Expedición
al País del VientoRigoberto Gil Montoya
Cuando el
hecho poético deviene mecanismo revelador de
un estado mental, más allá de la
enajenación o del sino personal, y procura
ahondar en las condiciones del paisaje y sus
formas, como extensión de la memoria humana,
y persigue la recreación de un mundo
mediante la imagen onírica, estamos frente a
la palabra de un poeta que se sabe multitud,
al decir de Whitman. El País del Viento, del
poeta tolimense William Ospina, es en
realidad un libro que construye, desde la
sensibilidad individual, imágenes sugestivas
de la geografía americana, portadoras de
símbolos que trazan lo colectivo y arrojan
luces sobre momentos importantes de una
historia que se teje y desteje en la
perplejidad de sus protagonistas. Ospina
inicia un viaje por el País del viento,
afín a su tránsito y a sus preocupaciones
estéticas, las mismas que ha defendido en
profundos ensayos sobre temas poéticos,
literarios y culturales. Pretendemos hacer un
recorrido por este país hondo y a veces tan
extraño, de la mano del poeta Ospina, para
desvelar un poco el componente histórico y
estético que promueve su búsqueda
expresiva.
Inquieto por
entender y asimilar el mundo, el poeta
convoca su palabra. De las múltiples
variaciones del poema, escogerá quizá
aquella que dé cuenta, primero, de su mundo
interior, y luego, del universo de fuera que
lo contiene y determina. La fusión de ambos
sentires probará a lo sumo que el poeta se
sabe iluminado, voz que entona y aglutina.
Desde esta perspectiva, dual en apariencia,
existirá el poeta que indique a lo largo de
la palabra sólo la urgencia de su mundo
interior, y en este rumbo, su canto abarcará
la circunstancia, el sino individual. De esta
raíz surgirá el poema personal, lleno de
momentos y casualidades, de encuentros y
revelaciones secretas, el poema con sello
dactilar, el mismo que habla del hombre y su
circunstancia, avizorada de otro modo por
Ortega y Gasset a sus veintisiete años en
Meditaciones del Quijote, primer libro suyo,
cuando describe la actitud del hombre
contemporáneo, opuesta a la de la última
mitad del siglo XIX, cuando el despertar
político de la humanidad relegó al ser
individual. De modo que el siglo XX sería el
retorno a ser héroes individuales, porque
todos, dice Ortega, en algún momento de su
vida lo han sido: «Yo soy yo y mi
circunstancia y si no la salvo a ella no me
salvo yo»(1).
La tonalidad del
poema estará enmarcada por la intimidad. Es el
poeta y su mundo, ese otro que también lo
habita, parafraseando al poeta colombiano Darío
Jaramillo Agudelo. Es él y ciertas motivaciones
personales que lo hacen sensible, único en su
propia contradicción, y su dolor, a través de
la palabra, pretenderá buscar la solidaridad o
el guiño cómplice del otro, ese lector sin
rostro, portador sin más de cicatrices. A la
segunda forma pertenecerá el demiurgo que se
asume multitud: a lo mejor entiende que el poeta
es un pequeño dios, con la tarea de desvelar, de
acercarse al misterio de la vida en la magnitud
de su forma: «Desde temprano -escribe William
Ospina-, Hölderlin sintió que la poesía
tenía, no que darnos tal vez una respuesta, sino
que abrirnos un camino» (2). Irá entonces por el mundo como
una voz casi incorpórea, como un Aleph donde
convergen los motivos del universo. Su tonalidad
dejará de ser instrospectiva para idear una voz
arrojada al afuera que lo reclama, porque lo sabe
parte, porción minúscula, y en esa entrega -lo
entiende y por ello celebra su lenguaje- se
justifica la existencia: «Mi lengua, cada átomo
de mi sangre, hechos con esta tierra, con este
aire...», declara el poeta Whitman(3). Tras este crisol el mundo sería
una suerte de catarata de imágenes que indican
su propio signo y la poesía un instrumento
revelador. La relación con este fluir de
imágenes lo acercará a la gravidez onírica y
estimulará su voz para que registre o por lo
menos señale la certeza o la perplejidad, la
soledad o el engaño, la búsqueda o el caos. De
esta segunda forma, acaso por herencia de un
mundo occidental que conoció las voces de los
románticos alemanes y en América, el canto
natural de Walt Whitman, el viejo de dientes
sudados, o acaso porque este continente, caro a
la voz épica de Pablo Neruda y al angustiado
devenir de Vallejo, emana la voz del poeta
William Ospina en El País del Viento, como
condensación de voz iluminada que trasiega por
los espacios de una geografía apenas en
reconocimiento, cada vez más compleja y si se
quiere más impenetrable, por los mismos arcanos
