"Metafísica y posmetafísica"

Julián Serna Arango

 

Porque las filosofías metafísicas pretenden decir la última palabra en torno a los interrogantes cruciales de la existencia, constituyen una traición a la vocación originaria de la filosofía, es decir, a su vocación heterodoxa. En el presente texto se discuten el origen, las fases de la filosofía metafísica, y en última instancia, el tránsito a la filosofía posmetafísica.

 

1. En el principio fue el mito

Cuando determinadas prácticas sociales resultan pertinentes, eficaces, se erigen en prácticas sociales consuetudinarias configurando una tradición. Para vacunarla contra el paso del tiempo, el mito sacraliza la tradición, en otras palabras, la sustrae de los avatares del devenir. La sacralización de la tradición, no obstante, constituye un arma de doble filo. Al tiempo que el mito refuerza la autoridad de la tradición, la hace menos susceptible al cambio.

Para una sociedad como la griega, que cuenta con unas instituciones políticas protodemocráticas, los complejos míticos que le dan identidad y sentido suelen ser un lastre para el individuo cuando es sometido a situaciones extremas, complejas o nuevas, situaciones que demandan salidas verdaderamente creativas. De ello dan cuenta los grandes trágicos.

Habiendo alcanzado la última de las etapas en el desarrollo de la escritura como sería la escritura alfabética con signos para las vocales, que a diferencia de las formas de escritura precedentes no se limita a servir de registro al habla, de memoria auxiliar, sino que potencia el desarrollo de funciones intelectuales como la abstracción y la especulación, la cultura griega tomó distancia del mito, conquistó la autonomía del pensar hacia los siglos VI y V a.C.

Mientras el saber del mito es un saber conectado con las tradiciones consuetudinarias; el saber del logos, en cambio, es un saber emergente, advenedizo, conjetural. Con el tiempo, no obstante, las cosas pueden variar. Un determinado complejo mítico bien puede ser sobrepasado por los hechos, hacerse anacrónico, colapsar. Sería el fin del mito. Un saber producto del logos, de otro lado, puede hacer carrera en determinada sociedad, inducir la reconstrucción de sus instituciones y su mentalidad en esa dirección. Ese saber producto del logos, en síntesis, dejaría de ser alternativa para erigirse en tradición, se haría renuente al cambio, degeneraría en mito. Ello ha ocurrido en nuestro tiempo con el liberalismo y el positivismo por ejemplo.

Verse reflejado en las instituciones de una sociedad, en la mentalidad de sus individuos, constituye el último de los estadios a los que podría aspirar un pensar emergente; no obstante, también representa su consumación, o si se quiere, pudiera clasificarse como una especie de acción kamikaze.

 

2. El logos como mito

Mientras el término mito remite al ámbito religioso, el término logos, en cambio, lo hace al filosófico. ¿Concebir el logos como mito no sería, acaso, una metáfora ociosa?

Como fenómeno religioso, el mito no sólo articula, legitima una determinada tradición, sino que además lo hace alrededor de una serie de hierofanías o manifestaciones de lo sacro. No es lo mismo un complejo mítico estructurado a partir de hierofanías monoteístas o politeístas, lunares o solares, inmanentes o trascendentes, para citar algunas de sus polaridades más características. Así por ejemplo las mitologías solares, de acuerdo con Eliade (…) traducen los valores religiosos de la autonomía y la fuerza, de la soberanía y la inteligencia (1).

Así como un complejo mítico estaría comprometido con una serie de hierofanías, una cosmovisión filosófica lo estaría con una serie de presupuestos. Quisiéramos destacar algunos paralelismos:

1. Producto del acontecer histórico-social, las hierofanías una vez configuradas, refuerzan las instituciones, las tradiciones, la mentalidad del respectivo pueblo en determinada dirección. Otro tanto sucede con el sistema de presupuestos, el cual induce, modela las vías por medio de las cuales los individuos adelantan la respectiva construcción de mundo.

