Configuración de Ruy Diaz de Vivar como héroe épico según los procesos de enunciación

Arbey Atehortúa Atehortúa

La Literatura Medieval Española tiene en el Poema de Mío Cid una de sus obras más representativas. Este texto épico ha sido producto de numerosas interpretaciones tanto en el nivel composicional como en el arquitectónico. Este ensayo aborda los procesos de enunciación y el hacer del héroe del Poema visto como personaje épico y anclado en la mentalidad de la Plena Edad Media Española.

Retomar la figura de Ruy Díaz de Vivar en el Poema de Mío Cid(1) como objeto de investigación literaria implica la consideración de la dimensión histórica del personaje. Y es que como lo anota Ramón Menéndez Pidal, el héroe “desde su mundo superior ideal desciende para entrar con paso firme en el campo de la historia, y afronta serenamente este riesgo, mayor que todos los peligros de la vida: el ser historiado por el pueblo a quien tanto combatió (...)” (2). El análisis de la construcción poética del personaje se enfrenta así a la elaboración hecha por los historiadores modernos a partir de toda la información recopilada. Ruy Díaz a diferencia de otros personajes objeto de textos épicos, se construye muy cerca de los hechos históricos. Estos hechos posibilitan el material para la configuración del heroísmo del personaje hasta tal punto que el juglar descarta acciones del héroe que ocurrieron en la vida real y que fácilmente estructurarían la dimensión heroica de Ruy Díaz de Vivar. A su vez el texto poético inventa una serie de acontecimientos atendiendo a las intensiones y características del género en cuestión.

Leo Spitzer en Historia y poesía en el cantar del Cid expone los elementos de carácter ficticio en el poema tal como la Afrenta de Corpes que indica “unos motivos únicamente poéticos para introducir este episodio” y que “sería la necesidad de oponer el Cid, dechado de nobleza caballeresca, en el apogeo de su gloria, a adversarios infames, negación viviente de toda caballería”(3). A parte de ésta, la secuencia del león y el engaño a “la casa comercial don Rachel y Vidas” son igualmente ficticios y tienen como función servir a las intensiones poéticas del juglar. Existe por su parte una serie de sucesos históricos como la herida mortal recibida por el Cid en la garganta en Albarracin y varias caídas del caballo que estructuran la imagen de un héroe histórico y que no son referentes privilegiados por el juglar.

Realizar un trabajo de aproximación al Poema de Mío Cid exige por lo tanto aclarar esta doble dimensión, sin perder de vista que el género épico considera los referentes reales como materia fundamental de ficcionalización. En este caso el objeto del presente trabajo es el héroe desarrollado en el Poema; es la elaboración hecha por los juglares, los cuales ejercen una función de selección y valoración para hacer de un personaje histórico un héroe épico. Obviamente la explicación y la génesis de dicha mirada literaria depende de las circunstancias sociales e históricas que median para la recepción y reelaboración poética de un suceso histórico.

Este trabajo, por lo tanto, se ubica inicialmente en una dimensión intratextual y retoma un enfoque de carácter sociológico. Desde esta óptica pretende la caracterización de la figura de Ruy Díaz de Vivar a partir de los procesos de enunciación y del hacer a lo extenso del texto. El “decir” y el “hacer” entran así en una relación directa que contribuye a la construcción del personaje central como héroe épico.

Antes de abordar cómo los procesos de enunciación califican al héroe, se revisará una serie de cualidades y acontecimientos que estructuran la imagen de Ruy Díaz de Vivar como héroe épico.

Calificar a Ruy Díaz de Vivar como héroe épico implica una definición de este concepto. Este género ha sido caracterizado ampliamente por Mijail Bajtin en Epopeya y novela (4) como el discurso que tematiza el pasado épico nacional y tiene como objeto la leyenda nacional y no una experiencia personal o el deseo libre que se desarrolla a partir de ella. Bajtín también afirma que “El mundo épico está cortado del tiempo presente, es decir del tiempo del aeda (del autor y de sus auditores), por la distancia épica absoluta”(5) . El Poema de Mío Cid pertenece al género épico; los procesos de enunciación y la estructura del canto se acomodan y obedecen a las condiciones compositivas y arquitectónicas de dicho género.

