Los
presupuestos de la metafísicaJulián Serna Arango
Nos
proponemos indagar acerca del modelo
metafísico que han seguido las más de las
filosofías desde Platón hasta Nietzsche,
poner en cuestión su aparato conceptual como
fuera concebido originalmente por
Aristóteles, y discutir algunas pautas
relativas al advenimiento del pensar
postmetafísico.
1. Los
primeros principios
Las diferentes
metafísicas desde Platón hasta Nietzsche
comparten las más de las veces un aparato
conceptual que les caracteriza como género,
cuyos orígenes se remontan hasta la revolución
intelectual de los griegos, y en particular al
advenimiento del logos en contraposición
al mito.
Para sintetizar
la diversidad de sus acepciones, la multiplicidad
de sus usos, traducimos el término logos
como autonomía del pensar, autonomía del pensar
que desafía la inercia de la tradición cuyas
mutaciones acontecen a un ritmo acaso demasiado
lento como sucede con el mito.
Emanciparse de
la tradición, tomar distancia, constituye la
novedad de la revolución intelectual de los
griegos; la acción de la filosofía, filosofar,
en particular, suele llevar la autonomía del
pensar hasta sus últimas consecuencias, y ello
sucede de variada manera. Al filosofar no sólo
gestamos mundo en múltiples direcciones, cuando
además pudiéramos comprometernos con
determinados conceptos y hábitos intelectuales
de allí mismo derivados como si fueran los
únicos o los últimos; en otras palabras, con
determinada construcción de mundo. Es este el
caso de la metafísica, en cuyos orígenes
adquiere capital importancia la pregunta por los
universales.
Mientras
Sócrates interroga por los universales, así las
respuestas suministradas por sus interlocutores
sean desmanteladas mediante la aplicación de
lúcidos recursos dialécticos; Platón reconoce
la existencia de los universales en las ideas
concebidas como modelos o arquetipos, así tome
distancia de las fuentes históricas de tales
arquetipos -las experiencias iniciáticas en
Eleusis, en particular; las experiencias
primordiales de las culturas neolíticas
(Eliade), en general, las cuales limitan su
validez a determinado contexto socio-cultural-.
Así como
Leucipo postula en el átomo un límite para la
división de la materia, Aristóteles reconoce en
los primeros principios, y en particular en los
meta-conceptos de ser, ousia, forma y
materia el límite del proceso de profundización
intelectual. Como quiera que los primeros
principios se aplican tanto a los fenómenos
físicos como a los biológicos, al hombre
también, ellos se reputan universales.
Sócrates se
pregunta por los universales, Platón reivindica
los universales como modelos a-históricos,
Aristóteles descubre los primeros principios. De
allí la partición del mundo en dos, la
existencia de unos fenómenos de primera clase
(universales) y unos fenómenos de segunda clase
(particulares), un centro y una periferia, un
arriba y un abajo, en síntesis, la
configuración del modelo metafísico.
Lejos de
acceder al mundo en sí, de ensamblarlo bajo
parámetros uniformes, lo construimos a
partir de una serie de presupuestos,
presupuestos que para Heidegger no serían
naturales, sino históricos.
2. El
aparato conceptual de la metafísica
El primado de la
metafísica constituye la gran anécdota de la
historia de la filosofía; los filósofos
metafísicos -la filosofía metafísica, y su
secuela, la mentalidad metafísica- han forjado y
además preservado todo un aparato conceptual
responsable de múltiples aperturas y clausuras
de mundo; este comprende:
1. Una serie de
meta-conceptos como los de mundo en sí, sujeto,
objeto, historia universal. De allí el concepto
de verdad como adecuación, el modelo del hombre
teórico (racionalismo) y la ética concebida
como sumisión a la ley. Meta-conceptos, ismos,
principios íntimamente relacionados. Leemos en
Rorty:
El término
razón, según se usa en la
tradición platónica o en la kantiana, está
conectado con la verdad-correspondencia, con el
conocimiento como hallazgo de la esencia y con la
moralidad como obediencia a principios(1).