2. Dada la persistencia de algunas hierofanías generación tras generación, no falta quien las conciba como fenómenos naturales. Occidente, por ejemplo, no vio en el monoteísmo una contingencia histórica, vio en él la etapa culminante del fenómeno religioso. Al cabo del tiempo, una sociedad asume su sistema de presupuestos como si fuera natural. Occidente, por ejemplo, admitió el concepto de historia universal como un concepto natural, cuando no era más que un concepto comprometido con los monoteísmos, cuyos ancestros se remontan hasta la concepción de la historia como historia sagrada.

Con el tránsito del constructivismo al constructivismo radical en psicología, de la primera hermenéutica a la segunda en filosofía, se hizo evidente que no sólo el objeto se construye y reconstruye, sino que otro tanto acontece con el sujeto.

Así como lo sacro se coloca al margen de la contingencia en el ámbito religioso, otro tanto sucede con el sistema de presupuestos en el ámbito filosófico. Hierofanías y sistemas de presupuestos se mitifican, es decir, configuran una inercia, un lastre.

 

3. Adicción al orden y voluntad de transgresión

El pensamiento está siempre un poco solitario. Cuando se lo compromete se lo puede desviar, dijo alguna vez Heidegger(2). Una filosofía tributaria de determinado sistema de presupuestos -en sentido estricto- dejaría de pensar, y cuando más operaría como racionalidad instrumental, es decir, como racionalidad sometida a fines. Ello acontece cuando el logos degenera en mito, cuando la filosofía se desvirtúa justo en el momento en que pareciera alcanzar la meta, cuando sus tesis han hecho carrera en determinada sociedad hasta transmutar no sólo las instituciones, sino además la mentalidad de los individuos. ¿Qué hacer?

Cuando el logos se transmuta en mito, el filósofo -se supone- debe reaccionar, tomar una distancia crítica. ¿Es posible? El siguiente testimonio de Beaufret sobre Heidegger apunta en esa dirección.

(…) siempre se mantuvo a la vanguardia de su propio pensamiento, y era muy difícil hacerlo hablar de lo que había escrito antes (3).

No todos los filósofos asumen su trabajo intelectual a la manera de Heidegger, algunos han colocado la fidelidad a sus formulaciones por encima de la fidelidad a su vocación, y en verdad que lo hacen con premura, inclusive, cuando reivindican para su logos, para su discurso la condición de mito sin requerir siquiera que previamente se erija en tradición.

Mientras los filósofos que anteponen la fidelidad a su obra sacralizan su doctrina, la convierten en sistema, y no creen haber propuesto un logos alternativo, sino haber descubierto el sentido inherente al cosmos, el fin de la historia o algo similar; los filósofos fieles a su vocación, en cambio, asumen la crítica de la tradición, la crítica de cuanto logos pretenda erigirse en mito; harían de abogados del diablo.

Así como han habido filósofos que han querido decir la última palabra, colocar punto final a la conversación iniciada por Tales de Mileto, así mismo han habido filósofos que asumen el filosofar como voluntad de herejía. Han habido filósofos como Kant, cuyas obras a partir de la Crítica de la razón pura parecieran destinadas a responder un cuestionario, a detallar un esquema. Algo similar acontece con Hegel, cuyas obras a partir de la Fenomenología del espíritu estarían destinadas a completar el guión del desenvolvimiento de lo absoluto, bien de manera general, bien en alguna de sus fases. Han habido, en cambio, filósofos como Nietzsche y Heidegger, que parecieran empezar de nuevo en diversos momentos de su obra, o mejor aún, a volver sobre lo mismo desde otra perspectiva. Lejos de limitarse a una anécdota de la vida intelectual, distintas maneras de adelantar el trabajo filosófico, responden a pulsiones antropológicas diferentes.

