"La virgen de los sicarios:

El sagrado infierno de Fernando Vallejo"

César Valencia Solanilla

 

El éxito y escándalo que generan algunos filmes basados en obras literarias por lo general dejan al margen el análisis y la valoración de éstas como obras artísticas. Tal es el caso de La Virgen de los sicarios, del escritor antioqueño Fernando Vallejo, ya que la pelicula dirigida por Barbet Schroeder con guión del escritor ha desatado una gran polémica, sin que se evidencie un amplio estudio de la novela en su dimensión literaria. En este artículo se analiza la novela de Vallejo desde la perspectiva simbólica, su visión de mundo y su lenguaje poético que son núcleos fundamentales como obra artística.

 

En las puertas del infierno

Como territorio de Luzbel, el ángel transgresor, el infierno es un lugar sagrado en el que de acuerdo al dogma religioso judeocristiano, van a padecer eternamente las almas de los pecadores. El infierno representa el espacio del sufrimiento, el dolor, el fuego, la enfermedad y la tradición católica lo ha perpetuado como el mundo del diablo y sus demonios, es decir, la antítesis del cielo con sus ángeles, su dios, su luz y paz inagotable. Como se trata de imágenes de un simbolismo muy fuerte, el cielo parece inalcalzable, etéreo, distante al hombre, el reino infinito de Dios, mientras que el infierno se asocia más a la vida, que está llena dolor, sufrimiento y soledad, el reino también infinito del Demonio. Nada más próximo al infierno católico que la vida en la tierra, lugar de pasaje y de padecimiento. De modo que los lugares comunes que va construyendo el idioma sobre estos espacios sagrados no son sino símbolos de la historia y su contingencia: las guerras, la muerte, la sangre, la violencia, la orfandad, la injusticia, el mal se asocian al infierno por su poderosa carga de vida; la justicia, el bien, la ensoñación, el más allá, lo etéreo, la bondad, al cielo. Pero el lugar común nos dice que vivimos en un infierno.

La literatura contemporánea, tal vez más que nunca, se ha encargado de revelar ese infierno de desolación que es la vida humana, condenada de antemano a sucumbir en medio del derrumbamiento y la ausencia de futuro. Y en particular la novela colombiana de final del siglo XX -abandonada ya la sugestiva pero a veces fácil fascinación por lo mítico y lo mágico- ha encarado con firmeza, desde diferentes ángulos, la representación de ese infierno que es nuestra vida cotidiana. Uno de los escritores que con mayor énfasis y talento expresivo ha logrado poner al desnudo las entrañas de la vida urbana en Colombia, con un lenguaje descarnado y brutal pero al mismo tiempo cargado de poesía, es el antioqueño Fernando Vallejo, poseedor de una amplia bibliografía como narrador, biógrafo, crítico, ensayista y cinematografista(1).

Medellín, su ciudad y Colombia, su país, constituyen el sagrado infierno de Vallejo, el espacio de su narrativa, que en su conjunto significativamente se llama El río del tiempo y que como en Proust, acude a la evocación de la infancia como manera de recuperar el tiempo pasado y nombrar el presente. Y quizás sea en su última novela, La virgen de los sicarios, en donde mejor se condensa esta forma tan peculiar de revelar la realidad y presentar una visión del mundo signada por el desarriago y la soledad.

La virgen de los sicarios es una novela sobre el regreso de un intelectual, Fernando, a la ciudad de su infancia -Medellín- después de muchos años de ausencia, y del encuentro con una metrópoli compleja, caótica, violenta, moderna, que ya no es ni la sombra de lo que él conociera al partir. También es una novela sobre el amor(2), la soledad, el desarraigo, la muerte, un diálogo intertextual con la literatura y la historia, una crítica descarnada de nuestro pasado y nuestro presente: ensayo, crónica, autobiografía, pastiche, panfleto, poesía, pero ante todo una obra de arte. Una novela a la manera sartreana, que posibilita una lectura totalizadora de la realidad, que hace de la realidad una ficción literaria y que como obra literaria es una revelación problemática del mundo.