que la han ocultado desde tiempos remotos, por
los mismos símbolos que incluso se declaran
sobre la dermis de la piedra, signo ancestral de
la cultura aborigen, del totem que todo lo puede:
«Todo de piedra ya, forma magnífica/Que se
negó a ser polvo»(4). La voz de William Ospina, como
él mismo lo sugiere, deriva de las enseñanzas y
lecturas de su maestro Estanislao Zuleta, para
quien la poesía es algo sagrado. La palabra del
poema no puede ser falsa y debe nacer, ante todo,
de la experiencia que declara la verdad, como la
música. Así lo entendió desde temprano y así
se acercó a la obra de Hölderlin. De él
recuerda un poema en particular -traducido por
Zuleta- , cuyo contenido puede servir en estas
páginas de prolegómeno al estilo, a la forma y
contenido de la propuesta poética del colombiano
William Ospina:
Y
abiertamente
Consagraré
mi corazón a la tierra
Grave y
doliente;
Y con
frecuencia, en la noche sagrada,
Le prometí
que la amaría fielmente,
Hasta la
muerte,
Sin temor,
Con toda su
pesada carga de fatalidad,
Y que no
despreciaría ninguno de sus enigmas.
Y así me
ligué a ella, con un lazo mortal.(5)
El País del
Viento señala el resultado de un diario de
viaje. La geografía americana comenzó a existir
en el imaginario de la cultura occidental cuando
los europeos, con la pluma de clérigos e
historiadores aficionados o simples viajeros
quisieron brindar a la posteridad visiones no
exentas de enajenación y disparate frente a un
universo que supusieron, desde su génesis,
antesala en muchos casos del infierno salpicado
de paraiso, esto es, cierta mezcla abominable,
corolario del temor a la soledad y al destierro,
al saberse invasores y extranjeros al interior de
cierto ámbito mítico -ajeno a sus costumbres
monoteistas-, coronado de dioses y sacrificios,
que los acercaba al delirio, a lo incomprensible:
¿cómo no sucumbir a las fiebres y más tarde a
la muerte por la simple picadura de un
mosquito?¿Cómo determinar el norte en la
espesura de la selva y el conteo inevitable de
sus días? ¿Algún signo para atravesar ríos
interminables y caudalosos sin perecer eufórico
tras el eco enrevesado de los manglares? ¿Cómo
limpiar la lanza de tantos cuerpos heridos, sin
derramar una gota de culpa, sin apreciar en el
rostro del torturado la mueca de la barbarie? No
existían incluso palabras suficientes para
nombrar aquella realidad avasalladora: no las
encontró el bueno de Bartolomé de las Casas
cuando observa impávido los días de mercado en
la Laguna de Anáhuac. No las encuentra el
conquistador Cortés al observar la belleza de
una ciudad hecha de agua y canaletes, de grandes
pirámides y extraños solares convertidos en
zoológicos para exhibir contrahechos. Sólo hay
palabras para expresar el mundo de la hipérbole,
para declarar tal vez otra de las tantas
fundaciones absurdas sobre tierras de embrujo, en
nombre de la cruz y la espada:
La tierra
firme, que está de esta isla por lo más
cercano docientas e cincuenta leguas, pocas
más, tiene de costa de mar más de diez mil
leguas descubiertas, e cada día se descubren
más, todas llenas como una colmena de gentes
en lo que hasta el año de cuarenta e uno se
ha descubierto, que parece que puso Dios en
aquellas tierras todo el golpe o la mayor
cantidad de todo el linaje humano. (6)
William Ospina,
el poeta, reclama para sí mismo estas palabras y
exalta a su manera la geografía que determinó
la forma de sus huesos, el viento que lo hizo
hombre. No en vano exalta en sus diálogos la
figura de Juan de Castellanos, quizá el escritor
menos comprendido de su época, por querer
referenciar el universo de las Indias utilizando
el lenguaje derivado de estas tierras. Se lo
condenó al olvido por utilizar palabras
americanas: hamaca, canoa, plátano, huracán,
tabaco, guanábana. No se tuvo muy en cuenta su
relación de hechos por estar viciado su lenguaje
del lenguaje aborigen. Allí quizá exista el
germen de la identidad americana, siempre tan
escurridiza, sobre todo por el peso del olvido o
la desmemoria. William Ospina emprende de nuevo
la expedición por el lugar de los ríos, de los
bisontes, del sol y la luna y los estanques,
acompañado siempre por el asombro. Nunca se
fatiga de cantar el paisaje. Entiende al hombre
como parte del universo y le teme, no obstante su
relación con los elementos de la naturaleza como
para hacerlo más humano y acaso merecedor de la
vida que se advierte enigmática:
A ti, dentro
de siglos, sólo puedo decirte que nada nos
fue dado distinto,/Podrás reconocerte en el
arbusto y río, en el giro mareado de la
abeja(7).
