Danilo
Marcondes de Sousa FilhoLa
intersubjetividad en el discurso y la construcción
de la realidad
Traducción y
adaptación del portugués del texto de Danilo
Marcondes de Sousa Filho: A intersubjetividade
no discurso e a construção da realidade en:
As multiplas faces da linguagen. (1996). Editora
Universidade de Brasilia. Brasilia D.F. p. 427 -
439.
Rafael Areiza
Londoño
Entender la
constitución de una concepción del lenguaje
como intersubjetiva lleva necesariamente a
entenderla a partir de la ruptura con la
concepción subjetivista del lenguaje y de la
conciencia, que predominó durante todo el
período moderno hasta prácticamente el siglo
XIX. Esta visión subjetivista se caracteriza
sobre todo por el papel central que se le
atribuye a la subjetividad como constitutiva del
proceso de conocimiento, es decir, de la
representación de la realidad que se define por
la relación entre la mente y lo real, entre el
sujeto y el objeto, y tiene en la noción de idea
uno de los conceptos fundamentales. La ruptura
con este modelo subjetivista es por lo tanto
imposible separarlo de un cambio radical en la
forma de concebir la relación entre el hombre y
lo real, que se da principalmente en el paso del
siglo XIX al XX. Se trata de la introducción del
concepto de construcción de la realidad a partir
del lenguaje, es decir, a través de la
sustitución de las nociones de conciencia y
mente por la de lenguaje.
Este cambio se
da progresivamente a lo largo del desarrollo del
pensamiento moderno, mas tiene su momento clave
en algunas formulaciones teóricas del siglo XIX,
que se examinará en detalle más adelante,
culminando con la filosofía del lenguaje y con
las teorías lingüísticas de principios de este
siglo.
Al principio se
considerarán los factores que en el surgimiento
mismo del pensamiento moderno llevan a lo que
podríamos llamar El Paradigma de la
subjetividad, sobre todo en la relación con la
problemática lógico-epistemológica del
lenguaje (1).
La Revolución
Científica de los siglos XVI - XVII es uno de
los factores más importantes, aunque no es el
único que se encuentra en el surgimiento del
pensamiento moderno. La Nueva Ciencia, que se
constituye en este momento, se puede ilustrar con
el modelo heliocéntrico del sistema solar
formulado por Nicolás Copérnico (1547) en
oposición al modelo geocéntrico del cosmos de
la tradición aristotélica, formulado en la
Antigüedad clásica por Claudio Ptolomeo. Este
nuevo modelo será defendido y desarrollado por
Galileo Galilei en su teoría física. El
surgimiento de esta Nueva Ciencia representa
apenas la formulación de una nueva teoría
científica que viene a tomar el lugar de
teorías tradicionales en vigor prácticamente
desde hacía veinte siglos. Representa mucho más
para la verdad. Equivale a una crisis que no es
sólo científica, de determinadas teorías en la
física y en la astronomía, sino más que todo
una crisis metodológica, que afecta una
concepción tradicional del método científico,
así como también una crisis de visión del
mundo, de la concepción de la naturaleza y del
lugar del hombre, en cuanto microcosmos, en esta
naturaleza, o macrocosmos (2).
Todos estos
cambios tienen repercusiones profundas más allá
del plano lógico-epistemológico, en la
política, en la ética, en la estética ya que
representan el abandono de una concepción de
mundo cerrado y jerárquicamente ordenado, en el
que cada cosa tiene su lugar predeterminado, que
es la concepción aristotélica de cosmo.
Uno de los
grandes problemas del inicio de la modernidad es
el de establecer los fundamentos de esta nueva
ciencia, de justificarla como el verdadero modelo
explicativo de lo real, en oposición al
anterior, descontado como erróneo, falso. Se
trata, por lo tanto, de mostrar que a pesar de
que las teorías científicas de la antigüedad
han sido refutadas es posible, no obstante,
formular teorías científicas verdaderas que
efectivamente constituyan un conocimiento de lo
real, que revelen sus leyes, que expliquen su
funcionamiento. Es preciso evitar que ocurra con
las nuevas teorías científicas lo que ocurrió
con las teorías clásicas, o sea, que éstas
también sean igualmente refutadas en el futuro.
