Relatos míticos náhuatls:
Raíces del cuento hispanoamericano

César Valencia Solanilla

Se hace una reflexión sobre la manera como los relatos míticos de la literatura náhuatl, que fueron recogidos por algunos cronistas como fray Bernardino de Sahagún y dotados de la fonética española para ser “congelados” por la escritura, pueden ser considerados auténticos antecedentes del cuento hispanoamericano contemporáneo, en cuanto expresan imaginarios simbólicos de la memoria colectiva y desarrollan estructuras narrativas propias del género

Antecedentes del cuento literario

1. En Oriente

La génesis del actual cuento literario remite a las más antiguas tradiciones orales, en que los relatos maravillosos de los héroes y de los dioses daban cuenta de un mundo mítico que fundía la realidad con lo imaginario, pues constituían un concepto indivisible. Los relatos épicos, que inicialmente fueron poemas que se fijaron en la memoria colectiva y luego narraciones que los hicieron más asequibles para la transmisión oral, contaron historias, es decir, dieron cuenta de las hazañas de los héroes y de los dioses, con un principio de linealidad narrativa tal que representaron discursos coherentes y acabados. Por eso el entronque del cuento literario con las formas clásicas de la literatura como la épica y la epopeya no sólo se da a nivel de los contenidos, sino de las formas del discurso, aunque sea evidente que su transformación en cuento literario, tal y como lo entendemos actualmente, se da en la medida en que comporta elementos realistas, ya que el mundo de la antigüedad -al menos en Occidente- estaba dominado por una motivación puramente legendaria o fantástica. Glowinski sostiene, en este sentido, que este carácter realista de la motivación hace que el cuento genere en la época antigua una segunda corriente de literatura clásica, al lado del epos y distinta de él, al desaparecer la injerencia de los dioses y del carácter fantástico y transcendente de los relatos(1).

Las fuentes literarias principales del cuento se remontan a la cuentística del cercano y del lejano Oriente, a la literatura hagio-gráfica y a las crónicas. Las colecciones de relatos más antiguas, en este sentido, serán principalmente fábulas, por la preeminencia del elemento mítico o extraordinario, como El Panchatantra de la India, El Guoce de la China y Calila y Dimna del mundo árabe -derivado a su vez El Panchatantra-, traducido éste último al español en el siglo XIII por voluntad del rey Alfonso el Sabio; y desde luego Las mil y una noches, que si bien se conoció tardíamente en Europa por la traducción que hiciera el francés Antoine Galland en 1704, es evidente que había sido conocida desde siglos anteriores por los relatos fabulosos memorizados por los viajeros y los comerciantes de los pueblos árabes. La más antigua de las recopilaciones conocidas, en Grecia, es la de los Cuentos de Mileto, de Aristides de Mileto (siglos II y I a. C.). El interés por el cuento se concentraría, sin embargo, en el siglo XIV, por la influencia que tendrían libros como El decamerón de Giovanni Boccaccio en Italia y El libro de los exemplos del conde Lucanor en España. El cuento literario, en síntesis, tiene una clara ascendencia oriental respecto de su origen y un carácter marcadamente fantástico y mítico con relación a su temática. Al concedérsele una motivación realista, se vierte al mundo de la cotidianidad aquello reservado a los dioses y a los héroes culturales, para humanizarlo y conferirle una dinámica histórica.

2. En la América prehispánica

Aunque las expresiones literarias en la América prehispánica tuvieron un desarrollo particular ya que la mayoría de los pueblos no conocieron la escritura fonética sino formas complejas y diferentes de escritura como la pictográfica expresada en los códices, el proceso de preservación de los mitos a través de la oralidad es similar al que se desarrolló en el mundo occidental. Gracias a la labor de algunos misioneros cronistas, como Fray Bernardino de Sahagún para la cultura náhuatl, se pudo recoger una parte de ese espléndido legado mitológico, en virtud de que los ancianos conocedores de la tradición -los informantes que conoció el clérigo y con los que trabajó por años enteros- habían aprendido de sus antepasados estos relatos, que luego fueron “congelados” por la escritura fonética en las lenguas aborígenes. Varios de estos relatos se remontan a civilizaciones muy antiguas -la de los olmecas- como ha sido demostrado por la investigación especializada(2) , lo que prueba el poderoso arraigo que tenían en el pueblo y el sentido pragmático que de allí derivaron las castas sacerdotales, siempre vigilantes para que los dioses permanecieran en la memoria colectiva.

