Educación y
valoresCarlos Alberto Carvajal Correa
El tema de
la educación y los valores es en la
actualidad objeto de discusión académica
desde la pedagogía, la filosofía, la
sicología, etc. La perspectiva cognitivo
evolutiva basada en la incentivación del
razonamiento moral, realiza un significativo
aporte a la consolidación de una ética
ciudadana que debe ser planteada como una
política educativa en dichos términos.
La constante
preocupación por los problemas de índole moral,
que ante todo ratifica nuestra capacidad de
razonar sobre dichos asuntos, es al parecer una
actitud cada vez más acentuada en nuestro
tiempo. Gracias a esta capacidad desaprobamos la
conducta de quienes ocupan cargos cuando no se
ajusta a los parámetros de legalidad y
honestidad socialmente aceptados los actos de
barbarie, inmoralidad y corrupción en general.
Así ejercitamos nuestro juicio de aprobación o
desaprobación en los ámbitos más cercanos e
íntimos de las relaciones como la familia, los
amigos, las instituciones, etc. De este modo nos
pronunciamos normativamente en la doble
dirección de las esferas pública y privada, no
obstante la separación y diferenciación de
estos espacios surgida con los procesos de
modernidad y modernización.
Lo significativo
de esta circunstancia estriba en que de alguna
manera nos ocupamos de aquellos temas, expresando
por una parte nuestra capacidad de emitir juicios
y, por otra, que tan variadas preocupaciones
parecen constatar la existencia generalizada de
dicha facultad por encima de las diferencias de
perspectiva y opinión. Ambas conclusiones
quizás nos puedan colocar en una dirección que
permita aprovechar las inquietudes y las conduzca
por el sendero que ellas mismas señalan, por
medio de una estrategia educativa orientada a
encausar nuestro razonamiento práctico.
Es preciso, sin
embargo, reconocer las dificultades que se
presentan al intentar ser consecuentes con estas
premisas. Pues aunque no es extraño escuchar que
la educación consiste no sólo en informar sino
en formar, las propuestas educativas siempre se
formulan según los criterios e intereses
particulares inscritos en concepciones
comprehensivas y generales. Estas concepciones se
nutren constantemente desde los medios de
comunicación, los discursos religiosos,
políticos y estatales, donde se proponen
soluciones divergentes en metodologías y
objetivos. Así, por ejemplo, en unos casos se
apela a doctrinas que generalmente han padecido
una notable transformación o incluso
desaparición, cuyo regreso representa
supuestamente la recomposición moral de la
sociedad. Tal es el caso del discurso sobre la
recuperación de valores, ciego a cualquier
determinación histórica incluyendo la de los
individuos mismos, y en ocasiones del recurso
autoritario de su imposición por vías ortodoxas
y de fuerza para restablecer el orden, la
autoridad, la obediencia, etc. En otros casos
están las propuestas sobre la modernización
tecnológica, la eficacia y la eficiencia en la
educación, con miras a un mayor desarrollo
económico. En la práctica éstas y otras
opciones aparecen relacionadas en múltiples
formas, razón por la cual debemos visualizarlas
como diferentes intentos o énfasis en la
solución de los problemas.
No obstante, no
son las anteriores las únicas propuestas que se
presentan frente al que podríamos llamar actual
estado de cosas en nuestra sociedad. Otras
considera ciones acerca del papel que ha de jugar
la educación en la solución de la crisis
también se abren paso desde dentro y fuera del
discurso educativo y académico. Aunque no
podríamos señalar una corriente unitaria, sí
podemos reconocer unos rasgos generales derivados
de la preocupación por la esfera práctica, cuyo
renacimiento se produce en las últimas décadas
en la filosofía y la sicología moral
principalmente. De allí se derivan importantes
corrientes de corte cognitivo y constructivo que
contribuyen con elementos imprescindibles para la
elaboración de una propuesta educativa. Con los
aportes de estas disciplinas parece ser un hecho
que en la actualidad podemos comenzar a
reconstruir la relación educación y valores
sobre la base de nuestra capacidad de
razonamiento moral.
