Las aporías
del tiempo en la
Física de Aristóteles
Carlos
Alberto Carvajal Correa
Aunque
el problema del tiempo se halla presente como
asunto del pensar filosófico desde los más
remotos comienzos, se ha coincidido en
señalar el tratamiento aristotélico como la
primera exposición sistemática sobre el
tema. No sólo recoge algunas opiniones
anteriores y fija su posición frente a
ellas, sino que expone las dificultades con
que se debe contar en su investigación. El
recorrido a través de estas dificultades
objeto del presente artículo, antecede como
etapa necesaria que debe ser abordada con
miras a responder el interrogante esencial
planteado por el autor: ¿Qué es el tiempo?,
el cual expondremos posteriormente.
El
tratamiento aristotélico del tiempo contenido en
el libro IV de la Fisica, capítulos 10 al 14, se
caracteriza doblemente con la propuesta de
examinar las dificultades del lenguaje común,
que implica el procedimiento usual del autor de
recurrir a lo expresado por otros, y la forma de
esta expresión en aporías o caminos sin salida.
La elección de ambos aspectos y su relación no
se produce de manera arbitraria para ser
abandonada posteriormente, sino que fundamenta la
posibilidad de la problemática y su punto de
partida. La propuesta, opcional sólo en
apariencia (prwton
de kalwV ecein, lo
más conveniente en primer lugar), conlleva la
necesidad de un comienzo aporético (diaporhsai peri autou)
que ha sido planteado ya por el decir exotérico
(dia twn
exwterikwn logwn).
Esta necesidad se hace explícita en la
formulación peri
autou,
que indica la pertenencia de las aporías al
tiempo mismo, e impone su aparición en el
lenguaje corriente.
Es
evidente, sin embargo, el deslinde efectuado por
el término «exotérico», que supone la
diferencia con el tratamiento propio de la
escuela, como se halla confirmado a través de
Philoponus y Simplicius en relación con los exwterikoi logoi
(1). Tal diferencia señala el terreno donde es
posible indagar por la naturaleza o jusiV del
tiempo, determinante de las opiniones comunes
pero a la vez accesible desde su previo
recorrido. De allí que sea traida en segundo
lugar como propuesta de investigación (eita tiV h jusiV autou),
para completar el marco general del tratado.
No
obstante, con la primera dificultad del lenguaje
no peripatético, cae la jusiV bajo la mirada
escéptica que: «niega en general la realidad
del tiempo o sólo quisiera reconocerle una
realidad oscura y vaga» o, como traduce
Jacques Derrida, para la cual el tiempo: «Es
lo que no es o lo que es apenas
y debilmente» (oloV ouk estin h moliV kai amudrwV )
(217 b 33). La razón de este escepticismo se
encuentra en la argumentación ineludible
impuesta por la misma jusiV al sentido común: «Una
parte del tiempo ya ha pasado y no es, la otra
está a punto de ser y no es aún» (217 b
34)(2).
Se
admite con ello que el tiempo está compuesto de
partes, pero su existencia contradice la
necesidad inherente a los seres compuestos de
que: «Sus partes existan todas o al menos
algunas» (218 a 4). Lo mismo es aplicable a
todo tiempo, «bien sea un tiempo infinito
(apeiroV cronoV), o algún período de él (o aei lambanomenoV cronoV)»
(218 a 2), (3). Queda puesta entonces en duda la
participación del tiempo en la ousia, y se hace
evidente la expresión de la primera dificultad a
tratar: «Si pertenece a los entes o a los no
entes» (poteron
twn ontwn estin h twn mh ontwn)
(217 b 31).
