Para
Alberto RodriguezLa
mentalidad clásica en la poética de Juan
Valera
Arbey
Atehortúa Atehortúa
Partiendo
del modelo de la historia de las mentalidades
se estudia la obra novelesca del escritor
español Juan Valera. La presencia de una
mentalidad clásica y conservadora, en
contradicción con la actitud liberal del
autor político, se termina sustentando
anclada en los conflictos políticos y
sociales de la España decimonónica.
La obra poética
de Juan Valera se caracteriza por las actitudes,
las normas y las costumbres de carácter
aristocrático. Los personajes pertenecen a las
altas esferas de la sociedad; cuando no son parte
de ella poseen todas las cualidades físicas y
morales para serlo. De hecho, en varias de las
novelas a las que nos referiremos, se produce una
inserción de dichos personajes en el mundo de la
clase alta. Los espacios, las costumbres y las
aficiones como las tertulias o las salidas de
campo, los juegos, el oficio de los personajes,
los intertextos, etc. estructuran esta
mentalidad.
La poética de
Valera sustenta la existencia de un espacio
rígido, pero no cerrado, de tipo nobiliario,
donde seres de la más alta alcurnia se
relacionan, diferenciándose claramente de una
clase llamada en varias ocasiones como
"vulgar". No son los conflictos
económicos ni la degradación o cosificación
del hombre el eje de dicha poética. En Genio
y Figura (1), por ejemplo, a pesar
que Rafaela se presenta como proveniente de una
clase marginal, el submundo no interviene en la
sociedad que habita y ésta se ve rodeada por
personas de la más alta alcurnia: condes,
vizcondes, embajadores, etc. Es en Juanita la
Larga (2) donde un personaje, el
cura, con una postura conservadora y afirmando la
actitud del símbolo de la aristocracia de
Villalegre, doña Inés, predica la inmovilidad
de las clases:
"Aquí
declamó mucho el padre contra el feroz
empeño que muestran hoy tantas personas por
salir de su clase y elevarse sin méritos
suficientes: el tendero, sólo porque se
enriquece, pretende ser marqués; el usurero,
duque;" (Juanita la Larga, p. 62).
Si bien las
heroínas que finalmente son aceptadas en dicho
orden provienen de clases "vulgares",
al final se revela su origen nobiliario como en
el caso de Rafaela o sus cualidades casi
"naturales" que les posibilitan dicho
ascenso. En el caso de Morsamor(3), fray Miguel de Zueheros logra
trascender esa vida simple, elevándose al nivel
de la aventura heroica, del gran viaje, así al
final todo se revele como un sueño. Paulino
Garagorri en su prólogo a la edición de Juanita
la Larga, escribe que "Valera
escribió y reescribió principalmente una sola
novela, la biografía de un determinado tipo de
mujer" (4).
El espacio, tal
como lo comentamos antes, se convierte en un
elemento altamente significativo, símbolo de una
clase. Las casas, por ejemplo, representan un
cronotopo en la medida que son descritas como
verdaderos palacios donde se dan cita los
personajes más nobles de la ciudad para ciertas
prácticas sociales como el juego de cartas. El
narrador de Juanita la Larga describe la
casa de doña Inés así: "Su casa era la
mejor que había en Villalegre, con una puerta
principal adornada, a un lado y a otro, de
magnificas columnas de piedra berroqueña,
estriadas y con capiteles corintos" (Juanita
la Larga, p. 15). Igualmente Rafaela ha hecho
de su casa un palacio, en la cual se sirven los
más refinados y suculentos platos de la sociedad
del brasileña; por eso ella se hace servir
según su condición: "Ella eligió para
la servidumbre los criados blancos que más
convenían, y los esclavos negros más hábiles y
de mejor facha." (Obras Completas,
1947,p. 642). Dichos índices van
mucho más allá y el narrador de Pepita
Jiménez se concentra en algo aparentemente
elemental pero muy significativo en el momento de
estructurar las costumbres y el modo de ser de
una clase: las manos:
"Se
conoce que cuida mucho sus manos y que tal
vez pone alguna vanidad en tenerlas muy
blancas y bonitas, con unas uñas lustrosas y
sonrosadas (
)¡ Es tan distinguido, tan
aristocrático, tener una linda mano!"