Es tal la riqueza expresiva en matices religiosos y filosóficos de estos relatos míticos, que ameritan una amplia reflexión, no simplemente como antecedentes destacados del universo cosmológico de los antiguos mexicanos, sino como referentes culturales del cuento hispanoamericano, en la medida en que estos imaginarios simbólicos permanecen en la comunidad y han sido recogidas, como en el pasado, por los escritores que también los “congelan” con la escritura y abren caminos para rastrear en ellos las huellas del pasado. Un escritor de cuentos, en este sentido, es un rapsoda, ya que guarda y recompone la memoria colectiva.

Aunque es variada la colección de relatos míticos derivados de la cultura náhuatl, para estas reflexiones se utilizan en particular los referentes al origen del hombre y del universo en la medida en que permiten identificar substratos culturales muy antiguos que se han mantenido en la idiosincrasia popular y de esta manera funcionan como materia prima para la labor creativa de los narradores, sino porque en su construcción formal presentan las bases esenciales del género cuentístico, que también es una supervivencia de las más remotas tradiciones en la enunciación del mundo mítico.

Los relatos sobre Quetzalcóatl

En la literatura náhuatl, el dios Quetzal-cóatl, en su doble condición de deidad antigua y sacerdote de gran poder en cuanto ser histórico legendario, congrega una complejidad de cualidades de las que han dado cuenta los relatos míticos sagrados, épicos e históricos que lo hacen merecedor de un puesto principalísimo en la cosmogonía de los antiguos mexicanos y núcleo central de sus concepciones religiosas politeístas. Todos estos relatos expresan los extraordinarios poderes del dios, el sentido variado de su condición de deidad de las artes y de la sabiduría, segundo sol de las cuatro edades prehistóricas que antecedieron a la actual, dios del sol nocturno, del viento, del agua, de la vegetación, antepasado procreador mítico de los hombres. De esta forma, Quetzalcóatl es el más popular de todos los dioses mexicanos y su naturaleza difícil de interpretar, ya que existen referencias suyas desde los olmecas y a la llegada de los españoles su culto se manifestaba de múltiples maneras en todo el reino de los aztecas. Representa, sin duda alguna, la deidad más arraigada en la identidad cultural mexicana y punto de partida para cualquier aproximación a la idiosincrasia y el universo cosmogónico de los descendientes de los aztecas(3) .

En este dios se congregan figuras y características de otros dioses, siendo al mismo tiempo -como Huitzilopochtli y Tezcatlipoca- un dios tribal y un héroe cultural, lo que le acerca a la noción de Ser Supremo, como al efecto lo veneraban los toltecas, según Sahagún(4) . Se considera, inclusive, que su culto iría a extenderse por la migración de antiguas tribus nahuas a los territorios próximos de los aztecas, como entre los mayas, con los nombres de Kukulkan (“la serpiente que nada en el agua”) y K’ucumatz o Gucumatz (“el corazón del mar”), esta última como una de las deidades supremas del Popol Vuh del pueblo maya-quiché. Quetzatcóatl significa “serpiente cubierta con plumas verdes de quetzal” o “serpiente emplumada” y en el arte antiguo de los mexicanos corresponde a un ser fabuloso con cuerpo de serpiente, garras y hocico de dragón, que constituía el disfraz o nagual del dios. Representa, al mismo tiempo, el concepto de la dualidad que es inherente a la cosmogonía náhuatl, en la medida en que participa del mundo acuático y terrestre (serpiente) y del mundo aéreo o celeste (pájaro quetzal), es decir, congrega el inframundo y el mundo de lo visible, la religión lunar y la solar, la vida y la muerte, pues en un nivel simbólico es la síntesis de todo lo existente.

