La intuición y la poesíaCarlos Eduardo Peláez
Platón en el Fedón
coloca la intuición como el lugar donde la
dialéctica se adentra en el principio, en el
origen. M.Heidegger reclama la obra de arte
como principio óntico de la verdad.
Esta
reflexión sobre lo poético se sitúa en el
lugar donde el inicio toma su fuente: la
intuición. Si bien puede considerarse un
problema resuelto por la hermenéutica
Gadameriana, esta reflexión apunta hacia un
espacio donde poeta y lector se unen haciendo
el verdadero lugar: el amor, la verdad y la
justicia.
Discurso
republicano llamó F. Schlegel a la poesía. Ella
tiene su propia ley y sus elementos, su propio
derecho a integrarse, a llegar a un acuerdo.
La poesía no
puede ser señalada , orientada, sino por la
poesía. Si hay una necesariedad de la
interpretación ,ésta tendrá que integrarse al
fenómeno mismo que señala. En palabras del
metafórico Ludwig Wittgenstein: la filosofía
tendrá que ser poetizada. Es decir, los
elementos que la integran tienen que ser
sopesados como productos de un acontecer libre.
Esa libertad sólo la entrega el poder aclarador
de los términos; aquél que encuentra la esencia
de lo representado albergada en el pensamiento,
en la significación y en la comprensión.
El único
límite que nos conduce a la real
comprensión, al esclarecimiento del poema, a
la significación, a la verdad, es el amor;
esa conciencia que entrega a un hombre y su
creación, a un otro que oye, que interpreta.
Esa noble
pretensión de unir lo que se puede decir y lo
que se contempla, es la única absolutez del
espíritu. No sólo la objetividad y su lenguaje
de la lógica, sino también la palabra eminente
y su aclaración, deben ampliar lo real como nexo
del encuentro entre el pensamiento y el universo
infinito. No son los límites sino el intento de
unirlos lo que nos entrega el absoluto real.
Lo que se ha
llamado crítica del fenómeno artístico,
estética , reclama para si el manejo libre y
autónomo de los límites que debe poseer toda
configuración artística. El conocimiento claro,
adecuado, verdadero, proviene según la estética
del percibir en la obra de arte el espíritu y
los distintos momentos entre sí que conforman la
obra. Pero aquélla coloca el límite, el
territorio donde la verdad se despereza. El
límite es el concepto, para recordar a Moore. Si
hay un límite a colocar para iluminar el
torrente que la poesía declara, tiene éste que
surgir de las fibras mismas en el interior del
poema y en el exterior profundo que forma un todo
inacabado, siendo este espacio incompleto la
plenitud misma que coloca otro orden, otra
sabiduría.
Toda
interpretación se ve abocada a lo que llamamos
límite, concepto. No puede la interpretación
entregar el concepto de antemano para llegar al
esclarecimiento y la verdad de la obra de arte.
La claridad , mas que la verdad, proviene de la
espera necesaria que requiere la obra para su
compresión.
La espera es un
ámbito, un lugar donde poeta y lector convergen
desde un mismo orden , un mismo caos. Ese lugar
entrega el verdadero sonido y su anverso la luz,
que la palabra detenta. Porque es sonido y luz en
el sentido de la relación trimurti de silencio,
armonía y misterio, lo que la palabra poética
entrega.
Volvamos al
límite y a la comprensión. El único límite
que nos conduce a la real comprensión, al
esclarecimiento del poema, a la significación, a
la verdad, es el amor; esa conciencia que entrega
a un hombre y su creación, a un otro que oye,
que interpreta. Esa conciencia entrega la espera,
aquello que se oye como el tu, como el
interperlar del silencio, aquello que en secreto
hace señas para que el fuego marche airoso entre
las tempestades.
