La intuición y la poesía

Carlos Eduardo Peláez

Platón en el Fedón coloca la intuición como el lugar donde la dialéctica se adentra en el principio, en el origen. M.Heidegger reclama la obra de arte como principio óntico de la verdad.

Esta reflexión sobre lo poético se sitúa en el lugar donde el inicio toma su fuente: la intuición. Si bien puede considerarse un problema resuelto por la hermenéutica Gadameriana, esta reflexión apunta hacia un espacio donde poeta y lector se unen haciendo el verdadero lugar: el amor, la verdad y la justicia.

Discurso republicano llamó F. Schlegel a la poesía. Ella tiene su propia ley y sus elementos, su propio derecho a integrarse, a llegar a un acuerdo.

La poesía no puede ser señalada , orientada, sino por la poesía. Si hay una necesariedad de la interpretación ,ésta tendrá que integrarse al fenómeno mismo que señala. En palabras del metafórico Ludwig Wittgenstein: la filosofía tendrá que ser poetizada. Es decir, los elementos que la integran tienen que ser sopesados como productos de un acontecer libre. Esa libertad sólo la entrega el poder aclarador de los términos; aquél que encuentra la esencia de lo representado albergada en el pensamiento, en la significación y en la comprensión.

El único límite que nos conduce a la real comprensión, al esclarecimiento del poema, a la significación, a la verdad, es el amor; esa conciencia que entrega a un hombre y su creación, a un otro que oye, que interpreta.

Esa noble pretensión de unir lo que se puede decir y lo que se contempla, es la única absolutez del espíritu. No sólo la objetividad y su lenguaje de la lógica, sino también la palabra eminente y su aclaración, deben ampliar lo real como nexo del encuentro entre el pensamiento y el universo infinito. No son los límites sino el intento de unirlos lo que nos entrega el absoluto real.

Lo que se ha llamado crítica del fenómeno artístico, estética , reclama para si el manejo libre y autónomo de los límites que debe poseer toda configuración artística. El conocimiento claro, adecuado, verdadero, proviene según la estética del percibir en la obra de arte el espíritu y los distintos momentos entre sí que conforman la obra. Pero aquélla coloca el límite, el territorio donde la verdad se despereza. El límite es el concepto, para recordar a Moore. Si hay un límite a colocar para iluminar el torrente que la poesía declara, tiene éste que surgir de las fibras mismas en el interior del poema y en el exterior profundo que forma un todo inacabado, siendo este espacio incompleto la plenitud misma que coloca otro orden, otra sabiduría.

Toda interpretación se ve abocada a lo que llamamos límite, concepto. No puede la interpretación entregar el concepto de antemano para llegar al esclarecimiento y la verdad de la obra de arte. La claridad , mas que la verdad, proviene de la espera necesaria que requiere la obra para su compresión.

La espera es un ámbito, un lugar donde poeta y lector convergen desde un mismo orden , un mismo caos. Ese lugar entrega el verdadero sonido y su anverso la luz, que la palabra detenta. Porque es sonido y luz en el sentido de la relación trimurti de silencio, armonía y misterio, lo que la palabra poética entrega.

Volvamos al límite y a la comprensión. El único límite que nos conduce a la real comprensión, al esclarecimiento del poema, a la significación, a la verdad, es el amor; esa conciencia que entrega a un hombre y su creación, a un otro que oye, que interpreta. Esa conciencia entrega la espera, aquello que se oye como el tu, como el interperlar del silencio, aquello que en secreto hace señas para que el fuego marche airoso entre las tempestades.

El límite no tiene porque ser constreñido a lo que la razón en su actual significación, dirija, dirima, cuestione. La comprensión, el diálogo, entre lo que se dice y lo que se escucha, tiene no sólo el límite de la palabra , el antiguo logos, sino que penetra en ese recinto del habla la percepción, que es la que propiamente capta el símbolo. De modo que es con el ser entero , en su acepción de carne y espíritu como se establece la comprensión de un ser a otro ser por medio de un ente.

Se comprende por la plenitud del ser. El agua de un poema se comprende por la sed y los dedos que la tocan(1).

El poema imita al resplandor de la palabra, al origen de esa chispa que saca al inefable mundo de las tinieblas.

La pregunta de S. Kierkegaard ¿A quién imita el bailarín? es extensiva a toda creación artística, a todo darse que el hombre erija como naturaleza. La naturaleza del hombre es invisible, palabrosa.

