Algunos
apuntes acerca de la construcción de lo heroico
en Walter BenjaminAlberto Antonio Verón
Ospina
En el
presente nesayo se propone el inicio de una
serie de consideraciones sobre la figura del
héroe en la literatura de Walter Benjamin.
La condición heroica aparece como una de las
temáticas de mayor atractivo en las
literaturas modernas de occidente. El héroe
que rescata Walter Benjamin es trágico. Su
complexión imaginaria tiene su anclaje en el
drama de quien vive entre el esperanzador
mensaje del arte y unas condiciones sociales
ausentes de la idea de justicia.
El héroe
moderno en Walter Benjamin
En su ensayo
acerca de «Lo moderno» (1) Walter Benjamin nos ofrece las
claves para rastrear la representación que el
filósofo Alemán tiene acerca de lo heróico. Es
heroico el poeta que como Baudelaire elabora una
prosa poética donde logran inscribirse los
sobresaltos de la conciencia. Es heroico el
artista lleno de padecimientos y de pobreza. Es
también heroico el trabajador asalariado que
trabaja bajo condiciones alienantes o
desfavorables. Resultan heroicos las prostitutas
y los conspiradores políticos; heroico Sócrates
y Walter Benjamin como filósofos y víctimas de
sus respectivas épocas. La condición del héroe
es similar a la del gladiador que lucha en una
arena o en una ciudad en la cual será marginado
y cuyo único reconocimiento vendrá por el
camino de la literatura y el arte. A su ves son
heroicos la masa que reclama para si el objeto
artístico, lo despoja de su carácter burgués
de ente para la contemplación y lo coloca a
disposición de la multitud para que lo disfrute
y hasta lo transforme.
De
Sócrates a Walter Benjamin
Los filósofos
suicidas nos han recordado que en tiempos de
crisis la esperanza nos viene destinada por
aquellos que con su ejemplo se vuelven figuras
únicas y que por los mismos avatares sociales de
su tiempo son transformados en los héroes de una
época.
El suicidio
obligado de Sócrates persigue a la cultura
occidental. Este descubrió como tema de la
filosofía al hombre de la ciudad, aquel que,
encuentra en la existencia urbana de los hombres
el vasto espacio para un pensamiento
antropológico. De similar forma, Benjamin,
condenado también, por la irracionalidad de su
tiempo a tener que morir por su propia mano en
septiembre del año 1940, nos habla desde un
heroísmo que es sólo la postura estética en
medio de una reverberación revolucionaria. Ese
heroísmo de color crepuscular que envuelve sus
tesis sobre la literatura, la historia, la
ciudad, la estética conducen a una reflexión,
ahí sí de orden revolucionario, sobre la
posibilidad de una crítica integral que no
fragmente, ni separe, pues como escribe Barbero:
«Benjamin
no investiga desde lugar fijo (...) Esta
disolución del centro como método es lo que
explica su interés por los márgenes, por
todas esas fuerzas, esos impulsos que
trabajan en los márgenes sea en política o
en arte.»(2)
Con la caída de
las aplicaciones políticas más duras y
dogmáticas del marxismo, las tesis de Benjamin
retornan como un puente fundamental, hacia la
obligación de abrirle camino a la reformulación
del materialismo histórico en el centro de la
voraz ideología liberal cuyas soluciones
parecieran ser vistas bajo la condición del
ábrete sésamo de nuestros problemas sociales.
La muerte de Sócrates anunció de manera
temprana para occidente la condena que los grupos
intransigentes hicieron de quienes se marginaron
de sus dinámicas de poder o que fuesen capaces
de impugnar los resortes secretos de la
política. De ese tiempo hasta hoy el intelectual
arrastra una sensación, más creciente cada
día, de lo que Danilo Cruz Velez llamó La
muerte del intelectual en la época de la
técnica.
En días de
Sócrates, los tiranos no resistieron el desafío
moral que el ejemplo socrático significaba en
una ciudad arrasada por las ambiciones inmediatas
de poder. Es importante recordar como para
Platón, el estado que cediera al sólo deseo de
poder, se encontraba al principio del fin .
Igualmente, en tiempos de Walter Benjamin,
durante la primera mitad del siglo XX, una
persecución echa desde el fanatismo ideológico
y el mayor rigor en la exterminación
sistemática de los débiles, dejó sin piso
alguno cualquiera de los predicados sobre la
justicia propios de la comprensión occidental.
