"La experiencia poética en los lugares de paso"


Alberto Antonio Verón Ospina

La pretensión del siguiente ensayo es el de un análisis acerca de como la experiencia urbana, el transeúnte, el viajero de hotel, la calle, aparecen reflejados en tres poetas colombianos del presente siglo. A partir de la visión crítica propuesta por Walter Benjamin realizamos un acercamiento a Alvaro Mutis, Rogelio Echavarría, y Flobert Zapata.

El espacio donde se insertan los cuerpos y las cosas resulta ser el escenario del cual la poesía toma sus principales sustancias para vivir y hacer del sentimiento la forma estética que ocupa un lugar preciso y certero en la historia de la creación. La evocación, el nombrar, el símil o la metáfora brotan de un marco de relaciones inéditas que establecen una alianza del nombrar y de relacionar al hombre con el mundo; ese lugar es quien otorga al espacio unas dimensiones, unas formas que le despojan del carácter de lo apenas abstracto. Aquello que era vacío o abstracción consigue gracias a la particularidad del nombrar poético color y textura. El poema propicia el nicho para que el hombre en tanto ser que imagina encuentre su hogar.

Esta descripción de la experiencia poética es posible pensarla no en los lugares de encuentro sino desde los lugares de tránsito: el hotel y la calle vistos en los textos de tres poetas colombianos.  Partiremos primero del poema “204” tomado de “Los elementos del desastre” (1) de Alvaro Mutis.

Escucha Escucha Escucha,

la voz de los hoteles

de los cuartos aún sin arreglar,

los diálogos en los oscuros pasillos que adorna una raída alfombra escarlata,

por donde se apresuran los sirvientes que

salen al amanecer

como espantados murciélagos

 

¿Qué nombra esta experiencia poética de Mutis?. La habitación de hotel, el lugar de paso. El punto contrario y extremo de la casa o del hogar sería el hotel ya que en este se produce un desasimiento con esa nostalgia de un punto de llegada. Toda la poesía de Mutis nace precisamente de esa particular conciencia de extrañamiento y lejanía. Para Gaston Bachelard nuestra casa de infancia está cifrada por las gentes y las cosas que la poblaron. Son restos adheridos, haciendo parte de una memoria biológica que da cuenta de nuestras más pequeñas costumbres. El hotel en cambio nos propone una entrada en el vació, una participación promiscua de lo que ha sido de muchos y no ha sido de nadie. En especial el hotel que brota en este poema; el pequeño edificio de tristes corredores donde pernoctan por días el agente viajero, la prostituta, el asesino, el desarraigado.

“Escucha Escucha Escucha / el agua que gotea en los lavatorios, en las gradas que invade un resbaloso y maloliente verdín. Nada hay sino una sombra, una tibia y espesa sombra que todo lo cubre.”

El hotel es la casa de paso y como casa de paso está repleta de inscripciones de todo aquello que desconocemos: los armarios han sido poblados y abandonados infinidad de veces, las sábanas ensuciadas por seres distintos, en sus paredes aparecen y desaparecen los nombres o las evocaciones de algún deseo. Ni el hotel ni los objetos tienen de función mantener los gestos; su destino al contrario es propiciar una borradura de los recuerdos. Por eso, la sustancia que aviva los seres de la poética de Mutis es la sustancia del desasimiento: “¡Ay qué tránsito el de sus noches tremolantes / como las banderas en los estadios!

Buscando respuestas a la pregunta realizada por Heidegger acerca de la esencia de la poesía nos hemos encontrado que al tanteo de sus respuestas se puede llegar a partir de interrogarnos sobre ¿cuál es la espacialidad en Mutis y de qué manera se inserta allí la poesía?. En el poema “204“ la poética emerge del no- lugar, del punto por el que todos de entrada aparecemos como transeúntes. Allí, el frío que brota de esa conciencia del que está de paso apenas se puede conjurar en “las noches tremolantes” de la inquilina o cuando

“Un desocupado la silba desde la acera del frente y ella estremece sus flancos en respuesta al incógnito llamado.”

