Pobreza y desempleo
infantilOscar Arango Gaviria
Sary Arango Gaviria
Mauricio Arango Salazar
1. Apuntes
previos
Sorprende que en
la literatura especializada sobre los problemas
laborales no se llame la atención acerca del
desempleo infantil. Cabe decir, sobre aquella
situación en la cual niños entre 10 y 14 años
declaran ante las autoridades estadísticas de su
respectivo país estar buscando empleo. El hecho
es llamativo porque en sí mismo registra una
forma de opresión social y porque deja al
desnudo la situación de una sociedad que además
de no ofrecer efectivas alternativas educativas y
culturales a las nuevas generaciones, acepta como
normal la perpetuación de la exclusión social.
El empleo -
desempleo infantil es un fenómeno social
creciente en América Latina en general, y en
Colombia, en particular. El tipo de trabajo
desarrollado o las ocupaciones buscadas por los
niños asumen una visibilidad diferencial, en
tanto se ubican preferencialmente en ámbitos
económico/territoriales como la calle, los
propios hogares o talleres informales. En nuestro
país, desde el comienzo de la presente década y
frente a los procesos de reestructuración
productiva, se genera una depresión de la oferta
de trabajo y por consiguiente el creciente y
sostenido aumento del desempleo. Además, en
tanto el ingreso de las familias de sectores de
pobreza extrema no alcanza los niveles de
subsistencia mínima, éstas formalizan
estrategias que implican la incorporación de la
mayor parte de sus miembros al mercado laboral.
Pero el trabajo
y el desempleo infantil es un arma que destruye
dos veces: al niño como tal y al hombre que no
puede llegar a ser; el trabajo infantil crea un
subpaís dentro del país y reduce las
posibilidades democráticas de generaciones
enteras.
Los niños se
emplean esencialmente porque su familia es pobre.
Cuando está en juego la propia supervivencia,
todo el mundo debe apoyar, ayudando a su familia
en el campo o vendiendo algún producto en las
calles. Aunque no se les paga bien por ejemplo,
en el «promedio de los países productores de
café los niños que laboran en la recolección
del grano ganaban en 1992 no más de tres
dólares por diez horas al día, seis días a la
semana aportan una gran proporción de ingresos
familiares»(1).
La segunda
razón del trabajo infantil es que la alternativa
más clara al mismo, o sea, la escuela, no
existe, o es exigua, o demasiado cara. Cabe
suponer que la mayoría de los niños que no van
a la escuela están trabajando de un modo u otro.
En el mundo entero se cuentan decenas de miles de
niños en trabajo forzoso, en prostitución y en
otras tantas actividades riesgosas, denigrantes y
que terminan por suprimir, en corto tiempo,
cualquier opción de formación ciudadana. Y lo
que es peor aún, decenas de miles deambulan
buscando ocupación que no queda
registrada en las cifras oficiales porque no es
formal o es abiertamente ilegal.
Según la
Organización Internacional del Trabajo (OIT), en
Latinoamérica existen 25 millones de niños
menores de trece años explotados laboralmente.
En el mundo se calcula que son 200 millones, más
de cinco veces la población de Colombia. La
cifra puede ser mayor, pues el trabajo infantil
no siempre es reconocido como tal y ello se puede
constatar en varios escenarios de América
Latina: en el campo, en la producción agraria o
en la explotación minera, o en la ciudad, en
múltiples actividades.
El concepto de
trabajo infantil incluye tanto a los niños como
a los jóvenes. Es por esto que se dificulta la
comparación entre países, porque cada uno posee
una legislación diferente en la cual tipifica
las leyes bajo las cuales se rige el menor
trabajador, o sea, cada país es autónomo en la
definición del mínimo de horas trabajadas y los
días laborados.
En el caso
colombiano, en la Encuesta Nacional de Hogares
(ENH) del Departamento Administrativo Nacional de
Estadística (DANE), se define a los trabajadores
como aquellos que durante un período de
referencia (la semana anterior a la encuesta)
ejercieron una ocupación remunerada en la
producción de bienes y servicios, por lo menos
una hora a la semana y «aquellas personas que en
su condición de ayudantes familiares trabajaron
sin remuneración en la empresa del respectivo
jefe de familia o pariente, por lo menos durante
15 horas a la semana». La definición que en
Colombia se utiliza sobre trabajo infanto -
juvenil incluye a los menores entre los 12 y los
17 años en la zona urbana y entre los 10 y los
17 años en la zona rural.
