Metacognición y
estrategias lectoras
Rafael Areiza
Londoño
Luz Marina Henao Restrepo
Dentro del
ámbito académico, hablar de lectura nos
remite al concepto de leer para aprender. La
esencia del proceso lector implica un
pensamiento reflexivo, análitico, crítico,
de parte de un lectro autónomo e
independiente agente activo y responsable de
su propio aprendizaje.
Una de las
preocupaciones fundamentales de los
investigadores en educación está relacionada
con la metacognición, palabra que
etimológicamente proviene de «meta»:
más allá y «cognoscere» que significa
conocer, del verbo latino cognoscere; es
decir ir más allá del conocimiento.
Desde el punto
de vista del uso metalingüístico del término
se interpreta como la cognición acerca de la
cognición, el conocimiento acerca del
conocimiento y el saber, todos ellos referidos a
un sujeto cognoscente que racionaliza, piensa,
reconoce en sí el conjunto de procesos de «su»
pensamiento que «lo facultan» y le posibilitan
el aprendizaje sobre una realidad objeto de
«su» pensamiento que «lo facultan» y le
posibilitan el aprendizaje sobre una realidad
objeto de «su» preocupación» intelectual.
Estos procesos
metacognitivos se llevan a cabo cuando ese «yo»
cognoscente piensa acerca de su propio
pensamiento, reflexiona sobre si se tiene un
determinado conocimiento, sobre si se está
adquiriendo un determinado saber, o se reconozca
el nivel cognoscitivo adquirido, se racionalice
sobre errores o inconsistencias cometidas en una
instancia expositiva y en general en un análisis
interior, consciente, autoevaluativo del nivel de
conocimientos manejados por un sujeto que aprende
dentro de un contexto de educación formal o
autodidáctico.
Toda persona es
el único conocedor de su nivel de conocimiento y
de sus posibilidades de manejo conceptual. Es
decir, yo no puedo ser ignorante de mi nivel de
conocimiento, ni de mis representaciones mentales
acerca de la realidad, ni de mis propias
capacidades y limitaciones. Mi introspección
metacognitiva «me» permite reconocer qué
tareas estoy en capacidad de hacer y cuáles no,
al mismo tiempo que «mi» deseo de progreso
«me» recomienda discernir sobre «mis»
capacidades y limitaciones conceptuales para
mejorar «mis» niveles de manejo cognoscitivo de
la Memoria de Largo Plazo y optimizar
"mis" desempeños a la aplicación
conceptual de «mi» memoria procedimental. Vemos
así como la cognición -como proceso global-
además de estar relacionada con el manejo de
esquemas conceptuales, relaciones intertextuales
de los mismos esquemas, estructuración
conceptual dentro de un mismo campo semántico,
etc. también está referida a un conocimiento de
cómo funciona nuestra maquinaria cognoscitiva
que en últimas es el conjunto de procedimientos
psicosociolingüísticos de un hablante-oyente de
una lengua, simultaneizando este papel con el de
usuario de esa misma lengua en un hecho concreto
de comunicación o en la función específica de
interactuar con un texto del que se propone
adquirir nuevos conocimientos, fundamentado en lo
que ya conoce.
Cuando hablamos
del dispositivo psicosociolingüístico hacemos
referencia a que todo individuo de la misma
manera como hace un manejo intuitivo de la
competencia lingüística, así mismo, en sus
inicios conoce intuitivamente una gramática del
pensar y del cómo pensar, conocimiento
gramatical éste que puede en sus fases
posteriores llegar a explicitarse en el «yo»
cognoscente, desarrollando y maximizando de esta
manera la capacidad de aprender y por ende la de
ejercer control sobre el mecanismo
psicosociolingüístico, mediante estrategias
metacognitivas construidas en la práctica
continua y la autoevaluación de esas mismas
prácticas lectoras, de las cuales se ha
adquirido una estructuración conceptual
-esquemata- que faculta al lector para establecer
nuevas interacciones textuales con propósitos
cognoscitivos que obviamente transciendan el
nivel del cual se partió y que constituyen el
conocimiento previo. Estas estrategias o
habilidades metacognitivas están relacionadas
naturalmente con el desarrollo biológico, lo que
quiere decir que una persona de mayor edad
podría tener mayores capacidades para
introyectarse y analizar su capacidad de aprender
y determinar hasta qué punto ha comprendido un
conjunto conceptual contenido en un texto, hecho
este al que muy difícilmente podría acceder un
niño entre 7 y 8 años, edad en la que se supone
comienzan a desarrollarse esas habilidades
metacognoscitivas. Sin embargo éstas no sólo
están relacionadas con la madurez biológica o
la edad sino también con las experiencias de
aprendizaje en las cuales se ha visto involucrado
el lector y que le posibilitan en mayor o menor
grado construir redes de estructuras conceptuales
que permiten alcanzar un mayor o menor nivel de
aprehensión.
