"La virgen de los sicarios:
El sagrado infierno
de Fernando Vallejo"
César Valencia Solanilla
El éxito y escándalo que generan
algunos filmes basados en obras literarias por lo general
dejan al margen el análisis y la valoración de éstas como
obras artísticas. Tal es el caso de La Virgen de los sicarios,
del escritor antioqueño Fernando Vallejo, ya que la pelicula
dirigida por Barbet Schroeder con guión del escritor ha
desatado una gran polémica, sin que se evidencie un amplio
estudio de la novela en su dimensión literaria. En este
artículo se analiza la novela de Vallejo desde la perspectiva
simbólica, su visión de mundo y su lenguaje poético que
son núcleos fundamentales como obra artística.
En las puertas del infierno
Como territorio de Luzbel, el ángel
transgresor, el infierno es un lugar sagrado en el que de
acuerdo al dogma religioso judeocristiano, van a padecer eternamente
las almas de los pecadores. El infierno representa el espacio
del sufrimiento, el dolor, el fuego, la enfermedad y la tradición
católica lo ha perpetuado como el mundo del diablo y sus demonios,
es decir, la antítesis del cielo con sus ángeles, su dios,
su luz y paz inagotable. Como se trata de imágenes de un simbolismo
muy fuerte, el cielo parece inalcalzable, etéreo, distante
al hombre, el reino infinito de Dios, mientras que el infierno
se asocia más a la vida, que está llena dolor, sufrimiento
y soledad, el reino también infinito del Demonio. Nada más
próximo al infierno católico que la vida en la tierra, lugar
de pasaje y de padecimiento. De modo que los lugares comunes
que va construyendo el idioma sobre estos espacios sagrados
no son sino símbolos de la historia y su contingencia: las
guerras, la muerte, la sangre, la violencia, la orfandad,
la injusticia, el mal se asocian al infierno por su poderosa
carga de vida; la justicia, el bien, la ensoñación, el más
allá, lo etéreo, la bondad, al cielo. Pero el lugar común
nos dice que vivimos en un infierno.
La literatura contemporánea, tal vez
más que nunca, se ha encargado de revelar ese infierno de
desolación que es la vida humana, condenada de antemano a
sucumbir en medio del derrumbamiento y la ausencia de futuro.
Y en particular la novela colombiana de final del siglo XX
-abandonada ya la sugestiva pero a veces fácil fascinación
por lo mítico y lo mágico- ha encarado con firmeza, desde
diferentes ángulos, la representación de ese infierno que
es nuestra vida cotidiana. Uno de los escritores que con mayor
énfasis y talento expresivo ha logrado poner al desnudo las
entrañas de la vida urbana en Colombia, con un lenguaje descarnado
y brutal pero al mismo tiempo cargado de poesía, es el antioqueño
Fernando Vallejo, poseedor de una amplia bibliografía como
narrador, biógrafo, crítico, ensayista y cinematografista(1).
Medellín, su ciudad y Colombia, su
país, constituyen el sagrado infierno de Vallejo, el espacio
de su narrativa, que en su conjunto significativamente se
llama El río del tiempo y que como en Proust, acude a la evocación
de la infancia como manera de recuperar el tiempo pasado y
nombrar el presente. Y quizás sea en su última novela, La
virgen de los sicarios, en donde mejor se condensa esta forma
tan peculiar de revelar la realidad y presentar una visión
del mundo signada por el desarriago y la soledad.
La virgen de los sicarios es
una novela sobre el regreso de un intelectual, Fernando, a
la ciudad de su infancia -Medellín- después de muchos años
de ausencia, y del encuentro con una metrópoli compleja, caótica,
violenta, moderna, que ya no es ni la sombra de lo que él
conociera al partir. También es una novela sobre el amor(2),
la soledad, el desarraigo, la muerte, un diálogo intertextual
con la literatura y la historia, una crítica descarnada de
nuestro pasado y nuestro presente: ensayo, crónica, autobiografía,
pastiche, panfleto, poesía, pero ante todo una obra de arte.
Una novela a la manera sartreana, que posibilita una lectura
totalizadora de la realidad, que hace de la realidad una ficción
literaria y que como obra literaria es una revelación problemática
del mundo.
