El artefacto narrativo: Metáfora de la Contemporanidad

Rigoberto Gil Montoya

Las prácticas urbanas determinan en buena medida el ser individual y colectivo. Más que un espacio habitado, la ciudad es hoy símbolo, presencia viva de una estética que prefigura en la ficción, en el arte narrativo, la complejidad de la vida contemporánea. Centraremos la discusión en torno a la presencia del fabulador citadino, conectado a la maraña urbana, testigo y autor de un mundo que se mueve y que se perfila tan extraño e interesante como la misma realidad virtual generada desde los medios electrónicos.

 

Ruidos, voces, tráfico vehicular, seres anónimos golpeados por la soledad y el sinsabor de los días inciertos, de los tiempos en que es tan fácil salir de casa para no regresar jamás a ella, porque lo desaparecen, víctima de una fuerza oscura, sin rostro, propia de esos dramas de novela negra, cuando se descubre que detrás de la mano asesina del mayordomo existe un ser innombrable, casi un dios de las tinieblas. Demoliciones, intercambios comerciales y luces de neón; un elefante y un bisonte viejos, de propiedad del Circo King-Bros, el rey de los circos de América, engullen maleza en los terrenos aledaños a Supertiendas La 14; alguien tararea un estribillo, quizá herencia de Abelardo, el personaje mítico de Plaza Sésamo. Las autoridades locales informan a la oponión pública sobre el hallazgo de un nuevo cementerio con huesos pequeños, tal vez pertenecientes a los niños que la ciudad ha visto desaparecer en los últimos dos años y de los cuales sólo quedan jirones de ropas y el testimonio de un anciano que juró haber visto a uno de ellos por última vez en el semáforo de la trece con séptima; movimientos de grupos protestan por las calles céntricas, rumbo a la plaza, arengando a la movilización, recordando la figura del Che y partiendo de sus ideales para reclamar garantías en este laxo período de la apertura económica y la privatización de instituciones del Estado; un aparato de radio deja escuchar la última canción de Shakira, mientras los buses continúan remarcando sus rutas y los televisores exhibidos en las vitrinas arrojan múltiples destellos: el crimen colectivo perpetrado por dos jóvenes norteamericanos, Eric Harris y Dylan Klebold, al interior de la Escuela Columbine de Littleton, Colorado, bajo una consigna de ideología extrema: "Algún día, la escuela Columbine explotará. Muerte a todos los atletas. Todos deben morir". Llegan también relatos de Kosovo, de Nigeria, de París, de Amsterdam, y una que otra imagen insiste en desplegar el más reciente curso de los paros estatales y de qué manera -la de siempre- los diálogos de paz no superan los obstáculos mínimos ni los lenguajes eufemísticos, capaces de dilatar los procesos hasta más allá de la racionalidad. En fin, la ciudad traza, impulsa sus rostros y quien la habita lo mueve la impresión de formar parte de una multitud nada silenciosa, en permanente cambio, abierta a la movilidad de las masas que reclaman su lugar. Así es la ciudad de hoy, provocadora en sus formas, expresiva en sus diálogos, interesante en su entramado urbano, dispuesta al diálogo con la tradición a través de una fachada o de un documento empolvado, lugar de metarrelatos y de locura, atmósfera que se presiente en todo acto creador:

Mi ciudad vive pero en sus entrelíneas

todo chamuyo es un sobrentendido

cada jerigonza va en busca de su tímpano

hay contraseñas hasta en las bocinas

la sístole y la diástole aprendieron su morse(1) 

 