Este proyecto epistemológico es el que
encontramos en última instancia, tanto en la
tradición racionalista inaugurada por Descartes,
como en la racionalista iniciada por Bacon.
Sin embargo,
cómo establecer estos fundamentos de la nueva
ciencia, dónde encontrar las bases para estas
teorías científicas? No es sino recorrer la
tradición clásica, el saber adquirido, las
instituciones, que están siendo cuestionadas, ya
que las teorías que las sustentaban fueron
rebatidas. Es por lo tanto en el propio
individuo, en su naturaleza sensible y racional,
que estos pensadores van a buscar los fundamentos
para la nueva teoría científica. Es con base en
la razón subjetiva que se construirá la nueva
concepción de conocimiento. El ejercicio de la
reflexión filosófica equivale en gran medida a
revelar al propio hombre en su naturaleza
racional, a purificarlo de las creencias y
preconceptos oscurantistas que le fueron
insuflados por la tradición, en retomar el
carácter originario del pensamiento y de la
racionalidad de modo que se adopte como punto de
partida seguro de un nuevo proceso de
conocimiento que produzca teorías válidas. El
ejemplo más famoso de este tipo de concepción
es el llamado "argumento del cogito" de
Descartes(3). El presupuesto de la
existencia de un individuo dotado de una
naturaleza racional que caracterizaría
precisamente la subjetividad es central en este
nuevo paradigma. Es en este contexto de
pensamiento donde se constituyen las oposiciones
entre el mundo externo y el interior, entre la
mente y lo real, entre el sujeto y el objeto.
La modernidad se
caracteriza así por una ruptura con la
tradición que lleva a la búsqueda en el sujeto
pensante de un nuevo punto de partida alternativo
para la construcción y justificación del
conocimiento. El individuo será, por lo tanto,
la base de este nuevo cuadro teórico, de este
nuevo sistema de pensamiento. Este es el contexto
del inicio de lo que arriba denominé Paradigma
subjetivista en la epistemología. Este paradigma
tiene en el liberalismo, en la religión y en los
derechos naturales su fase política y en la
concepción del individuo dotado de libertad y
responsabilidad, su fase ética.
De acuerdo con
este nuevo modelo, la subjetividad es el término
dominante en la relación de conocimiento, en la
relación sujeto-objeto. Es a esto precisamente a
lo que Kant llamará más tarde, en la Crítica
de la Razón Pura, de revolución copérnica en
la teoría del conocimiento. El propio objeto es
así una especie de construcción del sujeto, de
proyección de sus categorías, de su
constitución mental, sobre lo real. Lo que
llamamos realidad es aquello que nos
representamos como si fuera la realidad.
Es a partir de
este cuadro conceptual que podemos comprender en
qué medida la relación entre pensamiento,
lenguaje y realidad fue siempre una de aquellas
cuestiones centrales en la tradición moderna.
Sin embargo, si por un lado el lenguaje tiene una
gran importancia como caracterizador de la
naturaleza humana, como algo que distingue al
hombre de los demás animales(4); por otro lado, el lenguaje es
concebido esencialmente como un sistema de
signos, siendo que el significado del signo está
determinado por su asociación con ideas y sobre
todo con el carácter representacional de las
ideas.
El signo
lingüístico, debido a su naturaleza
convencional, sólo es capaz de representar
la realidad en la medida en que tiene como
contenido una idea a él asociada.
Por lo tanto, la
relación del lenguaje con lo real es
efectivamente intermediado por el pensamiento. El
signo lingüístico, debido a su naturaleza
convencional, sólo es capaz de representar la
realidad en la medida en que tiene como contenido
una idea a él asociada. Hay allí una
concepción de lo no-verbal como mental, la idea
que será de mucha importancia en el desarrollo
de esta tradición.
