| La
estructura de la pregunta por el tiempo en la
Física de Aristóteles
Carlos
Alberto Carvajal Correa
En el
presente artículo se continuará con la
exposición del tratamiento aristotélico del
tiempo iniciada en el número anterior de
esta revista. Se analizará la múltiple
relación tiempo-movimiento a luz del
elemento de la sensación, y se expondrán
las estructuras anterior-posterior,
seguimiento, y las acepciones de número
numerado y numerable que serán
indispensables para formular la definición
que responde a la pregunta "Qué es el
tiempo?".
Después de
haber terminado Aristóteles su recorrido por la
comprensión prefilosófica del tiempo consignada
en el capítulo 10 su libro IV de la Física,
donde examina las aporías o caminos sin salida
en que este lenguaje necesariamente desemboca,
comenta la limitación que ella muestra respecto
de la esencia del tiempo, como también lo poco
que aportan las definiciones dadas por la
tradición. Respecto a éstas, entre las más
sobresalientes con que debía contarse, según
él, una consideraba el tiempo como el movimiento
del Todo del cielo (h
tou olou kinhsiV), y otra como el cielo mismo (h sjaira auth). En cuanto a la primera
señala dos objeciones. La primera por no
cumplirse reciprocamente la relación del todo y
la parte entre el tiempo y el movimiento
circular, pues si se toma una parte de éste,
puede decirse que ella es el tiempo mismo, pero
no el movimiento circular en su totalidad, sino
sólo una porción de él. La segunda nace de la
suposición de varios cielos, con lo cual, en
tanto cada uno de ellos es un todo identificado
con el tiempo, resultarían varios tiempos
simultáneos, contradiciendo su carácter único.
La definición del tiempo como el cielo mismo (h sjaira auth) proviene, según
Aristóteles, de que igualmente están las cosas
en el tiempo y en la esfera del universo,
argumento demasiado ingenuo para él, según sus
propias palabras, como para merecer ocuparse de
su refutación (1).
De estas
discusiones con la tradición queda en claro no
obstante, como anota Walter Bröcker, algo ganado
sobre el tiempo: que es uno. Además, aunque su
relación con el movimiento no puede ser aceptada
de la manera propuesta, se da pie por lo menos a
la necesidad de fundamentar dicha conexión,
pues, en efecto, dice Aristóteles: «se cree (dokei) que el tiempo es el
movimiento (kinhsiV) o una clase de cambio (metabolh)» (218 b 10). A esta
creencia que identifica en forma global a ambos
fenómenos, se oponen las siguientes razones:
«El movimiento sólo se encuentra en la cosa
movida o donde ella cambia, mientras el tiempo
está en todas partes de manera igual» (218 b
13). Debe entenderse aquí la homogeneidad del
tiempo en contraste con los movimientos
cualitativamente diferentes, y no sólo con su
localización, pues ambos se presentan
conjuntamente. La segunda también en relación
con la homogeneidad del tiempo, no ya en
contraste con el aspecto cualitativo sino
cuantitativo del movimiento, dice: «Todo cambio
es más rápido o más lento, mientras que no lo
es el tiempo, pues precisamente la lentitud y la
rapidez vienen definidas por el tiempo: es
rápido lo que en poco tiempo se mueve mucho, y
es lento lo que en mucho tiempo se mueve poco»
(218 b 14-16). En realidad esta posición
crítica, igual que la anterior, deben
comprenderse restringidas a su aspecto empírico,
en el cual aún no se ha desarrollado
filosóficamente la relación y, a pesar de la
apariencia, son pensados independientes el tiempo
y el movimiento. Pues el hecho de que la rapidez
o lentitud dependan del tiempo empleado en
transcurrir determinado movimiento, no muestra la
previa conexión que ha debido darse a partir del
segundo para hacer posible una tal medición, que
el tiempo por sí mismo no puede proporcionar. No
hay duda que esta razón empleada por
Aristóteles pertenece a los argumentos
corrientes, y su carencia debe ser subsanada en
el desarrollo posterior de la definición del
tiempo. Estas dos refutaciones muestran sin
embargo, y a pesar de sus limitaciones que: «el
tiempo no es un movimiento»(218b 19). Pero
igualmente como el tiempo a partir de sí no
puede proporcionar la cuantificación ni la
cualificación del movimiento, tampoco se las
puede proporcionar a sí mismo. De allí que
Aristóteles, previendo esta falta en las razones
mencionadas, se anticipe a decir: «el tiempo no
se define por el tiempo, ni por su cantidad ni
por su cualidad» (218 b 17-18).