Al oponer la
verdad a la doxa, la unidad a la
multiplicidad, Platón se compromete con el
esquema centro-periferia, arriba-abajo, de donde
derivan tarde o temprano una serie de antítesis
como sujeto-objeto, realidad-ficción,
teoría-práctica, hechos-valores,
forma-contenido, razón-sentidos,
pensamiento-lenguaje, racional-irracional, entre
otras.
2. Una serie de
hábitos intelectuales tendientes a reducir el
discurso a una sucesión de juicios
constatativos, es decir, juicios por medio de los
cuales se realizan aseveraciones.
3. Los
principios de la regularidad de la naturaleza
(Guillermo de Occam) y de no-contradicción
(Aristóteles) tendientes a legitimar, en su
orden, los procedimientos inductivo y deductivo.
De allí el advenimiento de una racionalidad
arquitectónica, es decir, la concepción de la
filosofía como sistema.
A los
meta-conceptos y a los hábitos intelectuales
propios de la metafísica sería menester
adicionar las actitudes que configuran la
mentalidad metafísica tales como el
individualismo, el autoritarismo, el
maniqueísmo, el fariseísmo y el mesianismo,
tendientes ellos a articular la experiencia en
torno a un centro.
Aunque la
primera figura de la metafísica haya sido la
idea platónica, concebida como modelo o
arquetipo, ella fue severamente cuestionada desde
Aristóteles, quien advierte su condición
fantasmagórica: (
) de cuantos
argumentos se dan para probar la existencia de
las ideas, ni uno solo consigue hacernos esta
realidad evidente (2).
Para
Aristóteles, a quien se adeuda la formulación
del aparato conceptual de la metafísica, la ousia
constituye el elemento irreductible del mundo,
como quiera que hablar de lo que es, equivale a
hablar de la ousia. Como ha sido expuesto
en la Metafísica, al concepto de ousia
corresponden dos significados básicos: (
)
es lo que no es predicado de un sujeto, sino que
todo el resto es predicado de ella (3), es
decir, lo que subsiste por sí mismo. De allí
que ousia sea traducida por sustancia.
Se da
también este nombre [ousia] a las partes
inmanentes de los seres, partes que los
limitan y determinan en su individualidad,
cuya destrucción sería la destrucción del
todo(4).
De allí que ousia
haya sido -algunas veces- traducida por esencia.
Si la ousia no fuese la sustancia-esencia,
sino sólo la sustancia, reinaría la
contingencia, cuando ninguno de los atributos de
la ousia estaría vacunado contra el
cambio. Si la ousia, de otro lado, no
fuera sustancia, lo que subsiste, sino
únicamente la esencia, la individuación de los
fenómenos no sería posible. Cuando Aristóteles
sostiene que no hay ciencia sino de lo universal
y no hay existencia sino en lo particular,
exigiría la concurrencia de ambas acepciones de ousia,
como esencia universal y como sustancia
individual.
Reducido el
mundo a un inventario de sustancias-esencias
individuales y sensibles concebidas como ousia
primera, cuyos atributos universales e
inteligibles se definen como ousia segunda
inherente a la ousia primera, Aristóteles
privilegia aquella modalidad de expresión
ajustada a sus parámetros metafísicos, como
sería el juicio compuesto de sujeto y predicado,
dado el paralelismo existente entre el sujeto y
la ousia, a tal punto que una de las
acepciones que él mismo reconoce en la ousia es
la de sujeto, hipokeimenon, de un lado, y
entre el predicado y sus atributos, de otro lado.
Para comunicar
los descubrimientos realizados sin dejar espacios
para la contingencia, evitando interpretaciones
ajenas al guión, Aristóteles decide emancipar
el pensamiento del lenguaje corriente contaminado
por múltiples ambigüedades, y habilitar, en su
defecto, un discurso apodíctico, la lógica,
encadenando los juicios de manera
axiomático-deductiva.
