Implicaciones
extralingüísticas e
intertextuales en la lecturaRafael Areiza Londoño
Luz Marina Henao Restrepo
«Joao
José era el único que leía de corrido,
aunque sólo había ido un año y
medio a la escuela. Pero el
entrenamiento diario en la
lectura había despertado su
imaginación o, tal vez, era el
único que tenía cierta
conciencia de la heroicidad de
sus vidas. Ese saber, esa
vocación para narrar historias,
lo hicieron respetable entre los
capitanes de la Arena, aunque era
débil, flaco y triste, con los
pelos negros cayéndole sobre
los ojos achicados de miope».
Jorge
Amado
Los capitanes de arena
La lectura es
una práctica neurosensitiva-cognoscitiva,
mediante la cual un agente consciente decide
internarse en un texto para enterarse del
contenido expresado por el autor, saborear su
estilo, vivir su experiencia, su fantasía o
ambas -según sea el propósito-, buscando
recreación, entretenimiento, información o
conocimiento. Es además un medio construido para
transmitir una serie de informaciones, valores y
teorías a nuevas generaciones, a fin de
«modelarlas» funcionalmente y favorecer la
pervivencia del lema universal: «Construir un
mundo mejor». De esta forma, sobre todo el
lector joven, tiene la oportunidad de construirse
axiológicamente a través de la ensoñación que
suscita un texto así como acceder a un
conocimiento metódicamente elaborado en un
proceso histórico.
Vemos así, la
lectura comprometida, no sólo con un hecho
estrictamente textual, sino además con un mundo
de vida individual y con la historia de una
comunidad universal, la cual para su
hermenéutica requiere de una serie de
condiciones cognitivas, históricas, axiológicas
y culturales que se constituyen en un plexo de
informaciones necesarias para acceder al sentido
o a los sentidos metatextuales. El lector,
entendida la lectura como un proceso, es
metafóricamente un «viajero» que se mueve a su
manera por distintos mundos cognoscitivos en
busca de otras visiones, consciente de que éste
es un medio eficaz para la afirmación de su
singularidad como individuo a la vez que
participante de la comunidad del conocimiento.
Si así se
entiende la lectura, se tiene necesariamente que
pensar al lector como un agente activo que
realiza un trabajo productivo con el texto, que
lo reescribe para sí, que es capaz a partir del
deseo y de esquemas cognoscitivos cimentados, de
desplazar sentidos, de desviar el texto, de
reutilizar sus conceptos, de introducir variantes
conceptuales y en general construir su propio
texto. De ahí la imposibilidad de determinar con
exactitud «El» sentido de un texto, y por ende
«La» interpretación del mismo. Es justamente
en este proceso de elaboración, donde el lector
se encuentra a sí mismo y se toma de su propia
mano para concebir, generar, deducir o inferir
nuevos conocimientos u otras ensoñaciones,
según la naturaleza del texto y la subjetividad
de quien lo interpreta.
Ese conjunto de
conocimientos previos o esquemas cognoscitivos
del lector es lo que le permite interpelar al
texto y lograr una construcción cognoscitiva
para depositarla, en tanto que macroestructura en
la memoria de largo plazo, la cual, a partir de
este momento constituye una nueva base
cognoscitiva para acercarse a otras escrituras.
La riqueza de esa base cognoscitiva es lo que
justamente le permite al lector conectar su voz
con la del autor para entrar en consonancia
cognoscitiva con él u optar por una o algunas de
las vertientes de sentido construidas a partir de
las múltiples relaciones textuales que se
suscitan.
Es este hecho
justamente el indicador más fehaciente de la
comprensión lectora. Hasta el punto de
determinar la capacidad de la búsqueda de
significados más profundos y la práctica
lectora de múltiples textos.
