Jean-Pierre Deslauriers
E
logio del sentido común en
la investigación cualitativa
y las Ciencias Sociales

Traducción y adaptación del francés del texto: Eloge du sens commun. La pratique de la recherche qualitative (*)

Miguel Angel Gómez Mendoza

Ponencia presentada en el coloquio “¿La práctica de la investigación cualitativa: un placer?“, el 7 y 8 de abril de 1989. Université du Québec en Abitibi-Tèmiscamingue. En: “Eloge du sens commun“. La pratique de la recherche qualitative. Societé de recherche en education de l‘Abitibi-Tèmiscamingue. Rouyn: Université du Québec en Abitibi-Temiscamingue, páginas 14-27. (*) Se publica con autorización del autor.

Introducción

El Sentido común es ciertamente la cosa mejor repartida en el mundo, y además, es de una eficacia probada. En este aspecto, los teóricos sociales han quedado más de una vez boquiabiertos por la capacidad de autoorganizaciòn del pueblo. Marx entrevió en la Comuna de París de 1871 la forma que podía tomar la sociedad comunista. De 1936 a 1939, los españoles de Madrid y los catalanes de Barcelona tomaron sus ciudades a cargo, demostrando de esta manera que los aficionados podían administrar los aglomerados industrializados de gran importancia. Más cerca de nosotros, el Estado se iría a inspirar de la experiencia popular para implantar los CLSC, los clubes de consumidores y el ACEF han adelantado a la Oficina de protección del consumidor. Estas personas no tenían no obstante más que su buena voluntad, algunas ideas generales rebuscadas aquí y allá, y el buen sentido.

A pesar de ello, después que los investigadores abordan estas mismas personas, su sentido común se convierte entonces en un dato bruto y sin refinamiento, e inclusive alguna cosa de la cual se debe desconfiar. A el buen sentido, se opone el pensamiento teórico abstracto y complejo. ¿Cómo se puede admirar la forma de pensamiento que hace maravillas en la acción devaluando la lógica que le subyace? de donde viene este cambio brusco?

Antes de iniciar, una corta palabra sobre el sentido común. Fernand Dumont ofrece un doble significado a esta expresión:

De una parte, ella designa los esquemas habituales que, en una cultura dada, sirven para percibir el mundo, para comunicar con otro, para expresar la existencia de todos los días : para desprenderse y continuar sus propias construcciones según los nuevos fundamentos, la ciencia y el arte deben concebirse como su contrapartida. Se ha convertido en costumbre, por añadidura, confundir este sentido común- compartido en lo cotidiano también por el sabio, el artista como por los otros hombres- con lo popular. ( 1981 : 23).

¿Qué es lo qué distingue al investigador del común de los mortales? En el fondo, pocas cosas. Los dos son razonablemente conscientes y capaces de comprender lo que está en juego en sus época, igualmente capaces de comprender y de interpretar los hechos sociales importantes de la vida social. Ambos no tienen ni pre-ciencia ni omni-ciencia, ni conocimiento infuso, pero ellos pueden sin embargo desarrollar una interpretación personal de los acontecimientos.

El ciudadano común es también capaz de objetividad. No la objetividad pura, aséptica, desindividualizada, y desubjetivizada, este ideal que nadie puede alcanzar, pero él puede como todo el mundo repensar en su asunto, hostigar sus prejuicios y neutralizarlos como sea posible. La práctica de las historias de vida demuestran que las informaciones recogidas son generalmente verdaderas y que las personas demuestran tener buen juicio.

En historia y en antropología, se da una gran importancia a unos documentos algunas veces redactados por aficionados. Que se piense en los relatos de los viajeros, de los exploradores, o a las relaciones de los jesuitas de los cuales se sirven para elaborar la historia de los inicios del Québec. Estos documentos fueron hechos por personas sin formación previa, y a veces provistos de una instrucción elemental : sin embargo, ellos han relatado honestamente y fielmente lo que observaban, y de una manera que prefiguraría la investigación antropológica (Pratt, 1987 : 34).