En este sentido
se acerca al asombro del Barón Von Humboldt, ese
viajero incansable que observó el territorio
americano con ojos atentos y respetuosos,
queriendo determinar el origen de las cosas,
estableciendo relaciones, dejándose llevar por
esa naturaleza que embriagó hasta la locura al
viejo Walt Whitman, registrando en su diario la
perplejidad siempre viva de hallarse en medio de
un continente atrapado por el mito y ciertas
corrientes cercanas a la magia. El poeta,
encarnando el sentir del sabio alemán, el mismo
que contrajera una afección reumática por
dormir en un lecho de hojas húmedas en las
riberas del Orinoco, se despoja de toda grandeza
y se arroga la facultad de contemplar esta
«tierra prometida», lugar que jamás el
humanista y botánico Humboldt podría olvidar,
ni siquiera en sus últimos días, cuando
escribe:
Quiero salir
de Europa y vivir bajo los trópicos, en la
América española, en un lugar donde he
dejado algún recuerdo y en donde las
instituciones se armonizan con mis anhelos
(8).
Con humildad y
luego de examinar y respirar las plantas de
follaje rojo, el cielo dorado de preguntas, la
región de los buscadores insomnes, los bosques
centenarios habitados por un dios, levanta una
plegaria -si se atiende a lo dicho por William
Ospina-, para que no se le olvide nunca su
condición de discreto aprendiz de la tierra,
«anciano milenario»:
Aquí toda
verdad proyecta largas sombras,
Toda
revelación mutiplica el misterio
Y toda
desnudez es encubrimiento.
Nada me
falta, nada pido, este es el asombroso mundo
que quiero.(9)
El viajero que
recorre El País del Viento está lejos de
encarnar a ese otro viajero que es Maqroll, a su
paso por el río Xurandó, quizá porque éste no
se detiene a examinar el entorno; su viaje es
más hacia la interioridad, en la búsqueda
permanente de una respuesta a la condición del
hombre considerada absurda de antemano. Su vacío
procura llenarlo con la movibilidad y el querer
ser en otra parte sin nombre; más bien determina
su errancia como un fin en sí mismo. En el
fondo, el país de Maqroll es puerto: entrada y
salida. Por el contrario, la voz que anima el
poeta Ospina, -hijo de Padua, aldea escondida en
algún paraje del Tolima, a la vera del camino
hacia La Dorada-, viaja sin prisa, a la busca de
raíces y señas de identidad. De ahí que se
detenga a contemplar y que sus visiones sean
producto del mirar sereno, porque observa el
mundo «con ojos de pez, con ojos sin párpados»(10), lo que le facilita establecer
relaciones, encontrar en el fondo de los hechos y
del paisaje la razón de este lado del mundo. Por
ello la atención y el sentido íntimo del
monólogo que ofrece en voces tan disímiles:
asesinos, científicos, sacerdotes, mujeres
viejas, extraviados y condenados, historiadores
que cuentan su historia, todos ellos volviendo a
la tierra, como queriendo asirla, correspondiendo
de otro modo a la generosidad del mundo. Cada
visión es metáfora de vida, porque esas voces,
resonancias de seres históricos, cuyas huellas
hoy se siguen recogiendo en las páginas escritas
por otros hombres, se saben hijos de ese orden
cósmico que ellos de algún modo han asumido o
querido subvertir: «Yo vine a la conquista de la
selva y la selva me ha conquistado»(11), confiesa desde el principio de
su delirio el temido Lope de Aguirre. El
propósito parece claro: observar la historia
desde todos los ángulos, pero no la historia
individual de los hombres, porque ello
implicaría la clasificación, darle a cada quien
el adjetivo y el lugar que ocupan en la memoria
humana y endilgarle circunstancias. En este caso
son los hombres, despojados de su cuerpo, frente
a la contemplación del mundo, fin último de sus
visiones simbólicas, ateridas a la circunstancia
de saberse vivos, porción mínima del cosmos, en
procura de acercarse a él a través de la
palabra. Aquí no se trata de ajustar cuentas con
la historia, ni determinar cuáles son los
culpables o los más castos. Porque el poeta
entiende que la historia es una y múltiple,
producto a lo sumo de contradicciones y hechos