La concepción
de lenguaje predominante en el período moderno
(a partir del siglo XVII) se puede ilustrar con
la definición de Semiótica, encontrada (IV,
cap. 21, Sec. 4) en Ensayo sobre el Entendimiento
Humano (1690), de John Locke, como la ciencia de
los signos, por medio de la cual se investigan
las ideas como signos de las cosas y las palabras
como signos de las ideas. En el mismo tratado, en
un pasaje anterior (III, 2,2) encontramos lo
siguiente: "... las palabras en su
significación primaria o inmediata nada
significan, salvo las ideas que están en la
mente de quien las usa, ...". Pero en el
tratado "De la conducta del
entendimiento" (1697) del mismo Locke se
encuentra un pasaje (sec. 29) todavía más
explícito a este respecto:
"Aquellos
que deben manejar bien el entendimiento
(deberían) no tomar ningún término que no
signifique nada - hasta que no tengan una
idea de ello - una palabra se puede usar si
significa algo real; pero si el que lee no
puede construirse una idea concreta de lo
real, para él las palabras usadas no son
más que meros sonidos sin significado".
Para Locke, por
lo tanto, el significado de la palabra es la idea
asociada a ella.
Encontramos
igualmente en el famoso e influyente tratado de
lógica de la escuela de Port Royal La Lógica, o
el arte de pensar (1662) que es prácticamente
contemporáneo a los tratados de Locke, una
posición semejante "no podemos explicar
nada con nuestras palabras hasta no estar seguros
de la idea de lo que significamos con nuestras
palabras". (I,1) y más adelante:
"En
fin, hay una gran equivocación en la palabra
arbitrario, cuando se dice que la
significación de las palabras es arbitraria.
Es verdad que es una cosa puramente
arbitraria la que asocia las ideas a tal
sonido más que otro; pero las ideas no son
cosas arbitrarias [...] y en consecuencia su
razonamiento no ha sido un conjunto de
nombres según una convención surgida de la
fantasía de los hombres, sino un juicio
sólido y efectivo de la naturaleza de las
cosas dependiendo de las ideas que hay en la
mente, que hay en el espíritu, de las cuales
se han valido los hombres para asignar a
determinadas palabras".
Queda así
explicado el problema que la relación idea-signo
trata de resolver: el problema de la
arbitrariedad del signo convencional.
Vemos, así, a
partir de estos dos textos tomados como
ilustrativos, los planteamientos generales de lo
que llamé Paradigma subjetivista en el
pensamiento moderno. El conocimiento es resultado
de un proceso mental (y en el caso de los
empiristas también sensible) del individuo,
considerando como sujeto pensante, a través del
cual se producen representaciones de la realidad
por medio de las ideas. Los signos lingüísticos
tienen su significado derivado de las ideas
asociadas a ellos, siendo el discurso la
expresión de un pensamiento previo y
autónomamente constituído y cuya relación con
lo real en nada depende de los signos o del
discurso como tal.
El paso
siguiente en la elaboración de este paradigma
puede encontrarse en Kant, que desarrolla sobre
todo en Crítica de la Razón Pura (1781), el
proyecto epistemológico de fundamentación de la
posibilidad del conocimiento científico en la
subjetividad, característica de la modernidad.
Kant trata de apartarse de la concepción
excesivamente sicologista y sustancialista de la
subjetividad encontrada, por ejemplo en Descartes
y, en cierta manera, también en Locke. Es en
este sentido que formula la noción de sujeto
trascendental. El sujeto trascendental Kantiano
es un sujeto formal y abstracto, una especie de
estructura universal de la subjetividad, que
contiene las condiciones de posibilidad del
conocimiento. Esta estructura constitutiva de
toda experiencia humana y por tanto de toda
relación cognitiva con la realidad, consta de
formas puras de la sensibilidad, de la intuición
pura y del entendimiento, la capacidad de
formular juicios. Sin embargo, Kant
prácticamente no se ha dedicado en sus obras al
problema del lenguaje; al atribuir a la capacidad
de formular juicios un papel central en la
constitución de nuestra experiencia, está en
realidad considerando que nuestra mente tiene una
estructura lingüística. Es importante señalar,
no obstante, el cambio que se da en Kant en
relación con el marco conceptual que
consideramos anteriormente.
Como vimos,
tanto en los textos de Locke como en los de la
escuela de Port Royal, la relación con la
realidad era considerada como una relación entre
ideas, signos y cosas; en Kant esta relación se
ve como posible a partir de la estructura
judicativa de la mente.
