Teoría y
crítica literaria en HispanoaméricaRigoberto Gil Montoya
Se plantea
aquí la necesidad de fortalecer una teoría
y crítica literaria en el ámbito
hispanoamericano al tocar un momento clave
para el desarrollo, a nivel de la academia,
de una serie de presupuestos teóricos y
culturales, sobre la base de una
bibliografía mínima, sugerida.
El
problema deviene próximo con el estado de la
discusión que escritores, teóricos y
críticos dilucidan a partir de la segunda
mitad de este siglo, en procura de establecer
derroteros estéticos y literarios para
abordar de manera precisa y coherente los
procedimientos narrativos y las búsquedas
formales de los creadores hispanoamericanos,
como producto de una tradición fértil y en
todo caso significativa en el contorno de la
literatura universal.
I. Los
antecedentes
Me
pregunto si esos caballeros que hacen un
negocio y viven de los libros que escriben,
hallan también que su persona se entremezcla
con los asuntos que tratan, como me pasa a
mí.
La
piedra Lunar. Wilkie Collins
Al vislumbrar en
el tejido de la literatura hispanoamericana la
confluencia de novísimas corrientes
estético-literarias, ya establecidas con fuerza
en el panorama de las letras universales, se
nutrea la vez la discusión en torno a qué
modelos aplicar para dar cuenta de los fenómenos
en sí, en cuanto a las propuestas de los
creadores de ficción y a la validez de ellas
frente a los exponentes del formalismo o de las
teorías de la recepción o de las miradas
culturales venidas de Europa y Estados Unidos.
El desarrollo de
la Literatura en América Latina conoce el
surgimiento del Modernismo como una propuesta
interesante y original a partir de la
construcción consciente que hacen del texto
autores como José Martí, Rubén Darío y José
Asunción Silva, responsables de experiencias
individuales que abonan al deseo de trazar un
nuevo mapa en cuanto al uso de un lenguaje más
acorde con las búsquedas universalistas, un
tanto para dar a la literatura de nuestro
continente otro cariz menos telúrico, menos
provinciano, tomando a la vez distancia del
lastre de una literatura afincada en describir
las meras disputas locales por tenencia de
tierras o conflictos entre ricos y pobres o por
producir una literatura indigenista, marginal en
su constructo narrativo, de espaldas al diálogo
con la cultura en todas sus variaciones. Se trata
por lo tanto de responder a los paradigmas de un
arte más universal, que al decir de Pessoa, lo
mueven tres principios básicos : la generalidad
-de modo que lo expresado por el artista
pueda ser sentido y comprendido por la humanidad
entera-, la universalidad -el artista dice
lo que resulta inherente a todos los tiempos- y
la limitación, es decir, cada arte
convoca su propia expresión, su seña.
Más tarde
vendría el llamado fenómeno del
"Boom", cuyo escenario motiva la
representación a partir de la década de los
años cincuenta, pero con antecedentes que suelen
señalarse desde los años treinta y cuarenta en
las obras de Juan Carlos Onetti, Mariano Azuela y
Agustín Yáñez. Este momento es apenas la
muestra de un desarrollo literario sólido,
revolucionario y exótico, impulsado
simultáneamente en varios países, pero que como
fenómeno obedece más bien a una necesidad de
abrir el mercado internacio nal a una serie de
obras elaboradas por sus autores de manera
aislada en sus países de origen -según lo
advierten sus propios protagonistas, Donoso y
Fuentes, particularmente-, o en aquellos lugares
que sirvieron de exilio o tránsito forzado, a
quienes buscaron darle categoría de oficio al
hecho de la escritura, como una forma de
expresión individual, cercana a los modos de
narrar contemporáneos provenientes, en buena
medida, de Europa y Norteamérica.
