La
justificación de la inducción: José Fernando Ospina Carmona
1. Hume y la justificación del razonamiento inductivo Es indudable que para examinar los problemas concernientes a la justificación de la inducción debemos reconocer el pensamiento de David Hume como el punto de partida de las dudas relacionadas con este tipo de razonamiento, sus fundamentos y su aplicación; a partir de las dudas escépticas humeanas con respecto a la causalidad se ha reconocido cierto carácter oscuro en el razonamiento, lo cual ha impulsado la problematización y la crítica a la que ha sido expuesto. De acuerdo con el punto de vista empirista empleado por Hume en su filosofía, el principio de nuestro conocimiento se halla en las impresiones que el contacto con la experiencia ha dejado en nuestro entendimiento, de las cuales surgen las ideas como sus copias, y al aceptar que nuestras impresiones son claras y precisas entonces también deben serlo las ideas que salgan de ellas, razón por la cual cuando nuestras ideas son obscuras y abstractas se debe al hecho de que éstas no se apoyan estrictamente en las impresiones que las fundan, por lo tanto, cuando nos enfrentamos con una idea que parezca de difícil interpretación debemos buscar la impresión que la ha originado. Con base en dicho supuesto Hume abordará el problema de la causalidad, ya que al tener ésta la particularidad de ser la única relación del conocimiento que nos permite ir más allá de los datos obtenidos mediante los sentidos es necesario que sea fundamentada de una forma más precisa de lo que la filosofía anterior a Hume lo había hecho y, como ya hemos afirmado, esta tarea sólo se puede realizar mediante la búsqueda de la impresión de la que dicha idea parte. Para empezar Hume nos muestra que no podemos encontrar el origen de dicha idea en alguna cualidad común que tengan los objetos que hagan parte de una relación causa-efecto, pues siempre encontraremos un objeto susceptible de integrar una relación de causalidad que no posea la cualidad elegida como fuente posible de dichas relaciones; de acuerdo con lo dicho, debemos buscar el origen de esta idea no en los objetos que entran dentro de la relación, sino dentro de la relación misma. Es evidente, para Hume, que podemos encontrar a primera vista dos cualidades imprescindibles dentro de las relaciones causa-efecto, las cuales serán: la contigüidad y la anterioridad en el tiempo de la causa sobre el efecto; pero nos damos cuenta que con la aceptación de estas dos cualidades no podemos obtener una idea precisa de lo que sea la causalidad, ya que encontramos objetos que no pueden ser tomados como causa y efecto, pero que están entre sí en relaciones de contigüidad y sucesión temporal. Siguiendo esta idea, Hume nos plantea entonces otra cualidad perteneciente a la causalidad con la cual podemos entender su funcionamiento; en otras palabras, debemos encontrar la conexión necesaria presente en las relaciones de causa-efecto. Mas antes de tratar de descubrir lo que sea la idea de conexión y su origen, hurguemos un poco más dentro de la idea de causalidad. Debemos notar que no es necesario, ni intuitiva ni demostrativamente, el que un efecto tenga que estar ligado siempre a una causa determinada, pues al ser las ideas de causa y efecto diferentes entre sí es posible concebir el que en determinado momento una causa no sea seguida por su consecuente habitual y esto como resultado de que su separación no implica ninguna contradicción o absurdo; por lo tanto, la creencia en algún tipo de necesidad en la causalidad debe surgir de la experiencia, y aún más, todas nuestras creencias relativas a la causalidad en sí se originan en la experiencia; ya sea en la experiencia inmediata, la memoria o en las impresiones sensibles de algún otro sujeto (las cuales llegan a nosotros por medios disímiles). La idea de causalidad, entonces, surge al observar que regularmente la presencia de un objeto está acompañada por la presencia de otro, estando siempre estos en relaciones de contigüidad y sucesión, pero advirtiendo que al razonar sobre dicha relación, sólo tenemos presente uno de los objetos componentes de ella e inferimos la aparición de su acompañante habitual. En este punto, nos damos cuenta de la existencia de una nueva peculiaridad perteneciente a las relaciones