La fábula de la luz

« El aire se serena

y viste de hermosura

y luz no usada «.

Fray Luis de León.

Carlos Eduardo Peláez

Este texto pretende crear los límites de una poética, la de Eliseo Diego. Se reunen definiciones en torno a fundamentos poéticos señalados por el autor: memoria, tiempo, sueño. Además, se trata de ahondar esas definiciones en búsqueda de lo buscado: el ser. Para facilitar las referencias bibliográficas se utilizan las abreviaturas de las obras correspondientes.

 

El poeta de las elegías, quien elegió la noche y conoció la dicha, vio en ese espacio elevado « la oscuridad infinita hecha de luz». La luz es el principio real que sostiene toda cosa, toda naturaleza. La oscuridad y la luz son la pareja que se devora para crear y destruír, para que se funde un mundo o se pierda confundido. La luz es voz, es mirada. La palabra es luz en su más estricto sentido. Cuando se yergue desde lo remoto, coloca un mundo habitado, resplandeciente, limpio de la ceniza que trabaja con la muerte. La vida habitada es vida guiada por la luz, impuesta por la palabra. Quizá en este tiempo en que la palabra se desborda entre torres de información, vaya tornándose como un objeto más que nos dirige los días tediosos. Pero no solo el que busca con el afán de suplir sus días, sino el que ha encontrado, hace parte de la vida que en cada ser se sucede.

Hay en quienes lentamente se aposenta el tiempo y van diciendo el perfecto eco de las cosas, de los sucesos y de los gritos lejanos que en la sangre dialogan. Hay quienes oyen el crujir de la madera con la armoniosa música de la perfecta esfera. Hay en quienes el suceder se aposta y no les queda otra dicha que decir lo oído. No estamos hechos de tiempo sino de sueños que en el tiempo duermen. Somos madera que sueña y sueña la luz recóndita de cada cosa. De cosas, de objetos fabricados por necesidad y amor, estamos rodeados, abastecidos. No de la superflua abundancia se hincha la vida, sino de ver como la carencia va ganando la partida, una partida hacia la oscuridad.

Luz, oscuridad , tiempo y sueño la unidad en que todo se convierte. La inflexión donde inicia el conteo un mundo habitable, entendible.

Eliseo Diego poseyó un saber, un signo lumínico para estar en la penumbra, en la luz estival, en el sosiego que empuja a cantar las cosas todas. Elegir el sueño para decir el todo, la luz y su anverso: esos principios que forman el olvido y la memoria, la vida y la muerte; fue la vocación de este poeta cubano.

Aclarar los principios de luz, oscuridad, tiempo y sueño, no solo nos entregarán las relaciones esenciales de la obra de Eliseo Diego, sino también la causa que impulsó su palabra . Esta aclaración conducirá a la lucha con lo otro, a esa enemistad que hace del hombre un destino. Este es un intento de garabatear entre las palabras poéticas otras que conduzcan al germen de la experiencia común: la vida , la cultura. Que orienten hacia lo que es, porque el flujo incesante de lo poético desborda. Dice H. Bergson: «una cultura, es decir, una vocación de ser hombre de una cierta manera, puede quedar definida por su específica relación con la luz, por la manera como la concibe y la adora». Eliseo Diego fue un hombre de cultura, tuvo en su vocación la certidumbre de los signos históricos. Condujo su palabra bajo la tradición de una lengua. Hizo de su vida el eco paradojal que no repite lo gritado sino que aúna, entreteje, para formar el murmullo que trae lo lejano y forma lo nuevo. Su actuación fue oír la sangre que entre tumultos habla la fábula: Esa manera de vivir que permite el acceso al paraíso.

La fábula se inicia en Eliseo Diego en un tiempo en que la vida no tenía el «insoportable vaho de la muerte». Donde la vida era tan sólo vivir, y «el fin de cada uno era el comienzo del otro». La palabra mantiene esa unidad del tiempo remoto, del tiempo fabuloso, del que dice:

Había una vez

y nace todo

 

La palabra es la quietud que oye la huella de la ceniza. Ella en su inmovilidad es la que moviliza. La palabra es el inicio de la cultura. La cultura en el poeta Diego tiene la necesidad de la forma de aquello que dá inicio a un diálogo incesante, a ese inacabamiento que habla de lo que fué y devino en luz.

El principio poético del poeta Diego es una dualidad que se apareja a los primeros filósofos. Tiene la misma inicial, pero distinto eco. Los de Abdere admitían por elementaridad lo lleno y lo vacío como causas de todo. Principios paralelos que formaban la multiplicidad e inferían la explicación de la unidad: la suma de lo lleno y lo vacío. En Diego hay un distingo, el ser es en su identidad y el no ser, aquello que destruye . El ser y el no ser están reconciliados en la forma, en aquello creado que ostenta el tiempo. El tiempo es el inicio de la reconciliación. La reconciliación es el poco de luz puesto sobre la tiniebla. La tiniebla quiere devorar; la luz, que todo quede girante, vivo.