Y en medio de esta barahúnda, el escritor de ficción, dispuesto a capturar con su cámara -a la manera del personaje creado por Cortázar en Las babas del diablo-, esa compleja realidad que tal vez sea expuesta por la palabra que nombra, asomada a este mundo para ofrecer la visión individual y redoblar al mismo tiempo el sentido profundo de lo colectivo, como una suerte de mapa que impone sus convenciones y subraya sus propias rutas, un poco para guiar al treanseúnte por los vericuetos de la sensibilidad humana y otro tanto para desvelar las contradicciones, los temores, las pasiones de los seres sociales: «En tanto que los hombres producen nexos y concatenaciones -reflexiona el cineasta Wim Wenders-, las historias hacen la vida soportable y son un auxilio contra el terror»(2) . Las historias, los relatos de ficción, las novelas, se convierten en artefacto y metáfora de un mundo que nutre a borbotones los diálogos y las voces de la contemporanidad, ahora que las fronteras entre los países cada vez son más deleznables, en virtud de la mass mediación -resultado de la intervención cada vez mayor de los medios electrónicos(3) - como fuerza instauradora de un nuevo orden, donde se aprecia la consolidación de grupos identitarios, en un sentido cultural, no étnico, portadores de diversidades y diferencias, bajo el influjo de los medios masivos -ya se habla incluso de micronarrativas subversivas, derivadas del cine, la televisión, la música - que han penetrado con fuerza la vida ordinaria y que pone en práctica otro tipo de solidaridades, nuevas clases de discursos y otras formas del poder, supraestatales, producto en buena parte de la mass mediación y globalización, de esa nueva dinámica, virtual, a menudo difusa, del mundo interconectado y vinculado por nodos invisibles al mundo como máquina y trasunto de la autoridad de las clases dominantes. Furio Colombo sostiene al respecto la existencia de nuevos castillos de poder donde se concentra la tecnología, como signo de una gran estructura que todo lo puede y determina, pues por encima de los debates económicos y políticos, la autonomía -léase sometimiento- se resuelve a partir de la concentración tecnológica y militar(5). Se trata de un castillo pre figurado tal vez por Kafka en sus novelas alegóricas y sugerido más tarde por Maqroll el Gaviero en su aventura por el río Xurandó. Desde la perspectiva de estos castillos neofeudales son otros los discursos que se animan, movidos por una serie de redes interconectadas, para traslucir los vínculos de la multiculturalidad y evidenciar al mismo tiempo el cambio de mentalidades, justo cuando los dogmas son rebatidos, toda certeza es atacada, toda búsqueda ontológica y religiosa reune prosélitos y los nuevos paradigmas, en la dinámica de la participación y la creación -la idea es de Dora F. Schnitman(6) -, privilegian la subjetividad, el rol del azar, la coexistencia de teorías alternativas, la multiplicidad de estilos y donde se producen diálogos entre los contrarios, para privilegiar lo que en su momento fuera desvirtuado o minimizado por algunas escuelas o tendencias teóricas. Así, lo regional y local asume una categoría en el concierto de las discusiones internacionales, cuando la idea de la globalidad parecía poner en peligro la tradición y la memoria de los grupos sociales marginados de las decisiones políticas, derivadas del centralismo recalcitrante y cuando los diálogos académicos convocan la existencia de diversas identidades que devienen "a través de la subjetividad", "dentro de un eje global de sentido"(7) . Se reconoce la existencia de los grupos juveniles, muchos de los cuales, en virtud de búsquedas de expresión particulares, se convierten en tribus urbanas o subculturas juveniles, cuya existencia obedece, según observa Gary Clarke, no sólo al fortalecimiento de meras "soluciones imaginarias" como héroes de mundo, sino también a la "resistencia simbólica", al combate denodado contra lo "hegemónico", en procura de conquistar "espacios culturales" donde por lo menos exista, en lo ideológico, una "autonomía relativa"(8) y en el orden de la estética, rutas de búsqueda y expresión que modelen los signos de la poscultura, esto es, la deshumanización, la ampliación del canon occidental, la asunción de la barbarie como hecho inherente a nuestra cultura, al decir de Steiner.

(...)la construcción de la realidad puede asumirse como acción estética, exploración formal de sentidos, red de símbolos que señalan los imaginarios de los seres citadinos, atravesados por la complejidad de un mundo en constante movimiento(...)

Protagonizamos asímismo los tiempos en que a los grupos migratorios se los observa como complejos culturales y la realidad sobreviene construcción permanente : "Si la realidad no es natural y autoevidente, sino construida, también puede ser deconstruida, interrogada, cuestionada"(9)  Desde esta perspectiva, la construcción de la realidad puede asumirse como acción estética, exploración formal de sentidos, red de símbolos que señalan los imaginarios de los seres citadinos, atravesados por la complejidad de un mundo en constante movimiento, al decir de Calvino, cuya fisonomía a veces se diluye en las formas de la muchedumbre mutante, siempre en construcción, apenas haciéndose, ahora que la imaginación, como lo sostiene Benedict Anderson, deviene hecho social, colectivo, lo cual instaura una pluralidad de mundos imaginarios(10) , una recontextualización del movimiento masivo, en un espacio mediado por el influjo constante de los medios electrónicos. No se trata sólo de reconocer el tipo de imaginación que posibilita la creación, el fenómeno de lo estético; se trata de algo mucho más cercano a las prácticas cotidianas, a las dinámicas que proponen las ciudades mismas, a esas labores diarias de los habitantes urbanos por superar los obstáculos inmediatos, a ese hibridaje cultural que supera cualquier clasificación de orden histórico y cultural y que hace de la confusión y la mezcla otro orden estético. Para Canclini, Latinoamérica es un caso particular, pues sus comunidades han pasado de ser campesinas, con culturas muy tradicionales y locales, algunas con sustratos indígenas bastante marcados, a convertirse en "una trama mayoritariamente urbana, donde se dispone de una oferta simbólica heterogénea, renovada por una constante interacción de lo local con redes nacionales y trasnacionales de comunicación"(11). Es evidente que al interior de esta nueva trama surge otro tipo de imaginación que por igual influye a los artistas y a las comunidades en sus dinámicas diarias. Para Anderson la imaginación hace ya parte de la vida cotidiana, del mismo deseo de sobrevivir al interior de la muchedumbre que se moviliza. Basta pensar un poco en los "diálogos del rebusque", en las formas de discurso empleados por niños en los semáforos y enfermos en los buses, por payasos en las terminales de transporte y políticos educados en los juegos verbales de Cantinflas, por estafadores en las salidas de las corporaciones bancarias, para determinar que asumimos otro orden discursivo, en cuyo prurito la literatura, como artefacto que dice y cuestiona, como vehículo que traduce y recrea símbolos, se revitaliza en nuevos contenidos, más allá de la complejidad manifiesta por Dos Passos en Manhattan Transfer o Cabrera Infante en Tres tristes tigres.

