El artefacto
narrativo: Metáfora de la ContemporanidadRigoberto Gil Montoya
Las
prácticas urbanas determinan en buena medida
el ser individual y colectivo. Más que un
espacio habitado, la ciudad es hoy símbolo,
presencia viva de una estética que prefigura
en la ficción, en el arte narrativo, la
complejidad de la vida contemporánea.
Centraremos la discusión en torno a la
presencia del fabulador citadino, conectado a
la maraña urbana, testigo y autor de un
mundo que se mueve y que se perfila tan
extraño e interesante como la misma realidad
virtual generada desde los medios
electrónicos.
Ruidos, voces,
tráfico vehicular, seres anónimos golpeados por
la soledad y el sinsabor de los días inciertos,
de los tiempos en que es tan fácil salir de casa
para no regresar jamás a ella, porque lo
desaparecen, víctima de una fuerza oscura, sin
rostro, propia de esos dramas de novela negra,
cuando se descubre que detrás de la mano asesina
del mayordomo existe un ser innombrable, casi un
dios de las tinieblas. Demoliciones, intercambios
comerciales y luces de neón; un elefante y un
bisonte viejos, de propiedad del Circo King-Bros,
el rey de los circos de América, engullen maleza
en los terrenos aledaños a Supertiendas La 14;
alguien tararea un estribillo, quizá herencia de
Abelardo, el personaje mítico de Plaza Sésamo.
Las autoridades locales informan a la oponión
pública sobre el hallazgo de un nuevo cementerio
con huesos pequeños, tal vez pertenecientes a
los niños que la ciudad ha visto
desaparecer en los últimos dos años y de
los cuales sólo quedan jirones de ropas y el
testimonio de un anciano que juró haber visto a
uno de ellos por última vez en el semáforo de
la trece con séptima; movimientos de grupos
protestan por las calles céntricas, rumbo a la
plaza, arengando a la movilización, recordando
la figura del Che y partiendo de sus ideales para
reclamar garantías en este laxo período de la
apertura económica y la privatización de
instituciones del Estado; un aparato de radio
deja escuchar la última canción de Shakira,
mientras los buses continúan remarcando sus
rutas y los televisores exhibidos en las vitrinas
arrojan múltiples destellos: el crimen colectivo
perpetrado por dos jóvenes norteamericanos, Eric
Harris y Dylan Klebold, al interior de la Escuela
Columbine de Littleton, Colorado, bajo una
consigna de ideología extrema: "Algún
día, la escuela Columbine explotará. Muerte a
todos los atletas. Todos deben morir".
Llegan también relatos de Kosovo, de Nigeria, de
París, de Amsterdam, y una que otra imagen
insiste en desplegar el más reciente curso de
los paros estatales y de qué manera -la de
siempre- los diálogos de paz no superan los
obstáculos mínimos ni los lenguajes
eufemísticos, capaces de dilatar los procesos
hasta más allá de la racionalidad. En fin, la
ciudad traza, impulsa sus rostros y quien la
habita lo mueve la impresión de formar parte de
una multitud nada silenciosa, en permanente
cambio, abierta a la movilidad de las masas que
reclaman su lugar. Así es la ciudad de hoy,
provocadora en sus formas, expresiva en sus
diálogos, interesante en su entramado urbano,
dispuesta al diálogo con la tradición a través
de una fachada o de un documento empolvado, lugar
de metarrelatos y de locura, atmósfera que se
presiente en todo acto creador:
Mi ciudad
vive pero en sus entrelíneas
todo chamuyo
es un sobrentendido
cada
jerigonza va en busca de su tímpano
hay
contraseñas hasta en las bocinas
la sístole
y la diástole aprendieron su morse(1)
Y en medio de
esta barahúnda, el escritor de ficción,
dispuesto a capturar con su cámara -a la manera
del personaje creado por Cortázar en Las babas
del diablo-, esa compleja realidad
que tal vez sea expuesta por la palabra que
nombra, asomada a este mundo para ofrecer la
visión individual y redoblar al mismo tiempo el
sentido profundo de lo colectivo, como una suerte
de mapa que impone sus convenciones y subraya sus
propias rutas, un poco para guiar al treanseúnte
por los vericuetos de la sensibilidad humana y
otro tanto para desvelar las contradicciones, los
temores, las pasiones de los seres sociales: «En
tanto que los hombres producen nexos y
concatenaciones -reflexiona el cineasta Wim
Wenders-, las historias hacen la vida soportable
y son un auxilio contra el terror»(2) . Las historias, los
relatos de ficción, las novelas, se convierten
en artefacto y metáfora de un mundo que nutre a
borbotones los diálogos y las voces de la
contemporanidad, ahora que las fronteras entre
los países cada vez son más deleznables, en
virtud de la mass mediación -resultado de la
intervención cada vez mayor de los medios
electrónicos(3) - como fuerza
instauradora de un nuevo orden, donde se aprecia
la consolidación de grupos identitarios, en un
sentido cultural, no étnico, portadores de
diversidades y diferencias, bajo el influjo de
los medios masivos -ya se habla incluso de
micronarrativas subversivas, derivadas del cine,
la televisión, la música4 - que han penetrado con fuerza la
vida ordinaria y que pone en práctica otro tipo
de solidaridades, nuevas clases de discursos y
otras formas del poder, supraestatales, producto
en buena parte de la mass mediación y
globalización, de esa nueva dinámica, virtual,
a menudo difusa, del mundo interconectado y
vinculado por nodos invisibles al mundo como
máquina y trasunto de la autoridad de las clases
dominantes. Furio Colombo sostiene al respecto la
existencia de nuevos castillos de poder donde se
concentra la tecnología, como signo de una gran
estructura que todo lo puede y determina, pues
por encima de los debates económicos y
políticos, la autonomía -léase sometimiento-
se resuelve a partir de la concentración
tecnológica y militar(5). Se trata de un castillo pre
figurado tal vez por Kafka en sus novelas
alegóricas y sugerido más tarde por Maqroll el
Gaviero en su aventura por el río Xurandó.