Frente al frío de este espacio y de las cosas que la pueblan, el cuerpo improvisa gestos que la palabra transforma en poesía. Si como pensaba Walter Banjamin, de los objetos se despide el calor, si en los lugares de tránsito - evocación del carácter transitorio del hombre y de su vida - los objetos cotidianos nos rebelan la detestable huella de cientos de manos anónimas que han sudado en la cama, apretado el catre de hierro para resistir el orgasmo, abierto el grifo del baño, queda solamente el recurso según Benjamin de

“vencer las resistencias secretas - no solo las manifiestas - que le oponen esos objetos cuya frialdad tiene el que compensar con su propio calor para no helarse al tocarlos, y coger sus púas con una destreza para no sangrar al asirlos” (2)

Conscientes de un mundo de paso que se deshace, los signos de la poética introducen un calor en las cosas capaz de conjurar la conciencia de un sentimiento - ese sí exterior a la poesía - que se llama el desengaño por un mundo gélido en el cual la palabra poética tiene que desarrollar una especial “destreza para no sangrar.” La inquilina del 204 es la cristalización de ese conjuro. En otros textos de la poética moderna la heroína de esos mundos de paso que se deshacen, apareció como prostituta, pero en el poema de Alvaro Mutis se trata de

“la incansable viajera... Sobre las losas - cuando el mediodía siembre de monedas el mugriento pìso - su cuerpo inmenso y blanco sabrá moverse, dócil para las lides del tálamo y conocedor de los más variados caminos. El agua lavará la impureza y renovará las fuentes del deseo.”

El poeta se apropia de la voz de los hoteles: los objetos revueltos en un dormitorio, destendidos y olvidados, a la espera de un próximo inquilino. Al otro lado del cuarto se escucha el susurro de alguna voz mientras la prostituta o la amante, esa

“hermosa inquilina del 204” (...) “...despereza sus miembros y se queja y extiende su viuda desnudez sobre la cama. De su cuerpo sale un vaho tibio de campo recién llovido”.

Es gracias a ella que se asiste a una experiencia poética que asume el carácter transitorio y de paso de nuestra existencia. Esa certeza de devolverle a la pareja la dignidad simple de la carne y el deseo fue analizada a principios de siglo por Eliot y acerca de ella Jorge Zalamea escribió:

 

“La hazaña realizada por Eliot, fue la de restituir la pareja humana a su escenario real, desnudándola de sus teatrales atuendos angélicos o demoníacos, haciéndola hablar en su lenguaje cotidiano, auténtico; dando a sus cerebros, a sus vientres y a sus riñones lo que pertenecía a cada cual” (3) .

 

El punto contrario y extremo de la casa o del hogar sería el hotel ya que en este se produce un desasimiento con esa nostalgia de un punto de llegada.

 

El transeúnte

Análogo a la experiencia de quien “pasea” en la ciudad está la experiencia del que transita por ésta. El transeúnte compone al mundo desde su mirada y traduce esta mirada en expresión poética.

Todas las calles que conozco

son un largo monólogo mío,

llenas de gentes como árboles

batidos por oscura batahola.

O si el sol florece en los balcones

y siembra su calor en el polvo movedizo,

las gentes que hallo son simples piedras

que no sé por qué viven rodando.

Bajo sus ojos que me miran hostiles

como si yo fuera enemigo de todos

no puedo descubrir una conciencia libre,

de criminal o de artista,

pero sé que todos luchan solos

por lo que buscan todos juntos.

Son un largo gemido

todas las calles que conozco. (4)

 

A diferencia de quien pasea, el que transita no está únicamente signado por el placer o el gusto. El transeúnte es el hombre de a pie, el ciudadano de la calle quien desde el siglo XIX deberá ganarse la vida en el mercado. El que transita es el anónimo habitante de la ciudad, el dependiente del almacén o el funcionario. Existe una relación directa entre humanidad y mundo pues quien transita lo hace con su cuerpo, valiéndose de cada una de sus extremidades.

Para pensar la categoría de "transeúnte" en Echavarría nos vemos abocados a compararla con la de “Paseante” en Walter Benjamin. El “Flaneur” es el que vaga, callejea, mata el tiempo en las calles, mira lo que pasa en éstas. El transeúnte es quien pasa por un lugar y está apenas de paso por un sitio y fija su residencia allí transitoriamente.

De uno a otro existe un territorio de reflexión sobre cómo la poesía constituye la traducción de la experiencia de la vida moderna.

