El campo de
la salud como espacio de construcción
simbólicaPatricia Granada Echeverry
Reflexionar
sobre la salud como dominio simbólico
permite comprensiones a la crisis actual, al
desencanto de los actores. Rescatar los
territorios donde se construyen las
identidades es bordear el campo de la
antropología y la comunicación para definir
la salud, respondiendo a esa pulsión latente
del reencuentro con sus raíces humanistas.
La mayoría de
los conceptos que se han formulado sobre la salud
parten del individuo, de su funcionalidad
orgánica, y se la mide (o se la diagnostica) con
base en síntomas individuales y a indicadores
biológicos de una «normalidad» que es más
subjetiva que real. Los esfuerzos por definirlas
parten del absolutismo Precartesiano que definía
como salud, la ausencia de enfermedad o de
defectos, concepto que se mantuvo hasta finales
del siglo XIX. Posteriormente, después de la
segunda guerra mundial, la OMS hace un esfuerzo
por superar esta definición, ofreciendo tres
variables para la comprensión más integral del
ser humano pero que aún así se quedaba corta
para los fines que se propuso, es decir para su
operacionalización en planes y programas. La
misma definición de la Organización Mundial de
la salud la define como: «El estado completo de
bienestar físico, mental y social y no sólo la
ausencia de enfermedad o defecto»(1), se puede observar sin mucho
esfuerzo que es general y simplista para
caracterizar un proceso complejo; además hace
abstracción del contexto social en que se
produce el proceso a pesar de que señala los
niveles en que simultáneamente se produce el
fenómeno: niveles fisicobiológico, mental y
psicosocial del Hombre.
Hernán San
Martín y Vicente Pastor(2), hacen desde la economía
importantes aportes para flexibilizar el concepto
de salud, ya que parten del reconocimiento de que
el estado salud-enfermedad es el resultado
global, dinámico, variable, individual-
colectivo, de todas las influencias y
determinantes sociales que se originan en las
estructuras y en el funcionamiento de las
formaciones sociales en que vivimos. Para ellos
«el Homo Sapiens vive, individualmente, este
proceso en una realidad
biológica-ecológica-social» y al mismo tiempo,
vive colectivamente en una realidad social humana
(economía humana, sociedades humanas, culturas
humanas). Estas dos realidades son inseparables e
interactúan formando una densa y compleja red de
relaciones psicosociales y socioeconómicas que
constituyen la malla epidemiológica en la cual
vivimos. Para estos autores, en la práctica, las
dificultades para «vivir en salud» van en
aumento en la medida que el ambiente de vida
social se hace más complejo, más dinámico y
más cargado de elementos extraños a nuestras
necesidades.
A partir de
estas reflexiones surge la necesidad de
relativizar el concepto y hacer explícitas las
relaciones internas y externas de las variables a
partir de la construcción de una teoría
interpretativa epistemológica de la salud.
Introducen categorías como los procesos
históricos, económicos y culturales en un
proceso dialéctico que relacionan al hombre con
lo natural y a los hombres entre sí. Consideran
como fundamental la interacción entre los
hombres agrupados socialmente y las nociones de
proceso social y de cambio social que engloban a
los fenómenos que ocurren al hombre, como es el
caso de la salud.
Esto nos lleva a
presentar algunas concepciones (ver cuadro 1), en
donde podemos observar como el proceso de
construcción del concepto salud ha estado
determinado históricamente y se ha estructurado
alrededor de las concepciones predominantes de
ser humano, cuerpo, normalidad con relación a un
orden social preestablecido:
Cuadro
1. Concepciones del hombre sobre la
salud-enfermedad (3)
| Concepción |
Nota
característica |
Historia |
Disciplina |
Método de
trabajo |
| Mágica |
Animismo y
existencia de lo sobrenatural |
Antigüedad paleo
y neolítica y hasta el presente |
Del chaman al
curandero actual |
Ritos exorcismos,
oraciones, amuletos, hierbas etc. |
| Natural |
Salud como una
necesidad de los seres vivos |
Antigüedad
clásica europea (Grecia) |
Aplicaciones de
la ecología antigua y de la medicina
antigua |
Clínicos y
epidemiólogos ambientales |
| Ideal |
Salud como estado
ideal no alcanzable: utopía |
Desde la
antiguedad clásica al presente |
Literatura.