Penetremos un poco la identidad. Dice Diego: «Idéntico su ser siempre a su vida». (C.O.). La posibilidad del ser en el poeta es la identidad. Esta totalidad no es una abstracción sino una realidad irremplazable. Es el presente en llamas, el estar pleno, el silencio que ocupa el espacio. Es lo viviente de sí mismo. Es el uno que produce la multiplicidad por el estar idéntico. El universo está hecho de cosas que dicen lo idéntico y el transcurrir. La conciencia trasciende, posee.

En el poema Pequeña historia de Cuba Diego dice: «No sabían mucho, eran más bien felices y no escribieron nunca» (D.V.)

El saber es una conciencia que se hipostasía, que se convierte en historia. La escritura es su inicio, ella busca afanosamente ser, estar en su identidad, pero solo lo logra por el poema. La identidad solo la dá la naturaleza. La conciencia se opone a lo natural creando la pugna donde el poema se aloja. El constructo del hombre no solo crea una segunda naturaleza sino que además coloca a la conciencia en las empalizadas históricas, en ese mundo donde el tiempo está enemistado con la luz, y tiene la poesía que reconciliar los elementos.

La fábula tiene un lugar: Ahí se recuesta el poseedor, el hechizado. El lugar de Diego es la isla, es Cuba. Ella fue creada por Colón: «Por fin Cristobal Colón hunde su pluma en la página comienza entonces la invención de América» (D.V). La isla fue entrevista y entreoída; inició su signo; irradió su forma para ser puestra a la luz, bajo fragmentos , visiones. El primer paso sígnico lo dió el libro de Isaías: «Una de las extrañas islas de las que habló Isaías»(D.V). El lugar se hizo uno con la luz. La identidad fue ganando transparencia. Su luz es ciega, no se yergue en el sentido, en la ganancia, en la pérdida, sino que ella es como el oro, resiste; siempre al frente, retando. Idéntica, plena, espera el índice que la señala, que la evoca, para ser luz sobre luz evocada.

La forma poética arranca la luz de lo idéntico. La identidad es la que posibilita una naturaleza unánime. Hay una identidad que surge donde crece la fábula: la isla. Es un enigma, un oscuro que todos poseemos al ser Uno con la tierra. Vamos a la Cuba Se creta de María Zambrano: «El instante del nacimiento nos sella para siempre, marca nuestro ser y su destino en el mundo. Más, anterior al nacimiento ha de haber un estado puro de olvido, de puro estar... Desnudo palpitar en la oscuridad; la memoria ancestral no ha surgido todavía, pues es la vida quien va despertando; puro sueño del ser a solas con su cifra».

Este secreto prenatal, este fundamento poético de la vida es una unanimidad que el poeta no del todo descubre pero se convierte en el reto de su sinceridad y alegría. La tierra natal es luz eterna que acompaña la nostalgia de lo otro que es esto mismo. La tierra natal posibilita una luz enigmática que llevada a la forma poética es el verdadero reto, sentido que abre paso a las cosas para que se incorporen al idioma espiritual. La resistencia de la naturaleza va siendo vencida por la incorporación a la lengua; y ésta crea a su vez una resistencia que se abre en sentido. Este es un orden que crea la poesía en la oscura acechanza del origen. El origen de la fábula, el lugar donde se despliega , es la primera posibilidad de un sentido de la luz. Si vemos la metáfora que envuelve lo que el poeta Diego indica como originario, nos colocamos en planos de cultura, en datos históricos con ecos propios, en soluciones poéticas con su propio orden.

El saber poético no solo está en la visión, sino también en el hombre que la despliega y la reúne. El obtiene una experiencia para dejar una marca; abandona el terror de lo blanco y dispone el orden del universo de acuerdo a esa lucidez que hace de lo visto una forma, una contradicción llena de sentido, de alegría. La fuente resuelve el mundo habitado por todos. De la manera como halle el poeta ese sueño unánime, así podrá entregar su obra como alimento.

El lugar de la fábula, el puro estar, posee la luz, deshoja el tiempo. El poeta dice esta esencia: el ser pleno que gravita en su estar. Diego expresa la cubanidad, ese gracioso vivir de la broma. Ese ajederez «que siempre ha de quedar honorablemente a tablas» (V.P.). La risa por encima de la regla, de cualquier finalidad.