¿Por qué la adicción a los sistemas? Cuando Darwin publica El origen de las especies, plantea la tesis según la cual en la lucha por la vida sobreviven las especies más adaptadas al respectivo entorno. En el orden biológico, en síntesis, la adaptación posibilita la supervivencia. La vida humana no sería una excepción. No obstante, el hombre no sólo debe adaptarse al entorno físico-biótico, sino además al entramado de significados y sentidos configurado por la tradición. Descifrado el entramado en cuestión, el hombre tendría más probabilidades de salir adelante. No es otra la estrategia de los sistemas filosóficos o las filosofías de la historia, cuando legitiman el orden vigente, descubren el orden recóndito o proponen la construcción de un orden ideal.

¿Por qué la adicción a la transgresión? En lo que respecta a su condición animal, el hombre no sólo obedece a patrones genéticos genéricos, cuando, además, habita un mundo que desde el punto de vista físico-biótico no cambia o lo hace a una escala de tiempo diferente a la de la vida humana. En lo que respecta a su condición socio-cultural, y a diferencia de lo acontecido con su condición físico-biótica, el mundo del hombre se extiende hasta donde hay cosas que tienen significado y sentido para él, es decir, hasta donde ha apalabrado sentido. En lo que respecta al ámbito socio-cultural, en síntesis, el hombre habita un mundo en construcción. De allí el primado del futuro como éxtasis primordial del tiempo en palabras de Heidegger. Al futuro lo constituyen opciones, opciones de reincidir en el presente, de alterarlo también en la medida en que el hombre reconoce maneras diferentes de hacer las cosas o cosas nuevas por hacer.

Mientras la adicción al orden procede de la herencia biológica del hombre; la de la transgresión, en cambio, remite a su condición histórica, en cuanto constituye un ser abierto a sus posibilidades.

El decir del logos, en condiciones de tomar distancia de la tradición, de plantear opciones, puede hacer de tales opciones un mito, o puede, en cambio, hacer de ellas lo que Heidegger decía que sus lectores debían hacer con su obra: Es necesario, o bien prolongar mi problemática en otras direcciones, o bien contradecirme (4).

En lo que respecta a la voluntad de transgresión, pero también a la adicción a los sistemas, la acción del filósofo remite a pulsiones antropológicas irreductibles. Es esta una explicación, pero no una justificación. No por obedecer a profundas pulsiones antropológicas, la reconversión del logos en mito deja de ser una traición a la filosofía concebida como la disciplina, como la actitud por medio de la cual asumimos la concepción del hombre no sólo como un ser dispuesto a someterse a un orden para sobrevivir, sino además como un ser en condiciones de alterar, de mejorar ese orden. ¿Cómo ocurrió?

 

4. La metafísica

Un pueblo como el griego, caracterizado por sus tradiciones políticas protodemocráticas, encuentra en la escritura alfabética completa, es decir, con signos no sólo para las consonantes, sino además para las vocales, el medio adecuado para la abstracción y la especulación, y desarrolla la filosofía como una nueva forma de decir, en condiciones de tomar distancia de los complejos míticos en los que se fundan sus instituciones, los mismos que configuran su mentalidad. No obstante, la vocación inicial de la filosofía terminaría por colapsar.

Después del triunfo de los griegos en las guerras médicas, cuando Atenas lideraba la liga de Delos, en el siglo de Pericles, hay quienes se presumen árbitros del saber o tribunales de última instancia respecto de los interrogantes cruciales de la existencia; cuando dan cuenta del orden del mundo, del puesto del hombre y de las moralejas de allí mismo derivadas, cuando formulan, en síntesis, una concepción del mundo vacunada contra el cambio, contra la contingencia, es decir, una metafísica.

Mientras el giro copernicano operado por Descartes en filosofía reivindicó para el sujeto las claves relativas a la construcción de mundo; el giro lingüístico las concreta en el lenguaje.