Desde la perspectiva de estos castillos
neofeudales son otros los discursos que se
animan, movidos por una serie de redes
interconectadas, para traslucir los vínculos de
la multiculturalidad y evidenciar al mismo tiempo
el cambio de mentalidades, justo cuando los
dogmas son rebatidos, toda certeza es atacada,
toda búsqueda ontológica y religiosa reune
prosélitos y los nuevos paradigmas, en la
dinámica de la participación y la creación -la
idea es de Dora F. Schnitman(6) -, privilegian la subjetividad, el
rol del azar, la coexistencia de teorías
alternativas, la multiplicidad de estilos y donde
se producen diálogos entre los contrarios, para
privilegiar lo que en su momento fuera
desvirtuado o minimizado por algunas escuelas o
tendencias teóricas. Así, lo regional y local
asume una categoría en el concierto de las
discusiones internacionales, cuando la idea de la
globalidad parecía poner en peligro la
tradición y la memoria de los grupos sociales
marginados de las decisiones políticas,
derivadas del centralismo recalcitrante y cuando
los diálogos académicos convocan la existencia
de diversas identidades que devienen "a
través de la subjetividad", "dentro de
un eje global de sentido"(7) . Se reconoce la
existencia de los grupos juveniles, muchos de los
cuales, en virtud de búsquedas de expresión
particulares, se convierten en tribus urbanas o
subculturas juveniles, cuya existencia obedece,
según observa Gary Clarke, no sólo al
fortalecimiento de meras "soluciones
imaginarias" como héroes de mundo, sino
también a la "resistencia simbólica",
al combate denodado contra lo
"hegemónico", en procura de conquistar
"espacios culturales" donde por lo
menos exista, en lo ideológico, una
"autonomía relativa"(8) y en el orden de la estética,
rutas de búsqueda y expresión que modelen los
signos de la poscultura, esto es, la
deshumanización, la ampliación del canon
occidental, la asunción de la barbarie como
hecho inherente a nuestra cultura, al decir de
Steiner.
(...)la
construcción de la realidad puede asumirse
como acción estética, exploración formal
de sentidos, red de símbolos que señalan
los imaginarios de los seres citadinos,
atravesados por la complejidad de un mundo en
constante movimiento(...)
Protagonizamos
asímismo los tiempos en que a los grupos
migratorios se los observa como complejos
culturales y la realidad sobreviene construcción
permanente : "Si la realidad no es
natural y autoevidente, sino construida, también
puede ser deconstruida, interrogada,
cuestionada"(9) Desde esta perspectiva, la
construcción de la realidad puede asumirse como
acción estética, exploración formal de
sentidos, red de símbolos que señalan los
imaginarios de los seres citadinos, atravesados
por la complejidad de un mundo en constante
movimiento, al decir de Calvino, cuya fisonomía
a veces se diluye en las formas de la muchedumbre
mutante, siempre en construcción, apenas
haciéndose, ahora que la imaginación, como lo
sostiene Benedict Anderson, deviene hecho social,
colectivo, lo cual instaura una pluralidad de
mundos imaginarios(10) , una recontextualización del
movimiento masivo, en un espacio mediado por el
influjo constante de los medios electrónicos. No
se trata sólo de reconocer el tipo de
imaginación que posibilita la creación, el
fenómeno de lo estético; se trata de algo mucho
más cercano a las prácticas cotidianas, a las
dinámicas que proponen las ciudades mismas, a
esas labores diarias de los habitantes urbanos
por superar los obstáculos inmediatos, a ese
hibridaje cultural que supera cualquier
clasificación de orden histórico y cultural y
que hace de la confusión y la mezcla otro orden
estético. Para Canclini, Latinoamérica es un
caso particular, pues sus comunidades han pasado
de ser campesinas, con culturas muy tradicionales
y locales, algunas con sustratos indígenas
bastante marcados, a convertirse en "una
trama mayoritariamente urbana, donde se dispone
de una oferta simbólica heterogénea, renovada
por una constante interacción de lo local con
redes nacionales y trasnacionales de
comunicación"(11). Es evidente que al interior de
esta nueva trama surge otro tipo de imaginación
que por igual influye a los artistas y a las
comunidades en sus dinámicas diarias. Para
Anderson la imaginación hace ya parte de la vida
cotidiana, del mismo deseo de sobrevivir al
interior de la muchedumbre que se moviliza. Basta
pensar un poco en los "diálogos del
rebusque", en las formas de discurso
empleados por niños en los semáforos y enfermos
en los buses, por payasos en las terminales de
transporte y políticos educados en los juegos
verbales de Cantinflas, por estafadores en las
salidas de las corporaciones bancarias, para
determinar que asumimos otro orden discursivo, en
cuyo prurito la literatura, como artefacto que
dice y cuestiona, como vehículo que traduce y
recrea símbolos, se revitaliza en nuevos
contenidos, más allá de la complejidad
manifiesta por Dos Passos en Manhattan Transfer o
Cabrera Infante en Tres tristes tigres.
