|
Las contingencias de la filosofía
Julián Serna
Arango
Nos
preguntamos si las circunstancias históricas
en medio de las cuales surge la filosofía
imprimen su dirección al filosofar, si el
aparato conceptual de la metafísica está
comprometido con determinados hábitos
intelectuales. Responder afirmativamente a
tales preguntas -como enseguida haremos-
equivale a asumir la historia de la
filosofía, en general; la de la metafísica,
en particular, como contingencias
históricas.
1.
Filosofía y escritura
A diferencia de
lo sucedido con otros fenómenos culturales cuyos
orígenes no pudieran ser precisados, en lo
relativo a la filosofía sabemos cuándo y dónde
surgió, cuáles fueron los primeros filósofos e
inclusive nos atrevemos a señalar en el
fragmento de Anaximandro 12 B 1 el primer texto
original conservado. ¿Bastaría ello para
clasificar a la filosofía como fenómeno
histórico, y en particular contingente?
En el marco de
las ideas evolucionistas decimonónicas hay
quienes advierten en la filosofía tal como la
conocemos una etapa de la evolución espiritual
y/o intelectual de la humanidad a la que tarde o
temprano habríamos de llegar, y en ese caso no
se trataría de un fenómeno contingente, sino
necesario.
Si la filosofía
adquiere determinados sesgos derivados de sus
circunstancias históricas, ella pudiera
clasificarse como un desarrollo contingente de la
autonomía del pensar; de lo contrario, como un
desarrollo natural, y en cierto modo necesario.
No es otro el dilema a debatir.
En principio, la
aparición de la filosofía en Grecia ha sido
vinculada con las especificidades políticas y
lingüísticas de su entorno. ¿Explican ellas el
advenimiento de la filosofía?
Los pueblos
helenos son pueblos politeístas que en su
condición de tales experimentan en el ámbito
religioso la existencia de un poder compartido,
estructura de poder de la que participan sus
instituciones, inclusive las monárquicas, cuando
el rey únicamente es el primero entre sus pares,
cuando en Esparta, la más tradicionalista de las
Polis, la monarquía estaba limitada no sólo por
el consejo de ancianos, sino además por la
asamblea de hombres libres, cuando el primero
proponía las leyes y el segundo las aceptaba o
rechazaba como fuera expuesto por Plutarco en su
biografía de Licurgo (1); cuando sus instituciones
políticas más que asimilarse al despotismo
oriental pudieran clasificarse como
protodemocráticas.
Así resulte
evidente que la autonomía del pensar fue
favorecida por las tradiciones políticas de los
pueblos helenos, ellas no explican el
advenimiento de la filosofía. Si bien las
tradiciones protodemocráticas fueron comunes a
otros pueblos cuya lengua se clasifica dentro de
la familia lingüística indoeuropea como los
arios, los hititas, los germanos, ellas no
condujeron al surgimiento de un fenómeno similar
al de la filosofía griega.
¿Explican las
particularidades del idioma griego el desarrollo
de la filosofía? Autores como Burckhardt
reconocen en determinados atributos gramaticales
del griego otras tantas facilidades para el
surgimiento de la filosofía. En su Historia
de la cultura griega leemos: Parece como
si el griego contuviera ya virtualmente en sí la
futura filosofía: tan infinita es su
adaptabilidad a los pensamientos cuya
transparente envoltura es, pero más completa
aún a los pensamientos filosóficos. Nos
encontramos con un mundo lingüístico
completamente desligado de las cosas
particulares; con una lengua (...)
extraordinariamente fecunda en las denominaciones
filosóficas (2).
Que el griego
haya facilitado el desarrollo de la filosofía no
implica ningún tipo de exclusividad. No sólo ha
sido posible la filosofía en otras lenguas, sino
además la traducción de textos, así en
ocasiones se deban parafrasear algunos términos
o giros lingüísticos. Resulta discutible
comprometer la autonomía del pensar con la
lengua griega porque al surgir la filosofía ella
es más que milenaria; si esto fuera razón
suficiente para provocar su aparición sería
menester preguntarnos por qué no ocurrió desde
antes.
