Changó el gran putas:
mito, lenguaje y transgresión
Cesar
Valencia Solanilla
El
proceso de búsqueda, revelación y
afirmación de la identidad cultural es una
de las tendencias que identifican la novela
colombiana contemporánea, en la que es
evidente el interés por integrar los mitos
de nuestra tradición y hacer del lenguaje un
instrumento eficaz para la experimentación
formal. La transgresión, no sólo como
violación de la norma sagrada sino de los
paradigmas de la modernidad, representa uno
de los fundamentos estructurales que pueden
estudiarse en la narrativa contemporánea. En
este texto se analizan las relaciones entre
el mito, el lenguaje y la transgresión tanto
al nivel de la historia como del discurso en
la novela de Zapata Olivella.
En torno a
la transgresión
La transgresión
como fenómeno dinamizador del cosmos se
encuentra presente en los relatos míticos
fundamentales de casi todas las religiones, en la
medida en que la subversión de las normas
sagradas no deriva simplemente en el castigo,
sino por el contrario es una acción
indispensable y eficaz para que tenga lugar, de
manera inefable, el incesante movimiento entre el
desequilibrio y el equilibrio al que tienden las
sociedades humanas. En los libros sagrados el
caos de la homogeneidad inicial se rompe por la
intervención de los dioses, por la fijación de
normas que posibilitan la heterogeneidad, regulan
las relaciones entre los hombres y las deidades y
organizan el cosmos. Al establecer límites e
imponer san ciones por la violación de lo
prohibido, la ley ordena transitoriamente el
mundo pero al mismo tiempo abre potencialidades
para la renovación, por cuanto la acción de
transgredir implica no sólo el castigo sino el
comienzo de radicales cambios.
Si la norma
sagrada fundamental permaneciera incólume, si
los héroes míticos y legendarios no
emprendieran a su vez la acción de subvertir esa
arcadia feliz inicial, el universo silencioso de
los hombres y de los dioses involucionaría hacia
el caos primario de la homogeneidad, ya que no
existirían fuerzas que impulsaran el
desequilibrio primario. Difícil imaginar las
civilizaciones de los hombres sin esos seres
maravillosos que quebrantan la voluntad de los
dioses, para dotar al cosmos de un mayor sentido,
para hacerlo múltiple y dialéctico: Prometeo y
Luzbel en la tradición occidental, Ixquic,
Hunahpú e Ixbalanqué entre los mayas,
Quetzalcóatl y Tezcatlipoca para los aztecas,
Yurupary en las culturas amazónicas, Changó en
la religión yoruba del Africa.
Transgredir
entonces significa poner en movimiento,
transformar el frágil equilibrio normativo para
que poderosas fuerzas renovadoras dinamicen el
mundo. Por eso el lenguaje de la transgresión es
múltiple, irreverente, polifónico. La
transgresión es la aventura de la libertad del
hombre frente al discurso monológico del poder.
De ahí la gran importancia que tiene este
fenómeno no sólo desde la perspectiva del mito
y la fenomenología de las religiones, sino con
relación al arte y la literatura.
En lo que
respecta a la literatura, es sugestiva la
relación que se puede establecer entre la
creación verbal y la transgresión, entendida
ésta no sólo como el quebrantamiento de una
norma sagrada, sino también de los paradigmas,
doctrinas, dogmas y costumbres de los hombres, de
sus valores éticos y morales. El lenguaje, que
es el instrumento esencial del hombre para
desatar las fuerzas cosmogónicas en la medida en
que la palabra nombra el mundo y desarrolla el
mito, es así mismo el medio para canonizar las
verdades pretendidamente irrefutables de la
religión, en la medida en que su génesis (la
del lenguaje) es sacralizada como derivación de
los demiurgos. Octavio Paz lo expresa así de una
manera vehemente:
La
palabra es el hombre mismo. Estamos hechos de
palabras. Ellas son nuestra única realidad
o, al menos, el único testimonio de nuestra
realidad. No hay pensamiento sin lenguaje ni
tampoco objeto de conocimiento: lo primero
que hace el hombre frente a una realidad
desconocida es nombrarla, bautizarla.(1)
Los libros
sagrados, por esta razón, son la manifestación
máxima del lenguaje en cuanto han sido escritos
o dictados por los mismos dioses. Desde esta
perspectiva el lenguaje tiene un carácter
ambiguo: entroniza la norma, sacraliza la
palabra, la vuelve irrefutable, pero al mismo
tiempo le proporciona a los hombres y a los
propios dioses la posibilidad de imprecar,
subvertir, transgredir, es decir, desestructurar
estructuras estables.
