|
 |
|
Junio de
2008 |
|
 |
|
|
La ciudad escrita
|
|
| |
La ciudad escrita
Por William Marín Osorio Director Revista Café con Letras. Revista de Estudios literarios del Eje Cafetero Colombiano.
La Revista Café con Letras presenta en esta oportunidad el tema de la ciudad como eje alrededor del cual gira una escritura que se sitúa entre la ficción y la realidad histórica, una escritura que en las décadas de los ochenta y noventa apuesta esencialmente por el lenguaje.
Este número presenta una aproximación al panorama de nuestra literatura desde la perspectiva de algunos nombres y obras significativas que han estado asociadas al desarrollo de una estética, una manera de ver el mundo y al devenir histórico de la aldea que se va transformando en ciudad. No sólo se ha establecido una mirada sobre la ciudad desde el orden de la literatura, también el oficio del historiador y del cronista ha cumplido, como conciencia crítica de la sociedad, un papel importante en el proceso de definir un orden del mundo a partir de la vida cotidiana de la aldea de principios de siglo: Gotas de tinta de Luis Tejada, es una escritura que ejercerá una influencia marcada en la obra de cronistas como Ricardo Sánchez, Euclides Jaramillo Arango, Luis Carlos González, y que se vertirá en la ciudad moderna de las transformaciones de la avenida circunvalar, del asesinato de los travestis de la octava, la ciudad de la marginalidad, de la prostitución, la ciudad de la noche y la ciudad del día, la ciudad del Pasaje Pulgarín, en cronistas como Alberto Verón, Gustavo Colorado Grisales, Rigoberto Gil Montoya.
Presentar un panorama de los avatares propios de nuestras concepciones del mundo, es rastrear los orígenes de la literatura regional en la década del 20 con Rosas de Francia (1926, novela premiada en París), de Alfonso Mejía Robledo (autor del libro de poemas Mater dolorosa), un hombre proveniente del Cauca, comerciante, una escritura que al decir del crítico literario Rigoberto Gil Montoya es “el texto que inaugura, para la ciudad, la construcción de su narrativa”. Esta fundación de la narrativa de ciudad es según Gil Montoya heredera del romanticismo, un movimiento que marcó a la generación de los escritores de comienzos del siglo veinte, cuyas estéticas están cimentadas en el privilegio del yo, el yo del poeta. Rosas de Francia es una novela que tiene como modelo a María de Jorge Isaacs, y como ella su proyecto estético consistirá en enaltecer los sentimientos de los hombres, a través de la figura del poeta Ricardo y su bella amada Lucía Pinar quien muere de amor. Ricardo es un viajero, cosmopolita y sensible frente al mundo americano, quien tendrá como paradigma a la figura emblemática de don Quijote. La novela, desde la perspectiva de Pierre Bourdieu, se sitúa críticamente contra la estética modernista de Los Nuevos (entre ellos León de Greiff, Luis Vidales, en el contexto poético) que serán representantes importantes de la renovación de vanguardia en la poética del país. La naturaleza es problemática en la vorágine de Rivera, y en Mejía Robledo es idílica, es gozo y contemplación; nos recuerda Gil Montoya al estudiar este texto en su libro Pereira: Visión caleidoscópica, que es "una escritura de principios del siglo XX jalonada por el interés político de quienes se preparaban para la toma del poder y en cuyos intereses se mezclaban tanto la gramática como el poder político”. De allí que la propuesta estética de Mejía Robledo responda como señala Gil Montoya “a los intereses de una clase en ascenso, preocupada por abrirse paso en los ámbitos culturales del país, ansiosa ante la posibilidad de tener lectores y con ellos, el reconocimiento de una labor intelectual y educativa, de cara a una sociedad que precisa su representación.” El cosmopolitismo de Mejía Robledo, el amor por la patria, los valores ancestrales, lo ligan al fenómeno estético del Grecoquimbayismo o lo grecocaldense.
Señala Rigoberto Gil Montoya en su libro Pereira: Visión caleidoscópica que:
“El dibujo central del boceto que Rendón hiciera en 1923 en torno a Pereira, entre la imagen de “La selva abrupta” y “La ciudad moderna”, muestra la forma cómo un par de obreros, con sus torsos desnudos, instalan, mediante un sistema de cableado y poleas, una columna corintia en la fachada de un edificio moderno. Me arriesgo a interpretar, sobre este boceto, las marcas simbólicas de un grupo de intelectuales del gran Caldas, que optó por la grandilocuencia, el discurso orlado y la oratoria, para unos fines estéticos que siempre estuvieron muy cerca de los fueros y corredores políticos.”
Es importante recordar aquí a Jaime Mejía Duque y su ensayo “Problemas de la literatura en Caldas”. Especialmente el capítulo “La cultura en la provincia en el marco de ciertas condiciones sociales del subdesarrollo”. En su libro Literatura y realidad (Medellín. Oveja negra, 1969), para quien la idea del grecoquimbayismo nace en la concepción de ciertos intelectuales caldenses de lo griego, una idea poética, no histórica, derivada del modernismo y de la retórica parnasiana, frente al pasado que se quiere rescatar, lo quimbaya, para reinterpretarlo. Surge así, al decir de Gil Montoya, “un estilo, una visión de mundo, una forma del aderezo y la simulación.” Grecoquimbayismo que se representa en el imaginario social de la llamada fuerza de la raza, a la manera de la colonización que narra Benjamín Baena Hoyos en su novela El río corre hacia atrás, al igual que en Risaralda de Bernardo Arias Trujillo.
