"Racionalidad y Retórica"
Julián Serna Arango
Así
diferentes filósofos hayan pretendido
valerse de la racionalidad apodíctica, y
aplicar los principios lógicos, los
argumentos del discurso filosófico
suelen ser argumentos cuasilógicos
únicamente, tal como fuera expuesto por
Perelman. Asumir las restricciones del
lenguaje lógico y evitar las figuras
literarias a riesgo de operar un
drástico recorte de mundo, implicaría
pagar un costo excesivamente alto por una
racionalidad apodíctica las más de las
veces utópica.
1. El
racionalismo
Lejos de reconocer en
la diversidad de léxicos y hábitos
lingüísticos el síntoma o la huella de la
complejidad inaudita de la existencia humana,
no han faltado los intentos en Occidente por
destacar alguno como el modelo o ideal.
Durante siglos fue el discurso filosófico
(en sus diversas y no menos dispersas
variedades) el candidato a erigirse en
patrón y medida, hoy día es el discurso
científico. Cada uno en su momento, el
discurso filosófico, primero; el
científico, después, se han autodenominado
«racionales».
A pesar de los
intentos por trazar las fronteras entre lo
racional y lo irracional, ellas todavía son
materia de discusión. El término «razón»
procede del término latino ratio, derivado
del griego logos, y alude a esa nueva forma
de decir surgida en Grecia hacia el siglo VI
a. C., diferente al decir del mito. El decir
del logos sería un decir en condiciones de
tomar distancia de la tradición, un decir no
comprometido con ella. Si el logos designa
una forma de decir, el logos, la ratio, y en
última instancia, la razón, no sería más
que el apodo, la etiqueta mediante la cual
distinguimos los discursos articulados por
esa forma de decir.
Tomar distancia de la
tradición, ser racional, constituye un reto
que los pensadores han asumido a lo largo de
la historia, y en la elección de los
hábitos lingüísticos por medio de los
cuales articulan sus discursos no sólo
influyen factores socio-culturales, sino
además la orientación misma de sus
investigaciones filosóficas. Esto último
ocurrió con Aristóteles, quien, como
naturalista que era, se ocupaba del ámbito
físico-biótico. No contaminado por los
avatares de la historia en comparación al
ámbito socio-cultural, el discurso relativo
al ámbito físico-biótico estaría (hasta
cierto punto) vacunado contra las excepciones
en virtud de la regularidad de la naturaleza.
Procedente de un
ámbito del acontecer que gravita alrededor
de la relación entre individuos y clases, es
decir, entre organismos y especies, el
discurso de Aristóteles se configura en esa
misma dirección. El estagirita parte de dos
observaciones relativas a los animales
superiores:
1. Los animales
están distribuidos en clases, en especies.
El criterio de demarcación entre las
diferentes especies no es otro que la
fertilidad. Un macho y una hembra pertenecen
a la misma especie si su cruce es fértil; en
tales condiciones, las especies haría parte
del orden natural (máxime cuando
Aristóteles profesa el fijismo en lo
relativo al orden biológico).
2. En cuanto dos o
más animales pertenecen a la misma especie
comparten una serie de atributos
(estructuras, funciones). En cualquier lugar,
en cualquier momento en el que aparezca un
animal de la especie en cuestión sería
posible verificar los respectivos atributos.
De allí su validez universal.
Como la especie, un
universal, se designa con un sustantivo,
Aristóteles infiere que otros sustantivos
tomados de ámbitos diferentes al biótico
también relacionan clases, y en cualquier
caso los elementos pertenecientes a la misma
clase participan de una misma esencia.
Designados los
universales por medio de palabras, y en
particular, de sustantivos, las palabras
quedarían comprometidas con determinados
atributos. De allí la transmutación de las
palabras en conceptos incompatibles con
fenómenos como la polisemia del significado
y la difuminación del sentido. De allí la
anatematización de la metáfora, la cual
haría de la palabra -hasta cierto punto- un
comodín semántico. La cabeza bien puede ser
parte de la anatomía animal, la parte del
clavo que soporta el golpe del martillo o el
jefe.
