"El terror de lo sublime, La recepción de E. Burke en el siglo XVIII"

Carlos Eduardo Peláez

Este artículo pretende colocar una revisión en torno al concepto sublime del filósofo E.Burke. Intenta señalar el desvío del concepto originario debido a una apreciación de la pasión desde la instrumentalidad.


El concepto sublime ha sufrido en su calamitoso camino polarizaciones que conducen a su desaparición. Su origen se ha oscurecido, tergiversado su aparición, la realidad se ha confundido, ha resultado ser una fuerza proteica que cambia apenas se le pregunta.

En la época moderna hay que señalar al poeta y crítico francés Boileau –Despréaux como el que introdujo de nuevo el concepto en su ámbito original. Al señalar el poeta la reconquista de la “libertad de la palabra”, emancipándose ella de ser uno de los temas a tratar de los genera dicendi, esto es, la normatividad de un estilo, colocó para el ámbito de la estética una reconducción hacia el origen mismo del concepto.

En los siglos XVIII y XIX el concepto tuvo no menos tortuosidad y amenaza. Inicia su campo teórico filosófico en la recepción estética de los efectos y las características a tratar, pasando por la infinitud moral de la conciencia, hasta arribar a la imposibilidad de objetivar el ideal. Es de aclarar que se halla en los discípulos inmediatos del Kant de la Crítica del Juicio, una solución de lo sublime en lo trágico que reinicia el camino original que había perdido en la mayor parte del siglo XVIII.

La noción que nos puede entregar el punto de partida de esta reflexión puede ser: lo sublime como fuente o la fuente de lo sublime. En la primera oración se puede leer el sentido originario del término tal como Boileau –Despréaux lo intuyó y señaló en el prologo a su traducción del

“Traité du sublime” de Longino: “mais le sublime se peut trouver dans une seule pensée, dans une seule figure, dans un sul tour de paroles”.

Lo sublime es una palabra en “situación”, no una situación de las palabras. Lo sublime señala un sentido originario de la palabra que tiene en el concepto persuasión su alcance y elaboración. Al ser el lugar de lo sublime una irresolución, su origen es el origen mismo de donde brota la obra en su límite e ilimitación. Pero esta primera oración no es el motivo que nos conduce en el desarrollo de este artículo. Es la segunda: la fuente de lo sublime.

Edmund Burke (1727-1795) el filósofo irlandés de las “Reflexiones sobre la revolución francesa y sobre los procedimientos de ciertas sociedades de Londres con respecto a este suceso” colocó su aporte a la recién fundada Estética, por parte de Baumgarten, en su pequeña investigación sobre lo sublime: “A philosophical Enquiry into the origin of our is of the sublime and Beautifuli”(l957), siendo traducido al español como “De lo sublime y de lo bello”. (1).

 

Lo sublime es una palabra en “situación”, no una situación de las palabras. Lo sublime señala un sentido originario de la palabra que tiene en el concepto persuasión su alcance y elaboración.

 

La elaboración de Burke tuvo su eco en Kant y éste en al repercusión del concepto a lo largo del siglo XIX. Burke tomó la forma estética como un objeto que produce afecciones de dolor o de placer ante el estado constante de la mente humana que es el estado de indiferencia, una especie de punto cero entre el dolor y el placer. De modo que su investigación se dirige a clarificar de donde surgen estas condiciones de la pasión humana. “Voy a indagar, nos dice el filósofo, que cosas causan en nosotros las afecciones de lo sublime y de lo bello”(Parte I Secc.XIX). Lo sublime y lo bello son dos naturalezas disímiles, por tanto, el interés de nuestro artículo solo se centra en lo sublime.

Lo sublime para el filósofo parte de la afección más profunda que la mente humana puede sufrir, el terror. El terror no como abstracción sino como el objeto terrible que se presenta en la mente humana produciendo un estado negativo. De modo, que lo sublime, en su estado originario y puro para Burke, hace cesar el movimiento del alma y se convierte en una afección que supera todas las fuerzas, quedando el sujeto a la merced de la estupefacción y el horror.

“El terror, nos dice Burke, es en cualquier caso, de un modo más abierto o latente, el principio predominante de lo sublime (Parte II Secc II).

De modo, que lo sublime se coloca como aquél grado de indefeción donde el creador se diluye y no le queda sino el entumecimiento de sus fuerzas por un objeto que le supera sus facultades. Lo sublime se convierte en un estado de la subjetividad afectada enormemente, presa de su misma irresolución.