Si las
tradiciones políticas y las especificidades
lingüísticas difícilmente pudieran explicar el
surgimiento de la filosofía en Grecia, restaría
preguntarnos por la incidencia de los
acontecimientos históricos todavía más
próximos en el tiempo, y en particular, por la
configuración de la religión olímpica y el
desarrollo de la escritura alfabética.
1.1. La
religión olímpica
Homero y
Hesíodo han pasado a la historia no sólo por el
valor histórico-literario de sus obras, sino
además por haber sido los artífices de la
religión olímpica. Así lo registra Herodoto: Homero
y Hesíodo dieron nombres a sus dioses, mostraron
sus figuras y semblantes, les atribuyeron y
repartieron honores, artes y habilidades (3).
Cuando hizo
carrera la religión olímpica, las diferentes
divinidades que hasta entonces participaban de
una relativa autonomía son reunidas en un mismo
panteón. A diferencia de otras religiones, la
religión olímpica, ciertamente artificial, no
da lugar a un culto unificado ni a una jerarquía
centralizada. De allí que los templos se
conciban como residencia de la divinidad, y así
hubiera varios templos dedicados a la misma,
ellos no compartían idénticos mitos. Cicerón
en Sobre la naturaleza de los dioses, hace
mención de los varios Júpiter (Zeus), de los
varios Apolos, de los varios Dionisos. Al
referirse a Minerva (Atenea) por ejemplo relata: La
primera Minerva es (...) madre de Apolo. La
segunda nació del Nilo y es venerada por los
egipcios en Sais. La tercera es la (...)
engendrada por Júpiter. La cuarta es la hija de
Júpiter y Coryfe, la hija de Océano, y es
llamada "Koría" por los arcadios
quienes dicen que ella fue la inventora de la
cuadriga. La quinta es Pallas, de quien se dice
que dio muerte a su padre cuando se dice que
éste intentó violar su doncellez (4).
Al ganar adeptos
el panteón olímpico en detrimento de los cultos
locales, la religión degenera en fenómeno
exterior. Si antaño el mito legitimaba los
propósitos individuales y colectivos de la
Polis, tras su colapso quedan en entredicho. El
griego, cuyas tradiciones políticas
protodemocráticas fomentan la afirmación de la
individualidad, comprometidas las tradiciones que
salvaguardan su cohesión social, queda a las
puertas del individualismo. Ese paso, sin
embargo, no se dio de inmediato y es menester
esperar hasta el período helenístico.
Entre la crisis
del mito y la escalada del individualismo media
el advenimiento de la filosofía; ella coincide
con el tránsito del habla a la escritura.
1.2 La
escritura alfabética
La escritura
surge entre los sumerios bajo una forma
pictográfica, primero, en la que los signos
constituyen una reproducción esquemática de los
fenómenos; ideográfica, después, cuando
alrededor de un mismo signo se referencian una
serie de fenómenos conexos. Tales escrituras
sumerias estarían comprometidas con el mundo de
los fenómenos, no así con las variaciones
experimentadas por las palabras a través del
habla, no así con la flexión y la declinación.
No obstante, ello no representó mayor dificultad
en el caso de la lengua de Súmer, lengua
aislante en la que la palabra se identifica con
su raíz sin importar el lugar que ocupe en la
oración.
Cuando la
cultura sumeria fue dominada por la acadia, se
traducen los textos del sumerio al acadio, lengua
semita, cuyas palabras pueden modificar su raíz
mediante diversas transformaciones internas como
la flexión de los verbos. Si memorizar un signo
para cada palabra diferente desde un punto de
vista semántico implica un considerable
esfuerzo, habilitar signos para todas las
inflexiones verbales haría la tarea todavía
más ardua. Es cuando se aplica el principio de
fonetización.
Si por medio de
las escrituras pictográfica e ideográfica se
rotulan directamente las cosas de las que
hablamos; con la aplicación del principio de
fonetización, en cambio, se representan (por
medio de signos que sólo en el caso límite de
las onomatopeyas tienen relación directa con el
respectivo fenómeno) los sonidos producidos a
través del habla, y en particular las sílabas y
los fonemas allí mismo contenidos.
