La fábula de
la luz« El aire se serena
y
viste de hermosura
y
luz no usada «.
Fray Luis de
León.
Carlos
Eduardo Peláez
Este texto
pretende crear los límites de una poética,
la de Eliseo Diego. Se reunen definiciones en
torno a fundamentos poéticos señalados por
el autor: memoria, tiempo, sueño. Además,
se trata de ahondar esas definiciones en
búsqueda de lo buscado: el ser. Para
facilitar las referencias bibliográficas se
utilizan las abreviaturas de las obras
correspondientes.
El poeta de las
elegías, quien elegió la noche y conoció la
dicha, vio en ese espacio elevado « la oscuridad
infinita hecha de luz». La luz es el principio
real que sostiene toda cosa, toda naturaleza. La
oscuridad y la luz son la pareja que se devora
para crear y destruír, para que se funde un
mundo o se pierda confundido. La luz es voz, es
mirada. La palabra es luz en su más estricto
sentido. Cuando se yergue desde lo remoto, coloca
un mundo habitado, resplandeciente, limpio de la
ceniza que trabaja con la muerte. La vida
habitada es vida guiada por la luz, impuesta por
la palabra. Quizá en este tiempo en que la
palabra se desborda entre torres de información,
vaya tornándose como un objeto más que nos
dirige los días tediosos. Pero no solo el que
busca con el afán de suplir sus días, sino el
que ha encontrado, hace parte de la vida que en
cada ser se sucede.
Hay en quienes
lentamente se aposenta el tiempo y van diciendo
el perfecto eco de las cosas, de los sucesos y de
los gritos lejanos que en la sangre dialogan. Hay
quienes oyen el crujir de la madera con la
armoniosa música de la perfecta esfera. Hay en
quienes el suceder se aposta y no les queda otra
dicha que decir lo oído. No estamos hechos de
tiempo sino de sueños que en el tiempo duermen.
Somos madera que sueña y sueña la luz
recóndita de cada cosa. De cosas, de objetos
fabricados por necesidad y amor, estamos
rodeados, abastecidos. No de la superflua
abundancia se hincha la vida, sino de ver como la
carencia va ganando la partida, una partida hacia
la oscuridad.
Luz, oscuridad ,
tiempo y sueño la unidad en que todo se
convierte. La inflexión donde inicia el conteo
un mundo habitable, entendible.
Eliseo Diego
poseyó un saber, un signo lumínico para estar
en la penumbra, en la luz estival, en el sosiego
que empuja a cantar las cosas todas. Elegir el
sueño para decir el todo, la luz y su anverso:
esos principios que forman el olvido y la
memoria, la vida y la muerte; fue la vocación de
este poeta cubano.
Aclarar los
principios de luz, oscuridad, tiempo y sueño, no
solo nos entregarán las relaciones esenciales de
la obra de Eliseo Diego, sino también la causa
que impulsó su palabra . Esta aclaración
conducirá a la lucha con lo otro, a esa
enemistad que hace del hombre un destino. Este es
un intento de garabatear entre las palabras
poéticas otras que conduzcan al germen de la
experiencia común: la vida , la cultura. Que
orienten hacia lo que es, porque el flujo
incesante de lo poético desborda. Dice H.
Bergson: «una cultura, es decir, una vocación
de ser hombre de una cierta manera, puede quedar
definida por su específica relación con la luz,
por la manera como la concibe y la adora».
Eliseo Diego fue un hombre de cultura, tuvo en su
vocación la certidumbre de los signos
históricos. Condujo su palabra bajo la
tradición de una lengua. Hizo de su vida el eco
paradojal que no repite lo gritado sino que
aúna, entreteje, para formar el murmullo que
trae lo lejano y forma lo nuevo. Su actuación
fue oír la sangre que entre tumultos habla la
fábula: Esa manera de vivir que permite el
acceso al paraíso.
La fábula se
inicia en Eliseo Diego en un tiempo en que la
vida no tenía el «insoportable vaho de la
muerte». Donde la vida era tan sólo vivir, y
«el fin de cada uno era el comienzo del otro».
La palabra mantiene esa unidad del tiempo remoto,
del tiempo fabuloso, del que dice:
Había una
vez
y nace todo
La palabra es la
quietud que oye la huella de la ceniza. Ella en
su inmovilidad es la que moviliza. La palabra es
el inicio de la cultura. La cultura en el poeta
Diego tiene la necesidad de la forma de aquello
que dá inicio a un diálogo incesante, a ese
inacabamiento que habla de lo que fué y devino
en luz.
El principio
poético del poeta Diego es una dualidad que se
apareja a los primeros filósofos. Tiene la misma
inicial, pero distinto eco. Los de Abdere
admitían por elementaridad lo lleno y lo vacío
como causas de todo. Principios paralelos que
formaban la multiplicidad e inferían la
explicación de la unidad: la suma de lo lleno y
lo vacío. En Diego hay un distingo, el ser es en
su identidad y el no ser, aquello que destruye .