A partir de los años cincuenta y en buena parte inducida por la violencia campesina, Colombia vive un éxodo radical hacia el campo. Con la llegada de familias enteras a las ciudades el mercado se ve abastecido de nueva fuerza de trabajo y en las periferias se multiplican cómo hiedra cinturones urbanos de pobreza.

Para Anna Harent en su ensayo acerca de Walter Benjamin publicado en la revista “Eco” (5) el «Flaneur» resulta una típica figura del siglo XIX, cercana al Dandy o al Gentlemman pues hace parte de esas personificaciones aristocráticas y ociosas que viven al filo de la navaja ya que sus privilegios han ido siendo progresivamente borrados con las relaciones de producción capitalista. Al contrario “El transeúnte” no es el ocioso que mira con distancia el barullo que se forma en las ciudades sino el que marcha de un lugar a otro bajo el hostigamiento de las necesidades de trabajo y de vivienda. Es como si el siglo XX nos hubiese convertido en transeúntes y que desde allí compusiéramos el poema y describiéramos la experiencia de la ciudad.

El poema del transeúnte nos arroja a la experiencia de la ciudad, sus calles y aquellos que por ella pasan y con quienes nos encontramos como extensión del sujeto que construye el poema y que participa de éste de manera activa

“Todas las calles que conozco son un largo monólogo mío. Lo que al principio del poema es un monólogo se convierte al final en “un largo gemido...”

que comparten las gentes que son simples piedras, el criminal y el artista. En el poema de Echavarría la experiencia de la multitud se refleja en los ojos del transeúnte que repara en estos con la forma de unos “ojos que me miran hostiles/ como si yo fuera enemigo de todos”. Nos vemos abocados a un tipo de lectura que se realiza sobre el papel que tiene la multitud anónima frente al transeúnte. Cada uno de nosotros resulta ser una piedra que rueda, un guijarro que realiza un recorrido. Y en el momento que entre los transeúntes se reconocen aparece un signo común, una intensidad semejante en todos los ojos, una desconfianza, una actitud feroz: “como si yo fuera enemigo de todos

La ciudad, la calle, el mundo, resultan ser extensiones de la palabra. Por medio del monólogo se re - inventa al hombre, las flores, el polvo. Una calle nos recuerda otra y así sucesivamente las palabras reverberan en el tiempo como el fuego que se contempla tras la trasparencia de la lámpara.

“Todas las calles que conozco son un largo monólogo mío”,

esa mismidad que convierte en intransferible mi lenguaje, esa capacidad de saber que la existencia del poema consigue aplacar el afán por lo único: en este caso se trata de la palabra poesía. Lo único que se ha vuelto signo poético, la luz y el calor cayendo plenos e intensos sobre cada uno de los seres del mundo. La luz y el calor como experiencias sensitivas, la mirada de uno sobre el mundo y del mundo sobre uno. Esta primera experiencia presente en la naturaleza es llevada al orden de la vida urbana y sirve de marco para que se produzca el encuentro del transeúnte con aquellos que viven semejantes a él: la multitud anónima de la ciudad.

 

El poema del transeúnte nos arroja a la experiencia de la ciudad, sus calles y aquellos que por ella pasan y con quienes nos encontramos como extensión del sujeto que construye el poema y que participa de éste de manera activa.

 

Este poema en su plenitud nos regala a la vida urbana con toda su soledad. La escogencia del “monólogo” no es casual ya que el poeta sabe la imposibilidad de construir desde el tránsito una cercanía plena con el otro. Entre sí los transeúntes se han encontrado en la calle por un azar de su ruta; se trata de una batahola, unas piedras que ruedan las cuales no volverán a encontrarse. El miedo, la desconfiaza frente al desconocido cerca del cual se transita son el signo común que se trasparenta en los ojos: “sus ojos que me miran hostiles como si yo fuera un enemigo de todos”.

Pero el poeta sabe que más allá de esa mirada acerada, de esa conciencia turbia y aprisionada compartida por muchos existe un sentimiento común que el poema no nombra pero del que se sabe poseedor en su certeza: “...sé que todos luchan solos por lo que todos buscan juntos”.

