resultado que la única forma de dominio de las racionalidades formal y práctica radica en el desmantelamiento ético de sus motivaciones originales y en la usurpación de la jerarquía que compete a los valores puros por parte de unos valores supuestos fundados en la necesidad procedimiental de realizarse en el reino de la acción. Lo que se ha dicho es que toda forma de racionalidad sustantiva implica necesariamente la ejecución de todos los cálculos técnicamente posibles de orientación medio-fin, con lo cual tal estimación se hace rigurosamente previa, en el orden de la necesidad lógica, de tal forma que se pone como lo esencial en todo caso. El que los medios se pongan por encima de los fines y los dominen, pone a la técnica racional en su carácter de racionalidad formal a ocupar el puesto de una ética sustantiva vaciada de valor y revive los prejuicios trascendentes que se extienden más allá de la sobria vida cotidiana de un mundo desencantado en la forma de una fe en el desarrollo y el progreso. Así, el verdadero problema de la cultura es esa racionalización hacia lo irracional que , en términos de Simmel, significa la tragedia de la cultura. La tragedia de la cultura, pues, consiste en enajenarse en sus realizaciones. Tercamente erige en mitos sus logros y termina actuando en dirección de validarlos de suerte que confunde el instrumento con la medida, el medio con el fin, ubicando el sentido en la simple instancia de su concreción técnica antes que en la demanda de su exigencia ética, dando con esto una inevitable preeminencia de las racionalidades formales y prácticas. NOTAS (1) LÖWITH,
Karl: Max Weber and Karl Marx. George Allen & Unwin,
London, 1982. pp. 28-29 (La traducción es mía). |
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