Según el
Código del Menor (artículos 237 y 238), existe
la prohibición absoluta del trabajo de los
menores de 12 años, y para los jóvenes entre
los 12 y los 18 años estipula la obligatoriedad
de tener autorización escrita del Inspector del
Trabajo o, en su defecto, de la primera autoridad
local o solicitud de los padres y a falta de
éstos del Defensor de Familia. Además, este
Código prohibe el trabajo de los menores de 14
años, salvo en algunas excepciones, y establece
condiciones específicas para todo menor de 18
años en cuanto a la jornada máxima de trabajo y
a los salarios a que tiene derecho, así como los
trabajos prohibidos para los menores y el acceso
a la seguridad social. En la vida real, el
trabajo de miles de niños por debajo de estos
umbrales queda por fuera de las estadísticas
gubernamentales.
Cabe entonces
destacar que en una época en que deberían tener
pleno acceso a una educación garantizada por el
Estado, nuestros niños están en las calles
intentando sobrevivir. Así, bajo la situación
de creciente trabajo infantil ningún país ha
salido, ni saldrá del atraso y la miseria.
En la
vida real, el trabajo de miles de niños por
debajo de estos umbrales queda por fuera de
las estadísticas gubernamentales.
Por lo tanto,
decir que de nuestra escuela depende en gran
medida el presente y futuro de nuestra frágil
democracia, es sólo reiterar una obviedad.
"En
Latinoamérica debería existir un consenso
para ampliar y fortalecer la cobertura y la
calidad del sistema educativo como una manera
eficaz de salir al paso al trabajo de los
menores (de 12 o 14 años, según sea la edad
límite de la educación básica, que ha de
ser obligatoria en cada país).
Esta última
recomendación se enfrenta con otras tres
posiciones discrepantes que existen en la
región sobre el trabajo infantil y que
pueden sintetizarse como sigue:
a. El
realismo cínico de aquellos que ven en el
trabajo infantil una forma más de control
social. Como son pobres, que
trabajen, parece ser la frase que mejor
condensa esta postura
b. El
mecanismo de los promotores explícitos del
trabajo infantil. En otras palabras, de
aquellos que sostienen que la infancia (pobre
obviamente), sólo se constituye como sujeto
social en el trabajo, y
c. El
relativismo de los protectores de
los niños trabajadores, para quienes habría
que avanzar en las políticas de
erradicación del trabajo infantil, sólo
cuando se tenga certeza absoluta de una
mejoría directa e inmediata en las
condiciones de vida del niño trabajador.
Estas
posturas demuestran que el compromiso por la
erradicación total del trabajo infantil no
es todavía un hecho general y que existe
aún un largo camino por recorrer" (2).
2. La
pobreza en el contexto latinoamericano
Aunque se trata
de una compleja relación, coincidimos con
quienes sostienen que la pobreza es la razón
fundamental por la cual los menores se ven
obligados a laborar. En todo caso, se trata de un
problema fuertemente relacionado con la política
económico-social aplicada en cada país.
Ciertos enfoques
sobre la pobreza ofrecen dos tipos de
definición: el primero hace énfasis en las
necesidades insatisfechas y el segundo en la
incapacidad de satisfacer tales necesidades. «La
metodología del Indice de Condiciones de Vida
tiende a resolver muchas de las insuficiencias de
las mediciones tradicionales de la pobreza»(3).
Aunque los
estudios sobre pobreza en «América Latina
muestran ciertas variaciones positivas a
comienzos de la década, en 1997 la pobreza
ascendió a 210 millones de personas, la cifra
más alta en la historia de la región. Pese a
que el porcentaje de pobres entre la población
latinoamericana cayó en dos puntos porcentuales
(de 41 a 39), el número absoluto aumentó debido
a que las reformas económicas promovidas por
todos los estados de la región aún no han
extendido sus beneficios a las poblaciones más
pobres»(4).
La CEPAL
también informa que tan sólo dos países,
Argentina y Uruguay, tienen menos de 15% de sus
hogares por debajo de la línea de pobreza, en
tanto que en otros tres, Chile, Costa Rica y
Panamá, esa franja se ubica entre 15 y 30 por
ciento. Brasil, Colombia, México, Perú y
Venezuela presentan un grado alto de pobreza al
concentrar en esa franja a entre 31 y 50% de sus
habi tantes, mientras Bolivia y Honduras tienen
tasas superiores a 50 por ciento. Así, la
pequeña reducción del porcentaje de pobres,
aún es insuficiente para contrarrestar el
incremento que se produjo en la década pasada,
cuando el porcentaje de hogares pobres en la
región creció de 35 a 41 por ciento.
