| Antecedentes
del cogito cartesiano
Jaime
Carbonell Parra
El cogito
es el primer principio de la filosofía
cartesiana. A él se llega después de poner
en juego una duda radical para negar todo lo
incierto del mundo. Descartes así lo expresa
en el Discurso y en las Meditaciones.
Pero el llamado por Hegel "iniciador de
la filosofía del nuevo mundo" es deudor
del pensamiento medieval, de San Agustín, en
su empleo de la duda y el cogito.
Aunque las aspiraciones divergen: en los
medievales, priman las relaciones personales
entre Dios y el hombre; en Descartes, la
reconstrucción del mundo fragmentado.
Así como el
movimiento caracteriza a la vida, el pensar
configura al hombre. Por eso el pensamiento y el
movimiento, en sus rasgos esenciales, parecen
marchar juntos.
Incluso en su
etimología el pensamiento es movimiento, es cogito
-cum, agito-. De allí que el hombre que
piensa, se mueve, se agita, remueve su espíritu.
Ciertamente, esto lo hace aquel que piensa
profundamente. Aquel que reflexionando encuentra
en su mismo pensar -cogitare- un
sinnúmero de problemas ocultos.
Y es por causa
de esta manifestación de vida en el cogito
que muchos pensadores -desde Aristóteles y
Agustín hasta Descartes- han tomado mucho de su
riqueza.
1. El
interiorismo agustiniano
San Agustín
llegó a la certeza de su propia existencia tras
un proceso de conversión (1). En Contra Académicos (2), acorrala a sus adversarios en
esta certeza, atestiguada por el hecho del
pensamiento y de su misma duda.
"Nihil
enim tam novit mens, quam id quod sibi
praesto est: nec menti magis quidquam praesto
est, quam ipsa sibi" (3).
Por eso el
sentimiento que el alma tiene de sí misma,
constituye una fuente de certeza. Pues nada hay
más íntimo para el alma que ella misma. Contra
el escepticismo académico San Agustín esgrime
la certeza primaria del cogito, su propia
existencia, de la cual no cabe dudar
racionalmente.
Aparte de
descubrirse el cogito como una verdad
contra los académicos, debe tenerse en cuenta
que el hallazgo de la interioridad fue el
acontecimiento principal del intelecto
agustiniano. Porque en la interioridad se produce
la unidad de la conciencia que lo remite a la
demostración de la existencia de Dios:
"omnis
igitur qui utrum sit veritas dubitat, in
seipso habet verum unde non dubitet" (4).
En el célebre
Padre de la Iglesia latina la interioridad humana
será la plataforma de lanzamiento de tres
conceptos filosóficos de enorme importancia: el
dualismo cuerpo-alma, el cogito y la
demostración de la existencia de Dios. En sus
palabras:
"Noli
foras ire: in teipsum redi; in interiore
homine habitat veritas. Et si tuam naturam
mutabilem inveniris, trascende et teipsum.
Illuc ergo tende, unde ipsum lumen rationis
accenditur" (5).
Como es patente,
en este texto se advierte el rechazo del
materialismo maniqueo y del mundo de la materia a
favor del plano espiritual o íntimo -noli
foras ire-. Once siglos después Descartes
emprenderá una tarea similar al diferenciar el
cuerpo del alma acudiendo a los conceptos de res
cogitans y res extensa (6). Mientras que en San Agustín la
sicología del yo se muestra en una profunda
introversión o hallazgo del espíritu como
asiento de certezas invulnerables. Por su parte
el "trascende te ipsum" señala
lo universal a la vez junto y distante de lo
particular. Pues el hombre vuela por encima de su
razón, saltando de la trascendencia a Dios,
razón del mundo exterior e interior.
Este salto hacia
lo absoluto tiene un contenido enorme. Pues San
Agustín ha deducido la existencia síquica a
partir del estado de la duda. Y en la percepción
de la existencia y pensamiento propios se
encuentra vinculada la intuición de lo
inteligible. Tal como lo expresa: "Deus
semper idem, noverim me, noverim te. Oratum
est" (7). Con lo que la superación
de la duda académica nos pone en conexión con
la verdad enclavada en los más profundos
estratos de nuestro siquismo. Para que la
intuición de la propia existencia y de la
suprema verdad sean concomitantes, inseparables.
Descartes, por su parte, una vez en poder del cogito,
el entendimiento mirará con sospecha alrededor
de sí sin atreverse todavía a juzgar. Pero en
seguida le basta una nueva interrogación para
conocer al autor de su origen:
"entre
estas ideas, aparte de la que me representa a
mí mismo, sobre la cual no puede existir
aquí ninguna dificultad, existe una que me
representa un Dios" (8).