En este sentido, la parte inicial del canto es de gran importancia en cuanto es el momento más crítico de Ruy Díaz de Vivar: éste debe salir desterrado del reino, hecho que provoca sus lágrimas: ”De los sos ojos tan fuertemientre llorando,/ tornava la cabeça i estávalos catando.” ( V,1-2). El Cid parte despojado de sus bienes y lo que es más grave, enemistado con el rey, su señor. Pero esta situación crítica no desestabiliza al héroe y antes bien reafirma la concepción católica medieval pues el héroe da gracias a Dios : “grado a ti, señor padre que estás en alto!” (v.8).

Este proceso de desestructuración continúa durante la partida del reino, momento en el cual el Cid llega a su momento más bajo en todo el Poema. El héroe pide ayuda a los habitantes de Burgos pero estos se la niegan pues existe un fuerte castigo de por medio. El Cid, entonces, la emprende a patadas contra una puerta; quiere que ésta se abra a la fuerza: ” Aguijó mio Çid, a la puerta se llegava,/ sacó el pie del estribera una feridal´ dava;” (V.37-38).

Este hecho producto de la desesperación se erige como uno de los más críticos del héroe. Su función es expresar la capacidad del héroe para superar momentos difíciles, pues inmediatamente se inicia un proceso de reestructuración que elevará la figura del Cid: surge una niña equiparable a un ángel que calma al héroe y le devuelve su mesura. Ella es uno de los tantos adyuvantes del héroe pero su ayuda no es económica como la que le brinda Martín Antolínez, sino que ella calma su espíritu, su calidad de héroe que se había rebajado hasta el punto de darle puntapiés a una puerta. Este acto al igual que sus lágrimas, presentes en la partida y la despedida de su familia, configuran un ser con sentimientos que sufre, en el que puede ser incluso posible la vanalidad y que por eso mismo es mucho más grande al sobreponerse a la adversidad.

Otro de los pasajes que corresponde al hacer y que en cierto grado podría verse como degradación del héroe, es el engaño que prepara para los judíos Rachel y Vidas. Pero existen aspectos de tipo intratextual y sociocrítico que no permiten una valoración del pasaje en estos términos y que por el contrario, nos reafirma que tiene como objetivo la estructuración de la imagen de Ruy Díaz como un hombre recursivo e inteligente. El Cid prepara toda la artimaña y de esta manera consigue recursos económicos, principal preocupación para poder iniciar su empresa y lograr honra un vocablo al cual se refiere Juan Victorio diciendo que “si bien hoy tiene un significado generoso, entonces era equivalente a riqueza”(6) . Cuando el Cid ya es dueño de Valencia, los judíos le piden a Minaya que interceda por sus marcos y éste se los promete. Pero el juglar olvida por completo el asunto, lo que prueba una vez más la intencionalidad formal del suceso. Por otra parte, históricamente no se consideraba que se le hiciera ninguna ofensa faltando a la palabra a un impío. El dinero, la riqueza material hace su aparición así y se muestra como lo que es: el símbolo de nobleza, de honra y caballerosidad.

Es en este mismo pasaje que ya se vislumbra el proceso de estructuración del héroe, pues una vez su plan va por buen camino aflora en el héroe la satisfacción: “Sonrrisós´ mio Çid, estávalos fablando.” (v.154).

Aunque con la adquisición de los 600 marcos el Cid supera el motivo de su desespero, pues no existe ninguna vacilación de tipo religiosa o contra la autoridad de su señor, el héroe debe afrontar otro momento crítico como lo es la despedida de su familia en la que llora nuevamente y se muestra aparentemente débil para inicar su empresa:

El çid a doña Ximena ívala abraçar; (...) Llorando de los ojos, que non viestes atal, assís‘ parten unos d‘otros commo la uña de la carne. (V.368-275)

Los anteriores hechos se consideran relevantes en la construcción de la figura del héroe poético. Al nivel de la enunciación, esta parte del destierro desarrolla una función importante que aunque aparecerá en otros pasajes del texto se privilegia en el inicio: la función de “prometer”; la “promesa” ejercida por un héroe que no posee nada material para ofrecer pero que conserva su prestigio y respeto a pesar de salir desterrado por ser acusado de ladrón.