La poesía recoge como un cofre de sueños las resonancias que orientan o pierden al hombre. Es en la construcción o audición de un poema donde el hombre marcha hacia su verdadero fatum. El destino es descifrado por la poesía , es allí donde reside todo sentido , toda verdad. La verdad de la poesía está en ese desciframiento que como canciones sirénicas tenemos que oír de lejos amarrados a nuestra astucia , a esa otra especie de sentido que nos ofrece la apariencia de lo real.

La realidad es la palabra, ésta entrega la visión o la ceguera. De igual modo como la ciencia con sus símbolos ideales y experimentos aborda lo real objetivándolo, ampliándolo, habitándolo; la palabra poética amplia, traspasa, guarda la realidad.

Lo real queda salvaguardado porque la palabra coloca un espacio hechizado, que reinicia , ilumina , siempre.

La palabra es luz, no solo porque la tradición de nuestra lengua así lo exija, sino porque en su tangibilidad, en su suma empírica, detenta el fenómeno fotíco como su máxima convergencia, actualidad.

La palabra en su extensión es poesía. El poema es la forma mas acabada de entregar lo poético. Es el orden máximo que el hombre crea para dar los pasos sobre la tierra. Su ley es la ley del universo invisible donde el hombre sueña y se realiza.

El ser inmóvil, ese ser entregado por los griegos, mueve como el objeto del amor, y lo que él mueve imprime movimiento a todo lo demás, decía el estagirita. El amor es la causa de todo.

La poesía es un efecto que se despliega en la ficción, y solo por el conocimiento de su principio, por la obtención de su esencia, por el sentimiento de su causa, la podemos comprender, obtener.

La comunidad que existe entre los hombres, es la de verse y oírse. De saber que el otro existe y habla. Si ésta es el producto de la entrega, de la espera , de la confianza profunda de que la verdad yace en el fondo del estar ahí humano; es decir, si la verdad toma forma armoniosa y rumora un hálito de fuego, de espíritu; el otro, el que oye, está en la capacidad de escuchar lo que se rasga en la tiniebla .

No es potestativo de cierta ecuméne la comprensión y la significación de lo dicho bellamente. El incondicionado(2) es una empalizada que guarda a la palabra y a cualesquiera otra conformación del exclusivo manejo, del «guarden silencio que el intérprete va a hablar». Además, corre el agua subterránea que corroe el verdadero sentido cuando las condiciones conceptuales o cualquier otra generalidad abrogan el derecho simple de la luz que en su mayor cantidad se pierde como el tiempo .

Las ecuménes son lugares habitados, conformaciones donde el centro irradia. Siempre que se crucen una conformación y una ecuméne, la luz es para todos. El todos es el sentido real que toda obra señala.

Si alguna pretensión de necesidad tiene el aclarar los términos, el interpretar, es que ese poder que alimenta a los habitantes de la tribu, lo haga como el alimento único donde todo individuo se fortalezca, se deleite y reconozca.

La alteridad , el velo con el cual se reconocen los dioses , es un punto errante que tiene como dominio el lugar originario. Si se ha intentado colocar racionalidad a ese hechizo de la imaginación, se ha hecho bajo categorías, que como Julio en la danza de las vestales, será reconocido en su sexo y pretensión.

La palabra es luz, no solo porque la tradición de nuestra lengua así lo exija, sino porque en su tangibilidad, en su suma empírica, detenta el fenómeno fotíco como su máxima convergencia, actualidad.

Colocar el acontecer divino como categoría es una conciliación dable, prometedora. Pero es con el dios mismo, o con sus propiedades, como entrega el velo el cuerpo resplandeciente.

Símbolo, fiesta y juego son características de todo acontecer divino. Imagen, forma y oscurecimiento, son la manera sensible de mostrarse.

El amor es el primigenio dios, el pensamiento salido de la noche, la mañana que despierta al desierto de los helados simún.

Si hay algo que acerque la primigenie del pensar y lo representado, es el respirar el hálito de ese dios que fecunda el ser de los hombres con una eternidad que conservan los signos puestos sobre el desierto .

El amor coloca eternidad a ese fluír que agota al hombre hasta perderlo. Y coloca fluír a esa eternidad que ES porque todo lo mueve, todo lo crea. La eternidad funda el cambio como realidad.

