El hombre es
lo que hablaJulián Serna Arango
A partir de
la crítica de la racionalidad apodíctica
asumimos la concepción de mundo como mundo
construido, y en particular, como mundo
apalabrado; revisamos algunos conceptos como
el de verdad y el de hombre; discutimos la
posibilidad de realizar las mutaciones de
mundo a partir de las mutaciones de léxico,
y muy en particular de la de nuestros
hábitos intelectuales.
1. El
relevo de la racionalidad apodíctica
Articular
discursos apodícticos en los que la serie de los
juicios estaría encadenada y los conceptos
exentos de ambigüedad, sería tanto como
habilitar una especie de razón pura tendiente a
conjurar la polisemia del significado y la
difuminación del sentido mediante definiciones
de alcance universal. La polisemia, no obstante,
se resiste a desaparecer. Allende las áreas del
saber en las que la cualidad se reduce a la
cantidad, la ambigüedad, la paradoja, provocan
la superposición, la torsión de los conceptos.
Si el
cristianismo conquistó altos niveles de
universalismo, lo hizo mimetizándose; si ello
ocurrió con el socialismo marxista fue con el
concurso de la fuerza. Se trataría las más de
las veces de universalismos descontextualizados o
individualismos vergonzantes. Oportuno es
preguntarnos. ¿Por qué la racionalidad
apodíctica se erigió en ideal del discurso
filosófico a pesar de las ingentes dificultades
surgidas, por qué fue adoptado por generaciones
enteras de intelectuales?
Así como los
creyentes comprometidos con determinado credo
religioso se liberan de toda responsabilidad
escudados en los designios divinos, en lo
relativo a la metafísica los intelectuales se
refugian en la objetividad del tratado
impersonal, anónimo. En la querella de los
arquetipos, el confort metafísico doblega
al afán de reconocimiento, inclusive
En cuanto
satisface pulsiones antropológicas alternativas
hay interés en salvaguardar la vigencia o por lo
menos el espíritu de la racionalidad
apodíctica, y para tal efecto han sido
desarrolladas dos estratagemas: descalificar como
irracionalistas los discursos que no se
comprometen con ella, la primera; reconvertir la
racionalidad apodíctica en racionalidad
argumentativa, la segunda.
1.1 La
querella del irracionalismo
Concebido como
autonomía del pensar, el logos adquiere
la condición de racionalidad apodíctica cuando
sus contenidos se articulan de manera
axiomático-deductiva. Aun cuando no todo
discurso filosófico, científico participa en
sentido estricto de una racionalidad
axiomático-deductiva, todos suelen ser
clasificados con la misma etiqueta: logos,
ratio, razón. Acontece así una trasferencia
de significado: de la parte, la racionalidad
apodíctica, al todo, al discurso en general,
cuando se atribuye al último exigencias
privativas de la primera. Los resultados saltan a
la vista: si razón = racionalidad apodíctica,
cuanto discurso no opere bajo parámetros
axiomático-deductivos o por lo menos no lo
aparente será clasificado como no racional, y
para tildarlo de irracional bastaría aplicar una
lógica maniqueísta. Develada la argucia, no
sólo quedaría en entredicho la reducción de la
racionalidad a la racionalidad apodíctica, sino
además la antítesis
racionalismo-irracionalismo.
Postulado
cartógrafo del saber, el autor de tratados
creía atrapar el mundo en su red conceptual;
el ensayista, en cambio, se reconoce
partícipe de un entramado de sentido que al
tiempo que lo explora, lo reconstruye.
1.2 La
racionalidad argumentativa
Así razonemos
para convalidar nuestras convicciones, protegidas
en una especie de bunker conceptual, los
argumentos no necesariamente constituyen la vía
por conducto de la cual conquistamos tales
convicciones, si ellas hacen carrera porque se
revelan coherentes con nuestra precomprensión de
mundo, por su empatía con nuestras expectativas.
De allí que Rorty recomiende: «(
)
distinguir con provecho entre las razones de la
creencia, y las causas de la creencia que no
consisten en razones» (1).