Al pasar de la
escritura ideográfica al silabario (en los que
cada sílaba se designa por medio de un grafema),
al reducir el número de signos de miles a
centenares se simplifica el aprendizaje de la
escritura. No obstante, el tipo de escritura que
se terminó utilizando en Mesopotamia fue una
mezcla de pictográfica, ideográfica y
silábica, en la que se incluyen también signos
determinativos auxiliares, y el número de signos
que era menester memorizar no rebajó del medio
millar. De allí la necesidad de dar el paso
siguiente cuando se observa que todas las
sílabas que cambian de vocal pero conservan la
misma consonante pueden escribirse con el mismo
signo, lo cual ocurrió por primera vez en
Biblos, urbe fenicia, cuando el número se signos
se redujo a 22, dando lugar al alfabeto de las
consonantes.
Entre la
crisis del mito y la escalada del
individualismo media el advenimiento de la
filosofía; ella coincide con el tránsito
del habla a la escritura.
Que el alfabeto
de las consonantes haya hecho carrera entre las
lenguas semitas no es ni mucho menos casual, como
quiera que en esas lenguas la necesidad de
diferenciar las vocales no es tan apremiante. A
ese respecto Humboldt advierte que la flexión en
las lenguas semitas: (...) no está, sin
embargo, desarrollada a lo largo del conjunto de
la lengua y sus partes (5). Entre las lenguas semitas, al
conjugar los verbos permanece invariante una
raíz trilítera. El siguiente ejemplo es tomado
de Olson: La secuencia de sonidos /k/, /t/,
/b/ (...) puede transmitir el lexema escribir
con diferencias vocálicas que marcan el sujeto
gramatical, el tiempo y el aspecto: katab
"escribió", katabi
"escribí", katebu
"escribieron", ketob
"escribir", koteb
"escribiendo", katub
"siendo escrito". Todas pueden
escribirse simplemente ktb (6).
Con el
advenimiento de la cultura escrita se hace
posible interactuar con un repertorio mucho
más amplio de posturas intelectuales allende
las limitaciones espacio-temporales del
debate público.
Al adaptar el
alfabeto semita, que únicamente contenía signos
para las consonantes, al griego, que no sólo
registra el fenómeno de la declinación, cuando
además sus inflexiones verbales están
particularmente desarrolladas, surgió la
necesidad de incorporar signos para las vocales.
No sólo se incrementa el número de palabras que
varían únicamente por las vocales, ellas
también aumentan en cantidad y complejidad.
Leemos en Jean Bottéro: (...) no cabe duda de
que el rico vocalismo griego, con sus
particularidades, impuso la grafía de las
vocales (7).
Los griegos
resolvieron el dilema entre la precisión del
silabario, que no admitía ningún tipo de
ambigüedad entre las sílabas, y la simplicidad
del alfabeto de las consonantes, que reducía el
número de signos a 22, al adicionar los signos
para las vocales, recuperando la precisión del
uno y preservando la simplicidad del otro a fines
del VIII o comienzos del VII a.c.
A la par que
democratizan la escritura, un alfabeto completo
posibilita el desarrollo de un pensar más rico
en matices, en la medida en que todas las
palabras utilizadas por una lengua pueden ser
escritas sin que haya lugar a equívocos, lo cual
favorece un pensar más riguroso.
Con el
advenimiento de la cultura escrita se hace
posible interactuar con un repertorio mucho más
amplio de posturas intelectuales allende las
limitaciones espacio-temporales del debate
público. Ello permitiría a los pensadores
adquirir mayor vuelo intelectual y en última
instancia tomar distancia de la tradición. Es
cuando surge la filosofía.