(Obras Completas,1947, 129).
Los prólogos y
las dedicatorias de las obras de Juan Valera
constituyen igualmente la confirmación de una
mentalidad tendiente a la reiteración de un
espacio de cierta estabilidad de tipo
aristocrático. Nos referimos a lo que sucede en
la introducción de Morsamor donde en la
"Dedicatoria al Excelentisimo Señor
Conde de Casa Valencia" dice:
"(
) yo sólo pretendo divertir un
rato a quien me lea, dejando a los sabios
enseñar y adoctrinar a sus semejantes
(
)" (Obras Completas, 1947, p.713).
Esta misma afirmación aparece en Genio y
Figura: "Voy, pues, a ver si los
relato, y si consigo, no adoctrinar ni enseñar
nada, sino divertir algunos momentos o interesar
a quien me lea". La intención del autor
queda pues planteada en estos términos y la
confirman otros hechos de la estructura de los
textos que iremos revisando.
Al nivel de la
teoría literaria es claro que un hecho son las
intenciones explícitas del autor y otro lo que
sus obras comunican. Las novelas de Juan Valera
no se quedan en el nivel lúdico y una
evaluación del mundo subyace en ellas. De hecho,
la evasión temporal y espacial que supone Morsamor
es ya una interpretación a la crisis
española producida por la guerra hispano-
americana y a la que se refiere Valera en muchas
de sus cartas. Su intención explícita de
divertir y entretener representa una actitud
nostálgica frente a un pasado glorioso. Así se
aprecia en Morsamor al ubicar la historia
en el siglo XVI y luego, a través del artificio
hecho por fray Ambrosio, se conduce a fray Miguel
de Zuheros a vivir ciertas aventuras fantásticas
por la India y China. Valera, en la dedicatoria,
hace explícita su voluntad evasiva a nivel
espacio-temporal:
"(
)
he puesto en mi libro cuanto se ha
presentado a mi memoria de lo que he oído o
leído en alabanza de una época muy distinta
de la presente, cuando era España la primera
nación de Europa. Así, he procurado
consolarme de que hoy no lo sea (
)"
(Obras Completas, 1947, p.213).
Esta forma de
evasión en el tiempo y el espacio adquiere otras
características en Pepita Jiménez, Juanita
la Larga y en Genio y figura. Si bien
en estas novelas el tiempo de la aventura
coincide con el tiempo histórico, las
referencias a conflictos de carácter político y
social, como el sermón del cura (en Juanita
la Larga) en contra del comunismo,
quedan relegados a un segundo plano.
Esta
postura nobiliaria y aristocrática planteada
en el espacio poético de las novelas de Juan
Valera se refuerza y se reitera en algunos
procedimientos de carácter transtextual.
Los espacios
sociales gozan igualmente de una gran estabilidad
debido a los llamados caciques que en ningún
momento se presentan como seres degradados.
Gracias a don Andrés Rubio, a don Luis y al
señor de Figueredo, los pueblos son prósperos y
estables. Las fiestas populares, las tertulias y
la riqueza de los personajes son la confirmación
de dicho estado aristocrático. El secuestro de
un personaje casi anónimo es tal vez uno de los
únicos acontecimientos que aparece como
desestabilizador de un orden social. Pero este
hecho no deja de ser un recurso para acomodar el
regreso de don Paco seguido de prestigio y en
ningún momento representa un problema en
Villalegre. Incluso uno de los responsables,
Antoñuelo, no es castigado ejemplarmente, pues
Juanita pagará su rescate y del asunto se
terminará hablando poco, siendo un procedimiento
en pro del desenlace del texto. En Morsamor
las aventuras, las batallas, las conquistas
vividas por fray Miguel en tierras lejanas de
España no están ancladas en conflictos sociales
e históricos, sino que son hechos tematizados
para plantear el concepto de aventura, de
grandiosidad en la vida de fray Miguel de
Zueheros.
Esta intención
lúdica y evasiva se vislumbra en otro tipo de
textos como en el prólogo que realiza Valera
para la presentación de su traducción de Dafnis
y Cloe en la cual dice:
"Acaso
nada enseño. Yo la he contado, no obstante
porque me parece curiosa. Ojalá mis lectores
la hallen divertida". (Obra
Completa, 1947, p.834).
