Localización
de la doctrina del esquematismo trascendental en
el problema general de la "crítica
de la razón pura"Diego Fernando Jaramillo
Patiño
En la
mayoría de las ediciones de la Crítica de
la razón pura de Kant, la sección titulada
«Del Esquematismo de los Conceptos Puros del
Entendimiento» no toma más de ocho
páginas. Sin embargo, ha sido considerada
como la sección más oscura de la CRP y, a
menudo, se ha malinterpretado, subvaluado e
incluso rechazado su tarea e importancia. En
este trabajo, me propongo ubicar la Doctrina
del Esquematismo en el cuerpo teórico de la
CRP e intentar mostrar la tarea de esta
doctrina y su importancia.
Uno de los
problemas más importantes quizá, imbricado en
la discusión filosófica en la época moderna,
es el de la extensión legal de nuestro
conocimiento y la determinación del ámbito
posible de su uso. Así, pues, en la base de esta
discusión se encuentra el problema de la
diferenciación entre conocimiento aparente y
conocimiento objetivo que da como resultado la
disputa entre las recién consolidadas ciencias
experimentales y la metafísica por la naturaleza
y la validez de sus peculiares conocimientos. En
una época que, al decir de Kant, no se conforma
ya con un conocimiento aparente, el principio de
objetividad se respeta con celo y la experiencia
es el único árbitro que debe observarse al
momento de decidir sobre el conocimiento. Frente
al cuadro de las ciencias experimentales, que
cada vez se tornan más un sistema completo
gracias a los esfuerzos del enciclopedismo
ilustrado, y de acuerdo con la idea vigente de
ciencia, el cuadro de la metafísica dejaba mucho
que desear. No obstante, dada la importancia y
persistencia de la razón humana sobre las
cuestiones metafísicas y la pretensión de la
propia metafísica de presentarse como ciencia,
no sobra, antes bien, urge preguntar por la
posibilidad de su cientificidad. Esta
investigación debe hacerse a la luz del camino
seguido por las disciplinas experimentales para
alcanzar la gran vía de la ciencia;
así, pues, será necesario: investigar la
posibilidad de un cambio de método en
metafísica; determinar con precisión el objeto
que le es peculiar de tal manera que, sin invadir
las demás ciencias creyendo ampliarlas, no las
desfigure; demostrar la posibilidad de que la
metafísica contenga como principios juicios
sintéticos a priori; y suministrar una
deducción de sus conceptos que justifique la
aplicación necesaria de éstos a los objetos de
la experiencia posible. Si todo lo anterior es
factible, la metafísica deberá además
presentarse como un sistema completo de
metafísica que, renunciando a la aspiración de
extender el conocimiento más allá de la esfera
de la experiencia posible y, por tanto, a
constituirse como una metafísica nouménica, se
limite en su uso y extensión al ámbito de la
experiencia y así se constituya como una
metafísica fenoménica, es decir, como una
metafísica de la experiencia.
En el centro de
esta investigación se encuentra el problema del
conocimiento. El análisis kantiano reconoce dos
fuentes heterogéneas de todo conocimiento, dos
fuentes cuyos elementos deben estar en
conjunción necesaria para que pueda ser posible
el conocimiento. Habiendo establecido Kant una
separación estricta entre sensibilidad y
entendimiento por ser sus naturalezas
completamente heterogéneas, pero al ser ambas
partes necesarias en el conocimiento, es
indispensable que la heterogeneidad sea salvada y
pueda, efectivamente, aplicarse el entendimiento
a la sensibilidad, sólo en cuya conjunción es
posible el conocimiento humano.
La solución
propuesta por Kant para salvar la heterogeneidad
de los elementos del conocimiento consiste en la
mediación de una tercera cosa que,
siendo de alguna manera homogénea tanto con la
sensibilidad como con el entendimiento, propicie
su conjunción y, así, haga posible el
surgimiento del juicio. Esta tercera
cosa no es otra que el esquematismo
trascendental cuya tarea consiste en limitar la
aplicación de los conceptos del entendimiento a
los objetos de los sentidos por medio de los
esquemas trascendentales, cuya determinación
tiene como resultado la categoría esquematizada
de donde, propiamente, surgen los principios
puros del entendimiento.
Es lugar común
el que la investigación de la Crítica de
la Razón Pura se ocupa en responder la
pregunta: ¿Cómo son posibles los juicios
sintéticos a priori? Concediendo esto, pues,
puede apreciarse claramente el papel que juega y
la importancia que representa el esquematismo
trascendental de los conceptos puros del
entendimiento, con vista a responder la
mencionada pregunta.