Al examinar el conjunto de relatos míticos sobre Quetzalcóatl, se puede percibir la multiplicidad de variaciones que fue adquiriendo el dios en las diferentes tribus de los antiguos mexicanos, de tal manera que pudieron coexistir en su nombre los más remotos dioses supremos, los hacedores iniciales del mundo, el héroe cultural, hasta el ser histórico legendario, pues se sabe que los aztecas se consideraban herederos del soberano tolteca Ceácatl, que había tomado el nombre del dios. Por lo tanto, su dimensión va más allá de lo religioso, para abarcar lo épico y legendario, y como tal fuente muy importante para las expresiones literarias de los nahuas. Los relatos que narran las peripecias del dios, su gesta heroica, su sacrificio, constituyen antecedentes claves para entender y consolidar el imaginario simbólico que iría acumulándose en México y Centro América y su huella puede constatarse en la obra poética, narrativa y ensayística de escritores tan representativos como Miguel Angel Asturias, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Luis Cardoza y Aragón, en la medida en que todos ellos han ahondado en el pasado de sus pueblos para establecer por diferentes vías la noción de la diferencia, del sincretismo y el mestizaje como expresiones principales de la identidad cultural individual y colectiva, y han dejado testimonios notables de la búsqueda de las raíces como una forma de ser en el mundo. Los substratos míticos de los antepasados operan entonces en tanto formas de relacionarse y de entender la realidad, de modo tal que la indiferenciación entre el mundo concreto y el de la fantasía, entre la vida y la muerte, entre la vigilia y el sueño, que es tan propia de nuestra tradición cultural, se relaciona con las raíces más distantes de la historia y es definidor de la idiosincrasia, esto es, de las estructuras mentales que nos permiten pensar el mundo e interpretarlo.

Para el efecto, se han generado también formas de enunciarlo, de apalabrar sentido: en los relatos orales que se entroncan con las tradiciones arcaicas y que han servido de base para la elaboración artística de nuestros escritores, pervive la memoria de los dioses ancestrales, se vislumbran maneras particulares de nombrarlo, se han gestado estructuras sintácticas para narrar, mediante las cuales se hizo posible el trasvase de ese universo mediante la palabra poética, y su supervivencia. Por eso ciertas características formales de nuestros relatos modernos, si bien han sido influenciados por el desarrollo del género por la vertiente occidental en la consolidación del español como lengua, pueden remontarse a las tradiciones amerindias: la brevedad, el laconismo, el sentido poético de lo narrado, su carácter mítico, la ruptura de los niveles temporales y espaciales, la oralidad, tan propias del cuento hispanoamericano moderno, pudieron incorporarse a las creaciones literarias escritas a través del anacronismo del lenguaje. De otra manera no podría explicarse el misterio y la seducción que generan los relatos de Rulfo y Asturias -para mencionar dos ejemplos significativos en el cuento literario en México y Guatemala- y la fácil aceptación que su obra ha generado no sólo en los medios académicos o especializados, sino en el pueblo no letrado, que halla en sus relatos sentimientos de identificación en cuanto participa de la tradición cultural remota y que expresan su idiosincrasia más íntima.

Varios relatos sobre la gesta heroica de Quetzatcóatl nos permiten ilustrar estos enunciados y establecer las implicaciones culturales del caso. En un comienzo, nos interesa destacar dos que se refieren al origen: el primero es el conocido como Restauración del género humano destruido, y el otro como Hallazgo de los sustentos, compilados por Angel María Garibay(5) . Corresponden a dos de los cinco fragmentos de un manuscrito redactado en 1558 en la ciudad de México por un nativo, con base en poemas que sabía de memoria y se piensa que es la secuela de alguna epopeya religiosa perdida. Pertenecen a la Leyenda de los soles y forma parte del llamado Códice de Cuauhtitlan que se conserva en el Museo de Antropología de México(6) . Luego se analizarán otros relatos que narran la transgresión del dios a sus propias normas, la huida, sacrificio y transformación, mediante las cuales se configura el carácter circular del mito que tan hondas repercusiones tiene en la identidad mexicana y es fuente inagotable de ese universo simbólico que se ha ido recogiendo en la producción literaria de sus escritores.

1. Restauración del género humano

En el fragmento Restauración del género humano destruído, se narra la necesidad de los dioses para poblar el mundo por los hombres, tarea que se le encomienda a Quetzalcóatl, quien va a inframundo a buscar los “preciosos huesos”. En el inframundo habita Mictlantecuhtli, el dios de los muertos, que al ser requerido por Quetzalcóatl sobre su misión dice: -¡Bien está! Tañe primero mi caracol y da cuatro vueltas en torno de mi solio circular hecho de esmeraldas, mandato que no es obedecido por el dios, pues engaña al señor del inframundo haciendo tocar el caracol por las abejas y los avispones, llevándose estas reliquias sagradas -los huesos- para siempre, a pesar del requerimiento.