Pero con la muerte de Sócrates también cierto
tipo de culto al perdedor se generaliza en
occidente. Sócrates o Benjamin no son sino
fisonomías de una nueva tragedia protagonizada
por otro héroe: el filósofo.
Educado en el
ambiente de una exitosa familia de la burguesía
alemana, los textos que acerca de su infancia
redactó aportan el testimonio de lo que fuera
una vida feliz, para un niño de la clase alta
del norte de Europa. Esa evocación por la
infancia se trasparenta en cada uno de los textos
que componen su «Infancia en Berlín» al igual
que en sus ensayos sobre el universo de los
juguetes y del mundo de los infantes. En los
diarios que empezara a redactar de manera
temprana se describe de la siguiente manera:
«nací en
Berlín el 15 de julio de 1892 y soy hijo del
comerciante Emil Benjamin. Recibí mi
educación en un instituto de bachillerato
humanístico que dejé en 1912 tras el examen
final»(3).
Pero tras esa
lacónica presentación que hace con el
propósito de brindar sus servicios de escritor e
investigador independiente, en medio de la
pobreza y el poco reconocimiento que le rodeará
durante su vida, coinciden los rastros y razones
de su precipitada huida y de sus solicitudes de
ayuda:
« En marzo
de 1933 tuve que abandonar Alemania, siendo
ciudadano Alemán y contando 41 años de
edad. Como investigador independiente y
escritor, la revolución política no sólo
me privo súbitamente de la base de mi
existencia, sino que además - pese a que soy
disidente y no pertenezco a ningún partido
político - me condujo a una situación de
inseguridad con respecto a mi libertad
personal.»(4).
Siguiendo este
análisis, consideramos que en Crónica de
Berlín(5) y en Infancia en Berlín
hacia 1890 el héroe es el niño que se
representa el mundo desde la visión que inaugura
la infancia.
Su más
ambicioso proyecto, relativo a ese París
demónico del siglo XIX cuenta con una serie de
prolegómenos, los cuales con el título
castellano de las «Calles de una sola vía»
servirán al interesado, como forma de acceso a
sus detallados estudios de París, su cultura,
pero ante todo, a las transformaciones en la
percepción de la vida en sociedad. Estas
transformaciones, concebidas bajo el nombre de
«Modernas» por parte de Benjamin, tienen un
correlato original en el pequeño y hermoso texto
fruto de su amor por la intelectual europea Asja
Lascis, alrededor de la cual experimentó una de
las pasiones más fuertes de su vida. En estos
pequeños relatos, se observan registradas desde
las primeras páginas, su declaración de
principios alrededor de una dialéctica entre
escritura y acción revolucionaria, entre
recolección de información y movilización
activa del intelectual:
«Para ser
significativa, la eficacia literaria sólo
puede surgir del riguroso intercambio entre
acción y escritura ; ha de plasmar, a
través de octavillas, folletos, artículos
de revistas y carteles publicitarios, las
modestas formas que se corresponden mejor con
su influencia en el seno de las comunidades
activas que el pretencioso gesto universal
del libro.» (6)
«La Calle de
dirección única» debe mucho a París y resulta
una tentativa por comunicarse con esta ciudad.
Escrito en dos series -1929 y 1933-, son
pequeñas historias, relatos breves, que se
inscriben en la misma trayectoria de análisis a
través de metáforas, alegorías e imágenes
dialécticas. Benjamin ejerce el papel de quien
hurga manías escondidas y sueños ocultos, en
rápidas disecciones de actos humanos, gestos,
mohines, para de esta manera examinar desde la
interioridad de los apartamentos burgueses la
estremecedora inmensidad del alma humana.
Como bien lo
desarrolla Concha Fernandez (7), la intención de Benjamin en
estos escritos a primera vista disparatados,
parece responder a dos cuestiones :
«en primer
término quiere, como los surrealistas,
obtener una iluminación instantánea en los
desperdicios de la historia, en lo trivial y,
en segundo término, resultan ser también un
ejercicio a la vez literario y filosófico
consistente en hacer decible, explicable, la
iluminación».
El autor propone
un juego de breves y precisas descripciones que
recrean y enjuician los interiores de la
burguesía:
«el mirador
protegido por una balaustrada y los largos
pasillos con su cantarina llama de gas no
puede cobijar adecuadamente más que un
cadáver. En este sofá, la tía sólo puede
ser asesinada. La inánime exuberancia del
mobiliario no se vuelve realmente cómoda
sino en presencia del cadáver»(8).