Después de la
revolución metodológica, asociada al nacimiento
de la ciencia moderna, es en las ciencias
experimentales donde se hace patente, con mayor
énfasis, el hecho mismo de la posibilidad real
de la extensión de nuestros conocimientos. Bajo
la premisa de «leer en libro de la Naturaleza»,
emprenden las ciencias experimentales una
investigación que tiene por objeto el
develamiento de la realidad natural, el
conocimiento de los objetos del mundo físico,
únicos en los cuales se encuentra inmerso el
sujeto cognoscente y sólo de los cuales puede
tener experiencia. Apoyadas en esta convicción,
elaboran estas ciencias un nuevo concepto de
objetividad que exige de toda proposición o
disciplina que quiera pasar por conocimiento
científico, la referencia obligada a los objetos
de la experiencia posible a todo sujeto humano.
Según este requisito, la experiencia debe
decidir la objetividad y, por tanto, la validez
como conocimiento, de toda proposición
científica con base en la realidad (existencia
real) del objeto de ésta y la adecuación y
conformidad del objeto con lo que de él se
predica.
La exigencia de
objetividad impuesta al conocimiento con sentido
inaugura la discusión, aún hoy vigente, de la
demarcación del conocimiento objetivo y el
conocimiento aparente, esto es, la demarcación
entre ciencia y pseudociencia. Es, en el marco
del esclarecimiento de esta diferencia y, sin
duda, sobre el apoyo de los resultados que para
el conocimiento se desprenden del principio de
objetividad, que tiene origen la disputa entre
filosofía y experiencia, entre metafísica y
ciencias experimentales.
Las ciencias
experimentales sólo dan cuenta de nuestros
conocimientos naturales; no obstante, la razón
humana, que es la única que conoce -el
conocimiento es eminentemente conocimiento
humano-, no sólo se preocupa por la extensión
de nuestros conocimientos naturales, sino,
principalmente, por la extensión de todos
nuestros conocimientos, bien sean naturales o
supranaturales. Las cuestiones así surgidas, aun
cuando no pertinentes a la ciencia son, sin
embargo, ineludibles. La razón se obstina, por
disposición natural, a considerarlas. Pero, si
bien la naturaleza de la razón humana, en
cuestiones metafísicas, se formula problemas de
los que no puede rechazar su tratamiento, es
cierto también que son escasas o ausentes sus
respuestas a ellos, puesto que por su
peculiaridad exceden el alcance de sus facultades
propias. La metafísica, pues, aun cuando es una
disposición natural de la razón humana, incurre
en oscuridades y contradicciones por «recurrir a
principios que exceden todo posible uso
empírico» (AVIII) y que no admiten
«contrastación empírica alguna» (AVIII)
extendiendo de esta manera los límites de toda
experiencia posible y vulnerando el principio de
objetividad exigido para toda ciencia.
Por largo tiempo
la metafísica pretendió ser la ciencia entre
las ciencias, mas en el siglo XVII se arrojó
sobre ella la sospecha de su legitimidad como tal
alojándose, cada vez con más fuerza, en los
espíritus cultos, el sentimiento del desprecio
hacia ella. Muchas fueron las razones que
propiciaron el rechazo a la metafísica y el
desprecio y la indiferencia hacia las cuestiones
de que trata. La anarquía sembrada por las
feroces disputas entre defensores y detractores;
el fracaso por fundar en la experiencia el origen
de estas cuestiones, sirvieron más para renovar
un enconado dogmatismo que para proponer salidas
al dilema en el cual se hallaba la metafísica
frente a las ciencias experimentales. No obstante
haberse intentado su fundamentación de diversas
maneras, contados los esfuerzos de Leibniz y Wolf
por hacer compatibles filosofía y experiencia,
la indiferencia y el escepticismo se apoderaron
de la actitud frente a la metafísica.
No obstante, la
disposición natural de la razón humana para
formularse cuestiones metafísicas de las que no
puede escapar y frente a las cuales no puede
fingir indiferencia, se impone la pregunta por la
validez y la legitimidad del conocimiento
metafísico. La ciencia de la ciencias, proscrita
como saber aparente, pero incitada por hondas
cuestiones de ineludible pesquiza debe, pues,
preguntar por su cientificidad. En una época de
florecimiento de las ciencias que no tolera
inútiles consideraciones más allá del círculo
de lo experimentable, pero que no puede tampoco
apagar la voz de sus más íntimas preguntas, se
debe decidir sin demoras sobre el carácter
científico o no del sistema que las trata.
Las ciencias
naturales, indudablemente, han alcanzado el
camino seguro de la ciencia y de ellas no cabe
preguntarse si son posibles o no. Esto lo han
logrado gracias a: Primero, una revolución
operada en su método que les ha permitido
invertir la mirada sobre su objeto, ganando un
nuevo horizonte para estudiarlo; segundo, la
determinación de su objeto de manera, digámoslo
en términos cartesianos, clara y distinta que
les ha permitido limitarse a su esfera propia,
evitando invadir terrenos de otras ciencias, toda
vez que: «permitir que las ciencias se invadan
mutuamente no es ampliarlas, sino desfigurarlas»
(BVIII); además, en tercer lugar, la posibilidad
de determinar su objeto a priori, es decir, de
forma enteramente pura, les ha permitido esperar
saber algo a priori con certeza sobre su objeto;
y, por último, la posibilidad de contener como
principios juicios sintéticos a priori, les
garantiza la viabilidad de la extensión real de
nuestros conocimientos, toda vez que así es
factible justificar la posibilidad de conocer
algo de las cosas que no esté en ellas y que ha
sido puesto a priori por el entendimiento.
