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Manierismo y barroco en el "Desierto prodigioso""



Arbey Atehortúa Atehortúa


En este trabajo se analizan distintos artificios composicionales presentes en la estructura de El desierto prodigioso y prodigio del desierto de Pedro de Solís y Valenzuela. (1624, 1711) y cómo ellos contribuyen a la sustentación de una visión de mundo particular.

El desierto prodigioso y prodigio del desierto fue un gran proyecto de vida que no terminó con la muerte del autor en 1711. Pedro de Solís y Valenzuela no pudo llevar a la imprenta este texto monumental, aunque fue su deseo, y con ese propósito había remitido los manuscritos a su hermano Fernando a España.

Fernando de Solís y Valenzuela había servido ya de puente entre Pedro y los editores y es así como interviene para la publicación del Panegyrico sagrado, tal como lo reconoce el mismo autor en la edición de Lima en 1646: "A instancias del padre D. Bruno de Valençuela Monge Cartuxo su hermano". En 1647 se publica la segunda edición del Panegyrico en Madrid, también al cuidado de su hermano. Esta mediación se da igualmente con el Epítome breve de la vida y muerte del Ilustrísimo Doctor Don Bernardino de Almansa y La Fenix Cartujana entre otros libros.

La primera impresión de El desierto es la realizada por el Instituto Caro y Cuervo entre 1977 y 1985. Hasta esta fecha, los dos manuscritos que existen de la obra de una u otra forma continuaron escribiéndose. Es así como Francisco José de Prado en 1743, completó con versos de su autoría el folio 89 de la versión de Yerbabuena, y Miguel Tovar en 1814 escribió en los bordes un epitafio latino. Esta es una de las reacciones previstas por José Antonio Maravall cuando se refiere a la técnica del inacabamiento en la estética barroca: "El receptor de la obra barroca que, sorprendido de encontrarla inacabada o tan irregularmente construida, queda unos instantes en suspenso, sintiéndose empujado a lanzarse después a participar en ella, acaba encontrándola más fuertemente afectada por la obra, prendido por ella"(1). Estas alteraciones del manuscrito se salen del control del autor, y obedecen a circunstancias fuera del alcance espacio-temporal del mismo.

Existe otra serie de fenómenos de inacabamiento, de alteraciones que sí competen al autor y formaban parte de la mentalidad barroca y por lo tanto de los recursos composicionales. El primero de ellos, el hecho de que existan dos manuscritos sustancialmente distintos de El desierto.

El primer manuscrito consta de 22 capítulos o "mansiones", como las llama el autor, escritas alrededor de 1650; el segundo data de 1661 y contiene solamente las tres primeras mansiones. El inicio de una nueva escritura del texto eleva el primer manuscrito a la categoría de un borrador; sin embargo había sido enviado a España para que Fernando gestionara su publicación.

Los fenómenos de interrupción y descuido (técnica del suspense) se expresan en toda la obra; el texto de Madrid no contiene al parecer el punto final y numerosas posibles correcciones quedaron insinuadas. Por su parte, el manuscrito de Yerbabuena presenta igualmente los posibles cambios que pensaba realizar el autor. Éste, consciente e inconscientemente, consideraba su obra como no concluida y por eso emprende una nueva "versión" más extensa y con mayor énfasis en el elemento ascético.

Las tres primeras mansiones que reescribe el autor presentan cambios de tal magnitud que se podría afirmar que no son la versión final de las respectivas del de Madrid, sino que conforman un texto distinto. Aquel, de hecho, no era solo un boceto o un inventario de ideas, sino un texto autónomo y listo para su impresión en su nivel de inacabamiento, y por eso contenía la sugerencia para la portada y varios sonetos laudatorios a Don Gaspar Agustín de Lara, a Doña Inés de Quesada y a Balthazar de Jodar.

