Nocolae
PopescuEl
catafalco de Cioran
Traducción
del francés del texto de Nocolae Popescu:
Le catafalque de Cioran,en
Liberté, vol. 34, No.4, 1992, p.48-54.
María
Liliana Herrera A.
Podría decirse
que tuvo la muerte más dulce. Que apaciguaba,
diluía el dolor enviándolo más allá de donde
él se erigía, olvidando todo espacio,
exterminando todo pensamiento. Que lograba alejar
de su objeto la amargura de un sufrimiento que
rehusaba a reducirse a sí misma. Podría decirse
que oficiaba un sacerdocio olvidado. Que venía
humildemente, sin ilusiones y caritativo, a
ayudar, a socorrer el instante de un silencio
imperturbable, ese instante que niega toda
palabra, toda veleidad explicativa y el menor
sonido que no sea el del eco de las lágrimas
vertidas. Él no podía más que secundar el
temor y el temblor de una caricia en los cabellos
esparcidos de un padre moribundo, mientras que
este gesto llevaba ya el peso de un dolor
inmenso, avergonzado de su ausencia pasada y
desesperando de su imposible futuro. Se llega
siempre muy tarde, y los únicos paraísos son,
con toda seguridad, aquellos que hemos perdido.
Es con esta infinita tristeza que yo he perdido a
mi padre para siempre, y es después de mucho
tiempo que Cioran se convirtió en otro padre
para mí.
En 1948, en
París, calle Jean-de-Beauvais, mi padre y Cioran
se encontraron. En aquella época Cioran estaba
al cuidado de la publicación de su
"Breviario" el cual debía, en efecto,
aparecer al año siguiente. Mi padre legalizaba
el arribo e instalación en la capital de los
refugiados políticos rumanos en calidad de
responsable del Servicio Social de la iglesia
rumana. Él les aseguraba vestido, alojamiento y
comida. La vida era, por decir lo menos, dura en
estos años de postguerra. Con el fin de
satisfacer sus propias necesidades, mi padre
trabajaba de noche como ayudante en el sótano de
Halles, sin querer recurrir a ninguna forma de
ayuda o subsidio; de día se ocupaba de
encontrar, legitimar y asegurar a sus numerosos
compatriotas. Lejos estaba el tiempo en que
dueños y señores de sus propias tierras (más
tarde expropiados y empobrecidos) no había ni
temor ni preocupación por el mañana. En estos
tiempos, nuevos e indigentes, en este exilio que
no parecía tener término, los contactos con
Cioran tenían lugar en la iglesia. Era allí y
en los restaurantes universitarios donde Cioran,
por necesidad, tenía la costumbre de comer. En
la iglesia compartía frecuentemente su mesa con
el filósofo Paul Deleanu y el poeta Horia
Stamatu. Cioran tenía ya tras de sí la
resonante reputación de sus cinco primeros
libros escritos y publicados en rumano. Sin
embargo, las discusiones en la mesa no eran
acartonadas. Como buenos rumanos, un poco
desengañados, un tanto irónicos, grandes
humoristas frente a la desgracia y dotados de un
inagotable y seductor discurso, se tomaban el uno
al otro, poco importa quienes fueran,
"pardessus pied". La locución viene
del rumano...y significa humillar al otro por la
palabra, reducirlo al mínimo, a su más simple y
ridícula expresión.. El espíritu burlón
ayudaba; la extensión folclórica de este
ejercicio de buena calidad no conocía límite ni
tampoco maldad. El compañerismo en la necesidad
y en la adversidad subsistirá y quedará como un
trazo del carácter. Un defecto, seguramente
dirán ciertas malas lenguas. Es que siempre la
historia rumana, necesario es recordarlo, jamás
supo abusar de ello. Por el repliegue sobre sí,
por el refugio en el seno de la invariable e
intemporal comunidad de origen así como por su
incesante y maleable espíritu de adaptación
frente al espíritu de alteridad, el rumano
sobrevive y se complace en contar sus
desengaños. Es asunto de un país que en pocos
años ha dado un Coragiale, un Urmuz, un Ionesco
y un Tzara y ha engendrado un humor trágico y
rechinante, milenario en su gestación, si es que
tuvo al guna. Con toda honestidad no podríamos
disociar a Cioran del corazón de esta familia, y
para quien la ironía y la nostalgia constituyen
la respuesta más imperfecta, pero la única
posible, en el omnipotente terror de la historia
y la muerte.
