Hölderlin o la tradición prometeica
Julián
Serna Arango
Renuentes
a ser asimiladas por el sistema de
presupuestos predominante en Occidente, que
en particular remite a la metafísica y al
monoteísmo, es posible identificar las obras
de algunos poetas y de algunos pensadores
para quienes el mundo puede ser construido y
reconstruido inclusive en lo esencial, y
entre quienes Hölderlin ocupa destacado
lugar.
1.
El rayo del Padre
En
su poema titulado El fuego celeste, Hölderlin
dice:
Si,
a nosotros nos corresponde, bajo tormentas
divinas
¡ oh poetas ! permanecer con descubierta
cabeza, para coger el rayo
del Padre, a él mismo
con nuestra propia mano
y entregar al pueblo el don celeste
envuelto en la canción (1).
Considerado
el poeta del poetizar por Heidegger, Hölderlin
se refiere en el poema titulado El fuego celeste
a la gesta del poeta quien envuelve el rayo del
Padre en una canción para hacerlo llegar hasta
el pueblo.
La
expresión rayo del Padre alude a una
hierofanía la cual reconocemos ejemplificada en
diferentes divinidades como Zeus o el dios hitita
de la tormenta, en quienes el rayo constituye su
epifanía por excelencia.
Como
variedad de luz, el rayo del Padre
simboliza la claridad, la inteligencia, la
sabiduría; como fuego, el rayo del Padre
ejemplifica el movimiento (Heráclito), pero
también la renovación cósmica (véase el
«Canto de la Völupsá», incluido en el Edda
mayor), y en el dinamismo de su potencia
alcanza la apoteosis de su singularidad. El rayo
del Padre, en síntesis, no sólo ilumina,
también aniquila y además renueva.
A
diferencia del herrero, del alquimista también,
el poeta no manipula fuego, sino palabras. ¿Se
aplica el simbolismo del rayo a las palabras? Que
las palabras proporcionen claridad, nadie lo
duda; a semejanza de la luz, las palabras tienden
puentes con las cosas ausentes, las convocan,
haciendo posible la acción a distancia. Que las
palabras sean un arma -como el rayo en manos de
una divinidad soberbia o justiciera- puede
entenderse de muchas maneras porque las palabras
hieren, lastiman la autoestima por conducto de la
ironía, aniquilan bajo el signo de la maldición
o del anatema. No obstante, las palabras no sólo
destruyen, también construyen a través de los
mitos, por medio de los interrogantes que ponen a
circular.
Oradores,
profetas, caudillos, víctimas de la
intolerancia; Bibliotecas enteras convertidas en
pasto de las llamas; índices de libros
prohibidos, constituyen otros tantos indicios del
poder atribuido a la palabra, de los celos que
despiertan los discursos alternativos entre los
irrestrictos de los dogmas de turno. El poder de
la palabra radicaría así en lo dicho, en lo
escrito, dispuesto a multiplicarse por el número
de oyentes o de lectores. No obstante, también
debemos preguntarnos si la palabra dicha, la
palabra escrita, en su condición de tal, no
quedaría al descubierto, en campo abierto, y
fácilmente sería refutada por un francotirador
intelectual que toma un par de frases fuera de
contexto?
Si
los universales se clasifican como soplo de voz,
si se desvaloriza la palabra empeñada, si los
conjuros devienen anacrónicos, la eficacia de la
palabra estaría limitada a la retórica de los
políticos o a los anuncios del mercado,
variedades de acción instrumental tendientes a
sacar adelante intereses puntuales y en última
instancia desechables. ¿Pasa a segundo plano la
palabra intimidada por las aplicaciones
tecnológicas de la ciencia matemática? ¿Es el
fin de la cultura de letrados? Responder tales
interrogantes implicaría precisar los alcances
de la palabra.
¿
Cómo compaginar la fragilidad de la palabra con
su eventual poderío? Contradicción de la que
únicamente escapamos si revisamos las
presunciones de las que hemos partido, si
discutimos nuestro concepto de palabra. ¿Se
reduce la palabra a lo dicho? Heidegger advierte
en la palabra la síntesis de lo dicho y lo no
dicho.
2.
Un mundo plano
Al
postular el aparato conceptual de la metafísica,
Aristóteles pretendió descubrir de una vez por
todas las reglas de juego de la existencia.