El anterior
recorrido efectuado por Aristóteles a través de
los interrogantes del lenguaje común, conlleva
el carácter de condición previa al propósito
de asir en la definición la jusiV del tiempo, como si ésta
dependiera del juego sin salida del preguntar no
peripatético. Al menos así se desprende, como
fue señalado en su momento, de la expresión
empleada al comienzo del capítulo 10, que
denuncia la necesidad de dicha dependencia
(diaporhsai peri autou).
A partir de allí
se hace evidente el papel fundamental del ahora y
la relación tiempo movimiento, no obstante la
forma aporética de las opiniones, y el limitado
alcance de las definiciones expuestas al final
del mismo capítulo, en las cuales, según
Aristóteles: «Nos vemos abandonados en ésta
tarea». Ahora bien, puesto que ha sido excluída
la identidad de ambos fenómenos, queda abierto
el espacio para una segunda formulación en
términos positivos que exprese el sentido
general y necesario de la relación. Este segundo
paso se produce en el enunciado: «El tiempo no
existe sin el cambio (metabolh)» (218 b 21), de cuya forma
abstracta se requiere mostrar la interacción
efectiva de los elementos que hacen posible su
construcción real, ya que no puede tratarse de
una mera coexistencia. Para ello se hace
inminente una explicación a través de la
simultaneidad tiempo-movimiento, captada en la
instancia aún no explorada de la sensación (aisqhsiV) (2),
y no sólo referida al movimiento externo sino al
suyo propio. Este hecho es únicamente posibe
bajo la forma del ordenamiento temporal, tal como
ha sido ilustrado en el ejemplo de los durmientes
de Sardes, quienes por su carencia de sensación
hacen coincidir el ahora anterior (proteron nun) con el posterior (usteron nun) en su sueño con los
héroes (3). En ellos no solamente
el movimiento del pensamiento se ha suspendido,
sino también la percepción de dicho movimiento,
lo cual se manifiesta inmediatamente como
percepción simultánea de dos ahoras. Por esto
Aristóteles puede afirmar: «Si nuestro
pensamiento (dianoia) no se transforma, o si no
tenemos noticia de su cambio, entonces no tenemos
la impresión de que haya transcurrido el tiempo (gegonenai cronoV)» (218 b 21-23). Pero el
transcurrir implica además establecer un
intervalo (metaxu)
entre dos ahoras
fijados desde la percepción del movimviento
mismo del pensamiento, de tal manera que sea
posible su distinción como anterior y posterior.
Sin embargo, esta diferencia le pertenece al
tiempo, cuya existencia para el alma queda
determinada por los límites del intervalo.
«Así como no habría por tanto ningún tiempo,
si los ahoras no fueran diferentes (eteron) y hubiera por tanto un
solo ahora, así también el intervalo se
presenta acá como si no hubiera sido, pues no se
observa que los ahoras sean distintos» (218 b
27-29). Pero en la medida en que el movimiento
por sí solo no puede desarrollar ninguna
relación temporal por fuera de toda referencia a
la aisqhsiV,
interna o
externamente, no es pertinente una relación
causal que pudiera apoyarse en la afirmación:
«El tiempo no existe sin el cambio» (218 b 34).