La “promesa” es enunciada por alguien del que se tiene la certeza que va a cumplir. El Cid posee la competencia mínima para hacerla, pues es respetado por el pueblo, la Iglesia y sus vasallos. Es por ello que las mismas gentes de Burgos sienten dolor al ver al héroe en desgracia: “plorando de los ojos tanto avien el dolor.” (V.8). Es curioso que incluso los mismos judíos confíen en la palabra del Cid creyendo efectivamente que él se ha apropiado de las parias . Las gentes de Burgos y las huestes del Cid por el contrario, no dudan de su inocencia.

Las promesas del Cid tienen validez porque éste posee la competencia de caballero para hacerlas y por lo tanto “ hace - hacer” a los demás motivados en dichas promesas.

El verso número veinte, producto de numerosas interpretaciones (<<Dios, qué buen vasallo , si oviesse buen señor >>) legitima socialmente la credibilidad del Cid. Es un verso focalizado por las masas, por el pueblo que no ve en el Cid a un traidor. El héroe ha caído en desgracia con el rey por culpa de los nobles envidiosos, pero no con las mayorías. Los de Burgos no ayudan al Cid por miedo a los castigos que son tremendos, pero dejan claro que es por este hecho. El Cid tampoco fuerza la ayuda pues él mismo es símbolo de respeto y obediencia.

Pero la sociedad del Cid está movida por el afán de riqueza, de bienes materiales; es este tipo de ayuda la que busca el héroe y por eso igualmente todas sus promesas consisten en bienes económicos. Es por ello que le dice a Martín Antolínez que “si yo bivo doblar vos he la soldada.” (v.80) a raíz de la ayuda que el Cid recibe de éste para llevar a buen término el engaño a los judíos.

Igual tipo de promesas le hace a sus huestes que cavalgan en busca de “honra”. Ya Juan Victorio afirma que “ese ruido de la espada apenas puede ocultar el tintineo de otro metal menos noble: el dinero por el que se baten con verdadero denuedo aquellos personajes míticos y siempre lo anteponen a un supuesto fervor de reconquista”(7) ; el Poema de Mío Cid en el capítulo 17 lo confirma: "enantes que yo muera, algún bien vos pueda far:lo que perdedes doblado vos lo cobrar." (v. 302-303).

Este tipo de promesas se extiende a los sacerdotes y a los mismos santos. Lo especial en este caso es que las promesas a la Virgen María aparecen condicionadas a la ayuda de ésta. (ver versos 221-225) Incluso a este nivel la promesa sigue siendo de tipo material. Las mil misas que el héroe promete también deben ser pagadas y así efectivamente lo hace el héroe.

El ejercicio de la promesa es válido en la sociedad del Cid que ha desarrollado ideales de tipo caballeresco; de esta manera la sociedad Medieval limita sus miembros, su campo en el que enunciar la promesa es válido. El Cid una vez posee riqueza, objeto fundamental de su promesa, ésta se torna en prueba siendo la más importante su decisión de no cortarse las barbas hasta no lograr los favores del rey. (v. 1240-1241)

La promesa por lo tanto contribuye a la estructuración de la figura del Cid. Fuera de ésta, existe otra función importante cumplida por el héroe y es la de “ordenar” e “indicar” para que las cosas se ejecuten. El Cid asume su papel de héroe y permanentemente ordena para que se haga incluso en detalles mínimos como sucede con la fabricación de los baúles con los cuales se engaña a los judíos aunque el que verdaderamente ejecuta es Martín Antolínez. El “decir” y el “hacer” en este caso aparecen como dos funciones distintas. Es el nivel de la idea, de la propuesta verbal lo que permite que se vea al Cid como un ser ingenioso y no por su capacidad de trabajo manual, acto no reservado para un héroe épico. El Cid concluye el engaño al reunirse con los judíos y esta participación activa en las empresas planeadas, y sobretodo en las militares, lo erigen como centro del poema.

Aunque el Cid asume su papel protagónico, los subalternos no son menospreciados y permanentemente son mostrados tan ingeniosos y valientes como el mismo Cid. En el caso del engaño a los judíos, es Martín Antolínez quien lleva a buen término la idea del héroe y por este acto y su generosidad inicial, es elevado a un puesto de honor, hecho reconocido por el mismo Ruy Díaz quien lo recibe con los brazos abiertos.