Reputadas naturales, las reglas de juego
quedarían al margen de la discusión; al igual
que lo dicho, lo no dicho pero implicado por la
palabra aludiría a las cosas únicamente; para
qué ocuparse del horizonte en medio del cual
ellas aparecen? De allí la concepción del mundo
plano, sin dobleces ni fisuras en la medida el
avance del conocimiento.
Saliendo
al paso del relativismo de Gorgias, quien
advierte que nada es, que si algo es no puede ser
pensado, que si algo es pensado no puede ser
comunicado, Aristóteles responde a las preguntas
por el ser, el conocer y el comunicar:
1.
La identificación de lo que es:
Aristóteles
identifica lo que es con la ousia, compuesta
de materia -la ousia puede percibirse aquí y
ahora-, y forma -los atributos acuñados en
la materia-. De allí la concepción de la
ousia como sustrato respecto de sus
atributos, es decir, como sustancia.
El
estagirita reconoce las ousiai distribuidas
en clases a semejanza de lo ocurrido en el
ámbito biológico, en el que los diferentes
organismos lo hacen en especies. De allí que
los atributos de la ousia sean compartidos
por las demás ousiai de su misma especie, es
decir, sean universales; cuando la ousia a la
par que sustancia se concibe como esencia.
Si
se trata de entes de diferentes especies se
distinguen por su forma; si se trata de entes
de la misma especie los individualiza la
materia de la que están hechos.
2.
Lo que es puede ser conocido:
Correlaciones
como las registradas por el estagirita entre
el orden de las ousiai y el de los conceptos,
entre la relación ousia-atributo y la
relación sujeto-predicado testimonian la
existencia de un paralelismo entre el orden
del ser y el orden del conocer. De allí la
legitimidad del saber.
3.
Lo que es pensado puede ser comunicado:
La
formulación del principio de
no-contradicción de acuerdo con el cual una
ousia respecto del mismo atributo no puede
ser y no ser al mismo tiempo, asumido como
regla de tránsito del pensamiento,
fundamenta un pensar apodíctico, es decir,
un pensar cuyas conclusiones no estarían
comprometidas con determinadas
circunstancias; ellas serían válidas para
todos los contextos. De acuerdo con Durand,
la correlación entre el orden del ser (el de
la ousia) y el del conocer también legitima
al principio de no-contradicción: El
binarismo lógico es la contrapartida
sistemática del percepcionismo aristotélico
(2). Así como en un momento dado -en la
cotidianidad, salvo casos excepcionales- un
atributo de determinada ousia se percibe o no
se percibe, no sería posible predicar algo
de un sujeto y a la vez negarlo.
Dentro
de la concepción del mundo plano, no sólo el
pensamiento sería reducido a la lógica
bivalente, otro tanto acontece con el lenguaje.
Al referirse a la significación de las palabras,
Greimas advierte: La estructura elemental,
considerada y descrita en sí, es
decir, fuera de cualquier contexto significante,
sólo puede ser binaria (3).
3.
La supervivencia de lo Otro
A
pesar del éxito alcanzado por la concepción del
mundo plano es menester preguntarnos: ¿Qué
acontece con las experiencias irreductibles a los
parámetros lógicos? Se clasifican en el
abultado género de la ficción, se descalifican
como irracionales condenadas al ostracismo, se
las envía al otro lado de la frontera del
universo del sentido:
1.
No hay más mundo que el mundo de las
ousiai, el mundo de las sustancias-esencias,
el cual adquiere el estatus de mundo natural,
de acuerdo con Aristóteles. El mito, que
presupone la diversidad de fundaciones de
mundo, origen y fundamento de la diversidad
cultural, se clasifica como ficción.
2.
Habiendo hecho carrera el nominalismo, de
acuerdo con el cual los términos universales
no serían más que una especie de apodos
compartidos, un mundo sin universales
parecería condenado al asalto de la
entropía. Fue Guillermo de Occam, el
príncipe de los nominalistas, quien formuló
el principio de regularidad del universo
según el cual las mismas causas producen
siempre los mismos efectos. Se garantiza así
la existencia de un mundo ordenado sin cargar
con el lastre de los universales, un mundo en
donde las excepciones son ignoradas y los
herejes remitidos al brazo secular.