En últimas,
entonces, y sin dejar de desconocer la
importancia que juega la madurez biológica en
los procesos cognitivos y metacognitivos, se
puede asegurar que el desarrollo de habilidades
metacognoscitivas está en más íntima relación
con el dominio que un sujeto posea de sus estados
y procesos cognitivos tales como la memoria, la
atención, la percepción, la comprensión, que
con las variables antes mencionadas. Son estos
estados y procesos cognitivos los que en últimas
le permiten al lector: hacer autoexploraciones
cognoscitivas, formular implicaciones
cognoscitivas y abducciones textuales y
reconocimientos metalingüísticos en un texto
científico, por ejemplo.
La lectura se
constituye así, para el lector habitual en una
actividad recursiva, entendiendo como tal el
hecho de que un conocimiento adquirido modifica
una estructura cognitiva que faculta a su
poseedor para adquirir un nuevo conocimiento y
reestructurar una esquemata; y así hasta el
infinito, amén de facultarlo para generar una
estructura cognitiva y una red de relaciones
semánticas y/o conceptuales cada vez más
complejas. Esto es, claro, un concepto teórico
no aplicable en la práctica, pero sí
argumentativamente plausible si se parte de la
aceptación de un hablante-oyente ideal como lo
concibe Chomsky (1965). En nuestro trabajo, y
siguiendo la concepción chomskyana, entendemos
por generar el hecho psicolingüístico por medio
del cual todo usuario -eficiente y experto- de un
concepto asigna una estructura cognoscitiva a
todo manejo conceptual, es decir, reconoce las
determinaciones conceptuales que configuran el
macroconcepto y es capaz de explicitar esta
estructura en un texto expositivo. En otras
palabras, es poseedor de una competencia
cognoscitiva altamente cualificada y como
consecuencia de ello puede hacerse una
representación de la misma en el proceso de
comprensión lectora o de producción escritural.
De esta manera ubicamos así:
· Una
competencia textual entendida como la capacidad
que tiene todo lector eficiente de reconocer, de
codificar, interpretar, inferir, abducir y
construir implicaturas.
· Una
competencia cognoscitiva que se explica como la
capacidad que tiene el lector de reconocer en
primera instancia unas estructuraciones
discursivas propias de una modalidad escritural
dentro de la cual se involucra un metalenguaje
específico de la ciencia, del arte o la
tecnología de las cuales el lector debe
reconocer sus referentes reales y/o sus
referencias conceptuales.
Se considera
esta competencia como parte de la competencia
textual y simultáneamente involucrando en su
concepto el de competencia intertextual, concepto
muy manejado por la lingüística actual.
Como
consecuencia de poseerse una competencia
cognoscitiva, como lo vimos, alimentada por una
competencia intertextual, y la perentoriedad
humana de incrementar y cualificar el
conocimiento, se hace evidente la necesidad de
plantear la existencia de una competencia
metacognoscitiva íntimamente relacionada con los
conceptos de memoria semántica y memoria
procedimental que planteamos en artículo
anterior. López (1997:130) citando a Flavell
(1979) comenta: «Si lo cognitivo es lo que tiene
que ver con el conocimiento, lo metacognitivo es
lo que tiene que ver con el tener conciencia de
ese conocimiento y de cómo se logra éste: en
otras palabras, saber lo que sabemos y no
sabemos, así como también lo que conocemos
sobre nuestro propio sistema cognitivo: nuestras
capacidades y limitaciones y, por lo tanto, lo
que tenemos que hacer para llegar a saber. Así,
mientras la cognición tiene que ver con los
procesos mentales como la percepción, la
atención, la memoria y la comprensión, la
metacognición se ocupa de la metapercepción, la
metatención, la metamemoria y la
metacomprensión».
Es la
metacognición la depositaria de un conjunto de
habilidades cognitivas que facultan y, cuanto
más desarrollados, le facilitan al individuo la
adquisición, el empleo y el control del
conocimiento; es decir, la conciencia
metacognoscitiva de cada cual es lo que le da a
su poseedor la «sensación de saber» y al mismo
tiempo poder aplicar hábilmente ese conocimiento
en un contexto de realidad concreta y/o
conceptual. Queda claro de esta manera que esta
competencia metacognoscitiva es una instancia de
enlace entre la memoria semántica y la memoria
procedimental, y lo que es más importante para
nuestro propósito pedagógico: es el quid del
«aprender a aprender» y a comprender.