Después
de la revolución metodológica, asociada al
nacimiento de la ciencia moderna, es en las
ciencias experimentales donde se hace
patente, con mayor énfasis, el hecho mismo
de la posibilidad real de la extensión de
nuestros conocimientos.
El requisito del
carácter sintético de los principios se apoya
en la distinción entre el conocimiento aparente
y el conocimiento objetivo. En la introducción a
la «Crítica de la Razón Pura» Kant afirma
que, en la ausencia de la distinción entre
analítico y sintético radica el empantanamiento
en el cual se encuentra la filosofía a la hora
de justificar su pretensión de ampliar el
conocimiento. «Los juicios analíticos
(afirmativos) son, pues, aquellos en que se
piensa el lazo entre predicado y sujeto mediante
la identidad; aquellos en que se piensa dicho
lazo sin identidad se llamarán sintéticos»
(A7/B10). Los juicios analíticos son
explicativos y su predicado no añade nada nuevo
al concepto, la identidad supone que todo
predicado en estos juicios está pensado ya en el
concepto, así, su función consiste en
clarificar los conceptos explicándolos por la
descomposición de sus partes. Los juicios
sintéticos, por el contrario, «añaden al
concepto del sujeto un predicado que no era
pensado en él ni podía extraerse de ninguna
descomposición suya» (A7/B11), lo que
propiamente explica una extensión real de
nuestro conocimiento. La filosofía ha creído
que lo que se pone explicativamente en los
juicios analíticos aumenta nuestro conocimiento,
pero no es así, simplemente lo explica. Al hacer
juicios analíticos, en los cuales no se requiere
salir del propio concepto para formularlos puesto
que los predicados se contienen ya en él, y al
hacerlo con la convicción del poder extensivo de
éstos, la filosofía ha tropezado con una
evidente contradicción que, torpemente evita
«elaborando con cautela las ficciones» ya que,
«una vez que se ha traspasado el círculo de la
experiencia se tiene la plena seguridad de no ser
refutado por ella» (A4/B8). Según lo anterior,
se ve que la filosofía ha constituido un saber
aparente y puede ser entendida la sospecha de su
cientificidad; no así, puede justificarse la
indiferencia frente a sus problemas ni el
desprecio por la metafísica. Kant se pregunta si
esa indiferencia habrá de conducirnos al
escepticismo de pensar que estas cuestiones de
tanta importancia para la razón, al grado de no
poder evitar el formulárselas, son meros
pseudoproblemas y, sin más, debemos abandonar la
metafísica como un conocimiento
irremediablemente aparente. O, por el contrario,
frente a la disposición natural de la razón
humana para hacerse estos inevitables
cuestionamientos debemos, más bien, interrogar
por la posibilidad de una metafísica. Es claro
que «no podemos conformarnos con la simple
disposición natural hacia la metafísica» (B22)
ya que el problema propiamente no debe ser el
preguntar por: ¿cómo surgen en nuestra razón
cuestiones metafísicas?, o sea, ¿cómo es
posible la metafísica como disposición natural?
-todos los esfuerzos en esta dirección tienen y
han tenido el sello del fracaso- el problema,
pues, consiste en preguntar por: ¿cómo pueden
ser resueltas estas cuestiones?, es decir,
¿cómo es posible la metafísica como ciencia?.
Dudar de la
metafísica es dudar de su posibilidad como
ciencia. Preguntar por la cientificidad de la
metafísica es preguntar por la posibilidad de
que alcance el camino seguro de la ciencia y por
el modo de hacerlo.
El primer
problema que debe abordar la investigación es el
problema del método. El carácter científico de
todo conocimiento radica en la solidez de la
posibilidad de saber a priori algo de las cosas
con certeza, no obstante, esto es posible sólo
si investigamos aquello que necesariamente y con
arreglo a los conceptos se ha puesto en ellas,
toda vez que: «la razón sólo reconoce lo que
ella misma produce según su bosquejo» (BVIII).
A la idea de «buscar (no fingir) en la
naturaleza lo que la misma razón pone en ella,
lo que debe aprender de ella, de lo cual no
sabría nada por sí sola» (BXIV) y en la cual
se funda su revolución metodológica, debe la
ciencia natural el haber alcanzado el camino
seguro de la ciencia. ¿Es posible en la
metafísica una revolución de su método?. Una
tesis central de la filosofía moderna es aquella
según la cual no hay objeto sino para un sujeto.