El ser y el no ser están reconciliados en la
forma, en aquello creado que ostenta el tiempo.
El tiempo es el inicio de la reconciliación. La
reconciliación es el poco de luz puesto sobre la
tiniebla. La tiniebla quiere devorar; la luz, que
todo quede girante, vivo.
Penetremos un
poco la identidad. Dice Diego: «Idéntico su ser
siempre a su vida». (C.O.). La posibilidad del
ser en el poeta es la identidad. Esta totalidad
no es una abstracción sino una realidad
irremplazable. Es el presente en llamas, el estar
pleno, el silencio que ocupa el espacio. Es lo
viviente de sí mismo. Es el uno que produce la
multiplicidad por el estar idéntico. El universo
está hecho de cosas que dicen lo idéntico y el
transcurrir. La conciencia trasciende, posee.
En el poema
Pequeña historia de Cuba Diego dice: «No
sabían mucho, eran más bien felices y no
escribieron nunca» (D.V.)
El saber es una
conciencia que se hipostasía, que se convierte
en historia. La escritura es su inicio, ella
busca afanosamente ser, estar en su identidad,
pero solo lo logra por el poema. La identidad
solo la dá la naturaleza. La conciencia se opone
a lo natural creando la pugna donde el poema se
aloja. El constructo del hombre no solo crea una
segunda naturaleza sino que además coloca a la
conciencia en las empalizadas históricas, en ese
mundo donde el tiempo está enemistado con la
luz, y tiene la poesía que reconciliar los
elementos.
La fábula tiene
un lugar: Ahí se recuesta el poseedor, el
hechizado. El lugar de Diego es la isla, es Cuba.
Ella fue creada por Colón: «Por fin Cristobal
Colón hunde su pluma en la página comienza
entonces la invención de América» (D.V). La
isla fue entrevista y entreoída; inició su
signo; irradió su forma para ser puestra a la
luz, bajo fragmentos , visiones. El primer paso
sígnico lo dió el libro de Isaías: «Una de
las extrañas islas de las que habló
Isaías»(D.V). El lugar se hizo uno con la luz.
La identidad fue ganando transparencia. Su luz es
ciega, no se yergue en el sentido, en la
ganancia, en la pérdida, sino que ella es como
el oro, resiste; siempre al frente, retando.
Idéntica, plena, espera el índice que la
señala, que la evoca, para ser luz sobre luz
evocada.
La forma
poética arranca la luz de lo idéntico. La
identidad es la que posibilita una naturaleza
unánime. Hay una identidad que surge donde crece
la fábula: la isla. Es un enigma, un oscuro que
todos poseemos al ser Uno con la tierra. Vamos a
la Cuba Se creta de María Zambrano: «El
instante del nacimiento nos sella para siempre,
marca nuestro ser y su destino en el mundo. Más,
anterior al nacimiento ha de haber un estado puro
de olvido, de puro estar... Desnudo palpitar en
la oscuridad; la memoria ancestral no ha surgido
todavía, pues es la vida quien va despertando;
puro sueño del ser a solas con su cifra».
Este secreto
prenatal, este fundamento poético de la vida es
una unanimidad que el poeta no del todo descubre
pero se convierte en el reto de su sinceridad y
alegría. La tierra natal es luz eterna que
acompaña la nostalgia de lo otro que es esto
mismo. La tierra natal posibilita una luz
enigmática que llevada a la forma poética es el
verdadero reto, sentido que abre paso a las cosas
para que se incorporen al idioma espiritual. La
resistencia de la naturaleza va siendo vencida
por la incorporación a la lengua; y ésta crea a
su vez una resistencia que se abre en sentido.
Este es un orden que crea la poesía en la oscura
acechanza del origen. El origen de la fábula, el
lugar donde se despliega , es la primera
posibilidad de un sentido de la luz. Si vemos la
metáfora que envuelve lo que el poeta Diego
indica como originario, nos colocamos en planos
de cultura, en datos históricos con ecos
propios, en soluciones poéticas con su propio
orden.
El saber
poético no solo está en la visión, sino
también en el hombre que la despliega y la
reúne. El obtiene una experiencia para dejar una
marca; abandona el terror de lo blanco y dispone
el orden del universo de acuerdo a esa lucidez
que hace de lo visto una forma, una
contradicción llena de sentido, de alegría. La
fuente resuelve el mundo habitado por todos. De
la manera como halle el poeta ese sueño
unánime, así podrá entregar su obra como
alimento.
El lugar de la
fábula, el puro estar, posee la luz, deshoja el
tiempo. El poeta dice esta esencia: el ser pleno
que gravita en su estar. Diego expresa la
cubanidad, ese gracioso vivir de la broma. Ese
ajederez «que siempre ha de quedar
honorablemente a tablas» (V.P.). La risa por
encima de la regla, de cualquier finalidad.