La
creación verbal, abandonada ya la
pretensión platónica del carácter
enajenador y apenas mediador de ésta
respecto de musas, hijas de Zeus y la
Memoria; y transformada desde el romanticismo
en aventura prometeica, es decir, en
manifestación radical y demiúrgica de la
libertad del hombre para gestar sentido, es
fundamentalmente transgresora. Crear es
colocar algo en donde no había nada, dar
sentido, por lo que la invención verbal no
sólo aproxima a los seres humanos con las
deidades, sino revela una de las condiciones
fundamentales del ser, cual es su libertad.
La creación verbal es la aventura humana de
la libertad, como lo es la transgresión. El
sujeto transgresor, por tanto, es un sujeto
creador y la transgresión la aventura
superior de la creación artística.
La
transgresión es la aventura de la libertad
del hombre frente al discurso monológico del
poder. De ahí la gran importancia que tiene
este fenómeno no sólo desde la perspectiva
del mito y la fenomenología de las
religiones, sino con relación al arte y la
literatura.
Mito y
lenguaje
El espacio
privilegiado para el mito lo constituye el
lenguaje, si tenemos en cuenta que mediante el
lenguaje se gesta la palabra que enuncia y da
origen a todo lo existente. Más que la mano
poderosa de las deidades moviéndose en el
comienzo prelógico del universo, es la palabra
mágica del demiurgo, la voz que ordena, lo que
confiere sentido a las cosas que ella misma va
creando. En los relatos cosmogónicos de las
religiones, al caos embrionario sucede la
heterogenidad que ordena el dios o los dioses
creadores de universo mediante la palabra. Por
ello el mito es palabra sacralizada, génesis
absoluta de todo lo que existe; o como lo expresa
Mircea Eliade, el mito constituye el paradigma
de todo acto humano significativo (2)
En la creación
literaria sucede algo parecido: el artista pone
en movimiento inefables fuerzas de su
imaginación y crea virtualidades que dotan de
sentido al mundo que es enunciado por la palabra.
Para que esto sea posible, es preciso que exista
un profundo nivel de coherencia en la virtualidad
que se gesta, o lo que los teóricos de la
literatura -en el caso de la narrativa- llaman verosimilitud
interna (3). El paralelismo entre el
creador y el demiurgo, entonces, no es una simple
aspiración romántica, sino una especie de
maravillosa revelación del eterno retorno a lo
mismo, en la medida en que fueron los hombres,
también en los abismales comienzos del mundo,
los que con el asombro sonoro de la palabra
inventaron a los dioses, que a su vez crearon a
los hombres y así hasta infinito antes y
después del infinito:
La
palabra es un símbolo que emite símbolos.
El hombre es hombre gracias al lenguaje,
gracias a la metáfora original que lo hizo
ser otro y lo separó del mundo natural. El
hombre es un ser que se ha creado a sí mismo
al crear un lenguaje. Por la palabra, el
hombre es una metáfora de sí mismo. (4)
La
transgresión, desde estas perspectivas, es
manifestación genésica -y subversiva- del
lenguaje, ya que mediante ella se le imprime un
carácter dialéctico al mundo, porque el creador
literario ejerce violencia sobre el lenguaje, le
hace brotar sonoridades ocultas, mantiene su
perpetuo movimiento, lo separa del habla
cotidiana. En la invención artística, sin
embargo, en particular desde las grandes obras
que dieron comienzo a la modernidad, el lenguaje
no tiene sólo el carácter de instrumento para
crear mundos y violar prohibiciones para la
fecunda labor transgresora que posibilita nuevos
horizontes para el hombre, sino se convierte en
transgresor de sí mismo, en la medida en que
evoluciona e involuciona constantemente buscando
sentidos inéditos a su propio ser, transformando
el habla, alterando la sintaxis, fracturando los
niveles lógicos y semánticos en un permanente
fluir de propuestas formales. Gran parte de la
reflexión crítico-literaria contemporánea
sobre los fenómenos de la modernidad y de la
posmodernidad se ocupa de estos aspectos, por
cuanto son esenciales en las nuevas concepciones
de mundo que se dan a través del discurso
literario (5) .