1.3
Filosofar
Aunque la
escritura ha sido considerada únicamente una
representación del habla desde Aristóteles
hasta Saussure y Bloomfield, en las últimas
décadas se ha venido insistiendo en la
reivindicación de la primera. Gran resonancia
han tenido las tesis de Jack Goody, quien vincula
las conquistas intelectuales griegas, y en
particular, la filosofía, al dominio de la
escritura porque: (...) la escritura establece
un tipo distinto de relación entre la palabra y
su referente, una relación que es más general,
más abstracta y menos estrechamente vinculada
con la persona, el tiempo y el espacio
específicos, que la que se da en la
comunicación oral (8). Fenómeno el cual alcanza su
máxima expresión con la escritura alfabética
griega. Mientras la escritura alfabética semita
haría necesario acudir al contexto para
identificar las vocales de turno, la griega
resultaría autosuficiente a ese respecto.
Al discutir la
tesis de Goody que vincula la filosofía con el
advenimiento de la escritura, hay quienes han
hecho énfasis en las tradiciones
protodemocráticas de los griegos que favorecen
la discusión y el debate oral. Lejos de
anularse, ambas tesis serían complementarias.
Nos proponemos destacar el momento de la cultura
griega cuando a las fortalezas de la oralidad se
suman las de la escritura, cuando resurge la
búsqueda de sentido a pesar y a partir de la
crisis del mito.
Hacia los siglos
VI y V a. c., pensadores como Heráclito,
trágicos como Esquilo, desarrollan vías
tendientes a gestar sentido sin caer, no
obstante, en el individualismo, y en las que
alternan elementos propios del habla símbolo y
testimonio de los vínculos con la tradición con
el ejercicio de la escritura por medio de la cual
es posible tomar distancia de esa misma
tradición:
1. Los
pensadores presocráticos utilizan los recursos
del poetizar comprometidos con la oralidad,
cuando no sólo precisan significado y sentido,
cuando además lo potencian, cuando todavía se
percibe en sus aforismos y poemas la fuerza
ilocucionaria del discurso. Goody, haciendo
referencia a Parry y a Lord, lo indica: Los
mismos presocráticos vivían en un período que
todavía se estaba adaptando a las condiciones de
una posible cultura escrita futura y escribían
en el estilo formular característico de la
composición oral (9).
A semejanza del
tratado, las sentencias de Heráclito participan
de la discusión, toman distancia de la
tradición, pero a diferencia suya no lo hacen
para oficiar su prematura clausura, sino para
dinamizar el pensar. De allí el tono audaz,
provocador de los fragmentos de Heráclito; más
que persuadir al lector por la vía de la
argumentación se proponen dar qué pensar.
2. Los trágicos
griegos desarrollan una variedad de literatura en
la que todavía es posible reconocer el carácter
de co-enunciación propio de la oralidad, cuando
a través del diálogo el discurso se construye
entre varios. Ello, sin embargo, no es todo. En
la obra de los trágicos anteriores a Eurípides,
la intervención del coro dividido en estrofa y
antístrofa adiciona a la de los personajes la
perspectiva de la divinidad, la de la Polis, la
de la voz de la conciencia. La co-enunciación
del diálogo alcanza así proyecciones inauditas
en las que abundan las osadías ejemplificadas
por la lucha del hombre contra el destino, las
que de ninguna manera hubieran sido posibles
durante la celebración de los misterios de
Eleusis con los que la tragedia griega suele
estar emparentada.
En el marco de
la tradición filosófica, y a pesar de los hitos
que en su momento constituyen el pensar
presocrático y la tragedia griega, la síntesis
entre habla y escritura es relevada por la
hegemonía de la última.
La mayéutica
socrática y los diálogos platónicos no sólo
reflejan la inercia de los tiempos en los que el
habla conserva el monopolio del discurso, cuando
el habla da cuenta de la fuerza ilocucionaria,
hace patentes fenómenos como la ironía, cuando
el diálogo constituye el antídoto contra los
peligros de la escritura tendiente a formular un
discurso que no ha sido puesto a prueba allende
los presupuestos y los prejuicios del respectivo
autor; de otro lado, constituyen un anticipo del
pensar apodíctico, cuando Sócrates al decir de
Nietzsche asume el modelo del hombre teórico,
del hombre que conoce las cosas sin haberlas
experimentado en primera persona; cuando Platón
identifica en la dialéctica la más expedita de
la vías para alcanzar la idea concebida como
modelo a-histórico y ecuménico.