Para dar cuenta de la
relación de inclusión propia del orden
biológico en donde los atributos pertenecen
a los individuos, los individuos a las
especies, las especies a los géneros, se
reivindica el protagonismo de las
proposiciones de la forma A es B, es decir,
del logos apophantikos.
Reducido el discurso
a una sucesión de proposiciones reguladas
por el principio de no-contradicción, de
acuerdo con el cual un objeto respecto del
mismo atributo no puede ser y no ser a la
vez, es menester limitar la lectura a la
lectura lineal-proposicional, cuando las
lecturas sub y supraproposicio-nales
estarían fuera de lugar.
2. El
irracionalismo
Así el discurso
lógico se haya erigido en el modelo del
discurso filosófico, no hay que olvidar que
su campo de aplicación por excelencia no es
otro que el ámbito físico-biótico en donde
la distribución de los fenómenos en clases
no suele ofrecer dificultad. Aristóteles,
inclusive, ha circunscrito los límites de la
lógica a las regiones del ente regidas por
una rigurosa taxonomía. En su Etica a
Nicómaco, el estagirita reconoce la
inexistencia de fórmulas lógicas que
permitan dirimir todo tipo de conflictos en
el ámbito práctico:
(
) no
todo queda comprendido por la ley; sobre
determinados casos es imposible legislar
y es menester recurrir, para preservar la
ley, a una decisión de la asamblea del
pueblo. En efecto. para todo lo que es
indeterminado, la ley no puede dar una
determinación precisa, contrariamente a
lo que ocurre con la arquitectura de
Lesbos con el canon de plomo; esta regla
o canon, que no es rígido, puede
amoldarse a las formas de la piedra;
exactamente igual, los decretos se
adaptan a las circunstancias particulares
(1).
| A
condición de interpretar las
figuras retóricas en su
contexto, un poema puede ser tan
coherente como un discurso
filosófico. |
Ocupados de los
problemas propios del ámbito socio-cultural,
no han faltado los filósofos que utilicen
una serie de hábitos lingüísticos
alternativos trascendiendo las limitaciones
del discurso lógico. Algunos ejemplos:
1. En numerosos
textos filosóficos como los de Platón,
Pascal y Nietzsche abunda la utilización de
recursos retóricos por medio de los cuales
se multiplican los usos de las palabras,
haciendo necesario acudir al contexto para
dilucidar el significado y el sentido de los
respectivos pasajes.
2. En obras como la
de Hegel la proposición pierde su
protagonismo en favor del concepto, cuando el
sujeto de la proposición sería más bien un
predicado del concepto que se desenvuelve a
través suyo, exigiendo el concurso de una
lectura supraproposicional.
Dada la multiplicidad
de hábitos lingüísticos utilizados por los
filósofos, han proliferado las discusiones
relativas al canon o modelo del discurso
racional. En particular, no han faltado los
pensadores que clasifiquen los discursos
filosóficos en racionales e irracionales, es
decir, en discursos de primera clase y
discursos de segunda clase.
Cuando nos proponemos
clasificar los números entre racionales e
irracionales, se hace necesario un criterio
de demarcación. Dicho criterio no sería
otro que la posibilidad de escribir el
número de la forma A/B, en donde A y B
pertenecen al conjunto de los números
enteros. ¿Cuál sería el criterio para
discriminar los discursos entre racionales e
irracionales?
Para algunos, los
discursos racionales serían los discursos
que no contradicen el saber acumulado por la
sociedad. Ello sería evidente en el caso de
la ciencia matemática. Sería irracional por
ejemplo defender hoy una posición
geocéntrica. En lo que respecta a la
filosofía, en cambio, no existe filosofía
oficial, y el criterio en cuestión no sería
aplicable.
