El
texto escolar como instrumento pedagógico:
Partidarios y detractoresMaría Victoria Alzate
Piedrahita
En este
trabajo se muestra como el libro de texto
escolar es un producto de la modernización
de los métodos didácticos, del saber
pedagógico de los maestros, y encuentra su
espacio en el ámbito de la escuela y el
salón de clase en medio de un arduo debate
entre sus partidarios y detractores. A partir
de esta ubicación histórica, se ofrecen los
argumentos de unos y otros, para concluir que
el texto escolar permanece como
"herramienta" pedagógica de uso de
maestros, alumnos e instituciones, y de
indagación para los estudiosos de la
pedagogía, y de las ciencias sociales y
humanas que se ocupan desde un punto de vista
pedagógico de la educación.
Perspectiva
histórica de la controversia
Si bien para
algunos es más que eso, el texto escolar es ante
todo un instrumento de enseñanza (Børre
Johnsen, 1996; Alzate, 1999; Alzate et al, 1999;
Alzate et al, 1999a, Choppin, 1992). El refleja
los contenidos educativos como los objetivos y
los métodos pedagógicos de su tiempo. Tiene sus
partidarios como sus detractores ; sus
usuarios más o menos sagaces. Intimamente
imbricados a las limitaciones técnicas, a las
consideraciones políticas o a los aspectos
financieros, los argumentos propiamente
pedagógicos expuestos para criticar o defender,
justificar o condenar al texto escolar, han
variado considerablemente según las épocas.
La introducción
de un programa coherente y la adopción de un
método que requiere el empleo de libros
uniformes son el germen de la constitución de
una literatura didáctica específica en la
enseñanza primaria. Este complejo proceso
histórico de constitución del
"espacio" pedagógico del libro de
texto escolar, tendrá un intenso desarrollo
durante la segunda mitad del siglo XVIII y todo
el siglo XIX, tanto en las sociedades europeas
(Choopin, 1992; Escolano,1997; Hernández, 1997)
como en Colombia (Silva, 1989; Alvárez, 1995;
Sáenz et al,1999)
Las corrientes
de renovación pedagógica que atraviesan la
segunda mitad del siglo XVIII y comienzos del
XIX, no ponen en duda casi el uso de obras para
la enseñanza. El libro escolar aparece a los
ojos de casi todos los contemporáneos como el
instrumento de formación más apropiado. Las
críticas se ocupan de la mediocridad pedagógica
y científica de los libros en uso en los
diversos establecimientos de instrucción, no
sobre su necesidad. Por el contrario, durante
más de un siglo, las iniciativas privadas como
las decisiones de la administración van a tender
a luchar contra la penuria y escasez de los
libros escolares en las clases.
Por razones
históricas, técnicas, financieras o propiamente
pedagógicas, el libro escolar no puede, en esta
época, como hoy, asumir prácticamente solo
todas las funciones didácticas. Los maestros
recurren entonces sistemáticamente a otros
útiles: al tablero negro y la tiza, a los
diversos instrumentos, inspirados y adaptados de
la pedagogía de las escuelas mutuale (tablas de
lectura, mapas geográficos, planchas, tablas de
peso y medidas, etc.), que van progresivamente
cubriendo los muros de las escuelas primarias.
Como se ilustra para el caso francés:
"La
invención del tablero negro está asociada,
como es el caso de todas las herramientas
pedagógicas al uso colectivo, a la práctica
de la enseñanza simultánea. Este "gran
tablero (...) pintado en pintura de aceite de
color negro, de suerte que se pueda escribir
(...) con la tiza" de la que habla
Jean-Baptiste de La Salle no aparece que en
el curso del siglo XVIII en las escuelas de
hermanos. Reservado en su origen a la
enseñanza de la aritmética, este material
didáctico, económico e indefinidamente
reutilizable, se generaliza en las escuelas
primarias a partir de los años 1830 y su uso
se extiende rápidamente a todas las
disciplinas. Se vuelve obligatorio por el
Reglamento modelo del 17 de agosto de 1851.
Con las líneas amarillas - que ahora son
blancas- el tablero negro- que hoy es
generalmente verde- constituye para los
maestros un interesante ejemplo de la
perennidad de ciertas denominaciones".