cercanos a la barbarie, sobre todo cuando los
hombres buscan su mayoría de edad. Sólo el
paisaje, la naturaleza, pareciera reunirlos a
todos en el propósito de cantar el milagro de
habitar una tierra prometida. Y tras este
propósito se revela en Los ojos de Rodrigo
Triana, al conquistador alucinado, demasiado
humano como para no comprender sus actos de
salvajismo, bastante vulnerable y niño, con todo
y sus miedos frente al mar de tinieblas, al
recuerdo de su padre, al signo indescifrable de
esos pájaros que no abandonan su barco, a sus
propios abismos habitados de soledad y angustia:
Eres un
cuerpo humano, pequeño y frágil meciéndose
en lo alto del mástil.
[...]
Esos ojos,
tú no lo sabes, existieron para este día,
para esta hora,
Para esta
vasta y vacía soledad penumbrosa,
Y tienes el
deber de ser el hombre más solo de la
tierra,
El más solo
y distante,
El ápice
ignorante de la lanza del tiempo... (12),
Puesto
que era difícil nombrar esta realidad, más
fácil resultaba excluirla. He aquí que el
rumor no cesa. Cada porción de continente
parece tener espacio y nombre en la poesía
de William Ospina.
Poblado de
voces, El País del Viento deja escuchar por
entre parajes y encrucijadas un rumor incesante
que mueve a dar textura a las visiones de este
mundo contemporáneo, desde las tierras
americanas aún frescas en el inventario de
occidente, con sus lunas y sus peces, con su
embrujo pagano y su silencio inscrito en el reino
de la piedra, mucho tiempo después de aquellas
primeras conquistas llenas de horror y sangre,
cuando los mares arrastraron hasta las costas
tropicales embarcaciones atestadas de seres
perplejos, cuyo temor los obligó a ser duros con
el hombre de las Indias. Fueron los tiempos para
los más audaces, dueños de empresas delirantes.
Se dejaban ver sobre las aguas marinas
embarcaciones comandadas por seres con anhelos de
avistar las maravillas del otro lado del
universo. Para el florentino Antonio Pigafetta,
en su viaje por el mundo, la América meridional
estaba poblada de híbridos que hablaban lenguas
desconocidas y que veneraban a los viajeros como
si hubieran descendido del cielo, enviados por
los dioses. Puesto que era difícil nombrar esta
realidad, más fácil resultaba excluirla. He
aquí que el rumor no cesa. Cada porción de
continente parece tener espacio y nombre en la
poesía de William Ospina. Hace de la exclusión
un contenido y de las voces de autores que
también nombraron a su modo el mundo, una caja
de resonancia, quizá porque entiende la poesía
como un diálogo incesante, nutrido por la
diferencia y el orden del mundo que ha puesto al
poeta en el lugar que le corresponde. De aquí su
visión determinada en mucho por otros rumbos: el
de Walt Whitman, una suerte de romántico
telúrico, con los pies entre el barro, bajo su
tono bíblico, convocando el nacimiento de un
espacio natural abundante en elementos. Y Ospina
lo supo:
El espíritu
nuevo que alienta en él tiene que ungir todo
el orbe, nada debe quedar sin ser nombrado,
excluido de la bendición de ese saludo
renovador como una lluvia. Whitman va
vertiendo una especie de agua inaugural sobre
todas las cosas, dando a cada una su lugar en
el nuevo universo(13)
El rumbo
continúa por las tierras áridas del sur de los
Estados Unidos, donde William Faulkner consigue
hacer de los dramas particulares, dramas
universales, pequeñas escenas que gritan la
intrincada condición humana. El rumbo se bifurca
en la llanura mejicana, conteniendo la soledad y
desamparo de los campesinos creados por Juan
Rulfo: seres aferrados a la tierra desértica con
deseos sólo de vivir como si de esta forma se
pagara el castigo de estar vivos, como si la
muerte, al igual que en Comala, fuera un estado
de ánimo para entablar los diálogos que no se
sostuvieron en vida y así dar cuenta de la
aridez del campo, donde no crecen ni las
dulcamaras, unas plantitas tristes, que rasguñan
la tierra para no dejarse amilanar por la
persistencia del viento: «Pero debe saber que
aunque los vivos sí/Los muertos nuncan
olvidan», escribe Ospina, para confirmar más