En su aspecto formal, la obra está estructurada como un largo monólogo del personaje principal, al través del cual se revelan las voces de otros personajes, en especial sus amantes, los adolescentes sicarios Alexis y Wilmar, auténticos ángeles exterminadores en la ciudad de Medellín. Con una voluntad autoreferencial expresa -quien narra se llama Fernando, es gramático, un intelectual que ha vivido muchos años fuera de Colombia, hijo de familias respetables en su tierra, homosexual, inconoclasta, anticlerical, etc.- la novela de Vallejo es un gran alegato contra los falsos mitos de nuestra identidad cultural, las instituciones religiosas, políticas, sociales, mediante una voz en primera persona que increpa radicalmente, furiosamente contra todo, develando y revelando duras verdades de nuestro pasado y nuestro presente. El estilo es el mismo de las otras novelas que conforman El río del tiempo: narración escueta, realismo, referentes históricos precisos tanto en los espacios como en las personas, breves disgresiones a manera de ensayo, evocaciones infantiles, ensoñación poética y un cuidadoso trabajo de lenguaje que integra de manera talentosa la oralidad al contexto, para lograr plenamente la verosimilitud como obra de arte.

Con una fina ironía se plantea el sentido paradójico de la noción del pecado para los sicarios, en un mundo en donde la vida humana ha perdido su valor y las fronteras morales y religiosas se han enrevesado y confundido al extremo(...)

 

Simbolismos

Unas veces con carácter explícito en medio del desenfado, otras de manera implícita en las ensoñaciones, la novela acude a los símbolos para hacer énfasis en aspectos significativos que a la vez funcionan como núcleos estructurantes. Estos símbolos tienen una gran eficacia desde el punto de vista literario, pues facilitan la plurisignificación y la ambigüedad, al tiempo que cuestionan mordazmente lo que han representando como metáforas gastadas en la tradición cultural.

 

De imágenes y transgresiones

Correspondiendo al interés por el lenguaje cifrado en medio del estruendo y de la muerte, la obra está cargada de connotaciones simbólicas religiosas, relacionadas con objetos y espacios casi familiares en Colombia, como la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, muy propio de los hogares populares católicos, y de espacios sagrados como las iglesias.

Así por ejemplo, la imagen de la violencia y de la sangre, desde un comienzo es relacionada con el ícono religioso católico del Corazón de Jesús: el corazón desgarrado de Jesús representa la sangre derramada en la violencia de una sociedad que parece condenada a devorarse a sí misma, siendo paradójico sin embargo que por razones de poder y de Estado, la nación colombiana está consagrada a esta imagen:

A él está consagrada Colombia, mi patria. El es Jesús y se está señalando el corazón sangrando: goticas de sangre rojo vivo, encendido, como la candileja del globo: es la sangre que derramará Colombia, ahora y siempre, por los siglos de los siglos amén (3)

Este corazón y esta sangre, también remiten en el texto a un globo rojo de la infancia, a la época de la inocencia, al aire y la libertad para hacer más interesante la correlación simbólica, en la medida en que es ambigua y está enmarcada en el presente eterno de nuestra historia, siempre desangrándose, siempre violenta, como la invocación religosa.