Este hecho introduce cierta ambigüedad, pues cuando Martín Antolínez llega triunfante con los 600 marcos que el Héroe necesitaba, éste le indica al Cid lo que seguidamente debe hacerse:

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Obviamente no puede ser una orden lo que se le da al Cid pero Antolínez si sugiere lo que debe hacerse. Esta sugerencia lleva implícito que Antolínez no tiene la autoridad para ordenar que se levanten las tiendas, pues él mismo le dice que "Mandad coger la tienda e vayamos privado,” (v.208). Es el Cid el que puede finalmente ordenar aunque un subalterno, como ocurre en numerosos pasajes, sugiera o lleve la iniciativa.

El Cid asume plenamente su función de “ordenar” en el capítulo 29 cuando pretende tomar Alcocer y ordena que se levanten las tiendas para aparentar una huida. (v. 576-577).

La toma de Alcocer por lo tanto será una obra totalmente del ingenio, de la astucia del Cid. No existe hasta el momento equilibrio entre el “decir” y el “hacer” para la configuración de un héroe épico, pero Ruy Díaz ha logrado un punto alto y ha superado su crisis a partir de su astucia, mesura y los actos de enunciación y no por su forma de combatir, hecho que aún no lo privilegia el juglar pero que lo hará posteriormente. Por eso, cuando es sitiado por “Fariz e Galve”, planea toda la defensa de Alcocer y deja claro que es él quien dará la orden definitiva:

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<<como sodes muy bueno, tener las edes sin ar(t)h;
<<Mas non aguijedes con ella, si yo non vos lo mandar.>>
(v.689-691)

El Cid posee plena conciencia de su calidad de héroe y por eso su acto de enunciación está encamindado a indicar que todos deben estar atentos y obedecer. Pero nuevamente aparece la contradicción en este sentido pues Vermúez desobedece y se anticipa al combate. El Cid no entra en cólera ni se indispone por la desobediencia como haría cualquier otro héroe épico o histórico; al contrario, le pide a Vermúez que se dispone a iniciar presuroso el combate que “<<¡non sea, por caridad!>>“, pero la respuesta de Vermúez es cortante: “<<¡ non rastará por ál>>“ (V.709) e inmediatamente espolea su caballo y se lanza al combate. El Cid entonces pide a su mesnada: “valelde, por caridad!“. El Cid entra en batalla y su autonombramiento constituye un aliento para su mesnada y motivo de miedo para el enemigo:“yo soy Ruy Díaz, el Çid / de Vivar campeador.“ (V.721)

Este hecho de desobediencia por parte de Vermúez, que no es excepcional, no mina la figura del Cid como un héroe épico ni le resta legitimidad a su poder de ordenar; al contrario, construye un héroe tolerante capaz del reconocimiento del otro pues no se muestra autoritario ni déspota con su mesnada. Acontecimientos como éste contribuyen a la creación de un héroe épico particular, muy diferente a los de la épica tradicional que se desplazan en un nivel de caracteres más homogéneo. Por eso el Cid llora y ríe en numerosos pasajes. La desobediencia de Vermúez tiene tan poca incidencia que al final del capítulo 37, después que se han nombrado los mejores caballeros y se menciona la mesnada, se dice que ellos “acorren la seña e a mio Çid el Campeador.

Ya anotamos antes que esta valoración del otro no es excepcional: en el capítulo 38 se habla de las hazañas del Cid en el campo de batalla, y del auxilio que prestó a Minaya, acontecimientos que justifican en el “hacer” las competencias enunciativas del Cid. Pero es incluso este último, Minaya, quien sale privilegiado del combate:

“A Minaya Álbar Fáñez bien l´anda el cavallo,/ daquesto moros mató treínta e quatro;” (v.778-779).


Es posiblemente la calidad heroica de los sucesos que reafirman la valentía y el coraje de la mesnada lo que impide al Cid realizar ningún tipo de reclamo. Estos hombres han besado la mano al Campeador y existe un pacto de vasallaje que en la época Medieval era sagrado y en el cual se privilegia enteramente la fidelidad. Así parece sentirlo el Cid, quien no ve en ninguna de estas faltas a sus ordenes un peligro de sublevación de sus huestes. Toda esta actitud del Cid que lo erige como un héroe mesurado la refuerza la función de “pedir consejo” enunciación que realiza con frecuencia. El “pedir consejo” contribuye indiscutiblemente a la creación de un ser sumamente particular. Es por lo menos la gran valoración que realiza el juglar de un individuo histórico, a quien colma de halagos y buenas acciones hasta el momento de su muerte, hecho que se menciona al final del canto.