El concepto de ousia
-la concepción del mundo como inventario de
cosas con atributos-, el primado del juicio y las
pretensiones relativas a una argumentación
apodíctica, constituyen, en síntesis, los hitos
del aparato conceptual de la metafísica
acuñados por Aristóteles.
3. La
metafísica en cuestión
3.1 La
lógica
Las acciones
tendientes a liberar el pensamiento del lenguaje,
con las que estarían comprometidos autores o
corrientes tan disimiles como Aristóteles,
Leibnitz, Wilkins y el Positivismo lógico, no
sólo fueron tempranamente desestimadas por
Herder y por Humboldt, sino además por los
psicólogos, y en primer lugar por Vygotsky,
quien advierte: El pensamiento no se expresa
simplemente en palabras, sino que existe a
través de ellas(5).
Cargadas de
juicios de valor, no es posible registrar la
imparcialidad de las palabras en el curso de la
argumentación. Véase por ejemplo Ducrot y su
«Teoría de la argumentación»: La lengua,
considerada como un conjunto de frases, determina
parcial o totalmente las posibilidades
argumentativas realizadas en el discurso (6); palabras como avaro,
generoso, casi, apenas, habiendo sido
utilizadas en las premisas determinan el
repertorio de conclusiones posibles; cuando
frases que dicen lo mismo desde el punto de vista
proposicional motivan inferencias antagónicas.
A pesar de su
carácter formal, la lógica no siempre toma la
debida distancia de sus contenidos, los cuales
comprometen su neutralidad. Helena Cronin
sintetiza así los resultados de las
investigaciones psicológicas realizadas por Leda
Cosmides:
(...) las
personas (
) no se desempeñan muy bien
como lógicos puros a pesar de que al parecer
razonan con mucha eficiencia como altruistas
recíprocos (
) involucrados en el juego
de detectar y castigar a los tramposos en los
contratos sociales normales (7).
En otras
palabras, los razonamientos que aluden a la
violación de las tradiciones consuetudinarias
suelen ser particularmente lúcidos en
comparación con otros.
Por último, los
principios de la lógica, y en particular el de
no-contradicción han sido puestos en cuestión
no sólo en las áreas del saber humanístico,
sino además en lo relativo a los experimentos
realizados por los físicos. Leemos en Vitiello:
(
)
los principios antiguos,
empezando por el de no-contradicción, ya no
son eficaces,
operativos (es suficiente
reflexionar por un momento en lo que sucede
con la física contemporánea) (8).
El
concepto de ousia -la concepción del mundo
como inventario de cosas con atributos-, el
primado del juicio y las pretensiones
relativas a una argumentación apodíctica,
constituyen, en síntesis, los hitos del
aparato conceptual de la metafísica
acuñados por Aristóteles.
3.2 El
juicio
Atribuir al
juicio de tipo constatativo (que afirma o niega
la existencia de algo), protagonista por
excelencia de la lógica aristotélica, el
monopolio relativo a la articulación de los
conceptos implica reducir el discurso a su
función proposicional, no sólo cuando es ideado
en la mente, sino además cuando es hablado o
escrito, es decir, como enunciado, en detrimento
de las expresiones subproposicionales con sentido
propio dentro del texto y/o a partir del
contexto, así como de los pasajes que reclaman
una lectura supraproposicional característicos
del mito y de textos filosóficos como los de
Hegel y Heidegger. Leemos en Hegel:
(
)
la forma de la proposición, o por mejor
decir, el juicio, es impropia para expresar
lo concreto -y la verdad es concreta- y lo
especulativo. (9)
Ni todas las
frases contenidas en un discurso adoptan la forma
proposicional, ni todos los enunciados son
constatativos, cuando los hay que no sólo dicen,
sino que además hacen si nos atenemos a la
teoría de los actos de habla de Austin.
Capítulo aparte merecen los enunciados
declarativos, enuncia dos que al ser dichos crean
mundo como acontece por ejemplo con los actos
litúrgicos, con las maldiciones también, de
acuerdo con la clasificación de los actos de
habla realizada por Searle.