En lo que respecta a las iglesias, la novela no sólo enumera sino describe brevemente muchas de las iglesias de Medellín, a las que Fernando insistentemente acude para hacerlas conocer de sus amantes sicarios, mostrando no sólo la belleza de sus imágenes, sus altares y sus naves silenciosas, sino increpando por la profanación paulatina en que han ido cayendo estas lugares por parte de mendigos, traficantes de drogas, vagabundos y ladrones. Como si quisiera ampliar el simbolismo mismo del título, que remite a la imagen de María Auxiliadora existente en la iglesia de Sabaneta en donde van los sicarios a pedir a la virgen que los ayude a salir bien librados de sus horrendos crímenes -que es un contrasentido desde la esfera de lo sacro y por eso es tan fuerte su carga transgresora y blasfema- la novela muestra, explica, revela con un lenguaje muy cuidadoso, esa belleza perdida en el silencio y el abandono de estos sitios tan estimados antaño por la feligresía y hoy casi siempre cerrados por temor a los sacrilegios y la depredación. De este modo, las iglesias representan el recogimiento, la soledad, el lugar del rito para sentir con pesadumbre el vacío de Dios en medio de la catástrofe social, pues allí va siempre Fernando abrumado por la violencia pero cómplice con su inanidad.

Los rituales de la confesión y la oración tienen igualmente un sentido simbólico interesante en el texto de Vallejo, pues la perspectiva que se asume es el de la transgresión moral y religiosa. Con una fina ironía se plantea el sentido paradójico de la noción del pecado para los sicarios, en un mundo en donde la vida humana ha perdido su valor y las fronteras morales y religiosas se han enrevesado y confundido al extremo: los sicarios son devotos de la Virgen de Sabaneta y van en tumultuosas peregrinaciones los martes a orar y pedirle a la virgen que los socorra en sus asesinatos; se confiesan avergonzados porque se acuestan con la novia, pero no de sus homicidios, porque consideran que este pecado únicamente lo comete quien manda matar; se refugian en las iglesias para agradecer por sus crímenes, que son simples «trabajitos»; se cuelgan escapularios en el cuerpo en los sitios claves del asesino -el corazón que siente, el brazo que dispara, el pie que corre y se apoya en la moto- como talismanes para la buena suerte.

(...) El murmullo de las oraciones subía al cielo como un zumbar de colmena. La luz de afuera se filtraba por los vitrales para ofrecernos, en imágenes multicolores, el espectáculo perverso de la pasión: Cristo azotado, Cristo caído, Cristo crucificado. Entre la multitud anodina de viejos y viejas busqué a los muchachos, los sicarios, y en efecto, pululaban.(p. 16-17).

Es la expresión escueta de una desfachatez moral que se ha gestado en la confusión de valores, la fugacidad de la vida, la teología del terror, con una especie de neutralidad gris del asesino frente al «confort metafísico» que pueda brindar la ejecución del mal con la protección divina. Si Alexis, Wilmar y los demás asolescentes sicarios padecen de «vacío existencial» es por la angustia irracional de la permanencia en el instante pues no hay mañana posible, o si la hay, es absolutamente incierta. De allí que este vacío busque llenarse con la música, el ruido, el aturdimiento, la muerte, ya que la muerte es el regreso a ese vacío que se ha hecho realidad en la vida y con la vida: las oraciones no alcanzan a Dios, se quedan apenas en el murmullo de la iglesia de Sabaneta.

 

El abrazo de Judas

Con similar intención respecto de los simbolismos religiosos, Fernando Vallejo expresa en su novela que Medellín es «el abrazo de Judas», porque allí se funden de manera explícita dos realidades principales: la ciudad de abajo y la de las comunas, la del valle y la de las laderas, la que parece dormir tranquilla en espléndido espectáculo nocturno de un pesebre navideño y la diurna agitada, metropolitana, violenta, turbulenta, irredenta. La ciudad es el espacio narrativo mayor, lugar de la desperanza y del amor, de Dios y el Diablo, que abre y cierra sus brazos apocalípticos, dejando que la vida y la muerte transcurran incesantes, de ida y vuelta. La novela, en este sentido, es una de las más intensas obras literarias sobre la ciudad de Medellín:

(...) mi Medellín, la capital del odio, corazón de los vastos reinos de Satanás (...) Medellín son dos ciudades: la de abajo, intemporal, en el valle; y la de arriba en las montañas, rodeándola. El abrazo de Judas. Esas barriadas circundantes levantadas sobre las laderas de las montañas son las comunas, la chispa y leña que mantienen encendido el fogón del matadero (p. 96)