Antes bien, la percepción no desempeña una
simple función mediadora, ya sea en la
inmediatez de su movimiento o en todo otro
exterior que a la postre se convierte en el suyo
propio, sino que además reafirma objetivamente
la conexión a partir de su capacidad
diferenciadora. «Si por consiguiente nuestra
conciencia del tiempo no tiene lugar si no
podemos fijar ningún cambio, y el alma parece
perseverar mas bien en uno y el mismo ahora: si
por otro lado tenemos conciencia del tiempo si
percibimos (aisqwmena) y fijamos (oriswmen) el cambio, esta
situación prueba que el tiempo no es
independiente del movimiento y del cambio» (218
b 30-34).
De esta forma,
el curso de la indagación sobre la
interdependencia tiempo-movimiento ha llevado a
un cambio significativo en la perspectiva de la
pregunta con el señalamiento, desde el elemento
de la aisqhsiV,
de la distinción
de dos horas, en contraste con el único ahora
presente accesible al pensamiento de las
dificultades corrientes. Igualmente la diferencia
establecida para los ahoras corrobora el deslinde
tiempo movimiento, y actúa como elemento que
hace posible la segunda afirmación que los
relaciona de la manera expuesta (4). Ahora bien, retomando la tesis
anterior, si en ausencia de todo movimiento no
experimentamos ningún tiempo, puede formularse
en sentido afirmativo y como consecuencia, que
simultáneamente experimentamos tiempo y
movimiento. Y aunque Aristóteles emplea como
prueba de esto la circunstancia empírica que
supone la carencia de afecciones externas, en la
cual un movimiento en el alma hace creer que
simultáneamente ha transcurrido un tiempo y,
viceversa, que el simple transcurso del tiempo
lleva a pensar en algún movimiento, esta
simultaneidad se encuentra ya comprendida en las
implicaciones resultantes de la conexión, tal y
como se acaba de mostrar (5). Pero más decisiva aún es la
consecuencia que surge de éstas dos tesis, que
al disipar toda duda imponen la necesidad de un
avance en la caracterización cada vez más
precisa de la relación, con miras a comprender
la naturaleza del tiempo. Pues si el tiempo no es
el movimiento pero tampoco sin movimiento, debe
ser entonces algo del movimiento (ti thV kinhsewV estin).
Por eso la pregunta
a formular es: «Qué es el tiempo del
movimiento» (219 a 3). No obstante no debe
pensarse este último paso como producto de la
mera sospecha luego de descartar la identidad y
reafirmar la estricta coexistencia, como tampoco
debe deducirse por la forma de la expresión
(genitivo thV
kinhsewV), una dependencia unilateral a
partir del segundo elemento.
Para visualizar
el terreno ganado hacia la definición que se
busca del tiempo, pueden resumirse los pasos
dados hasta el momento de la siguiente manera: 1.
El tiempo no es el movimiento. 2. El tiempo no
existe sin el movimiento. 3. Como tesis
complementaria de la anterior: El tiempo y el
movimiento son simultáneos. 4. El tiempo es algo
del movimiento.
Con la pregunta
que se origina en el último de éstos pasos, se
sitúa la problemática a las puertas de la
definición del tiempo, desde donde reclama
nuevos elementos y estructuras, mediante los
cuales pueda ser producida y comprendida. La
primera estructura la constituye la relación
general «desde algo - hacia algo» (ek tinoV - eiV ti), como condición
inherente a todo cambio. Esta relación se
evidencia con mayor nitidez en el movimiento de
lugar por transcurrir como proceso que se realiza
sobre una magnitud (megeqoV),
cuya
característica principal es ser continua (suneceV). En el movimiento de lugar
los elementos continuidad y magnitud deben poder
transmitirse de tal manera que pertenezcan
simultáneamente a la magnitud y al movimiento,
transmisión que se lleva a cabo bajo la forma
del seguimiento (akolouqein).