Esta postura
nobiliaria y aristocrática planteada en el
espacio poético de las novelas de Juan Valera se
refuerza y se reitera en algunos procedimientos
de carácter transtextual. Los mitos, las
fábulas y los personajes de la Antigüedad
grecolatina aparecen como intertextos, dibujando
así la presencia de un autor y un lector
implícitos académicos, ilustrados. Ya Luis
Araujo Costa había dicho que en Valera se
prolongan hasta entrado el siglo XX las
elegancias del XVII. El retorno al intertexto
clásico (5)
confirma su
actitud aristocrática y conservadora, pues es la
búsqueda de un espacio estable y bello,
engalanado con las buenas costumbres. El mismo
Valera expone que la recepción del elemento
clásico implica un estado social diferente.
Así, refiriéndose a su traducción de Dafnis
y Cloe dice:
"Como,
por otra parte, el vulgo no tiene
acostumbrado el oído, no percibe la armonía
de esta versificación, ni comprende su
valer, y la juzga prosa cansada (
).
Es verdad que los poetas clásicos,
griegos y latinos no gustan al vulgo de los
españoles" (Obras completas, 1947,
p. 836).
En Genio y
Figura la Antigüedad clásica sirve
inicialmente para juzgar la pobreza significativa
de los mismos en el Brasil frente a la belleza y
significación de los nombres en la Antigua
Grecia:
"No
es allí, por ejemplo, como en Nápoles y en
sus alrededores, donde cada piedra, cada
escollo y cada gruta tiene su leyenda y evoca
las sombras de uno o de muchos personajes
históricos o místicos: Ulises, las sirenas,
Eneas, la Sibila de Cumas, los héroes de
Roma, los sabios de la magna Grecia
(
)" (Obras Completas, 1947,
p. 634).
Si las
referencias a Hermes, a los filósofos griegos, a
Alejandro de Macedonia, etc. son frecuentes en el
espacio poético de Morsamor, no ocurre
distinto en las demás novelas. En Pepita
Jiménez el narrador homodiegético se revela
como gran conocedor de la Antigüedad Clásica, y
esto le permite referencias y comparaciones
constantes: "No hagamos de Pepita una
Fedra y de mí un Hipólito" (Obras
Completas, 1947, p. 146). Tal nivel de
referencias a la Antigüedad Clásica aparecen
igualmente en Juanita la Larga: "El
exclamaba al verla, como el pastor Coridón de
Virgilio o como el Marramaquiz, de Lope"
(Juanita la Larga, p. 31) "De la
poesía no era muy partidario tampoco, y sin
plagiar a Platón, porque sabía que Platón lo
hubiese preceptuado(
)" (Juanita
la Larga, p. 38). La caracterización de los
personajes, tal como lo manifiesta José
Montesinos pasa por el crisol de la Antigüedad,
creando un canon más bello que la generalidad de
los seres que vemos. Estos hechos postulan la
presencia de un sólo autor implícito en las
obras de Valera y un único narrador personaje
que aunque adquiera distintas formas seguirá
siendo un ser culto, ilustrado y clásico. Las
amplias descripciones y reflexiones sobre los
personajes se realizan dentro de cierta
normatividad en el uso del lenguaje, lo que hace
que Valera también se aleje de la corriente
Realista(6) del XIX y afirme su
actitud dieciochesca. La mentalidad de
carácter aristocrática y nobiliaria se afirma
pues, con el planteamiento de un mundo clásico
que surge como paradigma.
La permanente
alusión al mundo clásico representa una forma
de evasión, de interpretar la problemática
socio-política de la época en que participó
activamente Valera como ministro, embajador o
subsecretario de Estado. Es al mismo tiempo una
forma de reaccionar frente a dicha problemática,
en la medida que se trasciende lo local, lo
cotidiano, y se plantea un modelo del mundo
atemporal, deseado; el mundo añorado por muchos
españoles de finales de siglo XIX. Es este un
recurso de carácter romántico(7) que se enmarca dentro del
conservadurismo de Valera; obviamente no hablamos
del hombre político que se revelará como
liberal en sus ideas.