Entre 1992 y
1997 se habían registrado avances importantes,
en especial por los alcances logrados por algunos
países en la estabilización de la economía si
se tiene en cuenta que, entre 1990 y 1994, en 9
de 12 países de la región se redujo la pobreza,
y en sólo uno aumentó. La desaceleración
económica generalizada en la región a partir de
1997 de hecho puede estar revirtiendo este
proceso.
En cuanto a los
indicadores de indigencia, es decir de pobreza
absoluta, el porcentaje de familias
latinoamericanas en esa situación tan sólo se
redujo de 18 a 17% en los últimos cinco años,
porcentaje que aún es superior, en dos puntos
porcentuales, al de 1980.
El crecimiento
económico y la reducción de la inflación son
los primeros factores determinantes en la
disminución de los índices de pobreza, además
del aumento del gasto social y su eficiente
asignación. América Latina requeriría de una
tasa de crecimiento del producto per cápita de
al menos cinco por ciento para superar los agudos
problemas de pobreza que vive. Porque además de
inequidad, tenemos un crecimiento insuficiente
para escapar de la pobreza. Parte importante del
reto de la región será encontrar una estrategia
capaz de generar suficiente empleo para nuevos y
mejor entrenados trabajadores y las divisas
necesarias para producir una tasa de crecimiento
adecuada. No de otra manera podría lucharse, con
posibilidades de éxito, contra el trabajo
infantil.
3.
Contexto colombiano y del Eje Cafetero
Detengámonos
ahora en la situación de la pobreza y el trabajo
infantil, primero dando una mirada general al
caso nacional y luego profundizando en el Eje
Cafetero. Según el censo de población de 1993,
la población colombiana estaba distribuida por
mitades atendiendo al sexo.
«Aunque la
población total en los tres departamentos
(Caldas, Quindío y Risaralda) del Eje
Cafetero pasó de un millón a dos millones y
medio entre 1951 y 1993, las tasas de
crecimiento se han venido reduciendo y ello
significa que la región continuará
albergando cada vez una porción menor de la
población colombiana (ver tabla
1).
Incluso, las proyecciones del Dane estiman
que la población global de Caldas será en
los próximos 10 años menor que la actual.
El mayor dinamismo corresponderá a
Risaralda» (5).
En 1993 las
tasas de fecundidad para Caldas, Quindío y
Risaralda fueron en su orden 2.7, 2.5 y 2.6. En
las zonas rurales estas cifras se incrementan en
un punto y si bien allí se tienen casi cuatro
hijos por mujer, los especialistas clasifican
esta región como de transición avanzada. En
todo caso, uno de cada cuatro hogares todavía
está conformado por seis personas o más
A comienzos de
los años 70, el 60% de los colombianos se
encontraban en condiciones de pobreza medida por
insuficiencia de ingresos. En el área rural el
grado de incidencia era de 86% y en el sector
urbano 42%. Estos indicadores han tenido una
evolución bastante dinámica y en 1996 el grado
de pobreza había caído al 47% según las
estimaciones de la CEPAL. No obstante, el
porcentaje de hogares urbanos por debajo de la
línea de indigencia es mayor en Colombia que en
Bolivia (16% y 14% respectivamente). Entre 14
países estudiados por dicha Comisión, Colombia
sólo es superada en este terreno por Guatemala,
Honduras y Perú. Además, el ritmo de evolución
positiva es bastante lento: entre 1978 y 1995 el
país sólo logró pasar de 59% a 54% el número
de personas ubicadas por debajo de la línea de
pobreza.
«Más
recientemente las cifras de Planeación
Nacional y de Fedesarrollo confirman una
distribución bastante inequitativa de los
ingresos laborales: en 1996 el 20% de la
población más rico percibió el 54% de los
ingresos, mientras que el 20% más pobre
sólo pudo captar el 6%. La situación es
peor aún si atendemos los ingresos no
laborales, pues ya aquí el 20% más rico se
apropia del 60% del total de ingresos y el
20% más pobre apenas sí logra capturar el
2.7% de los mismos. Adicionalmente, el país
presenta una progresiva aplicación del gasto
social que se enfrenta a una regresiva
política tributaria»(6).