Los
pensadores presocráticos utilizan los
recursos del poetizar comprometidos con la
oralidad, cuando no sólo precisan
significado y sentido, cuando además lo
potencian, cuando todavía se percibe en sus
aforismos y poemas la fuerza ilocucionaria
del discurso.
Cuando las
discusiones pasan y la escritura queda, y al
hacerlo induce el espejismo de su inmutabilidad y
con ella la de las ideas expresadas a través
suyo; cuando el autor atribuye a los
metaconceptos y a los hábitos intelectuales de
turno validez para todos los contextos posibles;
cuando el pensador asume en la página en blanco
la posibilidad de partir de cero, surge la
metafísica y lo hace preferencialmente por medio
de tratados.
Aunque la
metafísica hubiera podido configurarse de
múltiples maneras, para bien o para mal hizo
carrera la formulada por un autor cuyos nexos con
la biología se revelan determinantes.
2. En el
comienzo fue Aristóteles
En condiciones
de emanciparse de la tradición a través de la
escritura, sin la oportunidad de
recontextualizarse por medio del diálogo, la
filosofía se comprometió con una serie de
meta-conceptos y hábitos intelectuales
postulados en primera instancia por Aristóteles;
por su conducto Occidente aventuró
construcciones de mundo diferentes de las del
mito.
Así al aparato
conceptual formulado por Aristóteles se le
reconozca como un descubrimiento realizado por
medio de la reflexión, cuyos resultados
estarían consignados en la obra titulada Metafísica,
constituye, no obstante, un producto histórico,
y en particular refleja la vocación de un
Aristóteles naturalista:
1. Opuesto a las
ideas corrientes que reconocen en la metafísica
la obra cumbre de Aristóteles, hay quienes como
Gadamer sostienen que: (...) la Metafísica es
un apéndice marginal de la Física, y el que lo
olvida no podrá nunca comprender a Aristóteles
(10).
2. Hijo de un
médico, habiendo estudiado medicina en su
juventud en Calcis, disponiendo en el Liceo de
abundantes animales y plantas, es indiscutible el
interés de Aristóteles por la naturaleza, y en
particular por la biología a la que dedica
varias de sus más extensas obras en una época
en la que ella había tomado ya distancia del
mito. Leemos en Olson, quien se refiere así al
estado de la biología en tiempos de
Aristóteles: (...) se usaban categorías
completamente naturalistas en las que los
animales estaban clasificados exclusivamente en
términos de características físicas. Las
mitologías ya no tenían ninguna relación con
los informes científicos (11).
Desde la óptica
del naturalista observamos el mundo y registramos
la existencia de múltiples figuras o formas
materiales. No debe extrañarnos que Aristóteles
advierta en todo lo que hay un compuesto de
materia y forma. No obstante, las formas
materiales se mueven, cambian, y únicamente
pudiéramos identificarlas como tales en la
medida en que haya algo que subsista. De allí
que Aristóteles haya denominado ousia, lo
que subsiste , al compuesto de materia y forma.
En su condición
de biólogo, Aristóteles sabía que la vida se
distribuye en especies en donde todos los
individuos de una misma especie poseen una serie
de características en común. De allí que las
formas de las ousiai las constituyan
atributos universales, que sin embargo se
individualizan en la respectiva materia. De allí
que la ousia se defina no sólo como
sustancia, sino además como esencia.
Que la
evolución de las especies constituya un
fenómeno de ritmo lento no permitió a
Aristóteles aventurar una hipótesis
evolucionista, sino que lo llevó a admitir el
fijismo. Formas universales, además inmutables,
fue la fórmula aplicada a otras áreas del ente.
El mundo para
Aristóteles lo constituye un inventario de ousiai
o sustancias-esencias: en su condición de
formas caracterizadas por una serie de atributos
universales e inteligibles; ensambladas en
determinada materia configuran la ousia
individual y sensible. Aun cuando únicamente se
experimenta lo particular, estamos en condiciones
de pensar lo universal. De allí que:
1. La
concepción de la ousia caracterizada por
una serie de atributos fundamenta el juicio
compuesto de sujeto, referido a la ousia, y
predicado, referido a los atributos.
