Para Alberto Rodriguez

La mentalidad clásica en la poética de Juan Valera

Arbey Atehortúa Atehortúa

Partiendo del modelo de la historia de las mentalidades se estudia la obra novelesca del escritor español Juan Valera. La presencia de una mentalidad clásica y conservadora, en contradicción con la actitud liberal del autor político, se termina sustentando anclada en los conflictos políticos y sociales de la España decimonónica.

 

La obra poética de Juan Valera se caracteriza por las actitudes, las normas y las costumbres de carácter aristocrático. Los personajes pertenecen a las altas esferas de la sociedad; cuando no son parte de ella poseen todas las cualidades físicas y morales para serlo. De hecho, en varias de las novelas a las que nos referiremos, se produce una inserción de dichos personajes en el mundo de la clase alta. Los espacios, las costumbres y las aficiones como las tertulias o las salidas de campo, los juegos, el oficio de los personajes, los intertextos, etc. estructuran esta mentalidad.

La poética de Valera sustenta la existencia de un espacio rígido, pero no cerrado, de tipo nobiliario, donde seres de la más alta alcurnia se relacionan, diferenciándose claramente de una clase llamada en varias ocasiones como "vulgar". No son los conflictos económicos ni la degradación o cosificación del hombre el eje de dicha poética. En Genio y Figura (1), por ejemplo, a pesar que Rafaela se presenta como proveniente de una clase marginal, el submundo no interviene en la sociedad que habita y ésta se ve rodeada por personas de la más alta alcurnia: condes, vizcondes, embajadores, etc. Es en Juanita la Larga (2) donde un personaje, el cura, con una postura conservadora y afirmando la actitud del símbolo de la aristocracia de Villalegre, doña Inés, predica la inmovilidad de las clases:

"Aquí declamó mucho el padre contra el feroz empeño que muestran hoy tantas personas por salir de su clase y elevarse sin méritos suficientes: el tendero, sólo porque se enriquece, pretende ser marqués; el usurero, duque;" (Juanita la Larga, p. 62).

 

Si bien las heroínas que finalmente son aceptadas en dicho orden provienen de clases "vulgares", al final se revela su origen nobiliario como en el caso de Rafaela o sus cualidades casi "naturales" que les posibilitan dicho ascenso. En el caso de Morsamor(3), fray Miguel de Zueheros logra trascender esa vida simple, elevándose al nivel de la aventura heroica, del gran viaje, así al final todo se revele como un sueño. Paulino Garagorri en su prólogo a la edición de Juanita la Larga, escribe que "Valera escribió y reescribió principalmente una sola novela, la biografía de un determinado tipo de mujer" (4).

El espacio, tal como lo comentamos antes, se convierte en un elemento altamente significativo, símbolo de una clase. Las casas, por ejemplo, representan un cronotopo en la medida que son descritas como verdaderos palacios donde se dan cita los personajes más nobles de la ciudad para ciertas prácticas sociales como el juego de cartas. El narrador de Juanita la Larga describe la casa de doña Inés así: "Su casa era la mejor que había en Villalegre, con una puerta principal adornada, a un lado y a otro, de magnificas columnas de piedra berroqueña, estriadas y con capiteles corintos" (Juanita la Larga, p. 15). Igualmente Rafaela ha hecho de su casa un palacio, en la cual se sirven los más refinados y suculentos platos de la sociedad del brasileña; por eso ella se hace servir según su condición: "Ella eligió para la servidumbre los criados blancos que más convenían, y los esclavos negros más hábiles y de mejor facha." (Obras Completas, 1947,p. 642). Dichos índices van mucho más allá y el narrador de Pepita Jiménez se concentra en algo aparentemente elemental pero muy significativo en el momento de estructurar las costumbres y el modo de ser de una clase: las manos:

"Se conoce que cuida mucho sus manos y que tal vez pone alguna vanidad en tenerlas muy blancas y bonitas, con unas uñas lustrosas y sonrosadas (…)¡ Es tan distinguido, tan aristocrático, tener una linda mano!" (Obras Completas,1947, 129).