Los logros
obtenidos en la lucha contra la pobreza son pues
importantes pero insuficientes. Al decir de
algún observador, continuamos usando la
camilla para recoger las víctimas del
mercado. Hemos progresado notablemente en
las metas blandas, no así en las metas duras. La
pobreza sigue marcando una profunda huella
social, genera estigmatización, produce pérdida
de dignidad y de autoestima. Aún tenemos una
reproducción económica hacia el fortalecimiento
sin par del capital financiero y disponemos de
una estructura inequitativa de la producción que
ocasiona visibles impactos negativos en la
búsqueda de la equidad.
Juntos, Caldas,
Quindío y Risaralda representaban en 1993 el 8%
de la población total nacional y el 5% de
quienes tenían necesidades insatisfechas. Según
las estimaciones del Corpes de Occidente el PIB
regional en 1994 fue menor que en 1990. Por
supuesto, la crisis de la economía cafetera
agudiza el panorama social de la zona rural(7).
A partir de 1998
se dispone de la información de la Misión
Social de Planeación Nacional acerca del Indice
de Condiciones de Vida (ICV) como un componente
sustantivo del Sistema de Indicadores Socio
Demográficos. La combinación de las 12
variables y 4 dimensiones utilizadas es la más
reciente aplicación metodológica para la
medición gubernamental de la pobreza y ella
confirma que el Eje Cafetero ha transitado desde
aquellas épocas en que se estaba muy por encima
de los promedios nacionales a un momento en el
que cada vez reflejamos más la situación global
del país.
Así por
ejemplo, el ICV general que es de 71 puntos para
Colombia, también lo es para Caldas, mientras
Quindío tiene 76 puntos y Risaralda 74 puntos.
En algunas variables como las relacionadas con el
acceso y la calidad de los servicios públicos
estos departamentos aún presentan cifras por
encima de los promedios nacionales.
En síntesis, la
reducción del número absoluto de pobres (NBI)
por su aumento por línea de pobreza y la
agudización de la concentración del ingreso,
son tres características del desarrollo social
colombiano, de ahí que el modelo de desarrollo y
la política económica deban tener como una de
sus prioridades la generación de empleo
productivo y de ingresos de amplios sectores de
la población. Por consiguiente, se requiere
ofrecer un mayor perfil a la política social en
todas las instituciones estatales y ser más
exigentes con la aplicación y los indicadores de
la política social. Y es de gran importancia
llegar a acuerdos para reformar y modernizar al
Estado a fin de colocarlo inequívocamente al
servicio de la superación de la pobreza.
La
confrontación de la pobreza implica por
consiguiente que los actores se muevan en una
dirección académica y otra política, y se
sitúen de cara a estrategias concertadas.
Debemos transitar desde la teoría de las
necesidades hacia los derechos, es decir, hacia
la ciudadanía social. La pobreza también debe
entenderse como falta de poder. Es preciso
avanzar hacia la conformación de una economía
productiva y equitativa con empleos bien
remunerados(8).
El
crecimiento económico y la reducción de la
inflación son los primeros factores
determinantes en la disminución de los
índices de pobreza, además del aumento del
gasto social y su eficiente asignación.
4. El
desempleo infantil en el Eje Cafetero
Según los
cálculos de las encuestas de hogares urbanos, en
1996 sumaron 703 mil las personas desocupadas en
el país, de las cuales 10 mil estaban entre 12 a
14 años y 131 mil entre 15 y 19 años (ver tabla
2). El
2,7% de ese total de desocupados vivían en
Manizales, mientras que el 3,4% lo hacían en
Pereira(9). Huelga decir que en
estas cifras no figuran los niños y niñas que
se ocupan en la prostitución, ni aquellos que
realizan trabajos forzados en largas jornadas y
que cada vez se denuncian con mayor frecuencia
desde los medios de comunicación y desde la
Defensoría del Pueblo y Bienestar Familiar.
Tampoco se contabilizan quienes acaban de llegar
con sus familias en condición de desplazados por
la violencia y circulan por las ciudades en busca
del sustento.