Para animar el
nuevo caos del mundo multivocal, sube al
escenario el escritor de la diáspora, el mismo
que como agente de los grupos migratorios e
intérprete de un sentir colectivo, hijo de los
tiempos veloces, cuya espiritualidad, al decir de
Lipovetsky, "se ha situado en la edad
kaleidoscópica del supermercado y del
auto-servicio"(12), deambula por el espacio exterior
y da cuenta de él; en sus palabras resuenan,
desde luego, los ecos de la contemporanidad, los
fragmentos de un mundo que concentra y desovilla,
para sus observadores, jirones de imágenes que
parecieran formar parte de un zappin, desde una
pantalla que revela interesantes lógicas
narrativas y estéticas, esto es, memorias
abiertas a la construcción de nuevas
sensibilidades(13) , imaginarios que condescienden
las rupturas y arriesgan otros signos en el
concierto de las ideas.
El panorama de
la ciudad actual es muy interesante: se ofrece
atiborrado de figuras, presencias y lenguajes,
ciudad videoclip, "montaje efervescente de
imágenes discontinuas"(14), donde la tradición comulga con
lo nuevo, la demolición da paso a las dinámicas
del progreso, lo rural se confunde con lo urbano,
el lenguaje virtual impulsa otras realidades,
cuando no es que las manifestaciones artísticas
cada vez se alejan más del museo, permitiendo
una fusión atractiva con expresiones populares y
artesanales; el mercado local sufre las
arremetidas del mercado trasnacional y el consumo
se erige motor de las nuevas culturas. Ante un
panorama tan rico y altamente significativo, se
invoca la existencia de un escritor que pueda
unirse a ese diálogo dinámico y polivalente,
para que su ficción consiga dar cuenta de esa
nueva verdad en movimiento, siempre tan fresca y
renovada. Aquí radica, según lo expone
Canclini, el reto del artista de hoy, sea cual
fuere su nacionalidad. Se trata de responder al
diálogo que invade el espacio cultural
latinoamericano(15) , enteramente intertextual
-entiéndase declaración, recuerdo de la
cultura- y dialógico, conectado a las realidades
del orbe, con su red de circuitos por donde
navegan voces e imágenes que recogen la
tradición y las nuevas expresiones, y promulgan
al mismo tiempo las urgencias de un mundo global
portador de otra ética, de otro ritmo, de un
tono diverso en su constructo social, mientras
los seres humanos apelamos a la memoria y la
imaginación, para expresar la interioridad
y para asumirnos en el mundo de relaciones,
mediante las cuales optamos un destino y forjamos
un horizonte; al fin y al cabo, lo sostiene Fried
Schnitman:
Sentirse
partícipes/autores de una narrativa, de la
construcción de los relatos históricos, es
una de las vías de que disponen los
individuos y los grupos humanos para intentar
actuar como protagonistas de sus vidas,
incluyendo la reflexión de cómo somos
participantes de y participados por los
diseños sociales(16)
De otro lado, se
advierte la presencia del escritor como flâneur
de su tiempo, desprovisto de toda aureola -a la
manera de Baudelaire por las callejuelas
parisinas, conforme lo vislumbra Benjamin(17) - y armado de una
sensibilidad avisada para capturar los signos de
estos tiempos, atento a la respiración de las
multitudes que habitan las ciudades
contemporáneas, cuya morfología y sus pulsiones
de vida se hallan entre el adentro como espacio
que dice y cuestiona la intimidad del fabulador,
y el afuera, como ámbito exterior plagado de
connotaciones y nodos intercomunicados, ahora que
lo público define en mayor grado las dinámicas
de la vida en los espacios urbanos y lo privado
se repliega a instancias de poder que ordenan en
cualquier momento el cierre de vías o el
cercamiento de espacios antaño transitables,
para esconder modus vivendi excéntricos y
asépticos frente al hecho de lo cotidiano. Así
las cosas, el escritor se apresta a descifrar
otra ruta en su mapa de posibilidades, a hacer de
su mundo un pretexto para exhortar el sentimiento
de los otros, mediado por el suyo, y para
evidenciar un estado de la imaginación
compulsado por el día de hoy:
Las
ciudades, como los sueños, están
construidas de deseos y de miedos, aunque el
hilo de su discurso sea secreto, sus reglas
absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda
cosa esconde otra (...)
