"Luz de agosto
de William Faulkner y la modernidad"
Alberto Antonio Verón
En el presente texto se propone
un examen de William Faulkner a la luz de los conceptos
y de autores determinantes durante los últimos quinientos
años: la reforma protestante, el nuevo mundo, el cine son
elementos sociales y estéticos presentes en la obra de William
Faulkner; especialmente su obra "Luz de agosto".
A manera de nostalgia
Faulkner fue a pesar del éxito relativamente
tardío (y que éxito no lo es) un campesino que gustaba del
ritmo bárbaro de la caza, el olor de los caballos criados
en las tierras del sur, la agitación etílica del Whisky y
el apasionamiento por escuchar las historias de unos territorios
habitados por 16000 campesinos pobres durante los albores
del siglo XX . Toda esa “basura blanca” -white trash-, los
hijos de las aristócratas y racistas familias del sur, esas
mismas familias que perdieron con la guerra civil no solo
su fortuna, sus plantaciones de algodón, sus esclavos, sino
también la posibilidad de adherirse a las corrientes del progreso
y la modernidad que fondeaban del lado norte de la nación.
Cuando se nombra a William Faulkner
no solemos pensar ni en el nobel, ni en los magníficos tratados
acerca de literatura norteamericana a que son tan adictos
los profesores y los críticos. Se piensa a cambio en fotogramas
cinematográficos en los que aparece sobre una solitaria carretera
del sur de los Estados Unidos una mujer humilde y embarazada,
tostada por el sol, salida de un tiempo que se detiene en
las tradicionales costumbres morales del sur profundo ; ese
sur que soporta con desgano y mala leche al distinto, al otro,
llámese negro, indio, madre soltera, o simplemente cualquiera
que arrastre los estigmas de alguna marca heredada de Caín,
algún pecado o una culpa legitimada por la Biblia y realizada
a fondo, con devoción mundana en cualquier lugar de la tierra
donde la moral del sur profundo llegue.
Podemos confesar que durante varios
años abandonamos a Faulkner como muchos contemporáneos lo
hicieron también, a sabiendas que su grandeza se encuentra
plenamente demostrada. Este olvido es semejante al que hemos
realizado con otros objetos maravillosos de épocas no tan
pasadas solo que por efectos del tiempo llegan a parecer lejanas:
los aguamaniles, los gramó-fonos, los autos modelo cincuenta.
En ocasiones les descubrimos, asomados en un rincón de la
casa, dignos, pero cubiertos de polvo y sobre todo de olvido.
En este olvido de Faulkner existen
otros culpables: los novelistas del sur fueron reemplazados
por los novelistas del norte. Los Updike y los Salinger, los
Capote y los Pinchon, quienes reescribieron sobre las páginas
del viejo campesino una escritura sino urbana, que por lo
menos sí intentaba retornar a esos pueblos de una sola calle,
habitados por hombres que parecían estáticos y extáticos a
la puerta de los bares.
Esa atmósfera tiene mucho que ver
con Faulkner ; fue el quien se lanzó con la paciencia del
artesano sobre las instancias de un sur que bajo el tecleo
de su maquina de escribir se convierte en mítico.
Confieso también que luego de leerle
nuevamente se termina experimentando sensaciones en el hueco
invisible del estómago. El mejor de los síntomas para identificar
cuando un escritor se encuentra lo suficientemente vivo. Las
tierras radiantes del sur se han desplegado visualmente, ante
los ojos del lector. Esto no es obra de la crítica literaria,
cuyas palabras no alcanzan a deletrear el carácter inmediato,
visceral, poético del lenguaje. Bajo los pliegues de la intertextualidad
y del narrador actante, bajo todo el sutil desencanto que
opera en los herederos del estructuralismo, existe un territorio
sobre el cual el lector se encuentra completamente libre de
preconceptos y de ardides críticas. Dirán algunos que pensar
en un carácter espontáneo de la lectura es tan impuesto como
aquella proveniente de la crítica literaria. No existe lectura
neutral, ni tampoco lectura espontanea ; nos encontramos viciados
por una experiencia cultural previa que determina la manera
en que nos acercamos a los textos.
