Teatro precolombino: el ritual y la ceremonia
César
Valencia Solanilla
Las
fastuosas ceremonias de los sacrificios
rituales entre los mayas y los aztecas en los
que se ofrendaban víctimas humanas para
preservar la luz y la vida que brindaba el
tenue dios sol de la quinta era, los
numerosos rituales orgiásticos y de
invocación para las prácticas agrícolas y
las representaciones burlescas destinadas a
la diversión; al igual que el notabable
desarrollo de la poesía dramática, son
ejemplos de las múltiples manifestaciones
colectivas que servirán de base para la
formación del teatro precolombino. A partir
de estos antecedentes, se hacen
aproximaciones analíticas sobre el teatro
náhuatl, maya e inca, a través de sus obras
más representativas.
1.
El concepto de literatura precolombina
Cualquier
aproximación que se intente respecto de los
diferentes géneros literarios en la América
precolombina, debe tener en cuenta la
especificidad misma del concepto de literatura en
unas sociedades que no conocieron la escritura
fonética sino la pictográfica y en las que el
legado artístico literario consignado en los
códices o libros pintados fue destruido casi en
su totalidad por los abanderados de la cruz y de
la espada, y los que lograron salvarse de las
piras inquisitoriales presentan dificultades para
su interpretación. De modo que el «corpus»
literario existente se refiere casi
exclusivamente a las fuentes de conservación que
en diferentes manuscritos en lenguas autóctonas
pudieron escribir los amanuenses letrados,
quienes tomando como base la memoria colectiva
vertieron en libros una cantidad apreciable de
poemas sagrados, épicos, líricos, relatos,
narraciones breves, pláticas educativas y demás
manifestaciones literarias de su comunidad. Los
llamados «manuscritos de conservación» que son
fuentes primarias para el estudio y traducción
de las literaturas precolombinas, son creaciones
literarias muy antiguas escritas utilizando la
fonética del español para la conversión
tipográfica de las lenguas autóctonas, que
desde entonces pudieron fijarse a través de la
escritura, para que su apropiación se
popularizara; de lo contrario hubieran corrido el
peligro de perderse, por la fragilidad de la
memoria oral y los radicales procesos de
transculturación impuestos por las metrópolis
conquistadoras.
Algunas
de ellas, inclusive, son bastante tardías
respecto de su vaciamiento en la escritura, pero
son auténticas expresiones de elaboración
simbólica prehispánica, como ha sido comprobado
ampliamente por los estudios especializados sobre
fuentes primarias(1) . Es primordial, por tanto,
la lectura de los contextos culturales y la
especificidad de los conceptos básicos sobre los
cuales se proponen las reflexiones, pues de lo
contrario se puede caer en la dispersión
conceptual o el simple sometimiento a las
categorías mediante las cuales Occidente se ha
apropiado, explicado y entendido el mundo.
2.
El rito y la ceremonia
Si
hay algo que defina plenamente a los pueblos
precolombinos es su gusto por el rito y la
ceremonia, su sentido de lo religioso, su índole
mística. Conforme lo relataron de manera
unánime los cronistas, las culturas más
desarrolladas de los aztecas, mayas e incas,
expresaban en sus fastuosas y complicadas
ceremonias a los dioses, a los gobernantes y a
los héroes legendarios, unas visiones del mundo
y del hombre en donde se fusionaban el mito y la
historia, el mundo real y el de los sueños, la
cotidianidad y la fantasía. Los actos más
elementales y los más trascendentales, estaban
acompañados de una ritualidad que les confería
sentido más allá de su manifestación como
hecho concreto, de modo tal que el nacimiento, la
adolescencia, la iniciación sexual, la unión de
parejas, la muerte y todos aquellos actos
marcadores de cambios fundamentales en los seres
estaban provistos de una ritualidad especial, en
donde participaba la comunidad; lo mismo respecto
de las labores grupales, como la preparación de
la tierra para la siembra y la recolección de
las cosechas, la celebración de las fiestas
propias de comunidades politeístas; y de manera
especial, la invocación de la guerra y los actos
sacrificiales a los dioses.
La
búsqueda de la trascendencia no es un simple
enunciado filosófico que pudiera mantenerse en
la esfera de lo individual: por el contrario, se
manifiesta en los actos rituales, en las
fastuosas ceremonias en las que la colectividad
era espectadora y partícipe pues en ellas se
revelaba la esencia de la relación con lo
sagrado. El baile, la música y la danza que
acompañan siempre a las creaciones poéticas
líricas, épicas o dramáticas, es una muestra
de esa necesidad ancestral de conferirle a la
palabra una ritualidad permanente, de acompañar
al canto con la bella sonoridad de los
instrumentos musicales y la plasticidad de la
expresión pantomímica.