De ese gran
mercado quedaron en la periferia las obras de
escritores como Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti,
Adolfo Bioy Casares o Ernesto Sábato, quizá
porque estas voces prefirieron estar al margen de
grupos o conciliábulos y dejaron más bien que
sus obras se impusieran por sí solas. Lo curioso
y a la vez sintomático, es que estos autores
fueron difundidos y valorados más tarde por los
protagonistas del "Boom" -Fuentes,
Vargas Llosa, García Márquez, Roa Bastos-, para
quienes se impuso la urgencia de rendir cuentas a
una tradición a la que se debían, como en
efecto lo planteara Carlos Fuentes, al querer
refutar la sentencia -lugar común- de Luis
Alberto Sánchez, según la cual, Latinoamérica
es novela sin novelistas (1), a la vez que situaba sus
planteamientos en el contexto real de una
narrativa madura y renovadora que, al decir de
Hernando Valencia Goelkel, lograba su mayoría
de edad (2) en el ámbito de
las letras hispanoamericanas, ya porque sus
actores desacralizan la solemnidad literaria y se
aventuran en la doble significación mediante la
"risa de la inteligencia", ya
porque el autor latinoamericano procura ser
auténtico y por tanto irresponsable -léase
autonomía, más cerca de la ironía y la
transgresión-, al intentar rendir cuentas de los
problemas sociales y económicos de sus países
de origen, mediante una actitud libertaria que
motiva la experimentación y la búsqueda en las
aguas profundas de la ficción.
Los antecedentes
de la Crítica y Teoría Literaria en
Hispanoamérica hablan en primer momento de una
necesidad de hacer historiografía para
registrar, de manera cronológica y prolija, la
serie de obras y autores que han enriquecido los
imaginarios estéticos y literarios americanos,
esto es, esa pluralidad de voces y de búsquedas
que le hacen sentir a Jorge Amado la dificultad
para hablar de una Literatura Latinoamericana,
expresión que tilda de colonial y
colonialista, pues ello supone la existencia
de un ghetto o de un grupo homogéneo, cuando
la verdad, afirma él, se trata de literaturas
disímiles :
No hay nada
más distinto en el mundo que un escritor
brasileño y un escritor argentino. No sólo
son diferentes sino opuestos. Lo mismo
acontece con un escritor cubano y un
uruguayo. Cuando el término es empleado por
un latinoamericano tiene una connotación
colonial, indica que el sujeto es fruto de
Europa, ligado a España, deslumbrado con las
cosas de allá (3).
En un sentido
historiográfico resalta la obra del dominicano
Pedro Henríquez Ureña, en la cual explora las
diversas corrientes literarias que subrayan el
canon de nuestra literatura y que sitúan, de
forma amplia y precisa, el dispositivo de cierta
narrativa que empieza a formarse a partir del
siglo XV con el descubrimiento del Nuevo Mundo,
mediante una palabra -a manera de crónica o
registro de la inmediatez-, signada por la
realidad mágica, exuberante y tropical a los
ojos extranjeros, pasando por períodos fértiles
como los del colonialismo y el romanticismo,
hasta desembocar en las primeras décadas del
presente siglo, cuando las escritores
experimentan con los diversas vanguardias provenientes
de Europa y comienzan a darle estatus al
ejercicio escritural, para asumir las realidades
propias, tomando distancia frente al orden
estatuido por el poder político y asumiendo una
crítica a la realidad que se antoja extraña y
múltiple en sus manifestaciones, acaso por los
sistemas dictatoriales o ya por la dependencia
económica frente a la operación
intervencionista norteamericana. En esta línea,
Ángel Rama en su obra La crítica de la cultura
en America Latina se refiere a la conformación,
a partir del siglo XVI, de la ciudad
escrituraria, en oposición a la ciudad
letrada, impuesta y prescrita por el uso de
un lenguaje oficial, normatizado, reflejo de la
monarquía española y signo de sujeción. El
surgimiento paulatino de cierta conciencia
transgresora, marginal, abrió camino a la
construcción de una ciudad escrituraria que
conoció las cartas, los diarios de navegación,
el graffiti y las descripciones exuberantes en
notas al margen de los informes obligatorios
dirigidos a la corona, como formas iniciales de
una escritura que ya condesciende con la ficción
y delinea la imagen de conciencia deseosa de
liberarse.
El
surgimiento paulatino de cierta conciencia
transgresora, marginal, abrió camino a la
construcción de una ciudad escrituraria...