La realidad por su origen jamás detenta el vacío; es la memoria, la recordación, la espera, las que colocan la vacuidad sobre el fluír.

Entre lo que realiza el amor y la espera, hay un silencio, un vacío, es esto lo que el poema intenta decir. La espera es el habitáculo donde nace algo nuevo , redento. Ella es el momento que va de la memoria al acto realizador. La espera es el instante entre Dios y las criaturas.

En la espera aparece lo real, lo inmediato creado por el hombre. Es allí, en esa inmediatez, donde se opera toda verdadera lectura. S. Mallarmé colocó en el inicio de su drama Igitur: "Profundizar esto", y dejó la página en blanco. La idea había sido necesariamente arrancada, el infinito se combinaba con el absoluto. El fin de la palabra y el fin del gesto se habían cumplido. Solo quedaba la vela del ser, por la que todo ha existido. La prueba, el silencio de la hoja , el blanco donde comienzan a desperezarse los antepasados como un golpe de dados en la media noche, para recomenzar la dualidad: el absoluto y la necesidad; el amor y la espera; la memoria y el vacío. Las parejas que avanzan hacia la fuente, la única fuente, la poesía.

Es fuente porque alli se hallan de nuevo la nada y lo que se forma. La vaguedad en que toda realidad se disuelve, toma la altura que la crea conjuntamente con la probabilidad. Y allí en ese punto ocurre una consagración, un pensamiento, lo idéntico a la noche , a la creadora, y de nuevo retorna el tiempo, se reinicia el devenir.

El reinicio es la verdadera lectura , el camino que la forma toma para hallar un lugar. La arribada al lugar, al punto donde convergen lo oscuro y la luz. Schiller la pensó como el momento musical antes de la forma. Intuición no sensible, faro oscuro, instante, recipiente que en su eternidad contiene el tiempo; para que sea de nuevo en la forma.

La forma toma sentido, caudal, en la lectura de ese inicio, de esa fuente que renueva la creación por medio de la duda, del vigilar, del brillo. La percepción de lo oído tiene que ser regresada a su origen, para que se cumpla el verdadero encuentro entre el que ejecuta el poema y el que lo interpreta.

La poesía en su fragmento, en su rehacer, señala una palabra total, extraña, encantadora. Palabra que coloca al fluír en un espacio nuevo, terrible. Los poemas no son ideas que se van formando con metáforas, sino atmósferas que conforman un lugar abismal entre lo vacío y lo que se niega al olvido. Este acto ocurre por el cultivo de la inteligencia y el adentramiento de la sensibilidad frente a lo vago de lo real.

El poema es un eterno, una inmovilidad que por el espacio que la antecedió , es una figura de lo real; y por esta realidad ganada se entroniza en otro espacio, en la negatividad de lo inmóvil. En esta sucesión coloca los bastiones que el fluír requiere para no perder su sentido, su originaria sustancia.

El fluír toma su actualidad en la lectura, en la apropiación de la sabiduría.

El pensar el fluír de lo poético a partir de un concepto, como habíamos señalado anteriormente, es dable solo si el límite o lo que se establezca como concepto, tiene resonancia en el espacio que antecede el poema, en el lugar en que la espera toma la familia de lo oído y pronuncia de nuevo la luz antigua, primigenia; y ya esa espera hecha sueño cristalizado, azar que contiene el pensamiento, agota lo vacío y retorna el curso a las cosas que por su vaguedad habían perdido la eternidad., esa madre de todo lo sucesivo(3). El concepto, el límite, pues, en esa generalidad sin forma, en ese espacio donde las palabras muestran su raíz a la percepción. La percepción es el inicio de la cadena verbal que se desata no solo en vocales y consonantes sino también en silencios y efectos.

La atmósfera que pretende y ostenta el poema es la respiración que el poeta y el lector comparten. La atmósfera equivale al viejo tonós griego, a la tonalidad con la que las palabras rasgan el silencio donde el vacío domina.

No puede pensarse este espacio vital como una transposición síquica; sino que a partir de la espera que toda comprensión tiene que detentar, la inmediatez asume el sentido primigenio del choque entre lo percibido y la palabra. Entre lo que es para mí y lo que es para otro: El desacuerdo original de toda palabra como mediatez de la totalidad del lenguaje.

Solo cuando se reconoce que detrás de las palabras que se escriben, detrás de la máscara soberana, está un actor encarnado, un sujeto en las tablas del universo, se obtiene la esencia propia de la lengua.