Si nuestras
convicciones no necesariamente derivan del rigor
apodíctico del discurso, es menester reivindicar
el protagonismo de otros elementos como sería la
ejemplificación.
Colocar ejemplos
ha sido visto por algunos como una manera de
interrumpir el vuelo filosófico del discurso,
cuando el racionalismo, tal como fuera destacado
por Feyerabend, supone que: «(
) lo que
importaría en una argumentación no son los
ejemplos mismos sino sus descripciones
abstractas» (2).
Ejemplificar,
pudiera replicarse, no sólo sería un acto de
cortesía pedagógica, sino además un reto, la
vía mediante la cual el autor sale de su bunker
conceptual y se la juega , una prueba iniciática
a la que estaría expuesto el texto, pero que de
salir airoso de golpe se transmuta en mundo, es
decir, termina haciendo parte del mundo del
lector.
2. El
concepto de verdad
El relevo de la
lógica por un lenguaje comprometido con nuestra
construcción de mundo lleva a discutir el
concepto de verdad; ello acontece en dos etapas:
1. Si el
mundo es el mundo construido por nosotros, la
verdad no estaría dada por el progresivo
ajuste de la mente con el mundo, estaría
dada por una relación entre proposiciones.
De allí el relevo del concepto de verdad
como adecuación por el concepto de verdad
como coherencia.
2. Si el
mundo es el mundo construido por nosotros,
nosotros seríamos reconstruidos al construir
mundo, y la coherencia del discurso no debe
reputarse absoluta, sino relativa a
determinada apertura de mundo; no se
trataría de la coherencia entre los
diferentes elementos del discurso, sino su
coherencia, o mejor, su pertinencia frente a
determinada apertura de mundo. De allí el
relevo del concepto de verdad como
coherencia por el concepto de verdad
como apertura de mundo.
3. Cuando
el habla muta
Concebido el
mundo como el mundo construido por nosotros,
apalabrado por nosotros, cuando al decir de
Heidegger: «Sólo donde hay lenguaje hay mundo»
(3), el hombre es lo que habla, y ello
explica por qué a pesar del fracaso de la
racionalidad apodíctica en demostrar la
existencia del mundo exterior, del yo, de un
sentido de la vida, inclusive, no dudamos de
ellos. Advierte Muñiz Rodríguez:
«¿ Qué
sentido tiene hablar de la no existencia de
mesas o de que son meros fenómenos de
conciencia, cuando el uso del lenguaje
ordinario prueba lo contrario ?» (4).
Si el hombre es
cuanto habla, cuanto ha sido apalabrado, cambiar
al hombre implicaría mutar su léxico, sus
hábitos intelectuales, sus aperturas de mundo.
Heidegger advierte al respecto:
«Debe
quedar abierta la pregunta acerca de si la
esencia de las lenguas occidentales sólo
lleva en sí misma una marca metafísica, y
por lo tanto definitiva (
) o si estas
lenguas ofrecen otras posibilidades del
decir» (5).
La conexión
entre las mutaciones del habla y las del ser que
somos nosotros, cuyo mundo sería el mundo
efectivamente apalabrado, no sólo ha sido
advertida por Heidegger o por filósofos por él
influidos. En su relato «Tlön Uqbar Orbis
tertius», Borges registra cómo una
modificación del repertorio de accidentes
gramaticales acontecida en Tlön, país
imaginario, la primacía del verbo sobre el
sustantivo, en el hemisferio austral, la del
adjetivo sobre el sustantivo en el hemisferio
boreal, origina una mutación de su psicología,
de su concepción del mundo, inclusive. Relegado
el sustantivo, accidente gramatical que
testimonia la permanencia de los fenómenos, la
colonización del concepto de tiempo por el
concepto de espacio, los habitantes de Tlön
-leemos en Borges- serían congenitamente
idealistas. Más adelante anota:
«(
)
los hombres de ese planeta conciben el
universo como una serie de procesos mentales,
que no se desenvuelven en el espacio sino de
modo sucesivo en el tiempo» (6).