Las ideas que producen lo sublime se hallan entre aquellas que más nos asombran y por tanto, más nos afectan. El asombro o la admiración tienen la misma afinidad de idea que el miedo, ellas significan a la palabra griega Thambos. La admiración abre una estupefacción negativa, no el espacio abierto por la pasión para penetrar el orden, como fue en el sentido platónico aristotélico. Las ideas productoras de lo sublime tienen el oscuro como sustancia y hallan en el despliegue temático el origen del estado mental. Lo sublime se coloca como fuente de la afección, como aquello que se descubre como terrible y presenta determinados estados de ánimo. En rigor, es un eco de la caracterización de las impresiones lo que nos puede conducir según Burke al esclarecimiento del estado sublime. De modo, que el esclarecimiento de la experiencia como afección empírica, con todos los rigores que le señaló Locke, es el puntal de donde surge toda la especulación en torno al concepto tratado. Las ideas de lo infinito y eterno, por ejemplo, no son aquellas que pueden ser elaboradas en la sensibilidad o en la especulación sino temáticas que en su telón de fondo oscuro despliegan su efectividad. Las ideas se subsumen en el oscuro terror para alcanzar la afección sublime. Lo sublime es un estado de especie, de animalidad que se auto-conserva ante el peligro de lo otro. “Las pasiones que pertenecen a la auto-conservación son las más fuertes de todas” (ParteI Secc XVIII). Se coloca así lo sublime en la imposibilidad de la comunicación. No se comunica sino que se sustrae a un espacio de estupefacción, a aquél que está mediado por lo sublime. Este se convierte no en una idea que puede hallar su forma sensible sino un estado mental atónito que no logra su elaboración, perdiéndose en un estado de mera afección.

El seguimiento que le hace el filósofo Burke a lo sublime se puede señalar bajo los siguientes aspectos:

1. Temáticas a tratar y auscultación del origen de la pasión como principio regulador y finalidad de la misma.
2. El lenguaje como característica de lo que entrega plenamente lo sublime.

Veamos el primer aspecto. Los temas que afectan la mente en su impresión sublime son aquellos que categorialmente podemos ubicar en la cantidad. La enormidad sobrepasa los límites que la razón puede elaborar como idea. Las ideas se pierden, no logran su epifanía, no porque la pasión conlleve a una supra-racionalidad, sino porque el ilímite de la cantidad sobrepasa la afección conduciéndola al terror. “La vastedad de extensión o cantidad, provoca el efecto más sorprendente”(ParteII Secc.) VII). Las ideas que escoge Burke como temáticas que pueden producir lo sublime las relaciona como carencia de forma, como aquel ilimite que provoca miedo, como aquel efecto que sabe su resultado. Una temática portadora de medios-fines en su linealidad: medio-fin.

Veamos la temática del poder, que al decir de José Molinuevo (2), es uno de los grandes aportes de Burke a la sublimidad, “al desenmascarar los poderes totalitarios”, “los que se cifran en el terror”, en el efecto del poder con toda la fuerza y “capacidad para dañar” (Parte II secc.V), Lo sublime que se ostenta aquí es un previo de la acción. Se siente terror de que “la fuerza se emplee para la rapiña y la destrucción” (ibid), se le coloca la magnitud de la oscuridad, de aquel estado confuso que no permite a la imaginación crear una forma, una representación, sino que actúa en el efecto, en la pasión del terror. La oscuridad es una temática que manipula la afección. No comunica, se impone como terror, como afección consabida para una respuesta concluyente. Los estados despóticos manipulan el asombro a partir de la oscuridad desde la cual trabajan. Lo público se ve sometido al oscurecimiento de las acciones porque los que proceden en el estado lo hacen desde el oscuro.

“Aquellos gobiernos despóticos, que se fundan en las pasiones de los hombres, y principalmente en la pasión del miedo, mantienen a su jefe alejado de la mirada pública tanto como pueden” (Parte II secc. III). “De este modo, hemos trazado el poder a través de sus varias gradaciones, hasta las más elevadas de todas, donde nuestra imaginación finalmente se pierde” (Parte II Secc.VI).

El poder no es el poder y triunfo de la alegría de la creación, de la imaginación o fantasía, tan caro al sublime originario, sino el sometimiento de las afecciones por un oscuro, por una enormidad que no se comprende porque es ajena a los poderes de lo ético: la comunicación del amor entre las almas. En Burke se da la simpatía como principio humano del placer y del dolor, como pasión que interesan los demás. Este concepto salido de la corriente estoica tiene una solución profundamente vulgar y además, caracteriza la empiricidad del concepto sublime inquirido por Burke.

“La simpatía, nos dice el autor, debe considerarse como una especie de sustitución, por la que SE nos coloca en el lugar de otro hombre, y nos vemos afectados, en muchos aspectos, igual que él” (Parte I Secc.XIII).