Para animar el nuevo caos del mundo multivocal, sube al escenario el escritor de la diáspora, el mismo que como agente de los grupos migratorios e intérprete de un sentir colectivo, hijo de los tiempos veloces, cuya espiritualidad, al decir de Lipovetsky, "se ha situado en la edad kaleidoscópica del supermercado y del auto-servicio"(12), deambula por el espacio exterior y da cuenta de él; en sus palabras resuenan, desde luego, los ecos de la contemporanidad, los fragmentos de un mundo que concentra y desovilla, para sus observadores, jirones de imágenes que parecieran formar parte de un zappin, desde una pantalla que revela interesantes lógicas narrativas y estéticas, esto es, memorias abiertas a la construcción de nuevas sensibilidades(13) , imaginarios que condescienden las rupturas y arriesgan otros signos en el concierto de las ideas.

El panorama de la ciudad actual es muy interesante: se ofrece atiborrado de figuras, presencias y lenguajes, ciudad videoclip, "montaje efervescente de imágenes discontinuas"(14), donde la tradición comulga con lo nuevo, la demolición da paso a las dinámicas del progreso, lo rural se confunde con lo urbano, el lenguaje virtual impulsa otras realidades, cuando no es que las manifestaciones artísticas cada vez se alejan más del museo, permitiendo una fusión atractiva con expresiones populares y artesanales; el mercado local sufre las arremetidas del mercado trasnacional y el consumo se erige motor de las nuevas culturas. Ante un panorama tan rico y altamente significativo, se invoca la existencia de un escritor que pueda unirse a ese diálogo dinámico y polivalente, para que su ficción consiga dar cuenta de esa nueva verdad en movimiento, siempre tan fresca y renovada. Aquí radica, según lo expone Canclini, el reto del artista de hoy, sea cual fuere su nacionalidad. Se trata de responder al diálogo que invade el espacio cultural latinoamericano(15) , enteramente intertextual -entiéndase declaración, recuerdo de la cultura- y dialógico, conectado a las realidades del orbe, con su red de circuitos por donde navegan voces e imágenes que recogen la tradición y las nuevas expresiones, y promulgan al mismo tiempo las urgencias de un mundo global portador de otra ética, de otro ritmo, de un tono diverso en su constructo social, mientras los seres humanos apelamos a la memoria y la imaginación, para expresar la interioridad  y para asumirnos en el mundo de relaciones, mediante las cuales optamos un destino y forjamos un horizonte; al fin y al cabo, lo sostiene Fried Schnitman:

Sentirse partícipes/autores de una narrativa, de la construcción de los relatos históricos, es una de las vías de que disponen los individuos y los grupos humanos para intentar actuar como protagonistas de sus vidas, incluyendo la reflexión de cómo somos participantes de y participados por los diseños sociales(16) 

 

De otro lado, se advierte la presencia del escritor como flâneur de su tiempo, desprovisto de toda aureola -a la manera de Baudelaire por las callejuelas parisinas, conforme lo vislumbra Benjamin(17) - y armado de una sensibilidad avisada para capturar los signos de estos tiempos, atento a la respiración de las multitudes que habitan las ciudades contemporáneas, cuya morfología y sus pulsiones de vida se hallan entre el adentro como espacio que dice y cuestiona la intimidad del fabulador, y el afuera, como ámbito exterior plagado de connotaciones y nodos intercomunicados, ahora que lo público define en mayor grado las dinámicas de la vida en los espacios urbanos y lo privado se repliega a instancias de poder que ordenan en cualquier momento el cierre de vías o el cercamiento de espacios antaño transitables, para esconder modus vivendi excéntricos y asépticos frente al hecho de lo cotidiano. Así las cosas, el escritor se apresta a descifrar otra ruta en su mapa de posibilidades, a hacer de su mundo un pretexto para exhortar el sentimiento de los otros, mediado por el suyo, y para evidenciar un estado de la imaginación compulsado por el día de hoy:

Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconde otra (...)