Este «aprender
a aprender» y a comprender es, como se ve, la
consecuencia directa de un desarrollo adecuado y
prolífico de conceptos del sistema integral de
memoria en el que, como vimos en el párrafo
anterior se involucra la experiencia
metacognoscitiva. Este hecho -el aprender a
aprender y a comprender- es un proceso
eminentemente lingüístico de adquisición,
estructuración y manejo de un conjunto de
conocimientos, así como la puesta en marcha de
ciertas habilidades metacognoscitivas que
permiten el reconocimiento de un nivel de saber y
son un hecho significativo dentro del proceso de
constitución de lo humano (Baena, 1996); es
decir, la construcción de un verdadero lector,
parte de un hecho cognoscitivo necesariamente
vinculado a unos propósitos autoconscientes de
construcción axiológica. Aparicio (1991:78) lo
ratifica cuando dice: «Aprender a aprender
genera independencia y responsabilidad, promueve
la autonomía y de paso amplía indefinidamente
los horizontes del ser humano en su deseo de
acceder al conocimiento y de producirlo».
Ello implica que
aprender a aprender y comprender lleva a un
desarrollo, refinamiento - cualificación - de
los esquemas cognoscitivos así como a una
necesaria transformación de un estilo pasivo y
dependiente del conocer por otro en el que el
pensar, el percibir, el memorizar y el comprender
construyen un formante activo, automotivado y
sobre todo independiente, reflexivo y realmente
agente constructor de su propio conocimiento,
resultado de una interacción transaccional con
el autor y con el texto, así como con unas
realidades empírica y conceptual de las que
parte en su propia construcción intencional y
deliberada como lector eficiente.
(...)
aprender a aprender y comprender lleva a un
desarrollo, refinamiento - cualificación -
de los esquemas cognoscitivos así como a una
necesaria transformación de un estilo pasivo
y dependiente del conocer por otro en el que
el pensar, el percibir, el memorizar y el
comprender construyen un formante activo
De lo anterior
se infiere que la educación formal puede
plantearse como objetivo final de todo de todo el
proceso, el de que los estudiantes APRENDAN A
LEER SIGNIFICATIVAMENTE, considerando gradaciones
y niveles tal como lo plantea De Zubiria
(l997:52), cuando dice:
«Una vez
son adquiridas las habilidades del leer
fonético, durante el ciclo preescolar, los
mecanismos decodificadores elementales
(primarios, secundarios y terciarios) deben
desplegarse durante la escolaridad primaria,
hasta quinto de primaria. La terciaria
requiere de operaciones formales siquiera
incipientes, por ende, en educación regular,
su ejercicio sistemático, debería
postergarse hasta sexto grado. Los mecanismos
decodificadores complejos (metasemánticos y
categoriales)han de desplegarse al finalizar
el bachillerato y durante la universidad,
hasta el doctorado. Nunca acabamos de
aprehender a leer".
El autor
identifica seis niveles de lectura como son:
lectura fonética, decodificación primaria,
decodificación secundaria, decodificación
terciaria y lectura metatextual y lectura
categorial; así mismo identifica en estos
niveles dos grandes bloques que denominan
lecturas elementales a las cuatro primeras y
lecturas complejas a las dos últimas. Veamos:
La lectura
fonética, preinterpretativa, se entiende como
una técnica sensoriomotríz mediante la cual se
coordinan procesos neuropsicológicos tendientes
a vincular grafemas con sonidos e imágenes. Este
proceso es lineal, y sucesivo de captaciones
grafemáticas mediante la ejercitación de
destrezas analítico-sintéticas. En términos
más elementales la podríamos explicar como un
proceso de recordación de cómo se sonorizan los
grafemas como paso inicial para una verdadera
lectura, para lo cual se debe reunir ciertos
requisitos físicos tales como percepción
visual, auditiva, aprestamiento espacial
principalmente lateralidad y direccionalidad, los
cuales en últimas desembocan en una
coordinación visomotora.
Este nivel de
lectura en el que como se ve se involucran
fundamentalmente un conjunto de habilidades, es
la puerta de entrada a la lectura y constituye
una herramienta indispensable para el acceso a
los otros cinco niveles, sin embargo, no
constituye en sí mismos el acto de leer.