En 1979 escuché
a mi padre hablar por primera vez de Cioran, y
quien me contó esto que acabo de narrar.
Posteriormente, un artículo crítico que acababa
de leer en "Límite", revista literaria
ocasional del exilio rumano permanente
(desaparecida actualmente), reseñaba la
publicación de "Desgarradura". Al día
siguiente busqué el libro y en pocas horas lo
leí completamente. De este momento data mi
encuentro con Cioran. Aún adolescente, no podía
permanecer insensible frente a tanta virtuosidad,
concisión, poesía y elegante perspicacia. Si
era verdad que la marca de un espíritu superior
se demostraba por la capacidad de presentar y
mantener de forma concomitante dos ideas opuestas
e incluso adversas haciendo creer en su
pertinencia respectiva y no obstante simultánea,
era necesario entonces rendirse a la evidencia de
que el libro que había leído tan vorazmente era
el fruto de una contradicción viva y actual.
Ella se afirmaba cada vez por eso más
claramente, de forma que no intentaba de ningún
modo atenuar o colmar su naturaleza antitética,
solazándose antes en exacerbar y en hacer su
lucha con una lógica por demás restrictiva.
Confieso que hago parte de una generación que ha
sentido tal vez con más acuidad, calma y placer
que "la hora del final ha sonado en los
jardines de Occidente". Sin sorpresa ni
escándalo, no tomé la cosa ni entonces ni ahora
como una simple ocurrencia; más bien como la
comprobación cotidiana cuya triste actualidad me
suministraba sin demasiado dolor la innegable
prueba en su repetitiva y hueca trivialidad. Yo
encontraba al hilo del libro la confirmación de
mis dudas y el apaciguamiento a mis cóleras.
Otro distinto a mí había visto, dicho y juzgado
con más precisión y habilidad los azares de
nuestra vida común en este viejo hemisferio
caduco y fatigado. Agradecí a mi padre el
haberme confiado el nombre de Cioran; lo quise y
lo frecuenté desde entonces. Es difícil
expresar, explicar y traducir aquello que es
amado. A decir verdad, es más bien el rencor el
que es un buen consejero en la escritura. Y yo
confieso, huérfano e hijo ingrato, haber odiado.
Para amar es necesario mirar las cosas de lejos,
pero para comprenderlas es necesario
escudriñarlas de cerca. He estado muy cerca de
lo que amaba, lo he tocado y, poco a poco, he
olvidado el amor. En el crepúsculo de la vida,
sin embargo, proclama Santa Teresa, es bajo el
amor que seremos juzgados. Me es imposible cavar
más profundamente para enterrar a un padre que
está presente en todos mis gestos, en cada uno
de mis pensamientos y en cada nueva arruga que
surca mi rostro y me acerca al suyo.
Cioran,
es verdad, no pudo ofrecer la muerte más
dulce. Como cada uno de nosotros, permaneció
silencioso ante ella; no sabía pronunciarse
frente a lo irrevocable.
Ahora tendría
la fuerza para hablar de cuatro jóvenes que
tenían cada uno a su manera un arte y un motivo
particular para leer a Cioran. Este último ha
afirmado siempre que su escritura ha significado
a lo largo de estos seis últimos decenios la
condición imprescriptible de su equilibrio
intelectual, su terapia al revés, léase su
suicidio diferido, y ciertamente su
apaciguamiento nocturno y salvación por vía
escritural. Como si los excesos contenidos de su
texto se encontraran bajo dominio y, por fuerte
necesidad, condenados a la fría blancura del
discurso y la página, inmovilizados para siempre
por la nitidez geométrica de venerables
caracteres de la imprenta de la calle
Sébastien-Bottin. Como si esta fiebre
balcánica, cuidada con un rigor retórico
totalmente francés en virtud de este trabajo
conciente sobre la expulsión metódica de
demonios orientales, tuviera por resultado, una
vez corregida y preparada la copia, un Cioran
sonriente e incluso de mejor talante. Si la
escritura tuvo durante 60 años este efecto sobre
Cioran, es lícito considerar, según la ley de
la circulación de bienes, que la lectura de
estos textos puede ofrecer una recompensa similar
y congruente. Así, pues, ¿cómo olvidar a esta
joven iniciada en la lectura de un Sócrates de
factura no subversiva, que combatía la
omnipresencia de una madre devoradora a golpe de
páginas escogidas?. Era necesario ver la
aplicación en la lectura, estas páginas
señaladas, estos libros trabajados,
quebrantados, modelados entre sus dedos, húmedos
de sus lágrimas enternecidas e iracundas. En el
margen de los libros estrellas aureolaban los
aforismos y fragmentos que le parecían dirigidos
particularmente ... Ella construía así una
verdadera antología de la abnegación que
confirmaba y aligeraba la aflicción de entonces
y predecía ya aquella por venir. Su
frecuentación de Cioran era cotidiana, marcada
de paciencia y de exigente fidelidad. Cómo
olvidar también a aquel joven católico
recalcitrante, desesperado en la comodidad de su
iglesia y frente a la eternidad. La lectura de
Cioran era para él un suplicio, un tormento y le
escandalizaba completamente. Desarrollaba
alergias con sólo escuchar su nombre.
