Dulce María LoynazCarlos Eduardo Peláez
Pérez
Se intenta
elucidar el fundamento mismo de la poética
desarrollada por la autora, esto es, no
pretende hacer un análisis de la
confrontación lingüística sino establecer
el estro donde ésta se desarrolla. Paa ello
se tomó como fuente original el principio
uno de la metafísica occidental y el
desarrollo posterior de una divinidad.
Además se sugieren parámetros conceptuales
como unidad, semejanza, otredad,
religiosidad, para oir la poética sencilla y
natural de esta heredera del romanticismo
americano.
Intentar algo
sobre la poesía desde la idea elucidada, clara y
casi conceptualizada, es un leve esfuerzo como el
de viajar, tomar fotografías, e ir anotando lo
sucedido debajo de ellas. La poesía no surgió
frente a nada, ni a causa de nada. Ella es un
efecto sin causa. Un incondicionado que dice la
invisibilidad ampliando lo visible, o mejor, la
que atrapa el relucet de la naturaleza en un
ritmo, una armonía, que sólo se puede señalar,
mostrar, así como se señala un sol remoto que
no alumbra la noche.
El inicio de la
cultura, dijo Bubner, es el "Hágase la
luz" del Génesis. La partida original fue
la palabra, la luz desocupando la tiniebla. Ella
sembró los astros y la tierra. Fijó, expresó.
El mundo es ya un eterno presente. El ser ha sido
conferido, y a lo que es, nada lo puede hacer de
otro modo.
Las palabras se
sucedieron en el universo dando, siendo, y llegó
la sexta , el número anterior al infinito:
"Creced y multiplicaos". Allí comenzó
el silencio, el reto, la visión real. Al hombre
se le confirió el juicio, la medida. Se le
entregó lo que había sido sembrado con
justicia, con luz, con alegría.
"Creced":
verbo, mandato, testamento. En esta sentencia se
halla la razón de vivir, la razón de morir.
¿Qué es lo que tiene que crecer? Si ese
crecimiento es la medida del hombre, dónde se
halla esa sustancia enigmática. (No puede ser la
naturaleza porque ella ya fue y es).
Sólo la palabra
porta ese verbo, ese mandato. Crecerla en leyes,
en orden. Crecerla para apropiársela, entregarle
morada: la pequeña seguridad de que está?. Ella
es enigma , se oculta, se desvanece. Crece
sembrándose a sí misma. Colocando un orden
inatrapable, irreglamentario. Crecemos porque
crece. Ella lo hace en el límite de lo que Es.
Vertical intenta de nuevo su origen, el contacto
primero. Asciende el verbo con lo nombrado para
de nuevo alcanzar resplandor, rayo: "Y todas
las cosas las timonea el rayo" sentenció
Heráclito.
El crecer es el
antecedente del multiplicarse. ¿Cómo crece,
cómo se multiplica el hombre?. Siempre ha sido
el preguntar , el único preguntar. Crece como la
semilla a partir de sus muertes. Y comienza la
analogía, somos análogo, semejanza. Análogo en
tanto decimos lo que fue dicho anterior al
fragmento, es decir, análogo a la totalidad, a
lo que no se fragmentaba en luz, en agua. Pero
sin embargo el análogo señala el fragmento como
posibilidad de lo total; quizá el análogo sea
sometido por la semejanza. Somos la semejanza de
lo otro. Nada es semejante a sí mismo, si lo
fuera sería idéntico, no semejanza. Esta
posibilita el reverso, la sombra que no es el
cuerpo, como el espacio no es el árbol, pero lo
es en tanto cuanto posibilidad. "Los
límites al alma no conseguirás hallarle",
dijo el de Efeso. El límite lo dice el análogo
en su sometimiento a la semejanza. Se dice el
límite pero señalando lo que se oculta, lo que
hace el anverso de la semilla.
Ahora, ¿qué
multiplicamos?, ¿qué se suma infinitamente?,
¿sobre qué índices? Multiplicamos la especie,
la finita progenie?. Multiplicamos la visión, la
unión nueva de realidades, de palabras.