Faulkner como representante de la modernidad
La pregunta acerca de las complejas
relaciones que los personajes de Faulkner establecen con un
imaginario que se instala en un orden tradicional y pre-moderno,
conduce a seguir el papel que el sentimiento y la institución
religiosa juegan como vínculo sagrado y fuente de autoridad,
desde el cual emanan las acciones y las actitudes éticas que
se insertan en sus novelas .
Abordar el sur de los Estados Unidos
no le resultó fácil, si tenemos en cuenta que la guerra civil
y las luchas contra la esclavitud habían llenado antes que
él páginas enteras de novelas buenas, regulares y malas. El
sur, en la tercera y cuarta década del siglo XX cargaba a
cuestas una larga tradición literaria que tenía ilustres orígenes
en el siglo XIX. A pesar de eso, el universo del novelista
Norteamericano creció allí, bajo el sol esplendoroso de esas
tierras campesinas que jamás quisieron adoptar las costumbres,
ni los modelos de vida supuestamente modernos del Norte.
Daniel Bell nos ofrece una acertada
descripción del mundo real del cual se nutren los personajes
Faulknerianos. La descripción aporta elementos acerca de la
cotidianidad y las maneras de comunicación:
“la mayoría de las personas que
vivían en grupos aislados o en zonas escasamente pobladas,
la vida era muy diferente. La gente raramente viajaba a
grandes distancias; un visitante de lejos era una rareza.
Las noticias se reducían al chismorreo local, y las escasas
hojas de noticias se dedicaban a sucesos parroquiales. La
imagen que tenía la persona ordinaria del mundo y la política
era ordinariamente circunscrita” (1)
Si los sureños fueron los elegidos
de dios, los que se sabían encargados del sagrado ministerio,
los que estaban dispuestos a enfrentar al Satán del norte,
Faulkner sería el novelista crítico y poético de un hermoso
infierno abandonado a los pecados de la intolerancia y del
fanatismo.
De allí que Faulkner no fuera la buena
conciencia de su amado sur , por el contrario, sus novelas
son una denuncia que crece página a página contra todas aquellas
maneras de culpar, de someter, de destruir los pequeños fragmentos
de esperanza y de libertad humana.
Como escribe Thorp
“una sola frase nos da idea de
lo que ocurre en Luz de agosto: las aventuras de una chica
embarazada en busca del amante que la ha abandonado. Así
es - en parte - pero una de las aventuras. En la que ella
no es sino un distante espectador es el asesinato de una
soltera ya mayor, Miss Burden, a la que su amante mata por
temor a que fuera negra. Pero esta versión tampoco nos dice
mucho del argumento ya que no nos dice nada de la angustia
de Joe Cristmas (el asesino) atrapado entre el mundo de
los blancos y de los negros, ni el reverendo High Tower,
otro solitario, que acoge a Joe en su huida y en cuya casa
le encuentran y castran. LOS OJOS ABIERTOS Y SIN NADA MAS
QUE CONSCIENCIA. Tampoco podría resumirse el fundamental
simbolismo de la novela que no aparece en absoluto en el
argumento: la apacible fuerza creadora de Lena Grove colocada
al lado, o sobre, o donde sea, pero en resumen, en contra
del fanatismo y hambre de Miss Burden y de la vida de violencia
de Joe” (2)
| Confieso también que luego
de leerle nuevamente se termina experimentando sensaciones
en el hueco invisible del estómago. El mejor de los síntomas
para identificar cuando un escritor se encuentra lo suficientemente
vivo. |
En “Luz de agosto” el enfrentamiento
del individuo con la comunidad lo interpretamos desde la crisis
de los valores pre-modernos y el drama a que se ven abocados
quienes intentan separarse de ese orden instituido desde la
más aciaga voluntad divina.