Para otros, los
discursos racionales serían los discursos
coherentes. ¿Cómo discriminar los discursos
coherentes de los incoherentes ? En los
discursos relativos al ámbito
físico-biótico, discursos que utilizan un
lenguaje matemático y/o un lenguaje
básicamente conceptual cuando las palabras
están comprometidas con determinados
atributos, es decir, un lenguaje acreditado
en la respectiva comunidad de expertos suele
ser posible reconocer las incoherencias sin
mayor dificultad. En los discursos relativos
al ámbito socio-cultural, en cambio, la
condición polisémica de las palabras haría
de las incoherencias un fenómeno menos
fácil de precisar. Una vez habladas o
escritas, las palabras no sólo llevan
consigo los semas en función de los cuales
fueron utilizadas, sino además aquellos
(otros) semas (en principio) no pertinentes,
lo cual multiplica las resonancias
semánticas y por ende los puntos en litigio.
Aunque los textos
filosóficos no suelen presentar el nivel de
coherencia de los discursos
lógico-matemáticos, es evidente que cierto
nivel de coherencia suele ser condición
necesaria para que un discurso pase la prueba
de la historia. Dos aclaraciones se imponen
enseguida:
1. La distinción
entre los discursos coherentes y los
discursos incoherentes suele ser poco
efectiva a la hora de clasificar los
discursos filosóficos que han pasado la
prueba de la historia. Así haya entre ellos
discursos inconsistentes como lo demostraran
Sokal y Bricmont en su obra Imposturas
intelectuales, los más de ellos no lo son o
al menos no en materia grave. ¿No abundan,
acaso, los discursos incoherentes? Abundan
entre los que no han pasado la prueba de la
historia. De allí que no debemos legitimar
todo tipo de discursos como haría el
relativismo del «todo vale».
2. Un cierto nivel de
coherencia sería condición necesaria, pero
no suficiente para adelantar la acreditación
de determinado discurso ante el tribunal de
la historia.
Hay quienes
descalifican como irracionales una serie de
discursos como los de Pascal y de Nietzsche,
en cuanto se valen de las figuras retóricas.
Ello, no obstante, es discutible. A
condición de interpretar las figuras
retóricas en su contexto, un poema puede ser
tan coherente como un discurso filosófico.
3. Lógica y
lenguaje
A diferencia del
ámbito físico, del ámbito biótico
también, regidos por aquellas taxonomías
que han conquistado la aceptación de la
respectiva comunidad de expertos; en lo que
hace referencia al ámbito socio-cultural, en
cambio, se superponen diferentes taxonomías.
Los criterios de demarcación entre lo que es
filosofía y lo que no es filosofía, lo que
es cultura y lo que no es cultura, lo que es
justicia y lo que no es justicia distan de
ser monolíticos. En este último caso, es
menester reivindicar el lenguaje ordinario
cuya plasticidad le permite asumir fenómenos
como la polisemia del significado y la
difuminación del sentido.
Para quienes todavía
aspiran a conquistar una racionalidad
apodíctica para el discurso filosófico, no
quedaría opción diferente a la de aplicar
los principios lógicos al lenguaje
ordinario. No obstante, el resultado no
sería la formulación de argumentos
lógicos, sino cuasilógicos como fuera
expuesto por Perelman en su Tratado de la
argumentación.
3.1.
Principio de identidad
Mientras el lenguaje
matemático cumple con el principio de
identidad de tal suerte que 3=3, no ocurre
otro tanto con el lenguaje ordinario. Dada la
multiplicidad de resonancias semánticas
acumuladas por una palabra, la multiplicidad
de sus usos, el principio de identidad ni
siquiera se cumple en proposiciones como las
siguientes:
«Una fiesta es una
fiesta»
Aun cuando el
término fiesta se repite dos veces, resulta
evidente que la jerarquización de los
matices semánticos del primero no es igual a
la jerarquización de los matices semánticos
del segundo.
Dados los siguientes
matices semánticos del término fiesta:
- reunión de
personas
- conmemoración, celebración
- jolgorio, desenfreno
Mientras en el primer
término «fiesta» se haría alusión
básicamente a los dos primeros matices
semánticos, cuando se asume que una fiesta
es un evento especial en el que participa un
grupo de personas; en el segundo término
«fiesta», en cambio, el último matiz
semántico adquiere un papel preponderante,
cuando se enfatiza en el componente
transgresor de la reunión-celebración. Como
los dos términos «fiesta» no participan de
los mismos énfasis, no se cumple el
principio de identidad.