El manuscrito de Yerbabuena constituye un libro distinto en la medida que se han extendido ciertos soliloquios como el de Andrés frente a Cristo, insertado nuevos poemas y textos en latín e incluido una serie de emblemas que plantean una interacción entre códigos distintos. Finalmente, hablamos de una versión escrita en circunstancias espacio-temporales también distintas, pues las mediaciones históricas y el hábitus, hacen que el autor de 1650 difiera del de 1661, una vez que una serie de acontecimientos como la muerte del padre, su oficio como secretario de la Inquisición, su labor evangelizadora y el hecho de haber sido nombrado heredero único de la inmensa fortuna de la familia han influido en él.

Las diferencias entre los dos manuscritos empiezan desde las primeras líneas. En la Mansión I del manuscrito de Madrid, después que Andrés lee un poema sobre Jesús crucificado, el narrador manifiesta que éste quedó "Embelesado de lo que veía y leía", viéndose interiormente tan herido que "prorrumpió en (…) amorosos affectos"; este breve texto que ocupa siete líneas se convierte en un extenso soliloquio de 118 líneas en el de Yerbabuena; el narrador no solamente cuenta la reacción de Andrés al ingresar a la cueva de Arsenio, sino que mediante un soliloquio pide a Cristo que lo escuche y se siente culpable por su dolor en nombre del género humano, reclamando el amor de los hombres para quien con su sacrificio en la cruz nos liberó del pecado y manifiesta cómo fue transformado por los poemas leídos y las imágenes vistas. El extenso soliloquio construye un personaje distinto porque la expresión de su fe es mayor al utilizar un discurso religioso más intenso y amplio similar al de las meditaciones.

Los emblemas que el autor ha insertado en el texto de Yerbabuena también marcan una diferencia entre los manuscritos. El autor ya no se limita a decir "En la tercera tarja, que era la mayor, estaba el mismo Santo dibujado"; la imagen aparece ante los ojos del lector, entrando a formar parte de la narración.

La imagen de san Bruno es una de las que ocupan la atención de los personajes. La pintura muestra un monje de pie sobre la tierra en un espacio exterior, sosteniendo en la mano izquierda un libro, que puede ser de meditaciones según la costumbre de la época, y en la derecha una especie de ramo con un Cristo crucificado. El santo mira suplicante como lo hacen las figuras del Greco y a él parece llegar la iluminación del Espíritu Santo. Un báculo y un birrete forman parte de la composición pero no ocupan un lugar central. La imagen insertada es barroca con aspectos manieristas por el alargamiento de la figura y de ciertos detalles como las manos.

Lo que observa Andrés lo aprecia el lector; su imaginación ha sido dirigida por la pintura mostrada. Al incluir el autor la imagen, el lector ya solamente podrá pensar en un San Bruno concreto, en su expresión devota, en su brazo doblado sobre el pecho como en acto de contrición y en sus ojos evadidos del mundo pues se concentra en la imagen de Cristo crucificado. El narrador justifica su obra diciendo que delineó "aunque tóscamente", a pesar que realmente lo que ocurrió fue que insertó una imagen recortada de otro libro. En el manuscrito de Madrid el santo solo se nombra y el lector debe imaginarlo de acuerdo a sus competencias.

Los emblemas que contiene el manuscrito de Yerbabuena son paratextos de la iconografía colonial, seleccionados por el autor del inventario pictórico del siglo XVII: calaveras, imágenes religiosas en actitud contemplativa y dibujos simples como un reloj de arena con alas, espadas y un candelabro. Las figuras entran a dirigir la imaginación del lector; éste ya no puede pensar en un San Bruno a su gusto, sino en uno concreto, el seleccionado por el autor.

De esta manera, la recepción cambia porque la inserción de dibujos implica el manejo de otros códigos. El uso simultáneo de éstos fue explotado como método didáctico de carácter moralizante y por ello la música, las imágenes áureas de los altares, el canto y la oración en latín se combinaron en dicho proyecto. Solís y Valenzuela los utiliza en la elaboración del segundo manuscrito como si estuviera ejerciendo una labor evangelizadora a través de su texto.