Si la condición
humana pudiera reducirse a una cosa con
atributos, el monopolio del juicio constatativo
estaría justificado. No obstante, ello resulta
discutible. Más que cosas con atributos, somos
el punto en donde se cruzan múltiples
tradiciones y contextos. De allí la dificultad
de reducir la existencia, la nuestra, a una serie
de atributos; nos constituye, además, la
expresión, la explosión, inclusive, de sentido,
no exenta de contradicciones, paradojas, en fin,
ambigüedades; modalidades del acontecer
comprometidas con modalidades de la comunicación
ajenas al juicio constatativo, como las
registradas por las artes, los mitos, y algunas
variedades del filosofar, inclusive.
3.3
Dialéctica y retórica
Platón, quien
hizo uso del lenguaje ordinario, asumió como
vía conducente a la idea, a la verdadera
realidad, una modalidad de argumentación no
propiamente apodíctica, la dialéctica, a la que
atribuyó, además, un papel decisivo en la
formación del filósofo. Por medio de la
dialéctica no sólo sería posible tomar
distancia de la tradición, contraponer
diferentes opciones, sino además decidirse por
una de ellas. No obstante, en desarrollo de la
dialéctica -expresamente en el diálogo-
terminan por mezclarse diversas intenciones
comunicativas.
Aristóteles,
quien escribiera diálogos en su juventud,
distingue dentro del género de los discursos no
apodícticos: la dialéctica, a la que compete la
exposición; la retórica, a la que atañe la
persuasión. Ello le permite clasificar las
diferentes modalidades del logos. Entre la
retórica de los sofistas descalificada como doxa,
de un lado, y los razonamientos lógicos, es
decir, apodícticos, de otro lado, la dialéctica
estaría a mitad de camino, cuando sus discursos
no se reputan ver daderos, pero si verosímiles.
En la medida en
que los filósofos hacen uso de la simple
argumentación, de la argumentación no
necesariamente apodíctica, y Aristóteles no es
una excepción, los tipos de argumentación
juzgados verosímiles se asimilan a la
dialéctica; la retórica, en cambio, compete a
la ornamentación más o menos superflua del
discurso. De allí que los términos filosofía y
dialéctica se utilicen como sinónimos durante
el medioevo.
Dada una óptica
maniqueísta, la dialéctica asume las
pretensiones de la racionalidad apodíctica,
quedando, al otro lado, la retórica únicamente.
De allí que la distinción dialéctica-retórica
prefigure la antítesis
racionalismo-irracionalismo.
Con el
desarrollo de la ciencia matemática, los
experimentos científicos se revelan
concluyentes, y en esa medida marcan la
diferencia entre racionalidad científica y
racionalidad filosófica, haciendo evidente el
carácter no propiamente apodíctico de la
última.
Víctima de la
plasticidad del lenguaje ordinario, el discurso
filosófico sería incapaz de hacer abstracción
de los contextos para legitimar la inducción; de
fundamentar sus deducciones, cuando hasta las
matemáticas se piensan hoy día en términos de
hipótesis y no de axiomas, como lo sustentara en
su momento la escuela formalista de Hilbert.
Salta a la vista
la falacia de la argumentación apodíctica en
filosofía, y la diferencia entre dialéctica y
retórica -entre argumentaciones de primera clase
y argumentaciones de segunda clase- se reputa
artificial y únicamente cuestión de grado. De
allí que la distinción entre los filósofos
racionalistas (quienes utilizan argumentos de
primera clase) y los demás filósofos
eventualmente irracionalistas (quienes utilizan
argumentos de segunda clase) sería discutible,
cuando entre los últimos figuran, en primer
lugar, quienes no comparten la postura
intelectual desde la cual se realiza dicha
clasificación, que no sería ni mucho menos
imparcial.