adelante que «La tierra es un inmenso cementerio
que florece sin fin nubes y pájaros»(14). De allí a Macondo hay sólo un
paso que motiva la esperanza; la vida fantástica
de lo cotidiano permite el crecimiento de una
aldea al borde de un río de aguas diáfanas y
piedras prehistóricas. En una de sus calles
crecerá un almendro que sabrá de la locura y
muerte del coronel Aureliano Buendía: «No hay
materia del árbol que no haya sido alguna vez
humana»(15). De este largo caminar
muy cerca de las huellas de tantos hombres que
han utilizado el lenguaje para nombrar -entre
ellos el Neruda de Canto general- sale
fortalecida la palabra que contiene El País del
Viento, con ese tono que insiste en fortalecer
una mirada no excluyente, ambiciosa en imágenes,
en atisbos y motivos históricos: «Ando en busca
de antiguas destrucciones»(16). Esa misma búsqueda lo llevará
hasta el valle de México, para comprobar que
allí «...toda memoria se enardece y persiste»(17). Porque el objeto de su poesía
como el de su maestro Whitman, es el de nombrar
el mundo que determinó el tono de su lenguaje,
la dimensión de su imagen poética. Desde el
epígafre de Próspero, con el que se abre el
libro, se porfía en la memoria y con este hilo,
Ospina teje el sentido de su palabra y convida
los símbolos que puedan hablar de un continente
que por siglos cambió de forma y lugar en los
mapas, conforme a la locura de cartógrafos y
expedicionarios, como bien lo resaltara García
Márquez en Estocolmo(18). De todos los símbolos que
cruzan El País del Viento, el de la piedra es
quizá el más persistente, a través del cual se
recoge en buena medida la figura de este espacio
bordeado por mares y zonas boscosas, bajo la
custodia de hombres acostumbrados al dolor y a la
soledad.
(...) Las
culturas americanas descubrieron en la roca
un elemento natural para expresar su fuerza y
memoria: con ella edificaron cuevas,
laberintos, palacios inmensos y templos de
incalculables proporciones. (...)
La piedra se
resuelve testigo del tiempo, a la espera quizá
de ser elegida por la palabra misma que al decir
su nombre consigue transformarla. Los habitantes
de la Isla de Pascua fueron a reunirse hace
siglos con sus dioses, pero dejaron para la
historia las piedras que modelaron su pensamiento
y reflejaron su compleja noción de mundo: «Una
raza extraviada y solitaria labró esos
desvelados seres de piedra»(19), afirma el poeta. Las culturas
americanas descubrieron en la roca un elemento
natural para expresar su fuerza y memoria: con
ella edificaron cuevas, laberintos, palacios
inmensos y templos de incalculables proporciones.
Con ella edificaron ciudades espléndidas que
enajenaron los ojos del conquistador. Con ella
construyeron armas mortales y lugares sacros,
apropiados para el sacrificio. Al pulirla,
descubrieron formas humanas, animales y una
especie de rumor antiguo alimentado por
generaciones de otros tiempos. Sobre la cara de
la piedra hoy se lee la historia de los Incas y
los Aztecas, de los habitantes de la Isla de
Pascua y San Agustín. Hay en esa piedra no sólo
metáfora de tiempo y permanencia, piel herida
por la historia del hombre, sino palabra viva,
relato que convoca el rescate de los orígenes:
Entre la
ciega roca
Y el
trémolo extasiado de la salamandra
Tan sólo
hay tiempo (20)
El poeta, a
través de ese viaje si se quiere interior, se
compenetra con la geografía americana: entonces
es la vastedad del mar [«Tienes que comenzar por
sentir el mar a tu alrededor»(21)], ruta de peligro y zozobra,
camino de conquista y regreso. Pero también es
el pez, acaso porque [Después de días en el
mar, las canciones tienen forma de peces»(22)], este milagro de la naturaleza
destaca por su belleza y sus formas cercanas al
misterio y a lo frágil. Sin párpados el pez
revela el ojo del poeta que no duerme por estar
atento al movimiento de la existencia. Para el
cantor la luna es un pez inmóvil, el viento
espeso trae peces, mientras comprueba la
existencia en América de lugares «Donde morían
los peces la muerte tumultuosa del mar»(23) Hay olor, hay muchedumbre de pez.