 

Los prólogos y las dedicatorias de las obras de Juan Valera constituyen igualmente la confirmación de una mentalidad tendiente a la reiteración de un espacio de cierta estabilidad de tipo aristocrático. Nos referimos a lo que sucede en la introducción de Morsamor donde en la "Dedicatoria al Excelentisimo Señor Conde de Casa Valencia" dice: "(…) yo sólo pretendo divertir un rato a quien me lea, dejando a los sabios enseñar y adoctrinar a sus semejantes (…)" (Obras Completas, 1947, p.713). Esta misma afirmación aparece en Genio y Figura: "Voy, pues, a ver si los relato, y si consigo, no adoctrinar ni enseñar nada, sino divertir algunos momentos o interesar a quien me lea". La intención del autor queda pues planteada en estos términos y la confirman otros hechos de la estructura de los textos que iremos revisando.

Al nivel de la teoría literaria es claro que un hecho son las intenciones explícitas del autor y otro lo que sus obras comunican. Las novelas de Juan Valera no se quedan en el nivel lúdico y una evaluación del mundo subyace en ellas. De hecho, la evasión temporal y espacial que supone Morsamor es ya una interpretación a la crisis española producida por la guerra hispano- americana y a la que se refiere Valera en muchas de sus cartas. Su intención explícita de divertir y entretener representa una actitud nostálgica frente a un pasado glorioso. Así se aprecia en Morsamor al ubicar la historia en el siglo XVI y luego, a través del artificio hecho por fray Ambrosio, se conduce a fray Miguel de Zuheros a vivir ciertas aventuras fantásticas por la India y China. Valera, en la dedicatoria, hace explícita su voluntad evasiva a nivel espacio-temporal:

"(…) he puesto en mi libro cuanto se ha presentado a mi memoria de lo que he oído o leído en alabanza de una época muy distinta de la presente, cuando era España la primera nación de Europa. Así, he procurado consolarme de que hoy no lo sea (…)" (Obras Completas, 1947, p.213).

 

Esta forma de evasión en el tiempo y el espacio adquiere otras características en Pepita Jiménez, Juanita la Larga y en Genio y figura. Si bien en estas novelas el tiempo de la aventura coincide con el tiempo histórico, las referencias a conflictos de carácter político y social, como el sermón del cura (en Juanita la Larga) en contra del comunismo, quedan relegados a un segundo plano.

Esta postura nobiliaria y aristocrática planteada en el espacio poético de las novelas de Juan Valera se refuerza y se reitera en algunos procedimientos de carácter transtextual.

 

Los espacios sociales gozan igualmente de una gran estabilidad debido a los llamados caciques que en ningún momento se presentan como seres degradados. Gracias a don Andrés Rubio, a don Luis y al señor de Figueredo, los pueblos son prósperos y estables. Las fiestas populares, las tertulias y la riqueza de los personajes son la confirmación de dicho estado aristocrático. El secuestro de un personaje casi anónimo es tal vez uno de los únicos acontecimientos que aparece como desestabilizador de un orden social. Pero este hecho no deja de ser un recurso para acomodar el regreso de don Paco seguido de prestigio y en ningún momento representa un problema en Villalegre. Incluso uno de los responsables, Antoñuelo, no es castigado ejemplarmente, pues Juanita pagará su rescate y del asunto se terminará hablando poco, siendo un procedimiento en pro del desenlace del texto. En Morsamor las aventuras, las batallas, las conquistas vividas por fray Miguel en tierras lejanas de España no están ancladas en conflictos sociales e históricos, sino que son hechos tematizados para plantear el concepto de aventura, de grandiosidad en la vida de fray Miguel de Zueheros.

Esta intención lúdica y evasiva se vislumbra en otro tipo de textos como en el prólogo que realiza Valera para la presentación de su traducción de Dafnis y Cloe en la cual dice:

"Acaso nada enseño. Yo la he contado, no obstante porque me parece curiosa. Ojalá mis lectores la hallen divertida". (Obra Completa, 1947, p.834).