En
estos rituales se invocan las fuerzas de la
naturaleza, se celebra la guerra, se rinde
tributo a los dioses, se manifiesta el totemismo
individual y grupal, manteniendo así la memoria
colectiva y confiriendo trascendencia a la vida
social y política: se trata de la objetivación
de los mitos a través de la liturgia, de su
conversión material por la representación
mágica. El hombre prehispánico sacraliza
incesantemente el cosmos pues aún en las
manifestaciones carnavalescas y orgiásticas se
está invocando el poder de la transgresión para
reinventar el mundo. El origen del teatro
ceremonial, en este sentido, obedece a unos
cánones bien diferentes de las formas
antropocéntricas del teatro occidental y por el
contrario es paradójicamente objetivo, ya que en
él se formulaban recetas para conjurar las
fuerzas del universo y utilizarlas en beneficio
del hombre.
«Lejos
de antromorfizarse la expresión en el
contexto de las costumbres y usos diarios,
son los propios hombres los que se simbolizan
a sí mismos como fuerzas esenciales y del
cómputo del tiempo. De aquí que aparezca
subordinado el concepto de destino
individual, ya que es el hombre transformado
en numen, y no Dios convertido en hombre, el
protagonista del teatro prehispánico.(2)
La
ritualidad del mito, en esta perspectiva, no es
su representación sino la actualización
efectiva de las fuerzas genésicas con las que el
hombre provoca los cambios del mundo a través de
los dioses. Cuando se canta el poema, se ejecuta
la danza, se tañen los tambores y suenan los
instrumentos musicales, se inviste a las
expresiones artísticas de la magia para la
ejecución efectiva de lo sagrado.
2.1
Los ritos sacrificiales
Este
sentido de la sacralidad tan profundamente
arraigado en las culturas azteca, maya e inca,
sería menospreciado por los extirpadores de
idolatrías y los militares peninsulares, como
dan cuenta los cronistas de manera abundante
respecto de algunas impresionantes ceremonias: la
muerte de un cautivo virgen a quien se le
desnudaba y pintaba de azul, marcándole el
corazón con una señal blanca, que le era
arrancado para ofrecer a los dioses, luego de
asaetarlo con flechas y del que da cuenta el
poema de «Canción de la danza del arquero
flechador» entre los mayas de Yucatán(3);
la fiesta en honor de Tlaloc, dios de la lluvia,
en la que se sacrificaba a una niña para que
hiciera descender la lluvia bienhechora a los
cultivos que así producían al alimento de los
hombres, un rito de profundo simbolismo religioso
y social, toda vez que los niños, que en el
poema náhuatl «Himno a Tláloc» son
llamados manojos de ensangrentadas espigas
-así como los guerreros- se convertían en
númenes cuatro años después, en la «región
de los descarnados», el mítico lugar más allá
de la muerte(4); o la fiesta del Tlacaxipehualiztli
o desollamiento de hombres» que sirviera para
estigmatizar a los aztecas como un pueblo
bárbaro, que nos interesa destacar por sus
profundos contenidos simbólicos.
Esta
fiesta del sacrificio, que cumplía la
trascendental función de ofrecer los corazones
palpitantes de los guerreros para que el sol no
se apagara en un tremendo espectáculo de sangre
que aterró a los españoles, pero que tenía una
poderosa fuerza vivificadora del cosmos en donde
la muerte servía para mantener la vida, es una
muestra de la complejidad ritual de los pueblos
mesoamericanos y del carácter colectivo de la
ceremonia. En la síntesis que de esta fiesta
presenta Garibay, citando a Acosta Saignes (5),
que distingue en ella once espectáculos bien
precisos, se infiere la perturbadora sacralidad
de la ceremonia, que duraba varios días. Para
ilustrar esta vocación colectiva por el ritual,
de la que participaron también los mayas, se
hace referencia resumida de la ceremonia:
- Comenzaba
con la llegada al atardecer de danzantes
que representaban a los tigres y a las
águilas precediendo al sacerdote
sacrificador, Yohuallahuana, «el que
bebe la noche», acompañados de una
larga procesión en donde se representan
con disfraces los variados númenes de
Anáhuac. En medio del estruendo de la
música, los tambores, los caracoles, las
flautas, grupos de danzas recorrían la
ciudad hasta llegar a la piedra
ceremonial, en donde, luego de dar a
beber un licor que hacía valiente al
cautivo, se hacía el sacrificio
simbólico de una codorniz, para dar
comienzo a un simulacro de lucha entre el
cautivo -atado de un tobillo, con escudo
blando y un palo sin puntas de obsidiana-
que muere en esa lucha desigual y es
sacrificado.