De modo que Medellín es un símbolo neutro, como su nombre, que la obra nos recuerda, no es masculino ni femenino. A ella ha venido Fernando a morir, con ganas de morir, para ver morir, sintiendo que todo lo que mira y nombra de tan real parece inverosímil: el país entero, pero sobre todo su ciudad, padecen del cáncer acelerado de la muerte, que todo lo engulle con la eficacia del canibalismo colectivo: no otra cosa podía esperarse, de acuerdo al planteamiento explícito de la novela, de una sociedad hipócrita, embustera, leguleya y camandulera. La requisitoria en lo político, ideológico y social es contundente, sin que queden títeres sin cabeza, sin miramientos ni concesiones, porque el discurso pretende y logra revelar las raíces más profundas de este desquiciamiento del cual todos son cómplices, víctimas y verdugos.

 

El nihilismo como una de las bellas artes

Nadie escapa esta requisitoria del protagonista que con su lengua afilada cuestiona todo con un radicalismo sin aliento, ya que se asume como conciencia crítica de la sociedad desde la perspectiva del nihilismo, haciendo énfasis en la iglesia, los políticos, los pobres, las mujeres, los falsos valores morales y religiosos, las costumbres, las creencias, en fin, todo aquello que puede configurar lo que denomina la identidad cultural colombiana.

Y lo hace sin concesiones, con un verbo encendido y furioso como lo hiciera en el pasado el olvidado José María Vargas Vila, sin caer en panfleto, sino como recurso narrativo para dar más énfasis a la posición ideológica y existencial de personaje protagónico respecto de la tradición y del presente de Colombia. En este sentido, la novela es un ensayo descarnado sobre nuestra realidad que en algunos apartes pareciera tomar los matices del testimonio por la precisión y concreción de los referentes históricos. Las clases sociales, los partidos políticos, los presidentes y expresidentes, los cardenales, las preferencias populares, todo lo que de una forma u otra represente el «establecimiento», no escapa a la mirada inquisidora del escritor que se asume como conciencia crítica nihilista.

La evocación poética refuerza la sensación de desmoronamiento presente, pues ahonda la distancia entre la placidez inocente del ayer y el infierno cotidiano en que se implica a su regreso a la ciudad de la infancia, ahora transformada en un caos.

Los campesinos, los desplazados, los marginales, los pobres, con una fuerte dosis clasista en ese manto nihilista, son vistos desde una excluyente condición infrahumana, como hordas que sólo buscan reproducirse para engrosar los cordones de miseria:

No hay plaga mayor sobre el planeta que el campesino colombiano, no hay alimaña más dañina, más mala. Parir y pedir, matar y morir, tal su miserable sino (p. 98).

La «raza» antioqueña, esa que tanto ha sido contada y cantada por la retórica regional como forjadora del progreso, el trabajo y el valor, es presentada como una entelequia falaz que ha vivido del engaño y es el símbolo de la nación colombiana:

Españoles cerriles, indios ladinos, negros agoreros: cúentelos en el crisol de la cópula a ver qué explosión no le producen con todo y la bendición del papa. Sale una gentuza tranposa, ventajosa, perezosa, envidiosa, mentirosa, asquerosa, traicionera y ladrona, asesina y pirómana. Esa es la obra de España la promiscua, eso lo que no dejó cuando se largó con el oro. Y un alma clerical y tinterilla, oficinesca, fanática del incienso y el papel sellado (p. 106).