(Choppin, 1992:105)
En nuestro
país, este mismo proceso es analizado por Javier
Sáenz, Oscar Saldarriaga y Armando Ospina, en su
extraordinario estudio sobre la paradójica
modernidad del saber pedagógico, denominado
Mirar la infancia: pedagogía, moral y modernidad
en Colombia, 1903-1946 (1997), respecto a los
textos escolares anotan:
"....desde
la tradición pedagógica pesta-lozziana se
inició la crítica al uso de los libros,
esos instrumentos de la repetición verbal y
memorista. Sobre este desprestigio común,
acaecieron varios movimientos, unos de orden
pedagógico, otros de orden político.
Johonnot, Baldwin, Restrepo y, en general,
los pedagogos de la intuición, nunca fueron
amigos, pero tampoco enemigos declarados de
los textos, pues sabían que en el fondo, el
complemento de la observación era la
deducción, y ésta no podía venir sino de
la tradición escrita y de las exposiciones
del maestro." (p. 344)
La
multiplicación y la difusión de los materiales
didácticos se acompañan, en los años
1870-1880, de una renovación de la pedagogía: a
un método de enseñanza tradicional fundado
sobre la memorización y recitación del libro,
sobre la repetición de ejercicios
estereotipados, le substituye una concepción
pedagógica centrada a la vez sobre una
delimitación intuitiva que privilegia la
observación de lo real -de ahí la importancia
acordada a la lección de cosas y la comprensión
de mecanismos de enseñanza y aprendizaje en el
contexto de los desarrollos psicológicos de la
época (Gómez de Castro,1997; Saénz et al,1997)
"Retomando
las ideas de Comenius o la opinión de
Rousseau según la cual "antes de la
edad de razón el niño no recibe las ideas,
sino las imágenes", ciertos autores de
finales del siglo XVIII acordaban ya un gran
interés a la educación por los ojos,
método pedagógico por entonces probado
después de mucho tiempo (pensamos en los
vitrales de las catedrales o en los calvarios
historiados de Bretaña, en los cuales el
lenguaje estaba adaptado a una población no
alfabetizada, o todavía la importancia
acordada a las medallas o las monedas-
luises). Madame de Genlis o Etienne Barruel
proponen de esta manera recurrir a la
linterna mágica y a las vistas ópticas, sin
necesidad de renunciar a los libros (el mismo
Etienne Barruel redacta un plan de educación
que impone a los jóvenes la obligación de
leer en trece años de estudios 25282
páginas de manuales!). Alexandre Deleyre
imagina, inspirándose en una idea emitida
por el italiano Tomaso Campanella en la
Ciudad del Sol , publicada en 1602, que cada
sala de clase sea ornamentada de estampas
representando los objetos en relación con la
disciplina que allí se enseñaba, y que un
jardín recibiera las principales
producciones de cada departamento. Es desde
ya la idea del museo escolar que realizaron
los pedagogos del siglo XIX." (Choppin,
1992: 106)
Las lecciones de
cosas entran por la puerta de la lectura:
"Y
estos fueron un "método de educación
intelectual" que desembocó en una
técnica de presentación de objetos a los
niños, para que ellos, educando los sentidos
por medio de la observación, comenzaran a
"grabar bien las formas de color",
y luego, pasasen a educar la mente "para
que comprendan las ideas de posición,
tamaño y número" (Sáenz, et al, 1997:
30)
En consecuencia,
los libros en la escuela son blanco de las
críticas de los reformadores y de la
administración, para abrirle paso al denominado
libro de texto escolar o manual escolar, que toma
forma en compendios metódicos e indigestos,
secas nomenclaturas, obras por preguntas y por
respuestas, hasta llegar al manual o texto
escolar, estructurado en capítulos y en
parágrafos; acompañado de todo un aparato
didáctico (explicaciones, narraciones
anecdóticas, dibujos y mapas, preguntas que
buscan suscitar el interés del alumno, para
facilitar su comprensión. Es la historia de la
constitución del espacio pedagógico del genero
didáctico llamado libro de texto escolar,como lo
ha estudiado Agustín Escolano (1997) para la
primera generación de manuales o textos
escolares españoles, y parcialmente Sáenz et al
(1997) en la compleja constitución de la
modernidad del discurso pedagógico colombiano .