Si he dejado de ser un hombre de
Dios no ha sido por mi voluntad. Ha sido por la voluntad,
casi sería mejor decir por la orden, de todas las personas
como usted, como ella y como él, ése que está en la cárcel,
y como todos los que le han encerrado para satisfacer sus
deseos” (3)
Esos deseos son aquellos que en términos
de Nietzsche, otro de los padres de la modernidad, se originan
en la mala y enferma conciencia.
"la mala conciencia, esa bestia
horrible, para decirlo con palabras de Lutero; en todas
partes, el pasado rumiado de nuevo, la acción tergiversada,
los malos ojos para cualquier obrar; en todas partes el
querer malentender el sufrimiento, convertido en contenido
de la vida, el reinterpretar el sufrimiento como sentimiento
de culpa, de temor, de castigo; en todas partes las disciplinas,
el silicio" (4) .
Son varios los personajes agobiados
por los sentimientos culposos que Nietzsche describiera en
su famoso libro “La genealogía de la moral”. El abuelo materno
de Christmas lo arroja a un orfanato para que inicie la expiación
de su origen negro. Hightower, el antiguo reverendo perdió
su cargo luego que la comunidad de la ciudad se enteró de
la manera en que su esposa le engañaba y de la sórdida muerte
de ésta en una habitación de hotel. El padrastro de Christmas
padece una portentosa ira santa al saber que su hijo dilapida
el poco dinero que le ha dado, en mujeres y licor.
A su vez, Lena Grove, el reverendo
Hightower y el mismo asesino Joe Christmas son castigados
por haber violado los principios reguladores de la vida en
comunidad : Lena al quedar embarazada, Higtower por haberse
unido a una pecadora, Joe Christmas a causa de su origen racial
negro. En cada uno la sociedad intenta abrir una herida por
la cual brote lo que Nietzsche escribió así :
“Yo sufro: alguien tiene que ser
culpable”. El sacerdote, en este caso la comunidad, le dice:
¡Está bien, oveja mía!, alguien tiene que ser culpable de
esto: pero tu misma eres ese alguien, tú misma eres la única
culpable de esto -tú misma eres la única culpable de tí...”(5)
La comunidad, la iglesia, los valores
que integran parte de la cultura del sur de estados Unidos
se erigen valiéndonos de la expresión desarrollada por el
pensador Cornelius Castoriadis, en significaciones imaginarias
sociales desde las cuales brotan el racismo o el desprecio
hacia las mujeres. Pareciera que a partir de esta visión moral
se explica el universo sobre el cual se construye la estrecha
vida de algunos de sus más maravillosos personajes.
"La música, como toda música
protestante, sigue teniendo algo de severa, de implacable,
de determinante...las ondas sonoras, con más de inmolación
que de pasión, solicitan, implantan la negación del amor,
la negación de la vida, prohiben el amor y la vida a los
demás, reclaman la muerte, como si la muerte fuera el mayor
de los bienes” (6).
Los continuadores de las investigaciones
de Max Weber en la América Sajona privilegian el papel que
cumplieron las hermandades protestantes en la formación espiritual
de la existencia moderna en los Estados Unidos, pero esta
interpretación se queda en el complaciente culto a la mentalidad
empresarial quien bendijo tanto la acumulación de riqueza
como el odio feroz y radical por los placeres de los sentidos.
La sociología ofrece como explicación
al desarrollo del capitalismo cierto grado de influencia que
la cultura de la acumulación material, el ahorro y el trabajo
dejaron en la vieja América; sólo que Faulkner nos propone
otra panorámica, en la cual los hombres toman las sentencias
del dios bíblico para arrogarse los derechos a las sanciones
y las condenas de acuerdo a los niveles de sometimiento a
las costumbres impuestas por la comunidad. Es por esto que
si deseamos conocer el anverso del progreso y de la genealogía
del sueño norteamericano habrá que viajar a ese sur profundo
donde el distinto, el otro, el desarraigado fueron infelices
por no someterse a los principios de la comunidad.