El límite no
tiene porque ser constreñido a lo que la razón
en su actual significación, dirija, dirima,
cuestione. La comprensión, el diálogo, entre lo
que se dice y lo que se escucha, tiene no sólo
el límite de la palabra , el antiguo logos, sino
que penetra en ese recinto del habla la
percepción, que es la que propiamente capta el
símbolo. De modo que es con el ser entero , en
su acepción de carne y espíritu como se
establece la comprensión de un ser a otro ser
por medio de un ente.
Se comprende por
la plenitud del ser. El agua de un poema se
comprende por la sed y los dedos que la tocan(1).
El poema imita
al resplandor de la palabra, al origen de esa
chispa que saca al inefable mundo de las
tinieblas.
La pregunta de
S. Kierkegaard ¿A quién imita el bailarín? es
extensiva a toda creación artística, a todo
darse que el hombre erija como naturaleza. La
naturaleza del hombre es invisible, palabrosa.
La poesía
recoge como un cofre de sueños las resonancias
que orientan o pierden al hombre. Es en la
construcción o audición de un poema donde el
hombre marcha hacia su verdadero fatum. El
destino es descifrado por la poesía , es allí
donde reside todo sentido , toda verdad. La
verdad de la poesía está en ese desciframiento
que como canciones sirénicas tenemos que oír de
lejos amarrados a nuestra astucia , a esa otra
especie de sentido que nos ofrece la apariencia
de lo real.
La realidad es
la palabra, ésta entrega la visión o la
ceguera. De igual modo como la ciencia con sus
símbolos ideales y experimentos aborda lo real
objetivándolo, ampliándolo, habitándolo; la
palabra poética amplia, traspasa, guarda la
realidad.
Lo real queda
salvaguardado porque la palabra coloca un espacio
hechizado, que reinicia , ilumina , siempre.
La palabra es
luz, no solo porque la tradición de nuestra
lengua así lo exija, sino porque en su
tangibilidad, en su suma empírica, detenta el
fenómeno fotíco como su máxima convergencia,
actualidad.
La palabra en su
extensión es poesía. El poema es la forma mas
acabada de entregar lo poético. Es el orden
máximo que el hombre crea para dar los pasos
sobre la tierra. Su ley es la ley del universo
invisible donde el hombre sueña y se realiza.
El ser inmóvil,
ese ser entregado por los griegos, mueve como el
objeto del amor, y lo que él mueve imprime
movimiento a todo lo demás, decía el
estagirita. El amor es la causa de todo.
La poesía es un
efecto que se despliega en la ficción, y solo
por el conocimiento de su principio, por la
obtención de su esencia, por el sentimiento de
su causa, la podemos comprender, obtener.
La comunidad que
existe entre los hombres, es la de verse y
oírse. De saber que el otro existe y habla. Si
ésta es el producto de la entrega, de la espera
, de la confianza profunda de que la verdad yace
en el fondo del estar ahí humano; es decir, si
la verdad toma forma armoniosa y rumora un
hálito de fuego, de espíritu; el otro, el que
oye, está en la capacidad de escuchar lo que se
rasga en la tiniebla .
No es
potestativo de cierta ecuméne la comprensión y
la significación de lo dicho bellamente. El
incondicionado(2) es una empalizada que guarda a la
palabra y a cualesquiera otra conformación del
exclusivo manejo, del «guarden silencio que el
intérprete va a hablar». Además, corre el agua
subterránea que corroe el verdadero sentido
cuando las condiciones conceptuales o cualquier
otra generalidad abrogan el derecho simple de la
luz que en su mayor cantidad se pierde como el
tiempo .
Las ecuménes
son lugares habitados, conformaciones donde el
centro irradia. Siempre que se crucen una
conformación y una ecuméne, la luz es para
todos. El todos es el sentido real que toda obra
señala.
Si alguna
pretensión de necesidad tiene el aclarar los
términos, el interpretar, es que ese poder que
alimenta a los habitantes de la tribu, lo haga
como el alimento único donde todo individuo se
fortalezca, se deleite y reconozca.