Pero también hay la tierra, lugar de pesadilla y
sueño, donde habrán muerto tantos gritos de
dolor e invocaciones a los dioses, donde la
naturaleza, rica en sus formas, habrá
estrangulado el honor de tanto Lope de Aguirre y
Pablo Miraña, mientras las selvas, como en
Yurupary, se iban llenando de melodías
ancestrales guardadas con celo por el engendrado
de la fruta:
Detrás del
llano las amuralladas montañas
Y sobre las
montañas hay un confín de tierra blanca
En cuyo aire
se congelan los pájaros(24)
Pero de esta
enumeración, gana por su fuerza el símbolo de
la piedra. Es encontrar en ella el rostro que se
ha extraviado tras la carrera emprendida por el
hombre hacia el uso de la máquina. Recuérdese a
Whitman, su preocupación está en el mundo que
ve llegar: lleno de máquinas y nuevos objetos
que impedirán al hombre congraciarse con lo
primigenio de la existencia, con la naturaleza
misma. «Todo está bien dispuesto para que los
hijos del hombre avancen en su formidable
aventura»(25), escribe William Ospina
en su poema dedicado al «infatigable y cósmico
hijo de Manhattan»(26). En cambio la piedra, pareciera
insistir en ello el poeta, pulida por el tiempo,
pule a su vez el rostro de este continente,
permanece a veces en su sitio para dar fe del
hombre y sus costumbres, a pesar de la
intemperie, del viento y la lluvia bajo el conteo
de los días:
Dormid,
muertos de oro, derrochadas monedas,
Bajo piedras
sin nombre, fragmentos del planeta,
La vida en
verdes y alas será vuestro epita fio,
Dormid bajo
el misterio, soñadores sin sueños,
Mientras
ruedan los astros sobre los montes rojos
Y tiembla en
nuestros labios lo que no comprendemos.(27)
De la piedra a
la ciudad hay una eternidad de distancia. Las
ciudades de piedra han quedado empotradas en la
geografía americana como sitios obligados de
peregrinación. Gracias a ello la maleza no las
ha destruido por completo. La poesía de Ospina
alude sobre todo a la ciudad de piedra, no a la
otra que ha determinado al mundo contemporáneo.
Ya la ciudad es pulsora de otros sentimientos, es
lo profano convertido en calles y cables
eléctricos y luces artificiales y ruidos
permanentes. Es es el porvenir, pareciera
sentenciar el poeta, y si así lo fuere, ese
porvenir no le interesa, no motiva en este caso
su palabra, porque se sabe hijo de los
románticos y del romántico que engendró en
Whitman:
Qué tristes
las ciudades llenas de tristes rostros/Porque
el único rostro fue al destierro(28).