El drama es el invitado a hacer de las palabras una voz. El crecimiento va aportando el significado. La simiente poética se desarrolla, halla luz en la dramaticidad, en el movimiento que ejecuta un personaje con su fatalidad. Lo fatídico se convierte en escena donde el personaje se despliega. Personaje y escena hacen un fondo de tremor, de horrible risa. No la risa de la caverna oscura , aquella que hace que «Cesar fornique con su alma... que todo hieda»; sino la risa de la luz inocente que roza a los que viven en el lugar de la fábula.

La cubanidad ha estado siempre de lado de lo invisible, que se cumple en lo terrible. Recordemos los relatos donde el tío Pedro pierde su dedo o es el zapatero en Amsterdam, en su paralelismo la vida opta por la sabiduría del légamo: »los nudos cuando no pueden zafarse , se cortan». Las soluciones ahondan el sentido de lo real. El personaje recoge la sapiencia profunda de lo inminente y lo piensa como un sentido último, metafísico. Lo metafísico es un reír la evidencia. El poeta Manuel de Zequeira en su locura consideró que un sombrero le daba la invisibilidad. Los cubanos lo empujaban para demostrarle que era visible, pero él permanecía invisible, lleno de divinidad. Todo lo indica el humor, la risa. Esa exacta reproducción de la vida corriente la establece la dramática de Eliseo. El poeta dice, le coloca voz a la esencialidad cubana: el drama de lo fatídico y su evaporación de humor. Nada hay tan serio que no lo derrumbe la sonrisa. Lo ceremonioso arranca a la cubanidad de su esencialidad.

El saber es una conciencia que se hipostasía, que se convierte en historia. La escritura es su inicio, ella busca afanosamente ser, estar en su identidad, pero solo lo logra por el poema.

La fábula en su estar también habita lo otro. Allí lo poético cumple su universalidad, su ilimitación. La tierra se convierte en otra tierra; el paraíso, en otro paraíso. La fábula está aquí o allá, siempre en el hombre acechado por la pregunta, envuelto por la delicia de la luz. Dice Diego: «El lugar donde vivo no es el mío» (26 P).

Esa otredad, es el huír propio de lo poético. La poesía tiene su simiente oscura en la tierra donde se nace y en la lengua con la que se dialoga . Lo cantado es un fragmento que tiene como centro áureo lo remoto, lo que en silencio transcurre por la sangre. Decir lo otro es decir lo de aquí. La herencia la posee el alma como un extravío, como un oscuro que alza una luz en la voz.

Los sentidos son un remolino que lanzan el nombre. Lo remoto se entrelaza con lo inmediato en el nombre. El nombrar es un acto de voluntad obediente. La obediencia es colocar vida a lo que en sueño flota. Nombrar es rehacer el mundo. La vida toma fulgor por el nombre . Los prodigios evángelicos son una nonada frente al nombre inscrito en el reino. El paraíso es un lugar donde el nombre se explaya, toma actualidad. La pérdida del nombre es la pérdida del ser. El ser innombrado es lo vacío. Por la nominación las cosas toman identidad.

El poeta es el ser que nombra desde el blanco de la hoja el universo todo. Le coloca movimiento a lo que en quietud estaba congelado por el olvido. El poeta desde su vida dice el nombre para encontrar la luz que engendra. La vida es un oscuro que engendra luz. El nombre niega el olvido, la muerte. Por él las cosas regresan al estado de inocencia, al estado originario, al paraíso. En Diego el poetizar, es un acto que transforma. El que nombra es transformado por lo que nombra. El poeta al inventar la realidad, revierte los elementos en una visión, le coloca luz a lo que estaba oscuro, olvidado. Rescata de la penumbra lo que ama, lo que debe eregirse como vida, como historia.

Dijimos que la memoria pregnante de los objetos era puesta por el nombre. Este entrega el tiempo. El tiempo en Diego es un trasunto del tiempo en el eclesiastés. El tiempo se va cumpliendo con medida, con correspondencia, tiene la identidad del exterior . El exterior del hombre es la real medida del tiempo. La obra del poeta hace trocar el tiempo en luz. La luz hace de las cosas algo estable. El tiempo derruye pero la memoria rehace. El antagonismo memoria - tiempo es el que produce todo acto.

La memoria es la que produce la palabra. Toda posibilidad de la palabra es una posibilidad de la memoria. Esta condensa lo fluído para de nuevo colocarle movimiento desde un plano más real. Es sabido que la repetición solo es posible en abstracto. El vivir el tiempo no permite pensarlo. De modo, que lo único contra el paso ineclutable es la memoria.

El tiempo es un adentro pero a su vez es una exterioridad. Cada ser posee el tiempo en su interioridad, con ella lo siente; pero a su vez , lo otro es lo que posibilita la medida. Nos sentimos morir porque lo que vemos, muere. La alteridad proporciona la sucesión; la conciencia mide el tiempo, mide lo que son las posibilidades del olvido. El pesar de lo perdido es un ver. Cuando me veo , veo mi tiempo, el fluír que va hacia la muerte. La muerte la detiene la memoria.