| Las huellas del pasado
se heredan, entre ellas el color de la piel o la bastardía,
la defensa de un ideal equívoco, o la frase que un pariente
haya podido lanzar en tiempos pretéritos. |
La Biblia en manos de las doctrinas
protestantes hace una lectura de la virtud y del pecado llena
de castigos y promesas de salvación a los elegidos, a los
austeros, a los castos, a los puros. Sólo aquellos que se
alejan de la palabra divina y se atreven a configurar la individualidad
y la libertad por fuera del consistorio y del reverendo, del
sheriff y de la comunidad que vigila y sanciona, alcanzan
a tener la dignidad del héroe ; pero el héroe desdichado,
el caín bíblico que se lanza al camino en busca de un reconocimiento
que no viene del cielo de los justos sino, por el contrario
de los “gangster”, “los negros”, “los sucios” y “los turbios”.
Las huellas del pasado se heredan,
entre ellas el color de la piel o la bastardía, la defensa
de un ideal equívoco, o la frase que un pariente haya podido
lanzar en tiempos pretéritos. Nada queda al azar pues al final
todo se recompensa o se castiga, y para eso existe la comunidad,
sobria, vigilante, plegada sobre sí misma, posesionada de
una frialdad que acecha y espera con prontitud eliminar cualquier
acción que no esté en el duro código de los elegidos.
La modernidad, faulkner y america latina
La técnica moderna de la narración
novelística construye escenarios donde el atavismo religioso,
la intolerancia y el racismo evidencian el derrumbamiento
de un sistema tradicional de valores. La historia incendiaria
de los que fracasan, el mundo que naufraga de pie, con su
orgullo y obcecación fue el que conmovió a los novelistas
latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX. Allí están
García Márquez, Onetti y Juan Rulfo como pruebas concluyentes
de que la literatura hereda lo mejor de los grandes dolores
que experimenta una región de la tierra.
Fue a Onetti, a Rulfo y García Márquez
a quienes les correspondió apropiarse a fondo del manejo que
de la novela moderna tuvo el maestro Norteamericano, leer
entre líneas su capacidad para darle vida propia a tantas
historias y personajes como suelen aparecer en sus novelas.
Pero no es sólo la estructura y el
virtuosismo técnico lo que debió atraer de Faulkner. La Norteamérica
que sucede en sus novelas tiene mucho de cercana a la América
del Sur, rural, de pequeñas aldeas, que en la primera mitad
del siglo XX caracterizó a gran parte de América Latina.
Rafael Humberto Moreno- Durán escribe:
“Tradicionalmente se ha mencionado
a Faulkner como la obligada referencia de la escritura de
Rulfo: el tratamiento del tiempo y Comala misma remiten
a la saga que tuvo como escenario el ya legendario condado
Yoknapatawpha..
La desintegración de un mundo y el
laconismo de su agonía, la prueba de fuego de una conciencia
atormentada, la vaguedad medianamente amarga de la realidad
vivida en duermevela por sus protagonistas, el ancho, frío
monólogo que se cruza en el camino de las voces perdidas
de otros solitarios, dan idea del desolado ambiente de los
relatos del autor Mejicano” (7)
Los personajes de Faulkner tienen
sus ancestros en los combatientes de la guerra civil Norteamericana.
En esa guerra el Norte y el Sur se convierten en entidades
adversas, en mundos donde supuestamente se ejercen visiones
del universo antagónicas. El sur vuelve a ser indicativo de
tradición y religiosidad, de dogmatismo e intolerancia. El
pastor de “Luz de agosto” mezcla en sus discursos las visiones
apocalípticas del más allá, con las imágenes de las sangrientas
batallas de la guerra civil. Similar invento ocurre en un
Gabriel García Márquéz asediado por los coroneles de la guerra
de los mil días o el abuelo de Borges que surge en los poemas
que referencian las batallas de las guerras nacionalistas
Argentinas del siglo XIX.