El peso
específico de la población en edad de trabajar
(PET) sobre la población total (PT) mantiene
cifras crecientes en Pereira y relativamente
estables en Manizales. Mientras en aquella ciudad
se pasa de 75% (casi 406 mil personas) en 1984 a
78% en 1996, en esta última se mantiene en el
78% (un poco más de 284 mil personas) durante el
período. Juntas, estas dos ciudades en 1996
contabilizaron 690 mil personas en edad de
trabajar
Según la
información censal nacional de 1993, 376 mil
desempleados eran cesantes y 133 mil eran
aspirantes (111 mil en la zona urbana y 22 mil en
las rurales). En el Eje Cafetero sumaron 19 mil
los desempleados con experiencia laboral y un
poco más de 5 mil quienes aspiraban por primera
vez, habiendo sido Caldas el departamento con
mayor cuota de aspirantes (2.361) y Quindío el
de menor número (1.187).
Específicamente,
en el grupo 12-14 años (aquel que sirve de
referente más inmediato para estudiar el trabajo
infantil) se mantiene una participación del 1%
en el total del desempleo. Pese a que las cifras
absolutas no son muy elevadas (9 mil niños
buscando trabajo en las zonas urbanas de Colombia
en 1996, y 500 en Manizales y Pereira) ellas sí
comportan el drama de una sociedad que no
solamente no es capaz de evitar el trabajo
infantil, sino que acepta explícitamente que los
niños adquieran la condición de desocupados.
Complementariamente,
el grupo de 15 a 19 años también presenta un
comportamiento ascendente en el número de
jóvenes que buscan empleo y confirma el grave
problema del desempleo juvenil. En Pereira y
Manizales pasaron de 8 mil en 1986 a casi 10 mil
en 1996, siendo éste, en consecuencia, el grupo
que merece una atención mayor de las
autoridades, pues es el que proporcionalmente
aporta la mayor cantidad de desempleados: su
participación en el total de desempleo fue del
16%. A su turno la tasa específica de desempleo
en este grupo de edad se mantuvo en el 3% en los
últimos diez años.
Ahora bien, la
lectura de la información sobre el desempleo con
perspectiva de género muestra que a nivel
nacional urbano las mujeres que buscan trabajo
crecen en mayor número al de los hombres. Para
Manizales - Pereira, en los grupos de edad
menores de 19 años, se observa una leve
disminución de las mujeres que buscan trabajo,
quizás como una consecuencia de la ampliación
de la cobertura escolar que las ha beneficiado
principalmente a ellas. A escala nacional se
crece de 68 mil a 70 mil mujeres desempleadas y
los hombres mantienen unas cifras similares.
Por otra parte,
al observador desprevenido puede causarle gran
extrañeza que mien tras en un momento se
denuncie el crecimiento del desempleo rural en
zona cafetera, en la siguiente coyuntura el
llamado público sea por la carencia extrema de
mano de obra para actividades de recolección.
Nos referimos, por ejemplo, a la paradójica
situación de tres departamentos con elevadas
tasas de desempleo y que simultáneamente deben
importar mano de obra para ocuparse en la cosecha
del grano. A mediados de abril de 1998 parte de
la recolección peligraba porque hacían falta 18
mil trabajadores en Quindío y 22 mil en
Risaralda, sin que se vislumbrara con claridad
una solución. Para un dirigente de la
Federación de Cafeteros, esta situación - que
involucra varios miles de jóvenes y niños- se
explica, entre otros motivos, porque los
trabajadores van a zonas con altos ingresos por
las actividades ilícitas y se muestran renuentes
a desplazarse a las zonas cafeteras.
La mayoría de
la población desocupada del país (57%) tenía
un nivel educativo que alcanzaba estudios
secundarios, al mismo tiempo que el 30% tenía
como máximo estudios de primaria, mientras que
la población desocupada con estudios superiores
era del 13%.
En Manizales, el
36% de los desocupados tenían a lo sumo estudios
de primaria, el 55% estudios secundarios y el 9%
estudios superiores, presentando una tendencia
similar a lo ocurrido en el país. Los niños
desocupados entre los 12 y 14 años tenían
estudios primarios y los de edades entre los 15 y
19 años se distribuían así: el 52% presentaban
estudios primarios, y el 47% estudios
secundarios. No se encontraron diferencias al
desagregar estos grupos por sexo.
En Pereira el
35% de los desocupados tenían estudios
primarios, el 59% estudios secundarios y solo el
6% estudios superiores. El nivel educativo de los
niños entre 12 y 14 años se distribuyó de la
siguiente forma: 75% de los niños con primaria y
25% con estudios secundarios. En el caso de los
jóvenes entre 15 y 19 años la distribución en
1996 fue así: 18% con primaria, 80% con estudios
de secundaria y un 2% con estudios superiores.