Se trata de una
visión contundente de la escritura en la cual se
puede interpretar la manera en que la
institución social de la burguesía es vista
como un museo decrépito.
Luego de su
muerte, en especial durante las últimas tres
décadas del siglo XX, el prestigio literario y
filosófico del autor ha cobrado una elevada
importancia. Pareciera que su manera de escribir
y de pensar encontraran en la sociedad de fin de
siglo un pasto abonado. En Walter Benjamin
resulta preciso entender que su inacabado
proyecto filosófico, al contrario de ocultar los
elementos propios de la vivencia personal, asume
la posición de procesarlos con el mayor placer,
convirtiéndolo en material inquietante para los
gustos de las estéticas más tradicionales. Ese
carácter inacabado que deja el autor nos es
rebelado por su propia pluma:
«Para los
grandes obras, las obras concluidas tienen
menos peso que aquellos fragmentos en los
cuales trabajan a lo largo de toda su
vida»(9).
Así, frente a
la preocupación de otras escrituras filosóficas
por cerrar la discusión, en Walter Benjamin
encontramos la intencionalidad de la apertura.
Es dificultoso
encontrar en Walter Benjamin una línea, por
abstracta que sea, donde no brille el delicioso
encanto de una fina comprensión de la belleza, y
en la cual el papel heroico del escritor en la
sociedad moderna no resplandezca. Recordemos que
la vida del filósofo Alemán estuvo unida a un
constante ir y venir por Europa , subrayado por
la presencia de lo sentimental, en especial de
mujeres lo bastante destacadas en los ambientes
intelectuales de la Europa de entreguerras. En el
año de 1915 acaba relaciones con su novia Greta
Radt para iniciar su noviazgo con su futura
esposa Dora Pollak, luego descubrirá a Asja
Lascis, la fina intelectual a quien Benjamin
dedica su libro de «Calles de vía única».
El
heroísmo en Walter Benjamin, visto por Cano
Gaviria
El escritor
colombiano Ricardo Cano Gaviria publicó una
pequeña novela, «El pasajero Walter Benjamin»(10) donde nos ofrece una versión
novelada de lo que fue la dura travesía del
escritor y filósofo judío entre Francia y
España en pos de una alternativa de escape ante
la dura persecución de la policía alemana. En
verdad que la historia de Cano Gaviria no le hace
una plena justicia narrativa a las posibilidades
que presenta el personaje de Benjamin, pero la
sola elección de este filósofo como héroe que
fracasa, nos deja un indicio de la paulatina
importancia de Benjamin como héroe de la cultura
moderna.
La novela de
Gaviria se construye desde un narrador que
acompaña las últimas horas del escritor;
durante esas horas aparecen en la memoria del
filósofo, el repertorio de imágenes de su
infancia, los paisajes y las experiencias que
danzan al interior de unos sentidos embotados por
el cansancio, la desesperación y el presagio
permanente del suicidio como salida:
«Entonces
sintió casi ganas de reír ante el miedo,
que lo asaltó de repente, no de que la
débil e insignificante llama de sus
pensamientos se apagara (...), sino de que
pudiera alguna vez quedar reducido a la
mínima expresión de sus pertenencias, una
cartera negra con un pobre manuscrito mil
veces retocado, un elegante reloj con
leontina, unos zapatos casi inservibles, pero
sobre todo unas gafas de miope tan
desamparadas y vacías como dos
conchas»(11).
La historia que
ofrece Cano Gaviria es la de una constante huida,
el intento por todos los medios de un hombre de
letras, de encontrar un lugar en el que pudiera
elaborar sus investigaciones. Pero a diferencia
de otros escritores de la llamada escuela de
Frankfurt, Benjamin no tuvo esa oportunidad de
desplegar el repertorio de sus proyectos, como lo
indica el narrador de la novela de Gaviria, ya
que de todos sus trabajos pocos alcanzaron a
concluirse.
«En todos
ellos todavía podían reconocerse los
estragos típicos de las bombas, cuando aún
no hacía un año que había cesado el viento
de la guerra, o mejor dicho: cuando había
empezado a soplar en otra dirección,
provocando ese continuo deambular de
fronteras.»
Aquí vemos la
manera en que el héroe filosófico sucumbe a la
tragedia de su tiempo.