Antropología. Otras disciplinas |
Elaboración
modelos de salud |
| Somático fisiológica
|
Salud como
ausencia de enfermedad Objetividad
|
Desde los
orígenes a la presente medicina |
Medicina clínica |
Exploración del
cuerpo Examen de signos y
síntomas. Análisis varios
|
| Psíquica |
Salud de lo que
no es el cuerpo tangible. Subjetividad
|
Inicio S XVIII. Desarrollos
recientes desde principios siglo XX
|
Psiquiatría.
Psicología médica |
Exploración
psiquiátrica individual. Psicoanálisis.
Técnicas de grupos. |
| Sanitaria |
Salud como estado
positivo y colectivo. Transmisión social
de la enfermedad. Prevención.
|
Medidas
profilácticas desde la antigüedad,
desarrollo científico Siglo XIX. |
Medicina
preventiva y social. Sanidad y salud
pública. |
Encuesta
sanitaria: población ambiente.
Epidemiología. Programas de salud.
Educación sanitaria. Prevención
individual |
| Economicista |
Salud como
condicionante de la productividad del
factor humano. Precio de la salud y costo
de la enfermedad. |
Mediados del
siglo XX en países en indus-
trialización. |
Economía
sanitaria y del trabajo. Planes de
desarrollo de recursos humanos. |
Análisis de
costos de la enfermedad y de alternativas
para las inversiones sanitarias |
| Económico social
|
Salud enfermedad
como procesos de origen y distribución
social: Teoría social de la salud |
Síntesis aparece
después de la segunda guerra mundial. |
Ciencias
biológicas, sociales y económicas;
epidemiología, salud pública. Economía
de la salud. Prevención social. |
Investigación
científica de la salud desde:
Epidemiología, Método estadístico,
Antropología, Sociología, Economía
política, Economía de la salud,
Demografía, Psicología. |
| Político Legal |
Salud como
derecho y obligación universal.
Reconocimiento legal y participación
estatal. Declaración de los derechos del
hombre. |
Desde las
revoluciones políticas a los sitemas de
seguros sociales y de seguridad social. |
Derechos
fundamentales. Derechos de la seguridad
social a la existencia sanitaria. |
Leyes
fundamentales y constitucionales. Leyes y
reglamentos de la seguridad social.
Programas políticos |
Revisando
estas concepciones, se puede observar un gran
vacío en la construcción de un concepto de
salud desde lo cultural, pues si bien en la
concepción económica social se incluye a la
antropología como disciplina de apoyo, la
conceptualización desarrollada por San Martín,
no hace referencia a los procesos de
construcción de la cultura en ese mundo social
al que le da tanta importancia y que se reduce a
una más de las categorías de relación externa,
dejando de lado la comprensión de las relaciones
internas que el mismo autor propone y menos aún
partiendo de los mismos individuos.
Es necesario
hacer el ejercicio de construir un concepto de
salud con los aportes de la antropología y la
acción comunicativa, donde se reconozca el papel
de los imaginarios colectivos como elemento
fundamental en las construcciones del hombre en
sociedad. Desde este punto de vista, el concepto
de salud puede ser entendido como un dominio
simbólico importante para la creación y
recreación del yo en la búsqueda de la salud
como ritual de regeneración personal, donde la
identidad de clase está asegurada y notablemente
explicitada. (4)
Los individuos
se recrean con proyectos coherentes con el nuevo
orden, en donde la salud como proyecto de
modernización redefine los niveles de
responsabilidad, de gobernabilidad y de
peligrosidad, estos proyectos se construyen
durante la interacción simbólica mediada por el
lenguaje y por diversos instrumentos.