Pero
además la composición implica la divisibilidad
del tiempo (tou
de cronoV (...) ontoV meristou),
que señala no sólo el punto de referencia de la
composición misma, sino el de la posibilidad de
su aprehensión. Allí se decide la situación
pasada o futura de otros puntos y partes, que de
una u otra forma no son, considerados en su no
coexistencia con dicho punto. En él se hace
divisible el tiempo y por él son sus partes
inexistentes. Tal punto es el ahora, y en esta
función queda excluído de formar parte de lo
que divide, según lo enuncia inmediatamente
Aristóteles como una característica fundamental
en su relación con el tiempo: «El ahora no
es parte»(to de nun ou meroV)
218 a 6. El soporte de esta afirmación consta de
dos axiomas.
En
primer lugar «la parte es una unidad de
medida» (metrei
te gar to meroV) ,
y en segundo lugar «el todo debe estar
compuesto de partes» (kai sunkeisJai dei to olon ek twn
merwn).
Sin embargo, para comprenderla mejor es preciso
tener en cuenta que el tiempo es considerado en
ella implícitamente como continuum, desarrollo
que no se lleva a cabo en este tratado, sino que
debe inferirse del libro VI de la Física y del
posterior análisis del ahora. El continuum, como
lo que debe poder dividirse siempre de nuevo, no
admite, por tanto, término a su divisibilidad,
por obra de un elemento indivisible que pretenda
ser constitutivo suyo. Pues lo indivisible, por
carecer de extremos, ni cumple la condición de
ser «aquello cuyas partes extremas forman una
unidad», ni puede entrar en contacto conotro
indivisible, ya que la carencia de dichas partes
le impide conformar una unidad de partes
diferenciadas. (Física, Libro VI, cap. 1).
El
ahora, entonces, no puede ser indivisible, y por
esta vía además no lograría constituir el
continuum temporal. Pero aún no siendo
indivisible no es tampoco parte de él, porque
ello supondría su composición de nuevo en
partes y su infinita divisibilidad,
confundiéndose con el continuum mismo y
perdiendo su función diferenciadora de pasado y
futuro. Sin embargo, esto sólo es pertinente en
relación con una identidad ontológica
constitutiva de ambos, y no en cuanto a su
función unificadora en la cual el ahora es
principio de continuidad. En consecuencia, desde
esta perspectiva paradójica, quedan los axiomas
mencionados como sustento de la negación del
ahora como parte, pero su papel no puede ser
claro ante la ausencia en el texto de un
desarrollo que demuestre la imposibilidad de un
ahora siempre divisible. Aún así, nada se
avanzaría en la solución de la dificultad
subyacente a dicha negación, pues únicamente un
cambio en el punto de partida que implique un
abandono del lenguaje corriente, permitirá
comprender la función de divisibilidad propia
que cumple el ahora en el continuum del tiempo.
Desde
este punto de vista, la interpretación de
Derrida del ahora como parte, derivada de la
formulación de la primera aporía, es
incomprensible. «La manera como se formula la
primera pregunta muestra que se anticipa el ser
del tiempo a partir del ahora y del ahora como
parte»(4). De esta aseveración sólo se
puede reconocer la primera idea que acierta en
repetir la conclusión obvia que reduce al ahora
la posibilidad de existencia del tiempo según la
dificultad exotérica. Pero eso no implica el
reemplazo del término meroV por nun en la
expresión de la aporía, si bien es lícito
hablar de ahoras pasados que ya no son, y futuros
que aún no son. Según Derrida: «El tiempo
es divisible en partes y, sin embargo, ninguna de
sus partes, ningún ahora, es en el presente».
Pero nada permite derivar de la presentidad, por
determinante que ella sea para la participación
del tiempo en la ousia, es decir, para su
existencia, una atribución tal al ahora, a no
ser, quizás, que se intente justificar
empíricamente la espacialización del ahora a
partir del ente. Una tentativa en ese sentido
contradiría de nuevo su función, porque es
precisamente en tanto límite que divide en
pasado y futuro como posibilita la temporalidad
del tiempo espacializado que, en cuanto tal, no
contiene determinación alguna.