De modo que no es una comunicación con la primacía del que escribe, sino un conocimiento previo que conduce hacia algo que se escapa de todo rigor específico. Se obtiene el estado que precede toda forma por una semejanza, por el relucet que todo lo refleja porque es la propia luz.

Toda lengua conserva el hálito de sus partícipes. Toda palabra deviene a su raíz protoplasmática para entregar la fuerza con la que ha sido activada. El hálito, la fuerza, es el conocimiento del primer principio, de la participación en un punto donde el pensamiento reinicia su camino hacia el universo que gira incólume mientras solo la palabra en su mas alto designio, lo congela, lo hace eterno.

El pensamiento de algo inmóvil fue la primer tentativa de la cultura por establecer el acuerdo, el entendimiento, el concepto. Extraer la sucesión y colocar lo único y lo primero, llevaba irremediablemente la impronta del conocimiento objetivo. Al establecer la frontera entre lo que procura conocimiento y lo que gravita otro orden, el concepto fue ganando estableshment, postura, pero fue perdiendo perspectiva , particularidad. El concepto primariamente se resolvió como el significado de una palabra, lo que entendían los de una misma lengua. Luego tomó los ecos del conocimiento y conformó lo que hoy entendemos por concepto: el acuerdo válido establecido por reglas a-priori.

El concepto, el límite, con lo que se quiere mirar lo poético tiene que regresar a su primigenia forma, a su perspectiva originaria: lo que irradia para que algo sea. El filósofo austríaco L. Wittgenstein nos trae ese eco de lo antiguo colocado en la perspectiva de lo moderno: el lenguaje.

El lenguaje y sus juegos tienen una conceptuación según el punto de vista de los hablantes. Lógicamente que no se interpreta lo que se habla, se escucha. Pero una última instancia interpretativa tiene que asumir ese punto perspectivístico del hablar.

El poema habla en voz alta las granulaciones del poeta. El lector oye según el hálito del poema: el resplandor que gana su voz por la luz.

Luz y voz como tiempo y luz son análogos que conducen necesariamente a la sabiduría. Porque lo que procura la poesía no solo es significación sino también saber. Un saber que no implica el ordenamiento lógico de las ideas, sino una manera de tratar, de estar en el universo.

El estar nos conduce a lo que se ha llamado vivencia, a lo que realiza el poema , la causa.

Hablamos páginas atrás, en la obtención de lo poético, del sentimiento de la causa. La pertinencia obliga a señalar el acuerdo del sentimiento. El lugar dónde se hallan los sentimientos en una misma casa, amistados. No es solo en lo bello y su antítesis, donde se hallan, sino también en el reconocimiento de que alguien padece como nosotros. La anagnórisis tiene el vigor como en sus días. La compasión , la pasión compartida, halla su trono de oro. Los presupuestos aristotélicos regresan engrandecidos por la vivencia. Vive el poeta en la poesía como en un escenario donde el espectador, el que contempla, se hace uno con el sufrimiento, con la alegría. Solo cuando se reconoce que detrás de las palabras que se escriben, detrás de la máscara soberana, está un actor encarnado, un sujeto en las tablas del universo, se obtiene la esencia propia de la lengua.

Al dar el paso la tragedia, de su forma meramente escénica al texto, a lo que la inteligencia ordena y enfatiza, el autor fue ganando lugar, pathos.

No es solo la transmisión lo que se cumple en el texto sino que además la vitalidad del que escribe se esparce en las palabras como un producto nuevo, vivificador.

El poeta cuenta lo ocurrido con las palabras que Shakespeare reclamó siempre: la sangre, el pulso del sentimiento, la causa, el misterio propiamente poético.

En la sangre se halla el enigma que une irremediablemente a un hombre con otro. Lo unitivo se da por la semejanza, por la piedra donde las vidas entregan su élan, su sentido.

El reconocer al poeta en medio de la tempestad y amanecer del poema, inicia una cadena supraverbal, vivencial, que señala casi un faro para la comprensión.(4)

Cuando la hermenéutica moderna coloca la primacía del texto, y la desaparición del poeta como aportador de sentido, lo hace por método, por eficacia sistemática. Porque cuando el hermenéuta se enfrenta al fenómeno, se halla siempre sujeto a remitirnos a la vivencia del poeta para hallar tal o cual significado. El poeta se encontraba en tal fuente, en aquella catedral, etc, nos dice como indicando que ese punto del sentimiento, el lugar escénico, no lo podemos perder, ni tornar vacante. .