Curiosamente, sin embargo, no podía desprenderse
de él. La menor frase le parecía provocación,
alusión, burla. Cioran se había convertido en
un enemigo a destruir. En lugar de cerrar y
rechazar vigorosamente sus libros, la verdad es
que él le respondía en todo y en el menor
detalle. Escribía sus réplicas en los márgenes
y en todas las páginas de guardas. Insertaba
hojas de su propia cosecha entre los capítulos
de los libros. Sostenía en contra de Cioran una
locuacidad, una invectiva infinita que iba más
allá de la intención primera de los escritos de
este último. Y con ello se mostraba
paradójicamente un lector más fiel que si él
mismo hubiera compartido sin resistencia y
sabiamente las impertinencias cioranianas.
Podría hablar también de este otro joven que
tenía los libros de Cioran al alcance de su
mano, en la cabecera de su cama. Entonces, él
sabía que había sido engañado desde el
principio por la mujer que tenía en santidad y
que quería más que a sí mismo. Se trataba de
un muchacho muy dulce y crédulo y Cioran lo
consolaba y le daba coraje. Todas las cosas eran
pasajeras; esta infidelidad le parecía ser otra
de ellas. Y encontraba cada noche un humor igual
y torpemente estoico para afrontar las quemaduras
del insomnio. Al hilo de las frases y de su
lectura, las palabras de Cioran eran para él el
único consuelo en el despuntar del alba. Cómo
olvidar, finalmente, a esta persona que se
enteró en una mañana de jueves santo del
suicidio de Cioran -broma propagada por un
periodista malintencionado- y creyendo verídica
la información, pensó, en un acceso desamparado
e insensato en quitarse la vida. Pues si aquel,
que resistía por el arma de la risa y el repudio
de toda ilusión, había decidido abandonar la
partida y ceder a la más grande de las
ilusiones, no quedaba entonces más que llevar a
cabo la más consecuente y definitiva reverencia.
No lo hizo. Y su decisión fue sensata. Pronto la
noticia fue desmentida, y la lectura retomó
pacientemente su curso pues el fondo de su alma
había sido tocado y las lágrimas se secaron,
mientras Cioran guiaba de nuevo su corazón hacia
la rivera tranquila de la fatiga y de la
renunciación. No se sabría rendir más grande
homenaje a quien hizo reanimar la muerte.
Los últimos
días de mi padre fueron aterradores. El dolor se
había convertido en una queja silenciosa y sin
fin. No obstante, no quería en ningún momento
abandonar su casa. Como su padre y su abuelo y el
padre de éste, él quería morir en su hogar, en
su rincón de Rumania rodeado de los suyos. En
cada día de esta agonía me preguntaba, leyendo
a Cioran, qué pensaría, qué habría podido
decir. Pero sin tener respuesta volvía a la
cabecera de mi padre. Al cabo de su aflicción y
de nuestras vigilias, en medio de la más negra
de las noches, mi padre finalmente murió.
Cioran, es verdad, no pudo ofrecer la muerte más
dulce. Como cada uno de nosotros, permaneció
silencioso ante ella; no sabía pronunciarse
frente a lo irrevocable. Un camino es trazado y
conduce al catafalco y a la tierra. Estos son los
días desgranados en este recorrido sin piedad y
sin retorno que Cioran, habiendo hecho don de su
escritura, ha vuelto más soportables y los hijos
más dignos de la obra de su padre.
|