La alteridad ,
el velo con el cual se reconocen los dioses , es
un punto errante que tiene como dominio el lugar
originario. Si se ha intentado colocar
racionalidad a ese hechizo de la imaginación, se
ha hecho bajo categorías, que como Julio en la
danza de las vestales, será reconocido en su
sexo y pretensión.
La
palabra es luz, no solo porque la tradición
de nuestra lengua así lo exija, sino porque
en su tangibilidad, en su suma empírica,
detenta el fenómeno fotíco como su máxima
convergencia, actualidad.
Colocar el
acontecer divino como categoría es una
conciliación dable, prometedora. Pero es con el
dios mismo, o con sus propiedades, como entrega
el velo el cuerpo resplandeciente.
Símbolo, fiesta
y juego son características de todo acontecer
divino. Imagen, forma y oscurecimiento, son la
manera sensible de mostrarse.
El amor es el
primigenio dios, el pensamiento salido de la
noche, la mañana que despierta al desierto de
los helados simún.
Si hay algo que
acerque la primigenie del pensar y lo
representado, es el respirar el hálito de ese
dios que fecunda el ser de los hombres con una
eternidad que conservan los signos puestos sobre
el desierto .
El amor coloca
eternidad a ese fluír que agota al hombre hasta
perderlo. Y coloca fluír a esa eternidad que ES
porque todo lo mueve, todo lo crea. La eternidad
funda el cambio como realidad.
La realidad por
su origen jamás detenta el vacío; es la
memoria, la recordación, la espera, las que
colocan la vacuidad sobre el fluír.
Entre lo que
realiza el amor y la espera, hay un silencio, un
vacío, es esto lo que el poema intenta decir. La
espera es el habitáculo donde nace algo nuevo ,
redento. Ella es el momento que va de la memoria
al acto realizador. La espera es el instante
entre Dios y las criaturas.
En la espera
aparece lo real, lo inmediato creado por el
hombre. Es allí, en esa inmediatez, donde se
opera toda verdadera lectura. S. Mallarmé
colocó en el inicio de su drama Igitur:
"Profundizar esto", y dejó la página
en blanco. La idea había sido necesariamente
arrancada, el infinito se combinaba con el
absoluto. El fin de la palabra y el fin del gesto
se habían cumplido. Solo quedaba la vela del
ser, por la que todo ha existido. La prueba, el
silencio de la hoja , el blanco donde comienzan a
desperezarse los antepasados como un golpe de
dados en la media noche, para recomenzar la
dualidad: el absoluto y la necesidad; el amor y
la espera; la memoria y el vacío. Las parejas
que avanzan hacia la fuente, la única fuente, la
poesía.
Es fuente porque
alli se hallan de nuevo la nada y lo que se
forma. La vaguedad en que toda realidad se
disuelve, toma la altura que la crea
conjuntamente con la probabilidad. Y allí en ese
punto ocurre una consagración, un pensamiento,
lo idéntico a la noche , a la creadora, y de
nuevo retorna el tiempo, se reinicia el devenir.
El reinicio es
la verdadera lectura , el camino que la forma
toma para hallar un lugar. La arribada al lugar,
al punto donde convergen lo oscuro y la luz.
Schiller la pensó como el momento musical antes
de la forma. Intuición no sensible, faro oscuro,
instante, recipiente que en su eternidad contiene
el tiempo; para que sea de nuevo en la forma.
La forma toma
sentido, caudal, en la lectura de ese inicio, de
esa fuente que renueva la creación por medio de
la duda, del vigilar, del brillo. La percepción
de lo oído tiene que ser regresada a su origen,
para que se cumpla el verdadero encuentro entre
el que ejecuta el poema y el que lo interpreta.
La poesía en su
fragmento, en su rehacer, señala una palabra
total, extraña, encantadora. Palabra que coloca
al fluír en un espacio nuevo, terrible. Los
poemas no son ideas que se van formando con
metáforas, sino atmósferas que conforman un
lugar abismal entre lo vacío y lo que se niega
al olvido. Este acto ocurre por el cultivo de la
inteligencia y el adentramiento de la
sensibilidad frente a lo vago de lo real.
