Expedición al País del Viento

Rigoberto Gil Montoya

Cuando el hecho poético deviene mecanismo revelador de un estado mental, más allá de la enajenación o del sino personal, y procura ahondar en las condiciones del paisaje y sus formas, como extensión de la memoria humana, y persigue la recreación de un mundo mediante la imagen onírica, estamos frente a la palabra de un poeta que se sabe multitud, al decir de Whitman. El País del Viento, del poeta tolimense William Ospina, es en realidad un libro que construye, desde la sensibilidad individual, imágenes sugestivas de la geografía americana, portadoras de símbolos que trazan lo colectivo y arrojan luces sobre momentos importantes de una historia que se teje y desteje en la perplejidad de sus protagonistas. Ospina inicia un viaje por el País del viento, afín a su tránsito y a sus preocupaciones estéticas, las mismas que ha defendido en profundos ensayos sobre temas poéticos, literarios y culturales. Pretendemos hacer un recorrido por este país hondo y a veces tan extraño, de la mano del poeta Ospina, para desvelar un poco el componente histórico y estético que promueve su búsqueda expresiva.

 

Inquieto por entender y asimilar el mundo, el poeta convoca su palabra. De las múltiples variaciones del poema, escogerá quizá aquella que dé cuenta, primero, de su mundo interior, y luego, del universo de fuera que lo contiene y determina. La fusión de ambos sentires probará a lo sumo que el poeta se sabe iluminado, voz que entona y aglutina. Desde esta perspectiva, dual en apariencia, existirá el poeta que indique a lo largo de la palabra sólo la urgencia de su mundo interior, y en este rumbo, su canto abarcará la circunstancia, el sino individual. De esta raíz surgirá el poema personal, lleno de momentos y casualidades, de encuentros y revelaciones secretas, el poema con sello dactilar, el mismo que habla del hombre y su circunstancia, avizorada de otro modo por Ortega y Gasset a sus veintisiete años en Meditaciones del Quijote, primer libro suyo, cuando describe la actitud del hombre contemporáneo, opuesta a la de la última mitad del siglo XIX, cuando el despertar político de la humanidad relegó al ser individual. De modo que el siglo XX sería el retorno a ser héroes individuales, porque todos, dice Ortega, en algún momento de su vida lo han sido: «Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo»(1).

La tonalidad del poema estará enmarcada por la intimidad. Es el poeta y su mundo, ese otro que también lo habita, parafraseando al poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo. Es él y ciertas motivaciones personales que lo hacen sensible, único en su propia contradicción, y su dolor, a través de la palabra, pretenderá buscar la solidaridad o el guiño cómplice del otro, ese lector sin rostro, portador sin más de cicatrices. A la segunda forma pertenecerá el demiurgo que se asume multitud: a lo mejor entiende que el poeta es un pequeño dios, con la tarea de desvelar, de acercarse al misterio de la vida en la magnitud de su forma: «Desde temprano -escribe William Ospina-, Hölderlin sintió que la poesía tenía, no que darnos tal vez una respuesta, sino que abrirnos un camino» (2). Irá entonces por el mundo como una voz casi incorpórea, como un Aleph donde convergen los motivos del universo. Su tonalidad dejará de ser instrospectiva para idear una voz arrojada al afuera que lo reclama, porque lo sabe parte, porción minúscula, y en esa entrega -lo entiende y por ello celebra su lenguaje- se justifica la existencia: «Mi lengua, cada átomo de mi sangre, hechos con esta tierra, con este aire...», declara el poeta Whitman(3). Tras este crisol el mundo sería una suerte de catarata de imágenes que indican su propio signo y la poesía un instrumento revelador. La relación con este fluir de imágenes lo acercará a la gravidez onírica y estimulará su voz para que registre o por lo menos señale la certeza o la perplejidad, la soledad o el engaño, la búsqueda o el caos. De esta segunda forma, acaso por herencia de un mundo occidental que conoció las voces de los románticos alemanes y en América, el canto natural de Walt Whitman, el viejo de dientes sudados, o acaso porque este continente, caro a la voz épica de Pablo Neruda y al angustiado devenir de Vallejo, emana la voz del poeta William Ospina en El País del Viento, como condensación de voz iluminada que trasiega por los espacios de una geografía apenas en reconocimiento, cada vez más compleja y si se quiere más impenetrable, por los mismos arcanos que la han ocultado desde tiempos remotos, por los mismos símbolos que incluso se declaran sobre la dermis de la piedra, signo ancestral de la cultura aborigen, del totem que todo lo puede: «Todo de piedra ya, forma magnífica/Que se negó a ser polvo»(4). La voz de William Ospina, como él mismo lo sugiere, deriva de las enseñanzas y lecturas de su maestro Estanislao Zuleta, para quien la poesía es algo sagrado. La palabra del poema no puede ser falsa y debe nacer, ante todo, de la experiencia que declara la verdad, como la música. Así lo entendió desde temprano y así se acercó a la obra de Hölderlin. De él recuerda un poema en particular -traducido por Zuleta- , cuyo contenido puede servir en estas páginas de prolegómeno al estilo, a la forma y contenido de la propuesta poética del colombiano William Ospina:

Y abiertamente

Consagraré mi corazón a la tierra

Grave y doliente;

Y con frecuencia, en la noche sagrada,

Le prometí que la amaría fielmente,

Hasta la muerte,

Sin temor,

Con toda su pesada carga de fatalidad,

Y que no despreciaría ninguno de sus enigmas.

Y así me ligué a ella, con un lazo mortal.(5)

El País del Viento señala el resultado de un diario de viaje. La geografía americana comenzó a existir en el imaginario de la cultura occidental cuando los europeos, con la pluma de clérigos e historiadores aficionados o simples viajeros quisieron brindar a la posteridad visiones no exentas de enajenación y disparate frente a un universo que supusieron, desde su génesis, antesala en muchos casos del infierno salpicado de paraiso, esto es, cierta mezcla abominable, corolario del temor a la soledad y al destierro, al saberse invasores y extranjeros al interior de cierto ámbito mítico -ajeno a sus costumbres monoteistas-, coronado de dioses y sacrificios, que los acercaba al delirio, a lo incomprensible: ¿cómo no sucumbir a las fiebres y más tarde a la muerte por la simple picadura de un mosquito?¿Cómo determinar el norte en la espesura de la selva y el conteo inevitable de sus días? ¿Algún signo para atravesar ríos interminables y caudalosos sin perecer eufórico tras el eco enrevesado de los manglares? ¿Cómo limpiar la lanza de tantos cuerpos heridos, sin derramar una gota de culpa, sin apreciar en el rostro del torturado la mueca de la barbarie? No existían incluso palabras suficientes para nombrar aquella realidad avasalladora: no las encontró el bueno de Bartolomé de las Casas cuando observa impávido los días de mercado en la Laguna de Anáhuac. No las encuentra el conquistador Cortés al observar la belleza de una ciudad hecha de agua y canaletes, de grandes pirámides y extraños solares convertidos en zoológicos para exhibir contrahechos. Sólo hay palabras para expresar el mundo de la hipérbole, para declarar tal vez otra de las tantas fundaciones absurdas sobre tierras de embrujo, en nombre de la cruz y la espada:

La tierra firme, que está de esta isla por lo más cercano docientas e cincuenta leguas, pocas más, tiene de costa de mar más de diez mil leguas descubiertas, e cada día se descubren más, todas llenas como una colmena de gentes en lo que hasta el año de cuarenta e uno se ha descubierto, que parece que puso Dios en aquellas tierras todo el golpe o la mayor cantidad de todo el linaje humano. (6)

 

William Ospina, el poeta, reclama para sí mismo estas palabras y exalta a su manera la geografía que determinó la forma de sus huesos, el viento que lo hizo hombre. No en vano exalta en sus diálogos la figura de Juan de Castellanos, quizá el escritor menos comprendido de su época, por querer referenciar el universo de las Indias utilizando el lenguaje derivado de estas tierras. Se lo condenó al olvido por utilizar palabras americanas: hamaca, canoa, plátano, huracán, tabaco, guanábana. No se tuvo muy en cuenta su relación de hechos por estar viciado su lenguaje del lenguaje aborigen. Allí quizá exista el germen de la identidad americana, siempre tan escurridiza, sobre todo por el peso del olvido o la desmemoria. William Ospina emprende de nuevo la expedición por el lugar de los ríos, de los bisontes, del sol y la luna y los estanques, acompañado siempre por el asombro. Nunca se fatiga de cantar el paisaje. Entiende al hombre como parte del universo y le teme, no obstante su relación con los elementos de la naturaleza como para hacerlo más humano y acaso merecedor de la vida que se advierte enigmática:

A ti, dentro de siglos, sólo puedo decirte que nada nos fue dado distinto,/Podrás reconocerte en el arbusto y río, en el giro mareado de la abeja(7).

 

En este sentido se acerca al asombro del Barón Von Humboldt, ese viajero incansable que observó el territorio americano con ojos atentos y respetuosos, queriendo determinar el origen de las cosas, estableciendo relaciones, dejándose llevar por esa naturaleza que embriagó hasta la locura al viejo Walt Whitman, registrando en su diario la perplejidad siempre viva de hallarse en medio de un continente atrapado por el mito y ciertas corrientes cercanas a la magia. El poeta, encarnando el sentir del sabio alemán, el mismo que contrajera una afección reumática por dormir en un lecho de hojas húmedas en las riberas del Orinoco, se despoja de toda grandeza y se arroga la facultad de contemplar esta «tierra prometida», lugar que jamás el humanista y botánico Humboldt podría olvidar, ni siquiera en sus últimos días, cuando escribe:

Quiero salir de Europa y vivir bajo los trópicos, en la América española, en un lugar donde he dejado algún recuerdo y en donde las instituciones se armonizan con mis anhelos (8).

 

Con humildad y luego de examinar y respirar las plantas de follaje rojo, el cielo dorado de preguntas, la región de los buscadores insomnes, los bosques centenarios habitados por un dios, levanta una plegaria -si se atiende a lo dicho por William Ospina-, para que no se le olvide nunca su condición de discreto aprendiz de la tierra, «anciano milenario»:

Aquí toda verdad proyecta largas sombras,

Toda revelación mutiplica el misterio

Y toda desnudez es encubrimiento.

Nada me falta, nada pido, este es el asombroso mundo que quiero.(9)

 

El viajero que recorre El País del Viento está lejos de encarnar a ese otro viajero que es Maqroll, a su paso por el río Xurandó, quizá porque éste no se detiene a examinar el entorno; su viaje es más hacia la interioridad, en la búsqueda permanente de una respuesta a la condición del hombre considerada absurda de antemano. Su vacío procura llenarlo con la movibilidad y el querer ser en otra parte sin nombre; más bien determina su errancia como un fin en sí mismo. En el fondo, el país de Maqroll es puerto: entrada y salida. Por el contrario, la voz que anima el poeta Ospina, -hijo de Padua, aldea escondida en algún paraje del Tolima, a la vera del camino hacia La Dorada-, viaja sin prisa, a la busca de raíces y señas de identidad. De ahí que se detenga a contemplar y que sus visiones sean producto del mirar sereno, porque observa el mundo «con ojos de pez, con ojos sin párpados»(10), lo que le facilita establecer relaciones, encontrar en el fondo de los hechos y del paisaje la razón de este lado del mundo. Por ello la atención y el sentido íntimo del monólogo que ofrece en voces tan disímiles: asesinos, científicos, sacerdotes, mujeres viejas, extraviados y condenados, historiadores que cuentan su historia, todos ellos volviendo a la tierra, como queriendo asirla, correspondiendo de otro modo a la generosidad del mundo. Cada visión es metáfora de vida, porque esas voces, resonancias de seres históricos, cuyas huellas hoy se siguen recogiendo en las páginas escritas por otros hombres, se saben hijos de ese orden cósmico que ellos de algún modo han asumido o querido subvertir: «Yo vine a la conquista de la selva y la selva me ha conquistado»(11), confiesa desde el principio de su delirio el temido Lope de Aguirre. El propósito parece claro: observar la historia desde todos los ángulos, pero no la historia individual de los hombres, porque ello implicaría la clasificación, darle a cada quien el adjetivo y el lugar que ocupan en la memoria humana y endilgarle circunstancias. En este caso son los hombres, despojados de su cuerpo, frente a la contemplación del mundo, fin último de sus visiones simbólicas, ateridas a la circunstancia de saberse vivos, porción mínima del cosmos, en procura de acercarse a él a través de la palabra. Aquí no se trata de ajustar cuentas con la historia, ni determinar cuáles son los culpables o los más castos. Porque el poeta entiende que la historia es una y múltiple, producto a lo sumo de contradicciones y hechos cercanos a la barbarie, sobre todo cuando los hombres buscan su mayoría de edad. Sólo el paisaje, la naturaleza, pareciera reunirlos a todos en el propósito de cantar el milagro de habitar una tierra prometida. Y tras este propósito se revela en Los ojos de Rodrigo Triana, al conquistador alucinado, demasiado humano como para no comprender sus actos de salvajismo, bastante vulnerable y niño, con todo y sus miedos frente al mar de tinieblas, al recuerdo de su padre, al signo indescifrable de esos pájaros que no abandonan su barco, a sus propios abismos habitados de soledad y angustia:

Eres un cuerpo humano, pequeño y frágil meciéndose en lo alto del mástil.

[...]

Esos ojos, tú no lo sabes, existieron para este día, para esta hora,

Para esta vasta y vacía soledad penumbrosa,

Y tienes el deber de ser el hombre más solo de la tierra,

El más solo y distante,

El ápice ignorante de la lanza del tiempo... (12),

Puesto que era difícil nombrar esta realidad, más fácil resultaba excluirla. He aquí que el rumor no cesa. Cada porción de continente parece tener espacio y nombre en la poesía de William Ospina.

 

Poblado de voces, El País del Viento deja escuchar por entre parajes y encrucijadas un rumor incesante que mueve a dar textura a las visiones de este mundo contemporáneo, desde las tierras americanas aún frescas en el inventario de occidente, con sus lunas y sus peces, con su embrujo pagano y su silencio inscrito en el reino de la piedra, mucho tiempo después de aquellas primeras conquistas llenas de horror y sangre, cuando los mares arrastraron hasta las costas tropicales embarcaciones atestadas de seres perplejos, cuyo temor los obligó a ser duros con el hombre de las Indias. Fueron los tiempos para los más audaces, dueños de empresas delirantes. Se dejaban ver sobre las aguas marinas embarcaciones comandadas por seres con anhelos de avistar las maravillas del otro lado del universo. Para el florentino Antonio Pigafetta, en su viaje por el mundo, la América meridional estaba poblada de híbridos que hablaban lenguas desconocidas y que veneraban a los viajeros como si hubieran descendido del cielo, enviados por los dioses. Puesto que era difícil nombrar esta realidad, más fácil resultaba excluirla. He aquí que el rumor no cesa. Cada porción de continente parece tener espacio y nombre en la poesía de William Ospina. Hace de la exclusión un contenido y de las voces de autores que también nombraron a su modo el mundo, una caja de resonancia, quizá porque entiende la poesía como un diálogo incesante, nutrido por la diferencia y el orden del mundo que ha puesto al poeta en el lugar que le corresponde. De aquí su visión determinada en mucho por otros rumbos: el de Walt Whitman, una suerte de romántico telúrico, con los pies entre el barro, bajo su tono bíblico, convocando el nacimiento de un espacio natural abundante en elementos. Y Ospina lo supo:

El espíritu nuevo que alienta en él tiene que ungir todo el orbe, nada debe quedar sin ser nombrado, excluido de la bendición de ese saludo renovador como una lluvia. Whitman va vertiendo una especie de agua inaugural sobre todas las cosas, dando a cada una su lugar en el nuevo universo(13)

 