Por
otra parte, la interpretación hegeliana empleada
por Derrida sobre la generación dialéctica del
espacio a partir de las sucesivas negaciones,
desde la naturaleza indeterminada, el punto y la
línea, no permite inferir la composición de
ésta última como sucesión de puntos ni el
punto como parte de ella. Por lo tanto, el ahora
como parte no puede ser tomado analógicamente de
la construcción dialéctica que conduce al
espacio, aunque este movimiento se lleve a cabo
en el tiempo.
Asi
pues, la negación del ahora como parte
posibilita y construye la aporía exotérica
desde el transfondo de la concepción
aristotélica del continuum, y no puede ser
negada, so pena de destruir el argumento. Desde
allí observa Aristóteles la dificultad, y
conjetura negativamente sobre el tiempo como
composición de ahoras: «al parecer el tiempo
no se compone de ahoras» (o de cronoV ou dokei
sugkeisJai ek twn nun)
(218 a 8).
Sobre
el ahora que divide le sobreviene al preguntar
corriente una nueva inquietud que se configura en
la segunda aporía exotérica, y es expresada de
la manera siguiente: «Además, el ahora, que
parece delimitar el pasado y el futuro,
¿permanece siempre uno y el mismo (en kai tauton),
o es siempre otro y otro (allo kai allo)?».
En primer lugar examina Aristóteles el segundo
elemento de la alternativa, teniendo como
presupuesto la no simultaneidad de las partes del
tiempo. En este caso, el ahora que divide, y en
cuanto tal pertenece al presente, debe poder
situarse en el pasado o en el futuro. Esto
significa que, además de límite fundante o
causa de la diferenciación, tiene que soportar
la consecuencia de su función primaria. Esta
consecuencia es, en otros términos, la
imposibilidad de existencia simultánea de las
partes resultantes, y así es transmitida a los
ahoras que en ellas se sitúan. Por lo tanto, la
hipótesis de un ahora múltiple no puede
permanecer en pie ante la imposibilidad
señalada, aparte de que tampoco muestra
claramente su relación con el ahora único de
presente.
Pero
en realidad la argumentación empleada por
Aristóteles se apoya en el supuesto de no
simultaneidad de las partes, y no deriva
explícitamente esta imposibilidad, como tampoco
para los ahoras, de la situación creada por el
límite. A este supuesto se agrega el de la
cesación necesaria de los ahoras que debieron
existir con anterioridad.
«Si
es siempre otro, supuesto que ninguna parte
de la sucesión temporal coexiste con niguna
otra... y supuesto que lo que actualmente no
existe, sino que ha existido antes, debe
forzosamente haber sido destruído en un
momento dado, de igual manera tampoco los
ahoras podrán coexistir los unos con los
otros, y el que precede será siempre
necesariamente destruído»
(218 a 11-15).
De
esta forma, tanto los supuestos utilizados como
la estructura general de la deducción, llevan a
concluir, como lo hace W.D.Ross, simplemente que:
«the nows, though they are no parts of time,
share with the parts of time the attribute of
non-simultaneity» (5).
Esta
cesación (jJeirw), o
hacerse pasado el ahora para convertirse en otro,
plantea una nueva sinsalida dentro de la otredad
antes de retomar el primer elemento en la
relación con el ahora uno y el mismo. Pues el
ahora que perece no deja de ser ni en sí mismo (en autw),
ni en el que le precede (proteron nun).