El poema es un
eterno, una inmovilidad que por el espacio que la
antecedió , es una figura de lo real; y por esta
realidad ganada se entroniza en otro espacio, en
la negatividad de lo inmóvil. En esta sucesión
coloca los bastiones que el fluír requiere para
no perder su sentido, su originaria sustancia.
El fluír toma
su actualidad en la lectura, en la apropiación
de la sabiduría.
El pensar el
fluír de lo poético a partir de un concepto,
como habíamos señalado anteriormente, es dable
solo si el límite o lo que se establezca como
concepto, tiene resonancia en el espacio que
antecede el poema, en el lugar en que la espera
toma la familia de lo oído y pronuncia de nuevo
la luz antigua, primigenia; y ya esa espera hecha
sueño cristalizado, azar que contiene el
pensamiento, agota lo vacío y retorna el curso a
las cosas que por su vaguedad habían perdido la
eternidad., esa madre de todo lo sucesivo(3). El concepto, el límite, pues,
en esa generalidad sin forma, en ese espacio
donde las palabras muestran su raíz a la
percepción. La percepción es el inicio de la
cadena verbal que se desata no solo en vocales y
consonantes sino también en silencios y efectos.
La atmósfera
que pretende y ostenta el poema es la
respiración que el poeta y el lector comparten.
La atmósfera equivale al viejo tonós griego, a
la tonalidad con la que las palabras rasgan el
silencio donde el vacío domina.
No puede
pensarse este espacio vital como una
transposición síquica; sino que a partir de la
espera que toda comprensión tiene que detentar,
la inmediatez asume el sentido primigenio del
choque entre lo percibido y la palabra. Entre lo
que es para mí y lo que es para otro: El
desacuerdo original de toda palabra como mediatez
de la totalidad del lenguaje.
Solo
cuando se reconoce que detrás de las
palabras que se escriben, detrás de la
máscara soberana, está un actor encarnado,
un sujeto en las tablas del universo, se
obtiene la esencia propia de la lengua.
De modo que no
es una comunicación con la primacía del que
escribe, sino un conocimiento previo que conduce
hacia algo que se escapa de todo rigor
específico. Se obtiene el estado que precede
toda forma por una semejanza, por el relucet que
todo lo refleja porque es la propia luz.
Toda lengua
conserva el hálito de sus partícipes. Toda
palabra deviene a su raíz protoplasmática para
entregar la fuerza con la que ha sido activada.
El hálito, la fuerza, es el conocimiento del
primer principio, de la participación en un
punto donde el pensamiento reinicia su camino
hacia el universo que gira incólume mientras
solo la palabra en su mas alto designio, lo
congela, lo hace eterno.
El pensamiento
de algo inmóvil fue la primer tentativa de la
cultura por establecer el acuerdo, el
entendimiento, el concepto. Extraer la sucesión
y colocar lo único y lo primero, llevaba
irremediablemente la impronta del conocimiento
objetivo. Al establecer la frontera entre lo que
procura conocimiento y lo que gravita otro orden,
el concepto fue ganando estableshment, postura,
pero fue perdiendo perspectiva , particularidad.
El concepto primariamente se resolvió como el
significado de una palabra, lo que entendían los
de una misma lengua. Luego tomó los ecos del
conocimiento y conformó lo que hoy entendemos
por concepto: el acuerdo válido establecido por
reglas a-priori.
El concepto, el
límite, con lo que se quiere mirar lo poético
tiene que regresar a su primigenia forma, a su
perspectiva originaria: lo que irradia para que
algo sea. El filósofo austríaco L. Wittgenstein
nos trae ese eco de lo antiguo colocado en la
perspectiva de lo moderno: el lenguaje.
El lenguaje y
sus juegos tienen una conceptuación según el
punto de vista de los hablantes. Lógicamente que
no se interpreta lo que se habla, se escucha.