Otra
información oficial indica que los alumnos
jóvenes, menores de 24 años, bachilleres y
desempleados de las zonas urbana y rural
participan de cursos para técnicos profesionales
en cualquier área y de los 18.500 jóvenes que
el Gobierno Nacional se fijó como meta en 1998,
el Sena en el Eje Cafetero debía cubrir el 8%.
En cuanto al
desempleo rural, la Región Central también
presenta cifras inequívocas: 52 mil de sus 106
mil desempleados rurales (casi la mitad) tienen
educación secundaria o superior y de los 2.540
desempleados con educación superior, 1.785 son
mujeres. Casi diez mil campesinos que buscan
trabajo en esta zona no poseen ningún nivel
educativo y 24 mil sólo han asistido a la
primaria.
Bajo las
anteriores consideraciones, todos los esfuerzos
que se hagan para continuar ampliando la
cobertura educativa, y para garantizar tanto la
permanencia de los escolares en los centros
docentes, como el mejoramiento de la calidad
educativa serán bienvenidos.
Los jóvenes
muestran preferencia (32%) por el grupo de
ocupación de comerciante y vendedor, donde
representaron. Después le sigue el grupo de
personal administrativo, donde fueron el 23% de
los desocupados. Mientras que el grupo de
ocupación preferido por los hombres fue el
trabajo no agrícola, para las mujeres jóvenes
el grupo de ocupación preferido fue el de
comerciante y vendedor representando un 30% de
las desocupadas (ver tabla 3).
El
crecimiento económico y la reducción de la
inflación son los primeros factores
determinantes en la disminución de los
índices de pobreza, además del aumento del
gasto social y su eficiente asignación.
En Manizales se
observó que un tercio de los desocupados estaban
inclinados por el trabajo agrícola, siguiéndole
el grupo de comerciantes y vendedores con un 23%
de preferencia, mostrando un panorama diferente a
lo ocurrido diez años atrás, cuando la
expectativa predominante había sido el de
trabajo no agrícola.
Confirmando los
desfases culturales en las expectativas
laborales, en Pereira uno de cada cuatro niños
entre 12 y 14 años desearía ocuparse como
funcionario público y otro tanto hacer parte del
personal administrativo. En el caso de los
jóvenes entre 15 y 19 años, el grupo de
ocupación preferido fue el de personal
administrativo con un 33%, seguido por el de
trabajo agrícola con otro 33%.
En cuanto a la
posición ocupacional buscada, es apenas
comprensible que las expectativas laborales de
los niños y jóvenes desempleados se distribuyan
entre la expectativa de ser obreros o empleados,
en primer lugar; ser trabajadores por cuenta
propia, en segundo lugar, y poder ocuparse (en el
caso particular de las mujeres entre 15 y 19
años) como empleadas domésticas (ver tabla
4)
Las ramas de
actividad económica en las que aspirarían a
emplearse nuestros niños y jóvenes son, en su
orden: comercio, industria y servicios. Alrededor
de las ramas económicas relacionadas con el
transporte, la agricultura y la construcción
también se concentran otras importantes
expectativas. En cada caso la perspectiva de
género muestra variaciones significativas (ver tabla
5)
5.
Recomendaciones
Para empezar,
digamos que no compartimos el escepticismo de
quienes piensan que es imposible una mejoría en
la situación social de la niñez mientras no se
obtenga una transformación radical. Tampoco nos
persuade el conservadurismo de quienes estiman
que el empleodesempleo infantil es una
secuela inevitable de la pobreza, pero consideran
que la solución pasa por la eliminación de la
misma. Unos y otros aplazan el cambio hasta un
futuro indefinido.
Una adecuada
estrategia para luchar contra el trabajo infantil
y las insólitas expresiones de desempleo en
niños a partir de los 10 años parece ser la de
garantizar a sus padres un trabajo productivo y
adecuadamente remunerado. Mientras esto no suceda
será cada vez más difícil distanciar a los
niños del mercado laboral formal o informal. A
largo plazo la meta debe ser la eliminación del
trabajo infantil.