En la segunda alternativa, dejar de ser en el
ahora precedente, significa considerar los ahoras
como entidades discretas que entran en la
formación del continuum, lo cual riñe con su
concepto. De allí que la analogía con los
puntos, expresada en la frase: «Puede darse
como imposible que los ahoras particulares se
coordinen linealmente (allhlwn), como
(tampoco lo están) un punto y otro punto»
(218 a 20), no sólo debe entenderse como
negación de la discontinuidad para los ahoras,
sino también como afirmación de la misma
imposibilidad para la magnitud lineal (6). Pues,
estar allhlwn los
puntos significa estar mutuamente sin que nada
medie entre ellos, en una contiguidad que implica
el contacto, ya sea entre las partes, entre el
todo y la parte, o entre el todo y el todo. Pero
esto es imposible para los puntos porque, como
indivisibles, es decir, discretos, no pueden
constar de partes que entren en contacto y,
porque si se admite que la línea es continua, su
unidad se compone de partes cuyos límites
extremos forman una unidad gracias a dicho
contacto. Se infiere que no se produce ninguna
línea a partir del contacto con el todo de dos o
más puntos, ya que no pueden diferenciarse
respecto del lugar. A la inextensión del punto
se agrega la divisibilidad al infinito que
encierra el concepto de continuidad, y supone un
número infinito de puntos entre dos de ellos por
más cercanos que se encuentren. En analogía con
los ahoras, tendría que admitirse la
simultaneidad para un número indeterminado entre
cualquier ahora y su precedente en el cual
debería perecer, pero esta coexistencia
inmoviliza y contradice el transcurso temporal.
En síntesis, se excluye que un ahora deje de ser
en otro porque la sola mención de ambos encierra
una diferencia insalvable a través de lo
infinitamente próximo. Igualmente que deje de
ser en otro no próximo, pues no sería menos
imposible que tuviera que coexistir con el
infinito número de ahoras existentes entre
ellos, sin que varíe la situación frente a la
simultaneidad.
La
evidente limitación de la analogía punto-ahora
se debe a que la coexistencia puntual no está
restringida a un determinado punto del segmento
lineal, sino que puede y debe darse en toda su
magnitud sin que se contradiga su existencia,
mientras que la coexistencia temporal sólo
adquiere su verdadero sentido de imposibilidad en
relación con el ahora presente. Sin embargo, y
aunque esta analogía no es desarrollada a
cabalidad para sustentar las dificultades, con
ella se logra comprender en términos generales
el supuesto de la continuidad del tiempo, que
subyace desde el comienzo de la exposición
aporética.
Retomando
la alternativa generada por la cesación (jJeirw),
queda por examinar la primera parte que conduce a
la permanencia del mismo ahora que debe perecer,
ya que si perece en él mismo (en autw),
continuaría siendo en la mismidad de su ser (einai).
Por eso un ahora que fue (proteron nun),
podría ser en cualquier otro tiempo, incluso
aún, es decir en el ahora presente cuando debe
perecer. Aquí la mismidad no dá cabida a una
otredad como posible contrapartida, y esto se
refleja en el miembro ya estudiado de la aporía,
donde no es la otredad del ahora lo que está en
juego, sino otros ahoras sucesivos a los cuales
no subyace la mismidad acá mencionada del einai.
También puede decirse que, mientras en este caso
se habla de mismidad, en el anterior no es la
otredad de lo mismo lo determinante de los ahoras
precedentes. Podría pensarse en una
insuficiencia de la formulación exotérica,
causada por la falta de simetría de sus partes
que eran de esperarse como mismidad y otredad, a
no ser que ésta constituya la condición que la
convierte en insoluble para dicho lenguaje. Esta
carencia, y la peculiar situación de insoluble
que origina, vuelven inaceptable la comparación
efectuada por Edwing Conrad-Martius con el
ejemplo utilizado por Aristóteles como
concesión al argumento sofístico de la otredad
de Corisco en el Liceo y en el Agora (7).