Consolidado
el giro lingüístico en filosofía,
concebido el mundo como el mundo apalabrado, a
ciertas palabras o a ciertos usos lingüísticos
remite el último bastión de la herejía. Es
cuando debemos preguntarnos: ¿Juegan todas las
palabras, todas las expresiones, los diferentes
usos lingüísticos un rol similar desde un punto
de vista comunicativo?
Dispuesto
a exorcizar los fenómenos anómalos del
lenguaje, Greimas se propone en esa dirección:
(
) desmitificar (
)
ese mito anagógico moderno según el cual hay
en el lenguaje zonas de misterio y zonas de
claridad (4). Cada lexema estaría
configurado desde un punto de vista semántico
por una serie de semas cada uno de los cuales
constituye una unidad mínima del plano de la
significación, cuyo sentido estaría definido
con relación a su opuesto, de acuerdo con
Greimas. Inventariados los semas de todos los
lexemas, el estudio de la lengua pudiera
clasificarse dentro del género de las ciencias
naturales; el lenguaje adquiere así una
precisión lógica, cuando además serían
posibles las máquinas que realicen la
traducción automática.
Greimas
únicamente distingue entre lenguaje y
metalenguaje, cuando las palabras con rango de
metalenguaje serían aquellas que hablan del
lenguaje, y desde ese punto de vista palabras
como verbo, sustantivo, adjetivo, se diferencian
de las demás palabras como casa (un sustantivo),
ir (un verbo) y aparatoso (un adjetivo) por su
generalidad; distinción la cual obedece a un
criterio de orden cuantitativo.
No
sólo es posible discriminar el lenguaje del
metalenguaje a la manera de Greimas, también
pudiéramos clasificar las expresiones
lingüísticas desde un punto de vista
cualitativo. Austin distingue los enunciados
locucionarios que únicamente dicen, de los
enunciados ilocucionarios que además hacen; el
pensador inglés realizó en su momento el
inventario de los verbos específicamente
ilocucionarios. Se reconoce así la diversidad de
funciones del lenguaje; lejos de estar confinado
a informar, además pudiera ordenar, prometer,
suplicar, etc.; no obstante, Austin no establece
ninguna jerarquía al respecto.
Heidegger
advierte distinciones cualitativas entre las
expresiones lingüísticas cuando no sólo
reconoce en el discurso la facultad de articular
significados y sentidos preexistentes,
recombinarlos de manera diversa como sería la
creación de neologismos, sino además la de
realizar aperturas de sentido en medio de las
cuales ocurran tematizaciones hasta entonces
inadvertidas, como acontece con el mito, el cual
altera la frontera entre lo que tiene y lo que no
tiene sentido para determinado pueblo o cultura,
y con el logos, cuando da qué pensar en lo hasta
entonces impensado. De allí la distinción entre
un discurso 1, el cual se mueve dentro de un
horizonte de sentido previamente abierto, y un
discurso 2, por medio del cual se configuran
tales horizontes de sentido; sería evidente la
dependencia del primero respecto al último.
4.
La salvación por el arte
Habiendo
degenerado el mito, en ficción; el logos,
en razón; en intelecto mecánico, comprometido
con determinados presupuestos; en racionalidad
instrumental, comprometida con determinados
fines, quedaría el arte para realizar aperturas
de mundo. En cuanto lleva hasta sus últimas
consecuencias la plasticidad del lenguaje, en
cuanto trasciende su uso proposicional, como
también la semántica y en ocasiones la
gramática, el poeta adquiere singular maestría
en indicar, hacer señas, sugerir lo no dicho a
través de lo dicho. De lo no dicho hacen parte
las presunciones y los presupuestos por medio de
los cuales se decide el destino de un pueblo, se
configura su identidad y en esa medida la tarea
del poeta resulta ardua, además peligrosa cuando
juega con fuego, es decir, con e rayo de padre.
Cuando
Semele -amante de Zeus, madre de Dionisos,
siguiendo los consejos de Hera, habiendo caído
en la trampa- pide a Zeus que se presente ante
ella en todo su esplendor, como verdaderamente
es, y habiéndole prometido concederle un deseo,
el primero entre las divinidades olímpicas
aparece en su naturaleza ígnea y la mortal es
consumida por el fuego. El poeta, consciente del
poderío del rayo del Padre toma las
debidas precauciones y lo envuelve en una
canción. De allí que sea menester distinguir el
rayo del padre del canto del poeta, es
decir, distinguir lo no dicho de lo dicho.