 

El viaje a la desolación

Si aceptamos que viajar es moverse, ir de un sitio a otro, volver, irse, La virgen de los sicarios es una novela también sobre el viaje: el de la muerte y la desolación. El personaje viene a la ciudad de su infancia, Medellín, a morir ya viejo y cansado, pero no muere físicamente aunque sí espiritualmente y es testigo de toda clase de asesinatos, miserias y depredaciones. Al final de la novela y para enfatizar en la idea del viaje, Fernando regresa a la estación de buses, revelándonos una imagen abierta del deambular para ninguna parte, cuando ya se ha perdido todo el interés por la vida con la muerte de su segundo amante, Wilmar, a quien ha dejado en el anfiteatro. Este viaje a la desolación personal permanente se ilumina a veces a través del amor, pero tiene la misma intensidad y fugacidad de sus amantes, que mueren muy rápido, dejándolo solitario pero también dispuesto a nuevos encuentros, porque se trata de agotar la vida en el exceso, en la plenitud del disfrute sin sentido de los sentidos aquí y ahora, ya que mañana es el silencio. Javier H. Murillo, en un interesante ensayo sobre la vida y la obra del escritor antioqueño así lo plantea:

Al escribir Vallejo encuentra, entonces, un desgarramiento que lo arrastra hacia adentro, muy al fondo de su memoria, para tratar de dar sentido al viaje, a la aventura interna que lo hace extranjero en cualquier parte del mundo. Quiere hablar porque no está satisfecho, porque no se puede quedar callado y porque su voz, nostálgica e irreverente al mismo tiempo, a medida que cuenta, se va haciendo búsqueda. Búsqueda de nada concreto, su prosa es ociosa y elocuente con la misma intensidad; búsqueda sin respuestas porque para él las soluciones apestan como mentiras (4) .

Ese viaje a la desolación es el itinerario existencial límite de un hombre que no cree en nada, que ni siquiera con el amor logra romper la soledad, porque parece estar destinado a testimoniar y no a cambiar, a padecer en lugar de avanzar hacia algún destino: es cul de sac existencialista como forma de evasión o de conciencia crítica nihilista frente a la realidad, en donde el lenguaje verbal da vueltas sobre sí mismo, nombra el mundo y se esfuma a la manera de testimonio poético de esa desolación.

 

El lenguaje poético

Uno de los mayores aciertos de esta novela de Vallejo es el lenguaje, que puede analizarse desde diferentes perspectivas: como instrumento para la ensoñación poética referida principalmente a la infancia y la naturaleza, como mediación ante la brutalidad del mundo que narra y como ejercicio lúdico de confrontación entre la oralidad y la escritura.

- La ensoñación poética: Las descripciones de hechos violentos permanentemente están matizados o neutralizados por evocaciones poéticas de la infancia del protagonista, por lo general referidas al ambiente natural, como el río Cauca «el río de mi niñez que tiene una «u» en medio. Ese río es como yo, siempre el mismo en su permanencia yéndose» (p. 35). La evocación poética refuerza la sensación de desmoronamiento presente, pues ahonda la distancia entre la placidez inocente del ayer y el infierno cotidiano en que se implica a su regreso a la ciudad de la infancia, ahora transformada en un caos.(5)

Estas evocaciones algunas veces se hacen a manera de plegarias con una carga lastimera en busca del tiempo ausente de la infancia: Virgencita mía de Sabaneta, que vuelva a ser yo el que fui de niño, uno solo. Ayúdame a juntar las tablas del naufragio (p. 36)

Es una conciencia del desastre y la inutilidad por la fragmentación del ser, que ahora no es uno solo, sino muchos, de tal forma que se tiene conciencia de la pérdida de la integralidad: la infancia representa en el recuerdo la unicidad del ser aún no perturbado por ese sentido de ruptura, tan propia de la modernidad; y el presente, es decir, la vejez, un rescoldo sin esperanza, sumido en el desarraigo: «Yo ya no soy yo, Virgencita mía, tengo el alma partida» (p. 36)

Pero no sólo el territorio de la infancia es el de la evocación: también algunos elementos de la naturaleza, como los pájaros, las montañas, el viento, el cielo de Medellín, continuamente son contrastados con la agresividad y la violencia del presente, de tal forma que funcionan como núcleos simbólicos que se evocan para conferirle al relato un particular acento poético.