Al hombre le fue impuesto un espíritu que se desparrama en signos parecidos a las estrellas, arrancados del arado, copiados del fuego y las tortugas. Y al frente o detrás de estas semejanzas está el hombre.

Detrás de cada texto se halla un hombre, un pathos que identificamos por su entrega, su sacrificio. No encarar los textos sino dejarlos como idealidades que por su inherente problematismo solo pueden hablar si nos sujetamos a cánones de la razón, es olvidar la causa misma de donde se origina todo texto. El autor anónimo es un hombre anónimo. No es que se busque un sicologismo que entregue la carnalidad del autor por el texto, sino que se reconozca en la lengua, en el tráfico del espíritu, la encarnación, el sacrificio, el este que es otro, la imposibilidad del olvido.

Individuo y experiencia hicieron del camino de la modernidad una plaza que por individualizada perdía su diálogo, su asumir el cielo para todos , la luz que rompe la tinieblas sin perderse, ni agotarse.

Y de nuevo toma el amor el punto donde toda coordenada adquiere movimiento. Es por el amor a ese que escribió y amor a lo que escribió que la obtención de la significación se nos rinde paradojal, enigmáticamente.

Las relaciones de los textos no son solo relaciones de la historia de las palabras sino también relaciones prosaicas, finitas, particulares, que colocan el hinchamiento de la palabra.

Si hay algo que coloque al artista como un universal, como un sujeto de relaciones históricas, tenemos que desplazarnos a la manera de afrontar la palabra ante el mundo que la niega. No es la historia la que nos deshace sino la historia que construímos.

La sucesión histórica es para el autor y el texto. La historia se convierte en congelación, en memoria, para que el olvido no penetre las moradas con su yerba de aniquilamiento. El hundimiento de lo histórico obtiene hundimientos , destrozos, que solo la encarnación logra salvar, colocarle epifanía.

El verbo se sucede en el autor para que haya texto: «la poesía debe ser hecha por todos». Este fronticio de la época moderna, unida a su mastaba y alquitare: «ser decididamente modernos». Colocan las tres primeras décadas del siglo en un respirar profundo que poco a poco fue perdiendo su raíz para tornarse en superficie, en sentimiento, en sueño individual.

En pleno accionar poético lo moderno reclamaba un asumir la vida desde las profundidades del ser, esto es, hacer emerger el verdadero yo desde el sueño y la acción.

Pero el yo no tomó los retiramientos de la plenitud sino que marchó en unión con la experiencia individual colocando el coro por debajo de la acción del individuo . Individuo y experiencia hicieron del camino de la modernidad una plaza que por individualizada perdía su diálogo, su asumir el cielo para todos , la luz que rompe la tinieblas sin perderse, ni agotarse.

Lo moderno tuvo en la sensación individual y en el ir a mitologías lejanas, recónditas, su pérdida, su extravío. Pero tuvo en ese asumir lo poético con todos los logros y fatalidades, el norte que la agujeta siempre muestra: El camino de la responsabilidad de la palabra en la conducta del poeta. El poeta asume el verbo como carnalidad, como fatum, como entrega de un don acrecido.

Volvamos «a la poesía debe ser hecha por todos», ese categórico homogéneo mira hacia una totalidad que posiblemente las lenguas impiden. "El ser hecha por todos» no es la palabra anotada por todos, sino el hecho poético diseminado en la acción de los hombres. El poeta, el recogedor, el aduanero, el que mira bien, el que por medio del canto plasma lo hecho por el coro, coloca la presencia del conjunto en la forma realizada.

La acción del hombre es una especie de original que el poeta copia. La mimesis ocurre en dos instancias creativas: en imitar la acción de los hombres y en el imitarse la forma; ella misma es su propia mimesis.

La lengua, que une a grupos humanos bajo tradiciones, sensaciones, y comprensiones, es la que se acrece con la entrega verdadera del poeta. La acción no tiene la lengua aún, pero cuando la lengua toma su sino, su espera, el habitar la nueva naturaleza creada, acrece el don por un acto de entrega, de caridad. El poeta convierte su hacer en un hacer de todos. Todos están presentes en la palabras que manipulan y usan en otra orilla, pero que captadas por el verbo se hinchan, toman la luz, la avalancha, la epifanía del destino. En la palabra poética danzan los vendedores y el derviche y la resuelta primavera que los inflama.