- El
sacrificio consistía en abrir el pecho
del cautivo, sacarle el corazón y aún
palpitante, ofrecerlo a los dioses,
cortarle la cabeza que era tomada por los
cabellos por los sacrificadores, para
iniciar luego el «baile de las cabezas»
o motzon- tecinaihtotiya, en el
que un guerrero con disfraz de lobo,
dando aullidos, precede el baile. Si como
al efecto ocurría, a los sacrificados no
sólo se les cortaba la cabeza, sino se
les despellejaba y eran cientos los
sacrificados en una sola ceremonia -por
la avidez cada vez mayor de los dioses
sedientos de la sangre de los hombres y
la función simbólica, religiosa y
política que esta fiesta cumplía entre
los aztecas que ofrendaban sus víctimas
para que el sol crepuscular de la quinta
era no sumiera en tinieblas al universo-
podemos imaginar la sobrecogedora
duración del espectáculo.
- Al
día siguiente, se hacía el baile de los
ministros de los templos, tequiquixtilo o
«baile de saltos», con una gama notable
de ropajes, disfraces de mariposas,
peces, alimentos, ataviados con ristras
de mazorcas o con rojas cabezas de bledos
amarantinos. Luego se realizaba la
competencia entre los de Tlalolco y los
de Tenochtitlán, en medio de la danza y
la música.
- Terminada
la ceremonia de los sacerdotes y los
príncipes, siguen los bailes,
acompañados de cantos, entre los
capitanes de menor grado y los guerreros,
como también de las gentes de toda
condición, desde las familias hasta las
mujeres «alegradoras», que eran el
solaz de los guerreros.
Como
es de suponerse, una fiesta de esta naturaleza no
podía mantenerse entre los aztecas, porque
contradecía radicalmente los principios
cristianos respecto de la vida y por lo tanto fue
totalmente abolida. Pero como los pueblos no
renuncian tan fácil a su memoria cultural ni
permiten el despojo de sus dioses, pervive en
manifestaciones como el teatro a través de la
representación simbólica, aunque sea de su
enunciado ritual, como es el caso del Rabinal
Achí, en donde precisamente se celebra
implícitamente el sacrificio del varón de los
Quechés por los caballeros águilar y jaguares
revelando así variadas formas de la
trascendencia ontológica.
Igual
reflexión podríamos hacer respecto de los
innumerables ritos y ceremonias que, entroncados
con el pasado precolombino, lograron preservarse
de la persecución cristiana y sobrevivieron,
aunque sea incipientemente, en forma de poemas
dramáticos, cantos sagrados y épico-religiosos
entre los aztecas, mayas e incas; inclusive, de
fiestas que aún se celebran en algunos pueblos,
en donde es vigorosa la presencia de lo teatral,
como es el caso de la danza del palo volador (6)
el juego de la pelota y el baile de los gigantes
entre los mayas, derivados del Popol Vuh, los
rituales religiosos de sentido militar como el
Huarachico de los quechuas en honor a Huari -dios
de la virilidad-, las danzas fálicas de varios
pueblos americanos, los festivales quechuas de
Acataymita, con un fuerte contenido erótico. (7)
3.
La poesía dramática
Angel
María Garibay destaca la importancia de los
rituales religiosos como la base fundamental para
la creación y el desarrollo de la poesía
dramática, que pueden extrapolarse perfectamente
al conjunto de las culturas prehispánicas más
desarrolladas. Dice al respecto:
«Difícil
es hallar en la historia de los cultos
religiosos uno de ritual más complicado y
aparatoso que el de los antiguos mexicanos...
Si el término teatro dice referencia a la
contemplación de los ojos, había aquí una
vistosa serie de espectáculos, que eran
solamente soporte de la música instrumental
y del canto. Aquí y allá percibimos los
vestigios de la farsa. En este punto, como en
tantos otros, fue la emoción religiosa la
que creó el espectáculo y la literatura que
en este espectáculo se encarnaba»(8)
Es
decir, confiere a la expresión religiosa
colectiva un aspecto clave para el desarrollo de
lo ritual, que sin duda alguna constituiría el
punto de partida para la creación dramática, en
la medida en que en ésta se representaba la
ritualidad.