 

Esta postura nobiliaria y aristocrática planteada en el espacio poético de las novelas de Juan Valera se refuerza y se reitera en algunos procedimientos de carácter transtextual. Los mitos, las fábulas y los personajes de la Antigüedad grecolatina aparecen como intertextos, dibujando así la presencia de un autor y un lector implícitos académicos, ilustrados. Ya Luis Araujo Costa había dicho que en Valera se prolongan hasta entrado el siglo XX las elegancias del XVII. El retorno al intertexto clásico (5) confirma su actitud aristocrática y conservadora, pues es la búsqueda de un espacio estable y bello, engalanado con las buenas costumbres. El mismo Valera expone que la recepción del elemento clásico implica un estado social diferente. Así, refiriéndose a su traducción de Dafnis y Cloe dice:

"Como, por otra parte, el vulgo no tiene acostumbrado el oído, no percibe la armonía de esta versificación, ni comprende su valer, y la juzga prosa cansada (…). Es verdad que los poetas clásicos, griegos y latinos no gustan al vulgo de los españoles" (Obras completas, 1947, p. 836).

 

En Genio y Figura la Antigüedad clásica sirve inicialmente para juzgar la pobreza significativa de los mismos en el Brasil frente a la belleza y significación de los nombres en la Antigua Grecia:

"No es allí, por ejemplo, como en Nápoles y en sus alrededores, donde cada piedra, cada escollo y cada gruta tiene su leyenda y evoca las sombras de uno o de muchos personajes históricos o místicos: Ulises, las sirenas, Eneas, la Sibila de Cumas, los héroes de Roma, los sabios de la magna Grecia (…)" (Obras Completas, 1947, p. 634).

 

Si las referencias a Hermes, a los filósofos griegos, a Alejandro de Macedonia, etc. son frecuentes en el espacio poético de Morsamor, no ocurre distinto en las demás novelas. En Pepita Jiménez el narrador homodiegético se revela como gran conocedor de la Antigüedad Clásica, y esto le permite referencias y comparaciones constantes: "No hagamos de Pepita una Fedra y de mí un Hipólito" (Obras Completas, 1947, p. 146). Tal nivel de referencias a la Antigüedad Clásica aparecen igualmente en Juanita la Larga: "El exclamaba al verla, como el pastor Coridón de Virgilio o como el Marramaquiz, de Lope" (Juanita la Larga, p. 31) "De la poesía no era muy partidario tampoco, y sin plagiar a Platón, porque sabía que Platón lo hubiese preceptuado(…)" (Juanita la Larga, p. 38). La caracterización de los personajes, tal como lo manifiesta José Montesinos pasa por el crisol de la Antigüedad, creando un canon más bello que la generalidad de los seres que vemos. Estos hechos postulan la presencia de un sólo autor implícito en las obras de Valera y un único narrador personaje que aunque adquiera distintas formas seguirá siendo un ser culto, ilustrado y clásico. Las amplias descripciones y reflexiones sobre los personajes se realizan dentro de cierta normatividad en el uso del lenguaje, lo que hace que Valera también se aleje de la corriente Realista(6) del XIX y afirme su actitud dieciochesca. La mentalidad de carácter aristocrática y nobiliaria se afirma pues, con el planteamiento de un mundo clásico que surge como paradigma.

La permanente alusión al mundo clásico representa una forma de evasión, de interpretar la problemática socio-política de la época en que participó activamente Valera como ministro, embajador o subsecretario de Estado. Es al mismo tiempo una forma de reaccionar frente a dicha problemática, en la medida que se trasciende lo local, lo cotidiano, y se plantea un modelo del mundo atemporal, deseado; el mundo añorado por muchos españoles de finales de siglo XIX. Es este un recurso de carácter romántico(7) que se enmarca dentro del conservadurismo de Valera; obviamente no hablamos del hombre político que se revelará como liberal en sus ideas.

