Igualdad
virtual y libertad adjetivaJulián Serna Arango
La querella
entre una modernidad reputada obsoleta y una
postmodernidad light no es más que una
especie de guerra civil entre construcciones
históricas afines. Adelantar construcciones
de mundo alternativas, al margen del continuo
modernidad-postmodernidad light, implicaría
reivindicar la vocación hermenéutica de la
palabra, su voluntad de transgresión
perdida.
1. Una
postmodernidad light
Habitamos
sociedades, construimos mundos, cuyo eje de
coordenadas político-filosófico lo constituyen
-parodias de la Ilustración- la igualdad virtual
y la libertad adjetiva.
Igualdad
virtual, la que nos proporcionan los mass media,
si las antenas de TV constituyen el santo y
seña, el pasaporte que permite transitar por la
aldea global, en cuya ágora electrónica
departen las estrellas del deporte, las del
espectáculo, los políticos también. De allí
las afinidades electivas registradas por Beatriz
Sarlo: «En un círculo del que es inútil buscar
el punto de origen, los políticos hablan como
las estrellas del fútbol o como las vedettes
televisivas: para imitarlos en el éxito,
cultivando el neopopulismo» (1).
Libertad
adjetiva, la que nos suministra el mercado, si
elegimos entre ilimitadas posibilidades de lo
mismo, cuando los gustos de las minorías, pero
especialmente los gustos minoritarios, han sido
avasallados por las economías de escala, cuando
la dinámica del consumo únicamente obedece al
mandato de su inercia hasta el límite de lo
desechable, como quiera que no cuestiona el
sistema, ni las reglas de juego, ni los
presupuestos, ni las presunciones, hasta hacernos
ver como natural lo que simplemente es
histórico.
Si desde una
perspectiva sincrónica -adictos a la novedad-
estamos en condiciones de cambiar de mundo por
conducto del zapping; desde una perspectiva
diacrónica, en cambio, el mercado nos reunifica
a través del rating, el cual determina el
repertorio de mundos disponibles o si se quiere
de canales disponibles incrementado en un dígito
cada generación. ¿Sucedáneo de la autonomía,
el zapping; caricatura de la democracia, el
rating? Un postmodernismo light ha realizado los
ideales de la modernidad por otros medios.
En su condición
de comodín existencial, el mercado no constituye
una novedad en la historia de Occidente, cuando
hace parte de una serie. En otro tiempo fue la
divinidad, la misma que proporcionó unidad,
dirección y sentido al acontecer histórico, en
condiciones de conjurar el futuro y legitimar el
pasado; la razón, que define al hombre, copia el
mundo, exorciza al mito y coloniza al arte; el
progreso, que hace del cambio un valor en sí
mismo y allana el camino de la sociedad de
consumo. Por último, el mercado, cuando reduce
la idea de grandeza al gigantismo(2).
Si la
subjetividad trascendental somete la
diversidad humana a un patrón universal,
ello reivindica la igualdad entre los
hombres, en términos de Kant.
Si han huido los
dioses (Hölderlin), si la racionalidad, o mejor
la racionalidad apodíctica no es más que un
juego del lenguaje (último Wittgenstein), si el
progreso se desacredita a diario en los
noticieros; el mercado, en cambio, se erige en
nuevo absoluto.
Habiendo
acontecido la muerte de Dios (Nietzsche), la
superación de la metafísica (Carnap),
denunciado restos de teología y de metafísica
en el concepto de progreso, cómo no
problematizar el mercado, cómo no aplicar una
vez más la filosofía de la sospecha (Ricoeur).
Así el
mecanismo del mercado, el neoliberalismo en
general, haya sido tildado de darwinismo social,
como la selección del más apto -¿el más
eficiente, el más desalmado, el más pícaro?-,
desde el punto de vista de la producción; desde
el punto de vista del consumo, en cambio, el
análisis se invierte y el mecanismo del mercado
deviene antidarwinista por excelencia, cuando las
economías de escala optan por las mayorías,
pero también las construyen a través del
rating, descartando las minorías, las
excepciones, en otras palabras, las mutaciones,
materia prima de la evolución, las únicas que
pudieran suministrarnos auténticas opciones, es
decir, libertad sustantiva.