Es apenas en su
última obra publicada en vida (1804) la
Antropología desde un punto de vista pragmático
en la que Kant considera no el sujeto
trascendental, sino un sujeto empírico, es
decir, la naturaleza de los individuos concretos,
donde se tiene en cuenta el hecho del lenguaje.
El lenguaje es importante, por lo tanto, en la
constitución del sujeto empírico que se
identifica con un "Yo" del discurso.
Sin embargo, este sujeto empírico presupone, a
su vez, el sujeto trascendental, la estructura
universal de la subjetividad.
El paradigma
subjetivista comienza a entrar en crisis a partir
de sus dificultades internas. El grado de certeza
derivado del sujeto pensante en el modelo
cartesiano no puede sostenerse cuando cambia el
modo pensar no sobre sí mismo, sino sobre el
mundo natural, es decir, cuando se mira la
realidad para conocerla. ¿Cómo explicar el ca
rácter representacional de las ideas en tanto
que reveladoras de la naturaleza de las cosas, y,
al mismo tiempo, mantener su validez y su
certeza?.
El solipsismo es
por lo tanto la principal dificultad de este
paradigma. El sujeto pensante se encuentra
aislado de lo real, de lo que le es externo,
cerrado sobre sí mismo. El objeto se vuelve, en
este sentido, una mera construcción del sujeto.
Se hace así casi imposible encontrar criterios
para diferenciar lo verdadero de lo falso, o sea,
en los casos en que la idea corresponde a lo real
y aquéllos en que no, ya que no hay una
instancia independiente del sujeto; no hay en
este sentido objetividad. Veremos en seguida, en
qué medida el acudir al lenguaje puede
significar un intento de superación de este
problema. Sin embargo, a pesar de que no se pueda
hacer más, en el marco del pensamiento moderno,
así como en el contemporáneo, recuperar el
fuerte realismo clásico, se debe evitar el
idealismo subjetivista que tiene como
consecuencia el solipsismo. La noción de
intersubjetividad parece venir a cumplir este
papel.
Los primeros en
criticar el paradigma subjetivista por no
considerar al lenguaje como elemento central en
la constitución de la experiencia humana de lo
real son dos pensadores contemporáneos de Kant,
Johann Georg Hamann y Johann Gottfried Herder. La
crítica de Hamann parte de una concepción de
lenguaje pura, natural, que será bastante
difundida en el Romanticismo alemán del siglo
XIX y a la cual tenemos acceso por la intuición,
por la inspiración y por el sentimiento, o aun
por la fe, ya que en últimas, el análisis
procede de Dios. Su filosofía del lenguaje puede
ser así considerada una especie de
"metafísica del logos divino"(5). En este sentido la concepción
de Hamann se mantiene todavía en el marco de una
visión subjetivista, pero no más centrada en
una preocupación epistemológica con el problema
de la fundamentación de la ciencia. Corresponde,
por tanto, ya al abandono del conocimiento, sobre
todo del conocimiento científico, como modelo de
relación entre el hombre y lo real, que será
una de las tendencias del idealismo alemán
postkantiano en su vertiente romántica o
irracionalista.
La posición de
Herder, igualmente criticada en relación con
Kant y al tratamiento dado por la tradición a la
problemática del lenguaje, corresponde a un tipo
diferente de preocupación. Su cuestionamiento
central se refiere al origen y naturaleza del
lenguaje. A pesar de Herder considerar el
lenguaje desde un punto de vista histórico y
social, su posición es aún más sobre muchos
aspectos bastante ambivalentes. Al mismo tiempo
que afirma que "todo confirma que cada
lengua expresa el carácter del pueblo que la
utiliza" (Ensayo,1760) (6), lo que parece indicar claramente
una concepción de la naturaleza social y
cultural del lenguaje; por otro lado, también
afirma que "El salvaje, el hombre en la
selva, solo, necesitaría inventar el lenguaje
para sí mismo, aunque nunca lo hubiese
usado", o sea, la conciencia humana
subjetiva es capaz por si sola de generar el
lenguaje, a partir de su propia naturaleza. Es
sólo como consecuencia de su uso y su difusión
que el lenguaje se torna un hecho cultural,
social.