Movilidad
e inmovilidad social
Hemos planteado
el espacio aristocrático en Valera como
conservador, pero no podemos dejar pasar por alto
que en tres de las novelas citadas, las heroínas
provienen de clases marginales que gracias a un
buen matrimonio lograron un ascenso y
reconocimiento social y económico. Este es el
caso de Juanita la Larga, Pepita Jiménez y
Rafaela. Este hecho plantea la falsa creencia o
ilusión en Juan Valera que la movilidad social
es posible.
En Juanita la
Larga, las diferencias sociales aparecen bien
marcadas. Juana la Larga a pesar de su condición
de madre sola, puede interactuar con dicha clase
como empleada porque sabe ocupar, al igual que su
hija, el puesto que le corresponde en una
sociedad rígidamente estratificada. Juanita es
una muchacha graciosa, que camina todos los días
hasta la fuente donde se dan cita los campesinos
y la gente popular y de allí regresa con un
cántaro de agua. Juana es la más experta en
menudos y toda clase de comidas, al igual que una
buena modista. El mundo de Villalegre está en
orden, regido socialmente por la hermana de don
Paco, doña Inés. Pero los conflictos surgen
cuando Juana y Juanita quieren por iniciativa de
don Paco participar de esa sociedad y un momento
crítico se produce cuando ambas vestidas de
hermosas sedas aparecen en la iglesia. La condena
social es hecha por el cura, por doña Inés y
por la sociedad entera de Villalegre quienes
obligan a Juana y a su hija a asumir su rol
dentro de dicha estratificación. Éstas, a
partir del comportamiento exigido para los de su
clase tratan nuevamente de lograr la aceptación,
importante para el desempeño del oficio de
Juana.
Doña Inés
surge como el personaje más moralista, rígido y
preocupado de que cada quien ocupe su puesto en
la sociedad; está respaldada por el cura que es
quien finalmente realiza la condena pública al
"atrevimiento" de Juana y su hija de
vestir sedas como la nobleza de Villagre. Don
Paco surge como un ser despojado de prejuicios y
escogerá como sitio de tertulia la casa de Juana
la Larga. Es por medio de don Paco que Juanita
logrará finalmente acceder a participar de los
altos círculos de Villalegre. Este recurso es
reiterativo en la poética de Valera y es así
como Pepita saldrá de la pobreza gracias a su
matrimonio con don Gumersindo y Rafaela con el
señor de Figueredo. El refinamiento, el lujo y
la normatividad en que vive la sociedad pudiente
de Villalegre sólo son alterados por don Alvaro,
bohemio y mujeriego que "distaba mucho de
ser modelo de perfección". (Juanita
la Larga, p. 17)
El
sermón del cura constituye uno de los
mejores ejemplos de la quietud social, de la
inmovilidad y conservación del statu quo que
predican estas novelas.
El conflicto
mayor surge al existir la posibilidad de que
Juana y su hija (por medio de un matrimonio con
don Paco) pasen a formar parte de la clase alta.
Pero, al igual que en otras novelas de Valera, el
matrimonio de Juanita no representa la
aceptación final de una clase marginada sino de
personas particulares, con unas características,
con un modo de ser , de actuar y con un porte que
bien podrían ser aristocráticos.
Si bien Juana es
madre soltera, ella y su hija se presentan con
una moral intachable y de ahí la normatividad en
las visitas de don Paco y la negativa de Juanita
de llevar un noviazgo anónimo. Sólo al final,
cuando la relación se hace oficial por las
circunstancias y Juanita comprueba su amor, se
consuma el matrimonio y todo queda dentro de la
normatividad rígida de la sociedad de
Villalegre.
No son pues
personas de una clase socioe-conómicamente
inferior, quienes logran el ascenso y
reconocimiento; son mujeres especiales, con
cualidades tanto físicas, intelectuales y
morales que se ubican por encima de las demás.
José Montesinos escribió al respecto que "Esta
mujer que Valera concibe como heroína de su obra
no se da espontáneamente en la vida, es el más
refinado producto de la cultura humana, podría
decirse que su coronación" (8).