Es necesario
distinguir acá el uso del término megeqoV referido a la magnitud
sobre la cual se realiza el movimiento, y la
magnitud correspondiente al movimiento en cuanto
tal, distinción que tiene que deducirse aun
cuando el texto griego emplee la misma
denominación para ambas. Walter Bröcker ha
acertado con la utilización de la palabra
trayectoria para designar el cambio
recorrido en dicho movimiento a diferencia de
todos los demás, pues en él se reproducen de
manera particular los elementos en cuestión,
generando la segunda estructura bajo la forma del
seguimiento (akolouqein)
(6).
1.El
tiempo no es el movimiento. 2. El tiempo no
existe sin el movimiento. 3. El tiempo y el
movimiento son simultáneos. 4. El tiempo es
algo del movimiento.
El proceso de
este movimiento debe entonces producirse de
manera tal que sobre la magnitud se establezca,
no sólo la diferencia de lugar, sino que se
introduzca en ella la relación direccional desde
- hacia (ek- eiV)
en la cual no son
ya indiferentes entre sí los puntos de partida y
de llegada. Pero si ellos son determinables,
además de diferentes, como portadores del
sentido del proceso, debe poder ser determinable
cualquier otro punto en el intervalo como
correspondiente al proceso en ese punto, y por
tanto también determinable la fase de dicho
porceso allí. Y como a la trayectoria descrita
le pertenece la continuidad de la magnitud, es
necesario pensar la continuidad de fases
correspondientes a la continuidad de puntos. Es
de esta necesidad relacional y del carácter
continuo de la magnitud de donde se genera el
seguimiento, y no por una simple analogía o
aplicación del elemento común al movimiento de
lugar y su trayectoria. En consecuencia, la falta
de trayectoria en el movimiento interno del alma,
impide que éste pueda caracterizarse como
continuo, a no ser que se le atribuya la
continuidad por la percepción de movimientos
externos de lugar. Igualmente problemáticos son
los movimientos cualitativos, porque en ellos es
imposible determinar una magnitud diferente del
movimiento mismo.
Como puede
verse, aunque la estrecha relación tiempo
movimiento aparece como coexistencia en el
elemento imprescindible del alma, desde donde se
introduce la afirmación «El tiempo es algo del
movimiento», es sólo a partir de la magnitud
continua configurada como trayectoria, como se
logra obtener la estructura del seguimiento. Y,
análogamente a como le es transmitida la
continuidad al movimiento, también debe serle al
tiempo: «porque la magnitud es continua, el
movimiento también tiene que ser continuo, y si
el movimiento lo es también el tiempo» (219 a
12-13). Se deduce por la definición misma de la
magnitud continua como lo divisible siempre de
nuevo, y del establecimiento de los límites de
la trayectoria, que así como a cada uno de
éstos debe corresponderle un estado del
movimiento en un ahora distinto, igualmente debe
ser posible para cada punto eventualmente
determinado de dicha trayectoria, la
correspondencia de una fase y un ahora únicos.
Esta correspondencia se generaliza para todo el
tiempo transcurrido entre un aquí-ahora y otro,
con la infinidad de estados del movimiento, en
virtud del cual se han diferenciado.