II. La
discusión
La preocupación
por forjar una Teoría Literaria atinente con los
procesos históricos, estéticos, culturales y
literarios de Hispanoamérica -término con el
que se liga nuestra literatura a la tradición
derivada de España y se revela la existencia de
complejas y fértiles literaturas como la
brasileña, haitiana y la de las Antillas-, ha
sido motivo de discusión en varios debates
internacionales y sobre todo los realizados a
partir de los años setenta, cuando, al decir de
Ingrid Galster (4), la discusión se
inicia con los intelectuales progresistas
que empiezan a reflexionar en torno a las
llamadas categorías de la dependencia, concepto
que inicialmente sólo se aplicaba a los
problemas económicos y políticos derivados de
la intromisión imperialista, pero que luego fue
motivo de preocupación en cuanto al orden
cultural. Mientras escritores como Alejo
Carpentier, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa,
Augusto Roa Bastos y Octavio Paz, reflexionan
sobre el proceso de la literatura desde su
sensibilidad creadora y su amplio conocimiento de
un corpus literario múltiple y heterogéneo, lo
cual valida sus búsquedas formales y pone de
manifiesto la importancia de la aproximación,
del ensayo derivado de una experiencia directa,
críticos literarios de la talla de Ángel Rama y
José Miguel Oviedo, Emir Rodríguez Monegal,
Juan Loveluck y Seymour Menton, buscan trazar
derroteros para dar cuenta del resultado de esas
exploraciones estéticas individuales, bien sea
recurriendo a conceptos y presupuestos nacidos en
Europa y USA -en particular los propuestos por
las vanguardias- o bien intentando definir a su
manera aquello que se revela propio de un estado
de arte, a veces bajo las premisas expuestas por
los mismos escritores desde la experiencia como
lectores cómplices y dinamizadores de ese gran
texto que es la cultura y desde el perímetro de
su labor creativa, quizá porque se entiende con
Eco que "la obra nos narra, expresa la
personalidad de su creador en la trama misma de
su consistir, el artista vive en la obra como
residuo concreto y personalísimo de
acción" (5).
Para el caso de
América Latina, la resonancia del gran texto
deviene praxis en las ficciones y los tempranos
planteamientos críticos de uno de los grandes
renovadores de la literatura en Hispanoamérica,
el argentino Jorge Luis Borges, quien ya en 1932,
en su famoso texto El escritor argentino y la
tradición, reclamaba para los "escritores
sudamericanos en general", el manejo de
los muchos temas europeos, de manera irreverente,
si se quiere, sin supersticiones de ninguna
clase, sin complejos de inferioridad, pues
siempre fue firme en pensar que los temas de la
literatura y su tratamiento forman parte de un
patrimonio universal, seguro como estaba de que
"nuestra tradición es toda la cultura
occidental", más allá de
cualquier regionalismo o nacionalismo que reduzca
lo litera rio al mero color local, permaneciendo
peligrosamente de espaldas a la comunicación con
el mundo.
Pero
detengámonos un poco en el caso Borges. Al autor
de Ficciones se lo ha tildado de ser un
escritor extraviado en América Latina, nacido
por accidente en Argentina. Al pretender ser
universal en la escogencia de sus temáticas y en
el tratamiento de las mismas, se lo acusa de
extranjerizante. Sin embargo, tras una lectura
atenta de sus obras, se comprende hasta dónde
resulta el escritor más argentino y por tanto
más latinoamericano de todos. El mismo, en su
texto El escritor argentino y la tradición,
comenta cómo sus amigos se maravillaron al
encontrar, de manera metafórica, a Buenos Aires
en su cuento La muerte y la brújula. Carlos
Fuentes apuntaría más tarde cómo todo vuelo
fantástico de Borges funde sus raíces en el
suelo citadino de Buenos Aires, pues determinado
como estuvo por las calles, los patios y los
zaguanes de su infancia, sus propuestas
fantásticas no hablan nada distinto del lugar
que le sirviera de escenario a los extensos
diálogos con Sábato y a la amistad con Victoria
Campo, Bioy Casares y José Bianco.