En tanto las
fronteras del mundo coincidan con las del
mercado, quien apalabra sentido diferente al que
circula por los mass media corre el riesgo de
devenir anacrónico, marginal, out.
Mientras el
rating sustrae los fines, el zapping multiplica
los medios. Si los medios nos diferencian y los
fines nos unen, la moraleja salta a la vista:
mientras la multiplicación de los medios
potencia el individualismo, la sustracción de
los fines -tala de valores, poda de ideales, en
fin, amenaza de la psicodiversidad-, en cambio,
anticipa el nihilismo. La indiferencia de los
unos y la vio lencia de los otros constituyen, en
síntesis, las señas particulares de una
postmodernidad light, cuyos litigios se dirimen
en las pistas del mercado.
Ha sido
traicionada la modernidad, dirán los unos;
relevada, los otros; consumada, los últimos.
¿Cuál modernidad?
2. La
modernidad
La modernidad
emerge -se dice- del proceso de secularización,
cuando la Iglesia pierde -a lo largo de varios
siglos- su hegemonía en diferentes ámbitos de
la sociedad y la cultura. Giro antropocéntrico
que se traduce en el reconocimiento de la
subjetividad. El hombre toma posesión del mundo
porque el mundo es ahora su mundo.
El proceso de
secularización tiene sus límites, en la medida
en que Occidente hereda de la Escolástica la
adicción al confort metafísico, cuando lo
asalta la nostalgia por un mundo ordenado y
jerárquico, en el que guiones y reparto no son
materia de disputa. Airoso titular de un seguro
de muerte renovado automáticamente a través de
la confesión periódica, el hombre racionaliza
sus infortunios y recibe el beneplácito de la
Divina Providencia, la misma que fija el curso de
la querella cósmica que le compete, que empieza
con la creación registrada por el Génesis y
cierra el telón el día del juicio final
anunciado por el Apocalipsis de San Juan;
querella cósmica en desarrollo de la cual el
cristiano se alista en el bando de los justos, el
de los vencedores también, de acuerdo con un
modelo maniqueísta que hace carrera en Occidente
hasta llegar al cine americano.
A mitad de
camino entre el confort metafísico de antaño y
el giro antropocéntrico de la historia, entre la
seguridad y la aventura, el hombre asume una
solución de compromiso.
¿Cómo
conciliar el advenimiento de una subjetividad
diversa y dispersa si todavía se presume la
solidez del mundo? El reconocimiento de la
subjetividad trascendental fue la respuesta; una
subjetividad que -así a primera vista resulte
paradójica- no varía de individuo en individuo.
Exenta de raíces empíricas, no contaminada por
la experiencia, y a diferencia de la subjetividad
corriente, a la subjetividad trascendental se
atribuye una cobertura universal, de acuerdo con
Kant.
Al tiempo que
reivindica el giro antropocéntrico del acontecer
histórico, Kant se libera de la subjetividad
diversa y dispersa, porque si bien el mundo es el
mundo para nosotros, es ante todo el mundo
construido, ensamblado a partir de las formas a
priori (universales y necesarias).
Si la
subjetividad trascendental somete la diversidad
humana a un patrón universal, ello reivindica la
igualdad entre los hombres, en términos de Kant.
Si la razón pura, y en particular la razón pura
práctica, opera al margen de las inclinaciones y
los intereses, ello garantiza la libertad, según
el filósofo de Köenigsberg.