causa-efecto; como será, el enlace constante entre los objetos pertenecientes a dicha relación; dicho enlace constante también se encuentra circunscrito a la experiencia, que nos muestra que objetos análogos entre sí producen la aparición de otros objetos análogos entre sí, razón por la cual el enlace constante no nos da una explicación razonable de lo que sea la causalidad. Consecuentemente los razonamientos sobre esta relación no surgen por demostraciones ni por apelaciones a la probabilidad, ya que no implica ninguna contradicción pensar que el futuro no se asemejará al pasado y por lo tanto el supuesto contrario no es demostrativo; en cuanto al recurso a la probabilidad, notamos que su posibilidad de existencia se basa en la aceptación del supuesto ya mencionado y es imposible que algo sea al mismo tiempo causa y efecto de otra cosa. Por otro lado, tampoco podemos entender la idea de causalidad apelando a la idea de poder o de producción, pues al ser esta una idea oscura y abstracta no podemos inferir su existencia mediante la percepción de la apariencia sensible de los objetos, y de cualquier forma si postulamos que un objeto tiene un poder de producción determinado e inferimos que objetos análogos tendrán el mismo poder, hacemos un salto de la experiencia presente a la futura y por lo tanto nos adheriremos al supuesto de que el futuro se asemejará al pasado, el cual como ya hemos visto, es indemostrable mediante la razón misma; por tanto:
Consecuentemente, si al observar un objeto nos figuramos la aparición de otro enlazado causalmente con el primero, realizamos esta predicción de forma inmediata sin que medie en nosotros ninguna clase de reflexión, debido a la observación de la conjunción constante percibida en nuestras experiencias pasadas. Con el camino recorrido hasta este punto podemos ya describir los asertos de Hume sobre la idea de conexión necesaria, y con ello, como fundamos nuestra posibilidad de entender las relaciones causa-efecto. Como hemos visto todas nuestras ideas son fruto de impresiones, por eso, para dar una luz sobre la idea de conexión necesaria debemos tratar de encontrar la impresión en la que ésta se origina. Si observamos cualquier ejemplo de causalidad sólo podemos percibir el hecho en que ésta se verifica, pero es imposible encontrar un atisbo de conexión necesaria en esta relación:
A raíz del hecho de que la impresión de esta idea no puede encontrarse en el análisis de los objetos externos, debemos ver si su origen se encuentra en la reflexión y surge de alguna impresión interna. Mas notamos que esta empresa es imposible, pues tampoco en aquellos actos que atribuimos a nuestras facultades internas encontramos de forma clara la idea de poder o conexión necesaria, pues en el dominio de algunos de nuestros órganos o en el de nuestras facultades intelectuales sólo podemos discernir el hecho de que las estamos ejerciendo, mas no tenemos una idea del poder mediante el cual producimos estos efectos determinados ya que si la tuviéramos podríamos explicar el por qué algunos órganos escapan a nuestro dominio o la razón por la cual en determinadas oportunidades no podemos llamar a nuestra mente determinados recuerdos o sucumbimos a nuestras pasiones o preferencias. Al convencernos de que ninguno de los casos analizados, es decir, ni en la experiencia de objetos externos (en los cuales sólo podemos observar que: ... un acontecimiento sigue a otro, pero nunca hemos podido observar un vínculo entre ellos. Parecen conjuntados, pero no conectados(3) ) ni en la experiencia interna hemos podido encontrar la impresión que funde nuestra idea buscada, concluiríamos que parecería que no tuviéramos ninguna idea de la fuente de dicha idea. No obstante, en este momento Hume nos da como única salida al problema, el que la noción presente en nuestro entendimiento surge de la repetición del hecho de que la aparición de una clase de objetos esté acompañada por otra clase de objetos determinada, lo cual nos permite concebir que estos objetos siempre estarán conectados entre sí; en otras palabras, cualquier idea de conexión necesaria en la causalidad, sólo puede surgir del hábito o costumbre, ... Los objetos no poseen una conexión entre sí que pueda descubrirse, y por ninguno otro principio más que por la costumbre, que actúa sobre la imaginación podemos hacer una inferencia partiendo del uno para llegar a la existencia del otro(4) . 