El cuerpo
como símbolo en el campo de la salud
Los niveles y
competencias de responsabilidad, gobernabilidad y
peligrosidad son distintos en cada período
histórico, y en el campo de la salud hacen
referencia al cuerpo como símbolo. Para Mélich
«Lo significativo del símbolo es su función:
es una cosa v que no hace referencia a si misma
sino que remite a otra....de ahí que comprender
el símbolo implique siempre percibir dos
elementos: el símbolo, y aquello que el símbolo
significa. (5)
En el siglo
XVIII época precartesiana la salud era
considerada como «producto de la buena vida y
observancia de los rituales, la gracia divina y
buena fortuna, una vida en perfecto acuerdo con
las leyes espirituales que gobiernan al hombre»(6). En esta época se privilegiaba
en la díada alma-cuerpo a la primera.
Las ideas
platónicas fueron desplazadas por las propuestas
de Descartes, quien plantea una epistemología
del cuerpo como objeto sobre el que se podía
actuar, expresión del mecanicismo imperante en
su época. El cuerpo es separado del alma. Se dan
los primeros pasos para la producción del yo
descorporizado.
Después del
siglo XVIII la salud se considera como algo que
debe ser logrado y donde están comprometidos el
estado, el individuo, la familia y lo social.
En el siglo XIX
la salud es el resultado de una práctica
científicamente informada sobre un cuerpo
natural. Esta época está influida además por
factores religiosos que defienden el
individualismo y el ascetismo, tendencia
favorecida por el calvinismo que consideraba la
salud como deber ser ante Dios: Rectitud y moral,
disciplina y orden, lo cual abría la posibilidad
de ser elegido para la salvación eterna. La
corporalidad fue penetrada de significación pero
despojada además de sus raíces con el palpitar
de la vida. El cuerpo se convierte en una
manifestación del espíritu inseparable del yo
esencial, estado óptimo que sólo puede
alcanzarse después de la muerte, o en vida
mediante el control y la mortificación del
cuerpo.
En la segunda
mitad del siglo XIX se da la medicalización con
los nuevos conocimientos sobre anatomía,
fisiología, bioquímica, farmacología que
proponen respuestas a la pregunta de la época
¿Cómo manejar el cuerpo para lograr un adecuado
control y dominación de la enfermedad
considerada como desviación moral, conductual,
estética? Ya que «el cuerpo en dolor, en
enfermedad, agonizante, el cuerpo epidémico, el
cuerpo colectivo, obstaculiza los proyectos de
control, transformación y perfección concebidos
en el nombre de la salud»(7).
El estado asume
el control con el fin de re ducir la
perturbación económica el desorden político y
social por el papel de las epidemias. Para lograr
este control, diferentes aparatos de poder fueron
llamados a hacerse cargo de los cuerpos ayudarlos
y si fuera necesario obligarlos a asegurar su
propia buena salud. Esta tendencia se mantiene
hasta la primera mitad del siglo XX, de manera
que cada vez es más notorio que el imperativo de
la salud se convierta en el deber ser de cada uno
y el objetivo de todos. El cuerpo individual y el
cuerpo colectivo se imbrican simbólicamente en
el concepto de salud. Se asume la salud colectiva
como criterio de definición de una buena
sociedad y de un buen gobierno. El cuerpo
individual no pertenece a su dueño. Es un objeto
colectivo, y por lo tanto puede ser criticado,
intervenido, moldeado de manera que no perturbe
los patrones estéticos, culturales, morales de
la sociedad. De allí que cualquier violación a
las leyes de salud se interpreta no solo como
pecados físicos -(reductos del origen divino de
la descorporización)-, sino como traiciones al
cuerpo social -preocupado por el control-, y al
progreso humano -con sus múltiples aportes
científicos y tecnológicos en emergencia.