-También las ciudades creen que son obra de la mente y del azar, pero ni la una ni el otro bastan para tener en pie sus muros (18) 

 

En tanto habitante de la ciudad, el escritor se sabe de la multitud. Entiende que forma parte de la audiencia y que sus palabras obedecerán los ritmos y vibraciones emanados de los seres urbanos, cuyos imaginarios quizá encuentren forma en las palabras que los nombran, en las pesadillas que los contienen y en el perímetro de un canon que deviene alegoría en los destinos escritos de Bartleby el escribiente, de Gregorio Samsa y el señor Ko del propio Franz Metzger, ese niño proclive a los libros y obsedido por escrutar la memoria impresa, inerme ante los estragos del fuego. Un canon que a la vez se reescribe en tiempos de la posmodernidad y cuya alegoría la constituye la difícil tarea de Pierre Menard y la tormentosa espera del coronel Buendía, de un texto que nunca llega a sus manos.

El escritor recorre las calles y las encrucijadas porque entiende que es un <<abandonado de la multitud>> (19), héroe de la vida moderna, símbolo de un tiempo que ha privilegiado la subjetividad, la autoconciencia, el volverse hacía sí mismos para encontrarse con los otros y desvelar los misterios modernos: esa rica y en todo caso llamativa relación con los objetos y los instrumentos electrónicos, con la imagen virtual y las expresiones híbridas de un arte que somete nuevos materiales y con otras sensibilidades que bullen en el centro mismo de los grupos ávidos por marcar un espacio y animar un lenguaje que los designe como protagonistas de su propia verdad.

Atento al devenir y a descifrar los símbolos del tejido urbano, el creador de ficción toma ahora partido de una serie de cambios que traslucen otras metáforas, originales sentidos. Esa pareciera ser parte de su misión, así la ciudad le cobre tributo, lo moldee, lo margine o lo haga perderse entre la maraña de las circunstancias habituales. Pero la ciudad, amante furtiva, también se deja asir por los ojos y las manos de quien deambula en busca de signos complejos y más en sociedades como las nuestras, cuyos procesos económicos, sociales y culturales conocen las discontinuidades y las rupturas, asumen la contradicciones y las atemporalidades. Basta recorrer nuestros espacios urbanos para ser testigos de la confusión y la pluralidad. "¿Dónde está escrito que debamos ser coherentes?", le confiesa un líder político marxista-espiritista brasileño a la periodista mejicana Alma Guillermo Prieto(20). Su crónica es reveladora de un estado del alma latinoamericano: una suerte de caja de Pandora donde todo cabe: desde los discursos marxistas y racionalistas, hasta la magia, la superchería y el espiritismo; una mezcla que permea por igual a la clase política y trabajadora y que desconoce por entero las jerarquías sociales. Mientras se habla de la modernidad como un manera de interpretar la liberación de la conciencia individual, de imponer el discurso de la ciencia en busca de la verdad o de las verdades y de privilegiar el concepto del progreso como razón material, nuestras ciudades revelan también estados premodernos y formas de ser, producto de un desarrollo en varias vías, de un barroquismo más allá del arte y el folclor, acaso también cercano a una metafísica de las costumbres. De ahí los murmullos, los batiburrillos, las mezclas, las confusiones, la saturación, lo mágicorreligioso, las alteraciones, que nos hacen diversos. El escritor colombiano Fernando Cruz Kronfly ilustra a su manera lo que deviene hoy en los núcleos urbanos:

...en nuestras barrriadas populares urbanas tenemos camadas enteras de jóvenes e, incluso, adultos cuyas cabezas dan cabida a la magia y a la hechicería, a las culpas cristianas y a su intolerancia piadosa, lo mismo que al mesianismo y al dogma estrecho e hirsuto, a utópicos sueños de igualdad y de libertad, indiscutibles y legítimos, así como a sensaciones de vacío, ausencia de ideologías totalizadoras, fragmentación de la vida y tiranía de la imagen fugaz y el sonido musical como lenguaje único de fondo(21) 

 

Esta confusión se debe en parte a las dinámicas de la globalización y del diálogo multicultural, pero también a las formas concretas de ser latinoamericanos, de una historia que hemos construido a la sombra de la expoliación y los olvidos, de los yerros y las fábulas en torno a héroes de yeso, de la imposición y del temor a descubrir nuestro propio rostro. Ya lo ilustraba García Márquez en su Discurso del Nobel en el año 82, a propósito de las crónicas del florentino Antonio Pigafetta, a su paso por la América Meridional, quien registraba la anécdota del aborigen aquel de la Patagonia que al verse reflejado en un espejo enloqueció por el repudio que le produjo constatar su propia imagen(22). De esa imagen un poco difusa y ahora alimentada por el videoclip de la contemporanidad habla el escritor el día de hoy. La palabra nombra a la vez que proyecta una imagen de nuestra condición mental y circunstancial, en un mar de causalidades, en un todo determinado por la existencia y confluencia de identidades, ahora que es posible y urgente subrayar las diferencias, el sino de los otros.