Es decir, se olvida que el material salido del sentido común constituye también un material tratado: la persona piensa, burla las dificultades, selecciona los hechos, intenta explicarse la realidad de la manera más eficaz posible. Ella ha sido obligada a cambiar de opinión y los hechos la han obligado a crueles revisiones, como no importa cual teórico está forzado a hacerlo un día u el otro. Sacado de su experiencia de trabajo de campo, el antropólogo Geertz cuenta haber vivido en un pueblo de extrema pobreza ; con todo sus habitantes testimonian de una extraordinaria vitalidad intelectual. Para este investigador, la cualidad de las reflexiones de los lugareños del pueblo y la importancia de las cuestiones planteadas no tenían diferencia con lo que él había escuchado en los círculos más destacados (1979: 229-230). Y de hecho, en el curso de la entrevista, ¿cuál investigador no ha sido impresionado por la justeza de la opinión y la fineza del análisis de las personas a veces analfabetas?. Los teóricos de la democracia moderna pensaban que el juicio era la cosa más extendida del mundo, y con la experiencia, no es fácil contradecirlos.

En el dominio social, no hay tal “materia amorfa del dato“ en la cual serían tallados los hechos : al contrario, lo “material“ se organiza y se forma (Castoriadis, 1974: 37). En la huella de Berger y Luckmann, Morin sostiene que el aficionado y el científico siguen un camino parecido :

La realidad de todos los días, dicen ellos, es una realidad construida completamente en la consciencia de los individuos. Cada actor social, en el menor de sus gestos cotidianos, repite indefinidamente esta tentativa de construcción. De la misma manera que el hombre de ciencia construye literalmente su objeto de estudio cortando una parte de lo real para objetivarlo, interpretarlo haciendo un tipo significativo en el conjunto de su sistema cognitivo, de la misma manera el actor social en su vida cotidiana construye él también su realidad de todos los días (1974 : 8).

En este sentido, un proyecto de investigación iniciado por el Departement d‘androgie de la Universidad de Montréal ha demostrado que los autodidactas siguen un proceso que se emparenta estrechamente al de la investigación científica; ellos se plantean unas preguntas, recogen unas informaciones, intentan verificarlas, avanzan explicaciones posibles, las experimentan y sacan unas conclusiones (Theil, 1986).

Para resumir, el sentido común posee una lógica. Al mismo tiempo, él es considerado como el equivalente del sentido practico, mientras que el conocimiento científico revelaría el universo teórico. Dicho esto, ¿esta diferencia es verdaderamente tan tajante hasta el punto que los científicos estarían al abrigo del sentido común? Algunos pretenden aún más que el sentido común es el “sistema fundamental de investigación de significados y el paradigma de toda estructura de significación, ya se trate de una cultura, de una religión, o de una concepción de la ciencia“. (Zuñiga, 1986 : 109).

Cualquier observación simple de como los sociólogos realmente investigan revela inmediatamente como éstos usan su propio sentido común, su participación natural en la sociedad y su comprensión propia de significados sociales para sacar conclusiones en su investigación... Su “objetividad” está basada ampliamente en una pretensión de vanidad para inferir los significados como si los otros fueran objetos de sus observaciones del mundo social, cuando de hecho usan su sentido común, sus comprensiones derivadas directamente de su participación natural en su propia sociedad. (Douglas, 1976 : 25).

Además, los investigadores se traicionan frecuentemente: ellos encuentran sus objetos de investigación en las cuestiones de sus tiempos, sus teoría lleva la huella de su cultura y la elaboran sobre las ideas de sus contemporáneos. No existe además una especie de sentido común compartido por los científicos, constituido de opiniones y de creencias concernientes a la ciencia, que sirve de código que simultáneamente escapa a la demostración (Racine y Renaud, 1986: 77). Entrando a pie juntillas por la puerta grande, el sentido común, aún en su versión “científica“, se deslizaría por la puerta de al lado.