El drama es el
invitado a hacer de las palabras una voz. El
crecimiento va aportando el significado. La
simiente poética se desarrolla, halla luz en la
dramaticidad, en el movimiento que ejecuta un
personaje con su fatalidad. Lo fatídico se
convierte en escena donde el personaje se
despliega. Personaje y escena hacen un fondo de
tremor, de horrible risa. No la risa de la
caverna oscura , aquella que hace que «Cesar
fornique con su alma... que todo hieda»; sino la
risa de la luz inocente que roza a los que viven
en el lugar de la fábula.
La cubanidad ha
estado siempre de lado de lo invisible, que se
cumple en lo terrible. Recordemos los relatos
donde el tío Pedro pierde su dedo o es el
zapatero en Amsterdam, en su paralelismo la vida
opta por la sabiduría del légamo: »los nudos
cuando no pueden zafarse , se cortan». Las
soluciones ahondan el sentido de lo real. El
personaje recoge la sapiencia profunda de lo
inminente y lo piensa como un sentido último,
metafísico. Lo metafísico es un reír la
evidencia. El poeta Manuel de Zequeira en su
locura consideró que un sombrero le daba la
invisibilidad. Los cubanos lo empujaban para
demostrarle que era visible, pero él permanecía
invisible, lleno de divinidad. Todo lo indica el
humor, la risa. Esa exacta reproducción de la
vida corriente la establece la dramática de
Eliseo. El poeta dice, le coloca voz a la
esencialidad cubana: el drama de lo fatídico y
su evaporación de humor. Nada hay tan serio que
no lo derrumbe la sonrisa. Lo ceremonioso arranca
a la cubanidad de su esencialidad.
El saber
es una conciencia que se hipostasía, que se
convierte en historia. La escritura es su
inicio, ella busca afanosamente ser, estar en
su identidad, pero solo lo logra por el
poema.
La fábula en su
estar también habita lo otro. Allí lo poético
cumple su universalidad, su ilimitación. La
tierra se convierte en otra tierra; el paraíso,
en otro paraíso. La fábula está aquí o allá,
siempre en el hombre acechado por la pregunta,
envuelto por la delicia de la luz. Dice Diego:
«El lugar donde vivo no es el mío» (26 P).
Esa otredad, es
el huír propio de lo poético. La poesía tiene
su simiente oscura en la tierra donde se nace y
en la lengua con la que se dialoga . Lo cantado
es un fragmento que tiene como centro áureo lo
remoto, lo que en silencio transcurre por la
sangre. Decir lo otro es decir lo de aquí. La
herencia la posee el alma como un extravío, como
un oscuro que alza una luz en la voz.
Los sentidos son
un remolino que lanzan el nombre. Lo remoto se
entrelaza con lo inmediato en el nombre. El
nombrar es un acto de voluntad obediente. La
obediencia es colocar vida a lo que en sueño
flota. Nombrar es rehacer el mundo. La vida toma
fulgor por el nombre . Los prodigios evángelicos
son una nonada frente al nombre inscrito en el
reino. El paraíso es un lugar donde el nombre se
explaya, toma actualidad. La pérdida del nombre
es la pérdida del ser. El ser innombrado es lo
vacío. Por la nominación las cosas toman
identidad.
El poeta es el
ser que nombra desde el blanco de la hoja el
universo todo. Le coloca movimiento a lo que en
quietud estaba congelado por el olvido. El poeta
desde su vida dice el nombre para encontrar la
luz que engendra. La vida es un oscuro que
engendra luz. El nombre niega el olvido, la
muerte. Por él las cosas regresan al estado de
inocencia, al estado originario, al paraíso. En
Diego el poetizar, es un acto que transforma. El
que nombra es transformado por lo que nombra. El
poeta al inventar la realidad, revierte los
elementos en una visión, le coloca luz a lo que
estaba oscuro, olvidado. Rescata de la penumbra
lo que ama, lo que debe eregirse como vida, como
historia.
Dijimos que la
memoria pregnante de los objetos era puesta por
el nombre. Este entrega el tiempo. El tiempo en
Diego es un trasunto del tiempo en el
eclesiastés. El tiempo se va cumpliendo con
medida, con correspondencia, tiene la identidad
del exterior . El exterior del hombre es la real
medida del tiempo. La obra del poeta hace trocar
el tiempo en luz. La luz hace de las cosas algo
estable. El tiempo derruye pero la memoria
rehace. El antagonismo memoria - tiempo es el que
produce todo acto.
La memoria es la
que produce la palabra. Toda posibilidad de la
palabra es una posibilidad de la memoria. Esta
condensa lo fluído para de nuevo colocarle
movimiento desde un plano más real. Es sabido
que la repetición solo es posible en abstracto.
El vivir el tiempo no permite pensarlo. De modo,
que lo único contra el paso ineclutable es la
memoria.
El tiempo es un
adentro pero a su vez es una exterioridad. Cada
ser posee el tiempo en su interioridad, con ella
lo siente; pero a su vez , lo otro es lo que
posibilita la medida. Nos sentimos morir porque
lo que vemos, muere. La alteridad proporciona la
sucesión; la conciencia mide el tiempo, mide lo
que son las posibilidades del olvido. El pesar de
lo perdido es un ver. Cuando me veo , veo mi
tiempo, el fluír que va hacia la muerte. La
muerte la detiene la memoria.