Figurativamente
podríamos pensar en un lector como epicentro
cognoscitivo alrededor del cual gira un universo
cognoscitivo a imagen y semejanza de su asiduidad
lectoral y el cual en una instancia determinada
atrapa algunas de esas informaciones para
asociarlas y construir un nuevo conocimiento. Ese
universo matético del cual es posible «echar
mano» para la comprensión de un texto
constituye el mundo potencial de las
intertextualidades del lector, cimiento
determinante de su capacidad para acceder a una
comprensión metatextual.
Realizar este
proceso tiene, como se puede ver, profundas
implicaciones cognoscitivas que suponen una
relación lector-texto, establecida mediante un
diálogo cognoscitivo, es decir, un texto
construido por un autor que a su vez ha tenido
otros «diálogos», performa una relación
intersubjetiva -asumiendo al texto como sujeto-
con un lector dotado de otros textos provenientes
de otras voces cognoscitivas, conjuntos éstos a
partir de los cuales el lector construye su
propia «voz». Esto quiere decir que todo texto
construido por un lector es por naturaleza
polifónico, que se «doméstica» en la
medida en que su contenido sea relevante, es
decir, que surta efectos cognoscitivos sobre su
usuario, modificando o enriqueciendo el
conocimiento previo que tiene de su mundo o de
sus mundos posibles (Sperber y Wilson). En otras
palabras, el lector se autoconstruye como un
supertexto polifónico y solamente en la medida
en que sea capaz de generarlo podrá ser autor no
sólo de otros textos, sino de su propia vida
como ser cognoscente y activo dentro de su
comunidad. Esto da pie a insistir en concebir la
lectura como una práctica que inclusive
trasciende lo neuro-sensitivo-cognoscitivo, como
decíamos al principio, ya que su papel puede
considerarse indispensable en la construcción
social del individuo y de los imaginarios de toda
una comunidad expresados o inscritos en una
mentalidad frente a la vida y un espíritu
colectivo de apropiación del mundo, determinados
ambos por una historia y una reflexión
espiritual de la experiencia obtenida de una
convivencia social -cognición cultural-.
La lectura se
inscribe así como una instancia necesaria en el
acto del reconocimiento individual, es decir en
el autodescubrimiento del yo individual y de la
desinvisibilización del mundo circundante,
factores éstos que se imbrican en el supertexto
del que hablábamos anteriormente, nos dan
noticias de nosotros mismos, alimentan nuestro
mundo cognitivo, dándonos armas para pensar en
nuestras propias vidas y en la relación con los
otros; permiten asumir activamente la conciencia
del yo, la conciencia del mundo y la conciencia
de las otras conciencias: la intersubjetividad.
La construcción
de la intersubjetividad, como se ve, tiene como
premisa fundamental la existencia de una
conciencia del YO inscrita en una realidad que se
aprehende fundamentalmente a través de un
proceso lingüístico en el que se involucran el
sujeto y el objeto para una construcción del
conocimiento. No obstante, es aún indispensable
la sustentación y simultánea ruptura con ese YO
subjetivo en tanto que en ese mundo en el que
actúa el YO se requiere de participar en eventos
de la realidad y actos lingüísticos en los que
se construye un YO discursivo con los otros, en
relaciones dialógicas. De esta manera un ser
real se transforma en un ser discursivo
(Charaudeau) en la medida en que las prácticas
socioculturales son compartidas con los demás
miembros de la comunidad.
Como decíamos
arriba, asumimos el texto como un sujeto
discursivo que participa coagentivamente con el
lector en un proceso de comunicación en el que
cada uno interviene con un conjunto de
informaciones y cargas socioculturales. Si esto
se acepta, es obvio pensar que pragmáticamente
se dan las condiciones para entenderse la lectura
además, como un evento de comunicación y
ampliando el concepto, como un macro-acto de
habla de dos agentes provistos de competencias
globales que los facultan para participar en
transacciones de sentido aunque no en igualdad de
condiciones.