Desde el punto
de vista crítico que interesa a este trabajo,
crítica y defensa de los textos escolares, esta
mutación de los libros escolares se traduce en
el rechazo de los métodos tradicionales de
enseñanza que, fundados sobre el recurso a la
memoria en detrimento del ejercicio de la
reflexión, sobre el manejo de las palabras y no
sobre la observación y el análisis de los
hechos, no aparecen más adaptados a las
realidades sociales y económicas. Es una
mutación pedagógica: del discurso a la
disertación, la crítica reemplaza a la
retórica. El método experimental penetra en la
enseñanza científica, pero también en la
enseñanza de la literatura: la regla debe
deducirse del ejemplo, y no a la inversa.
Ahora bien, una
nueva generación de libros de texto escolar
aparece para satisfacer las necesidades de esta
profunda renovación. Los juicios que tengamos
los contemporáneos sobre su necesidad y valor
pedagógico no sólo están asociados a las
circunstancias históricas de los cambios
pedagógicos, sino también a la presencia de una
serie de factores, a saber: (1) Los objetivos,
explícitos o implícitos, que se le asignan a
los procesos de formación; (2) la concepción
que se tengan los jóvenes a los cuales se
dirigen los textos escolares; (3) Los diversos
útiles didácticos de los cuales se dispone
competentemente; (4) La adecuación o no de los
textos a los objetivos proclamados; (5) El uso
que hacen los maestros de los textos escolares
sobre el terreno.
El debate sobre
los textos escolares progresivamente se ampliado
al conjunto de actores del sistema educativo.
Hasta 1880, por lo menos para el caso francés,
como veremos, las apreciaciones sobre el texto
escolar han emanado esencialmente de los
teóricos de la filosofía, como Rousseau o del
ensayo como Montaigne.
Pero, en el
siglo XX, partidarios o detractores de los textos
escolares son también los profesores que en
ocasiones tiene la responsabilidad de escoger sus
propios textos (Barrantes,1993), o los padres,
sensibles a las cuestiones de educación,
partidarios cuyas opiniones son poderosamente
relevadas por los movimientos pedagógicos
(Fandiño,1993; Torres, 1989) y sociales
(Bini,1977), los sindicatos de maestros, las
asociaciones de padres de alumnos que acceden hoy
en día a los medios de información de masas.
Los
argumentos de los detractores
El reproche más
antiguo dirigido contra el libro escolar tiene
que ver con su naturaleza libresca. Ya Montaigne
, en los Ensayos, condenaba los métodos que
reducen la enseñanza al aprendizaje por los
libros, y como pedagogo decía:
"Saber
de memoria no es saber: es tener lo que se ha
dado guardado en la memoria. Lo que se sabe
correctamente, se dispone, sin mirar el
modelo, sin voltear los ojos hacia el libro.
Fastidiosa suficiencia, suficiencia pura
libresca, (....). No se encontraría bueno,
cuando por algún temperamento solitario y
melancólico, que el niño verlo dedicara una
aplicación excesiva al estudio de los
libros, que lo ha alimentado: esto los hace
ineptos para la conversación civil y los
desvía de las mejores ocupaciones."
(Montaigne. Essais, ch.XXVI. De
l´institution des ¨énfants. Citado por
Choppin, 1992:110).
Pero es
seguramente la publicación en 1762 por
Jean-Jacques Rousseau, del Emilio o la educación
que constituye la condena más virulenta de los
libros en general y de los libros de texto
escolar en particular. Rousseau, que predica una
educación fundada sobre la observación de la
naturaleza y sobre la experiencia concreta,
considera que hasta la edad de doce años, los
libros, "instrumentos de su màs grande
miseria", son nocivos a los niños. Solo
escapa a esta condena Robinson Crusoe de Daniel
Defoe, porque el jóven lector encontrará en
esta novela de aprendizaje sus gestiones con
miras a experiencias concretas.