Pero la
temporalización de las fases, añade a la simple
relación direccional la anterioridad y la
posterioridad, es decir, el orden a que se
someten obligatoriamente los puntos-fase cuando
se cumple la trayectoria desde-hacia. Sin esta
nueva determinación, nada garantiza que el
desplazamiento se realice, y en tal sucesión, ya
que sin tiempo no tiene sentido la estructura
misma ek tinoV eiV
ti. Esto
no contradice el orden establecido del
seguimiento, que tiene como requisito y punto de
partida la continuidad de la magnitud y más
concretamente de la trayectoria en el movimiento
local, pues ella sólo instaura una
correspondencia puntual sin implicaciones de
causalidad. De hecho el carácter esencial de
anterioridad y posterioridad no se obtiene
linealmente en el seguimiento, sino que es
imprescindible que a los puntos-fase les
corresponda un ahora que les imprima su ser
anterior y posterior. Pero como la secuencia y la
continuidad temporal son posibles por referencia
al movimiento local, éste reclama con la
primacía de su continuidad, la estructura
proteron kai usteron
en un sentido
primario. Este sentido, entonces, no implica que
dicha estructura pertenezca con anterioridad
temporal a la diferencia de lugar, porque de tal
forma se establecería un orden temporal
inexistente, interno a las instancias del
seguimiento y contrario a su simultaneidad
esencial. Es lo anterior-posterior mismo, como
estructura esencialmente temporal, lo que
pertenece originariamente a la diferencia
ordenada sin antecederla en el tiempo. Bajo esta
perspectiva se debe comprender la atribución
hecha por Aristóteles del proteron kai usteron de manera originaria (prwton) a tal diferencia: «El
proteron kai
usteron está referido
originariamente (prwton) a la diferencia de lugar (topw), y significa acá una
diferencia de posición espacial. Ahora bien,
puesto que el antes y el después están sujetos
a las magnitudes, ellos también están sujetos
necesariamente al movimiento y en correspondencia (analogon) con la posición en la magnitud. Y
finalmente el proteron kai usteron no está menos sujeto al
tiempo, pues las estructuras magnitud, movimiento
y tiempo, integran entre sí una serie de
correspondencias» (219 a 15-20).
Por
consiguiente, la doble sujeción del proteron kai usteron al movimiento de lugar y
al tiempo debe entenderse ante todo como
resultado del seguimiento, que además le imprime
diferente significación en cada caso. Y como el
ser para la diferencia de posición en el lugar a
través del movimiento está en el tiempo, puesto
que el orden de secuencias no es simplemente
presentarse uno fuera de otro posterior, entonces
es preciso caracterizar la estructura proteron kai usteron en relación con el
tiempo y el movimiento. Esto lo lleva a cabo
Aristóteles en términos de la oposición:
sustrato (o pote on)
- ser para lo mismo
o esencia (einai
autw). «El anterior-posterior es,
de acuerdo con el sustrato el movimiento mismo,
según el ser para lo mismo es diferente del
movimiento» (219 a 20-23) (7). En el primer caso la estructura
anterior-posterior consta de estados aún no
ordenados temporalmente, puros allo kai allo, otro y otro, que
conforman en su otredad el movimiento.
Sin ellos no es
posible ningún tiempo que agregue de su parte el
antes y el después. En el segundo, el ser para
lo mismo de la anterioridad y la posterioridad le
viene a «lo que» debe ser anterior y posterior
una vez les pertenezca el orden de la diferencia,
y allí, en la mismidad propia de su ser (einai), están sustraídos al
movimiento y en consecuencia son tiempo. Por
tanto en la identificación del movimiento con el
sustrato, éste no puede entenderse como mera
diferencia puntual en una trayectoria dotada de
dirección (ek -
eiV), sino
que es necesario que tal diferencia se cumpla
como proceso. Sólo así reciben simultáneamente
los puntos-fase la determinación de su ser
correspondiente. Pero esta determinación por no
ser más que el orden proporcionado a las fases,
ya que no existe en ellas por sí mismas, debe
provenir del alma como única instancia que
garantiza la simultaneidad tiempo movimiento. A
su vez, sólamente cuando se produce el
ordenamiento en el alma, puede decirse que se
tiene el tiempo. «Pero aprehendemos (gnwrizomen) el tiempo, si advertimos (oriswmen) el antes y el después en
el movimiento. Y hablamos entonces de un tiempo
transcurrido cuando somos concientes (aisqhsin labwmen) de dichas diferencias en