-También
las ciudades creen que son obra de la mente y
del azar, pero ni la una ni el otro bastan
para tener en pie sus muros (18)
En tanto
habitante de la ciudad, el escritor se sabe de la
multitud. Entiende que forma parte de la
audiencia y que sus palabras obedecerán los
ritmos y vibraciones emanados de los seres
urbanos, cuyos imaginarios quizá encuentren
forma en las palabras que los nombran, en las
pesadillas que los contienen y en el perímetro
de un canon que deviene alegoría en los destinos
escritos de Bartleby el escribiente, de Gregorio
Samsa y el señor Ko del propio Franz Metzger,
ese niño proclive a los libros y obsedido por
escrutar la memoria impresa, inerme ante los
estragos del fuego. Un canon que a la vez se
reescribe en tiempos de la posmodernidad y cuya
alegoría la constituye la difícil tarea de
Pierre Menard y la tormentosa espera del coronel
Buendía, de un texto que nunca llega a sus
manos.
El escritor
recorre las calles y las encrucijadas porque
entiende que es un <<abandonado de la
multitud>> (19), héroe de la vida moderna,
símbolo de un tiempo que ha privilegiado la
subjetividad, la autoconciencia, el volverse
hacía sí mismos para encontrarse con los otros
y desvelar los misterios modernos: esa rica y en
todo caso llamativa relación con los objetos y
los instrumentos electrónicos, con la imagen
virtual y las expresiones híbridas de un arte
que somete nuevos materiales y con otras
sensibilidades que bullen en el centro mismo de
los grupos ávidos por marcar un espacio y animar
un lenguaje que los designe como protagonistas de
su propia verdad.
Atento al
devenir y a descifrar los símbolos del tejido
urbano, el creador de ficción toma ahora partido
de una serie de cambios que traslucen otras
metáforas, originales sentidos. Esa pareciera
ser parte de su misión, así la ciudad le cobre
tributo, lo moldee, lo margine o lo haga perderse
entre la maraña de las circunstancias
habituales. Pero la ciudad, amante furtiva,
también se deja asir por los ojos y las manos de
quien deambula en busca de signos complejos y
más en sociedades como las nuestras, cuyos
procesos económicos, sociales y culturales
conocen las discontinuidades y las rupturas,
asumen la contradicciones y las atemporalidades.
Basta recorrer nuestros espacios urbanos para ser
testigos de la confusión y la pluralidad.
"¿Dónde está escrito que debamos ser
coherentes?", le confiesa un líder
político marxista-espiritista brasileño a la
periodista mejicana Alma Guillermo Prieto(20). Su crónica es reveladora de un
estado del alma latinoamericano: una suerte de
caja de Pandora donde todo cabe: desde los
discursos marxistas y racionalistas, hasta la
magia, la superchería y el espiritismo; una
mezcla que permea por igual a la clase política
y trabajadora y que desconoce por entero las
jerarquías sociales. Mientras se habla de la
modernidad como un manera de interpretar la
liberación de la conciencia individual, de
imponer el discurso de la ciencia en busca de la
verdad o de las verdades y de privilegiar el
concepto del progreso como razón material,
nuestras ciudades revelan también estados
premodernos y formas de ser, producto de un
desarrollo en varias vías, de un barroquismo
más allá del arte y el folclor, acaso también
cercano a una metafísica de las costumbres. De
ahí los murmullos, los batiburrillos, las
mezclas, las confusiones, la saturación, lo
mágicorreligioso, las alteraciones, que nos
hacen diversos. El escritor colombiano Fernando
Cruz Kronfly ilustra a su manera lo que deviene
hoy en los núcleos urbanos:
...en
nuestras barrriadas populares urbanas tenemos
camadas enteras de jóvenes e, incluso,
adultos cuyas cabezas dan cabida a la magia y
a la hechicería, a las culpas cristianas y a
su intolerancia piadosa, lo mismo que al
mesianismo y al dogma estrecho e hirsuto, a
utópicos sueños de igualdad y de libertad,
indiscutibles y legítimos, así como a
sensaciones de vacío, ausencia de
ideologías totalizadoras, fragmentación de
la vida y tiranía de la imagen fugaz y el
sonido musical como lenguaje único de
fondo(21)
Esta confusión
se debe en parte a las dinámicas de la
globalización y del diálogo multicultural, pero
también a las formas concretas de ser
latinoamericanos, de una historia que hemos
construido a la sombra de la expoliación y los
olvidos, de los yerros y las fábulas en torno a
héroes de yeso, de la imposición y del temor a
descubrir nuestro propio rostro. Ya lo ilustraba
García Márquez en su Discurso del Nobel en el
año 82, a propósito de las crónicas del
florentino Antonio Pigafetta, a su paso por la
América Meridional, quien registraba la
anécdota del aborigen aquel de la Patagonia que
al verse reflejado en un espejo enloqueció por
el repudio que le produjo constatar su propia
imagen(22). De esa imagen un poco
difusa y ahora alimentada por el videoclip de la
contemporanidad habla el escritor el día de hoy.