Así como la escritura alfabética completa facilitó el tránsito del mito al logos, al amparo de la hegemonía política y cultural de los atenienses empieza la reconversión del logos en mito, en un mito que a diferencia de los mitos de origen religioso que rigen para determinado pueblo o cultura únicamente, aspira a una vigencia a-histórica y ecuménica. ¿Como aconteció? Mientras Sócrates formula la pregunta por los universales, Platón y Aristóteles la responden.

Porque el sustantivo concebido como nombre común incuba el germen de los universales, en la más renombrada de las polis, en tiempos de Pericles, Sócrates transmutó las palabras en conceptos. Antes que preguntarse por el sentido de la piedad, por el sentido del valor para determinado contexto, Sócrates interroga por el significado del concepto de piedad, del concepto de valor para todos los contextos.

Porque Sócrates no terminó por responder la pregunta por los universales, porque el mundo sujeto al devenir se revela diverso y disperso, Platón concibió los conceptos, las ideas no como una abstracción a partir de la experiencia sensible, sino como la sustancia del mundo verdadero. De allí su teoría de las ideas como modelos a-históricos y ecuménicos, una de las más célebres metáforas de Occidente (no en vano Platón había sido poeta en su juventud).

Aristóteles, un biólogo, no tuvo dificultad en reconocer la existencia de los universales. Si en alguna parte se impone su evidencia no es otra que en el ámbito de los seres vivos, y en particular, en la de los animales superiores. Dos animales pertenecen a la misma especie si su cruce es fértil. No obstante, Aristóteles fue más allá. Asumió la clasificación de las especies, en géneros. No sólo existen los universales, cuando, además, obedecen a un orden.

En todos aquellos ámbitos de la experiencia regidos por una rigurosa taxonomía, no sólo sería posible habilitar un lenguaje conceptual que dé cuenta de los universales, un lenguaje proposicional que registre la relación entre atributos e individuos, individuos y especies, especies y géneros, cuando, además, sería posible discriminar los procedimientos válidos de los inválidos. Porque Aristóteles fue un biólogo, pero también un filósofo no debe extrañarnos que no sólo clasifique los seres vivos mediante una rigurosa taxonomía, sino que además defina las reglas de tránsito del pensamiento. De allí el paralelismo entre el orden del ser y el del conocer.

Que el mundo esté organizado en racimos, en universales; que los universales estén regidos por una rigurosa taxonomía, como la condición de la posibilidad de la racionalidad apodíctica, serán los presupuestos de las filosofías que pretenden decir la última palabra, cuando no la única, respecto a los interrogantes cruciales de la existencia, es decir, los presupuestos de las filosofías metafísicas. El modelo en cuestión será puesto a prueba repetidas veces, y en primer lugar por la tradición judeo-cristiana..

 

5. La historial lineal

Porque el tránsito de la vida nómada a la sedentaria lo determina la agricultura, el calendario agrícola induce, promueve una concepción cíclica del tiempo, como ha sido expuesto por Eliade. Los judíos, no obstante, vivieron una experiencia diferente.

Semi-nómada en Ur, el pueblo judío no hizo tránsito a la condición sedentaria como suele suceder, sino que retornó a la condición nómada originaria. Radicado en Egipto, el pueblo judío no se mezcló con los habitantes aborígenes como suele ocurrir, cuando no sólo conservó su identidad, sino que además emigró a Palestina. Habiendo sido dispersado por los asirios, habiendo padecido el cautiverio en Babilonia, el pueblo judío no desapareció de la faz de la tierra como aconteció con otros pueblos que habían tenido una suerte similar. Ello, para no hablar de la Diáspora, hizo evidente a los judíos que su historia, como la de los individuos, estaba constituida por acontecimientos únicos e irrepetibles. No en vano la religión judía hizo tránsito del protomonoteísmo de los Elohim al monoteísmo de Yahwéh, divinidad responsable de una historia lineal ciertamente caprichosa.