De
la misma manera, Garibay piensa que a estas
formas ceremoniales rituales, nacidas del alma
del pueblo, es preciso agregar las creaciones en
formas de cantos, bailes y recitaciones surgidas
de los caudillos y jefes guerreros, que eran
convocados para participar en unos concursos
singulares de poesía, llamados Huehuetitlan,
recogidos luego en los Cantares mexicanos
y fuente fundamental para el estudio de la
poesía náhuatl. Estos se realizaban en
público, en una casa del Señor convocante,
aderezada majestuosamente, y en ellos
participaban los Señores y poetas más
connotados, para una ceremonia festiva y de
sentido simbólico, en la que se celebraba la
amistad. Por estos cantos sabemos de la
existencia de poetas que al mismo tiempo eran
reyes o grandes señores como Nezahualcóyotl,
Nezuahualpilli, Cuacuauhtzin, Cacamatzin,
Tlacahuepan, Tlatecatzin Cuauchinanco,
Tozcuatectli, Chahuichalotzin y otros,
mencionados por León-Portilla y Garibay, siendo
el más connotado el gran poeta Nezahual-cóyotl,
del que José Luis Martínez hace un magnífico
libro.(9)
3.1
Componentes estructurales
Se
pueden distinguir varios componentes
estructurales de la poesía dramática
náhuatl(10) que son aplicables a las creaciones
literarias precolombinas que se cantaban y
bailaban acompañadas de música, y pueden
sintetizarse así:
1.
Los poemas llevan, además del texto, la
indicación de un ritmo musical. Las sílabas
ti, qui, to, co, en diversas combinaciones
dispuestas, señalaban la forma en que debía
tañerse el instrumento de percusión, que
acompañaba y medía el canto. De esta manera
podían distinguirse los poemas que se
representaban a aquellos que simplemente se
cantaban. Los poemas representados, de
índole dramática, eran entonces
acompañados de danza, de música y de una
rudimentaria representación teatral.
2.
Muchos de los poemas, además de las
indicaciones anteriores, tenían una
anotación al pie del texto que decía, «con
un tambor, con dos tambores, con tres» o
también «con el segundo tambor», etc. Lo
que indica su destinación hacia la
representación, mediante la danza y la
música.
3.
Los poemas contenían las voces de varias
personas, la intervención de diferentes
interlocutores, la mayoría de las veces
expresando directamente el nombre de quien
toma la voz. Es decir, es evidente que se
hicieron para ser representados por
diferentes actores que tomaban los papeles de
los personajes, confiriéndole así una clara
naturaleza dramática.
Aunque
en la poesía dramática no se hace la
indicación expresa de los movimientos que
debían realizar los actores, ni trazaban las
escenas y escasamente en algunos se hace
referencia al espacio en que se llevaba a cabo la
representación, todos los elementos señalados
anteriormente nos indican su carácter teatral.
Esto puede constatarse plenamente al leer la
versión bilingüe de los Cantares mexicanos.
Manuscrito de la Biblioteca Nacional de México,
en Poesía náhuatl, t. II, del mismo
Garibay(11), en la aparecen los textos en
náhuatl con estribillos de diferente índole y
expesiones onomatopéyicas o litánicas al final
de muchos versos, lo que indica su función
teatral, bien sea como pausa para la
intervención de los tambores o como estribillo
para la ejecución de la danza. Si a esto
agregamos que de la lectura de los textos se
infiere la existencia de monólogos, diálogos,
coloquios, la participación de varias voces de
personajes reales o imaginarios, la marcación
implícita de auténticos momentos escénicos, es
evidente su naturaleza teatral, aunque su
extensión por lo regular no es muy larga.
Finalmente,
debe decirse que la poesía dramática, aunque
conserva todas las características de estilo,
medida, ritmo y lengua usada para las otras
formas de expresión poética como la lírica y
la épica, incorpora algunos rasgos singulares
como la bufonería y la ligereza, la ironía, la
procacidad y los temas eróticos y sexuales, que
tenían todos ellos una amplia aceptación
popular. Debe destacarse, en este sentido, el
poema Cococuicatl o «Canto de las
tórtolas», pero sobre todo el Chalcacihuacuicatl,
«Canto de las mujeres de Chalco» de Aquiauhtzin
de Ayapango, extraordinaria pieza de la poesía
erótica náhuatl, en donde las alusiones
sexuales son expresas, y muestran el
enfrentamiento de un grupo de mujeres de la
región de Chalco al rey Axayácatl, que es
vencido en el terreno en el que ellas son
poderosas invencibles: la sexualidad. Aunque la
obra no tiene indicaciones precisas para
considerarla como poesía dramática, la
participación de varias mujeres en la escena,
los diálogos que se sostienen con el rey
Axayácatl y el desenlace mismo, muestran
prácticamente todos los elementos para
considerarla como una forma teatral relativamente
acabada(12). Miguel León Portilla dice que esta
pieza fue representada con gran regocijo en la
corte del rey Axayácatl, transcribiendo para el
efecto el testimonio del cronista
Chimailpahin(13), que hace una relación
detallada sobre la representación teatral del
poema -en la que se cuenta intervino el propio
rey Axayácatl- en el año 13-Caña (1479), que
luego se convirtió una obra muy popular, por su
carácter burlesco y transgresor.