Es necesario
precisar que esta capacidad no consiste en un uso
ocasional que hacemos de tal forma de
razonamiento, sino en el ejercicio o, incluso, en
la simple preocupación permanente por lo
correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo. La
constatación de esta especie de conciencia moral
fue señalada en el origen de su formulación
moderna por la filosofía de Kant, al referirse
al reconocimiento que el hombre corriente tiene
de los actos llevados a cabo según una buena
voluntad. Después del giro linguístico en el
presente siglo que ha transformado al sujeto
moral y la conciencia monológica kantiana, tal
atribución ha quedado mediada por el lenguaje en
su compleja dimensión simbólica. Sobre ella
ciframos todas las posibilidades de cognición,
comprensión y acción, producto de la mayor
parte de las decisiones que a diario debemos
tomar en las relaciones con los demás. De allí
que la atención deba dirigirse a propiciar las
condiciones para el ejercicio de dicha facultad,
por medio de la cual ha descubierto el hombre
moderno facetas de sí mismo como la libertad, la
igualdad, el respeto, etc., piezas fundamentales
para la preservación de su dignidad en tanto
persona.
En este orden de
ideas podemos afirmar que los descubrimientos
referidos no son simples especulaciones del
pensamiento filosófico moderno. Son elementos
que hacen parte de las representaciones que los
ciudadanos tienen de sí mismos y de sus
relaciones sociales y políticas, base de su
eticidad. Claro está, de una eticidad siempre
por realizarse en el terreno concreto de la
praxis social, pero irrenunciable en su
justificación por parte de esos mismos
ciudadanos. Por lo tanto la identificación de
las metas hacia las cuales debe dirigirse la
formación no puede realizarse en una escogencia
al azar entre diferentes doctrinas y
concepciones, sino como el producto de un trabajo
que debe tener en cuenta a la sociedad entera en
su compleja estructura cultural e institucional
en términos generales.
De este modo
podemos caracterizar la función educativa como
el esfuerzo encaminado a formar al ciudadano bajo
los parámetros que la misma sociedad mantiene en
sus representaciones más profundas. Estas
representaciones no se confunden con el relato
empírico de los medios de comunicación, ni en
general con la inmediatez de lo cotidiano. Por
eso la propuesta tendrá necesariamente que
basarse en referentes ya dados aunque no siempre
explicitados y por ende urgidos de construcción
y desarrollo. Estos referentes pueden llamarse
éticos en la medida en que su reconocimiento
social y su seguimiento hacen posible la
convivencia, lo cual quiere decir que no le han
sido impuestos desde el exterior a la sociedad,
sino que han tenido en ella su génesis como
formas propias de la cultura.
Si por lo tanto
es a partir de estos rasgos subyacentes en las
bases de la cultura desde donde han de elaborarse
las políticas educativas institucionales, el
punto de partida debe ser la indagación sobre la
auto-comprensión de los ciudadanos que parece
estar presente en sus relaciones sociales y
políticas. Es preciso evaluar en qué medida y
bajo qué formas estos rasgos determinan la
cultura, lo que proporcionaría además la
explicación de los fenómenos que aquejan a la
sociedad y por los cuales se pronuncia aquella
especie de conciencia generalizada.
Esta
investigación propia de las ciencias sociales y
humanas, que debe en consecuencia revertir sus
resultados en las políticas educativas, es la
tarea que hoy en día han de efectuar disciplinas
como la sociología, la filosofía política y la
pedagogía, en pos de identificar los aspectos
determinantes a partir de los cuales sea posible
plantear una acción coherente. Esta tarea no
siempre llevada a cabo como política del estado,
debe realizarse en la academia y en las
instituciones encargadas de la educación.