Distingamos la memoria, la muerte, como cauces del fluído que se aúnan a la tetractys que colocabamos al comienzo. La memoria, como en el pensamiento agustiniano, es el hijo. Dice Diego en su afán de lo poético, de colocar el mundo y lo perdurable:

«Padre mío Adán entre mi rostro vienes.

Padre, viejo Adán, en los niños te serenas» (C.J.M).

 

La figura del padre es un ascenso que toma el curso del río.El río es el padre como imagen de la memoria, como imagen del paraíso.

Deconstruyamos lo que es imagen, y ésto nos dará la posibilidad de hallar la memoria y la muerte. La memoria es Adán. La muerte es Adán. La imagen es un horror, una quietud que impone el polvo, la ceniza, el miedo. La cultura occidental ha colocado como bastión el horror vacui, el miedo de perder las imágenes. En la imagen hay un conocimiento donde opera una remota capacidad cognitiva, que elabora unidades en forma multívoca. Una de las secuencias del conocimiento por imagen es la alucinación: elaborar los contenidos de los sentidos de acuerdo a la facultad de la imaginación. La imagen posibilita en esta marcha del saber la elaboración infinita. La imagen por su multivocidad entrega cada vez una nueva posibilidad.

La imagen en Diego es una quietud, un repetirse la caducidad. Esta desaparece gracias a la memoria, no como la fijación de lo destruído, del pecado, del rompimiento del ser; sino como la urdimbre que ha de rescatar las cosas del olvido.

En Diego el vacío, que fue lo que emparentamos con el horror y la imagen, es físico. El vacío lo detenta la altura a la que la frágil bailarina se somete. Nunca se abre un vacío de la existencia. El hombre en Diego está unido a su sueño, a esa entidad larvaria que lo conforma. El sueño es parte de la imagen. La imagen es un sueño no pensado , no puesto a la luz por las palabras. La imagen no posee la fábula. Ella es un estatismo, un horror, la muerte. El sueño es un germen, una semilla que puede entregar la fábula, aquél velo que cubre el miedo: esa intemperie que el hombre vela, oculta. El miedo destruye la vida. La fábula la rescata del peligro, de ese horror que acaba con el cuerpo, con la paz, con la posibilidad del tiempo habitando la vida.

La imagen fue la salida del paraíso. La ruptura con la inocencia, con ese estado donde el hombre está amigado con su naturaleza, con su sueño. La inocencia es vivir en el germen, en el sueño continuo e indiferenciado. Esta es una inquietud sosegada, una indiferenciación del ser y del no ser, del bien y del mal.

La memoria es lo que a gritos se escucha en el espejo. La imagen impasible que muestra la muerte. En Diego se puede apreciar un logro de reconciliación. En él se cumplen los polos para hallar un lugar más próximo a la dicha. Vamos a la imagen. Si en el libro «En la calzada de Jesús del monte», era un vencimiento cumplido para que tuviesen epifanía las cosas del mundo; en un libro posterior «Los días de tu vida» logra la unión, el horror se vuelca hacia lo preferido y queda un halo de amor esparcido sobre la imagen. La imagen pictórica es la que logra el triunfo. La pintura es una imagen que en Diego fue ganando síntesis. La pregunta de Alicia: ¿de qué vale un libro si no tiene láminas ni grabados?, es dable para la poesía posterior de Diego ¿no fueron sus libros: Divertimentos, Cuatro de oros, Las maravillas de Boloña, etc, textos en compañía de grabados que los decían y profundizaban?. Los grabados de Roberto Diago, en Cuatro de oros, no son acaso clarososcuros que hacen emerger la figura en un halo de luz voluminosa?. ¿No es esto la poesía de Eliseo Diego? La pintura es una imagen que logra romper el espejo de horror. Dice un poema:

¿Las odias,

desde el desgarramiento de tus días

y el hambre de ti mismo, a las imágenes-

impasibles, quizás? Y entonces ,

el alivio que brota, y sacia,

en la raíz del alma, ¿no es ya el aire

libérrimo en el oro, no es la fiesta

de las hebras finísimas? sus ojos

que no te ven, miran

-te aman.

 

La memoria es la que produce la palabra. Toda posibilidad de la palabra es una posibilidad de la memoria. Esta condensa lo fluído para de nuevo colocarle movimiento desde un plano más real.

 

El horror fué vencido por el amor de la naturaleza pintada, la identidad del ser se cumple en la intemporalidad del instante en que las vemos, en que nos miran. Es otro mundo quizá el de las imágenes de la pintura pero están en el tiempo, en la sustancia que sostiene el universo con sus pliegues y dobleces.