La palabra nombra a la vez que proyecta una
imagen de nuestra condición mental y
circunstancial, en un mar de causalidades, en un
todo determinado por la existencia y confluencia
de identidades, ahora que es posible y urgente
subrayar las diferencias, el sino de los otros.
Para Barthes, la
lengua se reconstruye a diario en otra parte, ese
lugar ilímite nombrado por él como "el
paraíso de las palabras"(23) . La palabra se arroga el
derecho a construir la metáfora de este mundo, a
dilucidar en imágenes la condición del ser que
prolonga en el lenguaje lo que es y lo que no es
o aquello que deriva del misterio nunca revelado,
esto es, el hecho estético, del que hablara el
señor Borges, una suerte de mensaje vital en
aquello que escapa a la racionalidad, la misma
dicotomía que tal vez animara en el fondo la
obra del irlandés Samuel Beckett, cuyos
personajes abominan del lenguaje pero se valen de
él para trazar la silueta de sus cuerpos
informes o para registrar sus posiciones extremas
frente a un mundo que recibe de frente su fluido
verbal inconexo, reiterativo, inagotado, salvo
cuando una de esas voces, Watt, Murphy, Malone o
El Innombrable, deciden callar, es decir, morir a
su modo. Así, la palabra, cuerpo móvil,
sustancia primera, denuncia su presencia, se
ofrece a los espíritus más lúcidos y revela su
desenfado, su conformismo, su ambigüedad,
conforme a las intenciones tácitas del creador
de ficción, componente de un mundo que lo
reclama y estima: "Sólo una palabra. /Una
palabra /y se inicia la danza /de una fértil
miseria.", escribe el poeta colombiano
Álvaro Mutis, el responsable de esa conciencia
errante y contradictoria de nombre Maqroll, hijo
de los puertos y de las aguas que sopesan su
incertidumbre, llevando sus palabras a cuestas
como una maldición apenas insinuada en sus
diarios de vida.
Un canon
que a la vez se reescribe en tiempos de la
posmodernidad y cuya alegoría la constituye
la difícil tarea de Pierre Menard y la
tormentosa espera del coronel Buendía, de un
texto que nunca llega a sus manos.
¿Qué es pues
la ciudad sino un texto que se construye y
deconstruye en virtud de un mundo complejo en el
diálogo de sus imaginarios? Texto es tejido, lo
recuerda Barthes, para quien el escritor es sólo
criatura del lenguaje (24) y un ser que por falencia e
inconformidad con las palabras de fuera -aquellas
que lo han hecho y establecido-, se atreve a
pergeñar las suyas. También la ciudad es un
tejido, un entramado, una forma de la conciencia,
lugar donde se fortifica o se apaga el destino
individual, un hilo de Ariadna que desovilla y
recoge los tránsitos de las aglomeraciones, ese
ente concreto pero socialmente abstracto, al
decir de Benjamin (25) .
Más allá de
sus líneas divisorias, de sus callejuelas y
parques, de sus moles de cemento y sus centros de
poder, de sus encrucijadas y puentes, la ciudad
se encuentra edificada sobre la base de un alma
ciudadana, de un espíritu insuflado por sus
habitantes y unos derroteros estéticos, sociales
y culturales que hacen posible el milagro de la
cotidianidad. En ella confluyen los miedos,
estados de incertudimbre que hacen perder el uso
de algunos espacios urbanos, ya estigmatizados
por fuerzas opresivas o por intereses privados.
En ella se dan cita los diversos grupos
migratorios, en constante desplazamiento, bien
porque la ciudad atrae como un imán y parece
ofrecer a quien la habita modos y posibilidades
de vida, o bien porque se convierte en refugio
para quienes huyen de las violencias y
discriminaciones rurales. Fenómeno de la vida
con temporánea, las migraciones obedecen a un
constante fluir, a una permanente movilización
de gentes que buscan mejores lugares para
asentarse o condiciones de vida más dignas.