las fases del movimiento» (219 a 22-25). Aparece
aquí de nuevo la capacidad sensitiva (aisqhsiV), a partir de la cual fue
posible argumentar la relación, y no ya desde la
percepción interna, sino proporcionando la
condición orgánica a la estructura general del
seguimiento. Pues, si la deducción realizada al
comienzo sólo pudo efectuarse porque la
percepción interna debe adoptar la forma del
ordenamiento temporal, en el caso del movimiento
de lugar hay que tener presente que la diferencia
exterior de los puntos-fase reclama una
determinación de su ser, y ello sólo puede
lograrse a través de la percepción. Del mismo
modo, el intervalo (metaxu)
resultante de la
percepicón de dos ahoras fijados en el
movimiento del pensamiento, cuyo papel era la
negación de la simultaneidad, se presenta para
el movimiento local, además como la posibilidad
de establecer la correspondencia entre virtuales
puntos-fase y puntos-tiempo. Y, puesto que las
fases de este movimiento se encuentran claramente
diferenciadas, se tendrá necesariamente una
percepción distintiva de ellas, produciéndose
así el intervalo temporal:
«Determinamos pues la
sucesión para las fases (allo kai allo) y un intervalo (metaxu) como algo diferente de
ellas» (219
a 26). E idénticamente a como en el movimiento
interno fueron percibidos dos horas, la
determinación proteron
kai usteron correspondiente a las fases del
movimiento de lugar equivale a los ahoras límite
del intervalo generado, el cual por su parte no
es otra cosa que el tiempo mismo. «Así como
aprehendemos estos segmentos como diferentes del
que se encuentra entre ellos, y el alma
experimenta dos ahoras como distintos entre sí,
hablamos del tiempo y a esta relación la
llamamos tiempo» (219 a 28-30) Se muestra con
ello a nivel de la estructura del seguimiento la
mutua implicación del intervalo y los ahoras que
reciben la cualificación de anteriores y
posteriores, implicación que fue corroborada ya
en la deducción de la interdependencia tiempo
movimiento a través de la percepción. Esta
implicación se puede formular, por consiguiente,
como lo hace Hervé Barreau: «Si no hubiera
intervalo no habría límite, si no hubiera
límite no habría intervalo» (8). Pero de aquí no se puede seguir
que entre los límites se halle una infinitud actual de
ahoras, puesto que el tiempo no se compone de
ellos, ni tampoco que el intervalo se pueda
identificar con el sustrato del proteron kai usteron,
porque el intervalo
es tiempo y el tiempo no es movimiento. Por tanto
los términos implicados mutuamente deben
hallarse en el interior de la situación
relacional producto de la determinación de
potenciales puntos-fase, siendo simultáneamente
el intervalo esta relación, y no sólamente un
cuantum limitado por ahoras. No quiere decir esto
que la existencia del intervalo se confunda con
el límite, sino que la diferencia captada por el
alma como dos ahoras diferentes debe
corresponder, como más adelante se verá, con
una doble consideración del ahora. Así es
comprensible la afirmación hecha inmediatamente
por Aristóteles de que el tiempo es lo limitado
por un ahora. De esta forma se mantiene la
independencia de la problemática respecto del
nivel de la percepción, que por sí sola genera
dificultades aporéticas tales como la oposición
límite intervalo. Por esto, a su vez, el
procedimiento que da cuenta de las relaciones
halladas entre el tiempo y el movimiento debe
proseguir hasta el paso definitivo de la
definición misma, sin que ello produzca
divergencias o contradicciones con su modelo de
existencia real, del cual no está excluída el
alma. No sorprende entonces el razonamiento que
antecede a dicha formulación, sin desprenderse
del recurso a la aisqhsiV
empleado desde un
comienzo para deducir la interdependencia de que
se trata. «Si experimentamos por tanto un único
ahora y, o bien, ninguna secuencia de fases del
movimiento o bien, el ahora como el punto
idéntico entre una fase del proceso más
temprana y otra más tardía, entonces no tenemos
la impresión de que el tiempo ha transcurrido,
puesto que tampoco podemos tener la impresión de
que el movimiento ha tenido lugar. Si, por el
contrario, experimentamos una secuencia de fases (proteron kai usteron), entonces hablamos de
tiempo. Pues justamente esto es el tiempo: el
número del movimiento respecto a su secuencia de
fases» (o cronoV
ariqmoV kinhsewV kata to proteron kai usteron)
(219 a 31-219 b 2).