Quien argumenta
con pretensiones apodícticas y cifra en
supuestos como el de la regularidad de la
condición humana, en el rigor lógico del
discurso las posibilidades de conquistar
aceptación sin tomar en consideración los
puentes tendidos con quien comparte tradiciones y
contextos, ignorando los abismos que lo
distancian de quien no participa de ellos, bien
puede escuchar recriminaciones como la formulada
por Borges a propósito de Berkeley, de acuerdo
con Hume: Hume notó para siempre que los
argumentos de Berkeley no admiten la menor
réplica y no producen la menor convicción (10).
3.4 El
mundo en sí
Con el
advenimiento de un pensar postmetafísico se
origina una drástica mutación del concepto de
mundo. Si el mundo para Aristóteles lo
constituye el inventario de los fenómenos
individuales y sensibles, cuya vigencia se
extiende hasta el positivismo; el mundo para
Heidegger lo constituye, en cambio, todo aquello
que de alguna manera es para nosotros; sus
fronteras se extienden hasta donde ha sido
apalabrado sentido.
Lejos de acceder
al mundo en sí, de ensamblarlo bajo parámetros
uniformes, lo construimos a partir de una serie
de presupuestos, presupuestos que para Heidegger
no serían naturales, sino históricos. Sin
embargo, el sentido común pudiera salir a la
defensa del modelo de mundo ensamblado bajo
parámetros uniformes formulando -con aire
retórico- interrogantes como los siguientes: ¿
No vemos todos el mismo sol, atendemos la misma
señal del semáforo, sincronizamos nuestros
relojes a la misma hora ? Rorty replica:
(
)
la gran falacia de la tradición consiste en
pensar que las metáforas de la visión, la
correspondencia, la cartografía, la
descripción y la representación aplicables
a afirma ciones rutinarias y de escasa
relevancia también pueden aplicarse a
afirmaciones discutibles y de mayor entidad
(11).
Así todos
percibamos fenómenos relativamente simples como
un semáforo de manera uniforme, no sucede otro
tanto con fenómenos más complejos como la
ciudad o la gente.
A diario la
experiencia revela que los hechos para nosotros
contienen una multiplicidad de capas
superpuestas, en virtud de la multiplicidad de
contextos implicados. Atribuir un único sentido
a determinado hecho resultaría sospechoso.
Leemos en Perelman:
Un
sentido parece dado cuando el texto parece
claro, es decir, cuando de él sólo se ve
una interpretación razonable. Pero lo que
parece una cualidad del texto puede resultar
de la ignorancia o de la falta de
imaginación (12).
Reconocer que no
estamos en condiciones de identificar un mundo en
sí, un mundo ensamblado bajo parámetros
uniformes, sino un mundo construido, apalabrado,
no implica ni mucho menos la negación del mundo
exterior, tal como fuera precisado por Quine
cuando advierte que lo que hay (el mundo
exterior) no depende del lenguaje, pero lo que se
dice que hay (el mundo para nosotros) sí. Verdad
y falsedad no aluden a los hechos (lo que hay),
sino a las proposiciones (lo que se dice que
hay).
A diario
la experiencia revela que los hechos para
nosotros contienen una multiplicidad de capas
superpuestas, en virtud de la multiplicidad
de contextos implicados.
3.5 La
metafísica del porvenir
Haber puesto en
cuestión las pretensiones de la metafísica, su
aparato conceptual, además, no implica
necesariamente el relevo de la metafísica por un
aparato conceptual alterno, sino su
relativización.
Lejos de ser la
única manera de gestar mundo, la metafísica
-concepción del mundo que gravita alrededor de
un centro-, constituye una opción entre otras;
la metafísica privilegia valores como la
seguridad y la sumisión, cuyas raíces
antropológicas, la neofobia por ejemplo,
resultan indiscutibles; la metafísica ha sido
fecunda en sus preguntas, en los horizontes
temáticos abiertos por ellas, pero obstinada en
sus respuestas, las mismas que autodenominadas
las únicas o las últimas han legitimado otros
tantos totalitarismos como ha sido expuesto por
Popper en La Sociedad abierta y sus enemigos,
han operado drásticos recortes de mundo.