Movilidad e inmovilidad social

Hemos planteado el espacio aristocrático en Valera como conservador, pero no podemos dejar pasar por alto que en tres de las novelas citadas, las heroínas provienen de clases marginales que gracias a un buen matrimonio lograron un ascenso y reconocimiento social y económico. Este es el caso de Juanita la Larga, Pepita Jiménez y Rafaela. Este hecho plantea la falsa creencia o ilusión en Juan Valera que la movilidad social es posible.

En Juanita la Larga, las diferencias sociales aparecen bien marcadas. Juana la Larga a pesar de su condición de madre sola, puede interactuar con dicha clase como empleada porque sabe ocupar, al igual que su hija, el puesto que le corresponde en una sociedad rígidamente estratificada. Juanita es una muchacha graciosa, que camina todos los días hasta la fuente donde se dan cita los campesinos y la gente popular y de allí regresa con un cántaro de agua. Juana es la más experta en menudos y toda clase de comidas, al igual que una buena modista. El mundo de Villalegre está en orden, regido socialmente por la hermana de don Paco, doña Inés. Pero los conflictos surgen cuando Juana y Juanita quieren por iniciativa de don Paco participar de esa sociedad y un momento crítico se produce cuando ambas vestidas de hermosas sedas aparecen en la iglesia. La condena social es hecha por el cura, por doña Inés y por la sociedad entera de Villalegre quienes obligan a Juana y a su hija a asumir su rol dentro de dicha estratificación. Éstas, a partir del comportamiento exigido para los de su clase tratan nuevamente de lograr la aceptación, importante para el desempeño del oficio de Juana.

Doña Inés surge como el personaje más moralista, rígido y preocupado de que cada quien ocupe su puesto en la sociedad; está respaldada por el cura que es quien finalmente realiza la condena pública al "atrevimiento" de Juana y su hija de vestir sedas como la nobleza de Villagre. Don Paco surge como un ser despojado de prejuicios y escogerá como sitio de tertulia la casa de Juana la Larga. Es por medio de don Paco que Juanita logrará finalmente acceder a participar de los altos círculos de Villalegre. Este recurso es reiterativo en la poética de Valera y es así como Pepita saldrá de la pobreza gracias a su matrimonio con don Gumersindo y Rafaela con el señor de Figueredo. El refinamiento, el lujo y la normatividad en que vive la sociedad pudiente de Villalegre sólo son alterados por don Alvaro, bohemio y mujeriego que "distaba mucho de ser modelo de perfección". (Juanita la Larga, p. 17)

El sermón del cura constituye uno de los mejores ejemplos de la quietud social, de la inmovilidad y conservación del statu quo que predican estas novelas.

El conflicto mayor surge al existir la posibilidad de que Juana y su hija (por medio de un matrimonio con don Paco) pasen a formar parte de la clase alta. Pero, al igual que en otras novelas de Valera, el matrimonio de Juanita no representa la aceptación final de una clase marginada sino de personas particulares, con unas características, con un modo de ser , de actuar y con un porte que bien podrían ser aristocráticos.

Si bien Juana es madre soltera, ella y su hija se presentan con una moral intachable y de ahí la normatividad en las visitas de don Paco y la negativa de Juanita de llevar un noviazgo anónimo. Sólo al final, cuando la relación se hace oficial por las circunstancias y Juanita comprueba su amor, se consuma el matrimonio y todo queda dentro de la normatividad rígida de la sociedad de Villalegre.

No son pues personas de una clase socioe-conómicamente inferior, quienes logran el ascenso y reconocimiento; son mujeres especiales, con cualidades tanto físicas, intelectuales y morales que se ubican por encima de las demás. José Montesinos escribió al respecto que "Esta mujer que Valera concibe como heroína de su obra no se da espontáneamente en la vida, es el más refinado producto de la cultura humana, podría decirse que su coronación" (8).