Este aspecto de la variedad social hace que las pasiones puedan ser transmitidas, con base en este principio las representaciones artísticas se convierten en conmovedoras. Pero aquí en el concepto de simpatía es que ocurre la catástrofe de lo sublime e incluso de lo bello. Considera Burke que la constitución del efecto se da por una mecánica de la pasión y no por la integralidad del objeto representado. Frente a lo representado el hombre se inclina por lo más tremendo, lo más horrífico. La representación imitativa de la acción humana es desalojada por el hecho real de la acción humana. La apariencia de lo representado tiene una conciencia de ficción, de un grado menor de realidad. La pasión requiere un vértigo real en tanto sujeción a lo empírico inmediato. La inmediatez de la morbosidad humana es la que señala la afección de la pasión. No se mira la altura que la pasión puede entregar en lo representado, sino la impresión que los contempladores tienen para asumir un hecho. El hecho inmediato supera el hecho de la mediatez artística, restándole potencia y pasión a las formas del Espíritu. Lo artístico se reemplaza por lo inmediato social, por lo específico, tomando lo tremendo los hilos de lo apreciativo, de lo que puede elevar al espíritu, regla del sublime originario.

 

En Burke lo sublime pierde su origen por un desvío del tratamiento de la pasión. Su intento fue colocar el principio de la pasión que el objeto sublime despierta pero redujo no solo lo sublime a la tematización a partir del terror sino que desalojó a la poesía y la retórica de su propia naturaleza.

 

«Escójase un día para representar la tragedia más sublime y conmovedora que conozcamos; nombremos los actores favoritos; no ahorremos nada para escenarios y decorados, y concentremos los mayores esfuerzos de la poesía, pintura y música; y cuando se haya reunido los espectadores, justo en el momento en que sus mentes se encuentren predispuestas a la expectación, anunciémosles que un delincuente estatal, de altos vuelos, va ser ejecutado en la plaza de al lado; en un momento, el vacío del teatro demostraría la comparativa debilidad de las artes imitativas, y proclamaría el triunfo de la compasión real» (Parte I Secc.XV).

La pobreza del concepto de arte con miras a la auscultación de la pasión, es evidente. La apariencia toma el camino de la banalidad y el divertimento social, adquiere una sustancia despreciable. Lo representado está en gradación menor con respecto a la realidad.

Lo sublime se patentiza en lo enorme y tremendo. Lo real y la representación, esto es lo inmediato y la apariencia, tienen en la magnitud el principio del efecto hacia las pasiones, incluso la pequeñez logra su estado de magnitud para surtir el efecto: «cuando nos detenemos en la infinita divisibilidad de la materia» (ParteII Secc. VII) somos presas del terror.

La verdad de lo sublime en cuanto temática y representación se mueve bajo la instrumentación de la pasión. La pasión es conducida por una fuente que se sabe mecánica. Lo sublime se convierte en una elaboración instrumental más cercana a las fobias que a los procesos artísticos. Lo sublime bajo el terror de la pasión instrumentalizada pierde su camino y arriba a un orden de la auto-conservación, a un carácter de especie natural, que ve en lo «otro» la negación, el peligro. Lo sublime se convierte en negatividad, en emoción del dolor, en la oscuridad donde el sentir pierde su sentido y solo el tremolazo del ahorcamiento y la parálisis, detentan el orden de lo real.

«Lo sublime es una idea que pertenece a la auto-conservación; y que es, por consiguiente, una de las más afectivas que tenemos; que su emoción más fuerte es una emoción de dolor; y que ningún placer derivado de una causa positiva le pertenece» (ParteII Secc.XXII).

Lo sublime queda pues en Burke como la fuente de afecciones instrumentalizadas; es en rigor, un estado síquico que se caracteriza por el objeto que lo afecta. La afección la produce una temática exclusiva; por tanto, lo sublime queda en una supresión, en un abandono de toda forma, de todo aquello que lo puede decir alcanzándolo porque surge de él.

II

En Edmund Burke las palabras tienen una fuente de lo sublime superior a cualquier otro arte representativo; son además el conducto paradigmático de lo sublime.

«La manera adecuada de transmitir las afecciones de la mente es el uso de las palabras; hay una gran insuficiencia en todos los demás medios de comunicación» (Parte II Secc.IV).

Lo sublime originario es la libertad de la palabra. Veamos a partir de este hecho de lenguaje, la elaboración realizada por el filósofo Burke. La poesía y la retórica, que en el concepto originario de lo sublime, son las que ostentan a éste como fuente, como origen de la creación, tiene en Burke un especial tratamiento que debemos resaltar para hallar el desvío del concepto sublime originario. Para Burke la palabra poética tiene el mismo rango que la palabra del uso, de la conversación, de la necesidad. El filósofo clasifica las palabras en torno a la composición de la idea, ya sean éstas «unidas por naturaleza, para formar alguna composición determinada, como hombre, caballo, árbol, etc.»(ParteV Secc.II) llamando a estas palabras «agregadas». O ya sean simples porque contienen una simple idea:

«rojo, azul, redondo». O ya las simples o abstractas o de «unión arbitraria» como «virtud, honor, magistrado, persuasión» (Parte V Secc.II).