En
primer lugar los otros ahoras no se producen a
través de «lo mismo» como se ha señalado, y
en segundo lugar el trasfondo de la comparación
consiste en el artificio no aristotélico de una
doble presentidad, una como lugar fijo y real, y
otra que proviene del ahora fluyente en un
llamado «tiempo imaginativo trascendental»,
cuyos ahoras ocupan lugares distintos de los
cuales reciben su ser aquí o su ser allí. De
este modo el lugar fijo de presente convierte el
flujo temporal, que es mero movimiento espacial,
en pasado y futuro, y señala su punto de
separación cuando un ahora fluyente que no
perece sino que transcurre, ocupa el sitio de
presente puesto por el yo, el cual, entonces,
debe ser discontinuo y perecer. Con esta
propuesta, quiere Martius darle solución
prematura a la dificultad, sin variar la
perspectiva ni los términos que la componen como
planteamiento exotérico sin salida. Es
necesario, entonces, situarse en la intención de
«recorrer en primer lugar las aporías del
lenguaje corriente», para identificar su
estructura y reconocer su carácter insoluble en
los términos de dicho lenguaje. De allí que la
cesación en la mismidad del ahora deba
considerarse como insalvable, pues el lenguaje de
su formulación aún no contiene los elementos
necesarios de una solución aristotélica.
Resta
por examinar la situación opuesta a la otredad,
es decir, del ahora uno y el mismo (en kai tauton).
Para demostrar su imposibilidad Aristóteles
emplea dos pruebas. La primera, derivada del
papel de división del ahora, se descompone en
los siguientes elementos:
a)
De nada delimitado, divisible, hay un único
límite.
b)
El ahora es límite.
c)
Es posible tomar un tiempo finito.
Aplicado
al continuum temporal, el ahora, en su función
de límite que separa el pasado y el futuro,
establece la diferencia de partes y de ahoras,
entre los cuales deben poderse tomar segmentos
que necesariamente poseen dos límites. Pero
además de generar dos límites, su relación con
ellos varía continuamente alejándose o
acercándose en cada caso, lo cual impide aún
más su consideración como uno y el mismo. Esta
variación de la diferencia es la que se capta
como flujo temporal, y a él no puede, por
consiguiente, sustraerse el ahora.
La
segunda prueba utiliza el supuesto de la
simultaneidad entendida en términos de ser en
uno y el mismo ahora (tw en tw autw einai kai eni nun
estin).
Una consecuencia sería por ejemplo que: «los
sucesos de hace diez mil años coexistirían con
los sucesos contemporáneos»(8). La
multiplicidad de ahoras resultante y en relación
con el ahora límite, hace aparecer de nuevo este
último como fijo, en oposición a los primeros
que son móviles. Tal es el caso de Bröcker (9),
aunque considera que ello se debe al doble papel
del ahora como presente y punto temporal. Sin
embargo, esta interpretación puede conducir
fácilmente a la propuesta de Martius de
solucionar la aporía, a la vez desde el lenguaje
en que ha sido planteada, y recurriendo al
elemento moderno de la conciencia. De todas
formas el doble papel del ahora no ha sido aún
tematizado a la altura del recorrido por las
opiniones corrientes, como posible solución a la
dificultad.
De
este modo termina Aristóteles el recorrido por
la comprensión prefilosófica del tiempo y pasa
a comentar las limitaciones que ella muestra
respecto de su esencia, como también lo poco que
aportan las definiciones dadas por la tradición
hasta el momento. Tal indagación encaminada a
sustentar la definición aristotélica será
motivo de un próximo análisis.
NOTAS
1)
La nota de Ross en su Commentary contiene las
alusiones de Philoponus y Simplicius, donde ellos
diferencian las exposiciones (apodeiktika) de
los oyentes (akoathV
o akroamatikoV)
del Liceo, de las convicciones comunes.
Igualmente el análisis filológico lo lleva a
afirmar que se trataba de «discusiones no
propias de la escuela peripatética».
(2)
La conjunción men.....de
(por una parte...por la otra....), es traducida
en ocasiones como meroV,
parte, sin que se afecte el sentido.
(3)
El aei
lambanomenoV cronoV
podría ser traducido según el significado del
verbo lambanw,
como el tiempo aprehendido con los sentidos o el
intelecto de manera sucesiva o sin interrupción,
lo cual hace más comprensible la traducción
citada, e igualmente la de Samaranch: «tiempo
indefinidamente periódico», o la de Hardie:
«any time you like to take», y concuerda
con la utilizada por Derrida, en su traducción
al español: «el tiempo considerado en su
incesante retorno», es decir, aprehendido
como periodizado.
