El futuro de
la UniversidadJaime Carbonell Parra
En este
artículo se trata de esclarecer el papel que
debe desempeñar la universidad a las puertas
del cambio de siglo y de milenio. Se hace un
recorrido desde su génesis en el medioevo
para comprender su desarrollo contemporáneo.
Con respaldo en investigaciones se mencionan
sus carencias y riquezas. La reflexión
considera a la universidad colombiana frente
a las instituciones de los países
desarrollados. Y plantea la propuesta de
estimar la docencia enfocada al futuro como
contraste a la enseñanza tradicional
centrada en la información memorística del
pasado.
El acelerado
proceso de cambio de la sociedad encaminada hacia
las expectativas del próximo milenio compromete
también a la universidad. Como ninguna otra
institución la universidad ha sido generadora de
las transformaciones en el milenio y en el siglo.
Allí se han formado los dirigentes que
promovieron las variaciones de mentalidad. En sus
aulas y laboratorios se generaron las ideas y
experimentos que después la tecnología
expandió para aprovechar con ventaja sus
ganancias. Además, cuando las crisis derrumbaron
imperios, fortunas y naciones, la universidad ha
permanecido atareada en su misión del saber.
Porque su historia es milenaria, anterior a
sectas, grupos económicos o nacionalidades.
Pero la
universidad siempre ha estado atenta a los
acontecimientos de las épocas para diseñar su
enseñanza según la evolución social. Así lo
fue en sus orígenes, en la Academia Platónica,
preocupada por la formación política de los
guardianes del Estado. Subordinando las
categorías de la razón a las verdades del dogma
en las universidades medievales. O aprovechando
la iniciativa privada y el mecenazgo de los
magnates de la industria en las bien dotadas
universidades de los Estados Unidos. Por eso en
este final de siglo, caracterizado por la
innovación tecnológica, las tendencias
dominantes permiten hacer la proyección de lo
que será la universidad en el cercano futuro.
Es pertinente,
para comenzar ubicar el sentido o la noción de
"universidad", porque su uso cotidiano
ha terminado por desgastar la palabra. Así
ocurre en las actividades estudiantiles, en las
informaciones tendenciosas de la prensa o en los
recuerdos nostálgicos de sus profesionales.
"En
nuestra época la palabra Universidad, aplicada
al terreno cultural, significa lo que más
específicamente se indica en italiano con la
expresión "Università degli studi"
(Universidad de los estudios), esto es, la
institución cultural o escuela de grado superior
que comprende o aspira a comprender la totalidad
de las ramas del conocimiento humano, la
universalidad de las clases de especialización
del saber y de las formas de preparación
científica y técnica superior para el ejercicio
de las distintas profesiones intelectuales",
dice el profesor italiano Rodolfo Mondolfo (1). Sin embargo, el constante
desarrollo tecnológico ha aumentado las
disciplinas con la correspondiente separación
del saber. Por eso se corre el riesgo de que la
universidad no pueda comprender aquella variedad
de conocimientos. De allí el aislamiento de las
distintas profesiones y la especialización de
los saberes científicos y técnicos. Así la
universidad deja de abarcar en su acostumbrado
ejercicio de integración y jerarquización de
los conocimientos. Además esta complejidad de
las artes y oficios las ha transformado en
organizaciones gigantescas, en multiuniversidades
donde predomina la preparación profesional con
el descuido de la reflexión crítica. El afán
de imitación de nuestra sociedad colombiana ha
permitido que se denominen universidades a
establecimientos que nada tienen que ver con la
cultura superior porque apenas son una copia de
los programas norteamericanos para operarios de
fundición, perfeccionamiento de contadores,
expertos en estética capilar o diligentes
administradores de hamburgueserías. Estas
desviaciones, fruto del crecimiento del saber y
la subordinación cultural, se han incrementado
con el afán de lucro de quienes han fundado
establecimientos de educación superior,
financiados con costosas matrículas, bajo el
exclusivo criterio mercantil del rápido
enriquecimiento de sus propietarios. Sólo la
experiencia, la crítica y la intervención
punitiva del Estado pueden controlar esta
multiplicación de universidades sin docentes
idóneos y sin medios de estudio adecuados que
juegan con las esperanzas de los jóvenes y
empleados de la clase media.
No obstante, la
misma legislación puede amparar los defectos que
presenta la educación superior colombiana. Tal
como ha ocurrido con la reforma de la Ley 30 de
1992. La libertad y autonomía consignadas allí
han permitido la proliferación de instituciones
creadas con fines de lucro o como plataformas
políticas de sus propietarios. De esta manera en
Colombia se ha ido tergiversando el sentido
auténtico de la universidad para transformarla
en un medio de notables rendimientos económicos
para beneficio de unos pocos. Son estas dos caras
de la Ley 30 -la libertad de crear instituciones
y la lentitud del sistema de acreditación-las
que han arrojado un "saldo rojo" de la
educación superior tal como se puede leer en el
reciente trabajo investigativo de la periodista
Constanza Cubillos(2). Este libro es la radiografía
más actual acerca de la crisis de nuestras
universidades. Evaluación preocupante porque
tomará tiempo un diseño de correcciones de
estos aspectos negativos. Mientras las
universidades de las naciones desarrolladas se
entregan a la investigación y a la asistencia de
novedosos proyectos con las empresas en un
ambiente postindustrial, nuestras universidades
no avanzan por causa de intereses extraños al
ámbito universitario. Tal como lo dice Antanas
Mockus en el prólogo:
"Tanto
la politiquería como el narcotráfico han
encontrado en la educación superior un
instrumento importante para influir en la
sociedad" (3).