Distingamos la
memoria, la muerte, como cauces del fluído que
se aúnan a la tetractys que colocabamos al
comienzo. La memoria, como en el pensamiento
agustiniano, es el hijo. Dice Diego en su afán
de lo poético, de colocar el mundo y lo
perdurable:
«Padre mío
Adán entre mi rostro vienes.
Padre, viejo
Adán, en los niños te serenas» (C.J.M).
La figura del
padre es un ascenso que toma el curso del río.El
río es el padre como imagen de la memoria, como
imagen del paraíso.
Deconstruyamos
lo que es imagen, y ésto nos dará la
posibilidad de hallar la memoria y la muerte. La
memoria es Adán. La muerte es Adán. La imagen
es un horror, una quietud que impone el polvo, la
ceniza, el miedo. La cultura occidental ha
colocado como bastión el horror vacui, el miedo
de perder las imágenes. En la imagen hay un
conocimiento donde opera una remota capacidad
cognitiva, que elabora unidades en forma
multívoca. Una de las secuencias del
conocimiento por imagen es la alucinación:
elaborar los contenidos de los sentidos de
acuerdo a la facultad de la imaginación. La
imagen posibilita en esta marcha del saber la
elaboración infinita. La imagen por su
multivocidad entrega cada vez una nueva
posibilidad.
La imagen en
Diego es una quietud, un repetirse la caducidad.
Esta desaparece gracias a la memoria, no como la
fijación de lo destruído, del pecado, del
rompimiento del ser; sino como la urdimbre que ha
de rescatar las cosas del olvido.
En Diego el
vacío, que fue lo que emparentamos con el horror
y la imagen, es físico. El vacío lo detenta la
altura a la que la frágil bailarina se somete.
Nunca se abre un vacío de la existencia. El
hombre en Diego está unido a su sueño, a esa
entidad larvaria que lo conforma. El sueño es
parte de la imagen. La imagen es un sueño no
pensado , no puesto a la luz por las palabras. La
imagen no posee la fábula. Ella es un estatismo,
un horror, la muerte. El sueño es un germen, una
semilla que puede entregar la fábula, aquél
velo que cubre el miedo: esa intemperie que el
hombre vela, oculta. El miedo destruye la vida.
La fábula la rescata del peligro, de ese horror
que acaba con el cuerpo, con la paz, con la
posibilidad del tiempo habitando la vida.
La imagen fue la
salida del paraíso. La ruptura con la inocencia,
con ese estado donde el hombre está amigado con
su naturaleza, con su sueño. La inocencia es
vivir en el germen, en el sueño continuo e
indiferenciado. Esta es una inquietud sosegada,
una indiferenciación del ser y del no ser, del
bien y del mal.
La memoria es lo
que a gritos se escucha en el espejo. La imagen
impasible que muestra la muerte. En Diego se
puede apreciar un logro de reconciliación. En
él se cumplen los polos para hallar un lugar
más próximo a la dicha. Vamos a la imagen. Si
en el libro «En la calzada de Jesús del
monte», era un vencimiento cumplido para que
tuviesen epifanía las cosas del mundo; en un
libro posterior «Los días de tu vida» logra la
unión, el horror se vuelca hacia lo preferido y
queda un halo de amor esparcido sobre la imagen.
La imagen pictórica es la que logra el triunfo.
La pintura es una imagen que en Diego fue ganando
síntesis. La pregunta de Alicia: ¿de qué vale
un libro si no tiene láminas ni grabados?, es
dable para la poesía posterior de Diego ¿no
fueron sus libros: Divertimentos, Cuatro de oros,
Las maravillas de Boloña, etc, textos en
compañía de grabados que los decían y
profundizaban?. Los grabados de Roberto Diago, en
Cuatro de oros, no son acaso clarososcuros que
hacen emerger la figura en un halo de luz
voluminosa?. ¿No es esto la poesía de Eliseo
Diego? La pintura es una imagen que logra romper
el espejo de horror. Dice un poema:
¿Las odias,
desde el
desgarramiento de tus días
y el hambre
de ti mismo, a las imágenes-
impasibles,
quizás? Y entonces ,
el alivio
que brota, y sacia,
en la raíz
del alma, ¿no es ya el aire
libérrimo
en el oro, no es la fiesta
de las
hebras finísimas? sus ojos
que no te
ven, miran
-te
aman.
La
memoria es la que produce la palabra. Toda
posibilidad de la palabra es una posibilidad
de la memoria. Esta condensa lo fluído para
de nuevo colocarle movimiento desde un plano
más real.
El horror fué
vencido por el amor de la naturaleza pintada, la
identidad del ser se cumple en la intemporalidad
del instante en que las vemos, en que nos miran.
Es otro mundo quizá el de las imágenes de la
pintura pero están en el tiempo, en la sustancia
que sostiene el universo con sus pliegues y
dobleces.