El rumbo continúa por las tierras áridas del sur de los Estados Unidos, donde William Faulkner consigue hacer de los dramas particulares, dramas universales, pequeñas escenas que gritan la intrincada condición humana. El rumbo se bifurca en la llanura mejicana, conteniendo la soledad y desamparo de los campesinos creados por Juan Rulfo: seres aferrados a la tierra desértica con deseos sólo de vivir como si de esta forma se pagara el castigo de estar vivos, como si la muerte, al igual que en Comala, fuera un estado de ánimo para entablar los diálogos que no se sostuvieron en vida y así dar cuenta de la aridez del campo, donde no crecen ni las dulcamaras, unas plantitas tristes, que rasguñan la tierra para no dejarse amilanar por la persistencia del viento: «Pero debe saber que aunque los vivos sí/Los muertos nuncan olvidan», escribe Ospina, para confirmar más adelante que «La tierra es un inmenso cementerio que florece sin fin nubes y pájaros»(14). De allí a Macondo hay sólo un paso que motiva la esperanza; la vida fantástica de lo cotidiano permite el crecimiento de una aldea al borde de un río de aguas diáfanas y piedras prehistóricas. En una de sus calles crecerá un almendro que sabrá de la locura y muerte del coronel Aureliano Buendía: «No hay materia del árbol que no haya sido alguna vez humana»(15). De este largo caminar muy cerca de las huellas de tantos hombres que han utilizado el lenguaje para nombrar -entre ellos el Neruda de Canto general- sale fortalecida la palabra que contiene El País del Viento, con ese tono que insiste en fortalecer una mirada no excluyente, ambiciosa en imágenes, en atisbos y motivos históricos: «Ando en busca de antiguas destrucciones»(16). Esa misma búsqueda lo llevará hasta el valle de México, para comprobar que allí «...toda memoria se enardece y persiste»(17). Porque el objeto de su poesía como el de su maestro Whitman, es el de nombrar el mundo que determinó el tono de su lenguaje, la dimensión de su imagen poética. Desde el epígafre de Próspero, con el que se abre el libro, se porfía en la memoria y con este hilo, Ospina teje el sentido de su palabra y convida los símbolos que puedan hablar de un continente que por siglos cambió de forma y lugar en los mapas, conforme a la locura de cartógrafos y expedicionarios, como bien lo resaltara García Márquez en Estocolmo(18). De todos los símbolos que cruzan El País del Viento, el de la piedra es quizá el más persistente, a través del cual se recoge en buena medida la figura de este espacio bordeado por mares y zonas boscosas, bajo la custodia de hombres acostumbrados al dolor y a la soledad.

(...) Las culturas americanas descubrieron en la roca un elemento natural para expresar su fuerza y memoria: con ella edificaron cuevas, laberintos, palacios inmensos y templos de incalculables proporciones. (...)

La piedra se resuelve testigo del tiempo, a la espera quizá de ser elegida por la palabra misma que al decir su nombre consigue transformarla. Los habitantes de la Isla de Pascua fueron a reunirse hace siglos con sus dioses, pero dejaron para la historia las piedras que modelaron su pensamiento y reflejaron su compleja noción de mundo: «Una raza extraviada y solitaria labró esos desvelados seres de piedra»(19), afirma el poeta. Las culturas americanas descubrieron en la roca un elemento natural para expresar su fuerza y memoria: con ella edificaron cuevas, laberintos, palacios inmensos y templos de incalculables proporciones. Con ella edificaron ciudades espléndidas que enajenaron los ojos del conquistador. Con ella construyeron armas mortales y lugares sacros, apropiados para el sacrificio. Al pulirla, descubrieron formas humanas, animales y una especie de rumor antiguo alimentado por generaciones de otros tiempos. Sobre la cara de la piedra hoy se lee la historia de los Incas y los Aztecas, de los habitantes de la Isla de Pascua y San Agustín. Hay en esa piedra no sólo metáfora de tiempo y permanencia, piel herida por la historia del hombre, sino palabra viva, relato que convoca el rescate de los orígenes:

Entre la ciega roca

Y el trémolo extasiado de la salamandra

Tan sólo hay tiempo (20)

 