Dos o más frases
pueden compartir el mismo sentido
proposicional, y no obstante, no ser
equivalentes. Algunos ejemplos:
Aunque el verso de
Machado: «Se hace camino al andar»
contiene el mismo significado proposicional
que la frase «Se avanza al caminar»,
así ambos dejan constancia de una acción
realizada en el plano físico, es evidente
que la primera contiene, además, un sentido
existencial del cual carece la última,
cuando «andar» se utiliza también como
metáfora del vivir.
Aunque expresiones
como: «Nos vamos», la primera, y
«Vámonos», la segunda, participan
del mismo significado proposicional, la
última transmite, además, una cierta
urgencia.
Lejos de afianzar su
significado originario, una reiteración,
inclusive, puede terminar por transmutar el
significado de un texto en su contrario.
Véase por ejemplo el poema de León de
Greiff, incluido en la serie Rondeles, que
empieza así:
Pues si el amor
huyó, pues si el amor se fue
El primer verso habla
del desamor, del amor que se fue y los versos
que siguen se limitan a registrar la manera
como el poeta se adapta a la nueva situación
dejemos al amor y
vamos con la pena
y abracemos la vida con ansiedad serena
y lloremos un poco por lo que tanto fue
Sin embargo, el
primer verso se reitera
Pues si el amor huyó, pues si el amor se
fue
Y esa reiteración no
ocurre impunemente
Es menester pasar
por la estación de la melancolía en
tránsito al olvido. Entre tanto el poeta
intenta múltiples atajos:
Dejemos al amor y
vamos con la pena
Vayamos al Nirvana o al reino de Thulé,
entre brumas de opio y aromas de café
y abracemos la vida con ansiedad serena
La épica y el mito,
en el plano de lo sagrado; los estimulantes y
los alucinógenos, en el de lo profano. Cada
nuevo intento confirma el fracaso del
anterior. Abundan las recaídas. Continúa el
poeta:
Y lloremos un
poco por lo que tanto fue
| Aunque los
filósofos han pretendido escribir
para un hipotético auditorio
universal, la realidad es otra.
Escriben para la gente de su tiempo,
de su cultura, para sus colegas o
para sus alumnos. |
Inevitable el duelo,
es menester asumirlo. Por supuesto,
sobreviene lo inevitable ¡Cómo no pensar en
ella, cómo no evocarla !El poeta alude a la
amada hasta entonces implícita. El
interrogante que (indiscretos) acaso nos
habíamos formulado, obtiene respuesta. ¿Por
quién llora el poeta?
por el amor
sencillo, por la amada tan buena
Desencadenados sus
sentimientos, el poeta incurre en una
reiteración más:
por la amada tan
buena,
No sólo deja atrás
su orgullo, da rienda suelta a sus
sentimientos por conducto de una hipérbole:
de manos de
azucena
Por su propia
inercia, sus sentimientos sobrepasan la
intención primera. Es cuando recuperan el
protagonismo perdido. Categórica la
confesión del vate, difícilmente
sorprenderá al lector.
¡Corazón
mentiroso! !Si siempre la amaré! (2)
3.2.
Principio del doble invertido
Entre las leyes que
rigen los sistemas numéricos está la del
doble invertido de acuerdo con la cual la
suma de un número con su inverso da 0, es
decir, se anulan. Si a «3» le sumamos
«-3», el resultado es 0. ¿ Qué acontece
en lo relativo al lenguaje ordinario ?
Aunque desde el punto
de vista de la construcción etimológica de
las palabras, la adición de determinados
prefijos como el prefijo «in» o el prefijo
«des» harían que una palabra se convierta
en su inverso, ello no necesariamente ocurre.