Por otra parte,
teniendo en cuenta los aportes de la sicología
centrada en el esclarecimiento de los procesos de
razonamiento moral a partir de Kohlberg, es
evidente la necesidad de introducir a todo nivel
la incentivación de dicho razonamiento para
elevar la capacidad de juzgar en asuntos
prácticos por parte de los educandos y de los
ciudadanos en general. Dado el supuesto de un
avance en los juicios emitidos, logrado a través
de la incentivación del razonamiento en la
discusión de dilemas morales, será posible
obtener la evaluación de estos juicios desde
criterios definidos, así como la ampliación de
la capacidad para dar respuestas cualitativamente
superiores.
Estas hipótesis
ampliamente demostradas con las experiencias de
aplicación de la teoría en estudios
longitudinales, han arrojado como resultado que
el desarrollo del juicio moral responde a la
intervención educacional a través de un proceso
adecuadamente motivado y dirigido a promover el
paso de una etapa inferior a otra superior.
Igualmente, que este desarrollo estimulado tiene
carácter de permanente e irreversible, que no es
el resultado de aprender determinado tipo de
respuestas consideradas correctas, y que su logro
se extiende y se refleja en la capacidad para
enfrentar otras situaciones dilemáticas.
De este
modo podemos caracterizar la función
educativa como el esfuerzo encaminado a
formar al ciudadano bajo los parámetros que
la misma sociedad mantiene en sus
representaciones más profundas.
La implicación
social que conlleva la práctica del modelo
basado en la discusión de dilemas morales,
radica en que coloca la formación en consonancia
con las intuiciones que gobiernan la cultura
pública. Pues es evidente que tal ejercicio
sólo es posible en las condiciones particulares
de aquel tipo de sociedad que permite el
ejercicio de libertades básicas, esto es, una
sociedad democrática. Es de esperarse que con la
ayuda de las ciencias antes mencionadas, se
explicite y comprenda la forma como los
individuos que la componen se consideran a sí
mismos, con el fin de potenciar dicha forma en
términos cognitivos y poder cualificar así sus
relaciones.
En este punto de
convergencia cuyo denominador común es la
función educativa, es posible señalar las metas
de la formación teniendo en cuenta los
presupuestos que constituyen el telón de fondo
sobre el cual los ciudadanos expresan cada día
aprobación o disentimiento. Este trasfondo
contiene los referentes éticos y políticos que
conjuntamente con la apropiación que de ellos
han realizado los individuos, permiten derivar
los enfoques y perspectivas de la educación.
Como puede
verse, nos encontramos ante un panorama complejo
de elementos y relaciones que deben ser
clarificadas, así como también con herramientas
metodológicas para comprender e intervenir en
tal complejidad. La ventaja significativa reside
en que al considerar la educación en términos
del desarrollo de competencias, se abre paso la
construcción de los valores propios del tipo de
sociedad que a su vez hace posible esta
educación. Este enfoque cognitivo y constructivo
se diferencia radicalmente de otras concepciones
como el relativismo moral o el escepticismo,
centrados en las preferencias particulares y
contingentes, e incapaces de explicar las
diferencias cualitativas de los juicios.
Consecuentemente,
sobre esta posibilidad de construcción de
contenidos valorativos a través de la
incentivación del razonamiento, puede esperarse
el logro de consensos sobre máximas de acción
susceptibles de ser generalizadas, como lo
plantea la ética discursiva que según Habermas
utiliza el mismo concepto de aprendizaje. Así se
aprecia en la evolución de las etapas en que se
subdividen los niveles preconvencional,
convencional, y posconvencional. En efecto, las
perspectivas sociales de cada etapa muestran una
diferenciación de puntos de vista que va desde
la posición egocéntrica en el niño donde no se
reconocen los intereses de los demás y se
confunde la perspectiva de la autoridad con la
propia, hasta la hipotética etapa de principios
universales donde se logra el punto de vista
moral del reconocimiento de todo ser humano como
un fin en sí mismo. Independiente de la
existencia fáctica de esta última etapa, la
secuencia muestra la evolución lógica a través
de la adopción de diferentes perspectivas que
determinan lo que es justo o correcto. Así, por
ejemplo, la perspectiva individualista de
intereses concretos en la segunda etapa. Luego la
capacidad de relacionar las expectativas propias
con las de otro en la tercera. Posteriormente en
la cuarta etapa la adopción del punto de vista
del sistema normativo social, y una quinta etapa
donde entran en conflicto los conceptos legales y
morales, que sólo pueden resolverse desde la
idea de imparcialidad y el beneficio de la
mayoría.