4. El
círculo hermenéutico
Contrasta la
crítica de los presupuestos de la metafísica,
severa y radical en Heidegger, Derrida, Rorty,
para citar algunos autores, con el éxito
alcanzado por la ciencia matemática y sus
aplicaciones tecnológicas a partir de esos
mismos presupuestos como lo serían el concepto
de verdad como adecuación y la antítesis
sujeto-objeto.
A diferencia del
universo de lo cuantificable en donde la
delimitación de las variables se traduce en
rigor; en lo relativo al acontecer histórico, en
cambio, a mayor reducción del horizonte
temático, mayor arbitrariedad, cuando a él lo
constituye una trama de sentido cuyos pliegues y
repliegues no sólo se extienden sin fin, sino
que devienen simultáneos, superpuestos.
A diferencia de
lo acontecido en las ciencias matemáticas, en
las ciencias del espíritu -leemos en Gadamer-: La
conclusión desde lo general y la demostración
por causas no pueden bastar porque aquí lo
decisivo son las circunstancias (13).
Si bien el valor
de un número no cambia si se lo traslada de un
contexto a otro, no sucede lo mismo con las
palabras si se las traslada de una frase a otra,
ni con las frases si se las transfiere de un
discurso a otro, ni con los discursos si se los
transplanta de una tradición a otra.
5.
Límites del pensar postmetafísico
A las posturas
metafísicas, a su aparato conceptual se oponen
una serie de posturas intelectuales como el
nominalismo cuando coloca en cuestión la
existencia de los universales; el historicismo
cuando hace lo propio con el concepto de historia
universal; el pragmatismo cuando toma distancia
de la antítesis realidad-ficción; la retórica
cuando hace otro tanto con la antítesis
forma-contenido, cuando reconoce en la filosofía
una rama de la literatura; Heidegger, cuando
postula el círculo hermenéutico, es decir, la
unidad sujeto-objeto, y por supuesto Derrida,
quien no sólo rechaza los dualismos antes
enumerados, cuando además cuestiona los
conceptos de autor y de obra, cuando a un texto
dado no se le podría atribuir un comienzo ni un
propósito, en fin, cuando advierte:
(
)
que ha de elaborarse por entero (
) una
nueva delimitación de los corpus y (
)
una nueva problemática de las firmas (14).
A diferencia de
otros filósofos postmetafísicos, Derrida no
sólo cuestiona los meta-conceptos de la
metafísica, sino además todo concepto que
pretenda erigirse en concepto central y/o
primordial, desde la idea platónica (categoría
óntica), hasta el ser (categoría ontológica)
en Heidegger, provocando así una auténtica
diseminación del sentido. Pensar -en cualquier
caso- sería tanto como transferir, diferir
significado y sentido gestando y renovando redes
metafóricas sin principio ni fin, las mismas que
no exhiben ni ocultan jerarquía alguna, cuando
todo sería huella.
Si no sólo se
socava el aparato conceptual de la metafísica,
sino además todo tipo de jerarquía conceptual,
ello conduciría a la hipertrofia de la
tradición postmetafísica, al descalificar como
metafísicas las obras de Platón y de Heidegger
por igual.
Cuando Derrida
advierte que no hay nada fuera de texto, postula
la universalidad de la huella, la democracia
semántica como la única opción disponible ante
la crisis de la metafísica. Postura discutible,
sin embargo. Lingüistas estructuralistas como
Greimas advierten la estratificación del
discurso: La lógica moderna ha permitido
superar, en parte, la dificultad derivada de la
imposibilidad de salir del universo lingüístico
cerrado, al elaborar la teoría de la jerarquía
de los lenguajes (15).
Heidegger, de
otro lado, reconoce en el ser un estrato del
acontecer que a diferencia del ente ni constituye
invariantes ni estaría sometido a leyes.