Las tres primeras mansiones del manuscrito de Yerbabuena también se caracterizan por la presencia de extensos poemas en latín; la Mansión primera, por ejemplo, contiene 221 versos y la segunda 12, hecho que contrasta ampliamente con la ausencia de éstos en el manuscrito de Madrid. El conocimiento del latín por parte de los clérigos y académicos los ubican en una dimensión completamente distinta a la de la gran masa de la población iletrada. Si bien el saber escribir y leer determinaba ya una diferencia crucial entre grupos e individuos, el latín ahonda estas diferencias y hace de los representantes de la Iglesia portadores de un mandato divino, de santidad, al hablar la "lengua de Dios", pasando a formar parte del capital académico de los clérigos, que gradualmente y desde la antigüedad caracterizó su estado. Menéndez Pidal lo expresa claramente cuando afirma que el "clérigo, servidor de una ideología latina muy suya, no podía intentar apartarse de ese tecnicismo consagrado, imposible de alterar"(2). En este sentido, el texto de Yerbabuena se presenta como más excluyente; el lector modelo se delimita aún más pues el latín como forma de intimidación, cumplía su función sobre las masas cuando se utilizaba oralmente. Para el gran número de iletrados no significa nada un texto en latín en una obra de estas dimensiones, pero sí para el espacio social del autor, para el reconocimiento y delimitación de su grupo, al utilizar competencias muy selectas, propias de una investidura.

 

La imagen insertada es barroca con aspectos manieristas por el alargamiento de la figura y de ciertos detalles como las manos.


Con el inicio de una nueva reescritura de El desierto, el manuscrito de Madrid pasa a representar para el autor un borrador, aunque será igualmente la característica del segundo manuscrito. El hecho que el texto se haya ido construyendo como lo dice Páramo Pomareda con "las anécdotas de la vida de su hermano, la imagen de su padre, los recuerdos de sus amigos", define aún más su carácter de inconcluso. En la versión de Yerbabuena, por ejemplo, se incluye El panal de Sansón, poema que Fernando había remitido 20 años atrás, y que en el texto de Madrid es solo una referencia. Esta experiencia corresponsal entre los dos hermanos queda consignada en la mansión XXII, formando parte del espacio ficcional.

La obra no la considera el autor como concluida porque sus experiencias y la de los otros personajes biografiados continúa. El texto es en cierto sentido su proyecto de vida, y por eso en el segundo texto va a incluir las nuevas vivencias, las lecturas realizadas y una visión distinta en la medida que es capellán reconocido y secretario de la Inquisición.

El manuscrito de Madrid tampoco lo considera el autor terminado por las numerosas correcciones y las promesas de nuevos textos para las siguientes mansiones; es posible que el punto a parte haya sido el momento de remisión de los originales a su hermano en Madrid. Este hecho expresa igualmente el arduo trabajo caligráfico del autor para pasar los borradores, pues es indiscutible que la escritura del texto de Yerbabuena la hace con una copia del primero.

La técnica de lo inacabado se extiende al nivel de la composición, de la trama y del mismo argumento, sobrepasando la conciencia del autor porque obedece a un gusto, a una expresión de época. Esta técnica, según Maravall, es un recurso de suspensión que tiene como fin la intervención activa del público y "atraer y sujetar más ahincadamente a aquellos a quienes se dirige"; el ojo del receptor debe completar lo que falta y ponerlo un poco a su manera.

A nivel intratextual, en El desierto el recurso de suspensión de lo inacabado también se expresa en los espacios en blanco. Después de leer la quinta consideración de la meditación sobre la muerte, Don Pedro encuentra dos hojas en blanco; la necesidad imperiosa de completarlas se manifiesta en el ofrecimiento de Fernando de una pluma y el ingenio de Antonio para extraer tinta de un árbol; con estos recursos "Don Pedro (….) escrivió (…) los siguientes versos a la Reyna de los Angeles María Ssma. (…)".