En la
interioridad se produce la unidad de la
conciencia que lo remite a la demostración
de la existencia de Dios
Tales semejanzas
entre los dos pensadores no pueden ocultar los
aspectos diferentes. Porque San Agustín no busca
fundamentar una ciencia sobre la intuición de la
conciencia desconociendo la dualidad entre las
verdades de existencia y las leyes del
entendimiento. Además muchos comentaristas
encuentran mayor riqueza en la interioridad
agustiniana con su atribución del amor al
problema gnoseológico, la deducción del
conocimiento interior y la simultaneidad de la
certeza del alma captada como existencia, vida y
entendimiento: "Sic ergo se esse et
vivere scit, quomodo est et vivit
intelligentia" (9). Por su parte, el gentilhombre
francés pretende fundar una ciencia. Tal como lo
manifiesta en la Segunda Parte del Discurso
del método al advertir la importancia de la
filosofía en el suministro de los principios de
las ciencias, y consciente del estado de
postración en que ésta se hallaba, decidió
depurararla para aplicarle un método matemático
con el fin de encontrar en ella algunos
principios ciertos.
La finalidad de
San Agustín se inscribe, por el contrario, en su
dramática evolución espiritual. Esto es en el
proceso de su conversión, cuando quiere
diferenciar en el interior de los errores
pecaminosos y refutar su pasada militancia en la
escuela académica. Dice:
"Unde
tria confeci volumina in initio conversionis
meae, ne impedimento nobis essent, quae
tanquam in ostio contradicebant" (10).
Además, la
teoría agustiniana del sentido interior es un
procedimiento para probar la vida eterna, en
contra de quienes, junto con la presente, la
impugnan.
Ni San Agustín
pretende apoyarse en la intuición de la
subjetividad para desarrollar un idealismo a la
manera de los pensadores románticos alemanes.
Tampoco San Agustín da el traspiés lógico
cartesiano del "círculo vicioso"
encerrado en la idea clara, distinta y verdadera
garantizada por la existencia de Dios. Tal como
Gassendi le advierte en las Quintas Objeciones:
"Vous
admettez qune idée claire et distincte
est vraie, parce que Dieu existe, quil
est lauteur de cette idée et
quil nest pas trompeur; et
dautre part vous admettez que Dieu
existe, quil est créateur et vérace,
parce que vous en avez une idée distincte et
claire. Le cercle est évident" (11).
¿Movimiento
circular o círculo vicioso? No es más que la
confianza puesta sobre la evidencia que deriva de
una fuente suprema de verdad.
Sin embargo, al
igual que en Descartes, el cogito
agustiniano abarca todo fenómeno y realidad de
conciencia: entender, querer, pensar, saber.
"Quandoquidem
etiam si dubitat, vivit; si dubitat unde
dubitet, meminit; si dubitat, dubitare se
intelligit; si dubitat, certus esse vult; si
dubitat, cogitat; si dubitat, scit se
nescire; si dubitat, iudicat non se temere
consentire oportere" (12).
Además, por
este hecho de tender el alma a su
autoconocimiento, se deduce su espiritualidad. Ya
que la reflexión no opera en las cosas
materiales. De este hallazgo surgen tres verdades
fundamentales para el hombre que no dan lugar al
problema del círculo cartesiano: una verdad
existencial y ontólogica -el alma- que al pensar
en sí misma abraza al ser mismo que nos
constituye; una verdad lógica o ideal que basta
para establecer verdades ideales o universales;
una verdad teológica -su último fundamento-
como principio universal y soporte de todo lo
verdadero.
Finalmente, el
santo da su golpe de gracia contra el
escepticismo de los académicos en el libro XI de
la Ciudad de Dios al encontrar en
el cogito un reflejo de la Trinidad. Allí
reconoce tres verdades evidentísimas: que
existe, conoce y ama esta existencia y este
conocer. Empleando un poderoso ar gumento contra
el escepticismo académico, puesto que el
conocimiento del propio ser es una verdad
indestructible: si conozco, existo. De allí el
conocimiento inmediato de la subjetividad ante el
cual no operan las dudas de los académicos.
Pues, dirá San Agustín, si me engaño, ¿acaso
no existo?:
"Quid
si falleris? Si enim fallor, sum. Nam qui non
est, utique nec falli potest, ac per hoc sum,
si fallor" (13).
Más tarde
Descartes, advertido por Huygens, encuentra esta
verdad agustiniana tan simple que podría haberla
dicho cualquiera. Además establece sus
distancias con el pasaje de la Ciudad de Dios:
el cogito cartesiano simplemente es
una sustancia inmaterial.