Para Barthes, la lengua se reconstruye a diario en otra parte, ese lugar ilímite nombrado por él como "el paraíso de las palabras"(23) . La palabra se arroga el derecho a construir la metáfora de este mundo, a dilucidar en imágenes la condición del ser que prolonga en el lenguaje lo que es y lo que no es o aquello que deriva del misterio nunca revelado, esto es, el hecho estético, del que hablara el señor Borges, una suerte de mensaje vital en aquello que escapa a la racionalidad, la misma dicotomía que tal vez animara en el fondo la obra del irlandés Samuel Beckett, cuyos personajes abominan del lenguaje pero se valen de él para trazar la silueta de sus cuerpos informes o para registrar sus posiciones extremas frente a un mundo que recibe de frente su fluido verbal inconexo, reiterativo, inagotado, salvo cuando una de esas voces, Watt, Murphy, Malone o El Innombrable, deciden callar, es decir, morir a su modo. Así, la palabra, cuerpo móvil, sustancia primera, denuncia su presencia, se ofrece a los espíritus más lúcidos y revela su desenfado, su conformismo, su ambigüedad, conforme a las intenciones tácitas del creador de ficción, componente de un mundo que lo reclama y estima: "Sólo una palabra. /Una palabra /y se inicia la danza /de una fértil miseria.", escribe el poeta colombiano Álvaro Mutis, el responsable de esa conciencia errante y contradictoria de nombre Maqroll, hijo de los puertos y de las aguas que sopesan su incertidumbre, llevando sus palabras a cuestas como una maldición apenas insinuada en sus diarios de vida.

Un canon que a la vez se reescribe en tiempos de la posmodernidad y cuya alegoría la constituye la difícil tarea de Pierre Menard y la tormentosa espera del coronel Buendía, de un texto que nunca llega a sus manos.

¿Qué es pues la ciudad sino un texto que se construye y deconstruye en virtud de un mundo complejo en el diálogo de sus imaginarios? Texto es tejido, lo recuerda Barthes, para quien el escritor es sólo criatura del lenguaje (24) y un ser que por falencia e inconformidad con las palabras de fuera -aquellas que lo han hecho y establecido-, se atreve a pergeñar las suyas. También la ciudad es un tejido, un entramado, una forma de la conciencia, lugar donde se fortifica o se apaga el destino individual, un hilo de Ariadna que desovilla y recoge los tránsitos de las aglomeraciones, ese ente concreto pero socialmente abstracto, al decir de Benjamin (25) .

Más allá de sus líneas divisorias, de sus callejuelas y parques, de sus moles de cemento y sus centros de poder, de sus encrucijadas y puentes, la ciudad se encuentra edificada sobre la base de un alma ciudadana, de un espíritu insuflado por sus habitantes y unos derroteros estéticos, sociales y culturales que hacen posible el milagro de la cotidianidad. En ella confluyen los miedos, estados de incertudimbre que hacen perder el uso de algunos espacios urbanos, ya estigmatizados por fuerzas opresivas o por intereses privados. En ella se dan cita los diversos grupos migratorios, en constante desplazamiento, bien porque la ciudad atrae como un imán y parece ofrecer a quien la habita modos y posibilidades de vida, o bien porque se convierte en refugio para quienes huyen de las violencias y discriminaciones rurales. Fenómeno de la vida con temporánea, las migraciones obedecen a un constante fluir, a una permanente movilización de gentes que buscan mejores lugares para asentarse o condiciones de vida más dignas. Retomando a Albert Hirschman, Benedict Anderson cataloga a las hordas de inmigrantes como diásporas(26)  y rescata de ellas su fuerza imaginativa y el hecho de que, adonde van, llevan consigo el deseo y la memoria; de ahí que la ciudad contemporánea sea cada vez más híbrida y compleja, pues los grupos migratorios se establecen con las marcas de su cultura y su universo simbólico. Para el escritor polaco Ryzsard Kapuscinski, proclive a recrear desde el reportaje el mundo alucinante de los sistemas totalitarios, en una ciudad como Los Ángeles se viene formando una raza cósmica en el sentido cultural, no antropológico, donde es posible observar cómo cada grupo migratorio se apodera de una parte de la ciudad y contribuye a la formación de la gran metrópoli de los países tercermundistas, sin que por ello pierdan sus raíces; por el contrario, ellas se amalgaman y transforman, como se amalgama y se transforma el lenguaje mediado por las estéticas. De ahí que en Los Ángeles, expresa él, pueda encontrarse, en pequeño, a Tokio y Taipei, a Saigón y México, a Seúl y Corea, es decir, que asistimos por fuerza a la conformación de una "multitud multicultural" (27) , preocupada por mejorar sus niveles de vida y por colonizar espacios más ricos en ofertas, fusionándose de manera inevitable con nuevas mentalidades y formas de percepción. Esta dinámica reciente provoca la consolidación de una ciudad tipo collage, o una suerte de puzzle, prefigurado en las obras de autores como Dos Passos, Georges Perec y Julio Cortázar, el autor de ese rompecabezas lúdico llamado Rayuela. El oficio de Kapuscinski, escritor y periodista, se convierte en modelo del creador contemporáneo -"Viajar significa para mí atención, paciencia para informarme, deseo de saber, de ver, de comprender y de acumular todo el conocimiento" (28) -, del escritor testigo de su tiempo y su devenir, que asume los cambios como pretextos para armar la historia, el testimonio y así dar cuenta del conflicto y agregar por lo menos otra pieza al vasto rompecabezas de las ciudades de fin de siglo :