Quetzalcóatl cogió los huesos preciosos, los de varón de un lado y los de mujer de otro lado, hizo con ellos un fardo y se dirigió a lo alto, es decir, a la superficie. El rey de la región de los muertos decide entonces castigarlo por su desobediencia y ordena a sus criados hacer fosos en la tierra, para que en ellos caiga. Quetzalcóatl efectivamente cae allí, los huesos ruedan por tierra y las codornices los mordisquean, lo que le produce gran aflicción. De modo que llama a su doble y se pone a juntarlos para hacer un nuevo bulto. El relato remata con estas bellas imágenes:

Luego los llevó a Tamoanchan (tierra de la vida naciente), y cuando allá hubo llegado, la que fomenta las plantas (Quilaztli), que es la misma Cihuacóatl, los remolió y los puso en rico lebrillo y sobre ellos Quetzal-cóatl se sangró el miembro viril, tras el baño en agua caliente que la diosa les había dado.

Y todos aquellos dioses que arriba se mencionaron hicieron igual forma de autosacrificio —El dios de las riberas de las riberas del mar, el que mueve la azada de la labranza, el que sale en lugar de los otros, el que da consistencia al mundo, el que baja la cabeza (Tzontémoc), y en sexto lugar, el mismo Quetzalcóatl.

Dijeron entonces los dioses:

— ¡Dioses nacieron: son los hombres!

Y es que por nosotros hicieron ellos merecimientos.

2. Hallazgo de los sustentos

Pero no basta crear a los hombres, es preciso darles alimento para su sobrevivencia. Cuenta el otro relato mítico, Hallazgo de los sustentos, (en la selección de Garibay) que entonces Quetzalcóatl ve que la hormiga roja trae maíz del Monte de los sustentos y decide convertirse en hormiga negra para acompañar a la otra, encuentra allí el alimento y lo lleva a Tamoanchan para entregarlo a los dioses: Los mordisqueron los dioses. En nuestros labios los pusieron y con esos mismos fuimos creciendo. El alimento mascado por los dioses, al ser colocado en la boca de los hombres, los robustece, les infunde vida. El espacio mítico del alimento, el Monte del sustento, deberá entonces ser destruido por los dioses, para asegurar su monopolio, tarea que le es encomendada a Nanáhuatl, el dios llagado, quien con un rayo lo despedaza, luego que han llegado todos los dioses de la tierra y de la lluvia:

Dioses azules, cual cielo; dioses blancos; dioses amarillos, dioses rojos. Hicieron un montón de tierra. Y se llevaron los dioses de la tierra y de la lluvia (Tlaloque), todos los sustentos: el maíz blanco, maíz amarillo, la caña del maíz verde; maíz negruzco, y el frijol, los bledos, la chía, la chicalota, ... ¡Todo lo que es sustento nuestro fue arrebatado por los dioses de la lluvia!

Este origen mítico del hombre y de los alimentos, que constituyen un sólo relato por su coherencia, linealidad y unidad de la historia, como al efecto es recogido en forma narrativa por Walter Krickeberg(7) , es de una singular belleza y simbolismo: los antepasados más remotos de los hombres (los huesos de los que son creados) provienen del inframundo y son cuidados por el dios de la muerte, de donde los dioses, a través de Quetzalcóatl, los rescatan para molerlos y dar vida a los seres humanos con la sangre del miembro viril del dios, para que los hombres participen así de la divinidad. De igual manera, la posesión de los alimentos principales de los hombres -el maíz en sus diversas formas, que se derivan de las deidades, el frijol, los bledos, la chía, la chicalota- es atributo exclusivo de los dioses, que se los proporcionan para su subsistencia.