La
decodificación primaria tiene como fundamento y
prerrequisito la lectura fonética, de cuyo
manejo depende este primer paso hacia la
comprensión lectora. Esta decodificación tiene
por objeto recuperar del mundo conceptual del
usuario los significados lexicales
independientes. Corresponde aproximadamente a una
traducción de términos o simplemente a una
lectura denotativa. Ello quiere decir que el
lector, que generalmente es un niño en sus
primeras fases de construcción, sólo podrá
retrotraer de su memoria semántica aquellas
determinaciones conceptuales que se han
estructurado en macroconceptos a partir de la
realidad empírico-sensorial y social que lo
circunscribe.
Lo anterior
invita a pensar que el lector eficiente comienza
a estructurarse desde muy tierna infancia. En
otras palabras, un niño que tenga mayores
oportunidades de exponerse a una amplia gama de
experiencias, lógicamente tendrá mayores
posibilidades, por lo menos en esta fase inicial,
de asociar grafemas con sonidos y sonidos con
significados, es decir, traducir textos de su
nivel a conceptos que concuerden con su mundo
experiencial. En este nivel elemental de lectura
se combinan tres mecanismos funda mentales como
son la contextualización, o sea el sentido
relevante que adquiere cada palabra dentro de un
contexto proposicional y/o textual; la sinonimia,
o sea las alternativas lexicales que se pueden
adoptar para la interpretación de una unidad
lexical y finalmente la radicación, como
mecanismo de descomposición morfológica a nivel
intuitivo de los elementos lexicales desconocidos
de cuya junción resulta un significado deducido
por la presencia de estos elementos morfológicos
en otras entradas lexicales conocidas de
antemano.
La
decodificación secundaria, está relacionada,
entre otros aspectos, con el manejo de un sistema
formal indispensable en el texto escrito, como
son los signos de puntuación, los cuales no
sólo le señalan al lector el conjunto de pausas
que es necesario realizar, sino también la
secuencia de ideas o juicios que se entretejen en
el texto a fin de configurar un sentido. Para el
lector es entonces indispensable reconocer unos
signos de puntuación que le indican el comienzo
y culminación de una oración; lo mismo que una
serie de entramados orgánicos que hilvanan al
anterior de la misma los elementos
lexicosemánticos que en su conjunto manifiestan
el pensamiento. El no manejo adecuado del
mencionado sistema formal de signos lleva a un
desorden lectoral cuya primera consecuencia puede
ser la de no encontrar cohesión entre las
oraciones constituyentes del texto y por ende la
no aprehensión de su sentido.
De otro lado, el
lector debe tener la habilidad de identificar los
elementos anafóricos los cuales son utilizados
por el escritor no sólo como recurso
estilístico sino como una exigencia del texto
para hacerse más cómodamente legible sin
repeticiones reiterativas.
Se entiende por
elementos anafóricos aquellas deixis
lingüísticas empleadas en un texto para
señalar un elemento dado con anterioridad, entre
los cuales se pueden identificar los pronombres,
los adverbios, los adjetivos posesivos.
Para ilustrar la
anáfora tomemos un cuento «El cautivo» de
Jorge Luis Borges, utilizado por Prato (94:60) en
el que se resaltan estos elementos:
El cautivo
«En Junín
o en Tapalqué refieren la historia. Un chico
desapareció después de un malón; se dijo
que lo habían robado los indios. Sus
padres lo buscaron inútilmente;
al cabo de los años, un soldado que venía
de tierra adentro les habló de un
indio de ojos celestes que bien podía ser su
hijo. Dieron al fin con él (la
crónica ha perdido las circunstancias y no
quiero inventar lo que no sé) y
creyeron reconocerlo. El hombre
trabajado por el desierto y por la vida
bárbara, ya no sabía oír las palabras de
la lengua natal, pero se dejó
conducir, indiferente y dócil, hasta la
casa. Ahí se detuvo, tal vez porque
los otros se detuvieron. Miró la
puerta, como sin entenderla. De pronto
bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo
el zaguán y los dos largos patios y se
metió en la cocina. Sin vacilar hundió el
brazo en la ennegrecida campana y sacó el
cuchillito de mango de asta que había
escondido ahí cuando chico. Los ojos le
brillaron de alegría y los padres lloraron
porque habían encontrado al hijo.
Acaso a este
recuerdo siguieron otros, pero el indio
no podía vivir entre paredes y un día fue a
buscar su desierto. Yo querría saber
qué sintió en aquel instante de vértigo en
que el pasado y el presente se confundieron;
yo querría saber si el hijo perdido renació
y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a
reconocer, siquiera como una criatura o un
perro, los padres y la casa.»