Mutaciones
semánticas acontecen a diario y las más de las
veces constituyen el subproducto del acontecer
histórico, cuando las nuevas palabras o las
nuevas acepciones operan como etiquetas; dados
los últimos desarrollos tecnológicos los
idiomas arbitran nuevas etiquetas, es decir,
neologismos. Sin embargo, las mutaciones
semánticas no siempre surgen en esa dirección.
Mutaciones
semánticas originadas en la pérdida de vigencia
de algunos términos o de los juicios de valor
incorporados a esos términos, como en el caso
del término dogma, antes asociado con
sentimientos de respeto y ahora motivo de
prevención; como los términos bien y mal,
cuyo sentido propio tiende a difuminarse; como el
término verdad, cuyo sentido propio se
aproxima al de lo verosímil; como el término historia
universal, que hoy día se percibe
anacrónico por lo menos en el ámbito
académico, han sido inducidos por la obra de
algunos pensadores, por la repercusión alcanzada
en los círculos intelectuales, multiplicada a
través del proceso educativo, reforzada por los
medios de comunicación; incorporadas a nuestra
precomprensión del mundo, se traducen por
ejemplo en actitudes o expectativas de corte
relativista.
4. La
crisis de la modernidad
Así Rorty
reconozca que: «(
) el cambio de lenguajes
y de otras prácticas sociales puede producir
seres humanos de una especie que nunca antes
había existido» (7), no todos los pensadores
estarían dispuestos a convenir que las
renovaciones semánticas posibilitan mutaciones
de la condición humana. No faltan quienes
insistan en la tesis según la cual la vía para
revertir fenómenos como el individualismo y el
autoritarismo se limitaría a la transformación
de las estructuras económicas y políticas.
Si el
individualismo, que acelera la desigualdad, y el
autoritarismo, que socava la libertad, reaparecen
en los diferentes experimentos políticos en los
últimos siglos en Occidente; si no se revalúan
por una simple decisión de la voluntad, ni una
ley ni un decreto, ni con la formulación de unos
principios, como demostró la experiencia
soviética, es menester explorar otras opciones.
Empecemos por
advertir que el individualismo es un
autoritarismo en pequeña escala, y el
autoritarismo, un individualismo sublimado.
Factor común del individualismo y el
autoritarismo sería la concepción del mundo que
gira alrededor de un centro. No es otro el punto
de encuentro de la meta física y el monoteísmo,
que opera como metafísica en potencia hasta
cuando interviene la Escolástica de turno.
Forjadas
nuestras instituciones, acuñada nuestra
mentalidad por el binomio
metafísica-monoteísmo, no bastaría gestionar,
decretar nuevas ideas de libertad e igualdad, ni
adelantar gestas emancipatorias y políticas
redistributivas; en aras de la superación del
individualismo y del autoritarismo es menester
habilitar vías alternas de construcción de
mundo.
5. Otros
discursos
Aunque los
presupuestos de la racionalidad apodíctica han
sido puestos en cuestión tal acción suele estar
comprometida; si el discurso se reduce a una
sucesión de juicios en cadena presupone el
concepto de verdad como coherencia; si el
discurso se proclama autosuficiente, válido para
todos los contextos posibles presupone el
concepto de verdad como adecuación. En
ambos casos, el discurso por medio del cual se
discute el primado de la racionalidad apodíctica
estaría comprometido con los presupuestos que
posibilitan esa misma racionalidad apodíctica.
La inercia de la metafísica es difícil de
vencer.
Si se quiere
tomar distancia de la racionalidad apodíctica es
menester invertir las prioridades del discurso;
antes que prescindir de los contextos tomar
partido de ellos; más que universal, pertinente.
Antecedentes los hallamos en la poesía, más
hacia atrás en el mito, siempre en la ironía.
Compete
habilitar discursos que tomen partido de las
expectativas, las presunciones, los presupuestos
del eventual lector. Apoyándonos en las
expectativas compartidas sería posible agilizar
el discurso, potenciar su pertinencia. Si
llevadas hasta las últimas consecuencias las
presunciones, los presupuestos de la postura a
debatir se revelan inconsistentes, impertinentes,
si se registra su hipertrofia, las aseveraciones
de allí mismo derivadas quedarían sin piso; no
sería menester confrontarlas una por una.