En su aspecto formal, la obra está
estructurada como un largo monólogo del personaje principal,
al través del cual se revelan las voces de otros personajes,
en especial sus amantes, los adolescentes sicarios Alexis
y Wilmar, auténticos ángeles exterminadores en la ciudad de
Medellín. Con una voluntad autoreferencial expresa -quien
narra se llama Fernando, es gramático, un intelectual que
ha vivido muchos años fuera de Colombia, hijo de familias
respetables en su tierra, homosexual, inconoclasta, anticlerical,
etc.- la novela de Vallejo es un gran alegato contra los falsos
mitos de nuestra identidad cultural, las instituciones religiosas,
políticas, sociales, mediante una voz en primera persona que
increpa radicalmente, furiosamente contra todo, develando
y revelando duras verdades de nuestro pasado y nuestro presente.
El estilo es el mismo de las otras novelas que conforman El
río del tiempo: narración escueta, realismo, referentes
históricos precisos tanto en los espacios como en las personas,
breves disgresiones a manera de ensayo, evocaciones infantiles,
ensoñación poética y un cuidadoso trabajo de lenguaje que
integra de manera talentosa la oralidad al contexto, para
lograr plenamente la verosimilitud como obra de arte.
| Con una fina ironía se
plantea el sentido paradójico de la noción del pecado
para los sicarios, en un mundo en donde la vida humana
ha perdido su valor y las fronteras morales y religiosas
se han enrevesado y confundido al extremo(...) |
Simbolismos
Unas veces con carácter explícito
en medio del desenfado, otras de manera implícita en las ensoñaciones,
la novela acude a los símbolos para hacer énfasis en aspectos
significativos que a la vez funcionan como núcleos estructurantes.
Estos símbolos tienen una gran eficacia desde el punto de
vista literario, pues facilitan la plurisignificación y la
ambigüedad, al tiempo que cuestionan mordazmente lo que han
representando como metáforas gastadas en la tradición cultural.
De imágenes y transgresiones
Correspondiendo al interés por el
lenguaje cifrado en medio del estruendo y de la muerte, la
obra está cargada de connotaciones simbólicas religiosas,
relacionadas con objetos y espacios casi familiares en Colombia,
como la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, muy propio de
los hogares populares católicos, y de espacios sagrados como
las iglesias.
Así por ejemplo, la imagen de la violencia
y de la sangre, desde un comienzo es relacionada con el ícono
religioso católico del Corazón de Jesús: el corazón
desgarrado de Jesús representa la sangre derramada en la violencia
de una sociedad que parece condenada a devorarse a sí misma,
siendo paradójico sin embargo que por razones de poder y de
Estado, la nación colombiana está consagrada a esta imagen:
A él está consagrada Colombia,
mi patria. El es Jesús y se está señalando el corazón sangrando:
goticas de sangre rojo vivo, encendido, como la candileja
del globo: es la sangre que derramará Colombia, ahora y
siempre, por los siglos de los siglos amén (3)
Este corazón y esta sangre, también
remiten en el texto a un globo rojo de la infancia, a la época
de la inocencia, al aire y la libertad para hacer más interesante
la correlación simbólica, en la medida en que es ambigua y
está enmarcada en el presente eterno de nuestra historia,
siempre desangrándose, siempre violenta, como la invocación
religosa.
En lo que respecta a las iglesias,
la novela no sólo enumera sino describe brevemente muchas
de las iglesias de Medellín, a las que Fernando insistentemente
acude para hacerlas conocer de sus amantes sicarios, mostrando
no sólo la belleza de sus imágenes, sus altares y sus naves
silenciosas, sino increpando por la profanación paulatina
en que han ido cayendo estas lugares por parte de mendigos,
traficantes de drogas, vagabundos y ladrones. Como si quisiera
ampliar el simbolismo mismo del título, que remite a la imagen
de María Auxiliadora existente en la iglesia de Sabaneta en
donde van los sicarios a pedir a la virgen que los ayude a
salir bien librados de sus horrendos crímenes -que es un contrasentido
desde la esfera de lo sacro y por eso es tan fuerte su carga
transgresora y blasfema- la novela muestra, explica, revela
con un lenguaje muy cuidadoso, esa belleza perdida en el silencio
y el abandono de estos sitios tan estimados antaño por la
feligresía y hoy casi siempre cerrados por temor a los sacrilegios
y la depredación. De este modo, las iglesias representan el
recogimiento, la soledad, el lugar del rito para sentir con
pesadumbre el vacío de Dios en medio de la catástrofe social,
pues allí va siempre Fernando abrumado por la violencia pero
cómplice con su inanidad.