Con Rafaela ocurre algo parecido; su ascenso se debe a su actitud, a su enorme poder de influencia y porte aristocrático, que termina influyendo en quienes la rodean y que se refuerza al final de la novela: como un recurso a la manera de la novela bizantina(9), de la que gustaba Valera, aparece un barón que resulta ser el padre de Rafaela. Para mayor gozo de ésta, termina teniendo no sólo porte sino sangre noble.

Existe de esta manera un aparente liberalismo concebido en la posibilidad de ascenso social, pero en definitiva es una actitud conservadora la que prevalece. Es más, a lo extenso del texto estos personajes son presentados con cierta clase, con cierta actitud nobiliaria que da entender que son más parte de esta clase que de otra.

En Pepita Jiménez pareciera vislumbrarse una crítica a los comportamientos de la high life pero los finales felices terminan reforzando los modos de vida, las costumbres y la vida aristocrática. El reproche que se hace a la actitud de don Andrés Rubio y de doña Inés frente a Juanita no sirve más que para resaltar cualidades y valores de dicha clase; doña Inés y don Andrés terminan aceptando a Juanita la Larga. Este último incluso será su padrino de bodas y asumiendo una actitud caballeresca pedirá disculpas por su asedio, siendo presentado finalmente como uno de los hombres modelos de Villalegre. Igualmente todo el cuestionamiento que Juanita le hace a doña Inés se revierte y Juanita termina sintiéndose un poco culpable y no totalmente víctima. Doña Inés justifica su conducta, acepta otro grado de culpabilidad, pero lo importante finalmente es la reconciliación general que se produce. El orden regresa cuando un individuo que no pertenecía al grupo social es aceptado y no al producirse transformación alguna.

Existen, por supuesto, otros pasajes que sustentan la inmovilidad social de la que hemos hablado, como el sermón del cura en Juanita la Larga.

El sermón del cura constituye uno de los mejores ejemplos de la quietud social, de la inmovilidad y conservación del statu quo que predican estas novelas. Es una visión conservadora del mundo, ideal, no afectado por conflictos de tipo político y social. Según el sacerdote siempre habrá ricos y pobres y en oposición al socialismo, el sistema que ellos viven es el mejor estado del mundo y por eso aboga para que el "orden establecido se conserve y se cuide de que nadie se haga rico burlando el código penal" (Juanita la Larga, p. 62).

La visión aristocrática y conservadora se reafirma en el hecho de que los ricos que han transgredido algo no son castigados ejemplarmente. Doña Inés recibe una lección verbal de Juanita y don Andrés Rubio una humillación física pero en privado.

Juana la Larga y su hija también reciben su castigo que puede ser mayor. Después de asumir el rol de una clase que no les pertenecía son repudiadas por el padre y la sociedad de Villalegre, y Juanita debe someterse a doña Inés, hasta el punto de convertirse en su esclava para lograr nuevamente sus favores. Don Paco, ser auténtico en la obra, también sufre pues está sometido a la normatividad impuesta por su hija; él es parte del engranaje y eso determina su medida de sufrimiento al ser el responsable de que individuos de otro nivel entren a reforzar dicho estado. Pero al final será el más recompensado: uno de los hombres de más edad, distinguido, con posición social y económica se casa con la más bella moza de Villalegre.

En Genio y Figura se continúa estructurando la mentalidad desarrollada por Valera. El espacio, las costumbres y las ambiciones de Rafaela se enmarcan dentro del capital de una sociedad nobiliaria.

Uno de los objetivos de Rafaela es educar en los buenos modales, en la normatividad que exige el refinamiento y la alta clase. Así lo hace con su esposo el señor de Figueredo en quien había encontrado un hombre burdo y de mal gusto, y termina convirtiéndolo en un gran señor. Este mismo trabajo lo realiza con Arturo, y cuantos toma ella como sus discípulos en "este arte". Posteriormente concentrará todo su interés en la educación de su hija. Pero en Genio y Figura, la heroína también debe enfrentar el conflicto de intentar acceder a una clase que originariamente no es la suya, lo cual logra como individuo excepcional y no como símbolo de una clase.