Es importante
notar que de este modo Kohlberg ha mostrado la
importancia del concepto de justicia como un
concepto que regula todo el proceso de
aprendizaje moral, tras la adquisición de
distintas formas según el estadio de los
juicios. El hecho crucial es su presencia como
característica del modo de razonar de cada etapa
específica del desarrollo, de tal manera que
podríamos decir que el sistema de valores de una
sociedad, en mayor o menor medida democrática y
moderna, está articulado con dicho concepto.
Consecuentes con John Rawls podemos afirmar que
la justicia constituye la virtud más importante
de la sociedad. Los demás valores, también
reconocibles y aceptados como la solidaridad, la
tolerancia, el respeto, y por supuesto la
libertad y la igualdad, contribuyen a su
definición.
Ahora bien, vale
la pena observar que mientras en el campo de la
filosofía la preocupación se centra en
establecer el llamado "punto de vista
moral" y la formulación de un principio
universal a partir del cual puedan deducirse
principios morales, por su parte en el terreno de
la práctica pedagógica se hace necesario llevar
a cabo el recorrido inverso que conduce desde las
posiciones individuales hasta los principios más
universales como lo demuestran los estadios más
avanzados. No obstante, en la medida en que se
trata de dos tareas distintas de carácter
teórico y práctico respectivamente, en cuanto a
su universalismo son coincidentes las teorías de
Kohlberg y Habermas.
Igualmente
coinciden en su formalismo, puesto que, como
puede deducirse, de la discusión moral en
Kohlberg no se siguen como si estuvieran
prefigurados de antemano determinados contenidos
normativos. Por su parte la ética discursiva,
con su principio "D" establece
solamente el procedimiento de la argumentación
moral, y con el principio "U" sólo se
indica el procedimiento imparcial sobre la
validez de normas. Estos principios han sido
enunciados respectivamente por Habermas de la
siguiente manera: D: "...únicamente pueden
pretender validez aquellas normas que podrían
encontrar el asentimiento de todos los afectados
como participantes de un discurso
práctico". U: "En las normas válidas
tienen que poder ser aceptados libremente, por
todos, los resultados y efectos secundarios que
se den de un acatamiento general, para la
satisfacción de los intereses de cada uno".
Es evidente que ambas perspectivas teóricas por
su carácter procedimental conducen en la misma
dirección y a los mismos niveles de
argumentación. Paradójicamente es este
carácter procedimental y formal el que abre el
camino a la construcción de los contenidos
sustantivos propiamente dichos. Esto se muestra
en la práctica dialógica que se pone en marcha
en la discusión de los dilemas. Así mismo, la
ética discursiva establece una idea regulativa
como horizonte de las argumentaciones reales en
la perspectiva de la posibilidad de acuerdos.
Podemos decir
que la implementación práctica de la línea
cognitivo-evolutiva de kohlberg en la pedagogía
de los valores, ha de tener una incidencia que
deberá reflejarse en los diferentes campos de
las instituciones, toda vez que las situaciones
con implicaciones morales están presentes en
gran parte de los momentos de la cotidianidad. Es
de importancia señalar que dado el punto de
partida teórico de esta perspectiva, esto es,
una concepción del sujeto capaz de razonar
autónomamente en asuntos de moral, tal punto de
partida convierte a dicho sujeto en fuente de
derechos inviolables, como lo empieza a reconocer
la cultura pública en formación de nuestra
sociedad. Estos derechos no son otros que los
derechos humanos, convertidos en los actuales
momentos en el concepto que articula la
formación del ciudadano.
La
implicación social que conlleva la práctica
del modelo basado en la discusión de dilemas
morales, radica en que coloca la formación
en consonancia con las intuiciones que
gobiernan la cultura pública.
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