La presencia en el imaginario simbólico hispanoamericano de este relato puede rastrearse en el empeño permanente de los pueblos respecto de la búsqueda de la identidad cultural, la necesidad de indagar las raíces míticas del pasado, el sentido dialéctico de la transgresión, el origen y la explicación sagradas de todo lo existente, que son tan propias de nuestra idiosincrasia, a pesar de las hondas transformaciones que significó el encuentro y la posterior asimilación de la cultura de Occidente. Hay un substrato íntimo en la visión del mundo y del hombre en nuestro continente que remonta a estas raíces precolombinos que han permanecido de alguna manera inalterables, pero que subsisten en virtud de la apropiación que de ellos ha hecho la memoria colectiva y se han fijado en la obra literaria de sus escritores, así como en el pasado pudieron transmitirse por la tradición oral y fueron recogidos por algunos cronistas para perpetuarlos con la escritura.

3. La transgresión

Quetzalcóatl no sólo transgrede las normas del reino del inframundo para dar origen a los hombres, sino a su vez viola las normas que se han instaurado en su propio reino, al embriagarse con el licor del maguey que le es brindado por los magos y hacer participar de este festín a su hermana Quetzal-pétlaltl (la Preciosa Estera) y a todo su pueblo, ofendiendo de esta forma a los dioses. En un relato de gran valor simbólico respecto de la noción de la caída y de la culpa, de auténtico origen prehispánico, denominado La transgresión en la selección que hemos utilizado, así se representa este origen remoto del dolor y la vergüenza por la pérdida de la armonía inicial que siente Quetzalcóatl y todo su pueblo, al permitir que el mundo de los sentidos, el entusiasmo por la embriaguez, hubieran sido más poderosos que la observancia de la norma del ascetismo frente a los placeres mundanos:

Y cuando amaneció el nuevo día, se sintieron llenos de amargura, se sintió amargado su corazón. Decía entonces Quetzalcóatl: ¡Ay desdichado de mí!

Y dominado por la tristeza en el interior hizo este canto y lo dijo al salir:

“Ya no se tome en cuenta mi suerte y mi mansión. Aquí ha de quedar. Y ¿Cómo aquí?

Aquí, sí y aún yo cante, aunque mi cuerpo de tierra fue hecho.

¡Afán y dolor son mi herencia!

 

Esta conciencia de la pérdida se traslada al pueblo entero, que en la voz colectiva del relato expresa la ausencia ahora de la armonía inicial y el llanto que genera la culpa por la norma transgredida por el dios: “El madero rojo se rompió: y aquí estamos llorando!”

Desde entonces se pierde la riqueza, la alegría, la prosperidad, pues Quetzalcóatl ordena esconder todo aquello que existía antes de la caída: el oro, las conchas, los plumajes, las piedras preciosas, todo lo bello y de valor es guardado en lugares escabrosos, dentro de las montañas, en los barrancos. Y emprende la huida a la tierra del negro y del rojo (Tlillan Tlapalan), el lugar donde se arde, pues nada hay que a partir de allí lo halague y debe abandonar por gran pesar su tierra, el reino de Tollán.

4. Desaparición y transformación

La huida de Quetzalcóatl representa el cambio de los tiempos, el abandono de la placidez mítica del pasado y el perfil paulatino hacia el mundo histórico, luego que el dios se inmola en el fuego para purificarse y dar origen, de nuevo, al mundo maravilloso de la vida, de la naturaleza y de la belleza que en ella hay contenida. Todo lo deja en el fuego, para que la purificación sagrada adquiera los amplios sentido simbólicos: se atavía con sus aderezos, las plumas de quetzal y la máscara de turquesas, y se lanza al fuego para que en este ritual de inmolación recomponga el mundo, se abran nuevos horizontes de sentido, se vislumbre un futuro mejor para el universo y los hombres:

Y es fama que cuando ardió y sus cenizas se alzaron, vinieron también a verlo y estuvieron contemplándolo todas las aves de hermoso plumaje que por los aires andan volando: la guacamaya de rojas plumas, y el azulejo y el tordo fino, el luciente pájaro blanco, y los loros y papagayos, los de amarillo plumaje y todas las aves finas.

Y cuando cesaron de arder las cenizas, a la altura se elevó el corazón de Quetzalcóatl.

De allí ha tomado su nombre de Dueño de la Aurora.

Y se cuenta aún más: cuatro días dejó de ser visto, porque había bajado al reino de los muertos y en esa región adquirió los dardos y al pasar los ocho días, vino a lucir como magna estrella. Y dicen que fue hasta entonces cuando comenzó a reinar.