"Quitando
de esta forma todas las tareas de los niños,
yo quito los instrumentos de su más grande
miseria, a saber: los libros. La lectura es
el azote de la infancia y casi la única
ocupación que se les sabe dar. Apenas a los
doce años, Emile sabrá lo que es un libro.
Pero se debe, al menos decirlo que él sepa
leer. Yo convengo: es necesario que él sepa
leer cuando la lectura le sea útil; hasta
entonces no es bueno molestarlo. El abuso de
los libros mata la ciencia. Creyendo saber lo
que se ha leído, se cree excento del
aprendizaje. Mucha lectura no sirve más que
para hacer presuntuosos e ignorantes.
(.....). Tantos libros nos hacen descuidar el
libro del mundo, o si nosotros leemos
todavía, cada uno se atiene a su
folio". (Jean-Jacques Rousseau. Emile ou
de l´education. Libro II-IV. Citado por
Choppin, 1992:111)
Los
contemporáneos del texto escolar consideran que
este levanta una pantalla entre los hechos, las
cosas y el alumno. Reducido al estudio de su
texto, el niño puede tener los conocimientos
amplios, pero su saber permanece formal, cortado
de las realidades del mundo que lo rodea. En
consecuencia, se podría exponer algunos
argumentos crííticos, a saber:
1. El manual
sería reductor. Un texto que se refiere hoy en
día obligatoriamente a las prescripciones de un
programa ministerial, del cual constituye, en
últimas, una de las aplicaciones posibles, es
necesariamente reductor: opera una selección en
el dominio del conocimiento de las disciplinas,
estructura y jerarquiza en función de criterios
que pueden considerablemente variar según la
época y las políticas educativas. De esta
manera, revelando, esconde; exponiendo, valoriza;
explicando, impone. El texto escolar decide
arbitrariamente lo que debe constituir
oficialmente la cultura a entregar al alumno; le
ahorra los esfuerzos de observación, de
reflexión, de crítica, de iniciativa; le evita
la dificultad, pero lo priva de la alegría y del
provecho intelectual del descubrimiento.
Los adversarios
contemporáneos más constructivos del texto
escolar, como el pedagogo de la educación
popular socialista, el francés Celestin Freinet
(1928), cuya influencia sobre la educación
popular colombiana es decisiva (Fandiño, 1993),
propone sustituir los manuales con nuevas
herramientas, buscando facilitar que los alumnos
trabajen solos o en equipo sus actividades de
búsqueda y de síntesis. En su perspectiva
crítico-constructiva frente al texto escolar,
divulgo los conocidos ficheros metódicos y la
Biblioteca de trabajo (B.T), y los resúmenes de
documentos temáticos elaborados por los miembros
de la Cooperativa de la Enseñanza Laica, fundado
por él en 1928.
2. El texto
escolar sería escrito por los maestros, no por
los alumnos. Es históricamente innegable que en
la pedagogía tradicional, así como el compendio
de preceptos precede al manual de ejercicios, el
libro del maestro toma la delantera al libro del
alumno, por razones financieras o por razones
pedagógicas.
Esta
constatación de sentido común tiene por lo
menos dos consecuencias importantes: a). Los
editores escolares, más que en cualquier otra
profesión, están en una situación de real
competencia, en la medida en que la escogencia de
una obra excluye de ipso facto a todas las otras
por muchos años (Apple, 1984); b). Los autores
de textos escolares que pertenecen
mayoritariamente, por no decirlo exclusivamente,
al mundo de la enseñanza, se han esforzado, por
el temor de parecer menos sabios que sus colegas,
en estar lo más informados posible. Han
abandonado su rol modesto, pero esencial, de
guía para acceder al estatus más valorizado de
autor y no de maestro: en ocasiones el texto
escolar, a menudo anónimo en su origen, se ha
convertido en un libro que se le firma, sin
omitir los títulos y las funciones del autor.
Los detractores
de los textos escolares, partidarios del método
activo, no han dejado de resaltar las
desviaciones que han modificado profundamente la
naturaleza original del libro escolar. Este ha
dejado de ser un instrumento impersonal que se le
podía consultar cómodamente, ya no es una obra
erudita, densa, compleja, en donde se mezclan
planteamientos, explicaciones y juicios
personales. El libro de texto escolar ha dejado
de ser un modelo a imitar, es decir, ha dejado de
tener las características anotadas, propias de
un libro digno de consulta.