El cristianismo no sólo hereda del judaísmo su concepción monoteísta, sino además su concepción lineal de la historia. Porque la historia del cristianismo también fue accidentada los cristianos no podían menos que reconocer el carácter único e irrepetible del acontecer. Del predicador galileo al Dios universal pasando por el Mesías judío; del mensaje de la autenticidad al paradigma de la fe, para citar un par de ejemplos, el periplo espiritual del cristianismo fue pródigo en mutaciones.

A comienzos del siglo III, el Emperador Caracalla extiende la ciudadanía romana a todos los habitantes de un Imperio que había crecido hasta el límite de su hipertrofia. No sólo la urbe romana pierde protagonismo, otro tanto sucede con su panteón, demasiado provincial, acaso, para un mundo cosmopolita. Un siglo después, el Emperador Constantino pretende revertir la decadencia del Imperio en vías de extinción a través del monoteísmo. Un solo Imperio, un solo Cesar, un solo Dios. Habiéndose decidido por el cristianismo, Constantino, primero; Teodosio, después, convocan sendos concilios para unificar el dogma. No obstante, pronto surgió una dificultad. No era suficiente echar mano del aparato conceptual de la metafísica platónico-aristotélica para construir un sistema. Había una dificultad que los filósofos griegos no habían tenido que sortear. La concepción lineal de la historia. ¿ Cómo concebir un orden del mundo si el mundo cambia, si no se repite, si el mundo, en síntesis, se desordena ?

Fue San Agustín quien formuló una teología, una cosmovisión religiosa a partir de la concepción lineal de la historia. En particular, el sabio de Hippona sometió el flujo de la temporalidad, la historia, a un plan previsto por la Divina Providencia. Así el mundo cambie, los cambios acontecen en determinada dirección. Si antes se creía en la existencia de un orden a-histórico, ahora se cree en la existencia de un orden temporal. San Agustín formuló, en síntesis, una filosofía de la historia.

Superado el desafío derivado de la concepción lineal de la historia, la metafísica enfrenta un nuevo desafío.

 

6. La subjetividad

Por medio de las cruzadas, primero; de los descubrimientos geográficos, después, Occidente toma conciencia del multiculturalis-mo. Aunque haya experiencias características de la condición humana como el amor, ellas distan de ser homogéneas cuando se asumen de variada manera. De allí no sólo se infiere el protagonismo del sujeto, sino además la multiplicación de las diferencias. Esto último entraría en contradicción con las filosofías metafísicas y las filosofías de la historia; para ellas no sólo hay un mundo, un Dios y una historia, sino además (en lo esencial) un solo hombre partícipe de la misma idea (Platón), la misma forma esencial (Aristóteles), creado con el mismo modelo, es decir, a imagen y semejanza de Dios, de acuerdo con el Génesis.

¿Cómo preservar el universalismo a pesar de la subjetividad, cómo hacerlo sin incurrir en el relativismo? No fue otro el reto asumido por filósofos como Descartes y Kant. Su respuesta no fue menos ingeniosa que categórica. Si bien el mundo para nosotros no le limita a ser un duplicado del mundo fuera de nosotros, cuando sería un mundo construido por nosotros; si bien nuestra mente no se limita a copiar el mundo, sino que participa en su construcción, para Descartes y Kant el léxico y los hábitos lingüísticos requeridos para tal fin serían universales, como las ideas innatas del primero, como las formas a priori puras del último. En la medida del uso correcto de nuestras facultades, los diferentes pueblos, los diferentes individuos, terminarían construyendo un mundo por lo menos compatible si no es que afín.

Si la subjetividad, en síntesis, se concibe como subjetividad trascendental, es decir, como subjetividad que trasciende lo particular, lo contingente, ella no sólo rima con el universalismo, cuando, además, le proporciona un nuevo filón. A partir de la subjetividad trascendental, concebida como fundamento del conocimiento, sería posible formular discursos para todos los hombre, hijos de un mismo Dios, habitantes de un mismo mundo, partícipes de una misma historia.

Superado el desafío derivado de la concepción lineal de la historia, superado el desafío derivado de la reivindicación de la subjetividad, la metafísica enfrenta un tercer desafío.