A pesar de haber
sido laboriosamente articulados, los presupuestos
de la modernidad han sido puestos en cuestión;
para empezar, los conceptos de sujeto y de objeto
se revelan ficciones metodológicas. La identidad
del sujeto como yo puro o yo trascendental, su
condición de elemento neutro dentro del proceso
del conocimiento, deviene problemática. Así lo
registra Borges: «Vemos y oímos a través de
recuerdos, de temores, de previsiones»(3). Otro tanto acontece con el
objeto, cuya identidad se presume al margen del
sujeto. Leemos en Baudrillard: «En la medida en
que me sirvo del refrigerador como de una
máquina, no es un objeto, es un refrigerador»(4).
Difícilmente
pudiera asumirse la verdad como progresivo ajuste
de la mente con el mundo, ni siquiera como la
construcción de mundo bajo parámetros uniformes
-las ideas innatas de Descartes o las formas a
priori puras de Kant por ejemplo-, sino como la
construcción de un mundo descentrado; no sólo
porque varían los recuerdos, los temores, las
previsiones (Borges), sino porque sucede otro
tanto con los prejuicios (Gadamer), los
presupuestos (Heidegger), a partir de los cuales
realizamos la respectiva construcción de mundo.
No sólo se
discuten los conceptos de sujeto, objeto y
verdad; otro tanto acontece con el concepto de
razón. Allende la racionalidad apodíctica
aplicada ésta a lo que se puede contar o medir,
el logos, la racionalidad, se difumina en
múltiples variedades históricas: razón pura
(Kant), racionalidad formal-procedimental
(Habermas), racionalidad retórica, racionalidad
pragmática, racionalidad dialéctica (Hegel),
logos mostrativo (Heidegger). No falta,
inclusive, quien advierta como Feyerabend: «No
existe ninguna cosa que corresponda a la palabra
(
) racionalismo»(5)
Con el
desarrollo de las ciencias humanas, y en
particular, de la antropología, la sociología y
la psicología, el universalismo se coloca
repetidas veces en cuestión, y por ende el
concepto de historia universal (Vattimo). No
menos evidente resulta lo acontecido con la
historia de los historiadores quienes ahora
escriben la historia de las mentalidades, la de
las mujeres, la de la vida cotidiana; no se
comprometen con los valores de ninguna cultura;
cuando advierten que el tiempo no fluye al
unísono, como quiera que se contraponen ritmos
rápidos como el de la política y ritmos lentos
como el de las mentalidades.
Que el
cierre del universo del sentido se opere ante
el altar o frente a la TV, si se le atribuye
un tejido espiritual o electrónico, resulta
adjetivo.
¿Habiendo sido
investigados, cuestionados, en fin relativizados
los presupuestos de la modernidad, cómo no
registrar la posibilidad, o si se quiera la
inminencia de una postmodernidad? No obstante, si
la postmodernidad está todavía por construir,
ello pudiera acontecer de variada manera.
3. La
síntesis de los contrarios
En 1953
Heidegger publica Introducción a la metafísica,
en donde leemos: «Rusia y América,
metafísicamente vistas, son la misma cosa: la
misma furia desesperada de la técnica
desencadenada y de la organización abstracta del
hombre normal»(6). En plena guerra fría, la
aseveración del filósofo alemán resultaba
ininteligible para algunos. Años después, la
construcción de términos como neocolonialismo
soviético, Capitalismo de Estado, Nomenclatura,
entre otros, dieron algunas pistas en esa misma
dirección.
¿Si durante la
guerra fría hizo carrera la polarización
EU-URSS, para luego revelarse espuria; no sucede
otro tanto con la antítesis
modernidad-postmodernidad, el último de los
maniqueísmos, próximos a cruzar el umbral del
tercer milenio? ¿No participan la modernidad y
la postmodernidad de una igualdad virtual y una
libertad adjetiva ? He ahí la hipótesis a
debatir.