El sentido circular de estos relatos sobre Quetzalcóatl es perfecto: cuando se prende fuego y se inmola para renacer en forma del dios matutino que alumbra todas las mañanas porque es el “Dueño de la Aurora”, regresa otra vez al inframundo, al reino de los muertos al que había bajado para robar los huesos de los hombres y poderles dar vida. Y se convierte la “magna estrella”, para reinar para siempre desde el cielo. Puede verse, igualmente, como expresión prehispánica del llamado “mito del eterno retorno” que tiene una función religiosa y cosmológica tan importante en la cultura de todos los pueblos, conforme los estudios de Mircea Eliade(8).

El mundo paradisíaco celeste

Algo similar se puede plantear respecto de un conjunto de relatos que refieren la idea de un mundo paradisíaco, especie de homogeneidad embrionaria de todo lo que existe, lugar mítico del comienzo de los comienzos, de índole astral, que le confiere un profundo sentido filosófico a las creaciones míticas del pueblo náhuatl; y substrato imaginario que pervive en las concepciones religiosas de los pueblos hispanoamericanos con notable influencia indígena de sus antepasados -como ocurre en México, Guatemala y en toda Centroamérica- y en las visiones de mundo de muchos de sus escritores, que mediante una reflexión más amplia podríamos extrapolar a gran parte de Hispanaomérica. Es la noción del pasado feliz, de la Arcadia, el Paraíso Perdido, del que participan muchas culturas en el mundo.

En la cosmogonía náhuatl, corresponde a la fundación del imperio de Tollan, del cual los aztecas y otros pueblos mesoamericanos derivaban toda su cultura, y está contenida en antiguos relatos en donde se describe un sitio paradisíaco celeste, especie de país extraordinario del cual se originan todas las plantas útiles para los hombres y desde donde brillan las estrellas como modelos celestes de los primeros hombres y que debían de servir de alimento al sol. Esta idea de un sitio ideal celeste corresponde también a aquel en el cual moraban los dioses primordiales -Tonacatecutli, “Señor de nuestra carne” y Tonacacíhuatl, “Señora de nuestra carne” y confirman el origen astral que los antiguos mexicanos conferían a todo lo existente: a la morada celeste se le llama Tamohuanchan, “la casa de la cual se baja”, mítico lugar desde el cual descienden las almas de los niños a la tierra y se incrustran en el vientre de las madres para originar la vida humana en el mundo histórico. La palabra “tolteca”, que para los aztecas significaba “artista” se deriva de Tollán -reino del poderoso dios Quetzal-cóatl-, en cuanto estos consideraron a sus antepasados míticos como los creadores de la ciencia sacerdotal.

En la selección de Garibay, con el nombre de Edad dorada de Tula, se describe en todo su esplendor este reino de Tollán:

Todo allí era riqueza: fino y rico lo que se comía, toda clase de sustentos. Dicen que las calabazas eran inmensamente gruesas, tales que todo su cerco era de cuatro brazas, algunas eran de forma esférica.

Y las mazorcas de maíz tan largas como el mango del mortero de moler (maní de mecate), bien largas y se tenían que abarcar con los brazos. Las plantas del bledo eran tan altas como palmas y crecían.

También allí se producía variada forma de algodón: rojo, amarillo, rosado, morado, verde claro, azul, verde oscuro, anaranjado, negruzco, purpurino, rojizo, bayo. Todo ese algodón nacía así teñido: nadie los metía en tintes.

 

En este espacio ideal se congregaba todo aquello que para los aztecas simbolizaba la belleza: las aves de esplendoroso plumaje, que con sus hermosos cantos le daban armonía el mundo y las piedras preciosas. La plenitud era total para los hombres, pues tenían allí el alimento material y el espiritual:

Nunca los moradores de Tula (Tollán) sufrieron necesidad: siempre eran felices y prósperos. Nada en su casa hacía falta. Aquellas mazorquitas que quedaban atrofiadas y no crecían, solamente les servían para calentar los baños.

Es el reino de Quetzalcóatl, el lugar de la felicidad y prosperidad absoluta, la Arcadia, el Paraíso, el magnífico espacio de la abundancia, origen remoto de la armonía total. Pero como se analizaba antes, este lugar será abandonado por el dios al transgredir sus normas y embriagarse con el licor de maguey, por lo que los hombres guardarán para siempre la nostalgia del pasado como mundo feliz, y lo llorarán con amargura a lo largo de los tiempos.