Lo decididamente moderno es el fronticio que intenta la unión del hacer y el sueño; es la poiesis y la physis en la marcha hacia un eterno, hacia la inmovilidad móvil, hacia esa pequeña experiencia del niño en veloz carrera con la luna: esa aporía infinita de lo que se mueve y la quietud: Aquello que refleja la carne y el alma. Los dedos que saben el suave sueño y el espíritu que lo forma y realiza.

Lo moderno es la unión del acto del hombre con la palabra que aclara. Es la responsabilidad de la palabra con el acto que realiza, ausculta o niega. La poesía es aclaración de un principio, alabanza de un medio, visión de un fin. Es la morada del hombre con sus instrumentos y fatalidades; es la entrega, la oración, un universo hecho de intuiciones, de momentos entregados a la luz, una anteposición a la sombra que aniquila, que cohabita con la ausencia. Es el hombre hecho para lo otro y la visión.

El saber de lo poético ya está en la puerta, en el vórtice donde todo gira. Dice el libro de los Proverbios:

Desde el principio,

Antes de la tierra.

Antes de los abismos fue engendrada.

El regocijo de la espera , el momento anterior a la forma. Espera y saber conforman el espacio y el acto para lo realizado.

La realización tiene su principio óntico en un saber que es delicia, justicia y espera; que da génesis a los elementos.

Los elementos están envueltos por ese saber que crea. La creación está hecha por ese saber. Los abismos son anteriores a lo habitable, son el comienzo de lo creado. El abismo es visión oscura que busca la palabra para penetrar la luz al haz. El saber posee la medida, la figura, que el abismo tiene como estatuto; pero el aclara, coloca la luz, para que no sea ese estatuto el que marche en la inteligencia del universo.

El saber está entronizado en la espera, conduce la forma hacia la plenitud de su sentido. Sentido que tiene que hallarse en esa totalidad homogénea que la poesía realiza en una lengua: real frontera, granero para ser llenado, arcusa que no se seca, tinaja que no conoce el vacío.

La lengua entrega el universo para que sea abundante, lleno, pleno. El sentido de lo poético está en el fin que consigue la palabra redenta. El brillo con el cual el universo se ilumina de nuevo cada vez a la altura del invisible que acecha.

El sentido es el horizonte que alcanzan el lector y el poeta al sentirse habitando el veraz territorio de la palabra: la naturaleza que le fue puesta como sello para que acrezca el universo con una medida justa, libre y amorosa. Su luz tiene que irradiar el mundo escondido en la sombra, en la ausencia, en el olvido.

El sentido de la palabra poética debe hallarse en la unión, en la comprensión, en la entrega a ese sentido. La verdad a su vez debe hallarse en la limpieza y desnudez que la obra muestra en su completo abandono.

Libertad y justicia son los efectos de ese acto. Amor y espera los principios. Esencia, la forma misma cargada de veracidad, de morada, de dirección. La aclaración es luz obtenida por la forma.

El inicio de lo poético siempre repite su única verdad, su única justicia, su única libertad:

«Ganado está el pan
Hágase el verso».

NOTAS

(1) No es que aquí se llegue a la palabra que imita la naturaleza o se ve abocada a sumirse a ella y sus elementos. La palabra pierde al hombre de cualquier camino que lo conduzca a la naturaleza . La naturaleza es posibilidad de hallar armonía pero jamás semejanza. La semejanza del hombre es con lo enigmático, lo oscuro, lo esplendente ,que solo la palabra irradia y señala.

(2) En este incondicionado se encuentran la resonancia particular Kantiana y el evangélico: "el que tenga oídos que oiga".

(3) La eternidad no es un pastiche estético que se relaciona con el objeto artístico, sino una realidad pensada y sostenida por una tradición que reconocemos y se acentúa como figura que lo real detenta.

(4) No es que la unidad subjetiva de la experiencia, la vivencia, entregue el todo de la comprensión, sino que el poeta al lanzarse a ese espacio donde espera y amor toman su acuerdo, su lugar, realiza un acto naciente; el es el primero en testificar, en abrazar lo que se forma y le dá su aval, su respuesta, para que sobreviva como instante análogo a la eternidad.


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