Por otra parte,
gracias a las discusiones y debates sostenidos en
universidades europeas y norteamericanas por
latinoamericanólogos y pensadores de la altura
de Rafael Gutiérrez Girardot y Carlos Rincón-
ambos colombianos-, se viene planteando la
necesidad de una Teoría que si bien debe
responder a una tradición y a derroteros que
aún siguen vigentes -la teoría del discurso, el
formalismo ruso con Bajtín a la cabeza y sus
planteamientos en torno al Carnaval que
fueron bastante utilizados durante décadas por
la crítica latinoamericana, de modo que
"...todos nuestros autores resultaron
carnavalizados" (6), al decir de Antonio Cornejo
Polar en 1988 ; los ideologemas que sostienen la
autonomía del arte por encima del influjo de la
realidad concreta, el problema del texto según
lo expone Barthes y Eco-, persigue su propia
forma y por extensión escoge sus problemas para
darles un tratamiento especial. Ya lo anotaba
Diógenes Fajardo en 1988, cuando hacía la
distinción de tres grandes temas motivo de
estudio de la crítica literaria latinoamericana:
La dicotomía civilización y barbarie, la figura
del dictador y el problema de la identidad (7).
Para Carlos
Rincón, más allá de la afirmación de una
nueva novelística o la aparición de la poesía
conversacional o de la lírica neovanguardista o
la puesta en escena de un teatro con fuertes
raíces sociológicas y de corte político, lo
más importante para Hispanoamérica radica en la
nueva noción que ya se tiene de la literatura,
donde la realidad es puesta en cuestión y la
tradición literaria se vitaliza de otro modo,
más allá, lo sostiene Rincón, de cualquier
espejismo(8), pues se trata de una
nueva mirada que valida la esencia de una
literatura particular, de una estética de la
recepción, esto es, un proceso de lectura
siempre dinámico, hermenéutico, reconocimiento
del significado histórico del texto, cuyo objeto
puede derivar en método de investigación .
Desde esta
perspectiva, se trata de convocar varias miradas
y trabajar con base en materiales diversos, entre
ellos los escritos por los creadores que formulan
sus poéticas, se revelan autoconcientes y se
constituyen sujetos que buscan afirmarse, para
empezar a hablar ya de la recepción de un lector
activo, que toma parte y se cuestiona. De ahí
que éste pueda comprobar en el avance de la
novelística latinoamericana la existencia de un
microcosmos múltiple y simbólico, donde el
autor plantea sus convicciones en torno al mundo
y a las ideas y donde el lector parte de su
experiencia para decodificar y animar los
componentes de ese otro mundo que es la ficción.
(...)se
pretende validar la evolución de una
literatura que ha ofrecido y aún ofrece
grandes obras y sugiere otros caminos en el
universo verbal, en oposición al desgaste
literario que los propios protagonistas de la
narrativa europea no dudan en señalar.
En buena medida
el cambio de noción en la literatura opera en la
recepción activa que hace de ella el lector,
cuando, al ir más allá del texto, acciona sobre
las posibilidades de la obra abierta, sin
desconocer los vínculos entre la función social
de la literatura y las relaciones de producción
que cobijan el hecho literario. De este modo se
manifiesta lo que Hans Robert Jauss denomina la
"experiencia literaria (estética) del
lector" (9), que le permite encontrar
modelos o proyectos literarios que enriquecen
nuestros imaginarios; piénsese en Borges y en
García Márquez, cuya visión de mundo fue
tomada por los críticos norteamericanos como
plataforma inaugural de la presencia de un
sentido y una variable postmodernos en la cultura
latinoamericana.