He aquí
también la queja de los viejos frente a la
ciudad que los ignora, que no se percata de lo
que ellos hicieron, es decir, entienden que sus
años habitan ya la ciudad sin memoria, donde no
hay vínculo con la naturaleza, donde el cemento
y las moles y las máquinas hablan un lenguaje
ajeno por entero al sentido religioso que convoca
aún a dioses y presencias de otros ámbitos:
Ibamos y
veníamos por las azarosas repúblicas,
Atrás
quedaba un esplendor en ruinas, un perdido
paraíso
de hierbas
tiernas e inminentes milagros,
El país de
la infancia,
Y sin cesar
cambiábamos de hogar, de horizontes, de
amigos.(29)
El país del
viento no es poesía casual ni de circunstancias
ni de ciertos momentos. En ella no resalta la
personalidad del poeta. Se desconoce de él todo
acto biográfico porque ante todo es un canto, un
himno natural, despojado de huellas personales,
salvo de los ecos poéticos que concita. La
impronta quizá se encuentre implícita en las
voces de Lucila Godoy y los cronistas de Indias,
en los poetas norteamericanos y en los ritos de
algún jefe sioux, en las extraviadas rutas de un
mongol o en la actitud de los Románticos, no en
sus temas, como dejara escrito en su libro Es
tarde para el hombre(30). Es una poesía que ilumina
visiones, casi al borde de la alucinación, como
condicionado por un brebaje que no altera su
lucidez.Y en este sentido la invención poética
es totalizadora; de ahí su viaje por un país
que es el mundo de sus señas de identidad, como
una forma de asumir su propio riesgo, su propia
visión de mundo:
El universo
sacralizado en que vivimos hoy, el que nos
describe el periodismo, el que nos vende la
publicidad, el que nos ofrece el turismo; ese
universo explorado por la ciencia, manipulado
por la técnica, transformado por la
industria, se va cambiando gradualmente en un
reino de escombros donde sobra toda
religión, donde sobra toda filosofía, donde
sobra toda poesía; un mundo vertiginoso y
evanescente donde todo es desechable,
incluido los seres humanos, donde los
innumerables significados posibles de toda
cosa se reducen a un único significado: su
utilidad (31)
El libro precisa
al final una visión externa, la del astronauta
que desciende y habla de la infancia presentida
en el polvo de los cráteres lunares. Quizá
aquí es donde más se siente la voz humana,
hecha de recuerdos, de perturbaciones, de
soledades, quizá porque lo invade un agotamiento
por el continuo viaje y acaso más reposado,
acaso menos habitado de visiones, el poeta se
mira un poco a sí mismo. Tanto él como la
geografía que nombró han cambiado de manera
irremediable. El viaje ha concluido en un inútil
ocaso, lo confiesa, porque sabe que a todo le
sobreviene la muerte. Su última visión, sin que
la exprese, será el fin de un continente
devastado ante la nueva ecología de estos
tiempos. Tal vez quede la palabra, hija del
árbol, que ramificará en otro lugar y con otros
hombres, acaso otra noción de vida, de vuelta a
lo sagrado, al olor del barro.
NOTAS
(1) ORTEGA Y
GASSET, José. Las meditaciones del Quijote.
Aguilar, México, 1976. p. 50.
(2) OSPINA,
William. Esos extraños prófugos de occidente.Norma,
Santafé de Bogotá,1994. p. 124.
(3)
WHITMAN,Walt. Hojas de hierba (traducción
de Jorge Luis Borges). Lumen, Barcelona, 1972. p.
31.
(4) OSPINA,
William. El país del viento. Colcultura,
Santa fé de Bogotá, 1992. p.49. Este libro le
mereció al poeta nacido en Padua (Tolima), el
Premio Nacional de Literatura, auspiciado por
Colcultura en 1992.
(5) En: Esos
extraños prófugos de occidente. Op. cit.,
p. 125.
(6) DE LAS
CASAS, Bartolomé. Brevísima relación de la
destrucción de las Indias. Sarpe, Barcelona,
1985, p. 37.
(7) OSPINA,
William. Op. cit., p. 47.
(8) RODRIGUEZ,
Eguía Carlos. Alexander Von Humboldt (El
investigador que enseñó a Europa la naturaleza
americana). En: Forjadores del Mundo
Contemporáneo. Tomo I. Planeta, Barcelona,
1969. p. 240.
(9) OSPINA,
William. Op. cit., p. 37.
(10) Op. cit.,
p. 22.
(11) Op. cit.,
p. 28.
(12) Op. cit.,
p. 25-27.
(13)
OSPINA,William. Esos extraños prófugos de
occidente. Op. cit., p. 52.
(14) El país
del viento. Op. cit., p. 44 - 52.
(15) Op. cit.,
p. 52.
(16) Op. cit.,
p. 23.
(17) Op. cit.,
p. 53.
(18) GARCIA,
Márquez Gabriel. La soledad de América
Latina. Corporación Editorial Universitaria
de Colombia, Cali, 1983. p. 3-12.
(19) El país
del viento. Op. cit., p. 21.
(20) Op. cit.,
p. 49.
(21) Op. cit.,
p. 25.
(22) Op. cit.,
p. 18.
(23) Op. cit.,
p. 42.
(24) Op. cit.,
p. 17.
(25) Op. cit.,
p. 46.
(26) Esos
extraños prófugos de occidente. Op. cit.,
p.49.
(27) El país
del viento. Op. cit., p. 58.
(28) Op. cit.,
56.
(29) Op. cit.,
p. 59.
(30)
OSPINA,William. Es tarde para el hombre.
Norma, Santafé de Bogotá, 1994. p. 30.
(31) Op. cit., p. 15.
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