Me gustaría
examinar ahora lo que considero las dos fuentes
principales de los puntos de ruptura con el
paradigma subjetivista del pensamiento del siglo
XIX. Por un lado, la vertiente que podríamos
llamar de filosofía de la historia y de la
cultura que da origen a las Geisteswissenchaften,
a las ciencias del Espíritu (7), dentro de los cuales podemos
ubicar a la ciencia del lenguaje que surge en el
siglo XIX con pensadores como Humbolt, y también
a la antropología. Y por otro lado, lo que
podríamos considerar como una preocupación,
aún en el campo de la fundamentación del
conocimiento científico, principalmente en las
ciencias formales como las matemáticas, y que
tienen en primera instancia a Bolzano (1781-
1848) y posteriormente, en Glottlob Frege (1848 -
1925) a sus principales representantes.
La
conciencia humana subjetiva es capaz por si
sola de generar el lenguaje, a partir de su
propia naturaleza.
En efecto, la
primera crítica desarrollada en forma
sistemática al paradigma subjetivista parece
encontrarse en la filosofía de G.W.F. Hegel,
sobre todo en sus cuestionamientos a la
concepción kantiana de la conciencia. El
problema inicialmente planteado por Hegel
respecto al carácter original de la concepción
de conciencia y de subjetividad formulado por
Kant, es decir, de un sujeto concebido como
ahistórico, atemporal. Hegel sostiene que, al
contrario, la conciencia y el sujeto deben ser
considerados como formados, es decir, como
resultado de un proceso de formación el cual es
fundamentalmente un proceso de interacción, de
un lado de la conciencia con el mundo y por el
otro de la conciencia con las otras conciencias.
Desde un punto de vista filosófico podemos
entonces identificar, como lo hace Habermas (8), esta formulación de Hegel como
precursora de la noción de intersubjetividad.
Para Hegel, ya en sus "Lecciones de
Jena" (1805 - 1806), trabajo inmediatamente
anterior de "Fenomenología del
Espíritu", a conciencia se constituye en un
proceso tríplico que involucra el lenguaje, o
sea, la utilización de un sistema simbólico
heredado de la tradición; al trabajo, o sea, la
interacción con el mundo natural a través de la
producción de los medios de subsistencia humana;
y a la acción recíproca, o sea, la interacción
de la conciencia individual con las otras
conciencias. Por lo tanto, según Hegel, es
apenas a través de un proceso esencialmente
interactivo que la conciencia subjetiva se
constituye como tal. Este proceso involucra el
reconocimiento de la conciencia por las otras
conciencias como una etapa fundamental en su
constitución. Es sólo en la medida en que éste
reconocimiento se da, que la autoconciencia se
hace posible, permitiendo la comunicación, la
interacción por medio del lenguaje, o sea, la
constitución del sujeto del discurso. Este es
así resultado de un proceso de formación que es
fundamentalmente un proceso cultural, de
socialización.
La relación con
la realidad no se da, por tanto, a partir de un
acto de la conciencia subjetiva, sino que
presupone la existencia de la cultura y de la
inserción del individuo en ella.
La otra
vertiente, mencionada arriba, se deriva, en
realidad de una preocupación epistemológica,
esencialmente de un problema de fundamentación,
de las matemáticas, encontrado ya en Leibniz
(1646 - 1716), que tanto critican Descartes y
Locke, en la medida en que se opone precisamente
al subjetivismo. Leibniz consideraba insuficiente
e insatisfactoria la propuesta de fundamentación
del conocimiento científico en la experiencia
humana subjetiva. Sobre todo, las ciencias
matemáticas, por su elevado grado de
abstracción y generalidad y por el carácter
universal y necesario de sus verdades, no
podrían tener sus fundamentos establecidos a
partir de la subjetividad, la cual es por
naturaleza, limitada. Leibniz propone que se
busquen esos fundamentos en la lógica. Su
lógica, concebida como una teoría formal del
lenguaje es como si se eliminara la subjetividad,
nunca se desarrolla propiamente y queda en un
estado incipiente, programático.