Los rituales de la confesión y la
oración tienen igualmente un sentido simbólico interesante
en el texto de Vallejo, pues la perspectiva que se asume es
el de la transgresión moral y religiosa. Con una fina ironía
se plantea el sentido paradójico de la noción del pecado para
los sicarios, en un mundo en donde la vida humana ha perdido
su valor y las fronteras morales y religiosas se han enrevesado
y confundido al extremo: los sicarios son devotos de la Virgen
de Sabaneta y van en tumultuosas peregrinaciones los martes
a orar y pedirle a la virgen que los socorra en sus asesinatos;
se confiesan avergonzados porque se acuestan con la novia,
pero no de sus homicidios, porque consideran que este pecado
únicamente lo comete quien manda matar; se refugian en las
iglesias para agradecer por sus crímenes, que son simples
«trabajitos»; se cuelgan escapularios en el cuerpo en los
sitios claves del asesino -el corazón que siente, el brazo
que dispara, el pie que corre y se apoya en la moto- como
talismanes para la buena suerte.
(...) El murmullo de las oraciones
subía al cielo como un zumbar de colmena. La luz de afuera
se filtraba por los vitrales para ofrecernos, en imágenes
multicolores, el espectáculo perverso de la pasión: Cristo
azotado, Cristo caído, Cristo crucificado. Entre la multitud
anodina de viejos y viejas busqué a los muchachos, los sicarios,
y en efecto, pululaban.(p. 16-17).
Es la expresión escueta de una desfachatez
moral que se ha gestado en la confusión de valores, la fugacidad
de la vida, la teología del terror, con una especie de neutralidad
gris del asesino frente al «confort metafísico» que pueda
brindar la ejecución del mal con la protección divina. Si
Alexis, Wilmar y los demás asolescentes sicarios padecen de
«vacío existencial» es por la angustia irracional de la permanencia
en el instante pues no hay mañana posible, o si la hay, es
absolutamente incierta. De allí que este vacío busque llenarse
con la música, el ruido, el aturdimiento, la muerte, ya que
la muerte es el regreso a ese vacío que se ha hecho realidad
en la vida y con la vida: las oraciones no alcanzan a Dios,
se quedan apenas en el murmullo de la iglesia de Sabaneta.
El abrazo de Judas
Con similar intención respecto de
los simbolismos religiosos, Fernando Vallejo expresa en su
novela que Medellín es «el abrazo de Judas», porque allí se
funden de manera explícita dos realidades principales: la
ciudad de abajo y la de las comunas, la del valle y la de
las laderas, la que parece dormir tranquilla en espléndido
espectáculo nocturno de un pesebre navideño y la diurna agitada,
metropolitana, violenta, turbulenta, irredenta. La ciudad
es el espacio narrativo mayor, lugar de la desperanza y del
amor, de Dios y el Diablo, que abre y cierra sus brazos apocalípticos,
dejando que la vida y la muerte transcurran incesantes, de
ida y vuelta. La novela, en este sentido, es una de las más
intensas obras literarias sobre la ciudad de Medellín:
(...) mi Medellín, la capital del
odio, corazón de los vastos reinos de Satanás (...) Medellín
son dos ciudades: la de abajo, intemporal, en el valle;
y la de arriba en las montañas, rodeándola. El abrazo de
Judas. Esas barriadas circundantes levantadas sobre las
laderas de las montañas son las comunas, la chispa y leña
que mantienen encendido el fogón del matadero (p. 96)
De modo que Medellín es un símbolo
neutro, como su nombre, que la obra nos recuerda, no es masculino
ni femenino. A ella ha venido Fernando a morir, con ganas
de morir, para ver morir, sintiendo que todo lo que mira y
nombra de tan real parece inverosímil: el país entero, pero
sobre todo su ciudad, padecen del cáncer acelerado de la muerte,
que todo lo engulle con la eficacia del canibalismo colectivo:
no otra cosa podía esperarse, de acuerdo al planteamiento
explícito de la novela, de una sociedad hipócrita, embustera,
leguleya y camandulera. La requisitoria en lo político, ideológico
y social es contundente, sin que queden títeres sin cabeza,
sin miramientos ni concesiones, porque el discurso pretende
y logra revelar las raíces más profundas de este desquiciamiento
del cual todos son cómplices, víctimas y verdugos.