La memoria es una especie de totalidad que mueve lo perdido o lo que está a punto de perderse. La muerte es la que gana lo desechado, la que borra el nombre. Ahora veamos como se establece la memoria en los poemas, como se articula con la realidad histórica que Eliseo canta y resucita. La memoria toma su centro la nostalgia. Esta es un pesar que abre una posibilidad en el tiempo; es un estado del alma. Es propiamente la que hila la letra. Lo poético se cumple como la vida, frente al tiempo, frente a los elementos primarios. La nostalgia se convierte en un desideratum hacia aquel remoto decir frente al fuego. Lo poético es tener una visión pura, una alegría creadora, un dominio de los prodigios, una inocencia. La nostalgia narra lo poético como trasunto. La letra solo dice aquello que las cosas son: alteridad. Ella es una entrevisión de lo poético. Cuando el poeta señala la pérdida, lo hace desde la permanencia de lo dicho. La herida del pecado no queda del todo borrada por la nueva invención del mundo. El alma al inclinarse a lo puro la abrasa un fuego que habla desde la lejanía, desde lo que está a punto de caer en el olvido. El alma es la que al inventar recuerda,reconstruye el ser en el tiempo.

La nostalgia es el ahondamiento en la finitud, en lo otro que es esto mismo porque todo es uno. La unidad la logra el sentimiento del poeta, del hechizado. Ve los elementos en que se resuelve toda naturaleza y los testifica. La finitud es la experiencia que lleva cada ser ante la naturaleza. La lógica del mundo se sanciona como un umbral que repite la muerte. La finitud es una comprensión de la experiencia de la superación de la muerte. Aquí opera un salto cualitativo pero que no se entiende: la eternidad. Dice Diego «En el día de los otros»: « Y así no entiendes tú la eternidad- ni yo».

La eternidad no es una experiencia , es un ver el «no ser infinito que lo aguarda». Ella no es la permanencia como ser sustraído al tiempo, sino oscuridad, nada. No la nada como consecuencia de la finitud sino una nada que no se entiende, que no tiene la luz del nombre para hacerla vivencia, poema. En el poeta Diego se opera el salto cualitativo a partir de un aceptar la cultura, y con ello, la religiosidad. La religiosidad es la forma de diálogo con lo otro, con el silencio, con lo que toma epifanía en el prodigio, en el rompimiento de la ley natural. Diego colocó la religiosidad en la vivencia de Cristo. La experiencia de Cristo la confirma en un alzarse a la vida por encima de la muerte. La muerte es vivencia por el prodigio de un nombre, de un ser real que ama, que tiene en la finitud la identidad, pero que sinembargo ejerce el prodigio de una luz sobre el tiempo. La experiencia de Cristo es la experiencia del Padre. Es un ascender en la majestad. Cristo es parte de la cultura. El Padre, de la invocación, de lo que no se entiende porque la palabra no tiene la eficacia del diálogo. Ante el Padre no queda sino la súplica. Cristo tuvo la vida en la dimensión de la justicia, de la amistad, del trabajo, de la costumbre. Su estar, fué un estar entre nosotros, entre la mañana y la tarde, entre los recintos del fuego y la familia.

La imagen de Cristo se admite como imagen buena, como imagen que se refleja en el espejo traspasado. Imagen pictórica de la naturaleza real que fué. El paño de Turín es el sudario que retuvo la imagen. La magia de la reproducción permite traspasar de nuevo esta imagen y habitar la luz, el paraíso que abre el hijo en el silencio del Padre. La imagen del sudario es una sombra de la cual se desprende la luz de la vida amorosa, prodigiosa. La imagen real del paño es una alegría, una constatación empírica de lo que fué. En Eliseo la importancia del hecho no se escatima en su visión religiosa. El hijo fué y está en las palabras del evangelio y en el sudario de Turín. «Otros miraron y tocaron las manos»(D.V). La alegría es reconocer esa actualidad. El poeta al evocar actualiza su fé. La fé es un acto del estar ahí frente a lo que fué. La finitud se trasciende porque El la trascendió. La cultura recoge esa manera de luz, de adoración, y la revisita, la actualiza, la reconoce. El reconocimiento de esa vida religiosa posibilita la religiosidad.

El ascenso al Padre tiene nuevos horizontes. El Padre es el que Es. «El yo soy el que soy « del Exódo. Es la vastedad con la que se dialoga, pero el diálogo es súplica. Es la conversación de Job que ve las manifestaciones. Es la pequeñez frente al ser. Frente al Padre hay un autoconocimiento, que no es más que el conocimiento de la finitud, del tiempo. El Padre es lo otro que no se entiende, porque la respuesta no es palabra sino el ser mismo. El es el tú, la conversación infinita que todo lo posibilita. Siempre es oído a la súplica. También es posibilidad de imitación. Se le imita la creación: «Vió que era buena». La bondad de lo creado es un reglón del ethos, es el ethos mismo. Dice el poema «El viejo payaso a su hijo»: «Es necesario hacerlo todo bien». El hacer tiene una necesidad que es el bien. El bien de la obra es el bien del Padre. La obra es el lugar donde los hijos viven, obtienen la experiencia. Ella es una implatación de lo real. El hacer las herramientas,es burlar la intemperie.