Las hojas en blanco seguirán apareciendo en el cartapacio y la intención, tal como la expresa Antonio, es "que no se le avían de bolver a su dueño sin que fuessen escritas o dibujadas, que él se encargava de la inventiva del asumpto" (El desierto,1977, 125). Los personajes utilizan incluso las márgenes del cartapacio para responder a los poemas y participar así de la escritura, tal como lo hace Andrés con Desengaño de la humana vida.

Los personajes proponen incluso temas para escribir, a manera de una competencia, y ejercen el papel de creadores y correctores. Pedro, Andrés y Antonio improvisan los poemas según el tema propuesto y Fernando hace de escriba. El concurso poético tiene como objetivo llenar los espacios en blanco del manuscrito Desengaño de la humana vida. Pero El desierto era a la vez un manuscrito con lectores, y los primeros de ellos Fernando de Valenzuela, Antonio Acero de la Cruz y Andrés de San Nicolás. El manuscrito de Pedro de Solís y Valenzuela continúa escribiéndose, llenándose como lo hacen los personajes al nivel de la historia con el cartapacio de las meditaciones. Los lectores contribuyen directamente a la creación del texto considerado por su autor como inacabado, y es por esto que Fernando envía a su hermano desde España el Soliloquio a Cristo nuestro Señor.

La consideración del texto como un manuscrito también remite a su nivel de inacabamiento. Según Walter J. Ong, los manuscritos, con sus observaciones o comentarios al margen sostenían un diálogo con el mundo y se identificaban más con la dinámica de la expresión oral, planteando un diálogo con los lectores, que asumen el texto como en proceso de elaboración; lo impreso produce contrariamente una sensación de concluido, de finito.

El lector participa igualmente de la escritura, en la medida que la mención en la ficción de numerosos libros existentes en la literatura de la época terminan en solo referencias; de esta manera una serie de textos aludidos pasan a ser espacios en blanco que el lector tiene la posibilidad de llenar al existir en la literatura religiosa del XVII y construyen el gusto literario de los personajes y el hábitus del autor: todos son libros religiosos, de carácter místico, que mueven a la conversión, al arrepentimiento y a la fe (las Sylvas de Aula Dei, Los dies grados del amor de Dios).

Del soliloquio El panal de Sansón se dice que fue enviado por Fernando desde España y "aposessionose" de él el padre de don Pedro; si bien éste y los demás desean leerlo, el padre se opone determinando se leyese el año entrante, una vez se hicieran las "ilustraciones" pedidas por el cartujo. El conocimiento de este texto queda por lo tanto pendiente para los personajes y para el lector, sin que llegue a materializarse en el espacio textual la promesa hecha. Este texto, sin embargo se incluye en la mansión I del texto de Yerbabuena, ahondando la diferencia ente los dos manuscritos: lo que en la Mansión XXII del manuscrito de Madrid es un recurso de suspensión, no lo es en la Mansión I del de Yerbabuena.

El narrador hace patente de este modo ciertas relaciones transtextuales, creando un efecto de ambigüedad al correlacionar hechos imaginados con referencias concretas y reales. Así ocurre igualmente con el libro Aula Dei enviado por Fernando para que don Pedro gestione una edición en la Nueva Granada. Las advertencias del hermano van desde el cuidado para que aparezca el nombre correcto del autor (Miguel de Dicastillo), hasta las correcciónes de posibles errores presentes en ediciones anteriores. La atención para la publicación está acorde con las numerosas correcciones presentes en los dos manuscritos y el deseo de perfección expresada en una nueva escritura. La distancia tempoespacial traiciona al autor, porque la visión de mundo expresada en el manuscrito de 1650 cambia, al acentuarse, al hacerse más afirmativo el ascetismo del grupo representado por Don Pedro.