Sólamente
cuando se produce el ordenamiento en el alma,
puede decirse que se tiene el tiempo.
Como puede
verse, se repite de manera general la
argumentación que expresa la necesidad de
diferenciación del ahora como requisito para
captar el transcurso el tiempo (218 b 27-30), y
sobre el terreno ganado con la estructura del
seguimiento se responde con la definición a la
pregunta: ¿Qué es el tiempo del movimiento?. Es
de esperar que tanto el proceso mediado por la
sensación como sus elementos se correspondan con
las secuencias derivadas de esta definición,
principalmente en lo que concierne a la
caracterización del ahora y su relación con el
tiempo. En ella aparece el número, cuya
introducción se explica provisionalmente por la
función que desempeña para medir
cuantitativamente el movimiento: «La diferencia
del más y del menos obtiene su determinación
por el número, pero la diferencia del más y del
menos movimiento por el tiempo» (219 b 3-5).
Pero el carácter cuantitativo del tiempo gracias
al número no puede ser suficiente para
definirlo, y debe recurrir Aristóteles a una
diferencia interna del número mismo, acorde con
la relación ordenada de puntos-tiempo,
potencialmente determinables sobre el continuum
temporal. «Llamamos número (ariqmoV) tanto lo numerado (ariqmoumenon) y numerable (ariqmeton), como también aquello con lo que
numeramos (w ariqmoumen). El tiempo pertenece
obviamente al primer tipo no al segundo» (219 b
6-8). Sin embargo, la cantidad intrínseca al
número no puede ser totalmente ajena a esta
definición, ya que lo numerable es la
posibilidad que tiene la duración de ser
numerada, es decir, sometida a la asignación de
números, que representan necesariamente valores
en sí mismos. Y como la duración es propiamente
duración de un movimiento, el «más o menos
movimiento» es la sucesión numerable de las
fases que no pueden prescindir del número
numerante porque dejaría indeterminados sus
límites numerados. De esta forma se convierte la
duración en cuantum. Luego, lo numerado sólo
puede actuar sobre lo numerable mediante el
número como lo limitado en el tiempo sobre lo
limitable en él, y no puede hablarse
separadamente de ellos como no es posible el
límite sin el intervalo. Más aún, la
diferencia numerada de los límites, designada
como anterior-posterior, sólo puede ser fijada
en relación con la actividad ordenadora del alma
desde el momento en que ella se realiza, pues no
sólo es allí donde se percibe, sino que la
diferencia perteneciente a toda duración se
encuentra siempre referida al acto de su
asignación numérica, y en este sentido ella es
actualmente numerada. Pero a pesar de su
carácter imprescindible, este número numerante
como el simple instrumento utilizado en la
numeración del tiempo, no pertenece a la
definición, pues su función se circunscribe a
designar la unidad y los valores aditivos
subsiguientes, a la manera de las magnitudes
discretas, mediante la adopción de un patrón
periódico. Sólo lo numerado y numerable, que en
tanto actualidad y posibilidad no puede
comprenderse separadamante, conciernen entonces a
la definición del número del movimiento.
Como puede
verse, ha sido la percepción el camino que desde
el deslinde tiempo movimiento, su mutua
implicación y la afirmación hipotética de que
el tiempo es algo del movimiento, ha conducido a
la definición del primero. Con la percepción de
dos ahoras en relación de anterior posterior, y
el concepto de continuidad, se ha dilucidado
también la estructura del seguimiento. Pero es
necesario que este camino fenomenológico dé
cuenta verdaderamente de la naturaleza del
tiempo, que se manifiesta ya en la constitución
de las aporías del pensamiento corriente. Allí
ha sido el ahora el fenómeno central que aparece
ligado a la primera dificultad acerca de la
pertenencia del tiempo al ente o al no ente, y
sobre él se han construído las demás sin
salidas. Ahora bien, ¿se encuentra el análisis
en el mismo punto en relación con estas
dificultades determinadas en última instancia
por la jusiV
del
tiempo, o se ha ganado para la comprensión de la
forma como se manifiesta, al menos para el
lenguaje exotérico, en la figura fundamental del
ahora?.