La modernidad afectó por igual a la
América hispánica y sajona ; trajo aparejada la crisis de
todos aquellos discursos como el religioso y el feudal que
por siglos ofrecieron a los hombres de occidente una noción
estable y segura de su paso por la tierra. El avance de las
fuerzas nacionalistas permitió al continente Americano, tanto
en el sur como en el norte dejar que la semilla de la independencia
y el afán por levantar identidad creciera a lo largo de miles
de kilómetros.
Las revoluciones de las dos Américas
se convierten en hitos de esas fuerzas donde amplios sectores
de la humanidad reclaman los derechos que durante siglos estuvieron
concedidos como privilegios. Pero con la consolidación de
las dos Américas surgen en su interior la diversidad de fuerzas
que hasta el momento parecían homogéneas.
Desde el arribo de los colonizadores
ingleses, españoles y portugueses a las costas del nuevo mundo,
se originó un brutal sometimiento de los pueblos indígenas
que previamente a los Europeos poblaron estas tierras. Las
dos religiones, tanto el cristianismo católico como el protestante
trajeron un panorama moral monoteísta y judaico que ofreció
y si era necesario impuso una moral que estimuló las nuevas
maneras de vivir y producir riqueza. La mano de obra negra
desplazó a la indígena introduciendo un hibridaje cultural
del cual los Estados Unidos de Amèrica son un maravilloso
ejemplar. A su vez entre el sur y el norte de estas tierras
se tendió una barrera imaginaria que tuvo en las guerras civiles
su dolorosa enfermedad.
De este paisaje cultural emerge la
literatura de William Faulkner. Hijo del sur profundo, son
sus personajes herederos de los males que el siglo anterior
dejó en sus descendientes. La intolerancia religiosa de un
puritanismo severo, la defensa del esclavismo como la mejor
manera de manterner al negro atado a la producción de la tierra,
el sino doloroso de injusticia, insolidaridad, soledad y desesperación
que asechan entre los bosques del sur a los seres humanos
son entre otros, los imaginarios que atraviesan la obra Faulkneriana.
La técnicas faulknerianas y el cine
La técnica literaria del flujo de
lo consciente encuentra en la narración cinematográfica un
magnífico soporte. El cine como modelo de contar historias
se parece a esa técnica gracias a la cual Faulkner avanza
unos pasos en relación con los hallazgos de Joyce. Ese carácter
complicado de sus novelas resultan para el narrador la manera
más efectiva de mezclar una carga tumultuosa de pasado de
la cual emergen esas vidas de “gente de pueblo que sufre
con dignidad y orgullo sin pedir ayuda a nadie” (8)
James Joyce, Virginia Woolf o Marcel
Proust se dedicaron al revolucionario ejercicio de permitir
que todo el caudal de voces, variaciones y acentos lingüísticos,
imágenes poéticas y escenarios dispersos con sus densidades
cromáticas y textura física terminaran siendo componentes
de la obra literaria. El realismo y el naturalismo como instancias
escriturales del positivismo científico del siglo XIX fueron
clausurados.
El papel del novelista no consistía
en la representación de su espacio y su tiempo, se trataba
en el menor de los casos de la construcción de un orden simbólico
que si bien tomaba aspectos de la realidad, la superaba por
completo.
Faulkner, cercano al espíritu cinematográfico
de la primera mitad del siglo recurre al montaje cinematográfico
para ofrecer la nueva dimensión estética de su literatura.
El novelista moderno respira en su arte el salitre de la libertad.
No es una voz unificada ,sino muchos los puntos de vista con
los que puede contagiar a los lectores de la diversidad de
experiencias, gracias a unos recursos que si bien no pueden
romper del todo con la temporalidad para alcanzar por completo
la simultaneidad, sí pueden valerse de una alteración en las
secuencias, como bien lo expresa Daniell Bell.