Los Ángeles constituye un collage vasto, irregular, gigantesco, un despliegue de fragmentos: automóviles, carreteras, arquitecturas, culturas, razas, idiomas. Todos los valores, todas las estructuras se han fragmentado. Todo se ha hecho pedazos, para luego juntar esos pedazos en un lugar. Tenemos una mesa grande. Sobre esta mesa hay distintas cosas: papeles, retratos, fragmentos de distintos bienes. Todo está ahí. Y cuando tratamos de reconstruir estas cosas, de volver a ponerlas en el orden que tenían originalmente, somos incapaces de hacerlo. El resultado de este esfuerzo por reconstruir la realidad es el collage (29) 

 

La palabra nombra a la vez que proyecta una imagen de nuestra condición mental y circunstancial, en un mar de causalidades, en un todo determinado por la existencia y confluencia de identidades, ahora que es posible y urgente subrayar las diferencias, el sino de los otros.

Es un hecho que la ciudad posindustrial, cuya característica primera, según lo sostiene Chueca Goitia, es su desintegración, su caoticidad, su dispersión (30) , define los modos de vida contemporáneos (31)  y por lo mismo sus artefactos de ficción, donde prima el carácter intertextual y polifónico, habida cuenta de un texto que jamás termina de escribirse, porque contiene fisuras, espacios de silencio, códigos que remiten a símbolos familiares, reescrituras, llamados de atención, pies de página, indicaciones, notas al margen, dudas, imprecaciones, yerros, resonancias, guiños, pastiches, géneros intercalados y huellas de otros textos, esto es, un palimpsesto que contiene entre sus líneas la historia universal de la literatura, cada vez renovándose, cada vez arriesgándose a construir de otra forma las únicas cuatro o cinco metáforas que durante siglos han nutrido la imaginación de los escritores, al decir de Borges. Ahora esas metáforas son determinadas en buena medida por la coexistencia de fuerzas y vínculos estéticos derivados de las pulsiones anímicas y existenciales de quienes ocupan las grandes concentraciones urbanas, para responder a los órdenes activos de las actuales sociedades escindidas y heterogéneas, generadoras de culturas, una de cuyas expresiones es la ciudad como un todo concreto : espacio que rehace las significaciones y motiva los diálogos de lo múltiple y nunca agotado.

NOTAS

(1) Para Carlos Rincón la ciudad ha sido "la gran máquina productora de subjetividades individuales y colectivas" (32)  , la que ha evidenciado, para el caso latinoamericano el fortalecimiento de una narrativa que debe su génesis al trabajo escritural de Juan Carlos Onetti en 1933, con su cuento Avenida de Mayo- Diagonal- Avenida de Mayo, tras una visión urbana que empieza a decir de los cambios de mentalidad de los seres citadinos, (33)  justo cuando nuestras ciudades nutren su propia fisonomía (34)  y se lanzan a edificar sus artefactos narrativos, con la convicción de que las búsquedas formales y estéticas, llámense barroquismo, mágicorrealismo o dialogismo, intentarán recrear las realidades latinoamericanas, vinculadas a las realidades virtuales y dialécticas de este fin de milenio. Entre tanto, el escritor, criatura del lenguaje, sobrevive entre imágenes veloces y fragmentadas, deviene cuerpo que se transforma en las voces que lo sostienen. El resto es silencio, palabra que alimenta. (1) BENEDETTI, Mario. Inventario Uno. Poesía 1950 - 1985. Visor, Madrid, 1995. p. 207.

(2) Citado por, GARCIA Canclini, Néstor. Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización, Grijalbo, México, 1995. p. 103.

(3) APPADURAI Arjun. Modernity at large. - Cultural dimensions of globalization. p. 12.

(4) Op. Cit., p. 5-10.