El nihilismo como una de las bellas
artes
Nadie escapa esta requisitoria del
protagonista que con su lengua afilada cuestiona todo con
un radicalismo sin aliento, ya que se asume como conciencia
crítica de la sociedad desde la perspectiva del nihilismo,
haciendo énfasis en la iglesia, los políticos, los pobres,
las mujeres, los falsos valores morales y religiosos, las
costumbres, las creencias, en fin, todo aquello que puede
configurar lo que denomina la identidad cultural colombiana.
Y lo hace sin concesiones, con un
verbo encendido y furioso como lo hiciera en el pasado el
olvidado José María Vargas Vila, sin caer en panfleto, sino
como recurso narrativo para dar más énfasis a la posición
ideológica y existencial de personaje protagónico respecto
de la tradición y del presente de Colombia. En este sentido,
la novela es un ensayo descarnado sobre nuestra realidad que
en algunos apartes pareciera tomar los matices del testimonio
por la precisión y concreción de los referentes históricos.
Las clases sociales, los partidos políticos, los presidentes
y expresidentes, los cardenales, las preferencias populares,
todo lo que de una forma u otra represente el «establecimiento»,
no escapa a la mirada inquisidora del escritor que se asume
como conciencia crítica nihilista.
| La evocación poética refuerza
la sensación de desmoronamiento presente, pues ahonda
la distancia entre la placidez inocente del ayer y el
infierno cotidiano en que se implica a su regreso a la
ciudad de la infancia, ahora transformada en un caos. |
Los campesinos, los desplazados, los
marginales, los pobres, con una fuerte dosis clasista en ese
manto nihilista, son vistos desde una excluyente condición
infrahumana, como hordas que sólo buscan reproducirse para
engrosar los cordones de miseria:
No hay plaga mayor sobre el planeta
que el campesino colombiano, no hay alimaña más dañina,
más mala. Parir y pedir, matar y morir, tal su miserable
sino (p. 98).
La «raza» antioqueña, esa que tanto
ha sido contada y cantada por la retórica regional como forjadora
del progreso, el trabajo y el valor, es presentada como una
entelequia falaz que ha vivido del engaño y es el símbolo
de la nación colombiana:
Españoles cerriles, indios ladinos,
negros agoreros: cúentelos en el crisol de la cópula a ver
qué explosión no le producen con todo y la bendición del
papa. Sale una gentuza tranposa, ventajosa, perezosa, envidiosa,
mentirosa, asquerosa, traicionera y ladrona, asesina y pirómana.
Esa es la obra de España la promiscua, eso lo que no dejó
cuando se largó con el oro. Y un alma clerical y tinterilla,
oficinesca, fanática del incienso y el papel sellado
(p. 106).
El viaje a la desolación
Si aceptamos que viajar es moverse,
ir de un sitio a otro, volver, irse, La virgen de los sicarios
es una novela también sobre el viaje: el de la muerte y la
desolación. El personaje viene a la ciudad de su infancia,
Medellín, a morir ya viejo y cansado, pero no muere físicamente
aunque sí espiritualmente y es testigo de toda clase de asesinatos,
miserias y depredaciones. Al final de la novela y para enfatizar
en la idea del viaje, Fernando regresa a la estación de buses,
revelándonos una imagen abierta del deambular para ninguna
parte, cuando ya se ha perdido todo el interés por la vida
con la muerte de su segundo amante, Wilmar, a quien ha dejado
en el anfiteatro. Este viaje a la desolación personal permanente
se ilumina a veces a través del amor, pero tiene la misma
intensidad y fugacidad de sus amantes, que mueren muy rápido,
dejándolo solitario pero también dispuesto a nuevos encuentros,
porque se trata de agotar la vida en el exceso, en la plenitud
del disfrute sin sentido de los sentidos aquí y ahora, ya
que mañana es el silencio. Javier H. Murillo, en un interesante
ensayo sobre la vida y la obra del escritor antioqueño así
lo plantea:
Al escribir Vallejo encuentra,
entonces, un desgarramiento que lo arrastra hacia adentro,
muy al fondo de su memoria, para tratar de dar sentido al
viaje, a la aventura interna que lo hace extranjero en cualquier
parte del mundo. Quiere hablar porque no está satisfecho,
porque no se puede quedar callado y porque su voz, nostálgica
e irreverente al mismo tiempo, a medida que cuenta, se va
haciendo búsqueda. Búsqueda de nada concreto, su prosa es
ociosa y elocuente con la misma intensidad; búsqueda sin
respuestas porque para él las soluciones apestan como mentiras
(4) .