Lejos de sorprendernos, el hecho que los científicos compartan pese a todo muchos puntos en común con la mitad del mundo debería ante todo tranquilizarnos: esta toma de consciencia demuestra hasta que punto nosotros nos parecemos más de lo que nosotros lo pensamos. La estatua del héroe tiene pies de arcilla. Por el contrario, si nadie escapa al sentido común porque no sacar ventaja entonces? En mi opinión, estaactitud se explica por la definición que se le da al conocimiento científico, y por el estatuto del conocimiento en relación con la acción.

Sin siempre confesarlo, las ciencias sociales sucumben a la seducción de la verdad absoluta. Todo acontece como si ellas fueran todavía adeptas del mito de las cavernas. De una parte, estaría la realidad cotidiana que todo el mundo sabría comprender y que trazaría la frontera última que el sentido común no puede atravesar. Este es el mundo de la intuición, del sentimiento, de la “simple aprehensión“ como nos decían a veces los profesores de filosofía. Más allá de este elemento primario, y simultáneamente dándole un sentido e interpretándolo, se encontrarían las leyes sociales, las tipologías, las teorías, la verdad como tal. El investigador las alcanza al término de un largo periodo de formación ; después de haber dominado la complejidad del método, él no solo podría tener acceso al conocimiento sino además , comunicarlo a los otros.

En su prisa por adquirir el estatuto de ciencia y de conquistar sus cartas de nobleza, bajo la influencia persistente de la filosofía y en el deseo de conformarse a los cánones científicos, la ciencia social ha intentando situarse a un nivel de abstracción tan elevado que todo le aparece semejante, tal Zeus observando de lo alto del olimpo los vanos esfuerzos de los mortales. Wrigth-Mills caricaturizó esta tendencia como aquella de la Suprema- Teoría (1967: 28). Desde este punto de vista, la teoría mas eficaz es aquella que puede explicar el más grande número de fenómenos, conciliar las oposiciones e integrar los hechos excepcionales. La teoría política más fuerte de esta manera es aquella que se aplica indiferentemente al estudio de grupos de mujeres, de cámaras de comercio, multinacionales, organizaciones estudiantiles y grupos populares. Entre más numerosos sean los fenómenos de los cuales la teoría podría dar cuenta, más grande será su capacidad de explicación.

El universo de la suprema teoría es aquel del discurso cerrado: todo ha sido dicho, no queda más que agregar un bloque aquí o allá para adaptar el edificio conceptual a las condiciones cambiantes. La repetición toma el lugar del conocimiento y viene a constituirse en la prueba misma de su verdad.

Este lenguaje ejerce control operando una reducción sobre las formas y sobre los signos lingüísticos de la reflexión, de la abstracción, del desarrollo, de la contradicción : el los reduce substituyendo las imágenes por los conceptos, él niega o absorbe el vocabulario trascendente ; él no busca la verdad y lo falso, él la establece, él lo impone (Marcuse, 1964 : 127). 2

Esta forma de abstracción planea a una altura tal que la realidad parece uniforme y sin movimiento, las singularidades del presente le escapan. En ciencia social, este genero de teoría no reconoce habitualmente sus deudas : recorta la realidad de manera arbitraria sin dar el origen de sus conceptos, y sin explicar como ellos se impusieron a la consciencia. Ella se proclama intemporal sin hablar de la fecha de su aparición ni de su contexto de emergencia, internacional sin revelar sus raíces.

No es que nosotros estemos limitados al presente ; al contrario, el diálogo con los muertos, no está nunca terminado y sus ideas continúan frecuentándonos. No porque nosotros seamos incapaces de imaginar el porvenir : a veces es posible identificar los trazos en lo cotidiano. Sin embargo, queriendo extraer de la ocasión actualidad, la Suprema Teoría baja su guardia y no hace más que reproducir las características del tiempo que la vio nacer. En una sociedad dividida como lo es la sociedad capitalista, una teoría abstracta y general racionaliza y justifica de alguna manera las actuales condiciones: ella da un alcance universal a lo que no son más que intereses particulares. Es el reproche que Marx dirigía a la ideología burguesa de enmascarar sus ambiciones con el pretexto que ellas eran las de la humanidad entera. La suprema- teoría no lo hace de otro modo.