Rafael Arango Villegas con su novela Asistencia y camas, muestra una visión de la realidad urbana si se quiere, de una manera más clara, y más cercana a lo popular y a sus problemas, en esa tensión constante entre la cultura de élite y la cultura de masas: la apuesta es, en términos de Bourdieu, por la oralidad, el habla espontánea, que encontramos en la obra de García Márquez, en el tono poético de Rulfo, en Giardinelli, en Cabrera Infante. La escritura es permeada por el crecimiento de la aldea y por la presencia de un nuevo actor social, el desplazado por la violencia bipartidista de los años cuarenta. Hay una obra de un escritor santandereano contemporáneo Álvaro Acevedo Tarazona, que recoge en su novela Adiós no es para siempre, esta temática de las primeras décadas del siglo veinte en Pereira, la presencia del líder político Jorge Eliécer Gaitán en el gran Hotel, y el enfrentamiento a muerte entre liberales y conservadores en el marco de la Plaza de Bolívar. Pero también debemos volver al escritor de la provincia Silvio Girón Gaviria, autor de La Ninfa de los parques, Las órbitas vacías, el periodista, el que fuera fundador y primer director de la Biblioteca Pública de Pereira, y a quien en nuestro primer número de la Revista Café con Letras Alberto Verón Ospina hace un homenaje al escritor del realismo en la palabra de sus cuentos, sus novelas y sus textos periodísticos. Para Gil Montoya “Las brechas abiertas por Girón Gaviria darán paso a la representación de la ciudad contemporánea. Esas voces y rumores en sus narraciones, son apenas los síntomas de un tejido urbano que opera sentidos y anuncia el juego de la polisemia, en los destinos de personajes alienados y marginados, en los avatares de la subsistencia diaria…” Pero como señala el crítico, en este contexto de los nuevos lenguajes urbanos, surge un escritor que se preocupa más por el hecho estético como construcción estética, es el caso de Julio Sánchez Arbeláez, con La saga del popular, que busca desentrañar el universo de la marginalidad de nuestras ciudades: el drama judicial de quienes se ven involucrados en el mundo de la droga, es la ciudad de los personajes de Hugo López Martínez, autor de La historia imperfecta (la novela del exilio del creador), Esta cuadra es mía, Para saber quién soy, el creador de Nueva Mercedes, la ciudad de los amores y de la inocencia, de las salas de cine, de las barriadas, de la adolescencia; en la obra de Susana Henao Montoya, el tema del poder, el sexo y lo femenino, en Crónica satánica, Antesala del paraíso, imaginario femenino que se ausculta de nuevo en Ana María Jaramillo de las Horas secretas, una novela que ausculta el suceso histórico del Palacio de Justicia, tema que será el núcleo alrededor del cual girará la novela El laberinto de las secretas angustias de Gil Montoya.
Volviendo al tema grecoquimbaya, y su mirada provinciana sobre el trabajo intelectual como la definiera Jaime Mejía Duque, al señalar que “no se puede pensar y escribir como Goethe cuando se existe en un mundo apenas salido de la arriería en tiempos en que a escala planetaria rigen técnicas y principios y cánones emanados de la complejidad de la civilización industrial”, van surgiendo otros horizontes de las escrituras que se estructuran en los elementos estéticos de la modernidad literaria, elementos estéticos que ingresan al país a través de la estética modernista de José Asunción Silva y de la obra de Gabriel García Márquez, éste último a través del famoso Grupo de Barranquilla, haciéndonos contemporáneos del mundo. Esa estética, en el orden de nuestras letras regionales lo constituye la obra de Alba Lucía Ángel, una escritura en la diáspora, quien conoció a los protagonistas del Boom de la literatura latinoamericana, un fenómeno literario de la década de los 60 que tuvo como paradigmas a la revolución cubana y el desarrollo creciente de la industria editorial de los exilados españoles.
Nos sabemos pertenecientes a una incipiente tradición que es la tradición que intenta recomponer Ángel Rama en sus ensayos críticos, cuando habla de esa urgente necesidad de establecer canales de comunicación entre los intelectuales latinoamericanos, frente a lo que él denomina la ciudad escrituraria y la ciudad letrada. Nuestra apuesta es por la ciudad escrituraria, la del discurso transgresor y crítico de la ciudad letrada, la ciudad oficial, la del poder. ¿Cuál es nuestra apuesta en este contexto? ¿Cuál es nuestra lectura de la tradición y de los avatares propios de nuestra ciudad a partir de las estéticas del asombro que se insinúan en las palabras de nuestros creadores?
William Marín Osorio william@utp.edu.co
-
William Marín Osorio - william@utp.edu.co willimar@telesat.com.co -
- Profesor de Literatura, Licenciatura en Español y Literatura, Universidad Tecnológica de Pereira. Licenciado en Educación-Español y Comunicación Audiovisual. Magíster en Literatura Hispanoamericana, Instituto Caro y Cuervo.
|
|
| |
|
|