La función de “pedir consejo” aparece cuando el Cid, citiado en Alcocer, pide la opinión de su mesnada. La valoración de todos sus hombres la realiza el Cid de esta manera pues no se habla a un sólo hombre aunque uno le conteste; en este caso es de suponer que es la voz de la mesnada que se deja escuchar: “vayámoslos ferir en aquel día de cras.“ (v.676). Esta respuesta complace al Cid quien responde: “a mi guisa fablaste;/ ondrástesvos, Minaya, ca aver vos lo iedes de far.“(v.677) (8).

En el proceso de enunciación por parte del Cid, también aparecen funciones como la de “conciliar”, tal como lo intenta el Cid con el conde de Barcelona en el capítulo 56. El Campeador no desea enfrentarse con el conde quien es el que incita al Cid. Este le hace saber que no le ha despojado de nada, pero la mesura de Ruy Díaz contrasta con la soberbia del conde: ”mas quando él me lo busca, ir gelo he yo demandar.“ (v.966). En este enfrentamiento queda plasmada la superioridad de la técnica guerrera del Cid (9) y a la vez se desarrolla un capítulo lleno de humor, que contribuye a la verosimilitud del texto en cuanto surge así un ser humano capaz de reír.

Junto a esta función de “pedir consejo”, la de “arengar” surge como una obligación de todo personaje heroico. Es curioso lo que sucede con esta función, pues en los momentos más críticos del héroe es éste quien es arengado por Minaya. Así ocurre cuando el Cid debe despedirse de su familia (Cap.18), y el dolor y las lágrimas hacen ver al Campeador como un ser débil. Minaya entonces le arenga y le invita a partir: Çid, do son vuestros esfuerços? en buen ora nasquiestes de madre, (v. 379)

Aparte de este hecho en el cual el Cid asume una actitud pasiva, éste permanentemente arenga como un verdadero líder a su mesnada. Aparece así nuevamente una relación del Cid con las multitudes, con su mesnada que asume la función de interlocutor del Cid. (ver versos 1115-1116).

Pero indiscutiblemente donde aparece todo el poder del Cid manifestado en su acto locutorio es en el capítulo 76, donde para evitar la codicia y la deserción de su mesnada debe tomar medidas coercitivas severas (10) :

que le non spidiés o nol´besás lamano, sil´ pudiessen prender o fuesse alcançado tomassenle el aver e pusiéssenle en un palo.(...) (v.1252b - 1254)

Si bien se describió el pacto de vasallaje sellado por la mesnada con el Cid, con este acontecimiento se comprueba la importancia del factor dinero en la Edad Media. Al parecer, por encima de cualquier otro valor o motivo, el afán de riqueza, de “honra” en los términos descritos por Juan Victorio mueven a la sociedad Medieval y de ahí las drásticas medidas del Cid y la normatividad en la repartición de las ganancias de las cuales se excluye inicialmente a los vasallos recién llegados.

Otro de los actos de enunciación más frecuentes del héroe, es el de “dar gracias” y “encomendarse a Dios”. Esto lo hace el Campeador tanto en sus momentos de victoria como en los más críticos; así lo manifiesta cuando camino del destierro eleva su plegaria: ”<grado a ti, señor padre que estas en alto!" (V.8).

Igualmente el héroe opta como salida a su desespero, producto del destierro y su desamparo en Burgos, orar (Capítulo 4). El capítulo 19 que trata de la “Visión del ángel San Gabriel” expresa la misión del héroe desde la óptica intratextual: el ángel le ordena al Cid cabalgar; aquel le define su empresa y le indica que posee la anuencia divina.

Es una actitud claramente Medieval encomendarse a dios en todo momento y en toda situación. El Cid así lo expresa cuando después de la toma de Alcocer, y en compañía de Minaya y de doscientos caballeros da gracias a dios:: “grado a Dios e a las sus vertudes santas;” (v.924).