3. El texto
escolar impondría al maestro, y en consecuencia
al alumno, una progresión y un ritmo. La
organización lógica, coherente, progresiva del
texto escolar, la calidad de los resúmenes, la
pertinencia de la documentación, la abundancia
de los ejercicios evitan al maestro búsquedas
personales, la reflexión crítica. El texto
escolar se presentaría como un curso terminado,
como un curso modelo, e incitaría tanto al
maestro como al alumno para que adopten un
comportamiento rutinario y esclerosado.
El ritmo que
imponen a priori los programas se agrava por la
inflación cuantitativa de los manuales y conduce
a la negación de la autonomía pedagógica del
maestro. Bajo diversas presiones, la terminación
del programa a través del texto escolar, se
convierte en la justificación de la actividad
pedagógica. Finalizar el programa, significa
cubrir el conjunto de capítulos del texto
conforme a los programas oficiales.
4. El manual es
un producto comercial. Toda una serie de
críticas (Apple, 1984,1989,1993) se dirigen no
tanto a la utilidad del texto escolar en tanto
que herramienta pedagógica, como a las
consideraciones de orden comercial que
presidiría a su concepción y su difusión. A la
ya escasa benevolencia y devoción, que son
todavía hoy algunos de los valores a los cuales
algunos maestros permanecen atados, se opondrían
las preocupaciones de rentabilidad o puramente
mercantiles de las editoriales de textos
escolares. Visión algo maniquea, pero que
ilustra el profundo abismo entre el mundo de la
escuela y la sociedad.
5. Un exceso de
imágenes inútiles pero agradables. La
introducción de nuevas técnicas de impresión y
de reproducción y el abaratamiento de costos de
fabricación han multiplicado a veces sin
necesidad pedagógica, las fotografías, los
dibujos, los colores. El libro escolar no está
contento con instruir, además desea agradar y,
para algunos detractores del texto escolar, antes
que gustar hay que instruir. A partir de 1930, en
efecto, la imagen invade, bajo la influencia
especialmente de la prensa infantil, el conjunto
de la literatura escolar y, muy particularmente,
los libros de texto escolar de las disciplinas
literarias (Børre Johnsen, 1996; Petrus, 1997;
Petrus, 1998; Alzate, 1998; Escolano, 1998).
Redundante, ilustrativa, decorativa, la imagen
valora el texto. Ella tiene entonces una función
estética y algunos pedagogos, pero también
numerosos padres para los cuales el trabajo
escolar es sinónimo de esfuerzo y no de placer,
denuncian la abundancia de ilustraciones como un
lujo costoso e inútil.
Los
argumentos de los partidarios
Frente a esta
avalancha tan fuerte y diversa de críticas, las
respuestas son, paradójicamente, raras. El
discurso sobre los textos escolares es un
discurso mayoritariamente crítico. ¿Qué
razones explicarían esta situación?. Expongamos
tres de ellas.
En primer lugar
las autoridades educativas consideran, por
razones distintas, el texto escolar como una
necesidad funcional del sistema educativo.
Después de haber ejercido sobre él un celoso
control, por lo menos en teoría, practican, para
el caso colombiano, a partir de la expedición de
la ley de educación (ley 115 de 1992), una
política de no intervención. Segundo, los
editores, parecen más interesados en
"ajustar" los libros de texto a la
dinámica de autonomía curricular e
institucional que plantea la reforma educativa
colombiana, que en explicarse ante los pedagogos
hostiles a los textos escolares que, por activos
que sean, no son más que una minoría de los
maestros. Tercero, en cuanto a la gran masa de
consumidores, maestros y familias, en Colombia,
casi no se han movilizado, salvo en caso de
penuria escandalosa para exigir que el ministerio
no permita un cambio tan frecuente de los textos
escolares. De todas maneras, los
"consumidores" no consideran amenazado
en su existencia al texto escolar, ya
globalmente, parecen haberle encontrado más
virtudes que inconvenientes al vilipendiado texto
escolar.