El
Benjamin que oculta Marshall Berman
Durante los
años ochenta la aparición del libro de Marshall
Berman Todo lo sólido se desvanece en el aire,
tuvo el efecto de enseñar a los intelectuales de
lengua inglesa, el análisis que desde la
crítica literaria se podía hacer al fenómeno
de la modernidad. En el capítulo dedicado a la
ciudad de París a través de la poética de
Charles Baudelaire, Berman reconoce los aportes
que en este sentido abrió Benjamin en cuanto a
los temas de la modernidad y la relación entre
la modernidad y la literatura. En el momento de
entregarse a hacer la reconstrucción cultural
del París del siglo XIX Benjamin acudió a todas
las fuentes de información posibles; se sirvió
de mapas, de documentos públicos, de afiches
pegados en las calles. El método seguido por el
autor alemán preludia los estilos de consulta
cultural que se realizan hoy; en estos los
límites de la investigación exclusivamente
bibliográfica son rebasados por un método que
opera desde la sincera disposición por atravesar
disciplinas. Berman, en su capítulo dedicado al
examen de la ciudad de París desde la poesía de
Baudelaire y los contemporáneos a este,
manifiesta el impacto que los estudios de
Benjamin acerca de la modernidad tuvieron en su
vida como lector. Benjamin nos manifiesta un
París signado por las conspiraciones políticas,
el alcohol anarquista y revolucionario que se
fermenta en las tabernas; la manera en que el
poeta registra la aparición de la vida urbana de
masas con todos sus desequilibrios sociales e
injusticias. Pero Berman, a diferencia de Walter
Benjamin escoge otro punto de vista, en este la
poesía de Baudelaire se encuentra sitiada por
dos fuerzas: el culto pastoral a la modernidad
que crece en el corazón de la ciudad luz y la
crítica aguda a todas las injusticias y
desequilibrios que la modernidad trae. Mientras
Benjamin toma textos en versos de Les fleurs du
mal en que describe con rima la belleza de las
mujeres francesas que salen a los paseos y los
bulevares «Agile et noble, avec sa jambe de
statue» o la miseria y olvido a que son
sometidos los más miserables de la gran ciudad,
Marshall Berman se consagra al estudio de los
poemas en prosa de Baudelaire, concretamente el
poema de Los Ojos de los pobres(12) y aquel donde se narra La
pérdida de la aureola(13). Tanto en Benjamin como en Berman
el poeta inicia un recorrido por la ciudad que lo
lleva a registrar y reconocer en esta urbe las
contradicciones de mayor profundidad: en el
corazón de los hermosos boulevares, entre las
mujeres más atractivas y los poetas más osados,
el investigador de la vida cotidiana encuentra
los ojos desmesurados de la miseria, las
consignas rabiosas de los conspiradores, el vino
añejo del potencial revolucionario que las
contradicciones sociales de clase pueden
potenciar. Así en «Los ojos de los pobres» el
héroe es el antihéroe desdichado quien mira la
riqueza de los otros desde la calle, mientras en
La pérdida de la Aureola el heroísmo del poeta
consiste en asumir la vida en la calle y en los
bajos fondos como sentido de su aventura.
La ciudad
Comunicarnos en
una ciudad hecha de palabras conduce al autor
moderno a ensayar distintas vías de tránsito.
Igual a quien deambula por una ciudad inexplorada
y se ve en la necesidad de valorar cada detalle,
por insignificante que sea, de modo que su
orientación tenga que forjarse a partir de
minúsculas huellas; así el escritor es tentado
a improvisar rutas de escritura.
La
condición del héroe es similar a la del
gladiador que lucha en una arena o en una
ciudad en la cual será marginado y cuyo
único reconocimiento vendrá por el camino
de la literatura y el arte.