Convencionalmente
hemos adoptado hacer resaltar las
pronominalizaciones y en general los elementos
anafóricos del texto, cuya captación es
necesaria, para demostrar lo imprescindibles que
son al momento de querer acceder a un nivel
elemental de comprensión lectora, como es el de
determinar el tópico del discurso y su
estructura semántica, desarrolladas a través de
sus macro y microproposiciones.
Podemos
equiparar la lectura a una captación de
significado y a una construcción y
correlación de sentidos. Esto lleva a decir
que la lectura de cualquier texto demanda una
relectura integral (...)
De la misma
manera como la pragmática ubica dentro de la
estructura de los actos de habla, un componente
ilocutivo en el que se configuran la fuerza,
intención o propósitos del hablante en un acto
de enunciación, el lector establece diálogo con
el autor a través del texto para identificar
exactamente el matiz o los matices utilizados no
sólo en todas y cada una de las microposiciones
contenidas en el texto sino la intención global
que se propone exponer, demostrar, explicar,
argumentar o narrar en el escrito. Ello quiere
decir que el lector debe además ubicar en el
texto un conjunto de elementos modalizadores (por
ejemplo: es probable, definitivamente, puede ser
hipotéticamente, es así como, en conclusión,
etc.), que además de ser elementos conectivos,
indican cuál es la posición del autor con
respecto a un enunciado y direccionan en algún
sentido la argumentación en función de los
intereses del autor. A este hecho se le denomina
cromatización.
El fin último
que se propone la decodificación secundaria debe
ser el de la construcción de una proposición,
inferida a partir de los elementos semánticos
manejados en el texto así como de un entramado
argumentativo que el autor utiliza para presentar
y sustentar una idea fundamental.
Decodificación
Terciaria: Es el último momento del denominado
bloque de lectura elemental que tiene como fin
último el entrar en diálogo con el autor a
través del texto, identificando de la forma más
cercana posible el significado o los pensamientos
que el autor quiere comunicar.
Esta
decodificación terciaria es el momento
semántico más importante en el que el lector
debe tener la suficiente habilidad cognoscitiva
para identificar lo que Van Dijk ha denominado
macroproposiciones entendidas como aquel conjunto
de estructuras semánticas extraídas de un
conjunto proposicional argumentativo, narrativo o
expositivo que sintetiza semánticamente el valor
de una estructura globalmente coherente. En otras
palabras el lector tiene que saber discriminar en
el texto distintos tipos de construcciones, es
decir, diferenciar un conjunto de
microproposiciones que tienen por objeto
presentar, ampliar, sustentar o ejemplificar una
idea, de aquella proposición principal que
condensa en sí el tópico.
Es indispensable
además de la identificación macroproposicional
el identificar qué tipo de relación existe o se
establece entre las diferentes macroproposiciones
que conforman la estructura semántica global del
texto, o lo que es lo mismo identificar el
conjunto de relaciones y la función
argumentativo-semántica que desempeña cada una
de ellas dentro del escrito. Estas relaciones se
establecen mentalmente mediante el empleo de lo
que Ducrot denomina conectores argumentativos que
adicionalmente a su función de enlace, orientan
y direccionan argumentativamente un conjunto
proposicional y por qué no macroproposicional,
dándole así orden a la información para
facilitar su comprensión y almacenamiento. Ello
permite la construcción del modelo de una
estructura semántica dada, en la que cada una de
las macroproposiciones se jerarquiza en relación
con las otras, permitiendo una más fácil
recordación y reconstrucción más o menos fiel
de una información cognoscitiva.
El hecho de
construir ese modelo jerárquico e integrarlo a
la Memoria de Largo Plazo (MLP) enriquece
esquemas cognoscitivos, permite incrementar el
nivel inferencial, facilita nuevas lecturas y en
definitiva mejora lo que se ha denominado la
competencia intertextual. Se llega así no
solamente a un manejo/interpretación conceptual
de la información del texto específico, sino a
la producción de discursos más complejos, y a
nuestro parecer, no solamente es la puerta de
entrada hacia el bloque de lecturas complejas
sino también a la asimilación de estilos y
competencias escriturales que redundan en
potenciar la capacidad de escribir nuevos textos.