El poema intenta construir lazos en ciudad

La búsqueda en solitario del poeta, camino compartido por otros igual de abandonados, es la que aparece reflejada en el poema de Flobert Zapata. (6) En éste poema que hace parte Del libro «Después del colegio» la ciudad deja de tener la función del anonimato urbano y entra a vivir y vibrar bajo otro orden de experiencia que Benjamin al abordar el poema de “A une passante” describe como

“La aparición que le fascina, lejos, muy lejos de hurtarse a lo erótico en la multitud, es en la multitud donde únicamente se le entrega. El encanto del habitante urbano es un amor no tanto a primera como a última vista” (7))

XIX

"Una ráfaga de viento

ha levantado la falda

de una estudiante joven y hermosa

que espera en el paradero

del Parque de los enamorados

Por la displicencia con que ordena su falda

fácilmente se sospecha

que está cansada

sitiada por el apetito

Debajo de los prenses de lino

y de los cuadritos rojos y azules

se dejan ver unas tangas blancas

y unas piernas trofeo o promesa

duras inmejorables

y unas nalgas quietas distraídas

La imagen ( no sé por qué sagrada)

estremece y subvierte

Un obrero la ha visto agradecido

seguramente su almuerzo tendrá mejor sabor

los muertos del noticiero

serán menos tristes

el trabajo de la tarde más liviano

el pequeño salario menos punzante

Un chico más o menos de su edad

se ha puesto pálido

y desde un lugar estratégico

espera que el viento repita la fechoría

 

El empleado del almacén de muebles

guardará la imagen para la noche

cuando su mujer sea una víctima agradecida

Y la alumna

pendiente solo de la buseta

se irá a su casa

serena

sin nada que contar

aparte de los exámenes de fin de año

sin saber de las vidas que ha perforado

por unas horas o unos días”

 

En este poema la experiencia poética vivida en la ciudad logra escapar del anonimato. El color uniforme del ladrillo que se desprende del poema de Echavarría es reemplazado en el texto de Flobert Zapata por la materialización de lo erótico que de manera súbita nos sorprende en medio del tránsito callejero en el Parque de los enamorados de la ciudad de Manizales. La muchacha a pesar de lo desapercibida que está de su particular situación exhala mayor liberalidad, y la carga que la ciudad trasmite a la multitud en el primer poema desaparece en éste, donde por medio de la picardía el estudiante, el obrero y el empleado son librados del peso de la rutina, llevándose cada uno la memoria que de súbito permitirá que para ellos el día sea mejor. La conquista de ese estado llega gracias a la joven estudiante inserta como un símbolo en el paradero del transporte público. La escena es diáfana pero cotidiana, el cansancio y el apetito fruto de la jornada del trabajo y el estudio son el teatro desplegado ante los ojos del poeta. La experiencia única, lejana pero irrepetible consiste en que debajo

“de los prenses de lino/ y de los cuadritos rojos y azules/ se dejan ver unas tangas blancas/ y unas piernas trofeo o promesa/ duras inmejorables/ y unas nalgas quietas distraídas/La imagen (no sé por qué sagrada)/estremece y subvierte”. Zapata nos presenta así el objeto estético bajo la forma del objeto erótico.

El poema de Zapata nos enseña, primero de manera elemental una imagen que se funde en el sabor de lo erótico, aunque lo erótico no son las bragas o los muslos de la muchacha; sino aquello inscrito en lo escueto de este acontecimiento, una revelación de la cual el poeta nos informa - otro transeúnte más - en un tono con acento informativo y que análogo al obrero, al dependiente de almacén o el estudiante han quedado estremecidos por ese hallazgo. El erotismo no es apenas una recreación lingüística sobre las imágenes que revela el cuerpo, en lo erótico existe mucho de oración, de súplica y homenaje místico a eso que en principio llamamos el carácter feliz de la poesía en cuanto que la imagen del poema aviva los rastros de un ser nuevo que para Bachelard es el hombre feliz. El obrero que accedió a la visión de la muchacha disfrutará agradecido su almuerzo, olvidará por unos minutos lo irrisorio de su paga, el empleado de almacén cubrirá la tediosa imagen de su compañera con el recuerdo de la colegiala. Así el fenómeno de lo urbano que en su materialidad nos presenta el encuentro de hombres y mujeres, sin nada común entre si, apenas el fenómeno de participar del paradero del autobús o del tránsito sobre la acera, nos sugiere que el hallazgo de la belleza puede asaltarnos en el lugar menos esperado. Tratamos así con tres tipos de experiencias urbanas de carácter distinto. En el primer poema los signos nos abocaron a una poética que nombra los lugares de tránsito, mientras que en el segundo poema los lugares de tránsito resultan teñidos por el gris del anonimato y la soledad, y en el tercer poema el lugar de tránsito y la experiencia de la soledad urbana son conjurados por la inserción de la muchacha. Los tres poemas nos colocan en estado de belleza y salpican al mundo con su vivacidad. Vivacidad y belleza serán pues aspectos que nos dejen captar debido a que cada uno de estos tres textos resultan piezas ejemplares.

