"Violencia y desplazados en Colombia"
Luis Gildardo Rivera Galindo
La violencia que actualmente
vive el país, ha generado la aparición de los desplazados.
Grandes masas de población en el más absoluto estado de
indefensión están llegando a las ciudades. El estado y los
ciudadanos ven este fenómeno como un grave problema social,
sin adentrarse en la comprensión de tan complejo problema;
ya que en el desplazado, se sintetizan prácticamente la
violación de todas las necesidades vitales y existenciales
elevadas hoy a la categoría de derechos. Lo anterior coloca
al estado como el mayor responsable ya que este debe ser
el principal garante del bienestar ciudadano.
« Nos inundan los hechos,
pero hemos perdido o estamos perdiendo, nuestra capacidad
humana para sentirlos...Conocemos las cosas con la mente,
mediante hechos, mediante la abstracción. Parece que somos
incapaces de sentir lo que sentía Shakespeare cuando hizo
gritar al rey Lear en el páramo dirigiéndose a un segado
Gloucester: « Ya vez como marcha el mundo», y Gloucester
responde: «Lo veo con el sentimiento» (1).
En los últimos años del gobierno Samper,
empezamos los Colombianos a conocer un problema nuevo para
nosotros, cual es el desplazamiento forzado al cual se vieron
sometidos miles de Colombianos arrancados violentamente de
sus lugares de origen a causa de la violencia que azota al
país.
El CINEP, las defensorías del pueblo,
así como diferentes instituciones de derechos humanos coincidieron
en señalar la magnitud del problema que involucra a más de
un millón de Colombianos (3% de la población) y según cálculos
conservadores nos coloca en el primer lugar del mundo en cuanto
a número de desplazados internos. Todos ellos enfatizaron,
en mayor o menor medida, la dimensión política del asunto
y la responsabilidad que cabe al Estado colombiano y a sus
representantes, el gobierno nacional, por su incapacidad para
garantizar la permanencia y seguridad de los pobladores en
sus territorios en conflicto, por la inoperancia del Programa
nacional de atención integral a la población desplazada por
la violencia y por la ausencia de una política coherente que
busque atender, acompañar y proteger esta población.
Hacia mediados del año 1998 empezamos
los Pereiranos a ver grupos de familias desamparadas que como
paradoja sardónica buscaban la protección de las entradas
de los bancos o los lugares de abrigo, ofrecidos por las frías
baldosas de la gobernación del Departamento del Risaralda,
ante la mirada indiferente de una ciudadanía insolidaria.
Las estadísticas tan frías como las baldosas, las personas
y el estado, nos muestran como este doloroso fenómeno social
tiene la tendencia a aumentar y que no basta la creación por
la presidencia de la república del programa de atención al
desplazado para solucionarlo; ¿Sabíamos acaso los Colombianos
que en el ciudadano desplazado se sintetizan prácticamente
la violación de todos los derechos humanos, políticos y civiles,
individuales, familiares y colectivos, de género y generacionales,
colocando de hecho en cabeza del Estado la mayor responsabilidad
por esta situación como garante que debería ser del respeto
por los derechos de todos los ciudadanos?.
Uno de los objetivos de este artículo
busca contribuir desde la Universidad y desde el sector salud
y educativo a capacitar, perfeccionar y reflexionar en la
temática de los desplazados, con el fin de encontrar caminos
para la humanización del conflicto que vive el país, a la
vez que afincar el respeto a la población civil como condición
para la solución del problema... pero no basta lo anterior;
de ahí el compromiso decidido que debe liderar la universidad
en el estudio y búsqueda de alternativas que verdaderamente
ayuden a una solución.