No obstante, se
pueden agregar otros argumentos, más de orden
pedagógico, de "economía" didáctica,
y de orden democratizador, que justifican la
necesidad de tener que recurrir a los libros de
texto escolar.
1. El manual
sería garante de la igualdad de oportunidades.
Teniendo en cuenta la diversidad de los alumnos,
tanto en lo que concierne a su nivel inicial como
a su ritmo de adquisición de saberes y de
competencias, el recurso sistemático a métodos
que ignoren el texto escolar, conducirían a
ahondar las diferencias en detrimento de los
alumnos provenientes de medios desfavorecidos o
de los más lentos. El libro de texto, el mismo
para todos, que cada uno puede consultar en todo
momento, en la clase o en la casa, aparece de
hecho como la mejor garantía de la igualdad de
oportunidades en una sociedad democrática. Es la
opinión de los editores: "Lo que nosotros
consideramos (....) es necesariamente el más
grande número de profesores o de alumnos,
digamos normales, medios, porque es por ellos que
nuestras obras son las más útiles. Los mejores
profesores confrontados a los alumnos más
dotados podrían muy bien limitarse a obviar el
manual. Socrates no utilizaba los
manuales...." , dice el editor de Hachette
en Francia (Choppin, 1992:120 ). Una apreciación
similar es la que sostienen ciertos organismos
internacionales cuando evalúan las políticas de
texto escolar para los países en desarrollo: el
texto escolar es un instrumento democratizador
del conocimiento en las escuelas, además barato.
(Schiefelbein,1991).
El libro escolar
es un elemento de democratización ; en
algunos casos son los son los únicos libros que
penetran en una familia. Tendría entonces una
virtud iniciadora: es el libro que incita al
niño a entablar dialogo con otros, a entrar en
un universo donde él hubiera podido ser nunca
excluido, el universo de la lectura.
2. El libro de
texto escolar haría posible la enseñanza. Los
críticos furibundos del texto escolar,
desconocen que una de las principales virtudes
del texto escolar, al menos cuando la clase
dispone de la misma obra, es la de descargar
momentáneamente al maestro de la gestión del
grupo, y de permitirle consagrarse
particularmente a algunos alumnos mientras sus
compañeros llevan a cabo una actividad común.
El recurso al texto aseguraría al profesor la
disponibilidad necesaria para observar con tiempo
y paciencia a sus alumnos y administrar,
individualmente las dificultades que algunos de
ellos pueden encontrar. Esta "virtud"
pedagógica del texto escolar se halla en los
orígenes del libro de texto escolar moderno,
asociado, entre otros factores, al incremento de
las tiradas y a la reducción de los costes, esto
último permitió la difusión de los libros
escolares entre las clases populares en la
España del siglo XIX (Escolano, 1997)
El
texto, pretende fijar, organizar, estructurar
los conocimientos que son requeridos para
familiarizarse con una disciplina o un campo
de conocimiento.
3. El libro de
texto escolar estructuraría el pensamiento. Lo
que para algunos condena al texto escolar, para
otros lo justifica. El texto, pretende fijar,
organizar, estructurar los conocimientos que son
requeridos para familiarizarse con una disciplina
o un campo de conocimiento. Ese es justamente su
papel. Nadie podría rechazar un texto o manual
de cocina porque es muy directivo y poco
interactivo. Se acepte o no, en la clase, que su
uso sea individual o colectivo, el texto ofrece a
cada alumno el soporte escrito (textos, esquemas,
ejercicios, documentos, etc.) indispensable para
desarrollar las diversas actividades
Fuera de clase,
se revela para el alumno como un instrumento
indispensable, ya sea para volver a encontrar el
contenido del curso y completarlo, si ha estado
un momento distraído o si el profesor ha debido
tratar rápidamente un asunto, o para ponerse al
día cuando el alumno ha estado ausente. De todas
maneras, el texto asegura al niño cuando la
memoria puede estar fallando o en cual clase no
ha podido o no se ha atrevido a repetir la
explicación del maestro. En la medida en que el
texto escolar presenta las nociones siguiendo una
progresión ordenada y una estructura repetitiva,
permite al alumno efectuar rápidamente las
verificaciones o relacionarse con las lecciones
precedentes para hacer una tarea o revisar un
examen.