Los gallinazos, por ejemplo, son presentados en la belleza de su vuelo en círculo, como símbolos de la pureza y «la existencia de Dios», ellos que como el demonio han sido estigmatizados por la tradición como presagios funestos de la muerte:

¡Mírenlos sobre el cielo de Medellín planeando! Columpiándose en el aire, desflecando nubes, abanicando el infinito azul con su aleteo negro (...)

(...) vuelan los gallinazos con sus plumas negras, con sus almas limpias sobre el valle, y son, como van las cosas, la mejor prueba que tengo de la existencia de Dios (p. 54)

La imagen del gallinazo planeando sobre el cielo de Medellín fascina a Fernando como símbolo de la libertad en la muerte, por el color negro de su cuerpo contrastando contra el azul. En la libertad del vuelo del gallinazo, que se alimenta de carroña y limpia la tierra de impurezas, se condensa el anhelo de Fernando y de sus ángeles exterminadores, de sus niños sicarios, que cumplen la terrible misión de demolición de la vida humana. Al final de la novela, cuando el narrador llega a la terminal de transporte para emprender su viaje a ningunaparte, esa imagen adquiere de nuevo una gran expresividad simbólica, al relacionarse con el destino último al que aspira este hombre atormentado por la vida e impasible ante la muerte: Yo pienso que es mejor acabar como un ave espléndida surcando el cielo abierto que como un gusano asqueroso asfixiado (p. 141)

Es la lúdica del lenguaje literario, que refuerza la virtualidad del mundo que nombra al tiempo que dialoga con la tradición, hace alusiones intertextuales y revela un sentido oculto de las palabras en sus contextos.

- La mediación del lenguaje literario: Si en esta novela no se presentara la mediación del lenguaje poético, la crudeza de las acciones sería insoportable y se caería en truculencia. Por eso en el relato, que unas veces está matizado por la crónica, las descripciones, las introspecciones del narrador y casi siempre luego de alguna acción despiadada, risible o grotesca, se presenta la mediación de la palabra poética para neutralizar el sentido absurdo de la existencia. Alexis decide «matar» al presidente de la república, que habla en la televisión, vaciándole los cinco tiros del tambor de su revólver, y el televisor callará entonces para siempre, como lo hizo cuando destrozaron la casetera, para que retorne el silencio, la paz que anhela el narrador en el espacio semivacío de su apartamento: (...) Después silencio, silencio en mis noches calladas que están cantando las cigarras, arrullándome el oído con su eterna canción, que oyó Homero. (p. 42)

La muerte de Alexis, que al desplomarse llama a Fernando despiéndose de la vida, significa el desplome definitivo y las dulces y lastimeras frases de amor se escurren como lágrimas al narrar la manera como es esfuma su vida:

(...) Después se desbarrancó por el derrumbadero eterno, sin fondo. Jirones de frases y colores siguieron, rasgados, barridos en el instante fugitivo (...) mi niño de desplomó: dejó el horror de la vida para entrar en el horror de la muerte. Fue solo un tiro certero, en el corazón. Creemos que existimos, pero no, somos un espejismo de la nada, un sueño de basuco (p. 92)

- Oralidad vs. escritura: En la novela se revela el dominio y la plasticidad del lenguaje literario, que funciona en su plurisignificación, sin pretensiones academicistas ni retóricas. Por el contrario, se busca insistentemente la alteración de los cánones tradicionales, mediante artificios narrativos muy bien logrados: la oralidad proveniente del tono coloquial en que está contada la obra con la ensoñación poética, la crítica virulenta a la retórica gastada del «bien decir» con la procacidad del lenguaje de las comunas de Medellín, la introducción de colombianismos del argot sicarial con la explicación contextual de su significado para el lector no avezado, como si se tratara de una lección de pragmática del lenguaje que está dictando entre líneas el protagonista, gramático de profesión -Vallejo es autor de un notable libro de gramática- y conocedor de los trucos verbales de la ironía lingüística.