El proyecto de
Leibniz es retomado en el siglo XIX en el
contexto de una crítica a la teoría kantiana
del conocimiento, pero en una perspectiva
diferente a la de Hegel. Se trata, una vez más,
como en Leibniz, y prácticamente por los mismos
motivos, de negar la posibilidad de la
fundamentación del conocimiento matemático en
la subjetividad, en el caso de Kant en las
intuiciones puras de espacio y de tiempo (cf.
Crítica de la razón pura, estética
trascendental). La alternativa será, por lo
tanto, considerar el conocimiento matemático
como de naturaleza lógica, siendo la lógica una
especie de teoría del lenguaje formal, la cual
incluye una teoría del significado, pero sin
ninguna referencia al pensamiento, o a la idea.
Podemos en este sentido, contrastar esta
concepción de lógica con la de la escuela de
Port Royal, mencionada arriba, que predica un
lógica esencialmente sicológica. Una teoría
matemática es, en esta concepción un conjunto
de definiciones establecidas a priori, y de
demostraciones, siendo ambas de naturaleza
lingüística, que no dependen, por lo tanto de
las operaciones de la mente humana.
Esta concepción
puede ser ilustrada por la wissenschaftslehre (La
doctrina de la ciencia, 1837) de Bolzano, cuya
parte fundamental es exactamente una teoría del
significado; y por la historia de Frege cuyos
Fundamentos de la Aritmética (1884) definen la
relación con la realidad del número en tanto
que entidad matemática como posible por medio
del lenguaje y no a través de una operación de
la mente (9). El primer principio
fundamental que ilustra bien esta concepción
lógico-semántica del lenguaje es "Separar
siempre y rigurosamente lo sicológico de lo
lógico, lo subjetivo de lo objetivo"; y el
segundo, "Nunca preguntar por el significado
(Bedutung) de una palabra aislada, siempre en el
contexto de una proposición (Satz)". Frege
observa al respecto:
"En
obediencia al primer principio siempre he
usado la palabra "idea"
(Vorstellung) en un sentido sicológico, y he
distinguido "ideas" de conceptos y
de objetos. Si el segundo principio no se
observa, estamos así forzados a tomar como
significado de las palabras imágenes
mentales (interiores) o actos de la mente
individual, lo cual va contra el primer
principio".
Retomando lo que
vimos arriba, hay por lo tanto, originalmente dos
líneas básicas de intento de eliminación de la
subjetividad como elemento central en el proceso
de constitución del significado. Una que
ilustré por la referencia a Hegel que apunta a
lo histórico, a lo social, a lo antropológico.
Otra, que es representada por la lógica
entendida como Semántica formal, por la
consideración de la relación entre lenguaje y
realidad como una relación entre una estructura
lógica y una estructura ontológica, relación
esta que está en la base de la epistemología,
del conocimiento científico.
La filosofía
analítica del lenguaje corriente, a la que estoy
vinculado, emerge de esta última línea, con
Frege, Russel, el llamado "primer
Wittgenstein" y el círculo de Viena. Sin
embargo, en su desarrollo esa filosofía
analítica pasó por profundas modificaciones. El
pensamiento de Wittgenstein es tal vez el que
mejor las ilustra. En su Tractatus
Lógico-philosoficus, de 1921, encontramos la
llamada teoría pictórica del significado, la
que asegura que el significado se construye por
la relación entre el lenguaje y lo real sin la
participación del sujeto o del pensamiento. Son
las reglas formales del lenguaje lógico lo que
permite que el lenguaje signifique, hable sobre
lo real. Esta primera fase de la filosofía del
lenguaje se incluye aún en el marco de las
preocupaciones de fundamentación de la ciencia.
Wittgenstein, no obstante, rompe con esta visión
que privilegia el conocimiento científico.
Considera al lenguaje como forma de acción en lo
real, como constitutiva del significado de la
experiencia humana, como conjunto de prácticas
sociales concretas regidas por reglas de uso de
carácter social e institucional y nopor reglas
formales. La teoría de los Actos de Habla y
otros desarrollos recientes de la pragmática,
como, por ejemplo, La Teoría de la acción
comunicativa de J. Habermas, tienen al menos en
parte, su origen en esta concepción.