Un discurso que
renuncie al anacronismo de ser autosuficiente,
válido para todos los contextos posibles, cuyas
pretensiones, en cambio, sean las de abrir mundo,
poner a circular sentido, se distingue de varias
maneras. A diferencia de los autores
metafísicos, quienes elaboran discursos
monofónicos, es decir, en los que participa una
sola voz, la suya; los no metafísicos abundan en
referencias a otros autores; ello ha sido
señalado por Rorty. Mientras los autores
metafísicos articulan discursos
arquitectónicos, concluyentes; a los no
metafísicos los caracterizan sus discursos
abiertos, que ante todo dan qué pensar. Si las
ambigüedades, las paradojas son clasificadas
como resagos de subdesarrollo intelectual por los
autores de tratados; ellas adquieren, en cambio,
indiscutido protagonismo en las sentencias de los
presocráticos y en la obra de Nietzsche.
Mientras los autores metafísicos se ajustan a la
lógica y a la gramática ordinaria; autores
postmetafísicos los hay que a semejanza de los
poetas trascienden los usos canónicos del
lenguaje no sólo desde un punto de vista
semántico, sino además gramatical; no sólo se
mueven en el mundo, además gestan mundo; ello
acontece con Heidegger.
Liberado de las
pretensiones relativas a la formulación de
discursos a-históricos y ecuménicos, el
discurso filosófico reivindica la autonomía del
pensar, su capacidad de alterar la trama de
significados y sentidos, y en esa medida tiende
puentes con otras modalidades del discurso, con
el arte, con el mito que en su momento se
revelaron capaces de construir y reconstruir
mundo; en los que ayer la racionalidad
apodíctica no veía más que ficción.
En un mundo en
que los universalismos se apresuraron a
descalificar las tradiciones, cuando esos mismos
universalismos son rebasados por el acontecer
histórico sobreviene el nihilismo, y
paradójicamente en la era de las comunicaciones,
la incomunicación. De allí que la apertura del
discurso a modalidades que tomen partido de los
contextos compartidos, y profundicen a través
suyo, es también la oportunidad de fortalecer
las tradiciones, construirlas o reconstruirlas, y
en síntesis potenciar la comunicación.
Postulado
cartógrafo del saber, el autor de tratados
creía atrapar el mundo en su red conceptual; el
ensayista, en cambio, se reconoce partícipe de
un entramado de sentido que al tiempo que lo
explora, lo reconstruye; advierte que la palabra
no es un epifenómeno de la cultura, sino el
sustrato del mundo para nosotros; que no se trata
de anunciar el descubrimiento de la verdad, sino
de evitar la clausura del mundo; que la
filosofía, en fin, no es la suma del saber, sino
la posibilidad de alterar el repertorio de mundos
posibles por el atajo de la reflexión.
NOTAS
(1) RORTY,
Richard. Contingencia, ironía y solidaridad.
Barcelona: Paidos, 1991. p. 67
(2) FEYERABEND,
Paul. Adiós a la razón.
Barcelona: Altaya, 1995. p. 32
(3) HEIDEGGER,
Martin. «Hölderlin y la esencia de la
poesía». En: Interpretaciones sobre la
poesía de Hölderlin. Barcelona: Ariel,
1983. p. 58
(4) MUÑIZ
RODRIGUEZ, Vicente. Introducción a la
filosofía del lenguaje. Barcelona:
Anthropos, 1989. p. 142
(5) HEIDEGGER,
Martin. Identidad y diferencia.
Barcelona: Anthropos, 1990. p. 155
(6) BORGES,
Jorge Luis. «Tlön Ubqar, Orbis Tertius»
En: Ficciones. En: Prosa completa.
Buenos Aires: Bruguera, 1985. v. 2, p. 115
(7) RORTY,
Richard. Contingencia, ironía y solidaridad.
Barcelona: Paidos, 1991. p. 28
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