III. El
problema
Los debates
internacionales han puesto sobre el tapete dos
formas de asumir la noción de literatura. Por un
lado, se halla la serie de ideologemas de una
concepción burguesa del corpus literario que
argumenta la diferencia entre aquello que es y no
es literatura, en el intento por canonizar una
ideología en la que prima el arte por el arte, y
en la que entonces sería posible separar la
narración no ficticia de la ficticia, de
acuerdo con presupuestos estéticos delimitados
por norma, como los del profesor Yuri M. Lotman,
para quien, a modo de ejemplo, la
literatura posee un conjunto cerrado de unidades
de significación y de reglas combinatorias que
enmarcan el texto artístico y que lo alejan del
ámbito desde el cual fue creado y de la lengua
natural de la que es producto. Aquí descollaría
además el mito del autor demiurgo, del creador
autónomo, desde los conceptos racionalistas de
Althusser (1968), que establece una clara
diferencia entre ciencia e ideología. Se
sostiene por esta línea la existencia de un
texto que se valida a sí mismo como producto o
artefacto artístico, lo cual obliga a considerar
la obra literaria ajena a toda realidad concreta
-en especial la del autor, desconociendo por
entero las circunstancias que determinaron el
surgimiento, en el plano de lo estético, de ese
texto conectado a lo histórico real-. En otras
palabras, se reproduce aquí de nuevo el viejo
debate sobre lo que se considera "alta
cultura", en detrimento de aquellas
manifestaciones nacidas en la periferia o en la
marginalia y en el seno mismo de sociedades que
sufren profundos cambios socio-culturales y donde
la literatura asume el signo de su
representación, a la manera de Tres tristes
tigres de Cabrera Infante y Boquitas
pintadas de Manuel Puig. Por el lado de la
reflexión se privilegia el estudio de la cultura
popular, como lo han hecho con profundidad
Carlos Monsiváis (Escenas de pudor y
liviandad. 1981), Jesús
Martín-Barbero (De los medios a las
mediaciones. 1987) y Néstor
García Canclini (Culturas Híbridas.
Estrategias para entrar y salir de la modernidad.1989).
Por otra parte,
se alienta la discusión en torno a la crítica
de la ideología de clases, sobre la cual se
preconiza una literatura de cara a la realidad
histórica y que ha motivado consideraciones como
las de Roberto Fernández Retamar cuando defiende
la necesidad de una teoría de la literatura
hispanoamericana, con un objeto específico
familiar, propio y no sólo como trasunto de un
"aparato conceptual forjado a partir de
otras literaturas" (10), ni como resultado de un
sometimiento colonial desde la dependencia
económica y cultural, pues desde Latinoamérica
habría una saga literaria auténtica, muy
personal, que debe ser validada desde la
crítica, precisamente por aquello que expone
como producto de la asimilación que los
escritores han hecho de la "cultura
popular", en la que se hace presente la
música, los ídolos del bolero, la balada y el
tango, los héroes de barrio, los consumidores de
comics, la imaginería religiosa, las varias
voces de los desarraigados, los hijos del cine y
de la radio, para dar lugar a la representación
de lo que se ha dado en llamar la "estética
del mal gusto" o de lo "kitsch" y
que en América Latina actúa como campus de
contradicciones, al permitir el surgimiento de la
marginalidad y la descentración de unos
derroteros estéticos cada vez más distantes de
los presupuestos signados por el canon occidental
y cada vez más cerca de una cultura híbrida y
compleja en sus propias manifestaciones, siempre
en construcción.
Por esta vía,
se pretende validar la evolución de una
literatura que ha ofrecido y aún ofrece grandes
obras y sugiere otros caminos en el universo
verbal, en oposición al desgaste literario que
los propios protagonistas de la narrativa europea
no dudan en señalar. Milan Kundera llama la
atención sobre las consideraciones de la
vanguardia en torno a la muerte de la novela. El
mismo sostiene que la novela muere con Cervantes,
el creador de la Era moderna, puesto que la
novela es revelación de la condición del ser
-he ahí su moral-, es signo de su búsqueda
libertaria y ante los totalitarismos, de los que
tanto ha experimentado el viejo continente, la
novela se desgasta. Sin embargo, sus reflexiones
giran en torno al hecho de la novela europea; en
ningún momento alude a la tradición narrativa
de Latinoamérica, donde, por encima de los
totalitarismos, de los intervencionismos y las
múltiples formas de la violencia, florece la
estética en obras como Yo, el Supremo, El
otoño del patriarca, La tejedora de coronas o
Santa Evita. De modo que lo propuesto por
Fernández Retamar es tan sólo adoptar
conciencia frente a la realidad literaria nuestra
y validarla desde una perspectiva
latinoamericana, un tanto para buscar en el
espejo de la tradición aquella imagen que se
difumina en los discursos prestados y en las
miradas de fuera, en detrimento de la memoria
compartida. Valencia Goelkel se refiere a la
muerte de la novela y afirma que lo que está en
cuestión no es el destino de la novela, "lo
que está en cuestión es la literatura
toda", y en particular, dice, la noción
que se tiene de la literatura en el continente,
que es por excelencia de corte europea y
norteamericana.