Changó el
gran putas, de Manuel Zapata Olivella (6) , que es una novela
poemática y una novela total en el sentido en
que lo tienen las grandes obras de la modernidad,
ofrece a la investigación literaria, desde la
perspectiva de la transgresión, connotaciones
muy sugestivas que pueden corroborar nuestros
enunciados. Interesa señalar en esta
aproximación crítica la relación íntima entre
la transgresión en el nivel de la historia
-la forma como el texto se apropia de ciertos
aspectos significativos de la realidad
latinoamericana y de la mitología africana, por
una parte, lo mismo que de la transgresión
respecto del discurso -el lenguaje como
fundamento para estructurar internamente la
novela-.
La saga
del mestizaje
Esta novela es
principalmente la saga de los negros en América,
de sus luchas y padecimientos en un continente
ajeno, de sus dioses y ancestros, como también
es la saga, en un nivel metafórico, de los ekobios (7) , de los humillados y
ofendidos de todo el continente: indios, mulatos,
mestizos, desposeídos de todas las razas y
condiciones. Changó el gran putas es, en
este sentido, la saga del mestizaje en América
Latina.
Es una saga -y
desde luego una epopeya (8) - en cuanto narra la historia
legendaria de una raza y de un pueblo, alternando
personajes históricos y mitológicos,
confiriéndoles indistintamente cualidades reales
y maravillosas a unos y otros, pues se trata de
una obra literaria. La novela fusiona lo mítico
con lo histórico y desarrolla internamente un
constante movimiento circular de presencia y
diálogo de los ancestros africanos -personajes a
la vez históricos y mitológicos- con hombres y
mujeres claves de nuestra historia como Bolívar,
José Prudencio Padilla, José María Morelos,
Benkos Biojo, Toussaint LOuverture, Henri
Christhophe, Bouckman, Mackandal, Malcom X y
otros que son presentados como los depositarios
de la herencia cultural africana.
El mito se
vuelve historia y la historia se narra como mito,
para revelar una sugestiva y única realidad, lo
que se pone en evidencia no sólo por la continua
interacción entre el mundo fantástico y
maravilloso de los ancestros y el mundo real de
los vivos, sino porque éstos a su vez realizan
acciones extraordinarias cuando en sus vidas se
hacen presentes los dioses o revelan algunos
signos externos que los revisten de poderes
especiales ya que son legatarios de la tradición
religiosa africana. Los líderes revolucionarios,
los luchadores de las causas populares no
simplemente realizan una acción política como
seres históricos, sino llevan la marca de los
ancestros -dos serpientes que se muerden las
colas- que los identifican como descendientes de
Nagó y tienen la misión protectora de sacar a
su pueblo de la esclavitud.
Por esto la
narración se desarrolla desde un tiempo mítico
-el pasado legendario de las deidades africanas,
los Orichas, los ancestros- hacia un tiempo
histórico que se remonta a la época de la trata
de negros desde Africa a América, y cubre las
luchas libertarias por varios siglos, hasta el
pasado próximo del mundo contemporáneo. Marvin
A. Lewis, tomando como base la obra de Benny
Barthold, Tiempo negro, así lo plantea:
(...) en Changó,
el gran putas hay un movimiento
sincrónico, desde un tiempo mítico o
cíclico, hacia uno diacrónico, preferencia
por la historia en la cual el tiempo es visto
como una secuencia lineal. (9)
Más que
la mano poderosa de las deidades moviéndose
en el comienzo pre-lógico del universo, es
la palabra mágica del demiurgo, la voz que
ordena, lo que confiere sentido a las cosas
que ella misma va creando.