La memoria es
una especie de totalidad que mueve lo perdido o
lo que está a punto de perderse. La muerte es la
que gana lo desechado, la que borra el nombre.
Ahora veamos como se establece la memoria en los
poemas, como se articula con la realidad
histórica que Eliseo canta y resucita. La
memoria toma su centro la nostalgia. Esta es un
pesar que abre una posibilidad en el tiempo; es
un estado del alma. Es propiamente la que hila la
letra. Lo poético se cumple como la vida, frente
al tiempo, frente a los elementos primarios. La
nostalgia se convierte en un desideratum hacia
aquel remoto decir frente al fuego. Lo poético
es tener una visión pura, una alegría creadora,
un dominio de los prodigios, una inocencia. La
nostalgia narra lo poético como trasunto. La
letra solo dice aquello que las cosas son:
alteridad. Ella es una entrevisión de lo
poético. Cuando el poeta señala la pérdida, lo
hace desde la permanencia de lo dicho. La herida
del pecado no queda del todo borrada por la nueva
invención del mundo. El alma al inclinarse a lo
puro la abrasa un fuego que habla desde la
lejanía, desde lo que está a punto de caer en
el olvido. El alma es la que al inventar
recuerda,reconstruye el ser en el tiempo.
La nostalgia es
el ahondamiento en la finitud, en lo otro que es
esto mismo porque todo es uno. La unidad la logra
el sentimiento del poeta, del hechizado. Ve los
elementos en que se resuelve toda naturaleza y
los testifica. La finitud es la experiencia que
lleva cada ser ante la naturaleza. La lógica del
mundo se sanciona como un umbral que repite la
muerte. La finitud es una comprensión de la
experiencia de la superación de la muerte. Aquí
opera un salto cualitativo pero que no se
entiende: la eternidad. Dice Diego «En el día
de los otros»: « Y así no entiendes tú la
eternidad- ni yo».
La eternidad no
es una experiencia , es un ver el «no ser
infinito que lo aguarda». Ella no es la
permanencia como ser sustraído al tiempo, sino
oscuridad, nada. No la nada como consecuencia de
la finitud sino una nada que no se entiende, que
no tiene la luz del nombre para hacerla vivencia,
poema. En el poeta Diego se opera el salto
cualitativo a partir de un aceptar la cultura, y
con ello, la religiosidad. La religiosidad es la
forma de diálogo con lo otro, con el silencio,
con lo que toma epifanía en el prodigio, en el
rompimiento de la ley natural. Diego colocó la
religiosidad en la vivencia de Cristo. La
experiencia de Cristo la confirma en un alzarse a
la vida por encima de la muerte. La muerte es
vivencia por el prodigio de un nombre, de un ser
real que ama, que tiene en la finitud la
identidad, pero que sinembargo ejerce el prodigio
de una luz sobre el tiempo. La experiencia de
Cristo es la experiencia del Padre. Es un
ascender en la majestad. Cristo es parte de la
cultura. El Padre, de la invocación, de lo que
no se entiende porque la palabra no tiene la
eficacia del diálogo. Ante el Padre no queda
sino la súplica. Cristo tuvo la vida en la
dimensión de la justicia, de la amistad, del
trabajo, de la costumbre. Su estar, fué un estar
entre nosotros, entre la mañana y la tarde,
entre los recintos del fuego y la familia.
La imagen de
Cristo se admite como imagen buena, como imagen
que se refleja en el espejo traspasado. Imagen
pictórica de la naturaleza real que fué. El
paño de Turín es el sudario que retuvo la
imagen. La magia de la reproducción permite
traspasar de nuevo esta imagen y habitar la luz,
el paraíso que abre el hijo en el silencio del
Padre. La imagen del sudario es una sombra de la
cual se desprende la luz de la vida amorosa,
prodigiosa. La imagen real del paño es una
alegría, una constatación empírica de lo que
fué. En Eliseo la importancia del hecho no se
escatima en su visión religiosa. El hijo fué y
está en las palabras del evangelio y en el
sudario de Turín. «Otros miraron y tocaron las
manos»(D.V). La alegría es reconocer esa
actualidad. El poeta al evocar actualiza su fé.
La fé es un acto del estar ahí frente a lo que
fué. La finitud se trasciende porque El la
trascendió. La cultura recoge esa manera de luz,
de adoración, y la revisita, la actualiza, la
reconoce. El reconocimiento de esa vida religiosa
posibilita la religiosidad.
El ascenso al
Padre tiene nuevos horizontes. El Padre es el que
Es. «El yo soy el que soy « del Exódo. Es la
vastedad con la que se dialoga, pero el diálogo
es súplica. Es la conversación de Job que ve
las manifestaciones. Es la pequeñez frente al
ser. Frente al Padre hay un autoconocimiento, que
no es más que el conocimiento de la finitud, del
tiempo. El Padre es lo otro que no se entiende,
porque la respuesta no es palabra sino el ser
mismo. El es el tú, la conversación infinita
que todo lo posibilita. Siempre es oído a la
súplica. También es posibilidad de imitación.