2. La
articulación del mundo como colección de ousiai
distribuidas en especies, la existencia de los
universales, condujo al estagirita a considerar
la posibilidad de realizar argumentaciones
(encadenamientos de juicios) válidas para todos
los casos posibles. De allí el desarrollo del
silogismo.
Lejos de ser
neutral, del aparato conceptual de la metafísica
derivan los siguientes corolarios:
1. Existen un
paralelismo entre el orden del ser y el orden del
conocer. Afirma Aristóteles: Se llaman seres
por sí mismos cuantos vienen significados por
las clases de categorías, porque cuantas veces
se aplican éstas, otras tantas significan el
mismo ser (12).
2. En cuanto la
lógica configura el pensar por excelencia, las
diferentes lenguas sólo sería formas
subsidiarias de ese pensar. Leemos en De la
expresión o la interpretación de
Aristóteles: Pero las afecciones mentales en
sí mismas (...) son las mismas para toda la
humanidad, como lo son también los objetos, de
las que esas afecciones son representaciones,
semejanzas, imágenes o copias (13).
3. La escritura,
por último, simplemente copiaría el habla. Nos
dice Aristóteles: (...) las palabras escritas
son signos de las palabras habladas (14).
La escritura
copia al habla, la lengua expresa el pensamiento
y el alma duplica el mundo desde un punto de
vista formal si hacemos uso correcto de nuestras
facultades. Si aplicamos la ley transitiva de las
matemáticas, se concluye que el mundo se
descubre en las páginas del tratado. No
obstante, surgen diversas objeciones relativas al
concepto de mundo como mundo físico, a la
concepción del discurso como sucesión de
juicios y al primado del tratado.
2.1 El
concepto de mundo
Si dada una
existencia contemplativa, espiritual, en el marco
de las doctrinas budistas, resulta evidente
clasificar lo material como maya; desde la
óptica del naturalista, y a la que Aristóteles
no es ajeno, en cambio, resulta apenas obvio
reducir el ámbito de lo real a los fenómenos
físicos. No obstante, no faltan las objeciones.
Por más
espiritual que sea nuestra vida no dejamos de
asumir de facto como real una serie de
elementos materiales; por más concreta que lo
sea, asumimos como efectivamente ciertos una
serie de relaciones, sentimientos, pensamientos
en principio intangibles. De allí que tarde o
temprano haya surgido un concepto de mundo como
mundo apalabrado, que lejos de circunscribirse a
lo sensible o a lo inteligible admite sin
discriminaciones todo cuanto tiene sentido para
nosotros.
2.2
Precisión y gestación de sentido
La reducción
del discurso a una serie de juicios en cadena
resulta discutible. Leemos en Gadamer:
(...)
enunciado y juicio no representan más que
una forma especial dentro de la multiplicidad
de los comportamientos lingüísticos (15).
Así un discurso
únicamente contenga proposiciones, ellas se
pueden descomponer en elementos
subproposicionales a la par que acumular
elementos supraproposicionales, y no pudiera
decirse que el sentido de una proposición es
siempre la suma del sentido de los elementos
subproposicionales que la constituyen, como
tampoco se puede afirmar que el sentido de un
elemento supraproposicional equivale a la suma de
los significados de las proposiciones incluidas.
Cuando Neruda dice:
Es tan
corto el amor y es tan largo el olvido (16)
El sentido del
verso en cuestión no puede reducirse a la suma
de los significados de las proposiciones
contenidas: Es tan corto el amor, la
primera; es tan largo el olvido, la
segunda, como pareciera sugerirlo la conjunción
"y". El sentido que trasmite el verso
de Neruda, es la denuncia de una injusticia, pero
ese sentido de injusticia no está ni en la
brevedad del amor ni en la duración del olvido,
sino en su contraste.