El cine, es el recurso más acorde
con ese estado experimental por el que atraviesa el novelista
moderno:
“La influencia de la técnica cinemática
-el corte rápido, la escena retrospectiva, el entrelazamiento
de temas y la ruptura de la secuencia- ha adquirido tal
difusión que ha invadido la novela” (9)
Acostumbrado a vivir de lo que Hollywood
pagaba por sus guiones, con una disciplina demoledora debido
a la cual escribía 3000 palabras diariamente en su rancho
de los Estados Unidos, el autor de “Sártoris” pudo dar a sus
textos literarios el ritmo y los múltiples puntos de vista
con que el cine moderno hizo su gramática. Faulkner, así como
la gran mayoría de autores Americanos dejaron que el lenguaje
fílmico permeara completamente sus textos. La manera en que
se presentan al lector sus personajes recuerdan la densidad
psicológica del primer plano y la panorámica cultural de los
planos generales donde se puede rastrear la plenitud de una
sociedad acechada por los conflictos dramáticos propios de
la sociedad moderna.
“La ausencia de distancia psíquica
significa la suspensión del tiempo. Freud sostenía que en
el inconsciente no hay sentido del tiempo: se experimentan
los sucesos del pasado no como si pertenecieran al presente,
sino con la inmediatez, la actualidad del presente. Por
esta razón , el inconsciente, con su almacén del pasado
y especialmente de los terrores de la infancia, es tan amenazador
y debe ser sofocado. El significado de la madurez, para
freud, era la capacidad de introducir la distancia necesaria,
el sentido del pasado y del presente. Pero la cultura modernista
tiende a romper ese sentido del pasado y del presente, para
efectuar las distancias necesarias entre lo que es pasado,
como pasado, y lo que deriva del presente” (10)
| El avance de las fuerzas
nacionalistas permitió al continente Americano, tanto
en el sur como en el norte dejar que la semilla de la
independencia y el afán por levantar identidad creciera
a lo largo de miles de kilómetros. |
“La literatura del modernismo...
fue una literatura que, como dice Lionel Trilling, tomó
sobre sí la oscura potencia que ciertos aspectos de la religión
ejercieron sobre la mente humana. En su forma privada se
preocupó de la salvación espiritual” (11)
.
Y este espíritu de salvación mundana
permitió a la novela moderna ofrecer a los jóvenes lectores
horizontes en los cuales pudieran acondicionar sus cotidianos
pavores.
Escribir literatura dejaba de ser
un problema solamente formal, se trataba de ahondar en aspectos
múltiples de la existencia humana, tanto como seres individuales,
como sociales y religiosos. En este rescate del hombre y la
mujer modernos la novela se hace filosófica y el mismo Faulkner,
desde su sencillez de campesino sureño transforma su geografía
narrativa en espacio donde nos preguntamos sobre América,
sus gentes, y por la condición humana misma ; preguntas estas
que hoy parecieran clausuradas por la auto -referencialidad
y el pastiche, como recursos de la literaratura llamada Postmoderna.
Las pequeñas localidades
En Faulkner la modernidad literaria
se construye no en las grandes ciudades donde se despliegan
los personajes de Fitzgerald y de Dos Passos. Se trata por
el contrario de pequeños villorios en los que la sola aparición
de un rostro nuevo puede desatar los comentarios y las sospechas.
¿Pero no será la realidad original
de América, la de esos pueblos, cuya existencia gira alrededor
del aserradero, la tienda de víveres y la actividad religiosa
durante el fin de semana ?. Allí las grandes carreteras se
reducen a unas cuantas calles, mientras los hombres y las
mujeres modulan el anverso y el reverso del “desarrollo”.
Como si para que existiera el desorden completo de los sentidos,
el relajamiento de las costumbres, la capacidad de experimentar
y vivir sin mayores culpas, se necesitara de Memphis, y de
Portland y de Jefferson ; aldeas donde la voz del comisario
y del reverendo pueden hacerse sentir sobre la asombrosa contención
de sus habitantes.