Al fin y
al cabo, ¿ quién nos asegura que el Quijote
no desvió su camino y aún no ha regresado?.
Lo que reclama
el ensayista cubano Fernández Retamar es la
puesta en práctica de una teoría y crítica que
trace en realidad el proceso histórico-literario
latinoamericano y que dé cuenta de él en sus
múltiples variaciones, algo que de por sí ya
había sido motivo de debate, en la perspectiva
del creador, por algunos protagonistas del
"Boom", como Cortázar, quien al
responder a los juicios del novelista Oscar
Collazos, según los cuales el escritor
latinoamericano siente complejo de
inferioridad frente a los escritores de otras
latitudes y que por lo mismo busca estar al
día en la utilización de las más modernas técnicas
narrativas, deja muy claro la inexistencia de
tales complejos, pues de lo que se trata, asevera
Cortázar, es de ser auténticos y autónomos,
capaces de inventar, aprovechando a su manera
todo avance literario, de modo que la actitud no
rinda cuentas a lo ya establecido ni se ahogue en
complejos, cuando, la verdad, el escritor
latinoamericano lo posee todo para construir sus
propios mundos de ficción. Al fin y al cabo,
¿quién nos asegura que el Quijote no desvió su
camino y aún no ha regresado?. O si regresó,
como lo manifiesta Kundera, llegó en el cuerpo
del señor K, el agrimensor. Pero también
sabemos que a Latinoamérica retornó en las
figuras de Juan Preciado, Artemio Cruz, Aureliano
Buendía y Genoveva Alcocer. Todos ellos han
pretendido asumir su propio viaje, muchas veces
sin retorno.
Son estas dos
visiones las que han alimentado la noción de
literatura en Hispanoamericana, aprovechando las
líneas de discusión, como fruto parcial del posmodernismo:
momento histórico que al decir de Lipovetsky
reanima el proceso de la personalización y el
deseo, fase cool y desencantada del
modernismo, lugar donde se neutralizan los
conflictos de clase y se disipa el imaginario
revolucionario, pero siendo a la vez el espacio
que busca conquistar nuevas esferas en el
campo de la educación y el arte, de la
sexualidad y la moda, del deporte y el trabajo.
Uno de esos campos que consiguen abrirse en el
plano de la estética es el de la hibridación,
lo que obliga a validar formas de escritura o
concepciones de mundo que antes se rechazaban por
transgresoras y que dan cuenta a su vez de un
mundo que se complejiza en virtud de su movilidad
social y de los fenómenos de la globalización,
tras la incursión de los medios de comunicación
como lenguaje masivo. Por otro lado, esta actitud
permite, al decir de John Barth, la asunción de
un autor postmoderno que al valerse de la
tradición a la vez la transforma, pues ni
repudia ni imita, y por tanto genera "una
narrativa más democrática en su
accesibilidad" (11).