El siglo XX es
sorprendido por vertiginosos cambios y saberes
agregados. La modernidad se instaura e impone su
complejidad. El cuerpo como símbolo de salud ya
no es significado por el campo exclusivo de la
medicina, o la religión. Las concepciones sobre
cuerpo saludable se construyen y resignifican en
continuo movimiento en contextos cada vez más
complejos y con la participación de diferentes
actores.
La
complejidad y la simbología de la salud
Para comprender
la complejidad de esta interdependencia, es
necesario hacer evidentes los procesos ocultos en
el ámbito mental (creencias, mitos) y de acción
(rituales, prácticas, costumbres) para
identificar la dinámica del cambio que pueda
generarse a partir del papel mediador de los
actores, inclui das las instituciones. Para los
profesionales de la salud, los aspectos
culturales hacen parte de esos procesos ocultos,
que deben ser necesariamente reconocidos ya que
cumplen un importante papel en la reproducción
del mundo de la vida, pues se encargan de que
«las nuevas situaciones que se presenten, queden
puestas en relación con los estados del mundo ya
existentes»(8), asegurando de esta
forma la continuidad de la tradición.
Todo el campo de
la salud como espacio simbólico debe ser
entendido a partir de la complejidad de sus
múltiples relaciones internas y externas. Las
primeras, tienen como referente empírico los
signos expresados a través del lenguaje y a su
significado en el espacio interior de cada
persona, es decir a su mapa mental. Las
relaciones externas se refieren a la manera como
se da la construcción colectiva de los
imaginarios de la salud. El uso de herramientas
como la tradición oral, la lectura, la escritura
o la cibernética cumplen la importante función
de «regular la interacción de los hombres con
el mundo físico y el de regular la interacción
de los hombres entre sí»(9).
Compartir el
campo simbólico de la salud implica el uso
colaborativo de formas de mediación para crear,
obtener y comunicar sentido. La visión cultural
de la salud, ofrece al médico las categorías
que en la práctica le permiten construir metas
saludables e instrumentos estructurados para
alcanzarlas. El lenguaje es la forma de
mediación universal humana, sin embargo adquiere
características particulares transformándose
según las modificaciones del modo de vida social
y por la presencia o ausencia de otros sistemas
mediatizadores, tal como lo demostró Luria en
sus estudios transculturales(10). Uno de los postulados básicos
de la escuela sociohistórica es que «los seres
humanos viven en un ambiente transformado por los
artefactos. En consecuencia, los seres humanos
viven en un mundo doble. A la vez natural y
artificial. En este sentido la cultura debe ser
considerada el medio único de la existencia
humana»(11).
Desde este punto
de vista, el campo de la salud como sistema
institucional, profesional y de consumo es un
artefacto que busca coordinar el sistema de
relaciones humanas y controlar las relaciones de
los hombres con el mundo natural. Por esto el
concepto de salud es ideal en tanto contiene en
forma codificada las relaciones que le dieron
origen: Hombre naturaleza, hombre-divinidad que
mantienen los arquetipos de poder, obediencia y
sumisión mediante la norma distanciadora que se
incorpora a un sustrato material que es el
cuerpo.
Ya dijimos que
el lenguaje es una actividad que implica la
especificidad contextual.
El surgimiento
de otros sistemas mediatizadores como los medios
de comunicación, la televisión, la informática
aumentó la oferta de símbolos para la
construcción de identidades, de sensibilidades y
por lo tanto de las necesidades que se le
demandan a la salud. Esta característica de
finales de milenio le da un carácter rizomático
al concepto de salud, que sólo podrá
comprenderse desde un pensamiento complejo que
complete el pensamiento que separa, con un
pensamiento que una, que contextualice y
globalice y al mismo tiempo enfrente el reto de
la incertidumbre, como lo afirma E. Morin: «El
modo complejo de pensar no tiene solamente su
utilidad en los problemas organizacionales,
sociales, políticos. El pensamiento que afronta
la incertidumbre puede aclarar las estrategias en
nuestro mundo incierto. El pensamiento que une
puede iluminar una ética de la relación o de la
solidaridad. El pensamiento de la complejidad
tiene igualmente sus prolongaciones existenciales
cuando postula la comprensión entre humanos» (12).