La mediación religiosa en la empresa Cidiana queda establecida de esta manera así no sea el móvil fundamental del héroe poético e histórico. El Cid permanentemente elevará su plegaria: “ (...) sí el Criador vos salve! (v.115); (...) Padre spirital!“ (v.1102). Estos actos locutorios en los cuales se antepone la encomendación a dios o a un santo al igual que la ceremonias religiosas, son frecuentes y forman parte del actuar de los personajes; incluso (o sobretodo) del mismo rey quien en el capítulo 82 se encomienda a un santo: “sí me vala sant Esidro! plazme de coraçon,” (v.1343) (11) . Para Giorgio Perissinotto esta mentalidad, al igual que “La Hispania como patria” son los móviles que estimulan a los reyes y príncipes medievales.

Son numerosas y rica las aproximaciones a los móviles del Cid y que no son objeto de este trabajo; basta con resaltar que los móviles religiosos fueron un argumento para los fines económicos(12) y de reconquista que buscaban los nobles y caballeros medievales; incluso es imposible hablar de Iglesia y estado como instituciones distintas; así lo confirma Juan Victorio cuando dice que “Unidos de nuevo Iglesia y Trono en los primeros momentos de la "Reconquista", de cuya época tenemos unas primeras noticias ya puramente eclesiásticas, la cooperación se irá progresivamente a lo largo de dicha Edad Media hasta formar una verdadera uniformidad de intereses”(13) .

La tolerancia religiosa expresada en numerosos pasajes del texto sustenta la importancia del factor económico y comprueba que el interés de la Iglesia no era velar por la vida espiritual.

Se ha revisado hasta ahora ciertos actos de enunciación de Ruy Díaz, que son coherentes con su imagen de héroe épico. Algunos de ellos tienen la función de estructurar su imagen, de servir a los fines poéticos del juglar quien participa de la construcción verbal del héroe pues lo califica desde el primer capítulo: “Fabló mio Çid bien e tan mesurado:” -(V.7).

Simultáneamente con los actos de enunciación, el “hacer “ y el “hacer-hacer” del héroe del Poema de Mío Cid son coherente con la imagen verbal creada.

A parte de la acción burda del Cid cuando da puntapiés a una puerta en Burgos, y que a nuestro juicio posee más la intención de mostrar a un ser humano en un momento sumamente crítico, las demás acciones de Ruy Díaz lo erigen como un gran hombre. Es por eso que éste recobra inmediatamente su actitud mesurada que lo identificaba y una acción seguida será mostrar su astucia ordenando se hagan las arcas para engañar a los judíos. El Cid participa del engaño pero su principal función es el hacer que se haga. Por eso aclara detalles como la misma forma de los baúles. (v.86-88)

Pero no es este pasaje, ni el humor del héroe manifestado con el conde de Barcelona en el capítulo 62 lo que configura a un gran hombre, sino su comportamiento en la batalla. El juglar se cuida de narrar los hechos heroicos del Cid en el campo de batalla y permanentemente con expresiones como “ por aquel colpe rancado es el fonssado” (v.764) o “vençidos a esta batalla el que en buen ora nasco” (v.1008) está exaltando las acciones heroicas del Cid (14) .

Ya mucho antes (cap.38) el Cid había dado muestras de su valor a su mesnada cuando Fáriz e Galve lo cercan en Alcocer y Minaya está en peligro. El Cid lo socorre y mata a un jefe moro descargándole un golpe tan fuerte que lo partió por la mitad: “cortól´ por la çintura, el medio echó en campo” (v..751).

Aunque es obvio que el juglar privilegia los hechos heroicos del Cid, el “hacer” heroico en el Poema se extiende a los subalternos: Minaya, Bermúez y el obispo Jerónimo dan muestras de valentía y osadía. La mesnada en su conjunto igualmente honra al Cid, pues todos son tan batalladores como su señor. Esta visión está acorde con el género épico y con las formas caballerescas de hacer la guerra en la Plena Edad Media (15) : Los vasallos de mio Çid sin piedad les davan en un ora e un poco de lograr trezientos moros matan (V.604-605)

Estas descripciones refuerzan la mesura del Cid, pues no se muestra a un hombre envidioso; su mesnada es tan valiente como el mismo líder aunque en la normatividad de las reparticiones se verá la diferencia (16) . Únicamente un hecho marca la discrepancia con sus huestes y es cuando el Cid debe tomar medidas severas para que los ricos vasallos no deserten.