2. La justificacion como pseudoproblema Pueden delimitarse dos enfoques esenciales en cuanto al escepticismo sobre la inducción. A) La recusación total de la inducción. B) La búsqueda de premisas suplementarias que hagan demostrativas a las conclusiones inductivas. En ambos encontramos una caracterísitca similar; ambos dan concesiones importantes a las tesis de Hume y, por ende, ven la inducción bajo el paradigma de los argumentos de tipo demostrativo, aceptando así que la inducción no puede ser válida y racional si no cumple con las normas que dan corrección a los argumentos deductivos, lo cual puede ilustrarse así:
Vemos, entonces, cómo existe una pretensión de acomodar el lenguaje que utilizamos en cuanto al conocimiento de cuestiones de hecho, hacia una interpretación deductiva de términos tales como buena razón, justificado y razonable; por lo tanto, si nos aplicamos a un análisis de las palabras usadas en nuestro discurso sobre cuestiones de hecho nos daremos cuenta de que cualquier posición totalmente escéptica sobre la inducción ( y por ende nuestra posibilidad de conocimiento acerca de cuestiones empíricas) se reduce a una mala utilización de dichos términos, donde el significado que se les atribuye excede las posibilidades de uso de los mismos cuando se reducen a proposiciones sintéticas (las cuales por definición no son analíticas). Es claro que todos los seres humanos nos regimos bajo pautas determinadas en cuanto al conocimiento de lo empírico; es claro que todos esperamos que de una asociación repetitiva de casos, cada caso en que se verifique la asociación, nos dará una mayor razón para creer que dicha asociación se verificará, por lo menos, la próxima vez que las condiciones sean propicias para que éstas se repitan. El cúmulo de dichas pautas comunes puede denominarse, como dice Max Black la institución inductiva, siendo esta institución no acabada, aunque posea determinadas reglas, pues, dichas reglas son susceptibles de cambio por la característica autoreguladora que posee la inducción acorde con la eficacia que determinadas pautas poseen de acuerdo con el uso que de éstas hacemos en su aplicación al conocimiento de lo inobservado; pero, el uso de estas normas (y su crítica) supone que tengamos un conocimiento de lo que podemos llamar lenguaje inductivo, sin el cual, nos sería imposible abordar cualquier cuestión de hecho. Por tanto, la pertenencia a dicha institución inductiva nos permite con el tiempo hacer inferencias inductivas con cierta habilidad, lo cual implica el hecho de que en el ejercicio de nuestra racionalidad estamos supeditados a ciertas normas o patrones inductivos que nuestra experiencia, y la de los otros, han calificado como eficaces. Pero esto no implica que esos patrones sean necesariamente estáticos, sino que el mismo transcurrir de la experiencia los ha puesto a prueba; por tanto, es lícito preguntarnos por el valor de ciertos patrones inductivos; y es lícito, así mismo, desear encontrar patrones inductivos novedosos que nos presten un mejor servicio en nuestros conocimientos empíricos. Otra situación muy distinta es preguntar por la validez de la indución en general, lo cual supondría intentar destruir nuestro propio lenguaje, y con ello todos los conceptos que implícitamente se encuentren en él; querer recusar la inducción en general es atentar contra nuestra forma de vida, la cual, ha garantizado nuestra supervivencia hasta ahora. Además, del hecho evidente, de que cualquier duda de estas características es planteada utilizando el lenguaje, el cual, lleva implícitamente todo nuestro acervo de creencias y conocimientos inductivos. Por tanto, podemos decir que cualquier posición escéptica sobre la inducción en general excede, lo que podemos llamar en términos de Wittgenstein, los límites de nuestro lenguaje, siendo así, preguntas como por qué habría de confiar en cualquier inducción completos sinsentidos. Cuando nos preguntamos sobre la validez o no validez de patrones inductivos específicos podemos responder de acuerdo con normas inductivas ...¿Pero a qué normas apelamos cuando preguntamos si la aplicación de las normas inductivas es justificada o bien fundada?. Si no podemos contestar, entonces no se ha dado ningún sentido a la pregunta. Compárese con la pregunta: ¿es la ley legal?