Hablar de
igualdad virtual es aludir al riesgo al cual
permanecen sometidos los televidentes todos de
antojarse de los mismos productos, ser
espectadores de las mismas noticias, admirar los
mismos ídolos, proyectarse en ellos, creerse los
mismos y en cierto modo serlo. Hablar de libertad
adjetiva es jugar a la acumulación de capital, a
la pirámide del poder, al rating, como ámbito
de libertad disponible cuando hacemos de las
reglas de juego temas tabú, si no es que han
sido asumidas de facto como una racionalidad
inherente al cosmos. ¿Cómo no vincular tales
observaciones relativas a una postmodernidad
light, con la crítica marxista al capitalismo,
cuando descalifica sus libertades como libertades
burguesas y hace otro tanto con la igualdad de
oportunidades? No obstante, el socialismo
soviético tampoco sale incólume del debate.
¿Cómo hablar de libertad real si el partido
comunista asumió el monopolio del poder y sus
dignatarios se relevaban por cooptación, cómo
reivindicar la igualdad proletaria si la
Nomenclatura multiplicó los sistemas de
privilegios?
La igualdad
virtual y la libertad adjetiva, en síntesis, no
sólo serían fenómenos propios de una
postmodernidad light, sino además de la
modernidad de todos los colores. No obstante, no
faltan los autores que insisten en la posibilidad
de un corte, en su oportunidad, además.
Abundan las
cosmovisiones laicas durante la modernidad, las
más de las veces con moraleja incluida. Así
como los filósofos metafísicos previos a
Descartes habían creído descubrir el orden del
mundo, Hegel y Marx, Comte y Spencer creyeron
patentar el sistema del mundo, y al hacerlo
creyeron suministrar las respectivas dosis de
confort metafísico. En la última mitad del
siglo, en cambio, hacen carrera nihilistas como
Cioran, pragmatistas como Rorty, iconoclastas
como Feyerabend; Lyotard alude a la quiebra de
los metarelatos; Vattimo, al advenimiento del
pensamiento débil.
¿Cómo no
identificar múltiples fisuras en el tránsito de
la modernidad a la postmodernidad, si a la
primera se la identifica con el universalismo, y
a la última, en cambio, con el individualismo?
No es otra la aporía develada por los filósofos
de la sospecha, quienes denuncian en el
universalismo un individualismo disfrazado que
usufructúa la homogeneización de la sociedad
anticipada por la metafísica
platónico-aristotélica y el monoteísmo
judeo-cristiano sin remordimientos ni
vacilaciones.
Si la
persistencia del individualismo tiende un puente
entre la modernidad y la postmodernidad light,
ese mismo individualismo constituye el escollo a
vencer.
4. La
impronta monoteísta
Lejos de limitar
sus acciones al ámbito religioso, ni siquiera al
espiritual, el primado de la Iglesia durante el
medioevo se hace extensivo a la educación y a la
cultura, a la seguridad social, además; su
protagonismo relativo a los campos económico y
político ha sido ampliamente documentado,
inclusive. Algo similar acontece con la razón y
la ciencia durante la modernidad, depositarias de
la confianza en el progreso de la humanidad, la
paz, la fraternidad universal, la develación de
los enigmas, la felicidad de los individuos. El
comodín es ahora el consumo: no sólo satisface
necesidades, además suministra estatus,
reconocimiento (Veblen), y en última instancia
sentido (Baudrillard).
Tampoco han de
faltar los sucedáneos del confort metafísico,
cuando el cine americano y las telenovelas
latinoamericanas los proporcionan por igual,
cuando al decir de Beatriz Sarlo: «(
) los
finales del folletín ponen las cosas en su lugar
y esto les gusta incluso a los sujetos (
)
de la postmodernidad»(7). Que el cierre del universo del
sentido se opere ante el altar o frente a la TV,
si se le atribuye un tejido espiritual o
electrónico, resulta adjetivo.
El monoteísmo:
un solo Dios; el racionalismo: una sola facultad;
el neoliberalismo: un sólo valor, el dinero.
¿Es posible romper con la impronta monoteísta
que atraviesa la historia de Occidente, tendiente
a organizar el mundo alrededor de un centro, es
posible romper con el individualismo de allí
mismo derivado? Candidatizamos a la palabra.