Modernidad
y Salud
¿Qué significa
ser modernos en la profesión médica?. Miguel de
Moragas refiere que constituyen la modernidad
cuatro movimientos básicos: Un proyecto
emancipador, un proyecto expansivo, un proyecto
renovador y un proyecto democratizador (13).
El proyecto
emancipador en salud requiere la comprensión de
los campos culturales que siguen siendo terrenos
incomprendidos por los profesionales médicos, y
aunque el sistema reconoce su importancia, no ha
desarrollado un cuerpo teórico ni metodológico
que se integre al perfil del profesional, por lo
que los estudios culturales no se considera
dentro del campo de la práctica de la medicina.
El reconocimiento se da en términos de
culpabilizar la cultura, como fuente de
enfermedades y de vicios. Igualmente las
prácticas simbólicas son tenidas en cuenta
sólo cuando entran en contradicción con el
sistema propuesto.
El proyecto
expansivo de la modernidad se puede analizar en
un principio desde dos puntos de vista: el
primero se refiere a la expansión del
conocimiento en lo cual los medios de
comunicación juegan un importante papel en la
socialización y traducción del conocimiento
médico generando cambios importantes en las
demandas de servicios en salud y en las
prácticas profesionales. Sin embargo, la salud
como tal no ha logrado perfilar proyectos
comunicativos que le sean propios. Ni en lo
comunitario ni en lo individual.
El segundo punto
de vista para el análisis explica la decadencia
simbólica de la salud a partir de la invasión,
la colonización y el control que las estructuras
económicas ejercen al tomar como producto las
sensibilidades, las necesidades y los conflictos
no negociados entre médicos y pacientes. De esta
manera, los trabajadores de la salud hemos
abandonado paulatinamente nuestro territorio
simbólico, nuestras formas de representación, y
el control en el proceso de construcción del
tejido de relaciones en salud. Nos convertimos en
lo que Jesús Martín Barbero llama "la
figura del trabajador-productor de mercancías no
sólo a la hora de comprender su situación sino
también a la hora de despertar conciencia"(14).
El proyecto
expansivo económico, hace alusión al paciente
cliente como consumidor de la salud, como un bien
que se posee, se produce, circula y se consume.
Pero en este consumo estamos igualmente
reconstituyendo los sentidos de la salud en el
nuevo orden. Esta exploración de los sentidos
deberá ser uno de los temas de debate a la hora
de evaluar el impacto de los procesos
legislativos y operativos en los últimos
tiempos. Esto hace necesario la construcción
«de una sensibilidad política nueva, no
instrumental ni finalista, abierta tanto a la
institucionalidad como a la cotidianidad, a la
subjetivación de los actores sociales y a la
multiplicidad de solidaridades que operan
simultáneamente en nuestra sociedad. Y de un
lenguaje que busca decir la imbricación en la
economía de la producción simbólica y de la
política en la cultura sin quedarse en
operación dialéctica pues mestiza saberes y
sentires, seducciones y resistencias que la
dialéctica desconoce»(15).
El proyecto
renovador, como tercer movimiento básico de la
modernidad, se ha querido lograr a través de los
procesos de modernización, en busca de la
calidad en los servicios, como insumo para la
competencia en la economía de mercado, ya que se
supone que, la sociedad liberada de modelos
sagrados de mundo, tiene libertad de elección, y
es sólo a través de la calidad como se puede
garantizar la adhesión al servicio que se
ofrece. Lo triste de esta visión es que sólo es
desde lo económico y los procesos gerenciales
con ésta óptica están preocupados únicamente
por la supervivencia económica del sistema,
dejando de lado la necesidad de auscultar las
necesidades cambiantes, propias o impuestas por
el consumo masificado de la salud que desgasta
ofertas, imágenes y modelos en medio de la
brecha que dejó la falta de liderazgo de los
profesionales de la salud en la construcción de
su campo simbólico y de sus acciones.