6. La
filosofía postmetafísica
La puesta en
cuestión de la metafísica, de su aparato
conceptual, remite hasta Nietzsche, quien debate
los conceptos de sujeto y de verdad como
adecuación, la antítesis forma-contenido y el
modelo del hombre teórico. Después viene
Heidegger, quien no sólo investiga de manera
exhaustiva el aparato conceptual de la
metafísica, cuando coloca, además, en
entredicho nuestros hábitos intelectuales,
cuando advierte que: (
) la «Lógica» y
la «Gramática» occidentales se han apoderado
tempranamente de la interpretación del lenguaje
(16), y ahonda en una especie
de logos que no dice, pero que muestra en
el ir y venir de los conceptos, cuando el
discurso, lejos de limitarse a una serie de
proposiciones conectadas por relaciones lógicas
o de causalidad, permite una serie de lecturas
sub y supraproposicionales superpuestas.
Restarían por
anotar algunas implicaciones de orden
socio-cultural relativas al pensar
postmetafísico:
Superada la
concepción del mundo en sí, así como también
la del mundo ensamblado bajo parámetros
uniformes, el mundo se reconoce como mundo
descentrado, es decir, como mundo construido y
reconstruido en función de contextos
socio-culturales y tradiciones intelectuales
diversas. De allí el relevo del autoritarismo
por la tolerancia; no por una tolerancia a
disgusto, surgida de las insuficiencias
apodícticas del discurso, sino de una tolerancia
legitimada por la condición esencialmente
abierta del acontecer.
Mientras la
historia de la metafísica lo fue también la de
la reducción de lo «real» a una serie de
fenómenos privilegiados como por ejemplo los
religiosos, los económicos o los políticos; al
fracasar la distinción realidad-ficción, en
cambio, se rehabilitan aquellas experiencias que
proporcionan sentido sin necesidad de ajustarse a
determinado concepto de realidad. De allí la
reivindicación de las actividades qu1e conducen
por sí mismas a la construcción de mundo como
las experiencias espirituales, las lúdicas
también.
NOTAS
(1) RORTY,
Richard. Consecuencias del pragmatismo.
Madrid: Tecnos, 1996. p. 254.
(2) ARISTOTELES.
Metafísica. I, 9. Madrid: Aguilar,
1964. p. 926
(3) ARISTOTELES.
Metafísica. VII, 3. Madrid: Sarpe, 1985.
p. 182
(4) Ibid.,
V, 8. p. 140-1
(5) VYGOTSKY,
Lev S. Pensamiento y lenguaje. Buenos
Aires: Fausto, 1995. p. 166
(6) DUCROT,
Oswald. Polifonía y argumentación. Cali:
Universidad del Valle, 1988. p. 149
(7) CRONIN,
Helena. La hormiga y el pavo real.
Santafé de Bogotá: Norma, 1995. p. 433
(8) VITIELLO,
Vicenzo. Racionalidad hermenéutica y
topología de la historia. En: Hermenéutica
y racionalidad. Santafé de Bogotá: Norma,
1994. p. 214
(9) HEGEL,
Guillermo Federico. Enciclopedia de las
ciencias filosóficas. § 31. México D. F.:
Juan Pablos, 1974. p. 38
(10) BORGES,
Jorge Luis. La postulación de la realidad.
En: Discusión. En: Prosa completa.
Barcelona: Bruguera, 1985. v. 1, p. 155
(11) RORTY,
Richard. Op cit., p. 245-6.
(12) PERELMAN,
Chaïm. El imperio retórico. Santafé de
Bogotá: Norma, 1997. p. 68
(13) GADAMER,
Hans-George. Verdad y método. Salamanca:
Sígueme, 1993. v. I, p. 52
(14) DERRIDA,
Jacques. La mitología blanca. La metáfora en
el texto filosófico. En: Márgenes de la
filosofía. Madrid: Cátedra, 1989. p.
270
(15) GREIMAS, A.
J. Semántica estructural. Madrid:
Gredos, 1987. p. 21
(16) HEIDEGGER,
Martin. Carta sobre el humanismo. Madrid:
Taurus, 1959. p. 8
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