Las ciencias sociales, de frente a
la realidad social y comprometidas con sus problemas deben
entonces, presentar sus propias reflexiones frente a tan álgido
problema. Intentamos efectuar una aproximación a este fenómeno
en el que están involucrados no como ciudadanos o personas,
sino como simples seres humanos, estos cientos de miles de
hombres, mujeres y niños, los cuales son víctimas de un trato
inhumano que no sólo les niega su humanidad sino que muestra
de cuerpo entero nuestra incapacidad para comprometernos más
decididamente con ellos. Pues nuestro compromiso no empieza
y termina en la entrega «dadivosa» de tarros de aceite o de
leche o en la brigada de salud para el cuerpo cuando sabemos
que tienen destruida el alma.
Para tratar de aproximarnos al problema
y dilucidar las anteriores afirmaciones desde una panorámica
bien distinta, tomamos como referente la declaración de obligaciones
hacia el ser humano (Weil:1996) diferenciando claramente los
derechos y las necesidades, Entendiendo que los derechos dependen
de su reconocimiento jurídico, Por tanto, de circunstancias
políticas pero se reivindican con conciencia compromiso y
participación. (Weil:1996) (Rawls:1991) Las necesidades, que
por el contrario, brotan de manera más profunda del ser humano
y crean obligaciones que son las mismas en todos los tiempos,
aunque las formas de cumplirlas, varíen. Si los derechos conciernen
al Estado y a los ciudadanos, las necesidades son propias
de la naturaleza humana y conciernen a todos los seres humanos
por el solo hecho de serlo. El hombre no solo tiene necesidades
vitales, sino que también tiene necesidades existenciales,
las cuales en nuestro concepto, son las más violentadas al
desplazado. Las primeras, las necesidades vitales, fáciles
de enumerar, conciernen a la protección de la vida y la integridad,
al hambre y la salud, el abrigo y la vivienda, etc. Las segundas,
las necesidades existenciales, no tienen relación con la vida
física, sino con la vida moral, las cuales cuando no se satisfacen
el hombre cae poco a poco en un estado más o menos análogo
al de la muerte, más o menos próximo a una vida meramente
vegetativa. Dichas necesidades existenciales son entre otras:
el orden: Es la primera necesidad del alma humana,
la más próxima a su destino universal. Es un tejido de relaciones
sociales conformado de tal manera que, nadie se vea forzado
a violar obligaciones rigurosas para cumplir otras obligaciones.
Unicamente en este caso el alma sufre violencia espiritual
por parte de las circunstancias exteriores. La responsabilidad:
La iniciativa y la responsabilidad, la sensación de ser útil,
e incluso indispensable, son necesidades vitales del alma.
la libertad, que es la capacidad de vivir como quiera dentro
de los limites del respeto a los demás. El trabajo, que responde
a la necesidad de transformar y apropiarse de la realidad;
la verdad que protege del engaño y la mentira; la seguridad
de no estar bajo el peso del miedo o el terror permanentes,
salvo por circunstancias accidentales o breves y escasos momentos;
La propiedad, La propiedad, es una necesidad vital
del alma. El alma, está aislada perdida sino está rodeada
de objetos que sean para ella como una prolongación de los
miembros del cuerpo. La verdad, La necesidad de verdad
es la más sagrada de todas, Sin embargo nunca se habla de
ella. Y por último El arraigo, que es, tal vez, la
necesidad más importante y más desconocida del ser humano.
En una palabra: la raíz del existir, el cual en nuestro concepto,
cercena el desplazamiento forzoso, trayendo de hecho impredecibles
consecuencias.
El arrigo vital
El ser humano tiene raíces cuando
participa real y activamente en la vida de una comunidad,
grande o pequeña, “Es una participación, a la vez, activa
y natural, en la existencia de una colectividad que conserva
vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos
del futuro. Participación natural, esto es inducida automáticamente
por el lugar, el nacimiento, la profesión, el entorno. El
ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, de recibir
la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual en
los medios de que forma parte naturalmente.(S, Weil, 1996
p. 51)
Puede hablarse de un desarraigo geográfico,
cuando se rompen las relaciones de la colectividad con su
territorio; de un desarraigo afectivo, cuando se rompen vínculos
personales profundos; de un desarraigo cultural, cuando se
pierden referentes simbólicos colectivos.