Lectura
Categorial: Siendo la lectura un proceso tan
complejo en el que se imbrican toda una serie de
condiciones físicas y capacidades psicológicas,
es de pensar que solamente a través del
ejercicio de ellas es posible acceder a un
sentido del texto o a una captación,
cuestionamiento y correlación de su objeto para
llegar a dar cuenta cabal de un contenido.
Podemos equiparar la lectura a una captación de
significado y a una construcción y correlación
de sentidos. Esto lleva a decir que la lectura de
cualquier texto demanda una relectura integral, a
la manera de una regurgitación del sentido, con
el fin de, no sólo "saborear" su
semanticidad, lo mismo que el estilo del autor,
sino también una elaboración, reelaboración y
confrontación de su sentido además de
categorizar estructuras semánticas de la
complexión total del texto. En términos más
concretos, la lectura categorial tiene su primer
escaño en la relectura como momento preliminar a
la lectura compleja.
Sin embargo esta
lectura categorial demanda un proceso en el que
se identifican los siguientes estadios:
·
Identificación de las ideas principales o
macroproposiciones que orientan, sustentan o
argumentan un punto de vista.
· Una vez
extraídas las macroproposiciones se jerarquizan
en orden ascendente, es decir en orden de
importancia o posiblemente mostrando una
secuencia a través de la cual se desarrolla el
contenido o estructura semántica. Estas
macroproposiciones van mostrando la secuencia de
desarrollo temático y en su conjunto muestran la
estructura global del texto
superestructura-. La organización
jerarquizada de estas macroproposiciones es muy
importante dado que permite reducir el texto a lo
esencial y facilitar el almacenamiento de la
información en la Memoria de Largo Plazo, hecho
fundamental en un momento posterior (lectura
metatextual) cual es el de la integración del
hecho cognoscitivo presente, con los ya
estructurados en esquemas cognoscitivos antes
adquiridos, lo que a su vez faculta el manejo de
los requerimientos de la memoria procedimental.
· La
jerarquización dada en el estadio anterior
permite identificar la macroproposición que
articula el texto, es decir, la tesis, al rededor
de la cual circunvalan las restantes
macroposiciones para sustentarla.
· Una vez
identificada la tesis, se trata de confrontar las
macroproposicones sustentatorias con la
macroproposición de la tesis, como resultado de
lo cual, se debe identificar la coherencia
conceptual que ha manejado el autor. En otras
palabras se trata de identificar las relaciones
conceptuales que hilvanan el texto en sus
configuraciones semántica y cognoscitiva.
Lectura
Metatextual
Una vez el
lector se ha ocupado de la lógica interna del
texto, llevando a cabo los objetivos
anteriormente expuestos, puede ejercitar la
elaboración metatextual, que consiste en
contrastar el texto leído, con el autor, con la
sociedad en la cual vive y con el resto de los
escritos; todo texto se escribe en un contexto
específico y está configurado en parte por la
cultura y el entramado social en el que se crea.
Sólo el reconocimiento de este hecho puede tener
una profunda influencia sobre el sentido que el
lector construya cuando se enfrente a un texto.
Contrastar o comparar es una de las mejores
maneras de utilizar productiva y creativamente la
lectura, comprendiendo las ideas de los demás,
refutándolas, ampliándolas, reelaborándolas,
estableciendo conexiones entre textos, entre
teorías, entre formas de visionar el mundo y la
cultura - competencia intertextual-. Al
retrotraer los conceptos manejados en este
artículo nos damos cuenta de que la lectura es
un acto complejo en el que se involucran toda una
serie de factores socioculturales y de facultades
mentales. Pensamos que la función principal que
debe desarrollar el sistema educativo como una
globalidad es propender por poner en contacto al
estudiante con toda una serie de experiencias
dentro de su contexto sociocultural y propiciar
actividades tendientes a lograr una puesta en
marcha consciente e intencional de las facultades
cognoscitivas del estudiante.
Más
concretamente, el sistema educativo debe
orientarse hacia el desarrollo de un conjunto de
competencias: cognoscitiva, comunicativa y
metatextual, entre otras; que una vez
cualificadas le permitan al formándose continuar
en su proceso de aprender, es decir, acceder por
sí mismo a la comprensión, análisis,
apropiación y finalmente generación de nuevos
conocimientos en ejercicio de su autonomía
conceptual.
Para desarrollar
la habilidad de leer es fundamental formar y
formarse hábitos de lectura. Se necesita
trabajar con disciplina, aprender a amar la
lectura, incorporándola al quehacer cotidiano,
porque a leer se aprenden leyendo y releyendo; en
este caso, la práctica es insustituible.
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