El reconocimiento de la belleza no lo hace apenas el poeta. También el lector en cuanto disfruta de la autenticidad de los signos se coloca alas y se eleva y crece en el disfrute de una belleza que está por encima de la dureza, la desolación y el fastidio de unas ciudades sitiadas.

Lo urbano y el poema

Una pregunta de orden antropológico podría ser la de ¿cómo se insertan los hombres y las mujeres en el espacio público a partir de estos poemas?. En el primero la teoría de la sociedad de masas nos indica que en sus orígenes el anonimato y la indistinción fueron las maneras que tuvieron los teóricos para configurar su visión sobre esos millares de obreros y empleados que aparecen ilustrados en “Tiempos modernos“ de Chaplin o en “Metrópolis” de Lang. En el poema de Echavarría, esa masa vive la calle arrojada en una oscura batahola; se trata de una sociedad trabajadora obligada, explotada a sueldo, alienada y reducida en su vitalidad. La ciudad es amarga y se diluye, pasa desapercibida frente a unos individuos que “son simples piedras” de mirada hostil. Se trata de una ciudad que tras sus altas fachadas, su fino asfalto y su multitud de rutas gana en monotonía, sin dar mayor importancia a los detalles, de allí que la valoración que se hace de la ciudad sea áspera, un gemido donde quienes viven en masa experimentan en solitario la tristeza de su propio mundo: “Todos luchan solos por aquello que todos buscan juntos”. En el poema de Echavarría existe masa pero no comunidad, el individuo se encuentra limitado a pagar servicios y cumplir funciones vacuas.

En el último texto la relación del poeta con la ciudad es la de un testigo, especie de cronista que nos dibuja una noticia. Pero la crónica poética que presenta Zapata es la del instante mismo, disfrutado a plenitud. La masa de los dos primeros textos logra en el último su individualidad a través de una situación circunstancial donde se constituyen lazos de cercanía entre los seres que habitan el poema. Esta posibilidad de solidarizarnos y de crear algún tipo de comunión con una palabra que nombra lo pasajero, abre la ruta a una poesía que con elementos cotidianos pueda ser capaz de ir más allá de la versión gris tristeza de la urbe e instaurar otras intensidades inéditas hasta hoy, las cuales tienen en el poeta a la voz expresiva que nos impulsa a nombrar y recorrer la ciudad desde otro orden de percepción.

El espacio donde nos asalta la experiencia está constituído por un lenguaje de lo transitorio, en este vivimos y de allí nacen los elementos básicos de la creación literaria actual. Nuestro hogar poético subsiste todavía en la topografía callejera.

NOTAS

(1) MUTIS, Alvaro. Obra poética. Arango Editores. Santafé de Bogotá. 1993. p. 27.

(2) BENJAMIN, Walter. Dirección única. Alfaguara literatura. Madrid 1987. p. 33.

(3) ZALAMEA, Jorge. Erótica y poética del siglo XX. Ensayo Iberoamericano. Colección Universidad del Valle. Cali. p. 21.

(4) ECHAVARRÍA, Rogelio. El transeúnte. Colección Autores Nacionales. Instituto Colombiano de cultura. Bogotá. 1977. p. 29.

(5) ARENT, Hanna. Walter Benjamin. Revista Eco. Nos 149 - 150. Bogotá. Buchholz. p. 468 - 502, 571 - 608

(6) ZAPATA, Flobert. Después del colegio. Imprenta Departamental de Caldas. Manizales. Agosto de 1997. p. 32 -33.

(7) BENJAMIN. Poesía y capitalismo. Taurus. Madrid. p. 60.


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