La categoría de juego como imitación de los dioses, no es dable. El juego es una labor del azar. El azar es capturado por medio del juego de cartas, del juego de los niños. El juego tiene en su esencia la pureza, la inocencia de lo que no se sabe. El emparentamiento del juego y la divinidad solo es capturable en lo que no se entiende. Es una esencia inapresable que solo queda describirla, mostrarla. El juego es un enigma. La divinidad no es el azar; lo divino, el Padre, es lo que Es, lo incondicionado.

La religiosidad de la obra de Eliseo Diego coloca el bien, el acrecimiento de lo real, como un bastión para lo venidero, con la pureza de lo que no daña, de aquello que imita el Padre. La obra se convierte en cántico, en experiencia de la maravilla, del milagro. La religiosidad ata toda cosa, la revisita para que adquiera su tempo, su tonalidad en el devenir de la memoria. La memoria le entrega el tiempo de nuevo a lo que ya sueño u olvido está en la sombra como germen protoplasmático. Ella coloca lo esencial, lo originario, en escena dramática. Lo hace de nuevo vivir, fluír, a partir de una esencial dramaticidad que convierte en tremor, en diálogo, lo dicho, como si estuviera en la orilla del comienzo o del fin. La religiosidad del creador lo fusiona con la tierra , con el lugar mismo; lo hace uno con el misterio. No distingue en este estadio primero , sino que comprende la integridad de lo vivo y lo hace verbo, lo devuelve a su misterio pero acrecido por el nombre; y éste en el lugar que se vierte gana un movimiento estremecedor: el drama.

La memoria reactualiza todo acontecer; lo pequeño es flujo de la totalidad. El sentido no puede apresarse porque el ser pleno es identidad. La luz y la tiniebla luchan, dialogan, progresan en su trama. Y esa trama el sueño se despierta, se convierte en realidad, en el límite de la luz. El sueño no es el cumul de imágenes interiores, sino las visiones del bosque impenetrable, la lucha con la tiniebla hasta vencerla. El sueño es una fabulación misteriosa que rodea cada criatura como sombra. El poeta, el niño, hacen emerger lo brumoso y rescatan la visión natural de las cosas; ven bien, miran de nuevo, ahondando en sí mismos cada cosa; colocándole peso, gravedad sobre la tierra. Sueño y tierra son identidades, tonos de una melodía que como una encrucijada tenemos que hacer gravitar, animar. Sustancias que emergen plenas a la luz si la mirada atenta le coloca el poco de memoria que reta a la tiniebla y su margen de olvido.

El creador no deja al azar su gravitación, como padre «entrega la propia vida a cambio de la dicha». Su festejo , su libertad, está ahí, en esos seres restituídos a la luz, que muestran su envés y revés, su ser pleno a aquél que amoroso se inclina al nacimiento de las cosas que estaban ahí desde siempre.

El interior es una fatuidad, un desvío de la conciencia que ilumina, que coloca la forma esplendorosa, para complacer los objetos en su propia esencia. «Cesar fornica con su alma,» es la metáfora de la interioridad, del tiempo que hiede, contrario a ese oro del tiempo que ilumina. La subjetividad extravía el ser de las criaturas en una falsa complascencia.

2. El creador se apareja con el artífice, nos dice Diego: « Todo es arte al fin».

Las máquinas , las vasijas, el circo. Todo es un arte donde se mezcla el desamparo y el asombro. El artífice construye seres para su utilidad y amparo; pero ellos como él, sujetos al tiempo, a su paciencia, a su habilidad, porque el tiempo es urdimbre que saca el alma a las cosas. Las cosas sujetas al arte alcanzan su ser, su brillo del hoy. Las cosas imitan la naturaleza pero en una suerte de analogía. La finalidad la rompe el ser imitado. La naturaleza se transgrede para dar cobijo al artífice. Dice Diego: "Más tarde alguien, sagaz, dirá: el hacha tiene forma de pétalo".

La imagen de Cristo se admite como imagen buena, como imagen que se refleja en el espejo traspasado. Imagen pictórica de la naturaleza real que fué.