Los textos omitidos al "lector" también son creaciones de los personajes, que quedan en la sola mención como ocurre cuando don Pedro, su primo y unos amigos en El desierto de Guaduas escriben cartas, poemas y epigramas para enviarle a Fernando a España y el narrador las excluye expresamente para "no hazer molesta esta redacción", afirmación curiosa en un texto que ha tratado de incluir todos los poemas que los personajes mencionan. Es precisamente lo que le resta ambigüedad al discurso omitido, porque a fuerza de repetición el lector imagina el sentido del mismo.

Todas estas referencias a textos imaginarios y reales, crean el otro libro, el velado, el que pertenece a la competencia, a la caracterización de los personajes. Algunos de estos libros existen en la literatura ascética del siglo XVII y su sola referencia construye el saber académico y el interés editorial de los personajes. Por eso Fernando hace imprimir en México las meditaciones y remite al lector a escritores espirituales de la época. La otra historia se construye por lo tanto con los libros aludidos y con los poemas prometidos que no se materializan en el espacio textual, hecho que refuerza la sensación de inacabamiento como un proceso del cual participa el lector.

La interrupción de la histoira por la llegada de la noche constituye otro de los artificios de suspensión utilizados en la novela. Al final de cada mansión hay una invitación a los personajes y al "letor" para que tomen un descanso y así continuar con las lecturas al día siguiente. La llegada de la noche, o la hora del medio día son fenómenos atmosféricos que obligan a suspender y provocar así la intriga entre los personajes. Arsenio, por ejemplo, cuenta la vida de Casimira e inserta poemas, retrasando el desarrollo de la historia. Igual ocurre con la leyenda de Pedro Porter, la cual es interrumpida en un momento de mayor suspenso para leer la cuarta meditación sobre el infierno; creado un efecto de desasosiego en el lector, al querer llegar al punto donde la historia continúa. La estructura general del texto, su forma composicional y por supuesto su estructura arquitectónica, reflejan esta técnica del suspense, respuesta de la mentalidad barroca de una sociedad en vía de cambio, que crea un sentimiento de inestabilidad.

La técnica del "suspense" en El desierto se desarrolla dentro de cierto nivel de previsibilidad por la repetición y la posición afirmativa de tipo ascética predicada por la novela; ésta es cerrada con relación a la trama, según la terminología de Victor Manuel de Aguiar E Silva(3), pero abierta desde la teoría de los géneros expuesta por Wolfgang Raible(4) por la sensación inconclusa de la ficción.

El lector real puede llenar muchos de esos "espacios en blanco" en la medida que los textos aludidos no son invención del autor sino que existen en la literatura del XVII. A pesar de esto, la oscuridad representada en fenómenos de inacabamiento existe, y se evidencia en el hecho que el texto es para la época un manuscrito. Lo que el I.C.C. ha publicado son prácticamente dichos manuscritos. Esto plantea otro problema pues de un texto al lector se le terminan ofreciendo hasta tres alternativas. El poema recitado por Andrés en la Mansión I, por ejemplo, contiene dicha ambigüedad. Algunos versos presentan la posible variante que pensaba realizar el autor; no sabemos la decisión final y es posible que ni siquiera fuera el mismo autor quien la haría, pues el manuscrito llega en estos términos al monje cartujo en España, quien participa de la escritura al ser guía, corrector e intermediario editorial de su hermano.

Es así como el verso "me hallo hijo dichoso" tiene la posible corrección "he sido tan dichoso" y el verso "el caminante occioso" por "que aun hasta la noche/ no he de estar ocioso". La primera propuesta no está tachada como ocurre con otros textos y anotaciones, por lo que no sabemos la versión final de los poemas. Incluso se puede llegar a una decisión muy distinta; el verso "el caminane occioso" que presenta la posible variante ya aludida, termina en el manuscrito de Yerbabuena como "no quiero estar ocioso". Esto ocurre con numerosos textos del manuscrito de Madrid y sin embargo el de Yerbabuena sigue manifestando las mismas posibilidades de corrección como el verso " por no aver que perder" cuya posible solución sería "como que nada arriesga".