(5) COLOMBO, Furio, ECO, Umberto y otros. La nueva Edad Media. Alianza, Madrid, 1997, p.40.

(6) FRIED Schnitman, Dora. Nuevos paradigmas, cultura y subjetividad. Paidós, México, 1994. p. 24-26

(7) CARDONA Grisales, Guillermo. Identidad cultural. Cinep, Santafé de Bogotá, noviembre de 1994.p. 6.

(8) CLARKE, Gary. Acerca de los estudios culturales y las subculturas. Crítica a las teorías sobre subculturas juveniles. (Texto sin indicador bibliográfico, p.3).

(9) Op. Cit., p. 22-23.

(10) ANDERSON, Benedict. Reflections on the origin and spread of nationalism. ( Texto sin indicador bibliográfico. p.3).

(11) GARCÍA, Canclini Néstor. Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad. Grijalbo, México, 1990, p.265.

(12 LIPOVETSKY, Gilles. Modernismo y posmodernismo. En : Colombia : el despertar de la modernidad. VIVIESCAS, Fernando y GIRALDO, Fabio (Compiladores). Foro Nacional por Colombia, Santafé de Bogotá, 1991. p.171.

(13) Ilustremos este fenómeno con el caso de la literatura colombiana: desde las primeras décadas de este siglo, algunos de nuestros mejores escritores deciden radicarse en otros países para impulsar su labor creadora. Así, José María Vargas Vila dirige desde Manhattan, hasta 1905, la Revista Hispanoamérica. Ricardo Arenales, en el cuerpo de Porfirio Barba Jacob, transita con su fealdad y su poesía desgarrada por los países centroamericanos. Después de la publicación de su novela La Vorágine, José Eustasio Rivera decide trasladarse a Nueva York para escribir su nunca publicada novela La mancha negra, alrededor de la cual se ha tejido todo un mito que otro escritor emigrado, el caleño Boris Salazar, plasmó en su obra La otra selva, a la manera de una trama detectivesca en la que Rivera debe sortear persecusiones y conflictos . A comienzos de la década del cincuenta Álvaro Cepeda Samudio es cribe en Estados Unidos su libro de cuentos Todos estábamos a la espera, obra renovadora en su estructura, que recoge el desamparo y desasosiego de habitantes urbanos norteamericanos, y donde ya se evidencia, para el país de Jorge Isaacs, un tratamiento revolucionario de las formas narrativas, caras al posterior fenómeno del Boom. Después de la marcada influencia de los intelectuales reunidos en torno a la Revista Mito, muchos escritores colombianos deciden exiliarse en el exterior, por motivos políticos o por elección, para tomar distancia de su país y aventurarse en el el mercado literario internacional. La figura más reconocida en este sentido es Rafael Humberto Moreno-Durán, cuyas obras se caracterizan por la lectura barroca, irónica y mordaz que hace este escritor boyacense sobre su país, ajena a toda solemnidad y condescendencia. Desde hace años Moreno-Durán viene escribiendo una autobiografía literaria titulada La augusta sílaba. Un aparte de este libro, titulado El capítulo catalán, menciona a la serie de escritores colombianos que han producido su obra desde Europa: allí nombra a Ricardo Cano Gaviria, Oscar Collazos, Alba Lucía Ángel, Luis Fayad, entre otros. El propio García Márquez escribe Cuentos peregrinos, donde recrea situaciones en varios espacios europeos y latinoamericanos. El escritor Fernando Vallejo, responsable de un conjunto de obras que bautizó El río del Tiempo, ha operado desde México y algunos países europeos. La obra narrativa de Álvaro Mutis ha establecido diálogo permanente con los lugares transitados por un personaje errante, que se revela apátrida, hijo de la incertidumbre y la soledad de los puertos. A comienzos de la década del noventa, el Instituto Colombiano de Cultura, difundió la importante colección Escritores colombianos en la diáspora. Aquí se publicaron obras como Narradores colombianos en U.S.A, antologado por Eduardo Márceles Daconte, Desierto en sol mayor, de Álvaro Medina, Armario de solterones de Miguel de Francisco, Urbes luminosas de Eduardo García Aguilar. Estas obras hablan por sí solas del nuevo fenómeno que atañe a nuestra literatura, cada vez más alejada de su solemnidad y provincialismo, cada vez más conectada a las exigencias de un mundo que se reacomada a causa de las migraciones, de las vagancias -como lo anota Umberto Eco a propósito de su lectura crítica sobre los tiempos de la posmodernidad-, y de la globalización apresurada. La carta de presentación de la Colección Colombianos en la diáspora, es ya muy significativa, cuando manifiesta que "concibe, con nuevos significados, un fenómeno histórico que, por extensión, se aplica a hechos de emigración colectiva, más forzada que voluntaria. Trauma cultural y social, toda emigración se justifica y engrandece en la creatividad: entre la nostalgia y el desarraigo, la literatura que nace de estos emigrantes, vuelve cíclicamente a los signos de su cultura". (En la contrasolapa del libro Narradores colombianos en U.S.A. MÁRCELES, Daconte Eduardo. Colcultura, Santafé de Bogotá, 1993).