El error metodológico de la metafísica consiste
en que «se ha supuesto hasta ahora que todo
nuestro conocer debe regirse por los objetos»
(BXVI) lo que, propiamente, es tanto como suponer
que no hay sujeto sino para un objeto,
suposición que, a la hora de establecer mediante
conceptos algo a priori de las cosas que amplíe
realmente nuestro conocimiento, sólo puede, dado
su carácter analítico, conducirnos al fracaso.
Pero, si no es este el método correcto para la
metafísica, entonces: ¿cuál será?. La
metafísica debe invertir la mirada, efectuar su
propia revolución copernicana. Kant sugiere:
«intentemos, pues, por una vez, si no
adelantaremos más en las tareas de la
metafísica suponiendo que los objetos deben
conformarse a nuestro conocimiento, cosa que
concuerda mejor con la deseada posibilidad de un
conocimiento a priori de dichos objetos, un
conocimiento que pretende establecer algo sobre
éstos antes que nos sean dados» (BXVI). En
efecto, cómo saber con certeza algo a priori de
los objetos si nuestra facultad de conocer está
regida por ellos, está, por decirlo así,
supeditada a lo que ellos buenamente nos
entreguen y de lo cual nos es imposible saber
algo de antemano. La revolución del método en
metafísica depende, pues, de la inversión de la
mirada y de la adopción del supuesto fundamental
según el cual «sólo conocemos a priori de las
cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas»
(BXVIII).
En orden a este
fin, lo primero que Kant propone analizar es el
problema de la intuición de objetos y,
posteriormente, el problema de su concepción. El
conocimiento exige una determinada relación
entre los elementos del juicio, concepto y
predicado agregado; sin embargo, el conocimiento
extensivo, que no se da por identidad, implica
que aquello agregado como predicado, si bien
ligado necesariamente al concepto, «no lo está
en cuanto pensado en este último, sino gracias a
una intuición que ha de añadirse al concepto»
(B17), de esta forma únicamente, se garantizan
juicios de experiencia. Pero, para que la
intuición añadida pueda efectivamente
proporcionar un conocimiento a priori de la
naturaleza del objeto intuído, debe ésta
regirse, no por la naturaleza del objeto, sino
por la naturaleza de nuestra facultad de intuir.
Pero la intuición por sí misma no es ella
todavía pleno conocimiento, para hacerlo es
indispensable que esté referida a algo que sea
su objeto y que, a su vez, éste pueda ser
determinado mediante ella. La determinación del
objeto es posible por medio de los conceptos que,
igualmente, con vista a proporcionar conocimiento
a priori, no pueden regirse por el objeto, más
bien «la experiencia, única fuente de su
conocimiento (en cuanto objetos dados), se rige
por tales conceptos» (BXVII). El entendimiento,
pues, posee unas reglas que debo suponer en mí
antes de que los objetos me sean dados y que se
expresan en conceptos a priori, bajo los cuales
cae toda experiencia posible y con los cuales
todo objeto debe concordar. La transformación
del procedimiento empleado en metafísica explica
perfectamente la posibilidad del conocimiento a
priori.
Sin embargo,
¿por qué se propone un nuevo método en
metafísica que permita explicar la posibilidad
del conocimiento a priori? La razón es que la
metafísica debe poder determinar su objeto
claramente de tal suerte que no sea objeto
también de alguna otra ciencia, es decir, debe
poder determinar como propio un objeto que las
demás ciencias no pueden investigar, pero del
cual reconozcan su evidencia. Si preguntamos si
existe algo que, aun siendo evidente a las
ciencias, con todo, no es de competencia suya el
investigarlo, quizá tengamos un objeto que le
sea propio sólo a la metafísica. De esta
pesquiza depende la posibilidad de una ciencia
metafísica que se ocupe de una cuestión real y
no de pseudoproblemas.
La realidad
efectiva de que gozan las ciencias naturales y
formales pone en evidencia el hecho mismo de la
realidad (la existencia) de la experiencia
científica en general. Preguntar por su realidad
no tiene caso, como tales estas ciencias están
en realidad dadas. Pero, ¿explica su evidente
realidad, su existencia, el cómo son posibles?
¿es objeto de éstas el darse a sí mismas una
explicación? Es objeto de las matemáticas la
cantidad y de la física son los fenómenos
naturales, pero no es objeto suyo el
autoexplicarse de tal manera que den cuenta del
hecho mismo a que hacen referencia. Se precisa,
pues, de una ciencia que suministre esta
explicación. Pertenecerán, así, a la
filosofía como objetos propios e inalienables,
la experiencia y el hecho mismo del conocimiento
humano. Esta ciencia deberá dar cuenta de cómo
son posibles la matemática pura y la ciencia
natural pura, a la vez que deberá decidir si es
posible la metafísica como disposición natural
y, dependiendo de la respuesta, explicar cómo es
ésta posible como ciencia.
Dudar de
la metafísica es dudar de su posibilidad
como ciencia. Preguntar por la cientificidad
de la metafísica es preguntar por la
posibilidad de que alcance el camino seguro
de la ciencia y por el modo de hacerlo.