Con Rafaela
ocurre algo parecido; su ascenso se debe a su
actitud, a su enorme poder de influencia y porte
aristocrático, que termina influyendo en quienes
la rodean y que se refuerza al final de la
novela: como un recurso a la manera de la novela
bizantina(9), de la que gustaba
Valera, aparece un barón que resulta ser el
padre de Rafaela. Para mayor gozo de ésta,
termina teniendo no sólo porte sino sangre
noble.
Existe de esta
manera un aparente liberalismo concebido en la
posibilidad de ascenso social, pero en definitiva
es una actitud conservadora la que prevalece. Es
más, a lo extenso del texto estos personajes son
presentados con cierta clase, con cierta actitud
nobiliaria que da entender que son más parte de
esta clase que de otra.
En Pepita
Jiménez pareciera vislumbrarse una crítica
a los comportamientos de la high life pero
los finales felices terminan reforzando los modos
de vida, las costumbres y la vida aristocrática.
El reproche que se hace a la actitud de don
Andrés Rubio y de doña Inés frente a Juanita
no sirve más que para resaltar cualidades y
valores de dicha clase; doña Inés y don Andrés
terminan aceptando a Juanita la Larga. Este
último incluso será su padrino de bodas y
asumiendo una actitud caballeresca pedirá
disculpas por su asedio, siendo presentado
finalmente como uno de los hombres modelos de
Villalegre. Igualmente todo el cuestionamiento
que Juanita le hace a doña Inés se revierte y
Juanita termina sintiéndose un poco culpable y
no totalmente víctima. Doña Inés justifica su
conducta, acepta otro grado de culpabilidad, pero
lo importante finalmente es la reconciliación
general que se produce. El orden regresa cuando
un individuo que no pertenecía al grupo social
es aceptado y no al producirse transformación
alguna.
Existen, por
supuesto, otros pasajes que sustentan la
inmovilidad social de la que hemos hablado, como
el sermón del cura en Juanita la Larga.
El sermón del
cura constituye uno de los mejores ejemplos de la
quietud social, de la inmovilidad y conservación
del statu quo que predican estas novelas.
Es una visión conservadora del mundo, ideal, no
afectado por conflictos de tipo político y
social. Según el sacerdote siempre habrá ricos
y pobres y en oposición al socialismo, el
sistema que ellos viven es el mejor estado del
mundo y por eso aboga para que el "orden
establecido se conserve y se cuide de que
nadie se haga rico burlando el código penal"
(Juanita la Larga, p. 62).
La visión
aristocrática y conservadora se reafirma en el
hecho de que los ricos que han transgredido algo
no son castigados ejemplarmente. Doña Inés
recibe una lección verbal de Juanita y don
Andrés Rubio una humillación física pero en
privado.
Juana la Larga y
su hija también reciben su castigo que puede ser
mayor. Después de asumir el rol de una clase que
no les pertenecía son repudiadas por el padre y
la sociedad de Villalegre, y Juanita debe
someterse a doña Inés, hasta el punto de
convertirse en su esclava para lograr nuevamente
sus favores. Don Paco, ser auténtico en la obra,
también sufre pues está sometido a la
normatividad impuesta por su hija; él es parte
del engranaje y eso determina su medida de
sufrimiento al ser el responsable de que
individuos de otro nivel entren a reforzar dicho
estado. Pero al final será el más recompensado:
uno de los hombres de más edad, distinguido, con
posición social y económica se casa con la más
bella moza de Villalegre.
En Genio y
Figura se continúa estructurando la
mentalidad desarrollada por Valera. El espacio,
las costumbres y las ambiciones de Rafaela se
enmarcan dentro del capital de una sociedad
nobiliaria.
Uno de los
objetivos de Rafaela es educar en los buenos
modales, en la normatividad que exige el
refinamiento y la alta clase. Así lo hace con su
esposo el señor de Figueredo en quien había
encontrado un hombre burdo y de mal gusto, y
termina convirtiéndolo en un gran señor. Este
mismo trabajo lo realiza con Arturo, y cuantos
toma ella como sus discípulos en "este
arte". Posteriormente concentrará todo su
interés en la educación de su hija. Pero en Genio
y Figura, la heroína también debe enfrentar
el conflicto de intentar acceder a una clase que
originariamente no es la suya, lo cual logra como
individuo excepcional y no como símbolo de una
clase.