En su estructura
externa, la novela se divide en cinco partes que
en el nivel diacrónico desarrollan los
siguientes núcleos temáticos:
1. Los
Orígenes: referido a los orígenes
míticos de la raza negra, a sus deidades
tutelares, a la manera del Génesis en la
tradición judeocristiana, pero también a la
historia del despojo y la trata inhumana de
importantes grupos culturales que fueron
arrancados de sus tierras y traficados como
esclavos para el afianzamiento de las potencias
españolas y portuguesas en América. En esta
primera parte se revelan las bases míticas de la
saga de los negros en América, que sirven como
eje nucleante a través de toda la narración.
Existe allí fusión de elementos míticos y
religiosos de la cultura africana e integración
en el discurso de la poesía y la prosa, de la
leyenda y la historia, que se derivan de la
noción del tiempo cíclico.
2. El Muntu
Americano: relata la experiencia esclavista
americana, el encarcelamiento, el exilio y la
resistencia a los españoles, franceses e
ingleses. Se desarrolla en el tiempo histórico,
con héroes culturales significativos para la
raza negra, como Benkos Biojo, François
Mackandal y Nat Turner. Tiene como protagonista
principal a Benkos Biojo, que simboliza la
rebelión y la defensa de lo humano, que es
sojuzgado permanentemente por los esclavistas y
autoridades coloniales. El héroe nace bajo el
signo de Elegba, un ancestro que comunica el
mundo de los vivos con el de los muertos, y lleva
en su cuerpo la imagen de las dos serpientes
devorándose, signo este que identificará a los
escogidos por los dioses para las luchas
libertarias.
3. La
rebelión de los Vodús: el héroe popular en
torno al cual se desarrolla principalmente esta
parte es Mackandal, líder haitiano de singular
importancia para la historia de América. Como en
casi toda la novela, a través de él se mezclan
elementos míticos e históricos, con la
aparición de ancestros como Ogún Ngafúa,
Olugbala, Nagó, consubstanciados en las voces de
Toussaint L'Ouverture, Bouckman, Dessalines y el
famoso rey Henri Christophe, primer emperador
negro en América.
4. Las
sangres encontradas: correspondiendo al
sentido general de la novela como saga de la
libertad de los negros y en general de los
mestizos en América, esta parte muestra, a
manera de epopeya y discurso libertario, las
luchas insurreccionales en varios países del
Caribe y México, con héroes culturales como
Simón Bolívar, José Prudencio Padilla, Antonio
Maceo, Aleijaidihno, Bouckman, José María
Morelos, entre otros.
5. Los
ancestros combatientes: está dedicada
principalmente a narrar la gesta libertaria en
Estados Unidos, la participación de sus líderes
en las luchas populares y el sentido profético
de héroes como Nat Turner, Agnes Brown y Malcom
X. Explora la idiosincrasia afroamericana en
Norteamérica y muestra la persecución, la
discriminación social, la injusticia y las
masacres, al igual que la conciencia
revolucionaria que se ha ido gestando entre los
negros como grupo marginal en el país del norte.
A su vez, cada
una de estas partes se subdivide en capítulos,
que corresponden a momentos significativos en el
desarrollo cronológico y lineal de la historia,
configurando un enorme mosaico de cinco siglos de
dominación y explotación pero también de
luchas por la libertad material y espiritual.
La estructura
interna corresponde a una compleja concepción
del tiempo cíclico, que a manera de espiral
construye una realidad, trascendente e inmutable,
que es la realidad mítica. De esta forma, logran
abolirse las categorías espaciales y temporales
para transgredir radicalmente lo histórico sin
abandonar por eso su vocación histórica, ya que
se trata de conferir coherencia narrativa, es
decir, verosimilitud discursiva, a la
comunicación de los hombres con los dioses y
ancestros.
Como la novela
propone un mundo virtual que fusiona lo real con
lo fantástico, lo mítico con lo histórico,
existe una plena dialéctica entre la vida y la
muerte, entre el pasado, el presente y el futuro
con relación al tiempo, ya que el mito es
también realidad ontológica límite del hombre,
tiempo que fluye en sí mismo, que transgrede
toda linealidad.