En atención al
respectivo contexto un discurso o pasaje de él
en ocasiones adquiere tal autonomía respecto del
valor proposicional de sus enunciados, cuando da
lugar a un sentido ajeno a él e inclusive
contrario. Cuando en su poema Los heraldos
negros, Cesar Vallejo dice:
Hay
golpes en la vida tan fuertes ¡yo no sé! (17)
La primera
proposición Hay golpes en la vida tan
fuertes, no se reduce a la información
según la cual entre los atributos de la vida
estarían los golpes recibidos; allí hay
primordialmente un sentimiento de queja, de
espanto que invoca la solidaridad del lector. La
segunda proposición: ¡ yo no sé ! -una
oración subordinada por yuxtaposición- lejos
está de limitarse a ser una negación de la
primera ni siquiera una exclamación como aparece
marcado por el signo de admiración, sino
paradójicamente a resaltar la magnitud del
insuceso.
No todos los
discursos o pasajes de los mismos pretenden ser
enunciados constatativos, ni presuponen la
relación cosa-atributo; los hay también
irreductibles al modelo en cuestión, que inducen
determinadas conductas.
Cuando decimos: El
pájaro canta presuponemos la existencia de
cosas (pájaro) con atributos (canta). No
obstante, no siempre es así. Cuando en
determinados contextos decimos: La noche es
larga, ello constituye una exhortación a
continuar la velada, y en ese caso lo
"largo" no es un atributo de la noche,
sino un detonante de sentido.
Reducir el mundo
a un inventario de cosas con atributos impediría
dilucidar expresiones como la contenida en ¿Qué
es metafísica? de Heidegger cuando afirma: la
nada nadea, puesto que la nada como negación
del ente no pudiera exhibir atributo alguno, de
tal suerte que la afirmación en cuestión sería
clasificada como una redundancia del mismo
género que el caminante camina o el roncador
ronca. Para Heidegger, empero, el nadear
de la nada revela un cierto protagonismo de la
nada que no pudiera descartarse sin más, dado
que la nada como reunión de la totalidad del
ente señala en dirección de los presupuestos
que posibilitan dicha reunión, es decir, del
ser.
2.3 La era
del tratado
Un pensar no
contaminado por las circunstancias, un pensar
lógico, daría lugar a aseveraciones de alcance
universal. Surge así la era del tratado, cuando
la filosofía se somete a la metafísica, y la
religión, a la teología.
Habiendo
extendido su vigencia hasta el siglo pasado, la
era del tratado pareciera llegar a su fin. Si
desde la fenomenología de las religiones se
pretende que el fenómeno religioso hable en sus
propios términos, en detrimento de la teología;
desde la hermenéutica de estirpe heideggeriana
-que a diferencia de la medieval ya no se le
clasifica como estratagema del saber, sino como
vía tendiente a la construcción y
reconstrucción de mundo- la filosofía es
liberada de su tutela metafísica, al romper con
la antítesis sujeto-objeto, con la serie de
antítesis de allí mismo derivadas como lo son
las antítesis hechos-valores,
racionalismo-irracionalismo, entre otras.
Si dejamos que
los fenómenos hablen por sí mismos desde sus
propias circunstancias (fenomenología de las
religiones), cuando asumimos la existencia del
círculo hermenéutico (término acuñado por
Heidegger) sujeto-objeto como la vía tendiente a
la construcción de mundo, reconocemos la falacia
de los tratados en los que sus autores presumían
consignar la última palabra, si no la única,
cuando descubrimos que sus pretendidos términos
universales están comprometidos con sus
respectivas circunstancias históricas. No en
vano dice Rorty:
Todo
cuanto cabe hacer para explicar términos
como verdad,
conocimiento,
moralidad y virtud es
retrotraernos a los aspectos concretos de la
cultura en la que estos términos crecieron y
se desarrollaron (18).
Entre una
metafísica de ancestros pitagóricos,
eleusinos, derivados de la religiosidad
neolítica como la de Platón, y la
metafísica de un naturalista como
Aristóteles, Occidente se decidió por esta
última.