Multiplicamos el mundo a partir de un universo
infinito. Intentamos la reproducción del
análogo y la semejanza.
El reproducir
sólo puede ser un sucedáneo del crecer.
Crecemos en visión, reproducimos visión. A la
reproducción le es inherente la cópula. ¿Qué
atravesamos? ¿Qué fecundamos? Atravesamos un
cuerpo: el universo, lo fecundamos. Colocamos la
simiente sobre la luz, sobre lo sembrado.
Atravesamos ese cuerpo que reta enfrente,
fecundándolo con más luz, para que sea no una
nueva especie sino una posibilidad de lo total,
de lo anterior a él. Siempre se fecunda lo
conocido para hallar un desconocido. Conocer y
desconoer son el estro mismo del plasma.
La poesía, la
palabra en su más extraordinario sentido,
señala esa totalidad en una singularidad. El
singular es aquello que conocemos y desconocemos.
La totalidad es lo desconocido que conocemos por
desconocido. Por ese contacto de conocimiento-
desconocimiento logramos lo maravilloso: el rumbo
de la expansión, del fructificar.
La poesía es
multiplicación porque ha crecido en el encuentro
con el rumbo. Ella crea un orden, ese enigmático
heracliteano: "Desperdicios sembrados al
azar, el más hermoso orden del mundo". Lo
singular es aquél desperdicio, la hebra que no
está en la tela, pero inicia una nueva tela. El
adobe que sobró en la construcción. El poema
que no está incluído en el libro.
El orden
propiciado por el desperdicio es el orden de lo
otro: de lo que crece y se multiplica.
Conocer es un
análogo de lo visto en la visión de la unidad.
La pregunta de Hurssel a Locke y Berckeley es
pertinente aquí: "¿Por que hablar de una
naturaleza que todos vemos?". La naturaleza
en tanto inmanencia difiere, se asocia. En cuanto
trascendencia toma unidad, logicidad de lo que
está ahí. Pero si el orden es de una
singularidad efectual no causal, las soluciones
del conocimiento tienen que ser elaboradas por
una unidad, por una sustancia unánime que sea un
reflejo de la totalidad , esto es , la conciencia
, el yo, la comprensión. Este reflejo testifica
que yo he visto, es decir, que lo otro deviene en
desperdicio, que se convierte una especie tan
singular que tomísticamente se podría llamar un
género, que ese algo que se ha visto puede ser
entregado como lo que ocurre allí. La naturaleza
puede ser vista como UNA porque ella no es la que
al estar ahí somete, sino la que estando ahí
refleja lo que el reflejo dice. La palabra es un
reflejo de luz que dice el reflejo de lo que ha
sido luz.
La luz no tiene
sometimiento causal sino relativo; tiene
relación con el tiempo oportuno, con el Kairós
que apunta el momento ahí. El ahí es de
incumbencia poética porque realmente es lo
dicho. El ahí, que es la unidad de la
naturaleza, posibilita el decir. El decir se
convierte en unidad por la comprensión. La
comprensión es unidad en cuanto rumbo. Se halla
el rumbo unánime porque somos semejantes a lo
otro: la totalidad. Si bien la totalidad es un
inatrapable, el reflejo dice las formas en las
que se puede establecer el ahí. Este se
convierte en una percepción que toma unidad en
la palabra en cuanto ella es totalidad.
La
naturaleza puede ser vista como UNA porque
ella no es la que al estar ahí somete, sino
la que estando ahí refleja lo que el reflejo
dice.
La totalidad, lo
otro como desperdicio, es la dificultad. Lo
difícil se dice difícilmente. Para acercarnos a
este decir tenemos la potencia de la metáfora.
La metáfora señala ese orden máximo
irreglamentario, azaroso. No es el
"COMO" sino el ES. Siempre que se trate
del decir, se halla la totalidad en juego; un
juego que crea nuevas posibilidades, rumbos para
hallar la unidad entregada por el principio, la
luz.
Las maneras de
poseer esta entrega son disímiles, perceptivas,
esto es, el que intenta decir elabora un nuevo
orden, algo sin estableshiment.