Si decimos que algo
es «pertinente» en una situación dada,
hacemos alusión a su empatía con dicha
situación. Si decimos, en cambio, que es
«impertinente», no sólo afirmamos su
incompatibilidad, cuando una persona
clasificada como tal es reconocida, además,
como una persona insolente, descarada,
grosera. De esa manera rompemos la paridad
entre los matices semánticos en cuestión.
3.3.
Principio del tercero excluido
En las matemáticas
(en general) se cumple el principio del
tercero excluido, de acuerdo con el cual una
cosa puede ser o no ser sin que haya más
posibilidades. Si nos preguntamos si el 5 es
número par, de antemano se sabe que es par o
no es par únicamente.
Así no exista un
número natural que pueda ser par e impar a
la vez, en tanto hay una frontera bien
definida entre el conjunto de los números
pares y el de los impares como sería la de
la divisibilidad por 2, no acontece lo mismo
en lo relativo a los sentimientos, cuando no
necesariamente se cumple el principio del
tercero excluido.
Si dada una relación
sentimental un hombre pregunta a una mujer:
¿Me amas o me odias? El repertorio de
respuesta posibles no se agota en: si, no. Si
bien existen matices de significación que
nos hacen ver al amor y al odio como
experiencias antagónicas: el amor, como
atracción; el odio, como repulsión; en una
relación sentimental el amor y el odio
suponen, de otro lado, un pasado compartido,
y así predomine la repulsión ese pasado
compartido puede generar todavía alguna
atracción, y viceversa. En virtud de su
carácter polisémico, los sentimientos no
estarían regidos por una rigurosa
taxonomía, y dos sentimientos diferentes
pueden ser antagónicos en algunos sentidos,
y afines, en otros. De allí el tránsito del
uno al otro a pesar de sus diferencias.
| ¿Se
justifica el sacrificio de los
recursos literarios si las
argumentaciones del discurso
filosófico no son apodícticas? Por
supuesto que no. |
3.4. Ley
transitiva
En las matemáticas
se cumple la ley transitiva de acuerdo con la
cual dos términos iguales a un tercero son
iguales entre sí. Si «3 x 3 = 9» y «8 + 1
= 9», entonces, «3 x 3 = 8 + 1». No
obstante, la ley transitiva no necesariamente
se cumple en el lenguaje ordinario. Un par de
ejemplos.
Si la filosofía es
racional, si la lógica es racional, si el
atributo «racional», en síntesis, se
predica por igual de los sustantivos
«filosofía» y «lógica» ¿sería posible
concluir que la filosofía = la lógica? Por
supuesto que no, dado el carácter
polisémico de los términos «filosofía» y
«lógica». Así compartan determinado
atributo, el atributo «racional», ello no
garantiza que compartan el resto. Mientras la
filosofía sería un saber o una actitud ante
el saber (según se defina); la lógica, en
cambio, sería un método, y en cualquier
caso no serían lo mismo.
Si un hombre es amado
por dos mujeres ¿La falta de una puede ser
suplida por la otra? No necesariamente. Así
ambas mujeres le amen, ellas son diferentes.
Ni siquiera el amor sería el mismo, cuando
se trata de un sentimiento fuertemente
personalizado.
3.5.
Recapitulación y síntesis
Aunque la aplicación
de una serie de principios característicos
del lenguaje lógico como serían el
principio de identidad, el del doble
invertido, el del tercero excluido y la ley
transitiva constituye una permanente
tentación en la comunicación, ellos no
necesariamente se usan con el rigor, con las
restricciones que es menester, dando lugar a
la argumentación cuasilógica.
4. El
principio de conservación semántica
A los principios
lógicos característicos de la racionalidad
apodíctica sería menester adicionar un
principio que -así parezca demasiado obvio-
suele ser transgredido por las prácticas
lingüísticas consuetudinarias. Nos
referimos a El principio de conservación
semántica de acuerdo con el cual un
concepto, una proposición, un razonamiento
significaría lo mismo cuantas veces sea
dicho o escrito. El principio de
conservación semántica y en lo relativo al
lenguaje ordinario, no necesariamente se
cumple en virtud de las siguientes
consideraciones:
1. De acuerdo con la
teoría de la recepción, un texto
únicamente adquiere su carácter de tal en
cuanto es leído. El significado y sentido
derivado de la lectura de un texto no sólo
depende del contenido del texto, sino además
de la formación intelectual del lector, sus
prejuicios y expectativas. Expresiones como
«El poder de la palabra» no serán asumidas
de la misma manera por un hierofante egipcio
de la XV dinastía, por un político del
siglo XVIII o por un publicista del siglo XX.