(14) Consumidores y ciudadanos. Op. cit., p. 100.

(15) Op. Cit., p.127.

(16) FRIED Schnitman, Dora. Op. Cit., p.28.

(17) BENJAMIN, Walter. Poesía y capitalismo. Iluminaciones II. Taurus, Madrid, 1988.

(18) CALVINO, Italo. Las ciudades invisibles. Monotauro, México, 1993. p. 56.

(19) Benjamin Walter. Op. Cit., p.71.

(20) GUILERMO Prieto, Alma. Al pie de un volcán te escribo. Crónicas latinoamericanas. Norma, Santafé de Bogotá, 1997, p.197.

(21) CRUZ Kronfly, Fernando. La sombrilla planetaria. Ensayos sobre Modernidad y Postmodernidad en la Cultura. Planeta, Santafé de Bogotá, 1994, p.60.

(22) GARCIA, Márquez Gabriel. La soledad de América Latina- Brindis por la poesía. Corporación Editorial Universitaria Colombiana, Cali, 1983, p.3.

(23) BARTHES, Roland. El placer del texto. Siglo XXI, México, 1986, p.17.

(24) BARTHES, Roland. Op. Cit., p.56, 104.

(25) BENJAMIN, Walter. Op. Cit., p. 79.

(26) ANDERSON, Benedict. Op. Cit., p.4.

(27) KAPUSCINSKI, Rizsard. La raza cósmica en Estados Unidos. En : Fin de siglo. Grandes pensadores hacen reflexiones sobre nuestro tiempo.MacGraw-Hill, México, 1996, p.150.

(28) KAPUSCINSKI, Riszard. Apuntes nómadas. Revista Letra, No. 44, p.4.

(29) KAPUSCINSKI, La raza cósmica en Estados Unidos, Op. Cit., p.160.

(30) CHUECA Goitia, Fernando. Breve historia del urbanismo. Alianza, Ediciones del Prado, Madrid, 1994, p. 22.

(31) Los investigadores de la comunicación y la cultura en las ciudades remarcan el hecho de que vivimos sujetos a las prácticas y sentidos urba nos: En 1993, en un seminario sobre Ciudad y Comunicación, el investigador Francisco Sierra señalaba que más del 70% de la "vida de los seres humanos transcurre hoy en hábitas urbanos, o inevitablemente pasa por su mediación" (SIERRA, Francisco. Cosmopolis. Simposio Nacional Ciudad y Comunicación, octubre de 1993. p.3). En 1995 Canclini evidencia que un 70% de la población mundial habita las ciudades y una buena parte de esta cifra está conectada a las industrias culturales (Consumidores y ciudadanos, Op. Cit., p.123). En 1995, el profesor Carlos Rincón, radicado en Berlín, enuncia el hecho de que en un futuro próximo el 80% de la población será urbana y habitará, como ya es observable, ciudades de redes iterconectadas y con unas prácticas urbanas bastante complejas e interesantes. (RINCÓN,Carlos. La no simultaneidad de lo simultáneo. Posmodernidad, globalización y culturas en América Latina. EUN, Editorial Universidad Nacional, Santafé de Bogotá, 1995, p.88).

(32) RINCÓN, Carlos. Op. Cit., p.88.

(33) Op. Cit., p.89.

(34) Quien mejor ha observado esta dinámica es José Luis Romero, en su libro, Latinoamérica : las ciudades y las ideas. Siglo XXI, México, 1976. "La crisis de 1930 unificó visiblemente el destino latinoamericano. Cada país debió ajustar las relaciones que sostenía con los que, en el exterior, le compraban y le vendían, y atenerse a las condiciones que le imponía el mercado internacional(...)Comenzaba una era de escasez que se advertiría tanto en las ciudades como en las áreas rurales. La escasez podía llegar a ser el hambre y la muerte. Pero fue, además, el motor desencadenante de intensos y variados cambios. De pronto pareció que había mucha más gente, que se movía más, que gritaba más, que tenía más iniciativa; más gente que abandonaba la pasividad y demostraba que estaba dispuesta a participar como fuera en la vida colectiva(...)Una vez más, como en las vísperas de la emancipación, empezó a brotar de entre las grietas de la sociedad constituida mucha gente de impreciso origen que procuraba instalarse en ella; y a medida que lograba se trasmutaba aquélla en una nueva sociedad, que apareció por primera vez en ciertas ciudades con rasgos inéditos. Eran las ciudades que empezaban a masificarse" (p. 319)


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