El “hacer” en la batalla es indiscutiblemente lo que configura a un hombre valiente y al Cid particularmente. Existen muchas otras acciones como el enfrentamiento con el león, las reclamaciones a los Infantes de Carrión y la defensa de Valencia, por ejemplo, que plantean una correspondencia clara entre los proceso de enunciación y el mismo hacer del héroe.

Las dimensiones de los combates y los actos locutorios de arengar, prometer, ordenar y la encomendación religiosa contribuyen a retroalimentar la visión épica del mundo y adquieren características composicionales precisas según este género de textos y la mentalidad Medieval en la que están anclados.

En los procesos de enunciación en el Poema de Mío Cid subyace la visión Medieval del mundo, mediada enteramente por la religión. Y es que ésta (la religión) fue el motor y la rectora de todos los procesos tanto espirituales, sociales y políticos de la sociedad Medieval. J.A. García de Salazar, citado por Juan Victorio, lo expone claramente cuando afirma que “(La Iglesia) aparece como vehículo de una religión que legitima las instituciones sociales, otorgándoles un status ontológico que las coloca en un marco e referencia cósmico y sagrado: cada cosa de “ aquí abajo” tiene su correspondencia “allá en lo alto”; las realidades históricas se convierten así, por definición, en algo situado más allá y por encima de la voluntad de los hombres (...)“ (17).

No existe pues, en esta época, un cuestionamiento religioso, sino una vivencia plena de la religión que guía enteramente a los individuos. Es por eso que en los procesos de enunciación tanto del Cid como de sus vasallos, nunca se cuestionará al rey por haber ordenado injustamente el destierro, sino que se colmará de presentes y respetos. Es más, debemos recordar que éste era considerado el intermediario de dios en la tierra; atentar contra el rey o desobedecer era poner en duda la misma institución clerical. Obviamente a la misma Iglesia le interesaba más las cuestiones económicas y el poder político que la misma espiritualidad; prueba de ello la afirmación de Juan Victorio de que “aunque tal rey hubiera sido un tirano o un mujeriego, no se citará ninguno de sus atropellos si favoreció a la iglesia” (18) .

Ese espíritu religioso se evidencia igualmente de una manera explícita a lo largo del Poema. Ceremonias religiosas antes de la batalla, encomendaciones y gracias a Dios incluso en los momentos más críticos (Por ejemplo el capítulo 12); en general todo el texto está atravesado de alusiones y enunciaciones de este tipo. Pero sobretodo, los personajes se comportan y “hacen” según una estructura religiosa; la mesura del Cid quien actúa según normas católicas es prueba de ello. El mismo héroe histórico da ejemplo de ello cuando una vez ha tomado Valencia afirma: “Dios me conservará en Valencia, si obrare en ella con justicia y encaminare a bien sus cosas; más si obro con soberbia y torcidamente, bien sé que me desposeerá de mi conquista“(19) . El cristianismo de Ruy Díaz, como afirma Bandera Gómez, es inseparable de su condición de héroe. (20)

Los procesos de enunciación que son parte de la mentalidad Medieval, están mediados igualmente por los intereses económicos de los nobles; intereses iguales a los que poseía la institución religiosa. Es más, la Iglesia como lo anota Colin Smith, “que en otras circunstancias habría fundado escuelas y habría exigido actividades espirituales e intelectuales a sus miembros, representaba para el Estado una fuente de finanzas para la guerra, y de dirección militante en las empresas guerreras” (21). En la mentalidad de los caballeros persistía la idea de que la ganancia conseguida en la batalla completaba la divina, ya que ésta aseguraba a quien combatía contra el infiel. Si bien en los procesos de enunciación del Cid subyace una mentalidad enteramente religiosa, en esta se vislumbra claramente el deseo de riqueza, de posesión. Esto explica por qué la enunciación de prometer, tan frecuente al inicio del canto, está mediada por la riqueza, por el oro. Incluso es la mejor arma para concluir el engaño a los judíos: “por siempre vos faré ricos que non seades menguados“.