Se le imita la creación: «Vió que era buena».
La bondad de lo creado es un reglón del ethos,
es el ethos mismo. Dice el poema «El viejo
payaso a su hijo»: «Es necesario hacerlo todo
bien». El hacer tiene una necesidad que es el
bien. El bien de la obra es el bien del Padre. La
obra es el lugar donde los hijos viven, obtienen
la experiencia. Ella es una implatación de lo
real. El hacer las herramientas,es burlar la
intemperie.
La categoría de
juego como imitación de los dioses, no es dable.
El juego es una labor del azar. El azar es
capturado por medio del juego de cartas, del
juego de los niños. El juego tiene en su esencia
la pureza, la inocencia de lo que no se sabe. El
emparentamiento del juego y la divinidad solo es
capturable en lo que no se entiende. Es una
esencia inapresable que solo queda describirla,
mostrarla. El juego es un enigma. La divinidad no
es el azar; lo divino, el Padre, es lo que Es, lo
incondicionado.
La religiosidad
de la obra de Eliseo Diego coloca el bien, el
acrecimiento de lo real, como un bastión para lo
venidero, con la pureza de lo que no daña, de
aquello que imita el Padre. La obra se convierte
en cántico, en experiencia de la maravilla, del
milagro. La religiosidad ata toda cosa, la
revisita para que adquiera su tempo, su tonalidad
en el devenir de la memoria. La memoria le
entrega el tiempo de nuevo a lo que ya sueño u
olvido está en la sombra como germen
protoplasmático. Ella coloca lo esencial, lo
originario, en escena dramática. Lo hace de
nuevo vivir, fluír, a partir de una esencial
dramaticidad que convierte en tremor, en
diálogo, lo dicho, como si estuviera en la
orilla del comienzo o del fin. La religiosidad
del creador lo fusiona con la tierra , con el
lugar mismo; lo hace uno con el misterio. No
distingue en este estadio primero , sino que
comprende la integridad de lo vivo y lo hace
verbo, lo devuelve a su misterio pero acrecido
por el nombre; y éste en el lugar que se vierte
gana un movimiento estremecedor: el drama.
La memoria
reactualiza todo acontecer; lo pequeño es flujo
de la totalidad. El sentido no puede apresarse
porque el ser pleno es identidad. La luz y la
tiniebla luchan, dialogan, progresan en su trama.
Y esa trama el sueño se despierta, se convierte
en realidad, en el límite de la luz. El sueño
no es el cumul de imágenes interiores, sino las
visiones del bosque impenetrable, la lucha con la
tiniebla hasta vencerla. El sueño es una
fabulación misteriosa que rodea cada criatura
como sombra. El poeta, el niño, hacen emerger lo
brumoso y rescatan la visión natural de las
cosas; ven bien, miran de nuevo, ahondando en sí
mismos cada cosa; colocándole peso, gravedad
sobre la tierra. Sueño y tierra son identidades,
tonos de una melodía que como una encrucijada
tenemos que hacer gravitar, animar. Sustancias
que emergen plenas a la luz si la mirada atenta
le coloca el poco de memoria que reta a la
tiniebla y su margen de olvido.
El creador no
deja al azar su gravitación, como padre
«entrega la propia vida a cambio de la dicha».
Su festejo , su libertad, está ahí, en esos
seres restituídos a la luz, que muestran su
envés y revés, su ser pleno a aquél que
amoroso se inclina al nacimiento de las cosas que
estaban ahí desde siempre.
El interior es
una fatuidad, un desvío de la conciencia que
ilumina, que coloca la forma esplendorosa, para
complacer los objetos en su propia esencia.
«Cesar fornica con su alma,» es la metáfora de
la interioridad, del tiempo que hiede, contrario
a ese oro del tiempo que ilumina. La subjetividad
extravía el ser de las criaturas en una falsa
complascencia.
2. El creador se
apareja con el artífice, nos dice Diego: « Todo
es arte al fin».
Las máquinas ,
las vasijas, el circo. Todo es un arte donde se
mezcla el desamparo y el asombro. El artífice
construye seres para su utilidad y amparo; pero
ellos como él, sujetos al tiempo, a su
paciencia, a su habilidad, porque el tiempo es
urdimbre que saca el alma a las cosas. Las cosas
sujetas al arte alcanzan su ser, su brillo del
hoy. Las cosas imitan la naturaleza pero en una
suerte de analogía. La finalidad la rompe el ser
imitado. La naturaleza se transgrede para dar
cobijo al artífice. Dice Diego: "Más tarde
alguien, sagaz, dirá: el hacha tiene forma de
pétalo".
La imagen
de Cristo se admite como imagen buena, como
imagen que se refleja en el espejo
traspasado. Imagen pictórica de la
naturaleza real que fué.