Pero una última instancia interpretativa tiene
que asumir ese punto perspectivístico del
hablar.
El poema habla
en voz alta las granulaciones del poeta. El
lector oye según el hálito del poema: el
resplandor que gana su voz por la luz.
Luz y voz como
tiempo y luz son análogos que conducen
necesariamente a la sabiduría. Porque lo que
procura la poesía no solo es significación sino
también saber. Un saber que no implica el
ordenamiento lógico de las ideas, sino una
manera de tratar, de estar en el universo.
El estar nos
conduce a lo que se ha llamado vivencia, a lo que
realiza el poema , la causa.
Hablamos
páginas atrás, en la obtención de lo poético,
del sentimiento de la causa. La pertinencia
obliga a señalar el acuerdo del sentimiento. El
lugar dónde se hallan los sentimientos en una
misma casa, amistados. No es solo en lo bello y
su antítesis, donde se hallan, sino también en
el reconocimiento de que alguien padece como
nosotros. La anagnórisis tiene el vigor como en
sus días. La compasión , la pasión compartida,
halla su trono de oro. Los presupuestos
aristotélicos regresan engrandecidos por la
vivencia. Vive el poeta en la poesía como en un
escenario donde el espectador, el que contempla,
se hace uno con el sufrimiento, con la alegría.
Solo cuando se reconoce que detrás de las
palabras que se escriben, detrás de la máscara
soberana, está un actor encarnado, un sujeto en
las tablas del universo, se obtiene la esencia
propia de la lengua.
Al dar el paso
la tragedia, de su forma meramente escénica al
texto, a lo que la inteligencia ordena y
enfatiza, el autor fue ganando lugar, pathos.
No es solo la
transmisión lo que se cumple en el texto sino
que además la vitalidad del que escribe se
esparce en las palabras como un producto nuevo,
vivificador.
El poeta cuenta
lo ocurrido con las palabras que Shakespeare
reclamó siempre: la sangre, el pulso del
sentimiento, la causa, el misterio propiamente
poético.
En la sangre se
halla el enigma que une irremediablemente a un
hombre con otro. Lo unitivo se da por la
semejanza, por la piedra donde las vidas entregan
su élan, su sentido.
El reconocer al
poeta en medio de la tempestad y amanecer del
poema, inicia una cadena supraverbal, vivencial,
que señala casi un faro para la comprensión.(4)
Cuando la
hermenéutica moderna coloca la primacía del
texto, y la desaparición del poeta como
aportador de sentido, lo hace por método, por
eficacia sistemática. Porque cuando el
hermenéuta se enfrenta al fenómeno, se halla
siempre sujeto a remitirnos a la vivencia del
poeta para hallar tal o cual significado. El
poeta se encontraba en tal fuente, en aquella
catedral, etc, nos dice como indicando que ese
punto del sentimiento, el lugar escénico, no lo
podemos perder, ni tornar vacante. .
Al hombre le fue
impuesto un espíritu que se desparrama en signos
parecidos a las estrellas, arrancados del arado,
copiados del fuego y las tortugas. Y al frente o
detrás de estas semejanzas está el hombre.
Detrás de cada
texto se halla un hombre, un pathos que
identificamos por su entrega, su sacrificio. No
encarar los textos sino dejarlos como idealidades
que por su inherente problematismo solo pueden
hablar si nos sujetamos a cánones de la razón,
es olvidar la causa misma de donde se origina
todo texto. El autor anónimo es un hombre
anónimo. No es que se busque un sicologismo que
entregue la carnalidad del autor por el texto,
sino que se reconozca en la lengua, en el
tráfico del espíritu, la encarnación, el
sacrificio, el este que es otro, la imposibilidad
del olvido.
Individuo
y experiencia hicieron del camino de la
modernidad una plaza que por individualizada
perdía su diálogo, su asumir el cielo para
todos , la luz que rompe la tinieblas sin
perderse, ni agotarse.