La obra de Juan Valera sustenta por lo tanto una mentalidad aristocrática, clásica en definitiva, pero al mismo tiempo revela aspectos modernos. Una mentalidad propia de una época de la historia de España, mediada por los profundos cambios políticos ...

El orden de tipo aristocrático se mantiene, y por ésto ciertos personajes con un comportamiento indigno recapacitan y se transforman radicalmente. Es en este aspecto donde se aprecia cierta actitud crítica frente a la clase alta, pero que no se torna en censura. Don Andrés Rubio, por ejemplo, había sido presentado como un asediador, falto de escrúpulos y termina siendo el feliz padrino de la boda de Juanita y don Paco. Igual ocurre con doña Inés, quien da un giro al aceptar a Juanita la Larga como un miembro más de su familia, y con don Pedro de Vargas en Pepita Jiménez pues deja atrás todo tipo de resentimiento y aplaude la relación de su hijo con Pepita Jiménez. Un nuevo triunfo de la clase alta que se eleva sobre sus prejuicios.

Don Alvaro es uno de los personajes críticos dentro de este orden. Él introduce otro tipo de ambigüedad, pero su papel termina siendo secundario pues la novela gira alrededor de otros seres, con otros valores. Pero incluso el comportamiento de don Alvaro tampoco desestabiliza la sociedad de Villalegre. Como cualquier noble su ocupación permanente era la caza o la asistencia a las ferias y su mayor transgresión contra su clase era que se "dejaba llevar a menudo de las más villanas inclinaciones, y en una o en otra de sus dos magníficas cacerías alojaba con maldisimulado recato a alguna daifa(..)," (Juanita la Larga, p.17). La condena a su comportamiento la asume el mismo narrador personaje quien despectivamente lo llama "aquel empaquetado de don Alvaro" y un poco después dice de él que "distaba mucho de ser un modelo de perfección". El narrador homodiegético, perteneciente a la misma clase aristocrática, ejerce el nivel de la censura a uno de sus miembros. Pero son hechos que no alteran el orden, la estructura aristocrática clásica de dicha sociedad. Es por ello que el secuestro de un personaje en Juanita la Larga tampoco es castigado ejemplarmente y es Juanita quien termina pagando por Antoñuelo, uno de los culpables. Dicha sociedad tiene sus alteraciones pero al final triunfa una postura clásica, ideal, materializada en los finales felices de las historias, pues se da una gran reconciliación y la aristocracia que ha estructurado el mundo poético triunfa y se fortalece al ganarse miembros que serán de los más representativos.

En Pepita Jiménez el ejemplo mayor es el conde, quien de una actitud innoble y soberbia se convierte en un modelo de su clase: al ser vencido en duelo por don Luis de Vargas se retira y paga a Juanita dineros que le adeudaba.

La aceptación de Juanita y su madre no es fácil. No son solamente sus actitudes las que les posibilitan el ascenso, sino el haber reducido físicamente a don Andrés Rubio y luego tratarlo lo más cortesmente posible. Este suceso es visto por doña Inés, lo que hace que cambie su visón sobre Juanita, teniéndola desde entonces en gran estima.

Esto sucede en las novelas de Valera como pruebas que sólo sufren y superan individuos excepcionales. Rafaela debe, por ejemplo, afrontar la sociedad de Río de Janeiro en su primera presentación y luego el reto de la transformación del señor de Figueredo. El objetivo de Fray Miguel de Zuheros en Morsamor es la gloria y él mismo dice que estaba dispuesto a todo para buscarla.

La obra de Juan Valera sustenta por lo tanto una mentalidad aristocrática, clásica en definitiva, pero al mismo tiempo revela aspectos modernos. Una mentalidad propia de una época de la historia de España, mediada por los profundos cambios políticos a raíz de la instauración de la Primera y la Segunda República y los conflictos de final de siglo con la pérdida de las últimas posesiones de España en América.