Ese viaje a la desolación es el itinerario
existencial límite de un hombre que no cree en nada, que ni
siquiera con el amor logra romper la soledad, porque parece
estar destinado a testimoniar y no a cambiar, a padecer en
lugar de avanzar hacia algún destino: es cul de sac
existencialista como forma de evasión o de conciencia crítica
nihilista frente a la realidad, en donde el lenguaje verbal
da vueltas sobre sí mismo, nombra el mundo y se esfuma a la
manera de testimonio poético de esa desolación.
El lenguaje poético
Uno de los mayores aciertos de esta
novela de Vallejo es el lenguaje, que puede analizarse desde
diferentes perspectivas: como instrumento para la ensoñación
poética referida principalmente a la infancia y la naturaleza,
como mediación ante la brutalidad del mundo que narra y como
ejercicio lúdico de confrontación entre la oralidad y la escritura.
- La ensoñación poética: Las
descripciones de hechos violentos permanentemente están matizados
o neutralizados por evocaciones poéticas de la infancia del
protagonista, por lo general referidas al ambiente natural,
como el río Cauca «el río de mi niñez que tiene una «u»
en medio. Ese río es como yo, siempre el mismo en su permanencia
yéndose» (p. 35). La evocación poética refuerza la sensación
de desmoronamiento presente, pues ahonda la distancia entre
la placidez inocente del ayer y el infierno cotidiano en que
se implica a su regreso a la ciudad de la infancia, ahora
transformada en un caos.(5)
Estas evocaciones algunas veces se
hacen a manera de plegarias con una carga lastimera en busca
del tiempo ausente de la infancia: Virgencita mía de Sabaneta,
que vuelva a ser yo el que fui de niño, uno solo. Ayúdame
a juntar las tablas del naufragio (p. 36)
Es una conciencia del desastre y la
inutilidad por la fragmentación del ser, que ahora no es uno
solo, sino muchos, de tal forma que se tiene conciencia de
la pérdida de la integralidad: la infancia representa en el
recuerdo la unicidad del ser aún no perturbado por ese sentido
de ruptura, tan propia de la modernidad; y el presente, es
decir, la vejez, un rescoldo sin esperanza, sumido en el desarraigo:
«Yo ya no soy yo, Virgencita mía, tengo el alma partida»
(p. 36)
Pero no sólo el territorio de la infancia
es el de la evocación: también algunos elementos de la naturaleza,
como los pájaros, las montañas, el viento, el cielo de Medellín,
continuamente son contrastados con la agresividad y la violencia
del presente, de tal forma que funcionan como núcleos simbólicos
que se evocan para conferirle al relato un particular acento
poético.
Los gallinazos, por ejemplo, son presentados
en la belleza de su vuelo en círculo, como símbolos de la
pureza y «la existencia de Dios», ellos que como el demonio
han sido estigmatizados por la tradición como presagios funestos
de la muerte:
¡Mírenlos sobre el cielo de Medellín
planeando! Columpiándose en el aire, desflecando nubes,
abanicando el infinito azul con su aleteo negro (...)
(...) vuelan los gallinazos con sus
plumas negras, con sus almas limpias sobre el valle, y son,
como van las cosas, la mejor prueba que tengo de la existencia
de Dios (p. 54)
La imagen del gallinazo planeando
sobre el cielo de Medellín fascina a Fernando como símbolo
de la libertad en la muerte, por el color negro de su cuerpo
contrastando contra el azul. En la libertad del vuelo del
gallinazo, que se alimenta de carroña y limpia la tierra de
impurezas, se condensa el anhelo de Fernando y de sus ángeles
exterminadores, de sus niños sicarios, que cumplen la terrible
misión de demolición de la vida humana. Al final de la novela,
cuando el narrador llega a la terminal de transporte para
emprender su viaje a ningunaparte, esa imagen adquiere de
nuevo una gran expresividad simbólica, al relacionarse con
el destino último al que aspira este hombre atormentado por
la vida e impasible ante la muerte: Yo pienso que es mejor
acabar como un ave espléndida surcando el cielo abierto que
como un gusano asqueroso asfixiado (p. 141)
| Es la lúdica del lenguaje
literario, que refuerza la virtualidad del mundo que nombra
al tiempo que dialoga con la tradición, hace alusiones
intertextuales y revela un sentido oculto de las palabras
en sus contextos. |
- La mediación del lenguaje literario:
Si en esta novela no se presentara la mediación del lenguaje
poético, la crudeza de las acciones sería insoportable y se
caería en truculencia. Por eso en el relato, que unas veces
está matizado por la crónica, las descripciones, las introspecciones
del narrador y casi siempre luego de alguna acción despiadada,
risible o grotesca, se presenta la mediación de la palabra
poética para neutralizar el sentido absurdo de la existencia.