Con
la insurgencia del poetizar erigido en palabra
inaugural acontece un fenómeno similar al
provocado por la irrupción de la luz donde antes
había oscuridad, donde no se diferencia una cosa
de otra, donde ni siquiera había cosas para
nosotros, donde para nosotros había Nada, cuando
surgen formas de lo informe, sentido del sin
sentido.
Sorpresivo
y contundente el rayo del Padre estaría en
condiciones de alterar el horizonte en medio del
cual airosa se levanta una cultura, un pueblo.
Mutaciones de ese orden implican una
reconstrucción de mundo, cuyos ecos acaso se
perciban en las gigantomaquias o en las gestas
épicas en tanto constituyen la voz de un pueblo
en marcha.
Se
enfrentan los dioses, se alteran los mundos. En
el estrato delacontecer propio del mito, propio
de las zonas más densas del lenguaje, mutan las
aperturas de mundo en medio de las cuales las
cosas vienen a nosotros. Algo similar sucede con
el logos. ¿Pudiéramos identificar
transformaciones del hábitat intelectual en
Occidente? Un par de ejemplos lo ilustran
enseguida:
1.
Con el tránsito del politeísmo al
monoteísmo no acontece simplemente un cambio
de panteón. Es menester registrar, además,
el relevo de la mitología (en la que rige un
número plural de divinidades) por la
historia sagrada (concebida como la gesta de
un único dios). Se impone así un modelo
centrípeto de mundo o mejor el mundo se abre
como aquello que gira alrededor de un centro.
2.
Con la reducción del discurso a una serie de
enunciados en cadena se limita el inventario
de lo existente a una serie de cosas con
atributos, en detrimento de los fenómenos
que pudieran aparecer ante nosotros por
conducto de las lecturas sub y
supraproposicionales. Amplias zonas del
acontecer, las del arte, el mito también,
quedan reducidas a su mínima expresión.
El
hombre que en lo esencial no habla sino que es
hablado por el monoteísmo y por la metafísica;
él suele cambiar de Iglesia mientras conserva su
vocación de acólito se siente arrojado de un
lado para otro cuando:
Vacilan
(
)
los hombres (
)
como el agua
lanzada de peñasco en peñasco
a lo desconocido (5).
5.
Gestas prometeicas
Acólito,
extra, cuando no víctima de las presunciones y
los presupuestos de la existencia, el hombre
deviene medio para otros fines. ¿Puede el hombre
revelarse, emanciparse del hábitat intelectual
de turno?
Habiendo
proporcionado el fuego a los hombres y
posibilitado la mutación de sus condiciones de
vida, de acuerdo con el mito, Prometeo
comprometió la exclusividad divina y fue
condenado por Zeus al suplicio eterno. En una
interpretación de la vida y la obra de
Empédocles -en algunos aspectos ciertamente
osada-, Hölderlin hace partícipe al ilustre
personaje de Agrigento de la gesta prometeica.
Empédocles quiso dar de más a los hombres,
perdió el favor de los dioses y se arrojó al
Etna. En su condición de titán, Prometeo; en la
de iniciado, Empédocles, heresiarcas ambos, se
toman confianza en la manipulación del rayo
divino y quieren ser algo más que
intermediarios.
Hölderlin
advierte la existencia del rayo del Padre,
conquista la respectiva maestría, trasciende la
formulación esteticista del arte y anticipa que
le espera la misma suerte padecida por Prometeo y
Empédocles, cuando dice en una carta dirigida a
uno de sus amigos: (
) temo que al
final me ocurra lo que al antiguo Tántalo, que
estuvo más cerca de los dioses de lo que podía
soportar (6). Efectivamente, después vendrá
la locura. Según testimonio de Zimmer, el
carpintero en cuya casa habitó Hölderlin los
últimos 37 años de su vida luego de haber
caído en la locura: No pudo decir a nadie
qué le faltaba. A decir verdad no le falta nada.
Lo que tiene de más, eso es lo que le ha vuelto
loco (7).