Esta mentalidad aristocrática la sustenta igualmente la actitud y vida de Juan Valera: "Aristócrata de sangre y espíritu, diplomático, hombre de mundo, conocedor de muchos países de Europa y América, fue uno de los espíritus más cultos de su tiempo en España y uno de los críticos literarios de mayor autoridad". (Angel del Río, 1961, p.130). Su vida como diplomático en las ciudades de Madrid, Lisboa, Bruselas, Washintong, Río de Janeiro y Viena entre otras, y su papel dentro de las letras españoles de su época, confirman la importancia e influencia de Juan Valera para la sociedad Española del siglo XIX. Es él, junto con Rada y Delgado quien funda la revista El Centenario en 1892, es él quien realiza traducciones del griego, ensayos sobre crítica que publica periódicamente en la Revista de España. Es él quien lidera una fuerte crítica al naturalismo y proyecta un fervor nacionalista cristalizado por la generación del 98; predica, en definitiva, una nueva actitud de España:

"Ya es tiempo, después de dos siglos de vasallaje y de sumisión recompensada con que nos califiquen siempre de bárbaros y de beocios, de que sacudamos el yugo intelectual en que los franceses nos tienen. Y yo quiero hacer algo en esto" (López Jiménez, Luis, 1977, p. 44).

 

Respecto a su actitud progresista algunos autores han hablado de una doble posición en Valera. Angel de Río se refiere a un Valera

"a la manera de los hombres del siglo XVIII" y al mismo tiempo afirma que "desdeña las escuelas y las fórmulas. Es clásico y Moderno a la vez".

 

El Valera progresista se revela en sus posiciones políticas. Si bien el artículo II de la Constitución española de 1869 declara la libertad religiosa, es demasiado "tímido" y "vergonzante" en opinión de Valera quien propone una declaración distinta:

"Todo español tiene el derecho de sostener y difundir las opiniones religiosas que más conforme halle con la verdad; de dar culto a Dios con los ritos y ceremonias de la religión en que crea, y de reunirse y asociarse con otros hombres para realizar tan altos fines" (10) (Bravo- Villasante, 1989, p. 137).

 

Esta actitud se refleja indiscutiblemente en las novelas. En Pepita Jiménez, don Luis de Vargas no deja de experimentar cierto conflicto en estos términos: servir a Dios o aceptar a Pepita Jiménez. Finalmente desiste de su idea de hacerse cura pero su fervor religioso y el de Pepita permite que todo no sea visto como una transgresión religiosa. Valera termina optando por la relación conyugal sin ser esto un cuestionamiento al orden religioso. Es ahí donde aparece esa ambigüedad entre lo clásico y lo moderno como lo enuncia el mismo autor:

"Los que buscamos y queremos la reconciliación, los que somos liberales y católicos a la vez, debemos probar que ni es de la esencia del liberalismo el ser impío, ni de la esencia del catolicismo repugnar la civilización y el progreso" (Bravo-Villasante, 1989, p.138).

 

Los finales novelescos donde se plantea una reconciliación de los distintos grupos y tendencias se proyecta en su modo de ver la realidad. Se pide una España nueva, moderna, que empieza a surgir a partir de la primera República, pero sin desechar aquellos valores tradicionales que producen hombres clásicos, eruditos. Es por eso que ante la crisis política suscitada por las revueltas en Cuba y la cada vez mayor intervención de los Estados Unidos, Valera asume cierta actitud nostálgica:

"(…) mintamos y pedantemos un poco suponiéndonos hacendistas, grandes políticos, etc, etc.; tal vez así, esforzándonos para no quedar por embusteros, alcancemos ser en realidad lo que finjamos ser antes de serlo… En mi sentir, todo el toque está en que nos persuadamos bien de que valemos tanto o más que ellos y llegaremos a valer tanto o más que ellos" (Bravo- Villasante, 1989. Carta de 1898).