Conclusión
Del encuentro
entre oralidad y escritura, y en particular entre
dialéctica y abstracción, surge la filosofía
como una vía tendiente a ejercer la autonomía
del pensar hasta sus últimas consecuencias, y en
particular, a tomar distancia de la tradición.
Dialéctica y
abstracción, no obstante, dan lugar a una
síntesis precaria. Mientras la dialéctica
implica un ejercicio de contextualización y
recontextualización permanente; por medio de la
abstracción, en cambio, se tiende al
universalismo.
Cuando la
escritura se impone sobre la oralidad por
conducto del tratado, cuando fenómenos como la
co-enunciación, la fuerza ilocucionaria quedan
por fuera del universo del discurso, la
filosofía se compromete con determinada manera
de construir mundo, y sus pretensiones no serían
otras que dar cuenta de ese mundo erigido en el
único o en el último. No es otro el origen de
la metafísica.
Entre una
metafísica de ancestros pitagóricos, eleusinos,
derivados de la religiosidad neolítica como la
de Platón, y la metafísica de un naturalista
como Aristóteles, Occidente se decidió por esta
última.
Del Aristóteles
naturalista procede la metafísica. Del primado
de la observación deriva el binarismo lógico;
del mundo distribuido en especies, el tono
universalista.
Acaso resulte
retórico preguntarnos qué hubiera ocurrido en
Occidente si la filosofía hubiera sido otra; lo
que si nos revelan las contingencias de la
filosofía es que ella, en lo sucesivo, no
necesariamente será la misma, y no lo será si
se compromete con presupuestos diferentes a los
presupuestos de la metafísica como se insinúa
en el último siglo.
NOTAS
(1) PLUTARCO. Vidas
paralelas. Licurgo, VI
(2) BURKHARDT,
Jacob. Historia de la cultura griega.
Barcelona: Iberia, 1974. V. III, p. 398
(3) HEROTOTO. Nueve
libros de historia. II, 53 (?)
(4) CICERON. Sobre
la naturaleza de los dioses. Madrid: Sarpe,
1984. III, p.59
(5) HUMBOLDT,
Wilhel von. Sobre la diversidad de la
estructura del lenguaje humano y su influencia
sobre el desarrollo espiritual de la humanidad.
Madrid: Anthropos, 1990. p. 209
(6) OLSON, David
R. El mundo sobre el papel. Barcelona:
Gedisa, 1998. p.107
(7) BOTTERO,
Jean. La escritura y la formación de la
inteligencia en la antigua Mesopotamia. En: Cultura,
pensamiento, escritura. Jean Bottéro y
otros. Barcelona: Gedisa, 1995. p.105
(8) GOODY, Jack,
y WATT, Ian. Las consecuencias de la cultura
escrita. En: Cultura escrita en sociedades
tradicionales. Jack Goody, comp. Barcelona:
Gedisa, 1996. p. 54
(9) GOODY, Jack.
Introducción. En: Cultura escrita en
sociedades tradicionales. Jack Goody, comp.
Barcelona: Gedisa, 1996. p.13-4
(10) GADAMER,
Hans George. El inicio de la filosofía
occidental. Barcelona: Paidos, 1995. p. 39
(11) OLSON,
David R. El mundo sobre el papel.
Barcelona: Gedisa, 1998. p. 72
(12)
ARISTOTELES. Metafísica, V, 7. En: Obras.
Madrid: Aguilar, 1964, p. 967
(13)
ARISTOTELES. De la expresión o la
interpretación, 1. En: Obras. Madrid:
Aguilar, 1964. p.258
(14) Ibidem.
p. 258
(15) GADAMER,
Hans George. Verdad y método. Barcelona:
Sígueme, 1993. v. 1, p. 543-4
(16) NERUDA,
Pablo. Poema 20. En: 20 poemas de amor
y una canción desesperada. Losada: Buenos
Aires 1971.
(17) VALLEJO,
César. Los heraldos negros. En: Los
heraldos negros. En: Poesías completas. La
Habana: Casa de las Américas, 1970.
(18) RORTY,
Richard. Consecuencias del pragmatismo.
Madrid: Tecnos, 1996. p. 255
|