Faulkner nos cuenta la historia de
una provincia indómita y rebelde al cambio. Dispuesta a que
prevalezcan los signos y las instituciones de un mundo heredado
del siglo XVIII y del siglo XIX en el cual la voluntad humana
era la extensión de una voluntad colectiva que hablaba del
trabajo, y de la castidad y del honor con el mismo convencimiento
que las gentes posteriores a los años sesenta suelen mencionar
los imperativos del éxito, del placer y del individualismo.
Podemos preguntarnos si son esas aldeas,
con su repertorio de intrigas largamente fermentadas, de intolerancia
pronta a estallar ante el extraño, de fanatismo y de lujuria
reprimida, la dosis contraria que debió existir para que las
opulentas ciudades de américa pudieran desplegar su culto
a la libertad y al anonimato. O serán ambas los escenarios
que compongan el espacio predilecto del conflicto humano,
pues la ciudad necesita de la aldea para recrear la nostalgia
por un tipo predilecto de pesadilla.
Lena Grove y Joe Christmas han viajado
por ese Mississipi olvidado, de ciudad en ciudad, huyendo
o en la busqueda de su propio nombre y de su pasado. Son ellos
los que como pequeñas rocas del camino brotan de la aldea
profunda para caer en otra más llena de trampas.
“He venido desde Alabama: un buen
trecho de camino. A pie desde Alabama hasta aquí. Un buen
trecho de camino” (12) .
Esa certeza del ponerse en camino
reemplaza en “Luz de Agosto” al olvido de lo metafísico que
caracteriza a la existencia moderna. Desde Alabama hasta el
Missisippi la antigua Norteamérica se extiende en verano alejada
por completo de las nociones de progreso o de cambio. La vida
puede reducirse en el caso de Lena al encuentro de un padre
para su futuro vástago. La prueba plausible de que la entrega
de una mujer fue hecha bajo las promesas del amor.
El sucio y empolvado héroe de Faulkner
se apropia de su destino, inicia el camino hacia una individualidad
que desafía las austeras pero seguras costumbres de la existencia
protestante. “Nunca, desde que tenía doce años, me había
encontrado tan lejos del aserradero” (13)
.
La purga del pecado
El orden moderno se inicia con un
desprendimiento de todos aquellos lazos culturales que amarraban
al individuo a un espacio fijo. Los que vivían de la tierra
buscaban en el modelo de existencia urbano un frágil madero
sobre el cual navegar en los nuevos tiempos, un tanteo tenue,
pero que alberga el proceso migratorio de los últimos siglos.
"Se ponía sus botas justo
en el momento de llegar a la ciudad. Cuando ya era algo
mayor, le pedía a su padre que detuviera la carreta en las
cercanías de la ciudad para que ella pudiese descender y
continuar a pie. No le decía a su padre por qué quería caminar
en lugar de ir en el carruaje...Lena lo hacía con la idea
de que, al verla ir a pie, las personas que se cruzaban
con ella pudiesen creer que vivía también en la ciudad”
(14)
El ponerse sobre el camino evidencia
la necesidad de partir para saber así quién se es. Sólo que
la decisión de la partida trae aparejada una forma de marginación
del orden social convencional. Lena no es expulsada a pesar
de que su embarazo pone en vergüenza a su familia, pero sí
recae sobre ella el peso de una sanción invisible y certera,
una moral pública que opera desde las miradas y los gestos
viciados de reprobación. Así que al partir en pos del padre
de su hijo no está sólo reclamando la urgencia de que la palabra
empeñada por el otro se cumpla, está también reclamándose
dueña y señora de sus actos.