El poeta, a través de ese viaje si se quiere interior, se compenetra con la geografía americana: entonces es la vastedad del mar [«Tienes que comenzar por sentir el mar a tu alrededor»(21)], ruta de peligro y zozobra, camino de conquista y regreso. Pero también es el pez, acaso porque [Después de días en el mar, las canciones tienen forma de peces»(22)], este milagro de la naturaleza destaca por su belleza y sus formas cercanas al misterio y a lo frágil. Sin párpados el pez revela el ojo del poeta que no duerme por estar atento al movimiento de la existencia. Para el cantor la luna es un pez inmóvil, el viento espeso trae peces, mientras comprueba la existencia en América de lugares «Donde morían los peces la muerte tumultuosa del mar»(23) Hay olor, hay muchedumbre de pez. Pero también hay la tierra, lugar de pesadilla y sueño, donde habrán muerto tantos gritos de dolor e invocaciones a los dioses, donde la naturaleza, rica en sus formas, habrá estrangulado el honor de tanto Lope de Aguirre y Pablo Miraña, mientras las selvas, como en Yurupary, se iban llenando de melodías ancestrales guardadas con celo por el engendrado de la fruta:

Detrás del llano las amuralladas montañas

Y sobre las montañas hay un confín de tierra blanca

En cuyo aire se congelan los pájaros(24)

 

Pero de esta enumeración, gana por su fuerza el símbolo de la piedra. Es encontrar en ella el rostro que se ha extraviado tras la carrera emprendida por el hombre hacia el uso de la máquina. Recuérdese a Whitman, su preocupación está en el mundo que ve llegar: lleno de máquinas y nuevos objetos que impedirán al hombre congraciarse con lo primigenio de la existencia, con la naturaleza misma. «Todo está bien dispuesto para que los hijos del hombre avancen en su formidable aventura»(25), escribe William Ospina en su poema dedicado al «infatigable y cósmico hijo de Manhattan»(26). En cambio la piedra, pareciera insistir en ello el poeta, pulida por el tiempo, pule a su vez el rostro de este continente, permanece a veces en su sitio para dar fe del hombre y sus costumbres, a pesar de la intemperie, del viento y la lluvia bajo el conteo de los días:

Dormid, muertos de oro, derrochadas monedas,

Bajo piedras sin nombre, fragmentos del planeta,

La vida en verdes y alas será vuestro epita fio,

Dormid bajo el misterio, soñadores sin sueños,

Mientras ruedan los astros sobre los montes rojos

Y tiembla en nuestros labios lo que no comprendemos.(27)

 

De la piedra a la ciudad hay una eternidad de distancia. Las ciudades de piedra han quedado empotradas en la geografía americana como sitios obligados de peregrinación. Gracias a ello la maleza no las ha destruido por completo. La poesía de Ospina alude sobre todo a la ciudad de piedra, no a la otra que ha determinado al mundo contemporáneo. Ya la ciudad es pulsora de otros sentimientos, es lo profano convertido en calles y cables eléctricos y luces artificiales y ruidos permanentes. Es es el porvenir, pareciera sentenciar el poeta, y si así lo fuere, ese porvenir no le interesa, no motiva en este caso su palabra, porque se sabe hijo de los románticos y del romántico que engendró en Whitman:

Qué tristes las ciudades llenas de tristes rostros/Porque el único rostro fue al destierro(28).

 

He aquí también la queja de los viejos frente a la ciudad que los ignora, que no se percata de lo que ellos hicieron, es decir, entienden que sus años habitan ya la ciudad sin memoria, donde no hay vínculo con la naturaleza, donde el cemento y las moles y las máquinas hablan un lenguaje ajeno por entero al sentido religioso que convoca aún a dioses y presencias de otros ámbitos:

Ibamos y veníamos por las azarosas repúblicas,

Atrás quedaba un esplendor en ruinas, un perdido paraíso

de hierbas tiernas e inminentes milagros,

El país de la infancia,

Y sin cesar cambiábamos de hogar, de horizontes, de amigos.(29)

 

El país del viento no es poesía casual ni de circunstancias ni de ciertos momentos. En ella no resalta la personalidad del poeta. Se desconoce de él todo acto biográfico porque ante todo es un canto, un himno natural, despojado de huellas personales, salvo de los ecos poéticos que concita. La impronta quizá se encuentre implícita en las voces de Lucila Godoy y los cronistas de Indias, en los poetas norteamericanos y en los ritos de algún jefe sioux, en las extraviadas rutas de un mongol o en la actitud de los Románticos, no en sus temas, como dejara escrito en su libro Es tarde para el hombre(30). Es una poesía que ilumina visiones, casi al borde de la alucinación, como condicionado por un brebaje que no altera su lucidez.Y en este sentido la invención poética es totalizadora; de ahí su viaje por un país que es el mundo de sus señas de identidad, como una forma de asumir su propio riesgo, su propia visión de mundo:

El universo sacralizado en que vivimos hoy, el que nos describe el periodismo, el que nos vende la publicidad, el que nos ofrece el turismo; ese universo explorado por la ciencia, manipulado por la técnica, transformado por la industria, se va cambiando gradualmente en un reino de escombros donde sobra toda religión, donde sobra toda filosofía, donde sobra toda poesía; un mundo vertiginoso y evanescente donde todo es desechable, incluido los seres humanos, donde los innumerables significados posibles de toda cosa se reducen a un único significado: su utilidad (31)

 

El libro precisa al final una visión externa, la del astronauta que desciende y habla de la infancia presentida en el polvo de los cráteres lunares. Quizá aquí es donde más se siente la voz humana, hecha de recuerdos, de perturbaciones, de soledades, quizá porque lo invade un agotamiento por el continuo viaje y acaso más reposado, acaso menos habitado de visiones, el poeta se mira un poco a sí mismo. Tanto él como la geografía que nombró han cambiado de manera irremediable. El viaje ha concluido en un inútil ocaso, lo confiesa, porque sabe que a todo le sobreviene la muerte. Su última visión, sin que la exprese, será el fin de un continente devastado ante la nueva ecología de estos tiempos. Tal vez quede la palabra, hija del árbol, que ramificará en otro lugar y con otros hombres, acaso otra noción de vida, de vuelta a lo sagrado, al olor del barro.

NOTAS

(1) ORTEGA Y GASSET, José. Las meditaciones del Quijote. Aguilar, México, 1976. p. 50.

(2) OSPINA, William. Esos extraños prófugos de occidente.Norma, Santafé de Bogotá,1994. p. 124.

(3) WHITMAN,Walt. Hojas de hierba (traducción de Jorge Luis Borges). Lumen, Barcelona, 1972. p. 31.

(4) OSPINA, William. El país del viento. Colcultura, Santa fé de Bogotá, 1992. p.49. Este libro le mereció al poeta nacido en Padua (Tolima), el Premio Nacional de Literatura, auspiciado por Colcultura en 1992.

(5) En: Esos extraños prófugos de occidente. Op. cit., p. 125.

(6) DE LAS CASAS, Bartolomé. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Sarpe, Barcelona, 1985, p. 37.

(7) OSPINA, William. Op. cit., p. 47.

(8) RODRIGUEZ, Eguía Carlos. Alexander Von Humboldt (El investigador que enseñó a Europa la naturaleza americana). En: Forjadores del Mundo Contemporáneo. Tomo I. Planeta, Barcelona, 1969. p. 240.

(9) OSPINA, William. Op. cit., p. 37.

(10) Op. cit., p. 22.

(11) Op. cit., p. 28.

(12) Op. cit., p. 25-27.

(13) OSPINA,William. Esos extraños prófugos de occidente. Op. cit., p. 52.

(14) El país del viento. Op. cit., p. 44 - 52.

(15) Op. cit., p. 52.

(16) Op. cit., p. 23.

(17) Op. cit., p. 53.

(18) GARCIA, Márquez Gabriel. La soledad de América Latina. Corporación Editorial Universitaria de Colombia, Cali, 1983. p. 3-12.

(19) El país del viento. Op. cit., p. 21.

(20) Op. cit., p. 49.

(21) Op. cit., p. 25.

(22) Op. cit., p. 18.

(23) Op. cit., p. 42.

(24) Op. cit., p. 17.

(25) Op. cit., p. 46.

(26) Esos extraños prófugos de occidente. Op. cit., p.49.

(27) El país del viento. Op. cit., p. 58.

(28) Op. cit., 56.

(29) Op. cit., p. 59.

(30) OSPINA,William. Es tarde para el hombre. Norma, Santafé de Bogotá, 1994. p. 30.

(31) Op. cit., p. 15.


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