Retomando a Albert Hirschman, Benedict Anderson
cataloga a las hordas de inmigrantes como
diásporas(26) y rescata de ellas su
fuerza imaginativa y el hecho de que, adonde van,
llevan consigo el deseo y la memoria; de ahí que
la ciudad contemporánea sea cada vez más
híbrida y compleja, pues los grupos migratorios
se establecen con las marcas de su cultura y su
universo simbólico. Para el escritor polaco
Ryzsard Kapuscinski, proclive a recrear desde el
reportaje el mundo alucinante de los sistemas
totalitarios, en una ciudad como Los Ángeles se
viene formando una raza cósmica en el sentido
cultural, no antropológico, donde es posible
observar cómo cada grupo migratorio se apodera
de una parte de la ciudad y contribuye a la
formación de la gran metrópoli de los países
tercermundistas, sin que por ello pierdan sus
raíces; por el contrario, ellas se amalgaman y
transforman, como se amalgama y se transforma el
lenguaje mediado por las estéticas. De ahí que
en Los Ángeles, expresa él, pueda encontrarse,
en pequeño, a Tokio y Taipei, a Saigón y
México, a Seúl y Corea, es decir, que asistimos
por fuerza a la conformación de una
"multitud multicultural" (27) , preocupada por mejorar
sus niveles de vida y por colonizar espacios más
ricos en ofertas, fusionándose de manera
inevitable con nuevas mentalidades y formas de
percepción. Esta dinámica reciente provoca la
consolidación de una ciudad tipo collage, o una
suerte de puzzle, prefigurado en las obras de
autores como Dos Passos, Georges Perec y Julio
Cortázar, el autor de ese rompecabezas lúdico
llamado Rayuela. El oficio de Kapuscinski,
escritor y periodista, se convierte en modelo del
creador contemporáneo -"Viajar significa
para mí atención, paciencia para informarme,
deseo de saber, de ver, de comprender y de
acumular todo el conocimiento" (28) -, del escritor testigo
de su tiempo y su devenir, que asume los cambios
como pretextos para armar la historia, el
testimonio y así dar cuenta del conflicto y
agregar por lo menos otra pieza al vasto
rompecabezas de las ciudades de fin de
siglo :
Los Ángeles
constituye un collage vasto, irregular,
gigantesco, un despliegue de fragmentos:
automóviles, carreteras, arquitecturas,
culturas, razas, idiomas. Todos los valores,
todas las estructuras se han fragmentado.
Todo se ha hecho pedazos, para luego juntar
esos pedazos en un lugar. Tenemos una mesa
grande. Sobre esta mesa hay distintas cosas:
papeles, retratos, fragmentos de distintos
bienes. Todo está ahí. Y cuando tratamos de
reconstruir estas cosas, de volver a ponerlas
en el orden que tenían originalmente, somos
incapaces de hacerlo. El resultado de este
esfuerzo por reconstruir la realidad es el
collage (29)
La
palabra nombra a la vez que proyecta una
imagen de nuestra condición mental y
circunstancial, en un mar de causalidades, en
un todo determinado por la existencia y
confluencia de identidades, ahora que es
posible y urgente subrayar las diferencias,
el sino de los otros.
Es un hecho que
la ciudad posindustrial, cuya característica
primera, según lo sostiene Chueca Goitia, es su
desintegración, su caoticidad, su dispersión (30) , define los modos de
vida contemporáneos (31) y por lo mismo sus artefactos de
ficción, donde prima el carácter intertextual y
polifónico, habida cuenta de un texto que jamás
termina de escribirse, porque contiene fisuras,
espacios de silencio, códigos que remiten a
símbolos familiares, reescrituras, llamados de
atención, pies de página, indicaciones, notas
al margen, dudas, imprecaciones, yerros,
resonancias, guiños, pastiches, géneros
intercalados y huellas de otros textos, esto es,
un palimpsesto que contiene entre sus líneas la
historia universal de la literatura, cada vez
renovándose, cada vez arriesgándose a construir
de otra forma las únicas cuatro o cinco
metáforas que durante siglos han nutrido la
imaginación de los escritores, al decir de
Borges. Ahora esas metáforas son determinadas en
buena medida por la coexistencia de fuerzas y
vínculos estéticos derivados de las pulsiones
anímicas y existenciales de quienes ocupan las
grandes concentraciones urbanas, para responder a
los órdenes activos de las actuales sociedades
escindidas y heterogéneas, generadoras de
culturas, una de cuyas expresiones es la ciudad
como un todo concreto : espacio que rehace
las significaciones y motiva los diálogos de lo
múltiple y nunca agotado.
NOTAS
(1) Para Carlos
Rincón la ciudad ha sido "la gran máquina
productora de subjetividades individuales y
colectivas" (32) , la que ha
evidenciado, para el caso latinoamericano el
fortalecimiento de una narrativa que debe su
génesis al trabajo escritural de Juan Carlos
Onetti en 1933, con su cuento Avenida de Mayo-
Diagonal- Avenida de Mayo, tras una visión
urbana que empieza a decir de los cambios de
mentalidad de los seres citadinos, (33)
justo cuando nuestras ciudades nutren su propia
fisonomía (34) y se lanzan a edificar sus
artefactos narrativos, con la convicción de que
las búsquedas formales y estéticas, llámense
barroquismo, mágicorrealismo o dialogismo,
intentarán recrear las realidades
latinoamericanas, vinculadas a las realidades
virtuales y dialécticas de este fin de milenio.
Entre tanto, el escritor, criatura del lenguaje,
sobrevive entre imágenes veloces y fragmentadas,
deviene cuerpo que se transforma en las voces que
lo sostienen. El resto es silencio, palabra que
alimenta. (1) BENEDETTI, Mario. Inventario
Uno. Poesía 1950 - 1985. Visor,
Madrid, 1995. p. 207.
(2) Citado por,
GARCIA Canclini, Néstor. Consumidores y
ciudadanos. Conflictos multiculturales de
la globalización, Grijalbo, México, 1995.
p. 103.
(3) APPADURAI
Arjun. Modernity at large. - Cultural dimensions
of globalization. p. 12.
(4) Op. Cit.,
p. 5-10.