 

La técnica de lo inacabado se extiende al nivel de la composición, de la trama y del mismo argumento, sobrepasando la conciencia del autor


Tanto el texto de Madrid como el de Yerbabuen son obras inacabadas, incompletas para el autor; al no ser llevadas a la imprenta seguirán siendo eso. Héctor Orjuela, refiriéndose a los manuscritos, afirma que al parecer "después de la primera redacción el texto sufrió enmiendas y adiciones a través de casi toda la vida del autor, pero que básicamente en lo que concierne a la novela, las alteraciones no fueron sustanciales"(5); Orjuela se refiere aquí a la historia, a la aventura en términos generales, pero no a la mentalidad, a la visión de mundo que cambia sutilmente con los nuevos elementos insertados. Poemas de autores españoles, historias populares medievales y conocidas por el autor a través de su hermano Fernando, entran a ser parte constitutiva de la novela. La dificultad del lector para reconocer la autoría de ciertos textos aumenta la ambigüedad, problematizando la lectura, porque la visión de mundo de lo creado debe ser reforzada por los textos con los que se establece la transtextualidad.

Otras tradiciones literarias occidentales confluyen en El desierto, fenómeno que al nivel de la arquitectura del texto afirman la visión de mundo sustentada. El autor posee una educación de corte humanista que no transgrede al plantear su poética y que por el contrario se refleja en su obra; nos referimos a las características de la novela bizantina y a otros fenómenos de los textos medievales.

Inicialmente la división en "mansiones" o "ratos de esparcimiento"; los personajes acompañan sus caminatas, sus días, sus jornadas, con la recitación de poemas; es lo que a otro nivel se presenta en el Decamerón de Boccaccio. Recordemos que las peregrinaciones en la Edad Media al santuario de Santiago de Compostela las acompañaban juglares o cantores que alegraban las jornadas. Los personajes de la novela de Solís y Valenzuela viven de cierta manera en un peregrinar constante; los cinco amigos salen de la ciudad colonial al campo, se retiran del lugar donde confluyen las distintas fuerzas y grupos de una manera directa a un espacio idílico, compenetrándose con la naturaleza. Allí todo es tranquilo, apacible y hermoso; es una forma de evasión de un mundo que tampoco se referencia, remontándonos a las descripciones ideales de las protonovelas; relación hipertextual planteada a manera de una transformación, según la terminología de Genette, para expresar la visión de mundo sustentada por el grupo de amigos y familiares de la alta clase neogranadina.

De la misma manera, la interrupción de la narración al caer la tarde nos recuerda el uso de este artificio por parte de Heliodoro en Teagenes y Cariclea. Algunas de estas referencias transtextuales no necesariamente tienen que ser conscientes; ésta, por ejemplo, puede obedecer a un fenómeno de carácter natural y hasta religioso: los personajes aprovechan el día, la luz natural para sus ejercicios espirituales de escritura y al anochecer se retiran a descansar, como si participaran de una vida monacal.

Otras alusiones sí parecen proceder directamente de la tradición aportada por la literatura antigua y medieval; nos referimos a elementos de la fábula como el viaje en ultramar al nivel de una gran aventura(6); así ocurre con el viaje que emprende Leucipa en la novela de Aquiles Tacio, con el peregrinar de Teagenes y Cariclea en la novela de Heliodoro y con Landolfo en la jornada segunda del Decamerón que afronta un asalto de piratas, el naufragio de la embarcación y la pérdida de todas sus posesiones. Arsenio, en El desierto, después de raptar a Casimira y obligarla a disfrazarse de hombre, emprende un largo viaje hacia América; este viaje es víctima de una serie de penalidades como la semidestrucción de la embarcación por una tormenta y el ataque de piratas holandeses quienes abandonan a la pareja en una playa solitaria.