Pretender
conocimiento desconociendo lo desconocido, es
ceguera, unilateralidad. El ahí es el mismo del
comienzo. Partimos de una identidad y hallamos
una multiplicidad que refleja la partida. Lo que
se dice siempre es un Es, un orden que suma
otredad, desperdicio.
En ese claro
acontecer del desperdicio se coloca la poesía
como palabra eminente. Ella refleja lo único,
pero lo refleja en esa dificultad de lo
múltiple: el sol difiere siempre, el agua no es
la misma. Los elementos son otros elementos.
Llegados aquí,
elaboremos otra conceptuación: lo religioso.
Esto es la manera singular de atar, de volver al
hilo inicial a partir de lo resuelto por la
voluntad.
La palabra
eminente puede ser proferida a partir de ese
zurcir lo roto. Todo lo religioso es una
tradición . Pero la tradición no es un
conservar, un momificar estados, sino un proceder
a partir de lo inicial. Lo religioso se establece
en la evocación, la invocación y la salvación.
Estas tres instancias requieren de lo poético
para decir lo inicial. La religiosidad es dicha
por lo poético en cuanto renueva siempre; coloca
la otredad que refiere lo azaroso, aquello que
nunca había aparecido pero que estaba ahí, en
el ahí de la luz que son todas las cosas: estas
y las otras: lo invisible y lo visible.
Acerquémonos a
esa dificultad del relucet: lo que esta ahí y
dice lo otro. Dulce María Loynaz nos conduce con
su poesía a esas instancias señaladas: unidad,
semejanza, otredad, crecimiento, multiplicación,
metáfora, religiosidad.
Para dar inicio
coloquemos dos bastiones poemáticos y a partir
de ellos, acechar lo que la poeta nos sugiere:
Hölderlin
canta:
Los poetas,
aún
los
espirituales
deben ser en
el mundo.
Rubén
Darío:
¿Tu
corazón las voces
ocultas
interpreta?
Sigue,
entonces, tu
rumbo de
amor.
Hölderlin crea
la diferencia, la dualidad: espíritu-mundo. El
primero como hálito que forman los dioses y los
héroes; lo segundo, como la tierra donde actúan
los poseedores del fatum. Pero el deber del poeta
reune, crea la posibilidad del Espíritu en el
mundo. Veamos el mundo que nos entrega la poeta
Loynaz.
Es un mundo
elemental, hecho de agua, de fuego, de amor. Los
elementos son el reflejo por donde el Espíritu
habla, deviene en luz. El Espíritu cantado en la
poesía de Dulce María es el Espíritu Santo.El
Espíritu portador de la palabra divina que
asiste como esperanza, como don. Es un Espíritu
que exige la religiosidad, la pulcritud, la
espera. El acompaña en el camino que va del
cielo claro, de la rosa dentro, a los abismos que
la soledad tropieza.
El Espíritu es
cantado sobre el mundo, sobre lo bello que
irradia aún en el olvido. El es memoria, el
mundo es memoria, ambos olvido. El juego azaroso
y terrible memoria-olvido. El Yo , ese universal
perceptivo, sustancia unánime, celebra en la
poeta las nupcias de la palabra , de la memoria.
El yo se ve en los elementos todos y señala el
misterio, el nombre que se ignora todavía. El
mundo es una hondura remota, un cauce sin
sentido, un temblor que se enreda en el interior,
en la conciencia, porque ésta lo dice y lo
desdice.
La palabra de
Dulce María es análoga, "es el éste que
es aquél", aquél que no se nombra porque
habita la identidad, la unidad , el todo. El
"éste" es lo que se nombra desde el
yo, refiriendo los elementos como un relucet de
la totalidad. Ese yo arguye también el amor,
siendo éste la percepción que abre un espacio
gnóstico, hechizado. Aquí se disuelve el sujeto
hombre en la totalidad , Señor. Nombra éste las
instancias del amor, de la ternura, de la
ausencia, de aquello que envuelve la visión
hacia un sentido no del todo vislumbrado pero que
se sabe como el fuego.