“..Por su duración misma la colectividad
hunde sus raíces en el pasado. Constituye el único órgano
de transmisión mediante el cual los muertos pueden hablar
a los vivos. Y la única cosa terrena que tiene relación
directa con el destino eterno del hombre es la irradiación-
transmitida de generación en generación” -.
La carencia producto de la destrucción
violenta por la cual pasan los desplazados, genera perdida
de “humanidad” como resultado del acabamiento violento del
proyecto de vida.
El ser humano desarraigado está expuesto
a todas las miradas y no tiene otra realidad que el desapego
De manera semejante, el tiempo vivido, no sólo transcurrido,
es vivenciado por el hombre cuando el pasado se asume no como
carga sino como experiencia (que posibilita la tradición)
y el futuro se vive como esperanza (que construye ideales).
El ser humano desarraigado no tiene otra realidad que un frágil
recuerdo y una pesada desesperanza. Cuando estos referentes
espacio - temporales se pierden o se hacen confusos, en el
desarraigo, el hombre se siente desvalido, cae en un estado
de estupor en el que es imposible responder por lo que Heidegger
llama en, los tres existenciales constitutivos del existente
humano: el encontrarse (caer en cuenta de ser en un lugar
o tiempo determinados), el comprenderse (hacerse cargo de
la propia situación) y el hablar (tener la capacidad de manifestarse)(2).
El hombre está desarraigado cuando
se encuentra entregado sin apoyo ni protección, a un mundo
que le es extraño y, por tanto, amenazante y siniestro. Mientras
más adverso el mundo, mayor necesidad de unos vínculos humanos
ciertos y de una morada sólida. De aquí la importancia
que tiene para el arraigo humano, la vivienda: se busca protección
en el amparo que da la casa; alrededor de ella se amplían
los círculos protectores (por conocidos) del vecindario, el
pueblo, la tierra natal. Más que vivienda o residencia, el
arraigo nos remite al concepto de morada, que también trabajó
Heidegger ( El morar, el construir y el pensar (Mey:1991)
(Galeano 1991)(Restrepo Beatriz).
En referencia a los espacios y su
importancia en la estabilidad humana (Eliade: 1995) Escribe:
“En la experiencia del espacio
profano siguen interviniendo valores que recuerdan más o
menos la no-homogeneidad que caracteriza la experiencia
religiosa del espacio. Subsisten lugares privilegiados,
cualitativamente diferentes de los otros: El paisaje natal,
el paraje de los primeros amores, una calle o un rincón
de la primera ciudad extranjera visitada en la juventud.
Todos estos lugares conservan incluso para el hombre más
declaradamente no religioso, una cualidad excepcional, única:
Son los lugares santos de su universo privado”.
Es precisamente este arraigo existencial
el que atomiza y explota en pedazos el irracional desplazamiento
a que son sometidos violentamente nuestros compatriotas que
tienen que abandonar sus propiedades y perder sus sueños.
Son estas necesidades vitales y existenciales
del ser humano, las que generan la obligación también en todo
ser humano de ser respetadas y atendidas. En ellas se juega
lo más constitutivo de la humanidad. Necesidades y obligaciones
aún más profundas que los más fundamentales derechos y deberes
civiles y políticos. Y son, justamente, las necesidades
existenciales, las más urgentes de los desplazados (y
no únicamente las vitales que el Estado colombiano provee
a un l% de los desplazados) las que nadie siente como
su obligación respetar y atender. De todas ellas, el arraigo
que es la raíz misma de la existencia humana, es la más desatendida,
porque el arraigo se verifica en la permanencia en un lugar
determinado, en la familia, en la morada, en el trabajo, condiciones
todas que le son negadas a esta población desdichada: abandonadas
sus tierras, desintegrada la familia, perdida la morada, negado
el trabajo. Pero igualmente trastocados los referentes espacio-temporales,
olvidado el orden habitual, ausentes el reconocimiento y la
seguridad, impedida la libertad, escamoteada la verdad.(Restrepo:
1998).