Para Manuel Briceño Jauregui, el hipertexto primario de El desierto es El viaje entretenido del madrileño Agustín de Rojas, con siete ediciones entre 1603 y 1625, "una obra proteiforme que- como El desierto- no se deja reducir fácilmente a un género literario determinado" (Jauregui, 1983, 367). Héctor Orjuela, por su parte, señala el nivel de transtextualidad de El desierto con la Historia tragicómica de don Henrique de Castro de Francisco Loubayssin de la Marca(7).

Estas relaciones transtextuales al nivel de la historia se plantean a lo extenso de la obra, bien sea mediante la reactualización de fábulas y leyendas antiguas. Es así como la historia de Pedro Porter, que estuvo 36 días en el infierno, la conoce el autor por una leyenda existente en la Cartuja del Paular y remitida por su hermano Fernando. Los intertextos clásicos se dan bajo la forma de referencias a figuras de la mitología griega y la alusión y cita de autores latinos. Esta clase de transtextualidad es parte estructural de una serie de textos eruditos y excluyentes que integran la mentalidad religiosa de un grupo dominante que coloca lo antiguo al servicio de la tradición católica.

No deja de ser especial que la tradición clásica griega no es copiosa en el texto como ocurre en otras obras correlativas a El desierto como en El carnero de Juan Rodríguez Freyle, donde la imagen de Alejandro Magno se ha instalado para servir de recurso pedagógico, y en la basta obra de Francisco Alvarez de Velazco (Rhytmica Sacra, Moral y Laudatoria) en la cual las imágenes griegas aparecen frecuentemente para servir de contraste con las de la Iglesia católica.

En las relaciones transtextuales con los textos clásicos se busca la adjetivación positiva de las imágenes de la iglesia, no aludiendo a las figuras griegas como dioses o seres divinos; de Solís y Valenzuela solo utiliza referencias o menciones sin ir más allá en la leyenda. Cuando se producen las comparaciones pasan por un nivel de transformación porque no se realizan exclusivamente al nivel de los contenidos como simples homologías. Si bien éstas se pueden plantear, existe una transgresión a la valoración de la antigüedad clásica al no pretender establecer una apología de ésta. Ninguna figura de la antigüedad aparece bajo un ropaje divino; son héroes, personas ilustres pero no dioses. Jean Seznec explicó en Los dioses de la antigüedad en la Edad media y el Renacimiento cómo la Edad Media ha asimiló los dioses paganos tradicionales bajo la consigna de que "eran simples soberanos a los que la gratitud -o la adulación- de sus súbditos había elevado a los cielos"(8). En el XVII se ejerció una nueva censura por parte de la Iglesia, derivada de la visión contrarreformista(9).

La valoración y estudio del pasado clásico griego se inició durante el Renacimiento, tal como lo expone Gilbert Highet en La tradición Clásica(10). Para el arte religioso de la colonia, la antigüedad griega es uno de los modelos para comparar las imágenes de la Iglesia y las personalidades del mismo siglo XVII. El elogio a este pasado, a sus héroes es contrarrestado para no desdibujar la tradición católica a favor de la pagana. Así para Álvarez de Velasco, San Francisco Xavier es superior al mismo Apolo; para Juan Rodríguez Freyle, Alejandro Magno fue tanto un gran conquistador como un borracho irreflexivo, y de Solís y Valenzuela no pasa de referencias muy sutiles sobre la Antigüedad clásica griega. Las nuevas figuras, los nuevos héroes como San Bruno, son superiores a cualquier héroe de la antigüedad. El desierto es una loa, un elogio a este monje, fundador de la orden cartujana a la que ingresará Fernando con el nombre del santo.