(5) COLOMBO,
Furio, ECO, Umberto y otros. La nueva Edad
Media. Alianza, Madrid, 1997, p.40.
(6) FRIED
Schnitman, Dora. Nuevos paradigmas, cultura y
subjetividad. Paidós, México, 1994. p.
24-26
(7) CARDONA
Grisales, Guillermo. Identidad cultural.
Cinep, Santafé de Bogotá, noviembre de 1994.p.
6.
(8) CLARKE,
Gary. Acerca de los estudios culturales y las
subculturas. Crítica a las teorías sobre
subculturas juveniles. (Texto sin indicador
bibliográfico, p.3).
(9) Op. Cit.,
p. 22-23.
(10) ANDERSON,
Benedict. Reflections on the origin and spread
of nationalism. ( Texto sin indicador
bibliográfico. p.3).
(11) GARCÍA,
Canclini Néstor. Culturas híbridas. Estrategias
para entrar y salir de la modernidad.
Grijalbo, México, 1990, p.265.
(12 LIPOVETSKY,
Gilles. Modernismo y posmodernismo. En :
Colombia : el despertar de la modernidad.
VIVIESCAS, Fernando y GIRALDO, Fabio
(Compiladores). Foro Nacional por Colombia,
Santafé de Bogotá, 1991. p.171.
(13) Ilustremos
este fenómeno con el caso de la literatura
colombiana: desde las primeras décadas de este
siglo, algunos de nuestros mejores escritores
deciden radicarse en otros países para impulsar
su labor creadora. Así, José María Vargas Vila
dirige desde Manhattan, hasta 1905, la Revista Hispanoamérica.
Ricardo Arenales, en el cuerpo de Porfirio Barba
Jacob, transita con su fealdad y su poesía
desgarrada por los países centroamericanos.
Después de la publicación de su novela La
Vorágine, José Eustasio Rivera decide
trasladarse a Nueva York para escribir su nunca
publicada novela La mancha negra,
alrededor de la cual se ha tejido todo un mito
que otro escritor emigrado, el caleño Boris
Salazar, plasmó en su obra La otra selva, a
la manera de una trama detectivesca en la que
Rivera debe sortear persecusiones y conflictos
. A comienzos de la década del cincuenta
Álvaro Cepeda Samudio es cribe en Estados Unidos
su libro de cuentos Todos estábamos a la
espera, obra renovadora en su estructura, que
recoge el desamparo y desasosiego de habitantes
urbanos norteamericanos, y donde ya se evidencia,
para el país de Jorge Isaacs, un tratamiento
revolucionario de las formas narrativas, caras al
posterior fenómeno del Boom. Después
de la marcada influencia de los intelectuales
reunidos en torno a la Revista Mito,
muchos escritores colombianos deciden exiliarse
en el exterior, por motivos políticos o por
elección, para tomar distancia de su país y
aventurarse en el el mercado literario
internacional. La figura más reconocida en este
sentido es Rafael Humberto Moreno-Durán, cuyas
obras se caracterizan por la lectura barroca,
irónica y mordaz que hace este escritor
boyacense sobre su país, ajena a toda solemnidad
y condescendencia. Desde hace años Moreno-Durán
viene escribiendo una autobiografía literaria
titulada La augusta sílaba. Un aparte de
este libro, titulado El capítulo catalán, menciona
a la serie de escritores colombianos que han
producido su obra desde Europa: allí nombra a
Ricardo Cano Gaviria, Oscar Collazos, Alba Lucía
Ángel, Luis Fayad, entre otros. El propio
García Márquez escribe Cuentos peregrinos,
donde recrea situaciones en varios espacios
europeos y latinoamericanos. El escritor Fernando
Vallejo, responsable de un conjunto de obras que
bautizó El río del Tiempo, ha operado
desde México y algunos países europeos. La obra
narrativa de Álvaro Mutis ha establecido
diálogo permanente con los lugares transitados
por un personaje errante, que se revela
apátrida, hijo de la incertidumbre y la soledad
de los puertos. A comienzos de la década del
noventa, el Instituto Colombiano de Cultura,
difundió la importante colección Escritores
colombianos en la diáspora. Aquí se
publicaron obras como Narradores colombianos
en U.S.A, antologado por Eduardo Márceles
Daconte, Desierto en sol mayor, de Álvaro
Medina, Armario de solterones de Miguel de
Francisco, Urbes luminosas de Eduardo
García Aguilar. Estas obras hablan por
sí solas del nuevo fenómeno que atañe a
nuestra literatura, cada vez más alejada de su
solemnidad y provincialismo, cada vez más
conectada a las exigencias de un mundo que se
reacomada a causa de las migraciones, de las
vagancias -como lo anota Umberto Eco a propósito
de su lectura crítica sobre los tiempos de la
posmodernidad-, y de la globalización
apresurada. La carta de presentación de la
Colección Colombianos en la diáspora, es
ya muy significativa, cuando manifiesta que
"concibe, con nuevos significados, un
fenómeno histórico que, por extensión, se
aplica a hechos de emigración colectiva, más
forzada que voluntaria. Trauma cultural y social,
toda emigración se justifica y engrandece en la
creatividad: entre la nostalgia y el desarraigo,
la literatura que nace de estos emigrantes,
vuelve cíclicamente a los signos de su
cultura". (En la contrasolapa del libro Narradores
colombianos en U.S.A. MÁRCELES, Daconte
Eduardo. Colcultura, Santafé de Bogotá, 1993).