En mi opinión, una segunda gran diferencia entre el sentido común y el conocimiento científico proviene de lo que estos despliegan en tiempos diferentes. El conocimiento se distancia de la acción luego de que él se erige como un dominio que tiene su propia autonomía. La continuidad del conocimiento independientemente de su uso ha hecho que éste desconfíe de la acción : entre más lejos éste pueda navegar de las consideraciones de este bajo mundo, más puro permanece. El resto, es asunto de la política. Henos aquí de vuelta a la celebre distinción establecida por Weber entre el sabio y el político, los fines y los medios.

No pasa lo mismo para el sentido común. Sometido a los imperativos de lo cotidiano. El no puede esperar mucho tiempo: debe solucionar los problemas concretos, a veces urgentes y apremiantes; y debe esperar unas conclusiones rápidamente. El sentido común está ligado a la praxis del sujeto real en movimiento ; explica como ha actuado frente a tal situación, las lecciones que él saca de su experiencia. La realidad de la acción no se da de manera descompuesta: ella es totalidad singular.

El hombre está ante todo compuesto de lo material y de lo simbólico, co-naciendo con los otros, la sociedad. A los cortes -oposición entre saber-existencia, teoría y práctica, objetivo- subjetivo que fundamentan el saber positivista, Sartre oponía la totalidad dialéctica de la praxis humana que, por una serie de mediaciones y de proyectos, singulariza lo universal y lo particular interiorizando la exterioridad y exteriorizando la interioridad (Pineau, idem: 37).

La ciencia recorta la realidad en pedazos, pero a pesar de su trabajo de descomposición y de recomposición el análisis teórico vuelve a encontrar “un magma de significaciones imaginarias, puestas por la formación socio- histórica.... y frente a la cual el análisis no es libre “ (Castoriadis, 1974: 29). De hecho, el sentido común no se opone de tal manera al conocimiento científico: él se opone por el contrario a la institucionalización del saber, como la cultura primera se alza a la cultura segunda, y sabia (Fournier, 1981: 134-135). Además, esta distinción esconde ante todo una diferencia de status social antes que de status epistemológico.

¿Y si los saberes científicos, las ciencias, no fueran finalmente más que los saberes y los saber-hacer de una población particular que dispone enormemente de tiempo, de medios de comunicación, de instrumentos de investigación y de operación, y que hubiesen realizado una construcción de muy grande coherencia olvidando frecuentemente el punto de partida de su aventura intelectual? (Thelen y Hotat, 1979: 42).

La modificación de status de la ciencia no proviene solamente del agotamiento de sus promesas, sino sobre todo de la transformación de su contexto (Soulet, 1987 ; Le Gall y Martin, 1986). Por una pirueta de la cual la historia tiene el secreto, nuevos movimientos sociales emergen: es el retorno del actor, según Touraine (1984). Precisamente porque actúa y porque demuestra su capacidad de influir en el curso de la historia, el actor reclama el status de sujeto yse comporta como tal. Este cambio estremece las ciencias sociales y su método de investigación: “el objeto” exige que se tenga en cuenta su percepción de la realidad y de sus proyectos. Los nuevos movimientos sociales recuerdan que no existe conocimiento absoluto, solamente una verdad histórica, fechada, y a veces parcial y parcializada.

La insurgencia del sujeto pone de nuevo en valor no solamente el sentido común sino también la subjetividad y sobre todo la intuición. En verdad, la intuición se pliega difícilmente a las reglas precisas: opera de manera aparentemente confusa y a veces irracional, pero sin embargo no por ello no es una manera de conocer. De hecho, ¿qué significa la intuición en las ciencias sociales?.