La analogía es fruto de la imaginación del que ve. La mímesis la coloca el que contempla de nuevo, el vivificador. El artífice pule hasta hallar la forma, la semejanza de su experiencia, de su técnica, con su propio nombre. Su voz, que en definitiva es la luz del hombre, al amar la materia , enhebra no solo los enigmas del oficio sino también alcanza ese saber de la carencia, de lo que está en sí mismo. El artífice paladea el fulgor del sosiego. Trama la conversación de su oficio: la manera de vivir y de morir; de no entender , de oír el «limpio corazón de la materia».

El creador también busca la respuesta de cada cosa, en la materia que ama. Lo escrito sale del corazón de cada cosa.Las cosas vuelven al pálpito por el flujo del escriba, «el viejo oficio respetable».

El constructo del hombre posee su revés, su hambre de horror. Dice Diego: "En Constantinopla las enormes máquinas vomitaban el humo y el escándalo".

Ese reverso de lo construído es lo que anima la nostalgia. Ella se despliega en lo simple: el humo del fogón. Ella se acerca al remoto celebrar del fuego y los aromas. La primitiva trabazón de vida y muerte. De materia y lo que se transforma para bienestar. La prosa de Diego tiene su mayor desenvolvimiento en ese asomar de la muerte en las cosas. Las cosas hacen que la muerte se enrede, se demore, cumpla su cita, pero con el arte del que todo lo hace bien. Las cosas procuran un diálogo, un aferrarse ciego a la forma. Esta se reviste de liturgia. Ellas guardan el servicio, la memoria.

Si el artífice hace de la materia cosas, según su arte y solicitud; el creador llega a ellas en un diálogo amoroso que les revive el tiempo. La nostalgia es el regreso al virtu de las cosas. Es stimmung que rompe la finitud por la actualización. El devenir no es un eterno retorno de lo mismo sino un stimmung que favorece un hoy; el presente detenta un instante del devenir que es luz para la sombra de lo pasado. El pasado no es un paradigma , sino algo visitado desde la luz del hoy, desde el instante pleno que llena a la forma de nuevos terrores y asombros.

La forma es cántico, drama, discurso. Se eleva en cántico en la vertiente de nombre y llamado. La voz que nombra coloca las palabras en el ahí, en el universo. El ser ahí es trasladado en su esencia y figuración. Los objetos retan a una sombra que quiere luz y domesticidad del tiempo. La voz que llama interpela el silencio, rompe el vacío. Coloca su esperanza en la respuesta. Llama porque responde con presteza. Al decir de F. Luis de León:

«Estando yo firme en mi esperanza

Tú, Dios, me llamarás, y yo al momento

responderé sin punto de tardanza».

 

El que llama puede responder, busca el diálogo. El díalogo lo abre quien llama, el desterrado. Nombra Adán, llama Job. Esa es la voz, el hallazgo que Diego señaló: «toda la poesía transcurre- entre la voz de Adán en el jardín y la voz de Job en el destierro».

El drama coloca a la poesía en un afán escénico:En el drama se colocan las multívocas hablas que avanzan en el cuerpo único, la tierra natal. Ese útero lanza su oscuro, y la palabra ya hecha nombre se dramatiza para significar lo entrañable.

El poeta inventa desde el alma hasta el zapato para vivir, para estar en la armonía innegable del universo. Sus sentidos son preguntas que se llenan de silencio al responder

El discurso se abre en lo poético a través de las voces que han ganado el verbo en su plenitud y totalidad. El no es la esteticidad sino la realidad misma de aquello que canta. La voz ha podido recoger el oscuro y llevarlo a la cifra de la tierra, para que gane su tono, su voracidad. La palabra poética se hace discurso cuando alienta lo originario. Cuando la voz es rumor lento abriga tonalidades como si fuera un coro sagrado. La sacralidad de la voz apuntala la tierra en la palabra poética, que ha ganado su dramaticidad por el coro oculto que de nuevo toma su epifanía para decir las cosas todas que están, y ya nada las pierde, ni el tiempo , porque la forma consagra al devenir en un detenimiento. El ser es vuelto a su quietud por la fuerza de la movilidad real . Esto no es paradojal sino factura, obra , voluntad del hombre con su voz para celebrar la tierra. No hay momentos conceptuales sino tiempos habitados, que fulguran en la eternidad del instante congelado en bellas formas con la voz originaria, quebrada, del hombre al través de los tiempos y del tiempo: que no devora como divinidad primitiva sino que festeja el dulce y rudo acontecer de los hechos.