La obra
de Juan Valera sustenta por lo tanto una
mentalidad aristocrática, clásica en
definitiva, pero al mismo tiempo revela
aspectos modernos. Una mentalidad propia de
una época de la historia de España, mediada
por los profundos cambios políticos ...
El orden de tipo
aristocrático se mantiene, y por ésto ciertos
personajes con un comportamiento indigno
recapacitan y se transforman radicalmente. Es en
este aspecto donde se aprecia cierta actitud
crítica frente a la clase alta, pero que no se
torna en censura. Don Andrés Rubio, por ejemplo,
había sido presentado como un asediador, falto
de escrúpulos y termina siendo el feliz padrino
de la boda de Juanita y don Paco. Igual ocurre
con doña Inés, quien da un giro al aceptar a
Juanita la Larga como un miembro más de su
familia, y con don Pedro de Vargas en Pepita
Jiménez pues deja atrás todo tipo de
resentimiento y aplaude la relación de su hijo
con Pepita Jiménez. Un nuevo triunfo de la clase
alta que se eleva sobre sus prejuicios.
Don Alvaro es
uno de los personajes críticos dentro de este
orden. Él introduce otro tipo de ambigüedad,
pero su papel termina siendo secundario pues la
novela gira alrededor de otros seres, con otros
valores. Pero incluso el comportamiento de don
Alvaro tampoco desestabiliza la sociedad de
Villalegre. Como cualquier noble su ocupación
permanente era la caza o la asistencia a las
ferias y su mayor transgresión contra su
clase era que se "dejaba llevar a menudo
de las más villanas inclinaciones, y en una o en
otra de sus dos magníficas cacerías alojaba con
maldisimulado recato a alguna daifa(..),"
(Juanita la Larga, p.17). La condena a su
comportamiento la asume el mismo narrador
personaje quien despectivamente lo llama "aquel
empaquetado de don Alvaro" y un poco
después dice de él que "distaba mucho
de ser un modelo de perfección". El
narrador homodiegético, perteneciente a la misma
clase aristocrática, ejerce el nivel de la
censura a uno de sus miembros. Pero son hechos
que no alteran el orden, la estructura
aristocrática clásica de dicha sociedad. Es por
ello que el secuestro de un personaje en Juanita
la Larga tampoco es castigado ejemplarmente y
es Juanita quien termina pagando por Antoñuelo,
uno de los culpables. Dicha sociedad tiene sus
alteraciones pero al final triunfa una postura
clásica, ideal, materializada en los finales
felices de las historias, pues se da una gran
reconciliación y la aristocracia que ha
estructurado el mundo poético triunfa y se
fortalece al ganarse miembros que serán de los
más representativos.
En Pepita
Jiménez el ejemplo mayor es el conde, quien
de una actitud innoble y soberbia se convierte en
un modelo de su clase: al ser vencido en duelo
por don Luis de Vargas se retira y paga a Juanita
dineros que le adeudaba.
La aceptación
de Juanita y su madre no es fácil. No son
solamente sus actitudes las que les posibilitan
el ascenso, sino el haber reducido físicamente a
don Andrés Rubio y luego tratarlo lo más
cortesmente posible. Este suceso es visto por
doña Inés, lo que hace que cambie su visón
sobre Juanita, teniéndola desde entonces en gran
estima.
Esto sucede en
las novelas de Valera como pruebas que sólo
sufren y superan individuos excepcionales.
Rafaela debe, por ejemplo, afrontar la sociedad
de Río de Janeiro en su primera presentación y
luego el reto de la transformación del señor de
Figueredo. El objetivo de Fray Miguel de Zuheros
en Morsamor es la gloria y él mismo dice
que estaba dispuesto a todo para buscarla.
La obra de Juan
Valera sustenta por lo tanto una mentalidad
aristocrática, clásica en definitiva, pero al
mismo tiempo revela aspectos modernos. Una
mentalidad propia de una época de la historia de
España, mediada por los profundos cambios
políticos a raíz de la instauración de la
Primera y la Segunda República y los conflictos
de final de siglo con la pérdida de las últimas
posesiones de España en América.