4.
Las obras teatrales
En
lo que respecta al teatro, las obras que
comúnmente se tienen como expresiones más
acabadas del género en la América
prehispánica, fueron recuperadas tardíamente,
como el caso del Rabinal Achí y el
conjunto de poemas dramáticos recogidos en los Cantares
Mexicanos en la cultura náhuatl(14) y
Ollantay en la quechua, aunque de esta última
hay una amplia discusión respecto de su
autenticidad prehispánica (15) . Sin embargo,
existen informaciones detalladas y confiables de
otras obras que, provenientes de manuscritos del
siglo XVIII, corresponden a cosmogonías y
representaciones de la realidad histórica muy
antiguas, que son complejas estructuralmente y
aún perviven en la memoria colectiva, siendo
todavía representadas en algunos pueblos, como
es el caso de Tragedia de fin de Atahualpa y
Chayanta en la cultura quechua, conforme lo
refiere el investigador Jesús Lara(16), o de El
baile de los gigantes, pieza basada en el Popol
Vuh del pueblo maya-quiché que continúan
representando los indios chortis, aunque con
fuertes ingredientes cristianos.
4.1
Teatro maya
Los
mayas, al igual que los aztecas, tenían un gusto
particular por los ritos y las ceremonias, las
fiestas, los carnavales y todas estas formas
ceremoniales colectivas en que se combinaban la
danza, la música y el canto. Periódicamente se
representaban piezas de índole religiosa,
épica, histórica y burlesca, que sirvieron para
mantener viva la memoria cultural de su pasado.
La mayoría de estas obras tenían carácter
didáctico, pero fueron duramente perseguidas por
los españoles, que veían en estas formas
artísticas la expresión de la idolatría y la
resistencia al poder de la corona. Al parecer
existieron muchas pequeñas obras dramáticas,
vinculadas con la celebración de las cosechas y
la agricultura, como el llamado Festival de
los Elotes, que es un canto a la tierra para
solicitarle sus favores, o los festivales de
celebración del maíz.
Se
cita como obra teatral de mayor complejidad e
interés dramático a El baile de los gigantes,
pieza que aún continúan representando los
indios chortis, aunque con ingredientes
cristianos en una forma de transculturación
evidente, como lo es la asimilación en las
figuras de Goliat y David en los dioses del bien
y del mal. La obra está basada en el Popol
Vuh o Libro del Consejo, del pueblo
maya-quiché, que ha sido llamado con razón la
Biblia americana, por la enorme riqueza
mitológica y el carácter sagrado que tiene para
el pueblo maya. Los personajes principales son
Hunahpú e Ixbalanqué, los gemelos héroes
civilizadores que luchan contra los gigantes
Vucub Caquix, Zipacná y Cabracán y los Señores
de Xibalbá, a quien representa un gigante negro.
Rabinal
Achí o El varón de Rabinal
La
pieza mayor del teatro maya y al mismo tiempo del
teatro precolombino, es el Rabinal Achí o El
varón de Rabinal, de índole trágica, que
celebra la guerra y actualiza la ceremonia de los
sacrificios de los guerreros, relativamente
compleja en su estructura dramática pero sobre
todo respecto de las formas de salutación y
cortesía entre los protagonistas, el varón de
Rabinal, el varón de los Queché y el jefe Cinco
Lluvia, cada uno simbolizando formas diversas del
poder político y militar.
Fue
recogida por Carlos Esteban Brasseur de Bourbourg
en 1856, de una versión que ya tenía escrita y
sabía de memoria el anciano indígena Bartolo
Ziz, quien era antiguo actor y director de la
obra en su pueblo, Rabinal, donde la obra se
había representado durante trescientos años. La
obra fue mostrada a Brasseur de Bourbourg, quien
pudo no sólo cotejar las versión de Bartolo
Ziz, sino también la música, que fuera copiada
por el indio Colásh López. El francés la
transcribió teniendo en cuenta el aspecto
fonético del idioma y luego la tradujo al
francés, publicándola en su Collection des
documents dans les languages indigènes pour
servir a létude de lhistoire et la
philologie de lAmérique ancienne en 1862.