 

Todas estas referencias a textos imaginarios y reales, crean el otro libro, el velado, el que pertenece a la competencia, a la caracterización de los personajes.


Esta situación no deja de ser parte de la ambigüedad barroca pues existe un amplio reconocimiento del esplendor clásico, que parte del conocimiento de las lenguas latina y griega antiguas y a través de ellas de las mitologías respectivas. Pero muchos de los literatos de la Edad Media y el Barroco, como en este caso, son clérigos, miembros de la Iglesia, que deben anteponer su tradición, su religiosidad a los paradigmas de la antigüedad. Se elogia el pasado en cuanto sirve para exaltar la tradición católica, se descalifica cuando es necesario o se referencia muy sutilmente como se hace en El desierto.

La Antigüedad grecolatina es considerada como modelo pero en ningún caso superior a la tradición creada por la Iglesia.

Los elementos clásicos presentes como intertextos afirman valores religiosos que ostentan los personajes y contribuyen a la exposición de un espacio textual aparentemente sin más ambigüedad que los yerros de individuos de la aristocracia, corregidos rápidamente para conformar un mundo idílico, estable, de contemplación y amor a Dios.


NOTAS


(1) MARAVALL, José Antonio. La cultura del Barroco. Ariel. Barcelona 1990, 441.

(2) RICO, Francisco. Historia y Crítica de la Literatura española. Crítica, Barcelona, 1979, p. 17.

(3) AGUIAR E Silva, Vitor Manuel. Teoría de la literatura. Gredos, Madrid, 1986, p.205.

(4) El concepto de "abierto" se toma en dos sentidos; en primer lugar refiere la ambigüedad del texto literario, la plurisignificación al contener determinado grado de desorden o entropía. En segundo lugar la consideración de Wolfgang Raible desde el punto de vista de los géneros literarios. Para él, una obra abierta es una obra inconclusa, sin cierre: "se trata del relativo acabamiento o la autonomía de los textos que se atribuyen a los géneros, se trata de lo que se parafraseó ya en La poética aristotélica con olos kaitelelos". RAIBLE, Wolfgang y otros. Teoría de los géneros literarios. Arcos/Libros, Madrid, 1988, p. 313.

(5) ORJUELA, Héctor. Estudios sobre literatura indígena y colonial. I. C. y C., Bogotá, 1986, 265.

(6) Algunos de los elementos del esquema típico general de la trama de estos textos según Bajtín son: "(...) el rapto de la novia antes de la boda, el desacuerdo de los padres (si estos existen),
que destinan a los enamorados otro novio y otra novia (pareja falsa), fuga de los enamorados, su viaje, tempestad en el mar, naufragio, salvación milagrosa, ataque de los piratas, cautiverio y prisión (...)"
BAJTIN, Op, cit. p.241.

(7) "La figura de Arsenio ofrece, no obstante, algunas semejanzas con el ermitaño Lorenzo del texto francés y existe la coincidencia de que la amada de don Henrique se llama Leonora y que el nombre de la esposa de Arsenio, muerta muy joven, sea Leonor (Delia)" BRICEÑO, Op. cit. p. 271.

(8) SEZNEC, Jean. Los Dioses de la Antigüedad en la Edad Media y el Renacimiento. Taurus, Madrid, 1983, p. 19.

(9) Así lo expone Jean Franco: "(...) en las artes plásticas se prohibieron los temas profanos. Aún en 1680, se denunció en público a un dominico por poseer una pintura de Héctor y Aquiles"

(10) Este interés, según Highet, empieza con el "redescubrimiento de la lengua griega clásica". Petrarca inicia estos estudios en 1339 con la ayuda del monje Barlaam y posteriormente Boccaccio estudia el griego con Leoncio Pilato, "hombre que resultó ser el primer catedrático de griego en la Europa occidental". HIGHET, Gilbert. La tradición clásica. Fondo de Cultura Económica de México, México, 1978, p.31-40.

 


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