 

7. La ciencia matemática

La ciencia matemática surge:

1. De la aplicación de la matemática a los fenómenos físico-bióticos.

A diferencia de los fenómenos socio-culturales que contienen variables ocultas a la experimentación como sería las intenciones; las variables de los fenómenos físico-bióticos, en cambio, se pueden contar y medir en proporción a los avances de las técnicas exigidas para tal fin.

2. De la aplicación de la lógica al discurso científico.

Porque las fuerzas físicas, los elementos químicos, las especies biológicas están regidas por una rigurosa taxonomía, es posible la aplicación de una racionalidad apodíctica en el ámbito físico-biótico, como sería la aplicación de las reglas de inferencia de la lógica matemática para pasar de un enunciado a otro.

Porque asumimos diferentes roles, no sólo configuramos diferentes léxicos, sino además construimos diferentes mundos.

Frente al discurso lógico-matemático de la ciencia, el discurso rara vez matemático y no siempre lógico de la filosofía, no sólo se revela poco preciso (en cuanto sus asuntos las más de las veces no se pueden medir y en ocasiones ni siquiera contar), se revela, además, poco riguroso (cuando sus asuntos no están regidos por una rigurosa taxonomía). De allí que las investigaciones filosóficas hayan quedado en entredicho en numerosos frentes. Ello originó una reacción.

1. Los más de los filósofos procuraron reconvertir su discurso en un discurso regido por una racionalidad apodíctica, transmutando las palabras en conceptos, reduciendo el discurso al discurso lineal-proposicional, reconociendo en la lógica las reglas de tránsito del pensamiento. Sin embargo, los intentos por reconvertir el discurso filosófico fueron vanos. ¿Por qué? Porque la filosofía se ocupa del hombre y los episodios constitutivos de la existencia humana no están regidos por una rigurosa taxonomía. ¿Por qué? Porque el hombre es un ser histórico, un ser abierto a sus posibilidades, quien puede asumir diferentes roles, habilitar diferentes léxicos, construir diferentes mundos. De allí no sólo deriva el plurilingüismo del discurso,sino además la polisemia de las palabras, es decir, la ambigüedad y los dobles sentidos, en medio de los cuales encalla todo intento por aplicar la racionalidad apodíctica.

2. Debiendo abandonar los campos temáticos en los que no era posible la aplicación del estilo plano, en los que no era posible conjurar la polisemia de las palabras, el plurilingüismo del discurso, algunos filósofos redujeron su disciplina a una reflexión sobre la ciencia. De allí la conversión de la filosofía en epistemología.

Amparados en el universalismo de sus conceptos, en su rigurosa taxonomía, la epistemología hacía posible la supervivencia de la tradición metafísica. Sin embargo, pronto revelaría sus limitaciones. Con el tránsito del constructivismo al constructivismo radical en psicología, de la primera hermenéutica a la segunda en filosofía, se hizo evidente que no sólo el objeto se construye y reconstruye, sino que otro tanto acontece con el sujeto. Conceptos como el de subjetividad trascendental se hicieron anacrónicos.

Si bien la investigación científica se realiza sobre un ámbito como el físico-biótico regido por la ley de la regularidad de la naturaleza, y los resultados pudieran, en principio, reputarse universales más allá de cualquier duda razonable; la epistemología, en cambio, se ocupa de las operaciones intelectuales de un sujeto histórico, contingente, el hombre, y no estaría en condiciones de generalizar sus resultados.

El fracaso del estilo plano en filosofía, las limitaciones de la epistemología, testimonian el colapso de la metafísica, incapaz de emular con el rigor lógico-matemático de la ciencia. En lo sucesivo, no sólo se discuten las metafísicas, sino que además el léxico y los hábitos lingüísticos por medio de los cuales los metafísicos habían adelantando la construcción de mundo.