Lenguaje y
transgresión
Iam Smart
sostiene que Changó el gran putas es una
novela poemática, «en la medida en que su
lenguaje es infundido por la mitología» (10). Para allanar esta invasión de
lo poético en la ejecución de una novela
poemática, es decir, concebida desde una
sintaxis poética, el autor acude a una multitud
de técnicas narrativas, giros lingüísticos,
alteraciones verbales y demás recursos formales,
que le confieren a la obra una atmósfera
misteriosa en la apropiación de lo histórico y
de sugestividad en lo artístico.
Concebida como
saga, desde el comienzo se descubre la intención
de convertir el lenguaje en puente hacia la
sacralización de lo narrado. A la manera de los
libros sagrados como La Biblia en la
tradición judeo-cristiana, el Popol Vuh o
La leyenda de Yurupary en las culturas
amerindias, la novela se inicia con un preludio
narrado por Ngafúa, hijo de Kissi Kama, en forma
de un largo poema, en tono elegíaco, que invoca
a las deidades gestoras del cosmos, a los Orichas
y a los primeros hombres míticos, evoca la
tierra de los ancestros y relata la maldición de
Changó, que será el hilo conductor de la
narración y la explicación
histórico-mitológica del destino de la raza
negra en América:
Por
venganza del rencoroso Loa
condenados
fuimos al continente extraño
millones
de tus hijos
ciegos
manatíes en otros ríos
buscando
los orígenes perdidos. (p. 16)
De tal forma, la
recurrencia a la forma poética no es un simple
artificio técnico, sino una opción consecuente
con la materia narrativa, por cuanto se está
relatando el origen sagrado de la raza negra
conforme diferentes mitologías -en particular de
la religión yoruba- con su variada gama de
deidades que acompañarán a los esclavos negros
en su cautiverio y poblarán su rabia y su llanto
ahogado en el continente del exilio. El poema es
heroico, nostálgico, fundador de nuevas
realidades, mítico, como los poemas homéricos
de la tradición griega. El poema aquí sacraliza
la palabra porque el verbo funda el mito
evocándolo y hace funcionar las potencialidades
de lo escatológico.
El tono
poemático se mantendrá en casi toda la novela,
aunque ésta se narre fundamentalmente en prosa.
Al asumirse como epopeya, al plantearse como
saga, el lenguaje todo está al servicio de ese
sincretismo que crea una realidad aparte, virtual
y poética como el mito. Por ello se desvertebran
las unidades sintácticas en los repentinos y
sugestivos cambios verbales que generan un
indiferenciado traslado del ayer al ahora y al
mañana tanto en los contextos aludidos como en
la individualidad de los personajes, de tal forma
que en la voz narradora principal se fusionan
otras voces para configurar una verdadera
polifonía.
Seleccionamos
dos ejemplos notables, referidos al nacimiento de
dos héroes fundamentales en la novela y en la
historia de nuestra América -Benkos Biojo y
José Prudencio Padilla- para ilustrar esa
voluntad transgresora del lenguaje que permite la
abolición de las nociones de tiempo y espacio,
al igual que la construcción de lo poético y lo
mítico como símbolo del sincretismo cultural.
Benkos Biojo ha
sido escogido por los ancestros para vengar los
oprobios de la esclavitud a la que ha sido
sometida su raza en el continente americano, pero
su nacimiento ha demorado siete días y noches de
sufrimientos para su madre Potenciana Biojo, de
modo tal que deben ayudarla a parir su tío
Domingo y algunos de los Ancestros que acuden a
su difícil alumbramiento (los destacados son
nuestros):
Me puse a
levantar los escapularios y abro una
rendija para que entraran los
Ancestros: Primero Sosa Illamba, partera del
nuevo Muntu. Le traía las sangres y
las aguas de los buenos partos. Después
Nagó le descose los párpados para encenderle
las chispas de la guerra. Lento, de
pisadas grandes, se acerca Olugbala.