Existe en la
ciudad una gramática que se aprende en los
mapas, en los nombres de las calles, en las
fachadas, en las cúpulas de los edificios, en
algún aviso en letras de neón; referencias
obligadas para las que el viajero pueda leer y
guardar el acumulado de su experiencia. Esta
práctica que exalta la pericia a la hora de
tomar «El metro» y de internarnos por la
intrincada red de «Pasajes» nos muestra la
extrema semejanza existente entre el arte de
escribir y el de viajar. Alegorías, metáforas,
imágenes dialécticas, pequeñas historias y
relatos donde Walter Benjamin nos trata de
comunicar su asombro frente a aquello que de tan
cercano resulta trivial la vida moderna, pero que
gracias a la intrusión de la poética nos
devuelve la sutil atmósfera de su lejanía:
«La ciudad
no se visita, se compra»(14) «La
cervecería es la llave de cualquier ciudad ;
saber donde se puede beber cerveza alemana
es, como conocimiento de geografía y
etnología, más que suficiente»(15), «Al
hombre de la calle, sin embargo, es el
dinero, lo que le aproxima de este modo las
cosas y establece el contacto decisivo con
ellas» (16)
Esas calles
modernas, que de la monumental fachada conducen
al lupanar clandestino, suelen parecerse a la
literatura: capaces de expresar poéticamente
grandes miserias y pequeños arrullos de placer
que se esconden en la intimidad de los
apartamentos burgueses. Esas calles modernas, a
cuyos lados se levantan las vitrinas comerciales
y que también nos conducen a la producción en
serie, a nuestros más alegres recuerdos, a la
revolución durante tantas décadas invocada, a
una cita literaria o erótica, a un mendigo que
exhibe su miseria en los lugares de mayor
concurrencia. Esas calles parecieron poseer
durante la primera mitad del siglo una dirección
única: la del progreso; Benjamin sugiere en
cambio una lectura de esas grandes vitrinas y
bodegas repletas de tecnología: una lectura
melancólica que hermana al revolucionario con el
poeta en el acto de dudar de las bondades del
progreso y del desarrollo.
Walter Benjamin
tuvo la propiedad de detenerse en medio del
tráfico de los compradores, estimulando así que
todos los avisos comerciales, toda la oferta del
mercado, todas las situaciones humanas que se
evidencian en una calle central de la ciudad no
se diluyeran bajo la indiferencia del
transeúnte, sino que por el contrario se
convirtieran en «Iluminaciones profanas»,
capaces de constituirse en sentidos provisorios
de la existencia.
Podríamos
proponer que Benjamin está interesado en
proyectar su concepción filosófica y estética
del mundo sobre la superficie de una ciudad en la
cual se reúnen aquellos ámbitos urbanos vistos
no sólo en su existencia de viajero consumado,
sino en ese otro viaje más definitivo y
simbólico que es el de la literatura. Sus
ciudades provienen de la literatura. Sobre los
terrenos en construcción, las gasolineras, el
número de alguna casa, la policlínica, las
cervecerías o los burdeles, el escritor
constituye relatos y reflexiones que define con
el hermoso nombre de «Iluminaciones profanas»
Y es que entre
los propósitos de Benjamin se halla el de trazar
la memoria de los paisajes, de los objetos y de
las gentes que por un vivo mecanismo de
imaginación y de simplificación se trasmutan en
heraldos de una escritura.
La obra de
arte en la época de su reproducción mecánica
Millones de
personas no pueden o no lo consideran fundamental
el hecho de acercarse en vivo a las llamadas
obras de arte originales. Con el desarrollo de la
técnica un concierto o una representación
teatral, el autorretrato de Durero, etc.
parecieran iguales o mejores en tanto copias que
los mismos originales que fueron su base. En las
llamadas «artes cultas» de occidente se
producía una conexión de orden exclusivo entre
los asistentes al concierto con los ejecutantes
de la obra, mientras en las fiestas populares se
presenta una irrupción de una temporalidad
distinta a la cotidiana, capaz de alterar los
ritmos diarios en que transcurre la existencia de
la comunidad. Sobre las grandes obras de los
turistas los «flash» de las cámaras no cesan
de encenderse, creándose una nueva experiencia
de tinte espectacular y de mercado turístico en
torno de las expresiones culturales. Las mismas
calles de Europa se congelan en el tiempo para
agradar y responder a la «sed de recuerdos» que
sienten los visitantes extranjeros. A su vez el
público se retira de las salas y se recoge
frente a la reproducción del libro; más
lectores se acercan a estos a partir de las
traducciones y la reproducción de un concierto.
Todo ese cambio drástico en la manera de
acercarnos a la obra de arte posibilitó, en
términos de una sociología de la cultura y de
una filosofía de la percepción, un viraje de
corte copernicano en la manera de estudiar los
procesos culturales, pues no bastaba solo
entender la intencionalidad de la obra misma,
sino de interpretar las transformaciones que se
generaban en el receptor de la obra. En el caso
del Carlos Marx interpretado por Walter Benjamin,
el carácter reaccionario que ha tomado la clase
burguesa y la manera como ha naturalizado las
relaciones sociales de producción se vuelve
extensiva al orden de la estética moderna.