 

8. Los textos filosóficos

Porque en tiempos de la metafísica, de los sistemas, se requiere de un medio transparente para transmitir al lector los descubrimientos o las deducciones del filósofo de turno, los filósofos escriben tratados, es decir, discursos -se supone- regidos por una racionalidad apodíctica. No obstante, las dificultades no faltan.

1. La introducción de espacios entre palabra y palabra, la superación de la escritura continua hizo posible la lectura en voz baja, la lectura interiorizada, la cual no se agota en la decodificación del mensaje. Repensar lo leído, trascender su significado literal, interpretarlo, deja de ser una excepción para convertirse en hábito como ocurrió en la universidad medieval.

2. Con el invento de la imprenta de tipos móviles se hace posible el relevo de la lectura intensiva por la lectura extensiva. Porque en lo sucesivo el lector, que es también un intérprete, debe abordar una mayor cantidad y diversidad de textos, se multiplican las exigencias relativas a la formación intelectual.

De la concepción de la lectura como interpretación, de la exigencia de una formación intelectual en el lector, surgen drásticas mutaciones relativas a la construcción del mundo para nosotros. Lejos de estar regido por una rigurosa taxonomía, el mundo para nosotros, el entramado de significados y sentidos a través del cual transcurre la existencia, deriva del cruce, la superposición, la torsión, inclusive, de múltiples interpretaciones, realizadas desde diferentes perspectivas. Con el auge de los mass media, el fenómeno se hace todavía más evidente. Leemos en Vattimo:

La realidad, para nosotros, es más bien el resultado de cruzarse y «contaminarse» (…) las múltiples imágenes, interpretaciones, reconstrucciones que distribuyen los medios de comunicación en competencia mútua y, desde luego, sin coordinación «central» alguna (5).

¿Comprometidos los textos filosóficos con diferentes presupuestos, implicaría ello la caída en el relativismo? No necesariamente. Así abordar un texto desde un sistema de presupuestos diferente de aquel a partir del cual ha sido construido resulta problemático, es posible explicitar los implícitos del texto mediante un trabajo hermenéutico más o menos arduo, y evaluar no sólo su viabilidad, sino además su pertinencia en determinado contexto.

Aunque múltiples disputas filosóficas no han podido dirimirse para todos los contextos posibles, no por ello dejaríamos de registrar una serie de avances en la actividad filosófica. No sólo se han refutado las pretensiones universalistas de las metafísicas, las filosofías de la historia, las epistemologías, cuando, además, se han abandonado una serie de presupuestos hoy día reputados ingenuos. Ya no se considera el mundo para nosotros como fiel copia del mundo fuera de nosotros, sino como mundo construido. Ya no se concibe el mundo para nosotros como mundo construido a partir de unas ideas innatas, unas formas a priori puras, sino como mundo apalabrado.

Las metafísicas, las filosofías de la historia, las epistemologías constituyen un desvío del filosofar que sacrificó la fidelidad a su vocación por la fidelidad a una obra.

 

9. El giro lingüístico

Mientras el giro copernicano operado por Descartes en filosofía reivindicó para el sujeto las claves relativas a la construcción de mundo; el giro lingüístico las concreta en el lenguaje. Mientras el giro copernicano implica la no pasividad del sujeto en el proceso del conocimiento, el giro lingüístico implica la no neutralidad del lenguaje.

Lejos de verificar la existencia de un lenguaje universal, fiel expresión de un hipotético pensamiento puro abstraído de sus contextos, de sus usos, filósofos como Wittgenstein han asumido la diversidad de juegos del lenguaje, filósofos como Heidegger, quien habiendo dicho que el habla es la casa del ser, reivindica la diversidad de casas -de familias lingüísticas, como sería el indoeuropeo, de una parte, y las familias lingüísticas del extremo Oriente (6), la sino-tibetana y la altaica, de otra parte-, y los lingüistas, por último, han registrado la diversidad de léxicos.