 

La caracterización del cura en Juanita la Larga vislumbra dicha actitud liberal en el pensamiento de Valera. El cura no aparece como un ser autónomo sino como un emisario de doña Inés. Es este quien realiza la condena de Juana y su hija, por orden de doña Inés, y obviamente será quien bendecirá el matrimonio con don Paco. El mismo nombre del pueblo es un signo del espacio idealizado presentado por Valera, y que, en comparación con una realidad crítica para España, se convierte en la utopía, en lo deseado por una sociedad que enfrentaba el deterioro de algunas instituciones. Villalegre es lo que Valera deseaba que fuera España: un espacio aristocrático, de buenos modales, rico y estable donde los elementos desestabilizadores no tienen mayor trascendencia, (así sea un secuestro). Esta es la opinión expresada por el autor en una carta del 11 de agosto de 1886 en Bruselas:

"España ha sido y debe seguir siendo una de las cuatro o cinco grandes naciones civilizadoras del mundo, que no ha habido más después de griegos y romanos. Más para no perder este privilegio hierofántico, que compartimos con Italia, Francia, Inglaterra y Alemania, es menester no dormirnos y no dejar que en España tomen los tontos y los brutos el tirso" (11).

 

NOTAS

(1) VALERA Juan. Genio y Figura. En: Valera Juan. Obras Completas. Aguilar, Madrid, 1947.

(2) VALERA Juan. Juanita la Larga. Salvat, Navarra,1971.

(3) VALERA Juan. Morsamor. En: Valera Juan. Op. cit.

(4) En este sentido, José F. Montesinos dice: "La mayor parte de las novelas de Valera son novelas de amores; por serlo, los personajes que en ellas se destacan son siempre o casi siempre las mujeres. No sin misterio llevan tantos de esos libros como título un nombre de mujer". MONTESINOS F., José. Valera o la ficción libre. Gredos, Madrid, 1957, p.204.

(5) Al respecto, José F. Montesinos afirma: "Valera pinta como se ha dicho que lo hacían los artistas de la Antigüedad, escogiendo y armonizando bellezas diversas que combina en un canon más bello que la generalidad de los seres que vemos, con una perfección que no depende de nuestras impresiones particulares, sino que se atiene a la "idea". MONTESINOS. Op. Cit. p. 193.

(6) A la afirmación de Valera con relación a Juanita la Larga de que: "Si no fuera porque ahora está muy de moda este género de novelas, copia exacta de la realidad y no creación del espíritu poético, yo daría poquísimo valor a mi obra" José Montesinos afirma: "Verdad es que don Juan si gue bastante despistado respecto de la índole de la novela realista (…) sigue confundiendo los contenidos con la técnica, y que no se hace cargo de que contada y no representada como está Juanita la Larga, cualquiera que sea su estricta atenencia a cosas, personas y sucesos reales, nada tiene de común con la novela descriptiva de realidades locales, entonces en auge". MONTESINOS F., José. Op. Cit. p. 159.

(7) Al respecto ver: GARCIA Gual, Carlos. La Antigüedad Novelada. Anagrama, Barcelona, 1995.

(8) MONTESINOS f, José. Op. cit., p. 198.

(9) Recordemos que Juan Valera tradujo Dafnis y Cloe de Longo. En esta novela los personajes que se han criado como campesinos descubren al final su abolengo noble que les permite consumar su matrimonio.

(10) "como yo era hombre de mi tiempo, profano, no muy ejemplar por mi vida penitente y con fama de descreído, no me atreví a hablar en mi nombre e inventé a un estudiante de clérigo par que hablase en mi nombre" diría Valera refiriéndose a don Luis de Vargas. Agrega posteriormente: "Jamás hice yo la pamema de afectar que soy creyente. Soy escéptico; ni lo niego ni me jacto" MONTESINOS F., José. Op. cit., p.97-100.

(11) LOPEZ JIMENEZ, Luis. El naturalismo y España. Alhambra, Madrid, 1977, p.44.


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