Fenómenos como el salario, la separación
infranqueable de clases sociales son situaciones
que Marx muestra como resultantes de una
impostura histórica y de apropiación por medio
de la fuerza. Ante esas contradicciones
económicas manifiestas en el orden de la
infraestructura, Benjamin indaga por análisis
que atraviesan el orden de las relaciones de
producción estéticas y simbólicas. Si el
carácter reproductivo y masivo de la obra de
arte en los tiempos de la sociedad de masas,
facilita mirar la transformación que
experimentan conceptos como los de obra de arte,
percepción de la obra de arte y autenticidad, la
alternativa para el arte se encuentra, en
términos de Jesús Martín Barbero: en el
acercamiento de las masas a la comprensión de la
obra de arte, la posibilidad que tienen los
hombres comunes y corrientes de disfrutar y usar
los objetos estéticos, y la experiencia de
cercanía que tienen las masas debido a la
reproducción, de los eventos en apariencia más
distantes. En este horizonte es que aparece la
alternativa heroica de las masas ya que se
apropian de la estética burguesa y la
transforman, o en palabras de Antonio Gramsci la
vuelven contra-hegemónica.
Comunicarnos
en una ciudad hecha de palabras conduce al
autor moderno a ensayar distintas vías de
tránsito. Igual a quien deambula por una
ciudad inexplorada y se ve en la necesidad de
valorar cada detalle
El aura
Walter Benjamin
describe «El aura» como «el aquí y el ahora
de la obra de arte, su existencia irrepetible en
el lugar en que se encuentra». Desde esta
descripción el valor estético anterior a los
tiempos de la reproducción a gran escala, radica
en que se trata de un fenómeno singular,
arraigado en un tiempo que se despliega y abre en
la medida que los iniciados en él se apropian de
ese «aquí» y «ahora». Esa experiencia del
arte anterior a la reproducción masiva es
imposible de revivir. El « aquí» y el
«ahora» son el pináculo del concepto de
«autenticidad». Lo auténtico se levanta como
principio regulador en el caso único de la
producción artesanal pero entra en crisis
cuando:
«La
fotografía, por ejemplo, puede resaltar
aspectos del original accesibles únicamente
a una lente manejada a propio antojo, con el
fin de seleccionar distintos puntos de vista,
inaccesibles en cambio para el ojo
humano»(17)
El carácter
auténtico de la obra de arte radica en que esta
se trasmite durante el tiempo que dure
físicamente la obra y en la posibilidad que
tiene esta de guardar en su pátina los eventos
que acaecen a lo largo de su recorrido y
preservación del tiempo. La reproducción en
cambio elimina en la obra la testificación
histórica, devela su carácter de simulación,
de convención previa entre un productor de
imágenes estéticas y un receptor.
Según la
teoría de Walter Benjamin «Dentro de los
grandes espacios históricos de tiempo se
modifican, junto con toda la existencia de las
colectividades humanas, el modo y la manera de su
percepción sensorial»,(18) de allí que las maneras de
percibir y de aprehender el objeto estético
están unidas a eventos de orden histórico. La
percepción que se tiene de los objetos
estéticos en la época de la industrialización
contribuye al desmoronamiento de su «aura». El
objeto estético deja de considerarse irrepetible
y lejano y las masas que irrumpen en la época de
la técnica imponen una percepción de mayor
cercanía con las cosas.
«Cada día
cobra una vigencia más irrepetible la
necesidad de adueñarse de los objetos en la
más próxima de las cercanías, en la
imagen, más bien en la copia, en la
reproducción»(19).
La consigna que
se impone es la de igualar en importancia la
representación de las cosas por medio del
ejercicio de desvirtuar lo sagrado, de despojar
la obra de aquellos elementos que le otorguen un
estatus de lejanía. Nos encontramos acá con una
tarea encomendada al héroe moderno.