Así determinado
el objeto de la metafísica, ésta alcanzará el
camino seguro de la ciencia y la disputa entre
ciencias experimentales y metafísica se
disolverá al ser saldada entonces la
controversia relativa a la invasión ilegal de la
metafísica en terrenos de las ciencias naturales
y formales, toda vez que la metafísica no será
más, no pretenderá serlo, una explicación de
las cosas, sino, mejor, una explicación del
conocimiento de las cosas.
Pero con operar
una revolución del método y determinar con
precisión el objeto, la metafísica no agota su
tarea. El requisito de completitud, impuesto por
la idea moderna de ciencia, precisa el que todo
conocimiento pertenezca a un todo ordenado y
sistemático de principios y de prácticas en el
marco de un conjunto de problemas y hechos
físicos. Es decir, toda disciplina ha de poder
mostrar un cuadro suyo como ciencia en donde sean
claras tanto la parte teórica como la parte
práctica que la conforman y en el cual puedan
ubicarse sin contradicción ni violencia todos
los conocimientos que de ella se desprenden o que
la fundamentan. Tampoco este requisito puede
evadir la metafísica si quiere alcanzar el
camino seguro de la ciencia. Debe ser posible, en
principio, un sistema de metafísica. Para Kant
esta exigencia puede ser superada por la
metafísica gracias a que: «la razón
constituye, con respecto a los principios del
conocimiento, una unidad completamente separada,
subsistente por sí misma, una unidad en la que,
como ocurre en un cuerpo organizado, cada miembro
trabaja en favor de los demás y éstos, a su vez
en favor de los primeros» (BXXIII), con lo cual
se hace evidente la posibilidad de construir un
sistema completo de metafísica. Pero, ¿qué
clase de metafísica?.
El conocimiento,
ya sabemos, debe ser a priori de acuerdo con la
exigencia impuesta por el nuevo método y, según
la cual, sólo debemos investigar en las cosas
aquello que ponemos en ellas puesto que es lo
único que de ellas podemos saber a priori;
además, para garantizar efectivamente su
extensión, debe el conocimiento también ser
sintético. El conocimiento, así considerado es,
pues, conocimiento sintético a priori. Esto trae
para la metafísica consecuencias muy importantes
en lo que a su naturaleza nouménica o
fenoménica se refiere. El rigor del método
impone la necesaria confirmación experimental de
los enunciados y su carácter eminentemente
sintético. Es importante anotar que «este
método, tomado del que usa el físico, consiste,
pues, en buscar los elementos de la razón en lo
que puede confirmarse mediante un experimento»
(BXIX nota). En efecto, todo aquello que se
pretenda poner a priori en los objetos tiene que
ser susceptible, según el principio de
objetividad, de confirmación experimental. La
razón de esto es que sólo a través de los
resultados del experimento se puede, en la
experiencia, mostrar la adecuación de lo puesto
a priori en el objeto con el objeto mismo; de lo
contrario, el sistema de la ciencia incurriría
fácilmente en ficciones y no se podría en el
conocimiento distinguir lo verdadero de lo
meramente aparente. Ninguna metafísica cuyo
objeto exceda los límites de la experiencia
puede efectuar experimento alguno. ¿Cómo
podría entonces, satisfacer la metafísica esta
exigencia? La posibilidad de un experimento con
conceptos y principios supuestos a priori, dice
Kant, depende enteramente del éxito alcanzado en
la tarea de organizarlos como objetos del
entendimiento y de los sentidos y en establecer
un criterio para diferenciarlos de aquellos
meramente pensados por una razón que excede los
límites de toda experiencia. El experimento
consistirá, pues, en la distinción entre
objetos del conocimiento y objetos del
pensamiento, y decidirá sobre la pertinencia de
esta distinción en la medida en que, teniendo
presente el criterio de distinción, se produzca
«el acuerdo con el principio de la razón pura»
y que, desconociéndolo, surja «un inevitable
conflicto de la razón consigo misma». Es tarea
de una crítica de la razón pura decidir sobre
la capacidad de la razón humana «en relación a
los conocimientos a que puede aspirar
prescindiendo de toda experiencia» (AXII). Mas,
en verdad, la utilidad de una crítica semejante
es negativa. Es trabajo suyo advertir la
ilegalidad que representa el aventurarse más
allá de los límites de la experiencia posible
con el mero auxilio de la razón especulativa
para extender nuestros conocimientos. No puede
haber conocimiento sino a partir del hecho mismo
de la manifestación fenoménica, pues, de lo
contrario sería preciso conceder que hay
conocimiento de fenómenos que carecen de toda
manifestación, lo cual es absurdo, pues, ésto
equivale a tanto como conceder el que sea posible
conocimiento alguno de lo supranatural. Kant, es
evidente en la Refutación del Idealismo, acepta
la existencia real de objetos independiente de su
afección en el sujeto, pero se niega a conceder
el que sea posible conocerlos: «no obstante, hay
que dejar siempre a salvo que, aunque no podemos
conocer estos objetos como cosas en sí mismas,
sí ha de sernos posible, al menos, pensarlos»
(BXXVI). Investigar según el método propuesto,
significa investigar, no por la forma como nos
afectan los objetos al manifestársenos, sino,
antes más bien, por la forma que nos es propia
para recibir y concebir su manifestación, las
condiciones de su posibilidad, y a la cual toda
manifestación debe acogerse y de la cual nos es
imposible prescindir. Independientemente de la
manifestación de un fenómeno que nos permita
referir el efecto en nosotros de tal
manifestación a un fenómeno que la produzca, es
imposible para nosotros conocimiento alguno.