Participar en
una transacción dialógica supone de los agentes
-coagentes- el compartir una competencia
lingüística cuya materialización constituye un
acto locutivo; es decir, el texto dice algo a
través de:
a) Un acto
grafemático en el cual el lector reconoce
las grafías de su lengua o de la lengua que
lee y en las que tiene una competencia
lectora.
b) Un acto
fático, el lector ubica secuencias
grafemáticas, identifica unidades lexicales
de su lengua organizadas de manera tal que
reconoce construcciones fonotácticas
gobernadas por reglas.
c) Un acto
rético o de reconocimiento de secuencias
morfosintácticas con sentido y que hacen
referencia a objetos, seres, relaciones o
conceptos de la realidad; es decir,
secuencias con significado organizadas
estratégicamente en las que cada uno de los
elementos lexicales y conectores
argumentativos (Ducrot; 88), y en general
todos los elementos microtextuales que
soportan la significación han sido
meticulosamente escogidos por el escritor con
el propósito consciente de que intervengan
en una relación con el conjunto y configuren
una tesitura cohesiva y coherente específica
que soporta un significado global o
macroestructura textual (Van Dijk). El lector
tiene la responsabilidad no sólo de
reconocer el código y sus secuencias, sino
además e indispensablemente activar todas
sus potencialidades cognoscitivas y crear su
propio texto, como consecuencia de que el
texto sólo queda terminado en la medida en
que es explorado y reconstruido
fundamentándose en la realidad del lector.
De aquí se deriva que todo texto es
susceptible de múltiples lecturas para lo
cual existen obviamente también múltiples
rutas en la búsqueda de sentidos
posiblemente cada vez más complejos,
resultado de las intertextualidades que el
lector esté en capacidad de establecer y de
las polisemias que reconozca en la lectura a
partir de su historia de vida.
La
lectura se inscribe así como una instancia
necesaria en el acto del reconocimiento
individual, es decir en el autodescubrimiento
del yo individual y de la
desinvisibilización del mundo circundante
Es importante
insistir sobre estos elementos y construcciones
microtextuales ya que ellos son los que le dan la
entrada a la posible interpretación y permiten
construir las redes que entrelazan estructuras
mayores y organizan el significado global del
texto (macroestructras), además de suscitar la
multiplicidad de sentidos. En términos reales
estos elementos microtextuales a los que tanto
aludimos son un conjunto de categorías
gramaticales como pronombres, adverbios,
conjunciones, sustantivos, adjetivos, así como
otros elementos que con Chomsky podríamos
denominar lexicón secundario.
Este lexicón
secundario tiene la función de mostrar las
distintas modificaciones-accidentes que sufren
los morfemas lexicales de las categorías
nominales -verbo, nombre y adjetivo-
principalmente y como es en el caso del verbo
para superficializar una actitud del hablante a
través del portmonteau de modo, tiempo, aspecto
y voz. Todos ellos constituyen una base
lingüística de naturaleza extremadamente
compleja que da razón de la coherencia de un
texto, de las relaciones de sentido y
gramaticales que se establecen entre categorías,
así como sus transferencias determinadas por
factores contextuales y/o lexicales.
En palabras más
concretas estamos asumiendo que el texto locuta a
través de elementos y construcciones manejados y
reconocidos por cualquier lector con la obvia
competencia lingüística; constituyéndose ésta
en el mojón sin el cual no es posible darse
ningún hecho lingüístico.
Sin embargo, el
manejo de ese código faculta al lector para
llegar sólo a una primera fase de
decodificación, dándose a entender con esto,
que adicionalmente a ella se debe dar otro
conjunto de habilidades muy específicas que
constituyen una competencia comunicativa o de
transacción semántica (Baena) donde el código
muestra toda su riqueza y flexibilidad en el acto
de comunicación. Un lector marginado del manejo
transaccional de la lengua, encuentra muchas
dificultades en el acto de la lectura y ello se
constituye en barrera para acceder a significados
implicados por el texto. El no reconocimiento del
significado de las palabras afecta la velocidad
en la lectura y la seguridad semántica global
con que el lector asume el texto. Así, un lector
con dificultades semánticas y poca experiencia
lectora se ve imposibilitado para hacer
relaciones intertextuales y producir el
macrotexto que mencionamos anteriormente.