Para Fredric
Jameson el posmodernismo es una
suerte de "sensación de fin",
donde muchas categorías, antes inamovibles,
entran en crisis, así en el arte como en las
ideologías, lo cual permite aventurar otras
formas de la crítica literaria, "en una
nueva estética de la textualidad o écriture"
(12). Écriture se
refiere a una teoría trazada por Barthes para
oponerse a la ideología burguesa de la
literatura, al dejar claro que el proceso de la
escritura obedece a sus propias leyes pero
dependientes de la historia. Sin embargo, por la
manera como ésta fue asumida en América Latina,
sostiene Rincón, la écriture no
modificó en mucho la noción de literatura,
sobre todo porque se propugnaba por la existencia
de un "intelectual" ajeno a la
política y por tanto separado de la realidad. Es
decir, se volvía a lo mismo, a pretender ver el
texto literario y por extensión la actividad del
artista, por fuera de su realidad
histórico-social. No obstante, este tipo de
planteamientos empezó a debilitar la norma
estética impuesta, aquella mirada burguesa en
cuanto a la noción de lo literario, al
pontificar sobre lo qué es literatura -los
estructuralistas hablan de literaturidad o
literaturnost (para Jakobson ello sería el
objeto de la ciencia de la literatura), es decir,
aquello que permanece encerrado en el lenguaje y
que derivaría en una Poética o Teoría general del
discurso literario- y lo que no se considera
literatura, precisamente porque ella escaparía a
la normatividad y al esquematismo, lo que, de
hecho no podría aplicarse entonces a la compleja
producción literaria hispanoamericana, justo
cuando en ella campean otras formas del discurso,
o lo que Rincón llama Multitud de formas de
"escritura" (13), esto es, cartas,
documentos, archivos, anécdotas, cuentos,
crónicas, recetas y más, insertas, casi siempre
de manera lúdica o con base en una ironía
narrativa a la obra en sí. Basta pensar en
una novela como Yo, el Supremo, de Roa
Bastos, para entender el problema de una obra en
la que el autor se pierde en los meandros de un
voluminoso archivo que es la historia del
Paraguay, asumiendo las veces de compilador,
para ponerse incluso por encima del autor mismo,
como el propio Roa Bastos reflexiona al respecto;
un autor nada inocente y que se presiente detrás
de las posibilidades del discurso, siempre tan
significativo cuando deviene centro de un momento
histórico.
Asimismo habría
que dejar de lado la incursión de la cultura
popular, a nivel de lenguajes, de temáticas
y perspectivas estéticas, que permean gran parte
de la producción literaria del postboom,
y en la que las voces de Manuel Puig, Osvaldo
Soriano, Bryce Echenique, Mempo Giardinelli y
Fernando Vallejo, entre otros, juegan papel de
primer orden, por hacer del pastiche, de lo
kitsch y lo barroco, formas nuevas de asumir la
realidad literaria, enmarcada al interior de los
procesos históricos latinoamericanos, con todo y
sus conflictos políticos y sociales, como se
desvelan, por ejemplo, en El beso de la mujer
araña, Luna caliente(1983) y El
fuego secreto (1987).
Todos estos
elementos de la subversión de un canon literario
que se pensaba y acusaba hermético e inamovible,
son los que convocan la existencia de una
literatura hispanoamericana fuerte y en ascenso,
al tiempo que posibilita, en época de crisis y
de sensación de fin, una desterritorialización
al interior del mapa literario occidental, pues
lo que antes se consideraba propio de la
periferia -la ficción latinoamericana-, ahora
ocupa el centro, como bien lo demuestra Rincón
en Mapas y Pliegues, su último libro,
cuando establece las coordenadas del nuevo mundo
de la ficción y encuentra que Macondo -metáfora
de un imaginario que nombra a la América Latina-
limita con los espacios míticos creados más
allá de la línea de Occidente por una serie de
autores -japoneses, ingleses, norteamericanos,
africanos, indios- que han construido su propia
aldea para dar cuenta de sus mundos:
La muy veloz
difusión global de esa ficción
latinoamericana constituye ya de por sí
parte de una compleja constelación
histórico-cultural. El recurso a la
metáfora espacial descentra, pone de
presente que la historia de Macondo es objeto
de apropiación de acuerdo con variadísimas,
intrincadas circunstancias, aleatorios
procesos de constitución de sentidos, de
decodificación y recodificación, así como
operaciones de resemantización, todo regido
por configuraciones culturales locales en
transformación (14).
Para Carlos
Rincón las dos nociones en torno al hecho de la
literatura -la mirada burguesa que privilegia el
texto como objeto meramente artístico y la obra
literaria que responde a un momento histórico y
cultural, asumida desde una estética de la
recepción- han aportado al establecimiento de
una labor literaria como práctica social, desde
sus dos variantes, la escritura y la lectura, lo
cual abona a la construcción de una historia
concreta que se asume desde el plano de la
ficción. No se trata por lo tanto de eliminar
una de las dos propuestas, sino más bien de
amalgamarlas para ofrecer una visión mucho más
amplia y comprometida con los procesos inherentes
al desarrollo de las literaturas en
Hispanoamérica, conectadas, en virtud de sus
búsquedas, a un nuevo estado del arte y de las
estéticas, donde el centro cada vez se torna
menos transparente, más huidizo: "La
pregunta por los límites de los estético -sostiene
Rincón-ha adquirido en la actualidad relieve
particular, en la medida en que hoy ya nadie
quiere saber, antes de toda experiencia, lo que
sería y no sería arte". Con o sin
centro definido, el hecho estético convoca el
misterio, al decir de Borges y entonces sucede,
se resuelve, para continuar alargan do esa cadena
que eslabón tras eslabón indaga por la
condición de los seres y que trasluce, a la vez,
un tejido dador de forma, signo de abstracción,
encrucijada en que se materializan los fenómenos
de la libertad y el sueño, la solidaridad y el
miedo, la vida, la muerte o el deseo, instancias
propias de sujetos en movimiento, los mismos que
tal vez alguna vez salieron indefensos al mundo a
enfrentarse por un motivo prefigurado en las
páginas de un libro que aún no termina de
escribirse. Lo otro es el silencio, la pasión
inacabada.