El cuarto
movimiento básico de la modernidad, el
democratizador, confía en la educación, la
difusión del arte y los saberes especializados,
para lograr una revolución racional y moral, el
cual desde la salud está apenas por realizarse.
El proyecto educati vo desde la salud, implica un
cambio de paradigma, que desde la teoría de la
desviación propuesta por Foucault, requiere una
relativización del concepto de enfermedad. La
relativización de conceptos en el campo de la
salud requiere de una posición epistemológica
que desde distintas disciplinas, lógicas y
saberes delimite los distintos aspectos del
fenómeno. El concepto de salud y de enfermedad
se ha construido dentro del modelo binario de
pensamiento, a partir de explicaciones de los
fenómenos biológicos y de marcos
interpretativos que eliminan al sujeto como ser
simbólico. Es necesario construir un paradigma
de la salud desde lo comunicativo que como un
prisma polarice el concepto hegemónico que ponga
en evidencia los múltiples colores de la
cultura.
La racionalidad
impuesta por la modernidad condujo a la
presunción de dominio del campo de la salud
sobre las lógicas y los sentidos, mediante la
negación de lo simbólico. Asistimos a la
destrucción del ser en la salud cuando no
contemplamos la producción de sentidos como la
fuerza renovadora a partir de la cual se recrean
mundos posibles.
La práctica
médica para el tercer milenio estará cargada
tanto por los procesos de transnacionalización
como por la emergencia de sujetos sociales e
identidades culturales nuevas por lo que los
profesionales que se perfilan para el futuro
deberán estar dotados de una elasticidad
cultural que les permita una «camaleónica
adaptación a los más diversos contextos»(16). Este ideal utópico requiere en
este presente, una aproximación a la axiología
de los lugares de encuentro del acto médico y
las funciones de las prácticas culturales
profesionales y de lo popular que están en la
memoria colectiva en saberes e imaginarios que se
están transformando aceleradamente y a los
cuales hay que salirles al paso para, a partir de
su comprensión, hacer propuestas coherentes con
los objetivos éticos, estéticos e
intersubjetivos de la profesión médica.
NOTAS
(1) MAC MAHON,
Brian. M.D. Principios y métodos de
epidemiología. La prensa médica Mexicana,
1975. p. 12.
(2) SAN MARTÍN,
Hernán. PASTOR, Vicente. Economía de la
salud. Interamericana McGraw Hill, 1989. p.
42 a 49.
(3) Cuadro de
San Martín H. modificado sobre una idea de
Moragas R., Barcelona, España. Tomado de SAN
MARTIN H. P. Op cit.
(4) CRAWFORD
Robert, «Los límites del yo y el otro no
saludable» Reflexiones sobre salud,
Cultura y Sida. Social Science and Medicine,
18, 10: 1347-1365, 1995.
(5) MÉLICH,
Joan Carles. Antropología simbólica y
acción educativa. Barcelona, Editorial
Paidós 1996, p. 63
(6) HALEY,
Bruce. citado por CRAWFORT Robert Op cit.
(7) CRAWFORT, Op
cit.
(8) MÉLICH, Op
cit. p. 49
(9) Ibídem.
(10) MOLL, Luis
C. Vygotsky y la educación. Editorial
Aique. Argentina. 1993. p. 112
(11) Ibid.
p. 114.
(12) MORIN,
Edgar. Artículo publicado en el número especial
Veinte años de la revista francesa Magazine
Littéraire (inventario del pensamiento
moderno), finales de 1996, con el título «Le
besoin d'une pensée complexe». Traducido
por Juan Moreno Blanco y corregido por Emma
Rodríguez y Elizabeth Lager del Centro de
traducciones de la Escuela de Ciencias del
Lenguaje, Universidad del Valle.
(13) BARBERO,
Jesús Martín. De los medios a las
mediaciones, Editorial Gili S.A: de C. V. p.
230
(14) Ibídem.
(15) Ibid.
p. 204.
(16) Ibid.
p. 13
|