5. Los
avatares de la palabra
Los hitos de la
palabra han inaugurado otras tantas fases del
acontecer histórico; ello se ilustra enseguida.
El hombre se
hace tal a través de la palabra, toma posesión
de las cosas, las nombra, apalabra temores y
deseos, y trasciende su confinamiento biológico
al aquí y al ahora. La escritura no sólo se
reconoce como límite de la historia, además
posibilita volver sobre lo mismo, es decir,
repensar. No resulta casual que la filosofía
surja en Grecia tan pronto se adiciona al alefato
fenicio signos para las vocales, superando así
las limitaciones de los sistemas de escritura
precedentes. La imprenta, por último, la que
algunos clasifican como el invento del milenio,
no sólo hace posible la democratización de la
educación, cuando además se vincula al proyecto
político-filosófico de la Ilustración.
Algunos hitos de
la historia de la palabra resultan discutibles.
Si a imitación del lenguaje matemático, los
pensadores pretenden erradicar del discurso toda
ambigüedad y se comprometen con un lenguaje
lineal-proposicional; si potenciada por la
imprenta, la escritura proporciona un segundo
aire al universalismo cultural; ello entra en
contradicción con las posibilidades
emancipatorias de la palabra.
Reconocidos los
vínculos entre la modernidad y la postmodernidad
light, no han de faltar las afinidades no
electivas entre los mass media y la industria
editorial, cuando el mercado se erige en
guardián del umbral que separa al creador del
editor, cuando la cultura, la vida intelectual
renuncia al liderazgo que le compete tendiente a
dinamizar el cauce de lo existente, a repensarlo,
a transgredirlo, a provocar las mutaciones sin
las cuales acontecería perentorio el fin de la
historia, y deviene, en cambio, acólito de los
gustos, las expectativas de turno legitimadas por
el rating. No por más sutiles menos eficaces las
formas de dominación hoy día implementadas,
cuando el universalismo -ya se ha dicho- deviene
individualismo disfrazado. Leemos en Derrida:
«El poder estatal o las fuerzas que representa
ya no necesitan, sobre todo en Occidente,
prohibir las investigaciones o censurar los
discursos. Es suficiente limitar los medios, los
instrumentos de producción, de transmisión y de
difusión»(8).
6. La
opción hermenéutica
Si la mente es
un espejo (metáfora utilizada por Rorty), si la
mente es un programa, la palabra (simplemente)
opera como testigo (Nietzsche); si somos, en
cambio, avasallados por la imagen rotunda, plena,
o por la sucesión de imágenes tendiente a
conquistar el monopolio del sentido, la palabra
participaría de la trama de la existencia como
actor de reparto, cuando no como extra
únicamente. ¿Hemos llegado al fin de la cultura
de letrados? La palabra tiene la palabra.
Acaso
innovaciones tecnológicas como la de Internet
terminen por hacer obsoleto al editor, es decir,
al rating, como criterio de selección, si
democratizan la circulación de las ideas sin
recaer en modalidades de colonialismo cultural;
si suministran los medios a la cultura, y en
particular, a la palabra, para recuperar su
vocación insurgente hoy día domesticada por el
mercado.
En lo relativo a
la reivindicación de la palabra es menester no
reducir sus potencialidades a lo que se dice,
cuando también debemos tomar en consideración
lo implicado por ella, los compromisos
intelectuales adquiridos, los mismos que suelen
pasar desapercibidos, literalmente impensados. Un
ejemplo. Cuando hablamos del yo o del sujeto (y
lo hacemos inocentemente) suponemos que es
posible separar el sujeto del mundo, que el mundo
es el mundo ahí y no el mundo construido por
nosotros. Debemos preguntarnos, no obstante:
¿Las fronteras del mundo las delimita el
astrónomo a cargo del más poderosos telescopio,
o el mundo para cada uno de nosotros se extiende,
en cambio, hasta donde hemos apalabrado sentido?