2. La
subjetividad cartesiana
A partir de la
tercera parte del Discurso del Método
Descartes comienza a deslizarse en el territorio
de la duda. Sabe, como los escépticos, que la
duda acorrala al espíritu, le angustia, le
sumerge en un mar tenebroso. Que al ponerlo todo
en duda -cielo, tierra, espíritu, cuerpo-, la
soledad se extiende ante nosotros. Con la duda
quedan frente a frente el hombre y su
subjetividad. Lo confirma Lefevre:
"Poursuivant
en sa retraite le délaisement de sa vie à
légard des biens de fortune,
lâme sécoute dans le silence
dun univers évanoui" (14).
Sin embargo,
como se sabe, a pesar de la angustia de esta
duda, el investigador se empeña en ella hasta
conseguir una certeza.
El camino hacia
la certeza ha comenzado desde las Regulae
donde el concepto de unión necesario en las
matemáticas se extiende a una afirmación
todavía imperfecta del cogito. Es allí,
en las Regulae, donde se va
delineando el nuevo orden de la modernidad en
polémica con Aristóteles y la escolástica.
"El nous deviene intuitus, la deducción,
serie; los principios, naturalezas simples",
anota J. P. Margot (15). Allí en su recorrido hacia el
fundamento gnoseológico se avanza desde la
simple constatación de un hecho -Regla XII-,
hasta la percepción intelectual de una relación
necesaria. Para descubrir la solidez irrevocable
del vínculo que une pensamiento, existencia y
divinidad: "Existo, luego existe Dios;
entiendo, luego tengo una inteligencia distinta
del cuerpo" (16).
En la cuarta
parte del Discurso del Método se asiste
al despliegue supremo de la duda y del hallazgo
de la verdad del cogito. Donde su firmeza
es capaz de resistir los argumentos de los
escépticos. Para tomar conciencia de que la
proposición Soy, existo es el principio
fundamental de la filosofía que buscaba. Pero
esta verdad, tan evidente para Descartes, no lo
era para otros. Así, alguien le reprochó en
marzo de 1638 que bien podría haber tomado
conciencia de la respiración como algo más
seguro puesto que la existencia necesita del
aire. Pero, según Descartes, es posterior esta
toma de conciencia a la existencia. Porque una
conciencia como la de respirar o pasearse es
también un pensamiento. Por lo tanto, cada
pensamiento, prescindiendo de su modalidad
propia, es cierto en tanto que existencia (17).
Como en San
Agustín, el cogitare adopta en Descartes
un sentido amplio que abarca todo fenómeno y
toda actividad de conciencia. El cogito
es una cosa que piensa. Lo que significa dudar,
aprehender, afirmar, negar, querer, imaginar y
sentir. Hasta que en la Segunda Meditación
se funden los límites de la inteligencia y los
sentidos al identificar el sentir con el pensar.
la coincidencia en
el recurso al cogito y la duda, además de
cuestionar la originalidad plena de un
discurso filosófico, nos manifiesta los
presupuestos que subyacen en toda
comprensión e interpretación del mundo.
Pero la
primacía del cogito no lo resguarda de
las impugnaciones. Como la del criticismo
kantiano que cree ver allí un paralogismo cuando
se pretende pasar de la existencia concreta del
"yo pienso" al postulado del
pensamiento en general. Porque en Descartes el cogito
parece limitado al tiempo de la atención que se
presta al pensamiento. Su cogito
privilegia la primera persona en una existencia
concreta y no la abstracción del pensamiento.
Para lo demás, como señala Geneviève
Rodis-Lewis
"el
yo del cogito temporal, contingente deberá
rebasar sus límites, accediendo poco a poco
a la naturaleza intelectual en general, es
decir, a Dios" (18).
Este deseo de
trascendencia vuelve a conectar su pensamiento
con el agustinismo. Porque ni de la conciencia
del yo, ni del principio de contradicción, ni
del concepto del ser parece posible deducir
satisfactoriamente todas las demás realidades,
por la sencilla razón de no estar contenidas en
ellos. Con lo que la duda inicial cobra aquí
todo su valor como lo propio del hombre
contingente frente a la ficción de un Dios
engañador. Lo que invierte el sentido de las
pruebas tradicionales de la escolástica para
remontarse a la idea del infinito perfecto a
partir de las tensiones del cogito. Para
esto es suficiente con la prueba ontológica, en
la Quinta Meditación, que se presenta a
su espíritu con toda la evidencia de las
verdades matemáticas. Con lo que se replantea el
doble problema de la modernidad: Dios como el
auténtico sujeto que garantiza el mundo y la
impotencia de la subjetividad humana frente a la
iniciativa de una divinidad filosófica.