Para agrandar la brecha de la matriz, mete
un hombro, luego el otro y ya adentro, palmoteó
por tres veces las nalgas del niño
infundiéndole su potencia. Huyó la
oscuridad porque se acerca el sol de
Kanuri «Mai», la sonrisa que soporta todos
los dolores. Ausente, presente, también
estuvo el abuelo Ngafúa, dador de la
experiencia. (p. 97)
Es evidente que
a la voz narrador del tío Domingo que hace de
partero se interpola la del narrador omnisciente
para que los Ancestros hagan su labor en el
tiempo sin tiempo del alumbramiento del héroe
caribeño, ya que las deidades acuden allí para
sacralizar su llegada al mundo de los vivos; un
parto que podría entenderse como otro hecho más
de la naturaleza si no fuera por la presencia de
los dioses, que le confieren un sentido mágico.
Algo similar
ocurre respecto del nacimiento de José Prudencio
Padilla, el héroe guajiro que es reivindicado
hasta lo legendario en esta novela de Zapata
Olivella. En un pasaje de hondas connotaciones
simbólicas, se acentúa mayormente esa
construcción sintáctica transgresora tan eficaz
para reflejar lo mítico y lo poético: Padilla,
que tiene en sus venas sangre negra, india y
blanca puesto que es un mulato, es revelado en la
novela como depositario de una memoria cultural
que le permite transitar en el espacio-tiempo del
mito, como ser histórico y mitológico,
inclusive antes de ser hombre, cuando navega como
pez en las aguas maravillosas del mar Caribe.
Como se trata de un párrafo con significativas
connotaciones, lo citaremos in extenso, para
enfatizar el alto nivel expresivo que alcanzan
las evocaciones de sus antiguos nacimientos:
Tengo recuerdos
del primero o cuarto nacimiento en aquel
barco incendiado cuando me sacó del
océano para arrojarme a estas playas
guajiras. Sentí los dedos del agua
amarrando mis espinas; la amplia ampolla de
la branquia llenándose por primera vez de
aire; luego, memoria del Muntu que toma
forma , con algas me tejerán las
aletas de los pies. Todavía el cuerpo y las
piernas duermen en el pensamiento
acuoso de mi madre Sosa Illamba. Transcurrirán
nueve lunas hasta cuando se compacten mis
huesos y las escamas negras de mi piel. Una
noche iniciaré el gran viaje con la
proa de mi frente. Palpaba, veo el
sonido, me teñían los olores, navegaba
en los fondos placentarios. (p. 241)
Al
asumirse como epopeya, al plantearse como
saga, el lenguaje todo está al servicio de
ese sincretismo que crea una realidad aparte,
virtual y poética como el mito.
El carácter
simbólico de este nacimiento es espléndido:
José Prudencio Padilla proviene del mar que
representa la vida, ha sido engendrado con la
ayuda de la diosa Sosa Illamba y será parido por
su madre india que lo ata a su tierra para que
confluyan en él los tres espacios míticos.
Siendo memoria del Muntu, es memoria del mar y de
la noche, sus huesos humanos han sido antes
espinas, la piel, escama, los pies, aletas. La
sinestesia logra una connotación más allá de
lo sugestivo: este ser formidable que nace para
luchar por su pueblo es capaz de "ver el
sonido", de que "lo tiñan los
olores" ya que su memoria se remonta a la
placidez de la placenta materna, inmensa e
insondable como el mar.
Si esto ocurre
respecto de la sintaxis, otro tanto se deriva de
la utilización de la focalización, ya que la
alternancia de voces narrativas revelan la
concurrencia indiferenciada de distintos
narradores, en particular de seres mitológicos o
histórico-míticos, que van transformando
paulatinamente el sentido de la historia y
construyendo el mito, desde una perspectiva de la
mitología africana en América.