Es sólo
en la medida en que éste reconocimiento se
da, que la autoconciencia se hace posible,
permitiendo la comunicación, la interacción
por medio del lenguaje, o sea, la
constitución del sujeto del discurso.
El sujeto
lingüístico se constituye, por lo tanto, por el
lenguaje, visto ahora como producto social,
cultural, como juego de lenguaje. El sujeto es
exactamente aquel que participa de los juegos de
lenguaje, que actúa en el contexto de estos
juegos.
Es, en este
sentido, constituido por la reglas y convenciones
que hacen posible y definen su lugar estos
juegos. Según Wittgestein, "La intención
está inmersa en una situación, en las
costumbres y en las instituciones humanas. Si la
técnica del juego de ajedrez no existiese, yo no
podría tener la intención de jugar
ajedrez" (investigaciones filosóficas, par.
337). El lenguaje es por lo tanto, esencialmente
intersubjetivo e interactivo y de esta forma
queda superada la dicotomía entre lenguaje y
realidad. El juego de lenguaje (Sprachpiel) es,
según Wittgenstein, "el todo constituido
por el entrelazamiento del lenguaje con las
acciones (id, par. 7). El significado se
constituye entonces como una forma de acción en
lo real y no de relación con una realidad
externa (la referencia, el designado).
El panorama
actual ha retomado algunas posiciones teóricas,
elementos del paradigma subjetivista, sin que a
mi sentir, las dificultades que afectaran a este
paradigma en su origen estén siendo debidamente
consideradas (10). Se pueden dar dos
ejemplos en esta dirección, sin que tenga la
posibilidad de discutirse aquí en detalle. Por
una lado las teorías intencionalistas del
significado como las de P. Grice y J. Searle, y
por el otro las llamadas ciencias, y relacionadas
con ellas, las discusiones de las implicaciones
filosóficas de la Inteligencia Artificial. Estas
propuestas parecen presuponer la existencia de
una realidad mental, de procesos cognitivos
anteriores al lenguaje y autónomos en relación
a él. Precisamente el presupuesto que vimos como
problemática de un sujeto original, ahistórico
y atemporal.
NOTAS
(1) A este
respecto véase R. Rorty. 1980. Philosophy and
the mirror of nature, Princepton, Princeton
University Univ. Press, sobre todo el capítulo
primero, The invention of the Mind.
(2) El principal
historiador de la ciencia en este período es
A.Koyré, destacándose su "Do mundo
fechado ao universo infinito". 1979. Rio
São Paulo, Ed. Forense Edusp.
(3) En Meditaçoes
metafísicas. 1975. Rio- São Paulo, Ed.
Abril, 2° Meditação. El argumento del cogito
apunta precisamente a justificar la existencia
del yo pensante como la primera certeza, una
certeza indudable, que sirve de punto de partida
para la construcción del modelo racionalista del
conocimiento. La evidencia de esta certeza se da
por una aprehensión intuitiva una vez que el yo
se revela a sí mismo sin depender de nada que le
sea externo. Es este acceso privilegiado de la
conciencia a sí misma la que permitirá que
funcione como garantía del conocimiento.
(4) Posición
defendida por varios pensadores de la época,
entre ellos, Descartes en su carta al Marqués de
Newcastle, del 23 de noviembre de 1946.
(5) Véase a
este respecto el análisis de Robert E. Butts en "The
grammar of Reason: Hammans challenge to
Kant".
(6) Citado por
Aarsleff (1982).
(7) Se trata de
"Espíritu" en el sentido de
"cultura", de producción cultural de
una sociedad y no de una realidad mental. Esto
fue analizado en Danilo Marconde, 1992, "A
linguagem e as ciencias Humanas", en Filosofía,
linguagem e comunicação, São Paulo,
Cortez, 2: ed.
(8) Conforme al
análisis de J. Habermas en "Trabajo e
interacción".
(9) Esto se
encuentra analizado en Coffa (1982).
(10) A éste
respecto véase J. Searle. The Rediscovery of
the mind. Ed. H. Gadner, The minds new
science.
BIBLIOGRAFIA
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