Analíticamente
puede prescindirse de la manifestación del
fenómeno. El atributo del juicio analítico de
no necesitar salir de nuestro concepto para
validar cualquier predicado que se le atribuya al
sujeto del concepto, no postula como necesaria la
manifestación del fenómeno para aceptar la
existencia de éste. Antes, se da por supuesto el
fenómeno prescindiendo de su manifestación. Una
metafísica fundada sobre juicios analíticos, al
renunciar al arbitraje de la experiencia y darse
a sí misma la validez de sus propias
conclusiones, no hace otra cosa que abusar de la
especulación; sus principios amenazan con
extenderse más allá del ámbito de la
experiencia al cual, realmente, pertenecen.
Analíticamente, entonces, tendríamos una
metafísica nouménica. Pero, la primera
apreciación de nuestro conocimiento racional a
priori es que «éste sólo se refiere a
fenómenos y que deja, en cambio, la cosa en sí
como no conocida por nosotros, a pesar de ser
real por sí misma» (BXX). Así, ante todo, la
metafísica debe poder ser una metafísica
fenoménica, es decir, una metafísica de la
experiencia.
El
conocimiento, ya sabemos, debe ser a priori
de acuerdo con la exigencia impuesta por el
nuevo método y, según la cual, sólo
debemos investigar en las cosas aquello que
ponemos en ellas puesto que es lo único que
de ellas podemos saber a priori
La legalidad del
conocimiento viene dada, pues, por la
experiencia; traspasarla es, en realidad,
producto de la atracción que sentimos por
ampliar nuestros conocimientos. Investigar por la
posibilidad de la extensión de nuestros
conocimientos es preguntar si existe un
conocimiento completamente independiente de toda
experiencia, pero cuyo uso sea posible sólo por
referencia a la experiencia. Sabemos ya que
ningún juicio analítico se funda en la
experiencia y, por tanto, podemos sentirnos
tentados a pensar que es por completo
independiente de ella; no obstante, dado que en
el juicio analítico no es necesario salir del
propio concepto para agregarle un predicado,
éste no es en modo alguno extensivo y, como tal,
no es un juicio de experiencia. Los juicios de
experiencia son todos sintéticos; en efecto, en
estos juicios la posibilidad de agregar un
predicado al concepto se basa en la experiencia
puesto que, al no estar contenido el predicado en
el concepto y guardar, con todo, una mutua
correspondencia entre sí, se precisa la
referencia a la intuición. De esta manera, en
los juicios sintéticos la experiencia sirve como
fundamento para explicar la posibilidad de la
conexión entre concepto y predicado. Pero, con
todo, el problema consiste -no podemos perderlo
de vista- en saber si existe conocimiento alguno
independiente de toda experiencia, es decir, puro
a priori. El conocimiento, pues, debe ser tanto
sintético como a priori: para ser sintético
debe ser un conocimiento que empiece con la
experiencia, mas para ser a priori no todo él
debe proceder de ella, sólo así puede ser
factible que investigando lo que no procede de la
experiencia, se amplíe efectivamente el
conocimiento, y que, circunscribiendo su uso
sólo al dominio de la experiencia, ésta le
otorgue validez y legalidad.
Mas, si la
experiencia no presta su apoyo en relación con
los juicios sintéticos, no así en lo que
respecta a los juicios sintéticos a priori, en
los que ella no sirve de fundamento para explicar
la posibilidad de la síntesis. El problema
general de la razón pura, su tarea propia «se
contiene en esta pregunta: ¿cómo son posibles
los juicios sintéticos a priori?», o lo que es
lo mismo, ¿qué y cuánto podemos conocer
independientemente de toda experiencia?.
La respuesta a
la pregunta anterior se intenta a lo largo de
toda la «Crítica de la Razón Pura» e
involucra necesariamente un análisis de la
experiencia que fundamente su posibilidad, a la
vez que, justifique tal fundamento en su uso como
meramente aplicable a la experiencia, sólo en
donde puede ser conocimiento. ¿Qué podemos
conocer con independencia de toda experiencia?