Lejos de ser artificial, la diversidad de léxicos responde a la diversidad de roles. De allí la afinidad entre el lenguaje conceptual habilitado para expresar los universales y la experimentación del ámbito físico-biótico, de una parte; entre las figuras literarias habilitadas para expresar las diferencias y la experimentación del ámbito socio-cultural, de otra parte. Ello no es todo.

Un determinado lenguaje, un determinado léxico, bien puede solapar determinados atributos, distorsionar determinadas experiencias, obstruir su impacto en la sociedad, inclusive. A ello se refiere Bruner en los siguientes términos:

(…) en el núcleo de cualquier cambio social es posible encontrar transformaciones fundamentales de nuestras concepciones del conocimiento, del pensamiento y del aprendizaje cuya realización se ve impedida y distorsionada por el modo en que empleamos el lenguaje al hablar acerca del mundo y de las actividades mentales mediante las cuales los seres humanos intentan enfrentarse a él (7).

Porque asumimos diferentes roles, no sólo configuramos diferentes léxicos, sino además construimos diferentes mundos. No obstante, es menester hacer la siguiente precisión.

Aunque no haya propuestas válidas para todos los mundos posibles, así no haya un léxico en condiciones de erigirse en medida de todos los demás como pretendía la metafísica, no necesariamente incurrimos en el todo vale del relativismo o en el nada vale del nihilismo. No sólo porque -en un contexto, en un mundo dado- unas propuestas son más pertinentes, más eficaces que otras, sino además porque determinado léxico puede ser más idóneo que otro para efecto de expresarles.

Conclusión

Las metafísicas, las filosofías de la historia, las epistemologías constituyen un desvío del filosofar que sacrificó la fidelidad a su vocación por la fidelidad a una obra. No obstante, casi dos milenios y medio después la situación empieza a revertir, cuando no solo se concibe el mundo como mundo en construcción, cuando se reivindica, además, la no neutralidad de las vías por medio de las cuales adelantamos su construcción, es decir, la no neutralidad del lenguaje. Algunas consecuencias:

1. Porque el mundo para nosotros es un mundo apalabrado, el proceso educativo no debería limitarse a la transmisión de la tradición, ni siquiera a la construcción de un sujeto en condiciones de enriquecer la tradición, cuando, además, debe habilitar sujetos en condiciones de repensar el entramado de significados y sentidos en medio de los cuales transcurre su existencia, sus presupuestos, inclusive.

2. Porque el mundo para nosotros es un mundo apalabrado, la formulación de teorías verdaderamente revolucionarias implicaría en mayor o menor medida habilitar un nuevo léxico y -en caso extremo- unos nuevos hábitos lingüísticos, si no como la condición suficiente para su aplicación, si por lo menos como su condición necesaria.

 

NOTAS

(1) ELIADE, Mircea. Lo sagrado y lo profano. Madrid: Guadarrama, 1973. p. 135

(2) Conversación con HEIDEGGER (Tomado del No. 954-20-26 de octubre de 1969 del «Express»). En Revista «Ideas y Valores», No. 35-7. Bogotá: Universidad Nacional, 1970. p. 92

(3) BEAUFRET, Jean. Al encuentro de Heidegger. Caracas: Monte Avila, 1993. p. 78

(4) Conversación con HEIDEGGER (Tomado del No. 954-20-26 de octubre de 1969 del «Express»). En Revista «Ideas y Valores», No. 35-7. Bogotá: Universidad Nacional, 1970. p. 93

(5) VATTIMO, Gianni. Posmodernidad: ¿Una sociedad transparente?. En: VATTIMO, G. y otros. En torno a la posmodernidad. Barcelona: Anthropos, 1994. p. 15

(6) HEIDEGGER, Martin. De un diálogo acerca del habla. En: De camino al habla. Barcelona: Serbal-Guitard, 1990. p. 83

(7) BRUNER, Jerome. El lenguaje de la educación. En: Acción, pensamiento y lenguaje. Madrid: Alianza, 1998. p. 197


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