Esta versión fue revisada por George Raynaud,
director de estudios de la religiones
precolombinas en la Universidad de la Sorbona,
quien realizó otra, traducida finalmente al
español por el conocido escritor guatemalteco
Luis Cardoza y Aragón, que fue publicada en
1929(17).
Aunque
ya hemos estudiado esta obra en un ensayo
anterior(18), debe destacarse la probada
autenticidad de su origen, el sentido del valor
de los guerreros, la estructura tanto en cuatro
actos en la traducción francesa de Bourbourg
como en dos actos de acuerdo a la versión
directa del maya quiché de Francisco Monteverde,
la variedad de simbolismos propios de la cultura
maya relacionados con el sentido heroico de la
muerte, la valentía, el bien común, las
alusiones esotéricas y el poder; la singularidad
del lenguaje y del estilo provenientes de
complicadas formas de ritualidad entre los
guerreros, el difrasismo y paralelismo propios de
las expresiones literarias precolombinas, pero
sobre todo la función política, religiosa y
simbólica que significa preservar la memoria
colectiva de los rituales del sacrificio humano
-de los guerreros que luego se convertirían en
númenes- como un acto trascendente para el
individuo y la comunidad.
La
preservación simbólica de este ritual es
doblemente significativa pues transgrede la
estructura misma de la obra, convirtiendo al
supuesto vencido -el prisionero varón de los
Queché-en vencedor, al obligar al Jefe Cinco
Luvia a llevar a cabo su ejecución, manteniendo
incólume su honor y condición de guerrero, es
decir, posibilitando por voluntad propia su
conversión en numen para trascender el mundo de
lo histórico.
4.2
Teatro inca
Entre
los incas existían dos géneros teatrales
perfectamente diferenciados que eran
representados por grupos de comediantes llamados
pukiskulla, llamallama: el wanka, de carácter
histórico para rememorar la vida y hazañas de
los reyes y el aránway, sobre asuntos cotidianos
y ligeros, que sirvieron para preservar gran
parte de la historia de los incas y de su
identidad cultural. El drama más conocido es
Ollantay, que luego de la rebelión de Tupac
Amarú en 1781 fue prohibido y se establecieron
duras penas a quienes asistieran a su
representación, por su mensaje revolucionario.
También se mencionan como obras preservadas en
los pueblos quechuas de Perú y Bolivia los
dramas Uska Paukar y Tragedia del fin de
Atahualpa, conforme la relación ya citada de
Jesús Lara.
En
varios testimonios de los cronistas(19), se dice
que existieron numerosas obras de teatro inca que
se representaban a la llegada de los españoles,
pero la mayoría de ellas desaparecieron por la
prohibición de los misioneros y las autoridades
de la corona al considerar que mediante ellas se
recordaban a los héroes del pasado y por lo
tanto tenían un carácter subversivo. A este
mismo género pertenece Ollantay, tal vez la
expresión más acabada del teatro prehispánico
inca que asimiló algunos aspectos formales del
teatro europeo, pero que ofrece un nivel de
autenticidad importante de la cultura inca,
conforme puede verse al analizar sus aspectos
más relevantes.
Ollantay
La
obra se basa fundamentalmente en un drama amoroso
y guerrero, en que Ollantay, héroe del Antisuyo
y líder de los hombres de la sierra, está
enamorado de Cusi-Cuillur, Estrella, hija del
Inca Pachacútic, pide su mano a este y como le
es negada, se rebela contra el poder del Inca;
regresa a la provincia de Ollantaytambo y es
proclamado rey de los Andícolas. Tiempo
después, mediante engaños y aprovechando el
jolgorio y la bebida, es tomado prisionero y
llevado al Cuzco, donde el Inca Pachacútic ya ha
muerto y lo sucede su hijo Tupac-Yupanqui; este
ignora la historia de su hermana y el jefe
guerrero, lo perdona y lo nombra segundo en mando
del Imperio, como jefe del Cuzco.