Estamos
resaltando con ello, las relaciones
lingüísticas interpersonales como un hecho
fundamental en la construcción de una
competencia cognitiva sociocultural así como los
conocimientos extralingüísticos que constituyen
la base de los conocimientos previos del lector,
dados como consecuencia de la absorción
cognoscitiva de sus experiencias vividas que lo
facultan para transformar y producir nuevos
textos como resultado de diversas lecturas,
hechas a partir de un texto aparentemente único.
La riqueza de manejos extralingüísticos
adquiridos en la interacción contractual y de la
cognitividad experiencial, le permiten al lector
una mayor inmersión como consecuencia de las
extrapolaciones cognoscitivas que esté en
capacidad de hacer al texto objeto de
interpretación. De esta manera, se recoge el
concepto de historia de vida como pilar
fundamental en el proceso de la lectura el cual,
como dijimos es un evento estrictamente
individual, cuya riqueza y profundidad tiene que
relacionarse con los juegos del lenguaje
(Wittgenstein) en los que ha participado el
lector, y se constituyen en un universo cultural
de base para la manipulación simbólica de las
herramientas del lenguaje. Todo ello le permite a
los coagentes de la comunicación aprehender,
ordenar y manipular el lenguaje y como
consecuencia ordenar sus acciones dentro de un
contexto denominado cultura. El actuar y el
actuar lingüístico dan la oportunidad de
asimilar una historia, una vida cultural de un
conglomerado social, lo cual trasciende hasta el
punto de constituirse en pilar fundamental en la
construcción del psiquismo, lo que determina en
conjunto el desarrollo de la capacidad cognitiva
y por ende la aptitud para adquirir nuevos
saberes.
En cierta forma
nos orienta Bernstein cuando aseguramos que las
relaciones de interacción conversacional entre
los padres y los hijos al interior del hogar en
ambientes saludables y formativos, determina no
solamente un buen crecimiento físico sino
además un crecimiento mental, y son una etapa
fundamental para la construcción de modelos
lingüístico-conceptuales que potenciarán otras
transacciones semánticas hasta llegar a
instancias cognoscitivas de impredecible
complejidad. Insistimos de esta manera en el
hecho de la práctica comunicativa intrafamiliar,
de contextos restringidos y relaciones
informales, como prerequisito fundamental para la
práctica de la lectura. Bernstein podría
asegurar que la capacidad de abordar textos de
distinta complejidad cognoscitiva está en
relación con la complejidad o no de los
contextos empíricos que el niño aborde en la
conformación de su competencia transaccional. Si
se ve la lectura como una prolongación de ese
mundo transaccional empírico-intersubjetivo-,
del lector por lo menos en su primera fase, ella
no se va a constituir en un ejercicio difícil,
tortuoso y sobre todo tedioso, sino por el
contrario en el encuentro de un mundo o de otros
mundos a los que conscientemente asocia y es
incitado a asociar con su mundo empírico y sus
experiencias propias que son a la vez fundamento
de sus preconceptos. No se ve así el mundo del
libro disociado del mundo de vida, sino
relacionado por un acto inteligente y consciente
que trasciende la referencialidad y da al lector
la oportunidad de acceder a niveles más
complejos de simbolización.
BIBLIOGRAFIA
BAENA ZAPATA,
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Homenaje al maestro. Cali: Universidad del
Valle, 1996. p.117 a 127.
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ESCAMILLA
MORALES, Julio. Fundamentos
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Barranquilla: Universidad del Atlántico, 1998.
JOHNSTON, P.H. La
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Madrid: Visor, 1989.
PETIT, Michele. Nuevos
acercamientos a los jóvenes y la lectura. México:
Fondo de Cultura Económica, 1999.
SMITH, Frank. Por
qué el mundo necesita maestros y lectura.
En: Memorias del 4º Congreso Colombiano y 5º
Latinoamericano de Lectura y Escritura. Bogotá:
Fundalectura, 1999.
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Para darle sentido a la lectura. Madrid:
Visor, 1990.
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