Los procesos de enunciación y el hacer , en conclusión, de Ruy Díaz de Vivar están sujetos a las estructuras mentales propias de la Plena Edad Media Española. Esta mentalidad se evidencia con fuerza en los discursos poéticos en la medida que “Literariamente, la Iglesia gozará de una hegemonía indiscutible, e indiscutida, hasta el advenimiento del Renacimiento, y eclesiásticos serán la mayor parte de los literatos cuyos textos nos han llegado de aquellos tiempos.” (22)

Notas

(1) Para este trabajo se utilizará la siguiente edición: Poema de Mío Cid. Alianza, Madrid,1988.

(2) MENENDEZ PIDAL, Ramón. La España del Cid. Espasa Calpe. Madrid, 1967. p. 491.

(3) SPITZER, Leo. Historia y poesía en el cantar del Cid. En: RICO, Francisco. Historia y crítica de la Literatura Española. Crítica, Barcelona, 1979. p. 102.

(4) BAJTIN, Mijal. Epopeya y novela. En: Revista Eco, No.195, enero de 1978.

(5) BAJTIN, Mijail. Ibid. p. 47.

(6) VICTORIO Juan. El sabor de la ganacia. En: Historia 16, Año VII, No.77.

(7) VICTORIO, Juan.. Ibid. , p. 82.

(8) El otro hecho importante en el cual el Cid pide consejo y la opinión de sus subalternos es el relacionado con las bodas de sus hijas; el Cid pide opinión sobre los infantes de carrión. (Cap,87).

(9) Al respecto Menéndez Pidal afirma que “Sólo el Cid sabe dominar el nuevo estilo de los guerreros africanos y sabe infrigirles vergonzosas o aniquiladoras derrotas en Almuzafes, en el Cuarte de Valencia, en Bairen, en Murviedro; “ Castilla,la tradición, el idioma, Op.cit. p. 163.

(10) Juan Victorio afirma al respecto que “Entonces, como ahora, la posesión y la obstentación daban relieve a la persona y como la guerra era el método más al alcence de la mano para adquirirlas, se hace la guerra” VICTORIO, Juan. Op.cit.

(11) Es importante resaltar en este punto la importancia de la religión en la empresa del Cid. Giorgio Perissinotto dedica un ensayo de su libro Reconquista y literatura Medieval: cuatro ensayos. Scripta Humanística, Barcelona 1987, a tratar los móviles económicos y religiosos en el poema . Por eso plantea como tesis en el Poema de Mio Cid “el afán religioso y la determinación en la recuperación y restauración de la Hispania como patria perdida”. Colin Smith por su parte en Poema de Mio Cid. Crítica, Barcelona, 1985, desarrolla el papel que empezó a jugar la Iglesia como fuente de finanzas para la guerra.

(12) VICTORIO, Juan. Op. cit. resalta el apetito de medro de los nobles medievales. Igualmente en el verso 598 el Poema dice: “Con la merçed del Criador nuestra es la ganançia!“.

(13) VICTORIO, Juan. El amor y el erotismo en la Literatura Medieval. J. García Verdugo, Madrid, 1995. p. 44.

(14) Juan Victorio reafirma esa omnisciencia del juglar cuando afirma que “El anónimo poeta aparenta ser frecuentemente su administrador: en cada caso de ganancia expresa la cuantía. El dinero logra el perdón del rey y despierta la codicia de los de Carrion”. El sabor de la ganancia. Op.cit. p. 8.

(15) Al respecto es bueno recordar las palabras de Sánchez Albornoz: “El de Mio Cid rebosa rencor contra la alta aristocracia y fervida admiración hacia los infanzones y caballeros, hijos de sus obras más que de su estirpe y de su riqueza”. Sáchez Albornoz, Claudio. Op.cit. p. 28 (El subrayado es nuestro).

(16) Al Cid siempre le corresponde la quinta parte de todo lo obtenido.

(17) El amor y el erotismo en la Lteratura Medieval. Op.cit., p.42.

(18) El amor y el erotismo en la Literatura Medieval. Op.cit. p. 33

(19) Menéndez Pidal, Ramón. Castilla, la tradición, el idioma. Espasa Calpe. Madrid,1966, p. 161.

(20) Citado por: Perissinotto, Giorgio. Reconquista y Literatura Medieval: Cuatro ensayos. Scripta Humanística, Barcelona, 1987, p. 24

(21) Smith, Colin. Poema de Mío Cid. Crítica, Barcelona, 1985, p. 23.

(22) El erotismo en la Literatura Medieval. Op.cit. p. 44.


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