La analogía es
fruto de la imaginación del que ve. La mímesis
la coloca el que contempla de nuevo, el
vivificador. El artífice pule hasta hallar la
forma, la semejanza de su experiencia, de su
técnica, con su propio nombre. Su voz, que en
definitiva es la luz del hombre, al amar la
materia , enhebra no solo los enigmas del oficio
sino también alcanza ese saber de la carencia,
de lo que está en sí mismo. El artífice
paladea el fulgor del sosiego. Trama la
conversación de su oficio: la manera de vivir y
de morir; de no entender , de oír el «limpio
corazón de la materia».
El creador
también busca la respuesta de cada cosa, en la
materia que ama. Lo escrito sale del corazón de
cada cosa.Las cosas vuelven al pálpito por el
flujo del escriba, «el viejo oficio
respetable».
El constructo
del hombre posee su revés, su hambre de horror.
Dice Diego: "En Constantinopla las enormes
máquinas vomitaban el humo y el
escándalo".
Ese reverso de
lo construído es lo que anima la nostalgia. Ella
se despliega en lo simple: el humo del fogón.
Ella se acerca al remoto celebrar del fuego y los
aromas. La primitiva trabazón de vida y muerte.
De materia y lo que se transforma para bienestar.
La prosa de Diego tiene su mayor desenvolvimiento
en ese asomar de la muerte en las cosas. Las
cosas hacen que la muerte se enrede, se demore,
cumpla su cita, pero con el arte del que todo lo
hace bien. Las cosas procuran un diálogo, un
aferrarse ciego a la forma. Esta se reviste de
liturgia. Ellas guardan el servicio, la memoria.
Si el artífice
hace de la materia cosas, según su arte y
solicitud; el creador llega a ellas en un
diálogo amoroso que les revive el tiempo. La
nostalgia es el regreso al virtu de las cosas. Es
stimmung que rompe la finitud por la
actualización. El devenir no es un eterno
retorno de lo mismo sino un stimmung que favorece
un hoy; el presente detenta un instante del
devenir que es luz para la sombra de lo pasado.
El pasado no es un paradigma , sino algo visitado
desde la luz del hoy, desde el instante pleno que
llena a la forma de nuevos terrores y asombros.
La forma es
cántico, drama, discurso. Se eleva en cántico
en la vertiente de nombre y llamado. La voz que
nombra coloca las palabras en el ahí, en el
universo. El ser ahí es trasladado en su esencia
y figuración. Los objetos retan a una sombra que
quiere luz y domesticidad del tiempo. La voz que
llama interpela el silencio, rompe el vacío.
Coloca su esperanza en la respuesta. Llama porque
responde con presteza. Al decir de F. Luis de
León:
«Estando yo
firme en mi esperanza
Tú, Dios,
me llamarás, y yo al momento
responderé
sin punto de tardanza».
El que llama
puede responder, busca el diálogo. El díalogo
lo abre quien llama, el desterrado. Nombra Adán,
llama Job. Esa es la voz, el hallazgo que Diego
señaló: «toda la poesía transcurre- entre la
voz de Adán en el jardín y la voz de Job en el
destierro».
El drama coloca
a la poesía en un afán escénico:En el drama se
colocan las multívocas hablas que avanzan en el
cuerpo único, la tierra natal. Ese útero lanza
su oscuro, y la palabra ya hecha nombre se
dramatiza para significar lo entrañable.
El poeta
inventa desde el alma hasta el zapato para
vivir, para estar en la armonía innegable
del universo. Sus sentidos son preguntas que
se llenan de silencio al responder
El discurso se
abre en lo poético a través de las voces que
han ganado el verbo en su plenitud y totalidad.
El no es la esteticidad sino la realidad misma de
aquello que canta. La voz ha podido recoger el
oscuro y llevarlo a la cifra de la tierra, para
que gane su tono, su voracidad. La palabra
poética se hace discurso cuando alienta lo
originario. Cuando la voz es rumor lento abriga
tonalidades como si fuera un coro sagrado. La
sacralidad de la voz apuntala la tierra en la
palabra poética, que ha ganado su dramaticidad
por el coro oculto que de nuevo toma su epifanía
para decir las cosas todas que están, y ya nada
las pierde, ni el tiempo , porque la forma
consagra al devenir en un detenimiento. El ser es
vuelto a su quietud por la fuerza de la movilidad
real . Esto no es paradojal sino factura, obra ,
voluntad del hombre con su voz para celebrar la
tierra. No hay momentos conceptuales sino tiempos
habitados, que fulguran en la eternidad del
instante congelado en bellas formas con la voz
originaria, quebrada, del hombre al través de
los tiempos y del tiempo: que no devora como
divinidad primitiva sino que festeja el dulce y
rudo acontecer de los hechos.