En adelante
será necesario examinar la exposición que
desarrolla Aristóteles sobre el ahora en su
doble determinación de esencia y sustrato, sobre
la cual podrá finalmente enunciar su definición
del tiempo en términos de número del movimiento
y sobre la estructura de lo anterior y lo
posterior. Esta exposición se llevará a cabo en
un próximo artículo.
NOTAS
(1) En su Commentary Ross anota que
la primera tesis es una alusión al Timeo de
Platón, y la segunda, según Simplicius,
pertenece a los pitagóricos pero a través de
una falsa interpretación de Archytas.
(2) Es
importante la anotación de Jesús Conill Sancho
acerca del «poder común» (koinh dunamiV), «en
virtud del cual se percibe que sentimos y
percibimos», noción expuesta en De Sensu y De
Sommo por Aristóteles, aunque su interés lo
lleva a una interpretación problemática de la aisqhsiV en
términos modernos como conciencia y
autoconciencia.
(3) La leyenda
de los durmientes de Sardes, tratada por
Aristóteles como un mito a diferencia de
Simplicio. está asociada según Ross, «con la
práctica común de la incubatio en un lugar
sagrado con el fin de recibir sueños proféticos
o alguna otra iluminación. De acuerdo con
Philophonus la gente enferma que se dirigía a
los héroes para ser curada, dormía allí
durante cinco días luego de los cuales no
recordaba nada al despertar».
(4) Bröcker hace descansar la
afirmación «El tiempo no existe sin el cambio»
en dos tesis: 1. «Cuando no se experimenta
ningún movimiento no se experimenta ningún
tiempo», y 2. «Siempre que experimentamos
movimiento, sea el que fuere, experimentamos
también tiempo»: Aunque ambas son
complementarias y en consecuencia la utilización
dada por Bröcker no es incorrecta, en el orden
expositivo del texto la segunda aparece
sustentando el tercer paso dado en la relación:
«El tiempo es algo del movimiento».
(5) Sobre la traducción de Ama
gar kinhsewV aisqwmena kai cronou, hace
énfasis Derrida en el adverbio ama
para
recalcar la no existencia en sí del tiempo, y en
vez de la forma como se traduce: «a menudo y
vagamente» que «percibiendo el movimiento
percibimos el tiempo», insiste en: «tenemos en
conjunto sensación del movimiento y del
tiempo».
(6) Menciona igualmente Bröcker el
movimiento circular del cielo como el movimiento
local por antonomasia, cuya continuidad y
uniformidad en la que los astros recorren una
trayectoria fija permiten determinar, además del
seguimiento (akolouqein), el
orden de secuencias, esto es, lo anterior
posterior. Su afirmación se basa en:
Aristóteles, Fisica 8 Cfr... Igualmente en De la
Gen. y la corrupción. B 10.
(7) Barreau
propone de manera convincente la necesidad de
traducir el término o pote on como sustrato y no
como sujeto que equivale a upokeimenon, evitando
así la confusión con el sujeto del movimiento
que es el móvil. En el tratado del tiempo
aparecerá este término en relación con lo
anterior posterior, el ahora, el móvil y el
tiempo mismo.
(8) «Linstant et le
temps selon Aristote».
BIBLIOGRAFIA
ROSS, William David. Aristotles
Physics: A revised text with Introduction and
Commentary. Oxford, 1979.
ARISTOTLE. Physics.
Trad. H Hardie (Encycl. Brit., The works of
Aristotle, Volumen 1) Oxford University
Press, 1952.
BROKER, Walter.Aristóteles:
Trad Española. Buenos Aires, 1963.
BARREAU, Hervé.
Linstant et le temps selon Aristote. Revue
Philosophique de Louvain. Tome 66,
troisieme serie Nº 90. Mai, 1968.
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