Conclusión
Debe repensarse
la tradicional delimitación de épocas entre el
mediovevo y el comienzo de la modernidad cuando
se advierte la continuación de conceptos
fundamentales de la filosofía que hacen
tránsito, sin aduanas, desde la Patrística
hasta el siglo de Descartes. En su caso es una
recepción que va más allá de la lectura de
manuales escolásticos en el colegio de La
Flèche para problematizar el canon
aristotélico aprendido en las obras del jesuita
y neoescolástico Suárez. Además, la
coincidencia en el recurso al cogito y la
duda, además de cuestionar la originalidad plena
de un discurso filosófico, nos manifiesta los
presupuestos que subyacen en toda comprensión e
interpretación del mundo.
Quizás sea
preciso replantear la lectura heideggeriana de la
imagen moderna que se inaugura con Descartes al
convertir la esencia del hombre en sujeto. Olvida
que dentro de ese sujeto se manifiesta un
fundamento absoluto, el de la divinidad. Desde
luego, un Dios de características mecánicas,
despojado de la providencia del cristianismo e
incomprensible. Pero es un fundamento que
controla la expansión ilimitada de la ciencia y
da sentido al sujeto contingente. Más bien, los
ideales posteriores de la Ilustración en el
siglo XVIII desdivinizan lo existente y
magnifican el poder del cálculo. Al núcleo de
la crisis de esta técnica maquinista se dirige
la actual meditación postmoderna.
NOTAS
(1) SAN AGUSTIN.
Enchiridion XX, 7. Obras Completas,
Tomos I, II, IV, V, XVI. Edición bilingüe
dirigida por el P. Félix García, O.S.A., BAC:
Madrid, MCMLXIV. En adelante se citará esta
edición.
(2) Contra
Académicos III, 2, 26.
(3) De
Trinitate XIV, 5,7. "En
efecto, nada conoce el hombre que le sea más
cercano: ni que le sea más inmediato a su mente,
que su identidad consigo mismo".
(4) De Vera
Religione XXXIX, 73. "Quien duda,
pues, de la existencia de la verdad, en sí mismo
halla una verdad en que no pude mellar la
duda".
(5) Ibid.,
72. "No quieras derramarte fuera; entra
dentro de ti mismo, porque en el hombre interior
reside la verdad; y si hallares que tunaturaleza
es mudable, trasciéndete a ti mismo...Encamina,
pues, tus pasos allí donde la luz de la razón
se enciende".
(6) DESCARTES. Principia
I, 8. Obras Escogidas. Trad. de
Ezequiel de Olazo y Tomás Zwanck. Sudamericana:
Buenos Aires, 1967, p. 315. En adelante se
citará esta edición.
(7) Soliloquia
I, 1. "Dios siempre el mismo,
conózcame a mi, conózcate a ti. He aquí mi
plegaria".
(8) DESCARTES. Meditación
III, p. 241.
(9) De
Trinitate X, 13. "Así, pues,
sabe que existe y que vive, de qué manera es y
que vive con entendimiento".
(10) Enchiridion
XX, 7. Sobre esta cuestión escribí, en
los preliminares de mi conversación, tres libros
para que no me sirviesen de obstáculos las
cosasque en los mismos umbrales se me
ofrecían".
(11) Quintas
Objeciones en Oeuvres, publiées par
C. Adam & P. Tannery. T. II, Vrin: Paris,
1983, p. 405. "Usted. acepta que una idea
clara y distinta es verdadera, porque Dios
existe, que El es el autor de esta idea y que El
no es engañador; por otra parte, usted acepta
que Dios existe, que es creador y veraz, porque
tiene en su interior una idea distinta y clara de
El. El círculo es patente".
(12) De
Trinitate X, 10-14. "Además,
puesto que si duda, vive; si duda de donde duda,
recuerda; si duda, se entiende dudar; si duda,
quiere la certeza; si duda, piensa; si duda, se
sabe ignorante; si duda, juzga que no por
casualidad debe estar de acuerdo".
(13) De
Civitate Dei XI, 26. "¿Qué?
¿Y si tenengañas? Pues, si me engaño, existo.
El que no existe, no puede engañarse, y por eso,
si me engaño, existo".
(14) LEFEVRE,
Roger. Le criticisme de Descartes. P.U.F.
, Paris, 1958, p. 17. "Persiguiendo en su
retiro el abandono de su vida respecto de los
bienes de fortuna, el alma se escucha en el
silencio de un universo desvanecido".
(15) MARGOT, J.
P. La pregunta por el fundamento en La
modernidad: una ontología de lo incomprensible. Universidad
del Valle- Facultad de Humanidades: Cali, 1995,
p. 20.
(16) Regulae XII,
422.
(17) Principia
I, 10.
(18)
RODIS-LEWIS, Geneviève. Descartes y el
Racionalismo. Trad. de F. Domingo. Oikos-Tau:
Barcelona, 1971, p.26.
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