2. Algunas
modalidades del discurso tienden a
desgastarse con el tiempo, como en particular
ocurre con las figuras retóricas. Quien por
primera vez construyó una metáfora por
medio de la cual concebía la mujer como una
flor apalabró sentido que antes era nada,
quien siglos después la repite, corre el
peligro de caer en un lugar común, cuando la
eficacia de la metáfora tiende a
difuminarse, a desvirtuarse, inclusive.
5.
¿Sobreviene la incomunicación?
Habiendo resultado
infundadas las pretensiones del discurso
filosófico tendientes a participar de una
racionalidad apodíctica, no falta quien vea
un peligro en el relevo de una palabra
comprometida con determinados atributos por
una palabra tolerante con diferentes usos, en
diferentes contextos; cuando, además, la
lectura lineal-proposicional alternaría con
las lecturas sub y supraproposicionales.
¿Sobreviene la incomunicación? No
necesariamente, si el interlocutor o lector
toma en consideración los respectivos
contextos.
Lejos de ser una
acción excepcional, acudir a los contextos
constituye una práctica consuetudinaria. No
sólo tomamos en consideración los contextos
al leer, también al escribir. Aunque los
filósofos han pretendido escribir para un
hipotético auditorio universal, la realidad
es otra. Escriben para la gente de su tiempo,
de su cultura, para sus colegas o para sus
alumnos. No faltan los autores (lo cual es
más común de lo que a primera vista parece)
que escriben para sí mismos, inclusive,
cuando suponen que los otros son como ellos,
que lo que es coherente, interesante,
evidente para ellos lo es también para los
demás.
Porque tomamos en
consideración nuestros eventuales
interlocutores o lectores, porque hasta
cierto punto sabemos cuales son los contextos
compartidos o por lo menos creemos saberlo,
porque nos proponemos construir con ellos los
contextos todavía no compartidos, la
comunicación se hace posible a pesar de la
diversidad de léxicos, es decir, de la
diversidad de roles. Cuando hablamos o
escribimos sin tomar en consideración al
interlocutor o eventual lector, en cambio,
los baches en la comunicación se
multiplican.
6. Los
hábitos lingüísticos alternativos
Para conquistar una
cobertura universal, para que sus discursos
fueran admitidos en el estrecho círculo de
la racionalidad apodíctica, para evitar la
ambigüedad y los dobles sentidos hubo
filósofos que renunciaron a los recursos
literarios. Dado el protagonismo de los
contextos, de las diferencias, los filósofos
no dejaron de valerse del lenguaje ordinario.
De allí derivan drásticas consecuencias
sobre las pretensiones del discurso
filosófico. En virtud del carácter
plástico, polisémico del lenguaje ordinario
se multiplican las argumentaciones
cuasilógicas. ¿Se justifica el sacrificio
de los recursos literarios si las
argumentaciones del discurso filosófico no
son apodícticas? Por supuesto que no.
Lejos de convertirse
en obstáculo del pensar, los recursos
literarios lo dinamizan, haciéndole posible
decir lo que antes era nada, enriquecer la
trama de significados y sentidos en medio de
la cual transcurre la existencia. Lejos de
sacrificar la precisión del pensar, los
recursos literarios le permiten asumir
diferencias indiscernibles para el
esquematismo de los conceptos. Por supuesto,
los recursos literarios pueden provocar
confusión y descarrío, y en ocasiones lo
hacen. No obstante, ello también se da (y
con generosidad) a través del discurso
conceptual, en donde las palabras únicamente
se utilizan en un hipotético sentido propio.