(14)
Consumidores y ciudadanos. Op. cit., p. 100.
(15) Op. Cit.,
p.127.
(16) FRIED
Schnitman, Dora. Op. Cit., p.28.
(17) BENJAMIN,
Walter. Poesía y capitalismo. Iluminaciones
II. Taurus, Madrid, 1988.
(18) CALVINO,
Italo. Las ciudades invisibles. Monotauro,
México, 1993. p. 56.
(19) Benjamin
Walter. Op. Cit., p.71.
(20) GUILERMO
Prieto, Alma. Al pie de un volcán te escribo.
Crónicas latinoamericanas. Norma,
Santafé de Bogotá, 1997, p.197.
(21) CRUZ
Kronfly, Fernando. La sombrilla planetaria. Ensayos
sobre Modernidad y Postmodernidad en la Cultura. Planeta,
Santafé de Bogotá, 1994, p.60.
(22) GARCIA,
Márquez Gabriel. La soledad de América
Latina- Brindis por la poesía. Corporación
Editorial Universitaria Colombiana, Cali, 1983,
p.3.
(23) BARTHES,
Roland. El placer del texto. Siglo XXI,
México, 1986, p.17.
(24) BARTHES,
Roland. Op. Cit., p.56, 104.
(25) BENJAMIN,
Walter. Op. Cit., p. 79.
(26) ANDERSON,
Benedict. Op. Cit., p.4.
(27)
KAPUSCINSKI, Rizsard. La raza cósmica en
Estados Unidos. En : Fin de siglo. Grandes
pensadores hacen reflexiones sobre nuestro
tiempo.MacGraw-Hill, México, 1996, p.150.
(28)
KAPUSCINSKI, Riszard. Apuntes nómadas. Revista
Letra, No. 44, p.4.
(29)
KAPUSCINSKI, La raza cósmica en Estados
Unidos, Op. Cit., p.160.
(30) CHUECA
Goitia, Fernando. Breve historia del
urbanismo. Alianza, Ediciones del Prado,
Madrid, 1994, p. 22.
(31) Los
investigadores de la comunicación y la cultura
en las ciudades remarcan el hecho de que vivimos
sujetos a las prácticas y sentidos urba nos: En
1993, en un seminario sobre Ciudad y
Comunicación, el investigador Francisco Sierra
señalaba que más del 70% de la "vida de
los seres humanos transcurre hoy en hábitas
urbanos, o inevitablemente pasa por su
mediación" (SIERRA, Francisco. Cosmopolis.
Simposio Nacional Ciudad y Comunicación,
octubre de 1993. p.3). En 1995 Canclini evidencia
que un 70% de la población mundial habita las
ciudades y una buena parte de esta cifra está
conectada a las industrias culturales (Consumidores
y ciudadanos, Op. Cit., p.123). En
1995, el profesor Carlos Rincón, radicado en
Berlín, enuncia el hecho de que en un futuro
próximo el 80% de la población será urbana y
habitará, como ya es observable, ciudades de
redes iterconectadas y con unas prácticas
urbanas bastante complejas e interesantes.
(RINCÓN,Carlos. La no simultaneidad de lo
simultáneo. Posmodernidad, globalización
y culturas en América Latina. EUN, Editorial
Universidad Nacional, Santafé de Bogotá, 1995,
p.88).
(32) RINCÓN,
Carlos. Op. Cit., p.88.
(33) Op.
Cit., p.89.
(34) Quien mejor
ha observado esta dinámica es José Luis Romero,
en su libro, Latinoamérica : las
ciudades y las ideas. Siglo XXI, México,
1976. "La crisis de 1930 unificó
visiblemente el destino latinoamericano. Cada
país debió ajustar las relaciones que sostenía
con los que, en el exterior, le compraban y le
vendían, y atenerse a las condiciones que le
imponía el mercado internacional(...)Comenzaba
una era de escasez que se advertiría tanto en
las ciudades como en las áreas rurales. La
escasez podía llegar a ser el hambre y la
muerte. Pero fue, además, el motor
desencadenante de intensos y variados cambios. De
pronto pareció que había mucha más gente, que
se movía más, que gritaba más, que tenía más
iniciativa; más gente que abandonaba la
pasividad y demostraba que estaba dispuesta a
participar como fuera en la vida
colectiva(...)Una vez más, como en las vísperas
de la emancipación, empezó a brotar de entre
las grietas de la sociedad constituida mucha
gente de impreciso origen que procuraba
instalarse en ella; y a medida que lograba se
trasmutaba aquélla en una nueva sociedad, que
apareció por primera vez en ciertas ciudades con
rasgos inéditos. Eran las ciudades que empezaban
a masificarse" (p. 319)
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