Alexis decide «matar» al presidente de la república, que habla
en la televisión, vaciándole los cinco tiros del tambor de
su revólver, y el televisor callará entonces para siempre,
como lo hizo cuando destrozaron la casetera, para que retorne
el silencio, la paz que anhela el narrador en el espacio semivacío
de su apartamento: (...) Después silencio, silencio en
mis noches calladas que están cantando las cigarras, arrullándome
el oído con su eterna canción, que oyó Homero. (p. 42)
La muerte de Alexis, que al desplomarse
llama a Fernando despiéndose de la vida, significa el desplome
definitivo y las dulces y lastimeras frases de amor se escurren
como lágrimas al narrar la manera como es esfuma su vida:
(...) Después se desbarrancó por
el derrumbadero eterno, sin fondo. Jirones de frases y colores
siguieron, rasgados, barridos en el instante fugitivo (...)
mi niño de desplomó: dejó el horror de la vida para entrar
en el horror de la muerte. Fue solo un tiro certero, en
el corazón. Creemos que existimos, pero no, somos un espejismo
de la nada, un sueño de basuco (p. 92)
- Oralidad vs. escritura: En
la novela se revela el dominio y la plasticidad del lenguaje
literario, que funciona en su plurisignificación, sin pretensiones
academicistas ni retóricas. Por el contrario, se busca insistentemente
la alteración de los cánones tradicionales, mediante artificios
narrativos muy bien logrados: la oralidad proveniente del
tono coloquial en que está contada la obra con la ensoñación
poética, la crítica virulenta a la retórica gastada del «bien
decir» con la procacidad del lenguaje de las comunas de Medellín,
la introducción de colombianismos del argot sicarial
con la explicación contextual de su significado para el lector
no avezado, como si se tratara de una lección de pragmática
del lenguaje que está dictando entre líneas el protagonista,
gramático de profesión -Vallejo es autor de un notable libro
de gramática- y conocedor de los trucos verbales de la ironía
lingüística.
Es la lúdica del lenguaje literario,
que refuerza la virtualidad del mundo que nombra al tiempo
que dialoga con la tradición, hace alusiones intertextuales
y revela un sentido oculto de las palabras en sus contextos.
Para enfatizar en la placidez del silencio, que es tan ajena
al personaje por la algarabía de la ciudad, acude al empleo
de la diéresis que alarga el sonido de la vocal y produce
la sensación de alargamiento fónico:
¡Qué delicia viajar entre el ruido
del silencio! El süave rüido de afuera entraba por una ventanilla
del taxi y salía por la otra purificado de agresiones personales,
como filtrado por el silencio de adentro (p. 58)
Para referir la muerte del célebre
capo del narcotráfico Pablo Escobar, emplea exquisitos giros
idiomáticos arcaicos, como si quisiera teñir de un color también
exquisito un hecho muy importante de la historia reciente:
(..) Dos tiros le pegaron, por
el su lado izquierdo: uno por el su cuello, otro por la
su oreja (p. 71)
¿Un sueño de basuco?
Novela de contrastes, profanaciones,
truculencias, herética, apabullante, apasionante, terrible,
lúdica, voluptuosa, poética, La virgen de los sicarios
es el testimonio de la barbarie y el desenfreno de una sociedad
enferma, una obra literaria significativa en las letras colombianas
que gracias al cuidadoso trabajo del lenguaje, a sus connotaciones
intertextuales (Vallejo deja ver entre líneas sus preferencias
literarias por Rimbaud, Baudelaire, Verlaine, Nerval, Céline,
Rulfo, Barba Jacob y otros) y al carácter sugestivo de su
propuesta artística, revela en su cruel verdad, como si fuera
un rito exorcista, un mundo casi irreal de lo real: Medellín,
un sueño de basuco.