Unicamente aquello que el entendimiento pone a
priori en los objetos. ¿Cuánto podemos conocer
con independencia de toda experiencia? Sólo
cuanto, aunque independiente de la experiencia,
tiene aplicación en ella.
Para Kant es
claro que «estamos en posesión de determinados
conocimientos a priori (es decir, puros o
independientes de toda experiencia) que se hallan
incluso en el entendimiento común» (B3), estos
conocimientos son aquellos que el entendimiento
pone a priori en las cosas. Según el método
sugerido para la metafísica éstos son los
únicos conocimientos que podemos conocer con
independencia de toda experiencia, es decir, de
manera pura; pero aquello que podemos conocer
sólo es conocimiento si tiene aplicación a la
experiencia. Lo anterior significa que el
conocimiento lo es sólo de la experiencia, no
sólo en el sentido de conocer la constitución
de la experiencia sino, además, en el sentido de
conocer todo lo que es previo a ella, no en el
tiempo sino en la necesidad, y que por su
referencia a ella la hacen posible como su
condición de posibilidad. Si, como predica el
método, los objetos deben regirse por el
entendimiento, es decir, el conocimiento de su
naturaleza y su naturaleza misma en cuanto
fenómenos debe regirse por la naturaleza del
entendimiento, entonces los objetos no nos
proporcionan un conocimiento en cuanto cosas en
sí, antes, los objetos sólo son conocimiento
como objetos para un sujeto y, de aquí, se
desprende el hecho de que es el sujeto quien,
propiamente, constituye la experiencia. La
posibilidad de la existencia de un mundo de
experiencia, pues, viene dada por la posibilidad
del sujeto de constituir ese mundo; por tanto, la
pregunta por la posibilidad de la existencia de
un mundo de experiencia se transforma en la
pregunta por la posibilidad, en el sujeto, de la
constitución de los objetos de un mundo de
experiencia. Es tanto como preguntar y determinar
la naturaleza de los objetos de los cuales
únicamente puede tener conocimiento un sujeto
cognoscente. Es el entendimiento quien realiza
esta constitución de los objetos toda vez que es
él quien los determina a priori al poner en
ellos lo que cae bajo su facultad de entender y
al estar sujeto a conocer a priori sólo esto que
pone. Es decir, para que sea posible la
existencia de un mundo de experiencia como tal
para un sujeto cognoscente, debe ser posible a
priori que el sujeto esté en posesión por su
estructura cognoscitiva de las condiciones que lo
hacen posible. En últimas, para que algo sea
posible se requiere que previamente ese algo sea
posible: la posibilidad de la existencia real de
algo exige la posibilidad formal de su
existencia. Las condiciones formales de
posibilidad son necesarias a priori para
justificar y demostrar la posibilidad de la
existencia real de la experiencia. El
entendimiento pues, es quien propiamente, por
posesión de la condición de posibilidad puede
constituir el mundo de la experiencia. Sólo hay
objeto para un sujeto y de éste sólo podemos
tener conocimiento en cuanto que caiga bajo las
condiciones de posibilidad propias al sujeto,
únicas en las cuales es objeto y representa
conocimiento para el sujeto limitado a su
estructura. Lo que podamos pensar con extensión
de las condiciones de posibilidad de
constitución de los objetos, sólo puede ser
pensado pero no conocido. Conocer sólo es
posible con arreglo a las condiciones del
conocer. Así, la posibilidad de la experiencia
depende de las condiciones de posibilidad del
sujeto de constituir un mundo de experiencia
posible, que es lo que propiamente hay que
demostrar. La constitución de un mundo de
experiencia, experimentable por un sujeto
cognoscente, no es independiente de las
condiciones formales del sujeto para
constituirlo, por tanto, la investigación debe
ser una investigación por la estructura del
sujeto cognoscente a partir de la cual pueda ser
posible la constitución del mundo de la
experiencia.
Es necesario
para que haya experiencia, primero: la unidad de
la conciencia en el sujeto de tal forma que toda
representación pueda ser, por referencia a la
unidad del yo pienso, una
representación perteneciente a un sujeto;
segundo: la unidad del mundo objetivo de tal
forma que los fenómenos puedan ser referidos a
una misma cosa como a un objeto real en un mundo
ordenado. Lo que propiamente permite que las
representaciones en un sujeto sean
representaciones de objetos reales y no meras
ficciones del pensamiento es el juicio de
experiencia. Así, el análisis de la estructura
del sujeto para constituir un mundo de
experiencia debe poder mostrar la posibilidad
efectiva del surgimiento de juicios de
experiencia, es decir, de juicios sintéticos a
priori.