NOTAS
(1) FUENTES,
Carlos. La nueva novela hispanoamericana. Cuadernos
Joaquín Mortíz, México, 1974.
(2) VALENCIA
GOELKEL, Hernando. Oficio crítico. Biblioteca
Familiar Presidencia de la República, Santa Fe
de Bogotá, 1997, p.303-324. Inicialmente este
texto formó parte del libro América en su
literatura, compilado por César Fernández
Moreno, Siglo XXI, México, 1978.
(3) AMAURY,
Antonio. Jorge Amado contra la literatura
latinoamericana, en El Universal, Caracas,
19-XII-1977.
(4) GALSTER,
Ingrid. La teoría literaria hispanoamericana
entre dependencia y búsqueda de autonomía.
Revista Gaceta de Colcultura, No. 35, agosto
de 1996.
(5) ECO,
Umberto. La definición del arte. Planeta-Agostini,
Bogotá, 1985, p.17.
(6) Lo cita
Ingrid Galster en su texto La teoría
literaria hispanoamericana entre dependencia y
búsqueda de autonomía, Op. cit.
(7) Cfr.
FAJARDO, Diógenes. El discurso literario como
seducción o identidad. Instituto Caro y
Cuervo, Bogotá, diciembre 2 de 1988, p.1. Para
un estudio inicial de los tres grandes temas
señalados por Fajardo, es preciso apoyarnos en
los siguientes textos: I. Para el problema civilización/barbarie:
De la Barbarie a la Imaginación. La
experiencia leída. R. H. Moreno Durán.
Tercer Mudo Editores, Bogotá, 1988. II. Para el
tema del Dictador: Los dictadores
latinoamericanos. Angel Rama. Fondo de
Cultura Económica, México, 1976. III. Para el
problema de la Identidad: La crítica
de la cultura en América latina. Ángel
Rama. Biblioteca Ayacucho, No, 119, Barcelona,
1985. América Latina :La identidad y
la máscara. Rosalba Campra. Siglo XXI
Editores, México, 1987.
(8) RINCON,
Carlos. El cambio actual de la noción de
literatura y otros estudios de teoría y crítica
latinoamericana. Instituto Colombiano de
Cultura, Bogotá, 1978. p. 17.
(9) Citado por
Carlos Rincón en, El cambio actual de la
noción de literatura y otros estudios de teoría
y crítica latinoamericana. Op. cit., p.246.
(10) FERNANDEZ
RETAMAR, Roberto. Para una teoría de
la literatura hispanoamericana y otras
aproximaciones. Revista Casa de las
Américas, No. 16, La Habana, 1975, p. 53.
(11) Citado
por Carlos Rincón en, La no
simultaneidad de lo simultáneo, Postmodernidad,
globalización y culturas en América Latina.
Universidad Nacional, Bogotá, 1995, p.29.
(12) JAMESON,
Fredric. El posmodernismo o la lógica
cultural del capitalismo tardío. Revista
Casa de las Américas, No. 155-156., La
Habana, Marzo-junio de 1986, p.141.
(13)
RINCON, Carlos Op.cit.,p.214-215.
(14) RINCON,
Carlos. Mapas y Pliegues. Ensayos de
cartografía cultural y de lectura del
Neobarroco. Colcultura, Santa Fe de
Bogotá, 1996, p.7.
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