En
escenas anteriores, se sabe que Estrella ha
quedado embarazada siendo repudiada por el Inca y
confinada a la reclusión del Ayahuasi, Casa de
las Vírgenes del Sol; ha tenido una hija, Ima
Sumaj, Bella, quien fue destinada a vivir
también allí, pero la joven no quiere aceptar
esta vida y añora la libertad. Descubre que en
aquel lugra una mujer sufre, sin saber que es su
madre, e intercede por ella ante el nuevo Inca
Tupac-Yupanqui. Este accede a ir a Ayahuasi y
comprueba el estado lamentable de su hermana
Estrella. La perdona y facilita la unión de esta
con Ollantay, en un final melodramático de
evidente influencia occidental.
La
obra ha sido dividida tanto en tres como en cinco
actos, conforme los criterios de sus diferentes
versiones, siendo la más próxima a la
concepción episódica del teatro quechua la que
no está dividida en partes, sino que es
fraccionada en quince escenas que corresponde a
los cambios de lugar de la acción y corresponde
a la versión de Pacheco Zegarra.
Se
ha discutido mucho sobre la autenticidad del
origen(20), pues existen opiniones diversas sobre
su procedencia incaica, europea o sobre su
índole ecléctica, teniendo en cuenta la
existencia de numerosas leyendas quechuas sobre
temas similares al asunto de la obra y en
particular de la naturaleza del lenguaje. Jesús
Lara concluye que su origen es incaico(21), por
varias razones: la trascendencia religiosa, los
pensamientos esotéricos y el sentido hermético
de varios diálogos -en particular los del
Astrólogo-, la verosimilitud y el realismo de la
obra que están acordes con el sentido
pragmático de la organización del Imperio de
los Incas, el carácter histórico del drama,
referido ampliamente por Garcilazo de la Vega en
sus Comentarios reales, pero sobre todo por la
unidad del runasimi o idioma de la gente, pues el
quechua de la pieza es arcaico, así como la
rima, la métrica y los estribillos de los jarawi
incorporados; aunque es evidente que su estilo
fue permeado por la cultura occidental. La obra
constituye una muestra del avance en la
expresión dramática del pueblo inca y las
interpolaciones occidentales no desvirtúan la
autenticidad precolombina, como al afecto sucede
con gran parte de las expresiones literarias
recuperadas por la escritura fonética y
provenientes de la memoria oral.
Estos
antecedentes precolombinos del teatro sirven para
explicar la enorme aceptación que entre los
indígenas conquistados tuvo el teatro
evangelizador o misionero, que se desarrolló a
partir de entonces, al igual que explican la
función simbólica y política de piezas
híbridas como El güegüense o macho ratón, de
Nicaragua. Unas y otras son las auténticas
fuentes a las que debe acudir la investigación
especializada para conocer y analizar las raíces
de nuestras raíces teatrales: comprender cómo
las fiestas rituales, las majestuosas ceremonias
de nuestros antepasados, priorizaron una visión
objetiva del mundo en el que el mito era la
realidad y el hombre el único protagonista
congregador de sentido que crea, inmola y venera
a los dioses para perpetuarse en ellos; y
entender, cómo las representaciones teatrales
que se gestaron al interior de estos pueblos
preservaron la memoria más remota de lo sagrado
y de lo profano en una simbiosis formidable en
que el arte no se fragmentó ni sirvió para
escindir al hombre entre el objeto representado y
la representación misma, sino conservó la
unidad primigenia que simbólica y efectivamente
integra la realidad y la fantasía.
NOTAS
(1)
GARIBAY, Angel María. Historia de la literatura
náhuatl, Porrúa, México, 1992; LEON-PORTILLA,
Miguel, Literaturas de Mesoamérica, Secretaría
de Educación Pública, México, 1984, DURAN,
fray Diego. Historia de la Indias de Nueva
España e Islas de Tierra Firme. 2 vol., Porrúa,
México, 1967-1968; SAHAGUN, fray Bernardino de,
Historia general de las cosas de Nueva España, 4
vol., edición preparada por Angel María
Garibay, Porrúa, México, 1972; POMA DE AYALA,
Felipe Guamán. Nueva Crónica y Buen Gobierno, 3
t. Ed., Historia 16, Madrid, 1987; SODI.
Demetrio. La literatura de los mayas, Joaquín
Mortiz, México, 1986. LARA, Jesús. La
literatura de los quechuas, Librería y editorial
Juventud, La Paz, 1969.
(2)
MERINO LANZILOTTI, Ignacio Cristóbal, La
representación de los mitos, en El público
(España), número monográfico sobre el teatro
precolombino, No. 88, enero-febrero, 1992, p. 71.
(3)
SODI, Demetrio, La literatura de los mayas,
Joaquín Mortiz, México, 1964. WACHTEL, Nathan,
Los vencidos. Los indios del Perú frente a la
conquista española (1530-1570), Alianza
Universidad, Madrid, 1976.