(4) Física,
Libro VI, cap.1.
(5)
«Los ahoras, aunque no son partes del tiempo,
comparten con las partes del tiempo el atributo
de no simultaneidad». En relación con la
estructura de la argumentación, y para llegar a
esta conclusión, Ross comenta la conveniencia,
para lograr un mejor sentido, de incluir en la
primera parte de ella o prótasis. la
afirmación: to
de nun mh on proteron d on anagkh ejJarqai pote «y
el ahora que no es pero que fue, debe haber
dejado de ser en un tiempo», que en cuanto a
la mera forma de la exposición parecería
pertenecer a una segunda parte compuesta por dos
apódosis. Aunque ello no varía fundamentalmente
el sentido, el motivo es la interpretación
filológica de to te nun y kai ta nun, en
la cual recomienda no traducir kai por «y»
(and), sino por «también», «igualmente» /the
nows also), siendo preciso leer to de nun en
vez de te que
está enlazado con kai por
la conjunción te... kai que
significa: «por una parte...por la otra...», o
se traduce simplemente como «y». Pero si se
tiene en cuenta el lugar que ocupa en el
argumento la afirmación sobre la cesación de
los ahoras, en relación con la no simultaneidad
tanto de las partes del tiempo como de los ahoras
mismos, puede verse cómo dicha afirmación no
entra a formar parte de una apódosis donde se
completa el sentido que se anuncia en la
prótasis y que puede deducirse de lla, sino que,
antes bien, es una condición de lo subsiguiente.
(6)
La frase dice: estw gar adunaton ecomena einai
allhlwn ta nun wsper stigmh stigmhV.
Derrida traduce literalmente esta frase
permitiendo asignarle la proximidad a los puntos
(wsper stigmh
stigmhV),
lo cual es un error. Al respecto Ross anota que
es necesario superar esta lectura vulgar: «as
a point is next to another point»,
utilizando el acusativo stigmhn (wsper stigmhn stigmhV)
para evitar contradecir lo expuesto por
Aristóteles en Física VI, I, acerca del
continuum.
(7)
Conrad-Martius, Edwig. El Tiempo, cap. II.
(8)
Esta prueba, igual que la anterior, se puede
dividir en tres partes como lo expone Bröcker (Aristóteles,
cap. III. Movimiento y Tiempo), a pesar de que no
muestra la dependencia entre ellas que arranca
del supuesto contenido en el numeral a.
(9)
Bröcker, Walter. Aristóteles, cap. III.
BIBLIOGRAFIA
ROSS,
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revised text with introduction an commentary.
Oxford, 1979.
ARISTOTLE.
Physics: Trad. H. Hardie (Encycl. Brit., the
works of Aristotle, vol.1), Oxford University
Press, 1952.
ARISTOTELES.
Obras: Trad. Francisco P. Samaranch. Aguilar
Ediciones,1964.
BRÖKER,
Walter. Aristóteles: Trad. española. Buenos
Aires, 1953.
BARREAU,
Hervé. Linstant et le temps selon
Aristote, Revue Philosophique de Louvain. Tome
66, troisième serie N.90. Mai, 1968.
DERRIDA,
Jacques. Tiempo y Presencia: trad. en Ed.
universitaria, Santiago de Chile. 1971.
CONILL
SANCHO, Jesús. ¿Hay tiempo sin alma? Revista
pensamiento, Números 138-139, Vol. 35. Madrid,
Abril-Sept. 1979.
MOREAU,
Joseph. Le temps selon Aristote. Revue
Philosophique de Louvain, Tome 49, troisième
serie, N. 11, 1948.
CONRAD-MARTIUS,
Edwig. El tiempo: Trad. Antonio Rodriguez
Huescar. (Copyright by Revista de Occidente),
Madrid, 1958.
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