Los hechos, la
vida, solo la perciben los que ahondan en la
sombra, ésta se adensa en noche; y la noche como
en la secta órfica es creadora, guardiana de lo
que es, siendo. La noche es la que detenta la
memoria en los umbrales del paraíso. Ella
posibilita la soledad, el adentramiento en el
mundo de la fábula. Ella guarda la memoria de lo
creador, de lo órfico, y de la salmodia
aborígen. Esa meláncolica voz que lenta canta
para que la noche no se prolongue, no termine con
la flor, con el sol. La luz es el centro de la
salmodia americana. La noche guarda el huevo, la
semilla de todo lo creado. Ella sorda , llena del
paso lento que hace nacer las cosas a un nuevo
día, a una nueva luz:el crepúsculo. Pero la
noche no es luz sino rumor de lo remoto, de lo
arcaico que tiene toda cosa con la que el hombre
dialoga esperando la nueva luz. La noche es
espacio sobre todo espacio, silencio de lo
armónico en el cielo, silencio de lo dormido en
la tierra. Ella transcurre idéntica, repleta,
dadora, paladeable, espesa. Es adjetivo porque el
sustantivo es el hombre, el solitario que rompe
el silencio con la luz de la memoria, le roba su
hinchamiento y lo lleva a cántico, a la
esperanza de un nuevo crepúsculo, por medio de
un oficio sagrado, deslumbrante, que rompe las
secretas salas del polvo , con una suave danza de
árboles meneados por el viento.
La soledad es
estado, manera de habitar lo que está a la
espera de la significación, es el humilde pasar
de lo natural. Ella es un estar atento, un sed
audito de todo lo que en el tiempo se sucede.
Esta totalidad se convierte en una criatura, una
cosa, «el universo todo en tu cuarto» del
taoísmo; «En la mota de polvo , el universo
todo» , del budismo; «El grano de mostaza, la
escitilla» del cristianismo. Esa idea religiosa
de recoger en una cosa todo el suceder está
explícita en Diego: «Volverse atento a cada
cosa basta aunque fuese una vez y un soplo
casi».
Ocurre aquí la
significación por la unidad; no el análogo de
esto que es aquello, sino esto es, y allí el
tiempo se atrapa en al dificultad máxima: la
creación en el tiempo.
El que oye, el
atento, no comprende aún, sólo escucha. La
naturaleza no se le ha abierto a la comprensión
sino solo a los sentidos, a la melodía que
resuena su orden, su creación eterna en el
tiempo. Eliseo Diego hace del preguntar poético
una enseñanza, un camino, hacia la fiesta de los
seres. "A quién saluda el gallo?".
Preguntas que lanzan el silencio, no la respuesta
satisfecha y golosa. La comprensión no se logra,
porque en el estar, en el solo ser de las
criaturas no atrapamos el sentido. «¿Cuál es
el sentido de la flor?». Lo que se ve es la
posibilidad virginal de lo real. Eso es lo que se
conoce: la realidad. Esta es aprehendida,
videnciada, sentida, como fulgores que no podemos
dar crédito del todo, que se resisten a ser
nombrados , llamados en su plenidtud, pero que
atrapados dicen algo del tiempo que los crea,
visitándolos.
Estamos en la
soledad del poeta y en esa sola cosa que es lo
real. El poeta halla en la calle el paraíso; en
la casa, la liturgia de las cosas; en al mujer,
el tú indescifrable de lo que es idéntico en su
ser y su estar. El patio es la intemperie, el
enigma de estar solo consigo mismo, y los demás
, en lo lejano. Ser y lejanía se aúnan para
penetrar el espejo de la memoria. El ser no se
comprende y la lejanía hace señas. Tiene el
poeta que descifrar su ser en la oscuridad. A
tientas halla la luz de las cosas y se dirige a
este signo, a esta fiesta que entrega el tiempo
lenta, paladeablemente.
El poeta inventa
desde el alma hasta el zapato para vivir, para
estar en la armonía innegable del universo. Sus
sentidos son preguntas que se llenan de silencio
al responder: «¿Qué significa oler, a qué
lenguaje pertenece el picor de la cebolla?». La
verdad de lo que vemos es la pregunta de los
sentidos. Las cosas son y las señalamos en su
ser. Las cosas están . Sujeto el poeta a
señalar, canta, celebra, se apena, en el tono
oscuro que la tierra le entrega. El idioma se
acrece; terrible, pregunta, halla la voz que
nombra y llama el paraíso dejado, la lejanía
encontrada. El idioma hace el real habitable que
el poeta piensa, sueña y escribe. Ve el pasado
inmenso, vacío, y lo llena de hoy. Ve el futuro
en sus hijos y en la sucesión que llama al
olvido. Ve el hoy como el gozne que ata lo
perdido y lo inventado. Todo lo alza en súplica,
en canto, en luz que ilumina la sombra, la vida.
Ve la real forma, halla la gloria de las magias y
las delicias en el tú a solas. Lo demás, un
luego, un incomprensible luego eterno; ya no el
olvido, sino el canto unido a la vida haciendo un
solo cuerpo: la resurrección de lo real más
allá del espejo, el dulce cantar: «Nadie ha
visto lo que yo he amado».
Para las mujeres
que amo: Carlota, Margarita, Verónica , y otra
vez, Verónica.
Nota.
En la
calzada de Jesús del monte: (C.J.M.)
Los días de
tu vida (D.V.)
Cuatro de
oros (C.O.)
Ventiseis
poemas (26 P)
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