Y de nuevo toma
el amor el punto donde toda coordenada adquiere
movimiento. Es por el amor a ese que escribió y
amor a lo que escribió que la obtención de la
significación se nos rinde paradojal,
enigmáticamente.
Las relaciones
de los textos no son solo relaciones de la
historia de las palabras sino también relaciones
prosaicas, finitas, particulares, que colocan el
hinchamiento de la palabra.
Si hay algo que
coloque al artista como un universal, como un
sujeto de relaciones históricas, tenemos que
desplazarnos a la manera de afrontar la palabra
ante el mundo que la niega. No es la historia la
que nos deshace sino la historia que
construímos.
La sucesión
histórica es para el autor y el texto. La
historia se convierte en congelación, en
memoria, para que el olvido no penetre las
moradas con su yerba de aniquilamiento. El
hundimiento de lo histórico obtiene hundimientos
, destrozos, que solo la encarnación logra
salvar, colocarle epifanía.
El verbo se
sucede en el autor para que haya texto: «la
poesía debe ser hecha por todos». Este
fronticio de la época moderna, unida a su
mastaba y alquitare: «ser decididamente
modernos». Colocan las tres primeras décadas
del siglo en un respirar profundo que poco a poco
fue perdiendo su raíz para tornarse en
superficie, en sentimiento, en sueño individual.
En pleno
accionar poético lo moderno reclamaba un asumir
la vida desde las profundidades del ser, esto es,
hacer emerger el verdadero yo desde el sueño y
la acción.
Pero el yo no
tomó los retiramientos de la plenitud sino que
marchó en unión con la experiencia individual
colocando el coro por debajo de la acción del
individuo . Individuo y experiencia hicieron del
camino de la modernidad una plaza que por
individualizada perdía su diálogo, su asumir el
cielo para todos , la luz que rompe la tinieblas
sin perderse, ni agotarse.
Lo moderno tuvo
en la sensación individual y en el ir a
mitologías lejanas, recónditas, su pérdida, su
extravío. Pero tuvo en ese asumir lo poético
con todos los logros y fatalidades, el norte que
la agujeta siempre muestra: El camino de la
responsabilidad de la palabra en la conducta del
poeta. El poeta asume el verbo como carnalidad,
como fatum, como entrega de un don acrecido.
Volvamos «a la
poesía debe ser hecha por todos», ese
categórico homogéneo mira hacia una totalidad
que posiblemente las lenguas impiden. "El
ser hecha por todos» no es la palabra anotada
por todos, sino el hecho poético diseminado en
la acción de los hombres. El poeta, el
recogedor, el aduanero, el que mira bien, el que
por medio del canto plasma lo hecho por el coro,
coloca la presencia del conjunto en la forma
realizada.
La acción del
hombre es una especie de original que el poeta
copia. La mimesis ocurre en dos instancias
creativas: en imitar la acción de los hombres y
en el imitarse la forma; ella misma es su propia
mimesis.
La lengua, que
une a grupos humanos bajo tradiciones,
sensaciones, y comprensiones, es la que se acrece
con la entrega verdadera del poeta. La acción no
tiene la lengua aún, pero cuando la lengua toma
su sino, su espera, el habitar la nueva
naturaleza creada, acrece el don por un acto de
entrega, de caridad. El poeta convierte su hacer
en un hacer de todos. Todos están presentes en
la palabras que manipulan y usan en otra orilla,
pero que captadas por el verbo se hinchan, toman
la luz, la avalancha, la epifanía del destino.
En la palabra poética danzan los vendedores y el
derviche y la resuelta primavera que los inflama.
Lo decididamente
moderno es el fronticio que intenta la unión del
hacer y el sueño; es la poiesis y la physis en
la marcha hacia un eterno, hacia la inmovilidad
móvil, hacia esa pequeña experiencia del niño
en veloz carrera con la luna: esa aporía
infinita de lo que se mueve y la quietud: Aquello
que refleja la carne y el alma. Los dedos que
saben el suave sueño y el espíritu que lo forma
y realiza.