Kant distingue
dos fuentes del conocimiento, la sensibilidad y
el entendimiento, así como dos elementos del
mismo, intuiciones y conceptos, correspondientes
cada uno a sensibilidad y entendimiento
respectivamente. La sensibilidad aporta la
multiplicidad de las impresiones que recibe el
sentido al ser afectado por el fenómeno en su
manifestación y las agrupa según las formas
puras de toda sensibilidad,las intuiciones puras
de tiempo y espacio. El entendimiento aporta las
reglas de unidad sólo bajo las cuales es posible
pensar un objeto en general, éstas son los
conceptos puros del entendimiento. Sólo mediante
las categorías la materia de la sensibilidad
llega a constituirse como objeto de la
experiencia, es decir, sólo a través de la
aplicación de las categorías a las impresiones
sensibles puede ser posible el juicio de
experiencia.
Lo anterior no
representaría problema alguno si Kant no hubiera
establecido una diferencia radical entre las
naturalezas tanto de las fuentes como de los
elementos del conocimiento. La sensibilidad es
pasiva, sólo recibe impresiones; el
entendimiento es activo, sólo hace uso de
conceptos.Las intuiciones son estrictamente
sensibles, los conceptos estrictamente
inteligibles, ni las primeras pueden pensar ni
los últimos sentir. Pero, con todo, el
conocimiento sólo resulta del trabajo combinado
entre ellos, de su coordinación, pues en orden
al fin del conocimiento: «los pensamientos sin
contenido son vacíos, las intuiciones sin
concepto son ciegas» (A51/B75). La separación
radical entre entendimiento y sensibilidad que
hace esencialmente heterogéneos conceptos e
intuiciones, pero la exigencia de vinculación
entre sensibilidad y entendimiento, de
homogeneidad entre intuiciones y conceptos, con
arreglo al fin del conocimiento, da lugar al
problema de cómo éstas pueden actuar
coordinadamente. De la respuesta a esta pregunta
depende la posibilidad de los juicios sintéticos
a priori y, por ende, la fundamentación de una
metafísica de la experien cia: «por eso es tan
necesario hacer sensibles los conceptos (es
decir, añadirles el objeto de la intuición)
como hacer inteligibles las intuiciones (es
decir, someterlas a conceptos). Ni el
entendimiento puede intuir nada, ni los sentidos
pueden pensar nada. El conocimiento únicamente
puede surgir de la unión de ambos»
(A51/B75-76). El problema puede, así,
enunciarse: ¿Cómo es posible la unión de
entendimiento y sensibilidad, su necesaria
coordinación con arreglo al fin del
conocimiento?
Concebir alguna
metafísica como ciencia tiene sentido sólo si
puede mostrarse la validez objetiva de los
juicios de experiencia que se deriven de ella.
Resolver el problema de la unión necesaria de
los elementos del conocimiento en términos de
una metafísica de la experiencia implica no
sólo mostrar al posibilidad de la aplicación de
los conceptos a las intuiciones, su
sensibilización, sino cómo es esto posible,
más aún, que el uso de los conceptos cobra
sentido en cuanto se restringe a y se realiza
únicamente en la experiencia, tarea para la cual
la lógica formal es insuficiente. Al hacer
abstracción de todo contenido la lógica formal
no tiene un problema en la exigencia de la
homogeneidad.
Los conceptos
puros son heterogéneos de la multiplicidad
sensible, sencillamente porque éstos no pueden
encontrarse en intuición alguna. Pero esto no
significa que no puedan tener un uso
trascendental, es decir, una aplicación a la
materia del sentido. Precisamente, es lo que se
espera de ellos. Una lógica trascendental debe
poder mostrar la posibilidad efectiva de que los
conceptos puros, al no prescindir del contenido
sensible, se restrinjan y se realicen en la sola
esfera de la experiencia, si quieren pasar por
conceptos objetivamente válidos.
El
entendimiento pues, es quien propiamente, por
posesión de la condición de posibilidad
puede constituir el mundo de la experiencia.
El problema de
la heterogeneidad manifiesta y la homogeneidad
requerida sólo puede resolverse en términos de
la mediación. Un algo, a la vez homogéneo con
cada lado heterogéneo, en virtud de alguna
propiedad compartida, debe poder tender el puente
entre ambos salvando el abismo y vinculándolos
de forma tal que, haciendo posible la aplicación
de los conceptos a los datos del sentido, haga
posible el juicio de experiencia.
Aquella tercera
cosa que media es el esquema trascendental que,
como determinación trascendental del tiempo -el
tiempo como forma del sentido interno y, por
tanto, con dición de todo fenómeno- temporaliza
las categorías restringiéndolas en su uso al
campo de la experiencia únicamente y
realizándolas allí solamente.
Para que una
categoría posea realidad objetiva es
indispensable que sea aplicable a la intuición,
para ésto es necesario que un procedimiento
trascendental sea operado, ésto es, que la
categoría sea esquematizada, con lo cual su
aplicación al material del sentido se hace
posible.
De la categoría
esquematizada, es decir, restringida a y
realizada en la esfera de la experiencia surge el
juicio de experiencia. Toda categoría
esquematizada vale tanto como un juicio
sintético a priori, pues establece a priori lo
que la experiencia debe ser para ser, con todo,
experiencia para un sujeto que sólo así
experimenta.
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