El
ensamblaje de la obra en la tradición
Las tradiciones
son el escenario en que las culturas se legitiman
a si mismas por medio de sus producciones
simbólicas. La obra de arte lleva en sí los
fastos de la tradición de la cual emerge. En las
sociedades arcaicas, unidas de manera radical a
los grandes mitos, Benjamin incrusta el valor de
la obra «en el ritual en el que tuvo su primer y
original valor útil». Este ritual primigenio se
encuentra articulado a las urgencias prácticas
de la vida como la guerra o la vida más allá de
la muerte. En el caso de los griegos su sentido
humano y vivamente plástico les llevó a
construir un parentesco de orden antropomórfico
entre hombres y dioses. Basta con recorrer los
salones del Museo del Louvre y darnos cuenta de
la preocupación burguesa de ser asimilada en un
panteón en que el estado moderno y el Olimpo
antiguo resultan comunicados. La fotografía,
escribe Benjamin, fue el anuncio para el arte, de
que la dependencia de los rituales llegaba a su
finalización. El arte dejó de estar expuesto a
la sola contemplación y se hizo exhibitivo y
reproducible. A los artistas modernos, bautizados
con el título de vanguardias les correspondió
convertir en evidente esa simulación. El arte
«En lugar de su fundamentación en un ritual,
aparece su fundamentación en una práctica
política.»(20) La modernidad entonces
inaugura un nuevo mito que no está ensamblado
sobre la contemplación sagrada sino en la
exhibición pública; es un arte que convoca pero
no a los entes de la metafísica clásica sino a
la esfera de la política; su carácter cultural
está inmerso en los valores profanos de la
modernidad. Esto último con cierta ironía lo
expresa Walter Benjamin:
«La
capacidad exhibitiva de un retrato de medio
cuerpo, que puede enviarse de aquí para
allá, es mayor que la de la estampa de un
dios, cuyo puesto fijo es el interior de un
templo». (21)
Como conclusión
a este acercamiento a algunos temas centrales de
la cultura en Walter Benjamin, la modernidad
resulta ser no el escenario donde la inspiración
y la subjetividad desfallecen; contrariamente es
el es cenario donde las masas pueden acercarse de
una manera desconocida pero atractiva a los
fenómenos de la producción estética; este
acercamiento implica que las masas se hagan
conscientes de su papel heroico en la historia.
NOTAS
(1) Lo moderno,
Tomado de: BENJAMIN, Walter. Poesía y
Capitalismo, Iluminaciones II, Taurus,
Madrid, 1987.
(2) BARBERO,
Jesús Martín. De los medios a las
mediaciones, comunicación, cultura y hegemonía,
Editorial Gustavo Gil Méjico, segunda edición,
1991.
(3) WALTER,
Benjamin. Escritos autobiográficos,
Alianza editorial, versión española de Teresa
Rocha Barco, Alianza Editorial, Madrid, 1996.
(4) Op cit,
p. 59.
(5) El texto de
Crónica de Berlín al que hago referencia
aparece en «Walter Benjamin. Escritos
Autobiográficos, Alianza Universidad, p.
1888-242, Madrid 1996.
(6) BENJAMIN,
Walter. Dirección única, Alfaguara
literatura, traducción de Juan J. del Solar.
(7) FERNANDEZ
MATORREL, Concha, Crónica de un pensador,
p. 114, Editorial Montesinos. Barcelona, 1992.
(8) BENJAMIN,
Walter. Dirección única, Alfaguara
literatura, Madrid, 1987, p. 20.
(9) Op cit,
p. 18
(10) CANO
GAVIRIA Ricardo, El pasajero Walter Benjamin,
Monte Avila editores Latinoamericana, Caracas,
1992.
(11) Op cit,
p. 66
(12) BAUDELAIRE,
Charles, Poemas en prosa, El Ancora
Editores, 1994, Op cit, p. 26 - 27
(13) BAUDELAIRE,
Charles, Op cit, p. 130 - 131.
(14) BENJAMIN
Walter, Dirección Única, Alfaguara
Literatura, Madrid 1988, p. 94
(15) Op cit,
p. 94.
(16) Op cit,
p. 73.
(17) BENJAMIN
Walter, El Arte en la época de su
reproducción mecánica, (Fotocopia), Tomado
de Sociedad y comunicación de masas,
James Curran y otros, Fondo de Cultura
Económica, Méjico, 1981.
(18) Op cit,
p. 438, Op cit.
(19) BENJAMIN
Walter, La obra de arte en la época de su
reproducción mecánica. Tomado de Sociedad y
comunicación de masas, James Curran y otros,
Fondo de Cultura Económica, Méjico, 1981.
(20) Op cit,
p. 440.
(21) Op cit,
p. 441
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