Lo moderno es la
unión del acto del hombre con la palabra que
aclara. Es la responsabilidad de la palabra con
el acto que realiza, ausculta o niega. La poesía
es aclaración de un principio, alabanza de un
medio, visión de un fin. Es la morada del hombre
con sus instrumentos y fatalidades; es la
entrega, la oración, un universo hecho de
intuiciones, de momentos entregados a la luz, una
anteposición a la sombra que aniquila, que
cohabita con la ausencia. Es el hombre hecho para
lo otro y la visión.
El saber de lo
poético ya está en la puerta, en el vórtice
donde todo gira. Dice el libro de los Proverbios:
Desde el
principio,
Antes de la
tierra.
Antes de los
abismos fue engendrada.
El regocijo de
la espera , el momento anterior a la forma.
Espera y saber conforman el espacio y el acto
para lo realizado.
La realización
tiene su principio óntico en un saber que es
delicia, justicia y espera; que da génesis a los
elementos.
Los elementos
están envueltos por ese saber que crea. La
creación está hecha por ese saber. Los abismos
son anteriores a lo habitable, son el comienzo de
lo creado. El abismo es visión oscura que busca
la palabra para penetrar la luz al haz. El saber
posee la medida, la figura, que el abismo tiene
como estatuto; pero el aclara, coloca la luz,
para que no sea ese estatuto el que marche en la
inteligencia del universo.
El saber está
entronizado en la espera, conduce la forma hacia
la plenitud de su sentido. Sentido que tiene que
hallarse en esa totalidad homogénea que la
poesía realiza en una lengua: real frontera,
granero para ser llenado, arcusa que no se seca,
tinaja que no conoce el vacío.
La lengua
entrega el universo para que sea abundante,
lleno, pleno. El sentido de lo poético está en
el fin que consigue la palabra redenta. El brillo
con el cual el universo se ilumina de nuevo cada
vez a la altura del invisible que acecha.
El sentido es el
horizonte que alcanzan el lector y el poeta al
sentirse habitando el veraz territorio de la
palabra: la naturaleza que le fue puesta como
sello para que acrezca el universo con una medida
justa, libre y amorosa. Su luz tiene que irradiar
el mundo escondido en la sombra, en la ausencia,
en el olvido.
El sentido de la
palabra poética debe hallarse en la unión, en
la comprensión, en la entrega a ese sentido. La
verdad a su vez debe hallarse en la limpieza y
desnudez que la obra muestra en su completo
abandono.
Libertad y
justicia son los efectos de ese acto. Amor y
espera los principios. Esencia, la forma misma
cargada de veracidad, de morada, de dirección.
La aclaración es luz obtenida por la forma.
El inicio de lo
poético siempre repite su única verdad, su
única justicia, su única libertad:
«Ganado
está el pan
Hágase el verso».
NOTAS
(1) No es que
aquí se llegue a la palabra que imita la
naturaleza o se ve abocada a sumirse a ella y sus
elementos. La palabra pierde al hombre de
cualquier camino que lo conduzca a la naturaleza
. La naturaleza es posibilidad de hallar armonía
pero jamás semejanza. La semejanza del hombre es
con lo enigmático, lo oscuro, lo esplendente
,que solo la palabra irradia y señala.
(2) En este
incondicionado se encuentran la resonancia
particular Kantiana y el evangélico: "el
que tenga oídos que oiga".
(3) La eternidad
no es un pastiche estético que se relaciona con
el objeto artístico, sino una realidad pensada y
sostenida por una tradición que reconocemos y se
acentúa como figura que lo real detenta.
(4) No es que la
unidad subjetiva de la experiencia, la vivencia,
entregue el todo de la comprensión, sino que el
poeta al lanzarse a ese espacio donde espera y
amor toman su acuerdo, su lugar, realiza un acto
naciente; el es el primero en testificar, en
abrazar lo que se forma y le dá su aval, su
respuesta, para que sobreviva como instante
análogo a la eternidad.
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