Esta mentalidad
aristocrática la sustenta igualmente la actitud
y vida de Juan Valera: "Aristócrata de
sangre y espíritu, diplomático, hombre de
mundo, conocedor de muchos países de Europa y
América, fue uno de los espíritus más cultos
de su tiempo en España y uno de los críticos
literarios de mayor autoridad". (Angel
del Río, 1961, p.130). Su vida como diplomático
en las ciudades de Madrid, Lisboa, Bruselas,
Washintong, Río de Janeiro y Viena entre otras,
y su papel dentro de las letras españoles de su
época, confirman la importancia e influencia de
Juan Valera para la sociedad Española del siglo
XIX. Es él, junto con Rada y Delgado quien funda
la revista El Centenario en 1892, es él
quien realiza traducciones del griego, ensayos
sobre crítica que publica periódicamente en la
Revista de España. Es él quien lidera una
fuerte crítica al naturalismo y proyecta un
fervor nacionalista cristalizado por la
generación del 98; predica, en definitiva, una
nueva actitud de España:
"Ya
es tiempo, después de dos siglos de
vasallaje y de sumisión recompensada con que
nos califiquen siempre de bárbaros y de
beocios, de que sacudamos el yugo intelectual
en que los franceses nos tienen. Y yo quiero
hacer algo en esto" (López
Jiménez, Luis, 1977, p. 44).
Respecto a su
actitud progresista algunos autores han hablado
de una doble posición en Valera. Angel de Río
se refiere a un Valera
"a
la manera de los hombres del siglo XVIII"
y al mismo tiempo afirma que "desdeña
las escuelas y las fórmulas. Es clásico y
Moderno a la vez".
El Valera
progresista se revela en sus posiciones
políticas. Si bien el artículo II de la
Constitución española de 1869 declara la
libertad religiosa, es demasiado
"tímido" y "vergonzante" en
opinión de Valera quien propone una declaración
distinta:
"Todo
español tiene el derecho de sostener y
difundir las opiniones religiosas que más
conforme halle con la verdad; de dar culto a
Dios con los ritos y ceremonias de la
religión en que crea, y de reunirse y
asociarse con otros hombres para realizar tan
altos fines" (10) (Bravo-
Villasante, 1989, p. 137).
Esta actitud se
refleja indiscutiblemente en las novelas. En Pepita
Jiménez, don Luis de Vargas no deja de
experimentar cierto conflicto en estos términos:
servir a Dios o aceptar a Pepita Jiménez.
Finalmente desiste de su idea de hacerse cura
pero su fervor religioso y el de Pepita permite
que todo no sea visto como una transgresión
religiosa. Valera termina optando por la
relación conyugal sin ser esto un
cuestionamiento al orden religioso. Es ahí donde
aparece esa ambigüedad entre lo clásico y lo
moderno como lo enuncia el mismo autor:
"Los
que buscamos y queremos la reconciliación,
los que somos liberales y católicos a la
vez, debemos probar que ni es de la esencia
del liberalismo el ser impío, ni de la
esencia del catolicismo repugnar la
civilización y el progreso"
(Bravo-Villasante, 1989, p.138).
Los finales
novelescos donde se plantea una reconciliación
de los distintos grupos y tendencias se proyecta
en su modo de ver la realidad. Se pide una
España nueva, moderna, que empieza a surgir a
partir de la primera República, pero sin
desechar aquellos valores tradicionales que
producen hombres clásicos, eruditos. Es por eso
que ante la crisis política suscitada por las
revueltas en Cuba y la cada vez mayor
intervención de los Estados Unidos, Valera asume
cierta actitud nostálgica:
"(
)
mintamos y pedantemos un poco suponiéndonos
hacendistas, grandes políticos, etc, etc.;
tal vez así, esforzándonos para no quedar
por embusteros, alcancemos ser en realidad lo
que finjamos ser antes de serlo
En mi
sentir, todo el toque está en que nos
persuadamos bien de que valemos tanto o más
que ellos y llegaremos a valer tanto o más
que ellos" (Bravo- Villasante, 1989.
Carta de 1898).