(4)
LEON PORTILLA, Miguel, Op. cit., p. 230.
(5)
ACOSTA SAIGNES, M. Tlacaxipehualiztli, Caracas,
1950, citado por GARIBAY, Angel María. Historia
de la literatura náhuatl, Porrúa, México,
1992. p. 334-337.
(6)
Esta danza pudimos verla en Colombia con ocasión
de la X Feria Internacional del Libro, Bogotá,
1993, cuando México fue país invitado de honor.
Se practica en la sierra totoneca en México, con
múltiples implicaciones numerológicas mágicas.
«Consagrado originalmente este juego del volador
a Xiuhtecuhtli, dios del fuego, en su advocación
de Señor del Año o Nauhyotecutli (cuatro veces
señor), parece representar la relación entre
las cuatro estaciones del ciclo agrícola y la
cuenta del año en veintenas; consiste en un acto
circense en el que cuatro acróbatas, disfrazados
de pájaros, penden de sendas cuerdas atadas a o
mecanismo giratorio en los alto del poste, desde
el que trazan simbólicamente la órbita
terrestre» En MERINO LANZILOTTI, Ignacio
Cristóbal, Op. cit., p. 75.
(7)
CID PEREZ, José y MARTI DE CID, Dolores, Teatro
indio precolombino, Aguilar, Avila, 1964,
refieren varias fiestas indígenas que lograron
mantener la autenticidad precolombina y que por
lo tanto son a la vez formas de expresión
teatral y rituales o ceremonias religiosas.
(8)
GARIBAY, Angel María, Op. cit., p. 333.
(9)
MARTINEZ, José Luis. Nazahualcóyotl, Fondo de
Cultura Económica, México, 1992.
(10)
GARIBAY, Angel María, Op. cit. p. 350-352.
(11)
GARIBAY, Angel María Poesía náhuatl, t. II.
Cantares mexicanos. Manuscrito de la Biblioteca
Nacional de México, primera parte. Paleografía,
versión, introducción, notas y apéndices de
Angel María Garibay K., Universidad Nacional
Autónoma de México, México, 1993.
(12)
El texto completo de este poema, tomado de
LEON-PORTILLA, Miguel, Literaturas de
Mesoamérica, Secretaría de Educación Pública,
México, 1984, lo hemos publicado con un amplio
estudio, Erotismo y poder en el Canto de la
mujeres de Chalco, en nuestro libro La escala
invertida. Ensayos sobre literatura y modernidad,
Fondo Mixto de Cultura del Tolima, Pereira, 1996,
p. 37-52.
(13)
LEON-PORTILLA, Miguel. Op. cit. p. 283-285.
(14)
GARIBAY, Angel María. Poesía náhuatl, 3 tomos.
El acceso a estas fuentes que el eminente
profesor Garibay tradujo, compiló y estudió,
son bien ilustrativas para la investigación
literaria, en la medida en que contienen la
versión en original náhuatl con las marcaciones
correspondientes a la participación de la
música y de la danza, en una clara muestra de
cómo estos poemas dramáticos hacían parte de
la representación ritual y ceremonial.
(15)
CID PEREZ, José y MARTI DE CID, Dolores, Op.
cit. , sintetizan muy bien la discusión en torno
al origen verdadero de la pieza teatral, siendo
evidente la argumentación que favorece su
autenticidad prehispánica, en particular los
planteamientos de Jesús Lara respecto de la
naturaleza del quechua antiguo que prevalece en
la obra.
(16)
LARA, Jesús. La tragedia del fin de Atawallpa,
Imprenta Universitaria, Cochabamba, 1957.
(17)
Los datos corresponden al estudio sobre la obra
en CID PEREZ, José y MARTI DE CID, Dolores, Op.
cit., p. 209.
(18)
VALENCIA SOLANILLA, César, El Rabinal Achí:
raíces del teatro hispanoamericano, en Revista
de Ciencias Humanas, Universidad Tecnológica de
Pereira, No.10, noviembre de 1996. p.25-31.
(19)
POMA DE AYALA, Felipe Guamán., Op. cit., CABELLO
BALBOA, Miguel. Historia del Perú bajo la
dominación de los Incas, Imprenta y Librería
Sanmartí y Ca., Lima. 1920.
(20)
En CID PEREZ, José y MARTI DE CID, Dolores, Op.
cit., p.283-350.
(21)
LARA, Jesús, La poesía dramática, en La
poesía quechua, Fondo de Cultura Económica,
México, 1967, p.93-197.
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