Es la lúdica del lenguaje literario, que refuerza la virtualidad del mundo que nombra al tiempo que dialoga con la tradición, hace alusiones intertextuales y revela un sentido oculto de las palabras en sus contextos. Para enfatizar en la placidez del silencio, que es tan ajena al personaje por la algarabía de la ciudad, acude al empleo de la diéresis que alarga el sonido de la vocal y produce la sensación de alargamiento fónico:

¡Qué delicia viajar entre el ruido del silencio! El süave rüido de afuera entraba por una ventanilla del taxi y salía por la otra purificado de agresiones personales, como filtrado por el silencio de adentro (p. 58)

Para referir la muerte del célebre capo del narcotráfico Pablo Escobar, emplea exquisitos giros idiomáticos arcaicos, como si quisiera teñir de un color también exquisito un hecho muy importante de la historia reciente:

(..) Dos tiros le pegaron, por el su lado izquierdo: uno por el su cuello, otro por la su oreja (p. 71)

 

¿Un sueño de basuco?

Novela de contrastes, profanaciones, truculencias, herética, apabullante, apasionante, terrible, lúdica, voluptuosa, poética, La virgen de los sicarios es el testimonio de la barbarie y el desenfreno de una sociedad enferma, una obra literaria significativa en las letras colombianas que gracias al cuidadoso trabajo del lenguaje, a sus connotaciones intertextuales (Vallejo deja ver entre líneas sus preferencias literarias por Rimbaud, Baudelaire, Verlaine, Nerval, Céline, Rulfo, Barba Jacob y otros) y al carácter sugestivo de su propuesta artística, revela en su cruel verdad, como si fuera un rito exorcista, un mundo casi irreal de lo real: Medellín, un sueño de basuco.

 

NOTAS

(1) Fernando Vallejo (1942) es autor de un conjunto de novelas de indiscutible carácter autrobiográfico que conforman El río del tiempo, integrado por Los días azules (1985), El fuego secreto (1987), Los caminos a Roma (1988), Años de indulgencia (1989), Entre fantasmas (1993) y La virgen de los sicarios (1994). Como biógrafo ha publicado El mensajero (1984) sobre el poeta Porfirio Barba Jacob y Chapolas negras (1995) sobre José Asunción Silva. En el ensayo científico, ha publicado Logoi, una gramática del lenguaje literario (1983) y Tautología darwinista y otros ensayos de biología (1999). Es director además de los largometrajes Crónica roja, En la tormenta y Barrio de campeones y de los cortometrajes Un hombre y un pueblo y Una vía hacia el desarrollo.

(2) SAMPERIO, Guillermo, en Los vivos muertos del novelista Vallejo, Jornada Semanal, 9 de mayo de 1999, México, D., refiere cómo Claude Michel Cluny, destacado escritor francés de Le Figaro, dijo de esta novela: «La virgen de los sicarios es el más bello, el más delirante canto de amor y de condenación arrancado a la literatura en mucho tiempo».

(3) VALLEJO, Fernando. La virgen de los sicarios, Editorial Santilla / Alfaguara Hispánica, Bogotá, 1994, p. 8. Todas la citas son tomadas de esta edición y remiten al número de página correspondiente.

(4) MURILLO, Javier H. Un huapití para Fernando Vallejo. Revista Número, No.16, diciembre 1997, p. 24.

(5) BACHELARD, Gaston, La poética de la ensoñación, Fondo de Cultura Económica, México, 1986, p. 163, dice al respecto: «A menundo descubrimos muy tarde en la vida, en toda su profundidad, nuestras soledades infantiles, las soledades de nuestra adolescencia. En el útlimo cuarto de vida comprendemos las soledades del primer cuarto, al repercutir las soledades de la edad anciana sobre las olvidadas soledades de la infancia»

 


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