¿ Si reconocemos el mundo como mundo apalabrado,
cómo utilizar el concepto de sujeto sin incurrir
en reiteradas inconsistencias? Pudiéramos
multiplicar los ejemplos. ¿Cómo hablar de
historia universal sin desvirtuar el
multiculturalismo? ¿Cómo hablar de
irracionalismo sin profesar maniqueísmos
lingüísticos? ¿Cómo hablar del progreso sin
comprometernos con un historicismo finalista?
No por
más sutiles menos eficaces las formas de
dominación hoy día implementadas, cuando el
universalismo -ya se ha dicho- deviene
individualismo disfrazado
Lejos de
continuar sometidos a la mentalidad
arquitectónica, al lenguaje lineal-proposicional
propio de la era del tratado, adecuado (en
general) para dar cuenta de los fenómenos
físicobióticos, pero incapaz de revelar la
complejidad inaudita de la condición humana;
debemos reivindicar, en cambio, los hábitos
lingüísticos alternativos, aquellos que otrora
fueran sometidos al ostracismo bajo el rótulo de
figuras literarias.
Arriesgarse a
explorar la palabra hasta sus últimas
consecuencias es la tarea del pensar decidido a
discutir los presupuestos y por consiguiente los
fines implicados, y no limitarse a realizar
mutaciones de orden redistributivo, como serían,
en cambio, las derivadas de barajar el poder
político y el dinero, es decir, los medios,
mientras los presupuestos y los fines permanecen
los mismos.
Si el hombre es
un ser abierto a sus posibilidades -término
acuñado por Heidegger-, antes que atrincherarse
en un liberalismo abstracto a riesgo de quedar
fuera de contexto en la primera salida, o
difuminarse en un relativismo a ultranza cuyos
corolarios serían un individualismo respecto de
los medios y un nihilismo a propósito de los
fines, atropellado por la inercia de la sociedad
de consumo, bien pudiera cuestionar conceptos
como los de verdad, realidad, bien, mal, sujeto,
objeto, historia universal, y en general nuestro
léxico y hábitos lingüísticos; dinamizar el
pensar, abrir nuevos espacios a la sociedad, y en
esa medida poner a circular sentido.
Que las
aperturas de sentido realizadas a través de la
palabra induzcan la construcción y
reconstrucción de mundo, o simplemente
incorporen un capítulo más a las historias de
la filosofía, resulta impredecible; lo único
predecible es que de continuar bajo el mandato
-las más de las veces inconsciente- del aparato
conceptual de la metafísica y de la mentalidad
monoteísta que atraviesa el acontecer histórico
de Occidente, de su léxico y hábitos
lingüísticos conexos, y así variemos la dosis
de liberalismo político y económico de un
extremo a otro del espectro, estaremos condenados
al eterno retorno de lo mismo.
NOTAS
(1) SARLO,
Beatriz. Escenas de la vida postmoderna.
Buenos Aires: Ariel, 1994. p. 119
(2) HEIDEGGER,
Martin. La época de la imagen del mundo.
En: Sendas perdidas. Buenos Aires: Losada,
1969. p. 84
(3) BORGES,
Jorge Luis. La postulación de la realidad.
En: Discusión. En: Prosa completa.
Buenos Aires: Bruguera, 1985. v. I, p. 157
(4) BAUDRILLARD,
Jean. La génesis ideológica de las
necesidades. Barcelona: Anagrama, 1976. p.34
(5) FEYERABEND,
Paul. Adiós a la razón. Barcelona:
Altaya, 1995. p. 60
(6) HEIDEGGER,
Martin. Introducción a la metafísica.
Buenos Aires: Nova, 1977. p. 75
(7) SARLO,
Beatriz. Op. cit. p. 68
(8) DERRIDA,
Jacques. Las pupilas de la universidad.
En: Hermenéutica y racionalidad (Gianni
Vattimo, compilador). Santafé de Bogotá: Norma,
1994. p. 191
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