Por conocimiento intuitivo, nosotros no entendemos que el conocimiento del niño no pueda ser comunicado, que el conocimiento del niño tenga un origen sobrenatural, que se entiende vagamente por no tener un punto del referencia. Lo que entendemos por conocimiento intuitivo es ese conocimiento que se deriva desde los sentimientos, los sentimientos que el espíritu humano manifiesta han adquirido en alguna medida independencia de los sentidos y las facultades lógicas del hombre. Nosotros concebimos lo que es la intuición como la capacidad para aprehender los significados personales propios en un contexto social. Esto es una capacidad humana (Bruyn, 1966 : 167).

Como la intuición no procede según la consciencia clara, los científicos están prestos a desacreditarla. No obstante, si la lógica intutitiva no puede seguir el camino como la lógica racional, no se concluye de este hecho que ella carece de toda lógica. Las relaciones surgen de manera a la vez fortuita y organizada: irrumpen de manera imprevista, sin que se pueda exactamente volver a trazar su desarrollo, pero una vez llegan a nuestra conciencia; tienen un poder de explicación que nosotros le reconocemos de entrada. El psicólogo Carl G. Jung pretende más bien que la intuición constituye una forma de pensamiento a-causal, una forma de explicación que pone el acento no sobre la investigación de las causas sino sobre el establecimiento de las relaciones significativas. Según este autor, la intuición se vincula al principio de sincronización antes que al de la causalidad (Jung, 1988: 29).

Hasta aquí, la intuición ha recibido poca atención en las ciencias sociales. Lincoln y Guba (1985) explican esta laguna por el hecho que las ciencias sociales han terminado de interesarse por el desarrollo de conocimientos nuevos para acordar un gran valor a su generalización. Lo importante no es la verdad de lo que es descubierto y observado sino su extensión en el más numerosos de casos posibles. En este contexto, la intuición no ocupa gran lugar porque ésta es ante todo un medio de descubrimiento.

El poco prestigio de las investigaciones cualitativas y el casi olvido en el cual ellas han estado inmersas puede explicarse no solamente por su debilidad metodológica, sino todavía y sobre todo por el hecho que ellas habían sido identificadas con unos procesos no científicos como aquellos del sentido común, de la inducción, de la intuición y de la acción. La verdadera ciencia presumía elevarse por encima de estas preocupaciones, aquellos que cedían a la tentación eran automáticamente excluidos del lugar. Partiendo de las historias de vida, Morin pretende que ellas provocan no tanto una cuestión de método como un problema epistemológico e ideológico:

Según nosotros, el fracaso relativo de las historias de vida en ciencias sociales no sería debido en primer lugar a una cuestión de falta de herramientas en la prosecución del análisis del material, sino más bien el de una verdadera incapacidad de los investigadores en reconocer un status científico a lo vivido, como un elemento determinante y real de la realidad sociocultural (Morin, 1973: 26).

El obstáculo no proviene tanto del material mismo sino de que no sabemos como utilizar la experiencia consciente y autónoma de las personas, ni los conocimientos que ellas han podido adquirir y producir. Para el investigador, el material accesible al común de los mortales es despreciable y por tanto, sin interés.

Por el contrario, por un curioso cambio de las cosas, la investigación cualitativa puede revelarse como el medio por el cual las ciencias sociales pueden tender un puente hacia las preocupaciones prácticas. No que ellas deban ceder ante los encantos del pragmatismo de tomo y lomo y ver en la utilidad el único criterio del conocimiento (¿debería aquí haber un medio de mirar el curso del agua sin ver el embalse, !he!?). El primer ministro del Québec comparte esta reflexión con los castores pero él está por preguntarse si se debe hacer prueba también de una gran discriminación como ellos). En cambio, él no ha dicho que las ciencias sociales podrían acordar una mayor importancia a la solución de los problemas sociales a los que eran sensibles los primeros sociólogos de la escuela de Chicago. Desde este punto de vista, la perspectiva fenomenológica, interpretativa y cualitativa puede revelarse de una gran interés:

El objeto central de la investigación interpretativa es la comprehensión de los fenómenos particulares tal como ellos se presentan, es decir según los términos y los contextos que le son propios. Esta delimitación toma como punto de partida la vida de todos los días y respeta el lenguaje y las creencias que allí se expresan. Ella es holística en el sentido que intenta ver todas las influencias que intervienen antes que examinar un subconjunto aislado de variables, Su objetivo es el de comprender la lógica de las situaciones particulares antes que extraer unas leyes generales (Neuville, 1986: 45).