El amor revela
la hermosura. Esta sólo es perceptible en el
conocimiento del alma. El amor proporciona el
conocimiento del alma. Esta en Dulce María se
resuelve en la tradición occidental. Ella es el
origen de los actos. Estos hacen brillar el
destino, el indescifrable fin. El alma se
despliega en el mundo: sea mártir, amante o
madre. Todos colocan el hechizo de lo invisible,
de aquello que asalta a la memoria y la sangre
sobre el tiempo en el que el alma transcurre.
Ella está dirigiendo el mundo porque habita el
suceder, la memoria.
La tierra, el
mundo, están impregnados de los hechos del alma.
Las cosas toman valor por la hermosura que se
yergue sobre la fatalidad.
El alma tiene
una morada: la soledad. Este sueño es una
especie de recipiente donde se albergan los
seres. Es un premio, un castigo. Premio en cuanto
el que la porta descubre el alma de las cosas, de
los otros y de sí mismo. Es castigo porque puede
inundar la vida hasta ahogarla, hacerla inútil,
casa moribunda por donde cruzan espectros de una
vida que fue y ya no es más. La vida es milagro,
sueño dúctil, tiempo que se remeda a sí mismo.
Palabra. Ella está dicha por los elementos.
Estos contienen la vida. La lluvia espera. El
viento se cansa. El agua está triste. La imagen
se hace con el mundo para decir el Espíritu, la
religiosidad.
En Dulce María
Loynaz la espera, la salvación, se van formando
por el ritual de la invocación y de la
evocación. Se evoca el tiempo ido, el paraíso
no del todo perdido porque todavía tiene su
marca, su señal, su hálito que duele. Se invoca
el invisible Espíritu para que asista el acto.
La evocación y
la invocación se unen para hallar esa voz de no
se sabe de dónde, que no se distingue, pero que
es rumor que estremece, que coloca el fluír de
lo real. Las cosas son aunque no estén:
"Estás en mí como la música en la
garganta del ruiseñor aunque no esté
cantando", nos dice la poeta.
El nombrar hace
el estar de las cosas. El nombrar deja un
silencio, y en éste se erige la libertad. Nombre
y libertad son la suma donde la poesía germina.
La ausencia de la libertad es como la ausencia
del nombre; no es interregno sino nada. Nada
vacía, totalidad perdida. La libertad y el
nombre son la luz y la oscuridad, posibilidades
para que todo viva, reluzca. Son el horizonte, el
paisaje donde el todo trascurre en su fragmento:
el tiempo. El mundo transcurre en el tiempo desde
la eternidad. Esta es la totalidad que ha
entregado el tiempo como dádiva, como el
elemento que se atrapa desde el yo que se vive,
se oscurece, se muere. La muerte es la ausencia
del nombre, del tiempo, del paisaje. Ella
claudica la libertad de las nubes, del agua. Pero
germina en un eco del espíritu. Este es un
incondicionado que nace donde no se ve. Caminas
bajo las estrellas como si fuera una costumbre y
no un prodigio¨.
Su
palabra fue la de América,una palabra
anclada en la visión de un Dios cristiano,
de unos hombres y mujeres en espera, en fe,
entregados a la vida, al destino, al camino
desconocido.
La muerte la
coloca el hombre porque no nombra, no vive en la
libertad, en el prodigio de los elementos todos.
Estos, el paisaje, están en la tierra que nos
coloca como cifra el destino, como seña que
tenemos que resolver, actuar. En Dulce María la
cifra fué su isla, Cuba: "te amaría aunque
hubiera sido otra tierra mi tierra".
Aquí inicia el
otro bastión el aprendizaje: "¿Tu corazón
las voces ocultas interpreta?" Este
hemistiquio de Rubén Darío nos coloca frente a
lo germinativo de la poeta. El modernismo, el
inicio de la musicalidad americana tuvo su
inmediato eco en la poeta Dulce María; cultivó
ella esa forma del paisaje nuestro aún en las
tierras lejanas. Trajo a las ardientes arenas
Martianas los inviernos voraces, el monótono
desierto. Su yo era la isla , la llevaba para
mirar al rey Tut Ank Amen, a las nochebuenas de
granada o de la paz, a las llanuras de Guspoicoa.