La
caracterización del cura en Juanita la Larga
vislumbra dicha actitud liberal en el pensamiento
de Valera. El cura no aparece como un ser
autónomo sino como un emisario de doña Inés.
Es este quien realiza la condena de Juana y su
hija, por orden de doña Inés, y obviamente
será quien bendecirá el matrimonio con don
Paco. El mismo nombre del pueblo es un signo del
espacio idealizado presentado por Valera, y que,
en comparación con una realidad crítica para
España, se convierte en la utopía, en lo
deseado por una sociedad que enfrentaba el
deterioro de algunas instituciones. Villalegre es
lo que Valera deseaba que fuera España: un
espacio aristocrático, de buenos modales, rico y
estable donde los elementos desestabilizadores no
tienen mayor trascendencia, (así sea un
secuestro). Esta es la opinión expresada por el
autor en una carta del 11 de agosto de 1886 en
Bruselas:
"España
ha sido y debe seguir siendo una de las
cuatro o cinco grandes naciones civilizadoras
del mundo, que no ha habido más después de
griegos y romanos. Más para no perder este
privilegio hierofántico, que compartimos con
Italia, Francia, Inglaterra y Alemania, es
menester no dormirnos y no dejar que en
España tomen los tontos y los brutos el
tirso" (11).
NOTAS
(1) VALERA Juan.
Genio y Figura. En: Valera Juan. Obras Completas.
Aguilar, Madrid, 1947.
(2) VALERA Juan.
Juanita la Larga. Salvat, Navarra,1971.
(3) VALERA Juan.
Morsamor. En: Valera Juan. Op. cit.
(4) En este
sentido, José F. Montesinos dice: "La
mayor parte de las novelas de Valera son novelas
de amores; por serlo, los personajes que en ellas
se destacan son siempre o casi siempre las
mujeres. No sin misterio llevan tantos de esos
libros como título un nombre de mujer".
MONTESINOS F., José. Valera o la ficción
libre. Gredos, Madrid, 1957, p.204.
(5) Al respecto,
José F. Montesinos afirma: "Valera pinta
como se ha dicho que lo hacían los artistas de
la Antigüedad, escogiendo y armonizando bellezas
diversas que combina en un canon más bello que
la generalidad de los seres que vemos, con una
perfección que no depende de nuestras
impresiones particulares, sino que se atiene a la
"idea". MONTESINOS. Op. Cit.
p. 193.
(6) A la
afirmación de Valera con relación a Juanita
la Larga de que: "Si no fuera porque
ahora está muy de moda este género de novelas,
copia exacta de la realidad y no creación del
espíritu poético, yo daría poquísimo valor a
mi obra" José Montesinos afirma:
"Verdad es que don Juan si gue bastante
despistado respecto de la índole de la novela
realista (
) sigue confundiendo los
contenidos con la técnica, y que no se hace
cargo de que contada y no representada
como está Juanita la Larga, cualquiera
que sea su estricta atenencia a cosas, personas y
sucesos reales, nada tiene de común con la
novela descriptiva de realidades locales,
entonces en auge". MONTESINOS F., José.
Op. Cit. p. 159.
(7) Al respecto
ver: GARCIA Gual, Carlos. La Antigüedad
Novelada. Anagrama, Barcelona, 1995.
(8) MONTESINOS
f, José. Op. cit., p. 198.
(9) Recordemos
que Juan Valera tradujo Dafnis y Cloe de
Longo. En esta novela los personajes que se han
criado como campesinos descubren al final su
abolengo noble que les permite consumar su
matrimonio.
(10) "como
yo era hombre de mi tiempo, profano, no muy
ejemplar por mi vida penitente y con fama de
descreído, no me atreví a hablar en mi nombre e
inventé a un estudiante de clérigo par que
hablase en mi nombre" diría Valera
refiriéndose a don Luis de Vargas. Agrega
posteriormente: "Jamás hice yo la pamema
de afectar que soy creyente. Soy escéptico; ni
lo niego ni me jacto" MONTESINOS F.,
José. Op. cit., p.97-100.
(11) LOPEZ
JIMENEZ, Luis. El naturalismo y España.
Alhambra, Madrid, 1977, p.44.
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