Varios son los
narradores que intervienen en la novela como
narradores principales: Ngafúa, hijo de Kissi
Kama, que como se dijo inicia la narración y
cuenta la historia desde su cautiverio de «La
Loba Blanca», el barco negrero tripulado por
blancos. De igual manera interviene Nagó el
navegante, Kanuri «Mai», el príncipe Kush,
Olugbala y Sosa Illamba, que a su vez se
reencarnan en otros héroes legendarios como
Benkos Biojos, José María Morelos, Mackandal,
José Prudencio Pradilla o Agne Brown.
La existencia de
esta multitud de narradores, la transformación
mítica de sus vidas, hace que el ritmo mismo de
la narración adquiera una connotación especial
en que se fusionan tiempos verbales, como si todo
transcurriera en el sin tiempo del mito, como si
coexistieran distintos espacios y seres en la
simultaneidad de lo cíclico. Así se muestra
Elegba en el barco negrero que lleva a los
ekobios:
(...)
Probó el vino y se limpia los ojos
para no perder palabra de lo que les
había dictado en un futuro que
recuerda sin haberlo pensado todavía ...
(p. 49)
Ivonne
Captain-Hidalgo, especialista en la narrativa de
Zapata Olivella, señala en este sentido que el
escritor utiliza una eficaz estrategia narrativa:
El
momento presente forma un punto céntrico
para los acontecimientos ya pasados, para los
que van a ocurrir y para esos en vía de
desarrollarse (...) Por igual, la sintaxis y
las estructuras verbales demuestran el
predominio del aspecto temporal. Es posible
que un solo personaje hable en el pasado para
luego ser comprendido en el futuro o en el
presente. (11)
El
lenguaje parece perder la función utilitaria
de la denotación para volverse pura
connotación, pues el talento literario de
Zapata Olivella logra construir una obra que
supera los límites de lo literario para
acercarse a los linderos de la epopeya y de
la escritura sagrada, de la saga antigua.
Y ya que la
intención esencial es convertir el tiempo
cronológico en tiempo circular, espiral que se
extiende y se contrae reinventándose a sí
misma, la sintaxis es desarticulada de manera
reiterativa en busca de esa indeterminación
temporal y espacial en donde se integran varios
niveles de la narración: el de la omnisciencia,
la alusión, la primera persona del presente que
realiza una acción y al mismo tiempo recuerda
algo del pasado y lo proyecta al futuro.
Así lo relata
José María Morelos, el escogido por Changó
para liberar a su pueblo porque es además
depositario de la herencia de sus ancestros
olmecas, al momento de ser condenado por las
autoridades inquisitoriales:
Sólo por
un instante le colocan una sotana al
clérigo para luego arrebatársela, me
obligan a hincarme para azotarme pero ya
mi cadáver no sentía las desgarraduras.
Ante los fusileros se vendó los ojos
con su propia mascada, deseoso de entrar a la
casa de sus Antepasados con la luz que
alumbra el interior de los ciegos. (p.
317)
O como sucede
también con Agne Brown, que por los referentes
históricos simboliza a la líder negra
norteamericana de la década de los sesenta,
Angela Davis, marcada también con las dos
serpientes de los ancestros:
Venías de
caminos tan lejanos que se te olvidan los
recuerdos. Mantendrás cerrados los
ojos pero estabas despierta. (...) Te
enjabonabas los hombros cuando adviertes
que no te habías quitado la pulsera y
te echarás a reír. (p. 343)
Esta invasión
de lo mítico en lo histórico a través de unas
formas verbales que no obedecen a los cánones
tradicionales sino que desarticulan
intencionalmente el discurso hace viable la
fusión de realidades y le confieren a la novela
una atmósfera de misterio. De allí la presencia
permanente de los dioses ancestrales, de los
orichas, de Odumare y el rico panteón de la
tradición africana en una forma de comunión, de
integración constante, en el eterno presente del
mito. Los seres históricos entran en
comunicación, algunas veces entrañable, con
seres del pasado o con ancestros míticos, pues
se funden en una sola virtualidad transgresora
tanto de la narración como del discurso.
Y el lenguaje
desata también su fuerza poética como
complemento a esa voluntad transgresora: la muerte de José
María Morelos lo regresa a la morada de sus
antepasados, «con la luz que alumbra el interior
de los ciegos»; Agne Brown tiene el encargo de
sus ancestros de pelear por su pueblo en un país
racista y su memoria es tan antigua, que «se te
olvidan los recuerdos».