Lejos
de intimidarle el peligro que lo ronda,
Hölderlin sigue adelante bajo el mandato de su
vocación y para aligerar sus cargas renuncia al
común de las aspiraciones propias de los
jóvenes de su tiempo. En una de las cartas a su
madre el poeta confiesa: Yo por lo menos ya no
deseo tener aspiraciones mayores, fuera de que no
me resulte demasiado difícil permanecer fiel a
mi corazón y a mi mente (8), dispuesto a
tomar en sus manos el rayo del Padre, única vía
disponible para alterar el estado de cosas
vigente y contribuir decididamente a la
renovación espiritual de su pueblo.
6.
Poetizar y pensar
Poetas
como Hölderlin hacen posible el diálogo entre
lo sagrado y lo profano, entre los dioses y los
hombres a riesgo de sucumbir en su tarea no sólo
porque los hombres comprometidos con determinado
dogma no están dispuestos a jugar con fuego, a
morir en lo que son para renacer otros, de
acuerdo con el antiguo esquema iniciático, y ven
en el poeta un disociador a quien prefieren
expatriar, sino además porque lo sagrado en
ocasiones se cierra sobre sí mismo cuando la
divinidad sucumbe a la tentación monoteísta, y
el poeta se erige en víctima propicia tan pronto
arrecia la ira de la deidad celosa. ¿Qué
quedaría entonces de su gesta?
Abrir
camino y sucumbir en el intento es de todas
maneras un triunfo cuando el sentido apalabrado,
los interrogantes puestos a circular han quedado
incorporados al inventario de la existencia.
Habiendo manipulado el rayo del Padre, poetas
como Hölderlin testimonian la existencia de
estratos del acontecer diferentes al de las
simples cosas que nos vienen al encuentro. Es la
pista que sigue el pensador dispuesto a
profundizar hasta las últimas consecuencias.
No
es casual que cada vez que el hombre advierte la
existencia de estratos del acontecer todavía
más profundos, poetizar y pensar se revelan
próximos. Ello aconteció en Grecia con los
presocráticos, cuyas obras no sólo abundan en
licencias poéticas. Sino que además sus
sentencias toman partido de los dobles sentidos,
las ambigüedades, las paradojas, como acontece
con el artista. Otro tanto sucede con el pensar
postmetafísico, cuando no sólo los pensadores
(Derrida, Rorty) clasifican la filosofía como
una rama de la literatura (Derrida, Rorty), sino
además cuando el pensar heideggeriano rompe con
el primado del pensar proposicional por conducto
de una serie de elementos sub y
supraproposicionales del discurso; al subvertir
la clasificación de los accidentes gramaticales
mediante la construcción de palabras compuestas;
al asumir las expresiones connotativas no como
simples metáforas, a la manera del arte
combinatorio, sino como gestación de sentido
propiamente dicha.
Conclusión
Precedido
por Empédocles, continuada por Heidegger, la
tarea de Hölderlin hace parte de una tradición
de estirpe prometeica, de quienes de alguna
manera se han atrevido a manipular el rayo del
Padre en aras de abrir mundo, construir y
reconstruir nuestro hábitat que en última
instancia está hecho de sentido; lo han
intentado a riesgo de los más variados lastres
como la incomprensión, el ostracismo, el
anacronismo y la locura.
Notas
(1)
HÖLDERLIN, Friedrich. El fuego celeste. Editada
como suplemento a: La muerte de Empédocles.
Madrid: Hiperión, 1977. p. 116
(2)
DURAND, Gilbert. De la mitocrítica al
mito-análisis. Figuras míticas y aspectos de la
obra. Barcelona: Anthropos, 1993. p. 55
(3)
GREIMAS, A. J. Semántica estructural.
Madrid: Gredos, 1966. p. 37
(4) Ibid.
p. 88
(5)
HÖLDERLIN, Friedrich. Canción del destino.
Editada como suplemento a: La muerte de
Empédocles. Madrid: Hiperión, 1977. p. 107
(6)
HÖLDERLIN, Friedrich. Correspondencia
completa. Madrid: Hiperión, 1990. p. 545
(7)
HÖLDERLIN, Friedrich. Conversación entre el
carpintero Zimmer y el escritor Gustav Kühne.
Incluida como suplemento a: Poemas de la
locura. Madrid: Hiperión, 1994. p. 33
(8)
HÖLDERLIN, Friedrich. Correspondencia
completa. Madrid: Hiperión, 1990. p. 415
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