En el entretanto
es urgente generar los mecanismos necesarios para
ejecutar las recomendaciones de la OIT destinadas
a la conformación de un amplio frente social
(Estado, empleadores, sindicatos, ONGs) capaz de
impulsar medidas de corto y mediano plazo. Así
por ejemplo, muchos niños que tienen que
trabajar hoy necesitan el máximo apoyo y
protección posibles en forma de mejor
alimentación o servicios médicos.
Juzgamos que
correctamente otras recomendaciones aprobadas por
la OIT se dirigen a mejorar y aplicar
efectivamente la legislación laboral; fomentar
la escolarización; sensibilizar al conjunto de
la población; prestar apoyo a las diversas
acciones populares y, por supuesto, suprimir
cuanto antes los trabajos indignos y peligrosos.
En todo caso,
conviene subrayar que todas las políticas
orientadas a suavizar la crítica realidad del
empleo -desempleo- subempleo infantil no hacen
más que ocultar la gravedad de sus impactos y
aplazar por tiempo indefinido las soluciones
estructurales requeridas. No es buscándole
empleo, sino ofreciéndoles
educación y recreación a los niños desocupados
como fortalecemos en la base de la sociedad las
posibilidades de la democracia y la convivencia
pacífica. Una sociedad que se empeña en
econtrarles ocupación a sus niños
desempleados es, en definitiva, una sociedad
autoritaria, pues con ello sólo les niega su
opción ciudadana.
Por tanto, es de
gran importancia que el Estado garantice la
gratuidad y la obligatoriedad de la educación
básica (9 años de escolaridad) en todo el
territorio nacional. El fundamento cultural de
esta ampliación de la base escolar seguramente
traerá consigo un afianzamiento de los valores
democráticos y de la convivencia pacífica.
Terminemos
entonces con esta invocación de la OIT:
«Las
raíces profundas del trabajo infantil son la
pobreza y la privación social. Su
eliminación será una tarea larga y
compleja, de índole jurídica, económica,
social y política. Pero se puede progresar.
Siempre hará falta más investigación, más
análisis, más información...
«La comunidad
internacional tiene hoy la oportunidad de llevar
a la práctica lo que predica, esto es: promulgar
una legislación y velar por su aplicación,
hacer de la escuela una alternativa al trabajo
infantil y ayudar a las familias pobres para que
sus hijos puedan vivir una infancia feliz y se
preparen para una existencia laboral sana y
productiva»(10).
Tabla 1. Eje Cafetero.
Población total por sexo, según grupos de edad.
1993

Tabla 2. Manizales
a.M. Pereira a.M. Población desocupada por nivel
educativo, según grupo de edad y sexo. 1996

Tabla 3.
Pereira A.M.-Manizales A.M. Población desocupada
por grupo de ocupaciónbuscada, según grupo de
edad y sexo. 1996

Tabla 4A.
Región central. Población desocupada por
posición ocupacional buscada, según grupo de
edad y sexo. 1995

Tabla 5. Pereira
A.M.-Manizales A.M. Población desocupada por
rama de actividad económica buscada según
grupos de edad y sexo. 1996

Tabla
5-A. Región central. Población desocupada
por rama de actividad económica buscada, según
grupo de edad y sexo. 1995

NOTAS
(1) Cfr. OIT. El
trabajo en el mundo. Nueva Visión. Caracas,
1992
(2) Cfr. GARCIA,
Emilio. El trabajo Infantil en América
latina: otra vena abierta. UNICEF. Santa Fé
de Bogotá, 1994.
(3) Cfr. Viva
la Ciudadanía. Construcción de indicadores para
la evaluación social de los planes de desarrollo.
Santa Fé de Bogotá, 1997.
(4) Cfr. CEPAL La
situación social de América Latina.
Santiago de Chile, 1996
(5) Cfr. DNP. Tendencias
recientes y situación socio-demográfica de la
población colom biana. Santa Fé de Bogotá,
1995.
(6) Cfr. ARANGO,
Oscar. Sociología del desempleo y del
subempleo: un estudio en el Eje Cafetero.
Universidad Tecnológica de Pereira, 1998.
(7) Cfr. Corpes.
El occidente colombiano, la región del futuro.
Pereira, 1998
(8) Cfr. Conclusiones
de la Cumbre social contra la pobreza, por la
equidad y por la paz. En: Caja de
Herramientas. Septiembre, 1998
(9) Debe
recordarse que Armenia no está incluida en la
muestra nacional de las encuestas de hogares.
(10) OIT. Op.
cit. p. 21
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