Esta clasificación conduce a la conclusión de que «apenas causan ninguna idea real». Las palabras se convierten en sonidos que vinculan exterioridades a ellas mismas: el gesto, el poder de dicción, etc. Ellas dicen en tanto costumbre, hábito general. Veamos «las palabras generales», que nos pueden servir como un ejemplo de la estructura de la clasificación y el orden de la pasión que elaboran. Estas pertenecen a la praxis, a la acción humana que tiene que habérselas con lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto. Ellas actúan como impresión que fue, el significado esta inmerso en la mente y elaboran su comunicación a partir de lo connotado en ellas. De modo que es la impresión de la palabra la que delibera el juicio, la que conduce a un acto u otro. El significado es una impronta y ella se convierte en operante y cumple un efecto de acuerdo a la clasificación. La palabra no despierta la acción sino su generalidad, su impresión. Pierden el momento, el instante que eleva, para reducirse a «una sucesión rápida» indeleble que la intencionalidad comunicativa efectuó. Las palabras son las que no atinan a poseer de ellas más que el simple murmullo, el golpe que despierta la impresión. Ellas no se trascienden a sí mismas en un diálogo, ni responden «a los objetivos de la vida»(ParteV Secc.IV); porque no procuran ni ideas, ni imágenes, sino sonidos que conducen a la impresión general poseída de antemano. De modo que la afección de la palabra se reduce a la temática que la trata.

El efecto lo logra el objeto no como representación sino como impresión que se despliega en el sujeto. La palabra no dice, despierta impresiones, se reduce a su mero sonido. Tiene preponderancia frente a las demás representaciones en tanto cuanto puede añadir el espacio del terror, de abrir la temática de la oscuridad; señala la simpatía como el cenit de la afección. Se vincula al teatro de su representación y no, a su propia dynamis, su influjo de naturaleza sublime. Las palabras son débiles portadoras de realidad y requieren del modo de la exterioridad para afectar. Las palabras son clasificaciones que indican un modo de afección, no son la pasión misma.

En Burke lo sublime pierde su origen por un desvío del tratamiento de la pasión. Su intento fue colocar el principio de la pasión que el objeto sublime despierta pero redujo no solo lo sublime a la tematización a partir del terror sino que desalojó a la poesía y la retórica de su propia naturaleza. El sujeto que padece lo sublime obedece a una especie de respuesta de los estímulos y no a una elevación del ánimo por el poder de la palabra o de la representación sublime. Lo sublime no se halla en la naturaleza del escucha sino en la intencionalidad de los efectos. La pasión pierde la libertad que exige su naturaleza para convertirse así en un medio que a partir de una temática despierta los efectos. Lo sublime pasa a convertirse en un conducto donde se impone el terror, lo informe, en una expectación de las fobias exacerbadas.

En el poeta Boileau habíamos señalado el espacio de lo sublime en el espacio retórico, donde cualquier pequeña palabra, un solo pensamiento, una sola figura, detentan la libertad que exige lo sublime como naturaleza que debe intentar el infinito y el absoluto desde su finitud y desde ella misma.

El desvío del camino de lo sublime es parte del camino de cualquier concepto, el intento de Burke lo sella en el alcance de la verdad:

«Como soy sensato, no he dispuesto mis temas para aguantar la prueba de una controversia mal intencionada; si no de un examen moderado e incluso indulgente, ya que no están armados en todos sus puntos para la batalla, sino aderezados para visitar a aquellos que ansían dar una apacible acogida a la verdad».

Lo sublime siempre se halla en el verso traído por él para señalar el objeto de la pasión: Quod lated arcana non enarrabile fibra.

 

NOTAS

(1) Se utilizará el texto traducido por Menene Gras B. Ed. Altaya, Barcelona, l987.

(2) MOLINUEVO, José. Paradojas de lo sublime. Universidad de Salamanca. Internet.

 

BIBLIOGRAFIA

BURKE, Edmund. De Lo Sublime y De Lo Bello. Ed. Altaya, Barcelona, 1995.

BOILEAU, Despréaux. Traité du Sublime. Oeuvres completes de Boileau. Ed. de A. Ch. Gidel , París. Vol. III p. 440.

HEGEL, G.W.F. Estética I. Ed Península # 215. Barcelona 1989.

KANT, Inmanuel. Observaciones acerca del sentimiento de lo sublime y de lo bello. Ed. Alianza. Madrid, 1990.


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