Los hechos, la vida, solo la perciben los que ahondan en la sombra, ésta se adensa en noche; y la noche como en la secta órfica es creadora, guardiana de lo que es, siendo. La noche es la que detenta la memoria en los umbrales del paraíso. Ella posibilita la soledad, el adentramiento en el mundo de la fábula. Ella guarda la memoria de lo creador, de lo órfico, y de la salmodia aborígen. Esa meláncolica voz que lenta canta para que la noche no se prolongue, no termine con la flor, con el sol. La luz es el centro de la salmodia americana. La noche guarda el huevo, la semilla de todo lo creado. Ella sorda , llena del paso lento que hace nacer las cosas a un nuevo día, a una nueva luz:el crepúsculo. Pero la noche no es luz sino rumor de lo remoto, de lo arcaico que tiene toda cosa con la que el hombre dialoga esperando la nueva luz. La noche es espacio sobre todo espacio, silencio de lo armónico en el cielo, silencio de lo dormido en la tierra. Ella transcurre idéntica, repleta, dadora, paladeable, espesa. Es adjetivo porque el sustantivo es el hombre, el solitario que rompe el silencio con la luz de la memoria, le roba su hinchamiento y lo lleva a cántico, a la esperanza de un nuevo crepúsculo, por medio de un oficio sagrado, deslumbrante, que rompe las secretas salas del polvo , con una suave danza de árboles meneados por el viento.

La soledad es estado, manera de habitar lo que está a la espera de la significación, es el humilde pasar de lo natural. Ella es un estar atento, un sed audito de todo lo que en el tiempo se sucede. Esta totalidad se convierte en una criatura, una cosa, «el universo todo en tu cuarto» del taoísmo; «En la mota de polvo , el universo todo» , del budismo; «El grano de mostaza, la escitilla» del cristianismo. Esa idea religiosa de recoger en una cosa todo el suceder está explícita en Diego: «Volverse atento a cada cosa basta aunque fuese una vez y un soplo casi».

Ocurre aquí la significación por la unidad; no el análogo de esto que es aquello, sino esto es, y allí el tiempo se atrapa en al dificultad máxima: la creación en el tiempo.

El que oye, el atento, no comprende aún, sólo escucha. La naturaleza no se le ha abierto a la comprensión sino solo a los sentidos, a la melodía que resuena su orden, su creación eterna en el tiempo. Eliseo Diego hace del preguntar poético una enseñanza, un camino, hacia la fiesta de los seres. "A quién saluda el gallo?". Preguntas que lanzan el silencio, no la respuesta satisfecha y golosa. La comprensión no se logra, porque en el estar, en el solo ser de las criaturas no atrapamos el sentido. «¿Cuál es el sentido de la flor?». Lo que se ve es la posibilidad virginal de lo real. Eso es lo que se conoce: la realidad. Esta es aprehendida, videnciada, sentida, como fulgores que no podemos dar crédito del todo, que se resisten a ser nombrados , llamados en su plenidtud, pero que atrapados dicen algo del tiempo que los crea, visitándolos.

Estamos en la soledad del poeta y en esa sola cosa que es lo real. El poeta halla en la calle el paraíso; en la casa, la liturgia de las cosas; en al mujer, el tú indescifrable de lo que es idéntico en su ser y su estar. El patio es la intemperie, el enigma de estar solo consigo mismo, y los demás , en lo lejano. Ser y lejanía se aúnan para penetrar el espejo de la memoria. El ser no se comprende y la lejanía hace señas. Tiene el poeta que descifrar su ser en la oscuridad. A tientas halla la luz de las cosas y se dirige a este signo, a esta fiesta que entrega el tiempo lenta, paladeablemente.

El poeta inventa desde el alma hasta el zapato para vivir, para estar en la armonía innegable del universo. Sus sentidos son preguntas que se llenan de silencio al responder: «¿Qué significa oler, a qué lenguaje pertenece el picor de la cebolla?». La verdad de lo que vemos es la pregunta de los sentidos. Las cosas son y las señalamos en su ser. Las cosas están . Sujeto el poeta a señalar, canta, celebra, se apena, en el tono oscuro que la tierra le entrega. El idioma se acrece; terrible, pregunta, halla la voz que nombra y llama el paraíso dejado, la lejanía encontrada. El idioma hace el real habitable que el poeta piensa, sueña y escribe. Ve el pasado inmenso, vacío, y lo llena de hoy. Ve el futuro en sus hijos y en la sucesión que llama al olvido. Ve el hoy como el gozne que ata lo perdido y lo inventado. Todo lo alza en súplica, en canto, en luz que ilumina la sombra, la vida. Ve la real forma, halla la gloria de las magias y las delicias en el tú a solas. Lo demás, un luego, un incomprensible luego eterno; ya no el olvido, sino el canto unido a la vida haciendo un solo cuerpo: la resurrección de lo real más allá del espejo, el dulce cantar: «Nadie ha visto lo que yo he amado».

Para las mujeres que amo: Carlota, Margarita, Verónica , y otra vez, Verónica.

Nota.

En la calzada de Jesús del monte: (C.J.M.)

Los días de tu vida (D.V.)

Cuatro de oros (C.O.)

Ventiseis poemas (26 P)


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Ultima Modificación, Mayo de 2000.
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