(6) . La comparación entre el escepticismo general sobre la inducción y la pregunta ¿es la ley legal? me parece bastante clarificadora, puesto que, si es posible cuestionar a leyes o el sistema legislativo de x o y país, es totalmente espúreo preguntar sobre la ley en general y su validez, pues en este momento, bajo qué pautas o con qué elementos podemos elaborar una respuesta a dicho cuestionamiento?, ...Pues la duda sólo puede existir cuando hay una pregunta; una pregunta sólo cuando hay una respuesta, y ésta sólo cuando se puede decir algo(7) . Para fortalecer la argumentación me permito, a continuación, resumir algunos puntos del artículo de Keith Campbell Una forma de escepticismo acerca de la inducción. La tesis fundamental es afirmar que existen principios inductivos tan fundamentales que no se pueden poner en duda de manera coherente, de los cuales podría ser un ejemplo: A= Al menos un resultado establecido inductivamente es justificable. Al cual puede contraponerse la afirmación escéptica: A¢= No es justificable ninguna generalización inductiva. Como vemos, ambos términos son de carácter general, y para establecer cualquier término de carácter general debemos decir que éste es posible como fruto de una generalización subpredictiva (de carácter inductivo), siendo éstas, aquellas generalizaciones que nos permiten establecer una concomitancia general entre elementos de una clase, que nos permiten establecer alguna estabilidad y permanencia en los miembros de dicha clase, elementos sin los cuales, no podríamos establecer términos generales (debemos aclarar, que aunque esas generalizaciones no postulan alguna predicción sobre la clase en el futuro no es posible encontrar un carácter analítico dentro de ellas, pues, en una generalización de este tipo, no podemos estar seguros de que se haya examinado más de una parte de la clase total). En el caso de la afirmación escéptica A¢, debemos decir, que al ser explicitada mediante el lenguaje, estamos confiando en tesis inductivas tales como: los hablantes del lenguaje en que ésta se expresa la entenderán, o que las estructuras sonoras se propagan en el aire sin deformación esencial, etc.
Por tanto, podemos decir que cualquier uso del término general ´generalización inductivamente establecida depende, al menos de una generalización establecida inductivamente; consecuentemente, si es posible la postulación de una proposición como A¢ se sigue, entonces, su propia negación. Así mismo, A será una de aquellas proposiciones en donde su verdad será condición necesaria para la posibilidad de su propia negación. Aunque la conclusión de este artículo tiene un carácter negativo como es el mostrar que el problema de la justificación racional de la inducción ha sido mal formulado creo que de todo esto puede resultar el poner nuestra atención sobre los problemas de la inducción en los ordenes comparativo y analítico como es el problema de la búsqueda de cánones inductivos superiores y de las pautas por las que nos podríamos regir para llegar a resultados satisfactorios en dicha búsqueda, resultados estos no logrados hasta ahora y que pueden poner a la inducción a la par de otros problemas epistémicos que resultan igualmente oscuros y de difícil solución. Resumiendo, vemos cómo cualquier intento de negar la racionalidad de las prácticas inductivas se da como resultado del deseo de restringir la aplicabilidad de dicho término a las prácticas deductivas (sin duda, por la seguridad que puede darnos el carácter necesario de sus conclusiones), pero, con esto se cerraría el espacio para nuestra posibilidad de conocimiento dentro de las situaciones más cotidianas que vivimos; por otro lado, no veo por qué dicho carácter racional debe ser tan restringido, como, si éste fuera el caso, sucedería si nos apartáramos de nuestras prácticas inductivas comunes. De todas formas como dice Hume en su Investigación sobre el conocimiento humano: La naturaleza siempre mantendrá sus derechos y prevalecerá al fin sobre cualquier razonamiento abstracto. NOTAS (1) HUME,
David; Tratado de la Naturaleza, Tomo I, sección sexta,
San José: U.A.C., 1987, p. 125. |
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