Como lo escribiría Daniell Bell:
“A la clásica pregunta sobre la
identidad: ¿quién es usted?, un hombre tradicional respondería:
“soy el hijo de mi padre”. Hoy una persona dice: “yo soy
yo, provengo de mi mismo y en la elección y la acción me
hago a mi mismo” (15)
El padrastro de Christmas desde el
momento que lo separa del hogar para niños huérfanos y lo
introduce en una rústica existencia campesina, lo hace estimulado
por los ideales de salvación. Alejado de la ciudad, entregado
por completo a las faenas del campo el niño crece en un entorno
que desprecia el sexo, el licor, la vida mundana, el gasto
ostentoso. Si el abuelo materno le quiso sacar del mundo debido
a que arrastra la marca oscura del demonio pero será su padrastro
quien intente introducirlo a la comunidad a través del ejemplo,
la oración, la continencia de los instintos. Podemos recordar
a Nietzsche escribiendo acerca de cómo la moral de los sacerdotes
tiene en el control completo sobre los sentidos y en la expiación
diaria del pecado certeros instrumentos gracias a los cuales
la culpabilidad se arraiga en la conciencia humana.
Los dogmas puritanos más radicales
jamás aceptaron que la creencia en el Dios de la salvación
y de la condena fueran exclusivamente personales. La palabra
de dios se ha leído, divulgado, vuelto oración y diálogo porque
existe la certeza de que ella es el verdadero camino.
Como bien lo señala Daniel Bell:
“La fuerza de la religión no deriva
de ninguna cualidad utilitaria( de autointerés o necesidad
individual); la religión no es un contrato social ni es
sólo un sistema generalizado de significados cosmológicos.
El poder de la religión deriva del hecho de que, antes de
las ideologías u otros modos de creencia popular, fue el
medio de concentrar en un imponente receptáculo el sentido
de lo sagrado, aquello que es distinguido como la conciencia
colectiva de un pueblo. (16)
Por esto el reverendo Gail Hightower
combina en sus discursos de domingo el profano ritmo de las
batallas de caballería herencia de sus antepasados, con el
sentido último, la trascendencia divina que existe tras cualquier
esfuerzo humano.
“...el joven pastor seguía aún muy
agitado, que todavía hablaba de la guerra civil y de su abuelo,
un oficial de caballería que murió en la guerra”.
“Ni siquiera en el púlpito conseguía
hacer una distinción entre la religión, la carga de caballería
y su difunto abuelo muerto en su caballo al galope” (17)
.
| Desde Alabama hasta el
Missisippi la antigua Norteamérica se extiende en verano
alejada por completo de las nociones de progreso o de
cambio. La vida puede reducirse en el caso de Lena al
encuentro de un padre para su futuro vástago. |
Desde la mezcla de un mensaje salvífico
con el atronador fragor de la guerra civil, este personaje
entra a desordenar el firme sistema de costumbres del consistorio
y de la ciudad entera. El también trae la anormalidad, y su
esposa que le traiciona introduce un caos interno que estalla
en el furor de la convicción religiosa y de la evocación revolucionaria
de su abuelo.
Con la aparición en la aldea de los
personajes, el riguroso orden de costumbres muestra la fragilidad
de sus seguridades. Tanto lena, como una Miss Burden voraz
en el sexo y enemiga de la esclavitud, al igual que el reverendo
Hiwgtower están en la mira del pueblo. Son trascendentes por
haberse enamorado de alguien de color, por quedar en embarazo
sin un matrimonio conveniente, por llevar sangre negra.
Aquellos que han saltado los valores
y costumbres se vuelven visibles en un sistema que busca mantener
el peso de las antiguas diferencias. Estas se alimentan en
los ordenes culturales y religiosos. El desprecio irracional
hacia la raza negra pareciera más un pavor mítico que recorre
las calles polvorientas de la ciudad y que llega a las cabañas
miserables de los que fueran alguna vez esclavos. Se necesita
solamente traspasar la frontera de lo permitido para que las
antiguas sanciones y prohibiciones renazcan. A dar este paso
se ve compelido el mismo Cristmas. El olor embriagante del
licor y del tabaco; la presencia cercana de la prostituta,
la posibilidad del dinero operan como vehículos que le arrastran
por el tortuoso territorio de la desobediencia, conduciéndole
a reconocer en su interior otro ser, incon-forme, no- sometido.
Y para estos seres existe un castigo de resonancias bíblicas;
la comunidad surge con todo su voraz y dramático peso.