Su corazón interpretó los signos puestos en una
solución de luz, de la luz de la isla que la
engendró y le colocó la memoria que debía
guardar como el mayor acto y el milagro primero.
Su palabra fue
la de América,una palabra anclada en la visión
de un Dios cristiano, de unos hombres y mujeres
en espera, en fe, entregados a la vida, al
destino, al camino desconocido. Seres cumpliendo
la voluntad libre. Quizá ésto ya sea un pasado
irrevocable y perdido. Pero la poeta lo evocaba
como mandato religioso. En estos días donde la
individualidad y el confort exhudan por todas las
frentes la frescura del cínico, del arrivista y
del ateo, ya no dice más esta palabra. Pero el
horizonte de la verdad está allí: en la entrega
que tuvieron algunos seres para que el milagro se
sucediera, para que la libertad y el nombrar
tuviesen un cielo donde alumbrar.
La poeta Dulce
María colocó una religiosidad nueva, exigente.
Exigente desde la perspectiva de una tradición,
que se renueva en la ritualidad del paisaje y de
los seres que lo habitan. Nueva porque señaló
el milagro como la posibilidad de la vida. El
milagro como la sustancia que brota del amor, del
amor al otro, a aquél que nos acompaña en el
abrazo y hace signos que desconocemos. El amor es
la clave para penetrar el enigma. No hay voces
remotas sino ausencia de amor. No hay tierras
lejanas sino carencia de amor. El asciende desde
el beso hasta el sacrificio; desde la entrega
hasta el recibimiento. Nos dona el paisaje, la
posibilidad de decirnos; decimos como
recibimiento, como manos que se han estirado para
obtener la luz y el aire del tiempo.
La luz y el
tiempo hacen los caminos por los que el hombre
transita. Los caminos son del hombre. El camino
es quietud activa donde florece el
milagro."¿ Qué es el milagro sin el
hombre?". El milagro es camino por donde
transita toda posibilidad. Es la espera de la
primavera porque la poesía extiende siempre la
nueva oportunidad de una nueva primavera. Esta,
la luz, nace de la sombra, del jugo vivo que teje
la obra noble, el acto de fé, lo veras, el
principio.
La totalidad es
luz y sombra. Principio y antes del principio.
"No se puede ser todo flor" nos dice la
poeta para resaltar el prodigio de la sombra. El
todo, el Espíritu, es la dualidad: el ser y el
no ser desplegados por la palabra y el silencio.
Porque aquélla no se pierde, queda enredada en
la memoria de palabra misma. Ella es magia que
actúa al proferirse. El silencio es la
posibilidad de la palabra, actúa para engendrar.
Engendra vida, amor, resurrección. "Una
palabra , sólo una palabra: Y de pronto la vida
se me llenó de luz".
La luz inflama
el mundo, la sangre, va hacia los ojos clavados
en la tierra, los desoculta y hace brillar el
germen: la identidad de los elementos todos. La
poeta los elevó, los mostró, como semillas que
se rompen para parir vida. Y ella no sabía,
porque ella era el milagro repetido y nuevo: el
nacimiento de lo otro, de lo que se ama, de lo
eterno entregado al tiempo, al temor, al temblor
de "la sangre que es como un río que trae
paisajes reflejados y borrados, paisajes de otras
riberas que nunca ví", nos dice para
señalar lo otro que se aduerme dentro tan
integramente que parece que el todo fluyera de
allí.
La poeta Dulce
María nos entregó su acto de amor, de tiempo,
de fe, en unas palabras que dicen la totalidad
desde el canto del mundo y del Espíritu; además
hundió sus raíces en el enigma que el corazón
guarda hasta que se toque a su puerta con la
humildad del camino que quiere E ser desandado,
visto y amado.
Esta reflexión
sobre la poesía de Dulce María Loynaz intenta
entregar los fundamentos de una poética
realizada con la libertad y la pasión que todo
creador debe poseer como inicio de su obra. Se
señalan lugares metafísicos con aparente
solución en la poeta. Queden estas páginas como
gratitud a quién nos legó un trozo de belleza y
bondad.
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