Finalmente:
La Patria es el lugar del arraigo
en el que el ser humano asegura para sí y para los suyos,
a través del presente un lazo entre el pasado y el porvenir.
Es, también, el marco más favorable para la adhesión y la
participación en toda especie de relaciones.
En este orden de ideas, los desplazados
son algo más que ciudadanos a quienes se viola sus derechos:
son seres humanos por cuyas necesidades vitales y existenciales
nadie responde, nadie siente obligación. Muchas de estas necesidades
han sido recientemente elevadas a derechos(3)
y todos sabemos que cuando los derechos se escriben y no se
reconocen, son fácilmente escamoteados por un estado frío
y calculador, preocupado más en su propia conservación que
en los derechos sociales: no hay lugar en él para la conmiseración
por la desdicha y el sufrimiento, a menos que poderosas razones
políticas o fuertes presiones ciudadanas lo induzcan a ello.
Aquí es donde cabe entonces, el introducir en este punto de
su reflexión, la noción de Patria por contraposición a la
de Estado.
La Patria es, también, el marco más
favorable para la adhesión y la participación en toda especie
de relación. Por ello, en el desamparo, la confusión, la soledad
y el desarraigo del desplazado lo que se evidencia es la negación
de la noción de Patria que para muchos es solo una palabra,
un confuso término, un fugaz sentimiento. Algunos la han sustituido
por el concepto de país; otros por el de Estado o por el de
Nación. Pero tras el sufrimiento de quienes deambulan sin
encontrar donde arraigar, no es el país el que sucumbe, seguro
como está entre sus limites «aparentemente» establecidos y
respetados; tampoco el estado sostenido por el aparato del
poder y la fuerza; menos, la frágil nación que es apenas -
entre nosotros - un proyecto en construcción. Es la Patria,
como el verdadero suelo para el arraigo, las fidelidades y
los apegos, la que está en peligro.
“Pero ¿quién entre nosotros defiende
a la Patria, empeñados como estamos en luchar contra el
Estado?. La patria se nos escabulle, vergonzante, de los
rígidos desfiles, carentes de emoción y entusiasmo con que
se celebran las festividades patrias; de los actos políticos
y académicos en los que impecables presentadores nos anuncian
que se escuchan las notas del himno de la república de Colombia;
de los textos, rigurosos y científicos en los que ya no
se la llama historia patria, sino historia de Colombia.
Dar a la Patria el lugar que le corresponde, saber que es
algo precioso que hay que defender porque es perecedera,
es una necesidad urgente que el fenómeno de los desplazamientos
forzosos nos está poniendo ante los ojos. Es un problema
que la educación y la enseñanza de la historia, están en
mora de abordar para no hacer de la Patria un fácil expediente
para la demagogia, el populismo y la retórica”. (Restrepo
Beatriz:1998)
Para muchos Colombianos, el fenómeno
de los desplazados se ha visto más como un problema estético
que como un grave problema de iniquidad social. Todos pasamos
indiferentes y fríos frente a nuestros conciudadanos que ante
el torbellino de la violencia, no les quedó otra alternativa
que dejar sus proyectos de vida y sus sueños; Pero lo más
grave de esta situación, es que dejó al descubierto lo que
Marco Palacio llamó: “La delgada corteza de nuestra civilización”,
pues la actual crisis nos muestra de cuerpo entero lo poco
que se había desarrollado la convicción cívica de respeto
a unas determinadas formas de actuar, a unos valores, a la
solidaridad y sobre todo a la convivencia pacífica en un país
que es de todos pero que se le niega a una gran mayoría.