La pervivencia en el imaginario colectivo

La pervivencia de estos relatos en el imaginario colectivo es evidente al observar la cosmogonía de los pueblos mexicanos y mesoamericanos contemporáneos y por eso su relación con el desarrollo y las características del cuento moderno es demostrable cuando el entronque con el pasado no se limita a la tradición hispánica, sino se hace referencia a unos modos de ser y de pensar con un profundo raigambre precolombino.

Estos aspectos, que se relacionan con la forma como nuestros pueblos entienden y miran el mundo, abarcan también estructuras formales respecto de la manera de enunciarlo a través de los relatos: el carácter lineal de las historias, la brevedad, la concisión, la continua ruptura de los niveles temporales y espaciales, el paso indiferenciado de lo real a lo fantástico, un centro composicional relativamente marcado, la existencia de un personaje que nuclea la historia, la multiplicidad de imágenes poésticas que son atributos del cuento literario moderno, pero que están enraizados a las más remotas tradiciones. Y que nos facilitan afirmar que no existen profundas diferencias formales entre estos relatos míticos que venimos comentando y las creaciones de los autores que desde finales del siglo XIX pero en particular en este siglo, se han preocupado por la búsqueda de las raíces culturales más antiguas, esto es, las precolombinas.

De esta forma, podemos explicar de una manera más objetiva, es decir, inscrita en los procesos culturales que se han venido gestando desde tiempos inmemoriales y fracturadas tan radicalmente por la presencia europea en América, de algunas expresiones literarias que en la narrativa nos han caracterizado, como el realismo mágico, lo real maravilloso, el realismo fantástico. Tales singularidades de nuestras letras, desde esta perspectiva, dejarían de ser entonces una invención genial de un conjunto de escritores de este siglo, para convertirse en la expresión de una huella remota que subsiste en la memoria colectiva, aquella que dejaron los antiguos pobladores de nuestro continente y que manifestaron el asombro frente a la naturaleza, la inconmensurable vastedad del universo astral, el plácido pánico del inframundo, mediante relatos míticos que honraban a los dioses, haciéndolos perdurar en la palabra sagrada y la invención poética, los libros pintados o códices y el testimonio imperecedro de la piedra.

NOTAS

(1) GLOWINSKI, Selección de lecturas de investigación crítico literaria, tomo II, Compilación y prólogo de Salvador Redonet Cook, Universidad de La Habana. Facultad de Artes y Letras, La Habana, 1983.
(2) KRICKBERG, Walter , Las antiguas culturas mexicanas, Fondo de Cultura Económica, México, 1977; GARIBAY, Angel María, Historia de la literatura náhuatl, Editorial Porrúa, México, 1992; SOUSTELLE, Jacques, La vida cotidiana de los azteca en vísperas de la conquista, Fondo de Cultura Económica, México, 1994 y El universo de los aztecas, Fondo de Cultura Económica, México, 1986; LEON PORTILLA, Miguel, Literaturas indígenas de México, Fondo de Cultura Económica, México, 1992.
(3) Sobre el dios Quetzalcóatl pueden verse los libros de LAFAYE, Jacques, Quetzalcóatl y Guadalupe. La formación de la conciencia nacional de México, Fondo de Cultura Económica, México, 1977; PIÑA CHAN, Román, Quetzalcóatl serpiente emplumada, Fondo de Cultura Económica, México, 1977; SEJOURNE, Laurette, El universo de Quetzalcóatl, Fondo de Cultura Económica, México, 1978.
(4) SAHAGUN, Bernadino de. Historia general de las cosas de Nueva España, 4 vol. Porrúa, México, 1956.
(5) GARIBAY, Angel María. La literatura de los aztecas, Editorial Joaquín Moritz, Serie El legado de la América indígena, México, 1979.
(6) GARIBAY, Ibid. p. 22-23.
(7) KRICKEBERG, Walter. Mitos y leyendas de los aztecas, incas, mayas y muiscas, Fondo de Cultura Económica, México, 1992.
(8) ELIADE, Mircea. El mito del eterno retorno, Alianza Editorial, Madrid, 1982.

 

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