"Se
necesitan los libros escolares. En tanto que
instrumentos de acceso a los saberes
organizados, o a los saberes particulares, y
cuya aproximación progresiva dirige el logro
escolar y la inserción económica, estos
libros específicos son indispensables, y el
maestro solo, pese a toda su competencia no
podrá nunca substituirlo totalmente. Los
montones de notas, bien o mal tomadas, los
montones de hojas fotocopiadas no
reemplazarán jamás un libro, que se le debe
consultar o frente al cuál se puede volver
para verificar o profundizar lo que se
sabe" (Heléne Huot. Dans la Jungle des
manuels scolaires. 1989. Citado por Choppin,
1992: 121).
Esta
estructuración de los conocimientos, en un mundo
donde ellos se han convertido no solamente cada
vez más numerosos, y más divididos, es una
necesidad imperiosa. Sometidos por los medios de
comunicación a un flujo continuo de
informaciones esencialmente visuales y auditivas
y por naturaleza fugaces, el niño dispone cada
vez menos del espacio necesario para discernir lo
esencial de lo superfluo, lo permanente de lo
efímero, lo real de lo ficticio, lo bello del
oropel, en una palabra, para operar las
diferencias de una síntesis. De una cierta
manera, el libro de clase, aparece como el
antídoto a todo lo que pasa hoy en dìa por un
medio de conocimiento, el zapping., concluye
Choppin (1992:122).
El texto escolar
puede plegarse a todos los usos pedagógicos. Es
decir, la enseñanza, frente al texto, como el
lector frente al libro, goza de una total
libertad. Los maestros pueden
"destructurar" los textos escolares
para incluirlos progresivamente en sus
actividades o usarlos como bancos de datos de
ejercicios utilizables según las necesidades.
4. El texto
escolar asegura la relación entre la escuela y
la familia. Podemos preguntarnos: ¿sin los
textos escolares qué conocerían los padres de
lo que sus hijos hacen en clase? ¿Cómo podrían
ellos ayudar, verificar su trabajo, hacerles
recitar sus lecciones? Las notas, más o menos
bien tomadas en el curso, más o menos bien
clasificadas, cuando no ilegibles o extraviadas,
no podrían reemplazar la exposición clara y
metódica del libro.
Para muchos de
sus usuarios, el texto es el agente de la
transparencia de los objetivos de la escuela.
Traducción concreta del programa, contiene lo
que a los ojos de los padres el niño debería
saber al fin de año.
"Al
servicio del profesor, al servicio del
alumno, el manual debe estar igualmente al
servicio de las familias. Factor de
conocimientos, él introduce en el medio
familiar, los datos totalmente nuevos o
repetidos. Es el medio, para los padres, de
seguir el progreso de los estudios de sus
niños. Es el recurso en caso de dificultad
cuando hay imprecisiones u olvidos en el
pensamiento del niño." ( P.B. Marquet.
"A quoi sert le manuel scolaire? ".
En: L´education. No. 219. 3 Octobre 1974, p.
19. Citado por Choppin, 1992: 123)
El texto escolar
juega entonces un papel esencial: es el lazo
entre el universo escolar y el universo familiar.
Garante del saber, símbolo de promoción para
los más desfavorecidos, instrumento de control,
paliativo a las insuficiencias reales o supuestas
del maestro, el texto escolar tranquiliza a las
familias como él tranquiliza a los alumnos, para
bien o para mal. .
Ahora bien,
podríamos anotar, siguiendo a William Mejía
(1999:15), que existe un consenso entre los
partidarios y los detractores del texto escolar:
"Al libro de texto escolar le sucede algo
análogo a la expresión de uno de los personajes
de la Novela "Z" de Vassilis
Vassilikos, retomada en la película "La
confesión", de Costa Gavras: "Los
gobiernos pasan, pero la policía
permanece". Maestros y maestras pasan, pero
el libro de texto permanece". Permanece como
instrumento de mediación y objeto de
investigación pedagógica y educativa.
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