De otra parte, el renacimiento de la investigación cualitativa indicaría la emergencia de una era post-científica y post-positivista. A fuerza de poner el énfasis sobre el distanciamiento de la práctica, la ciencia ha venido a ser suficiente en sí misma, a legitimarse como discurso, y a veces como discurso cerrado. Centrando la atención sobre los estudios de caso elaborados sobre una variedad de sujetos, la investigación cualitativa se acerca a la vida cotidiana ; a su manera, visualizaría no solamente la ausencia de síntesis en las ciencias sociales, sino al mismo tiempo la ventaja que puede representar este vacío desde el punto de vista del descubrimiento (Tyler, 1986: 135).

Conclusión

La investigación social tiende con frecuencia a aislarse en la reproducción de investigaciones ya hechas o extraídas de un gran modelo teórico que se trata de transformar o de mejorar pero sobre todo no de demoler. Con el tiempo, la cuestión de la precisión de la medición ha tomado ventaja sobre la verdad de los resultados, para llegar a una situación en donde la investigación raya la inmoralidad queriéndose neutra.

Hemos dicho que como una totalidad, la ciencia social ha considerado la “causalidad” como su principio primario y explicativo y ha eludido el concepto de “finalidad ”desde su compleja subjetividad, otros ignoran su papel técnico en el proceso explicativo. Nosotros consideramos que las ciencias han mantenido una postura determinista y han buscado evitar enredarse con el concepto de libertad, o han negado la realidad de la libertad, excepto cuando la consideran como un mito de hombre (Bruyn, ídem: 85)

La investigación social se comporta como el radioescucha que concentra su atención sobre el mensaje que recibe mientras intenta eliminar los ruidos: a estos los percibe como señales sin lógica y sin importancia : desgraciadamente, es de esta manera como los movimientos de renovación han aparecido en la sociedad: débiles, extranjeros, insólitos, desatentidos y despreciados. Uniformizándolo todo, la Suprema Teoría confunde la muerte y la vida, y la cibernética aplicada al estudio de la sociedad una nueva racionalización del conservatismo social : teniendo alguna utilidad en el plano técnico de donde ella se origina, postula una sociedad eternamente perfectible si ella se dota de un “regulador“ (nombre del Estado escrito de otra manera) asegurándole una adaptación constante.

De este punto de vista , la investigación cualitativa puede jugar un papel importante porque su metodología la hace capaz de estudiar las microtransformaciones sociales. Ella puede ayudar a comprender la inmensa empresa de destrucción y de reconstrucción que representan las sociedades contemporáneas. Partiendo, de lo social cercano, puede producir unas ideas, unos conceptos, unas teorías nuevas basándose sobre observaciones empíricas. Es la tesis que Glazer y Strauss han desarrollado en su alegato por la investigación cualitativa ( 1967 ). Pese a sus insuficiencias, los estudios de caso pueden mostrarse como un medio interesante para describir la novedad.

¿El reconocimiento del sentido común invalida el trabajo intelectual? No necesariamente, pero el status y el rol de la intelectualidad son afectados. En la historia reciente, todo movimiento social de importancia ha sido apoyado por un igual movimiento de reflexión y de investigación. De hecho, la gran ventaja del intelectual reside en la tradición de donde él puede sacar, el arsenal de conceptos que puede desplegar, y en su método. Estos son triunfos importantes. Sin embargo, hoy como ayer, la ciencia puede servir de consejera del Príncipe o mantener la antorcha de la libertad: cualitativo o no, ningún investigador puede eludir esta cuestión.

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