Plegarias,
poemas, ensoñaciones, imprecaciones,
recitativos, coros, tambores, flautas, la palabra
sagrada que se invoca y la profana que se evoca
orquestan una sinfonía del canto y de la
música. El lenguaje parece perder la función
utilitaria de la denotación para volverse pura
connotación, pues el talento literario de Zapata
Olivella logra construir una obra que supera los
límites de lo literario para acercarse a los
linderos de la epopeya y de la escritura sagrada,
de la saga antigua.
Al indagar por
las huellas remotas de la identidad cultural de
su raza, el escritor ha revelado poéticamente
también la complejidad de nuestro mestizaje y le
ha conferido al discurso novelístico un sentido
transgresor y al mismo tiempo fundacional en la
literatura colombiana de esta segunda mitad de
siglo.
NOTAS
(1) PAZ,
Octavio. El arco y la lira. Fondo de
Cultura Económica, Primera reimpresión,
Bogotá, 1994, p. 30.
(2) ELIADE,
Mircea. Mito y realidad. Traducción de
Luis Gil, Editorial Labor, S.A., Barcelona, 1992,
p. 25
(3) Cfr.: SILVA,
Vítor Manuel de Aguiar e. Teoría de la
literatura. Versión española de Valentín
García Yebra, Editorial Gredos, Madrid, 1997.
WELLEK , René y WARREN, Austin. Teoría
literaria. Prólogo de Dámaso Alonso,
Editorial Gredos, Madrid, 1974 y otros.
(4) PAZ,
Octavio. Op. cit., p. 34.
(5) Cfr.:
CHATMAN, Seymour. Historia y discurso. La
estructura narrativa en la novela y en el cine. Versión
castellana de María Jesús Fernández Prieto,
Taurus, Madrid, 1990; BOURNEUF, Roland y OUELLET,
Réal. La novela. Traducción castellana y
notas complementarias de Enric Sulla, Editorial
Ariel, Barcelona, 1985; EAGLETON, Terry. Una
introducción a la teoría literaria.
Traducción de José Esteban Calderón, Fondo de
Cultura Económica, Primera reimpresión,
Bogotá, 1994 .
(6) ZAPATA
OLIVELLA, Manuel. Changó el gran putas. Oveja
Negra, Bogotá, 1983. Todas las citas que se
utilizan en este trabajo son tomadas de esta
edición y remitirán en adelante al número de
página correspondiente.
(7) Ekobio, de
acuerdo al glosario de la novela, es sinónimo de
cofrade entre los nañigos de Cuba.
(8) En el
prólogo a la segunda edición de la novela (Changó
el gran putas, Rei Andes, Bogotá, 1992),
Dorita Piqueiro de Nouhaud cita el libro de
Kasteloot, Lepopée traditionnelle,
Nathan, Paris, 1971, que establece los cuatro
parámetros de la epopeya en el contexto
africano: 1. Elementos tomados de la historia
(guerras, conquistas, héroes, etc.); 2. Enfasis
en las hazañas, especialmente las bélicas; 3.
Introducción de elementos maravillosos
(milagros, magia); 4. Versos libres con
acompañamiento musical. La novela de Zapata
Olivella no sólo desarrolla sino integra
perfectamente estos elementos, que son
funcionales para su expresividad artística y
contribuyen a la obtención de su virtualiadad
narrativa.
(9) LEWIS,
Martin A. La trayectoria novelística de
Manuel Zapata Olivella: de la opresión a la
liberación, en Ensayos de literatura
colombiana, compilación de Raymond Williams,
Plaza y Janés, Bogotá, 1985, p. 144.
(10) SMART, Ian
I., Changó, el gran putas, una nueva novela
poeática, en Ensayos de literatura
colombiana, Op. cit., p. 151.
(11)
CAPTAIN-HIDALGO, Ivonne. El espacio del tiempo
en Changó, el gran putas, en Ensayos de
literatura colombiana, Op. cit., 1985, p.
159.
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