Esta serie de
inquietantes deficiencias no pueden ser la carta
de presentación de la universidad colombiana a
las puertas del nuevo siglo. Porque la idea que
nos hemos formado de la universidad, heredada de
las viejas universidades europeas, se nos
derrumba como castillo de naipes al tener
conocimiento de este destape de su crisis. Así
el campus del saber y de la convivencia
académica queda reducido a una imagen de
engaños e intrigas. Donde las consecuencias del
desgreño administrativo deben soportarse durante
largos períodos. Porque la estadía efímera de
los ministros de educación no garantiza una
continuidad de los programas educativos
nacionales. Asunto éste de la educación que
poca importancia merece a los partidos políticos
tradicionales. Por eso los cargos educativos se
sortean como una recompensa partidista de segundo
orden. Sin una vigilancia constante en el
Ministerio de Educación la serie de deficiencias
en los establecimientos de educación superior
crece sin dolientes. Así ocurre con la
tergiversación de la autonomía que ha
engendrado una proliferación de programas sin
calidad. O la precaria capacidad de las
universidades públicas para atender la gran
demanda que ha posibilitado la aparición de las
llamadas "instituciones garaje". Hasta
el fortalecimiento de grupos familiares en las
fundaciones universitarias privadas movidos por
el afán de enriquecimiento y no por la mística
educativa.
Universidades
que han surgido con la aparente aprobación del
Icfes para después encaminarse por las trochas
prohibidas de la estafa y el rendimiento
económico. Hay que abrir entonces los ojos
cuando queramos educarnos o vincularnos como
catedráticos a estas universidades de fachada
que se están imponiendo sobre las instituciones
tradicionales y respetables. Tal como lo advierte
la periodista e investigadora Constanza Cubillos:
"Cuidado.
Hay que ir a paso lento. Al pensar en
débiles y fuertes, en surgimiento y en
desaparición, es inevitable que aparezca en
la mente la teoría darwiniana. La
precaución es porque hay que pensar dos
veces y titubear antes de llegar a creer que
esta teoría se puede aplicar a nuestro
sistema educativo superior. Todo parece
indicar que las débiles de calidad subsisten
a la par que las fuertes en excelencia. Las
estadísticas así lo demuestran"(4).
Pero a grandes
males, grandes remedios. Así como la actual
globalización de las comunicaciones nos
maravilla con las bondades de los programas en
universidades de naciones altamente
desarrolladas. Donde resalta la calidad de las
instalaciones, la modernidad de sus laboratorios
de idiomas o las salas de computadores que
agilizan el proceso docente y lo envían con
orgullo por el ciberespacio. Pero que también
resaltan la calidad humana de sus profesores al
suministrar la lista de los maestros respaldados
por publicaciones meritorias y títulos en
escuelas de prestigio. ¿Por qué motivo las
universidades colombianas no emprenden ahora
mismo un proceso de reingeniería que garantice
la calidad académica en este último año que
falta para concluir el
siglo?. Ese
tiempo malgastado en paros inútiles de las
universidades públicas podría dedicarse a
la asistencia de seminarios, en intercambios
aprovechando las tecnologías
contemporáneas, con profesores y rectores de
las mejores instituciones de hispanoamérica
y del mundo. Vale la pena entonces invertir
el orden de las reclamaciones: en primer
lugar, poner todo el empeño en la índole de
la formación suministrada. Después, el
justo reclamo por las reivindicaciones
salariales. En ir más allá de la
profesionalización y el reduccionismo
tecnológico. Para que los profesionales
colombianos adquieran conciencia de la
importancia de la formación, ética, el
alcance de las humanidades y el mérito del
pensamiento crítico sobre la información
divulgada por los medios de comunicación.
Solo así pondríamos a tono nuestras
universidades con un mundo en
transformación, tal como lo propone el
exrector de la Universidad de Salamanca,
fundada en el siglo XIII, Julio R.
Villanueva:
"La
Universidad tiene la responsabilidad básica
de ofrecer buenas oportunidades de educación
y formación que permitan a los estudiantes
desarrollar un conocimiento de la sociedad,
alcanzar capacidad académica y técnica en
determinados campos y acrecentar sus
conocimientos" (5).
Así la
universidad deja de abarcar en su
acostumbrado ejercicio de integración y
jerarquización de los conocimientos. Además
esta complejidad de las artes y oficios las
ha transformado en organizaciones
gigantescas, en multiuniversidades donde
predomina la preparación profesional con el
descuido de la reflexión crítica.
Fortalecimiento
del espiritu critico
El mezquino
afán profesionalizante ha tergiversado el
sentido originario de la universidad. Porque su
misión primordial fue en en sus comienzos la de
dirigir la unidad de las ciencias. La relación
entre los saberes, su jerarquía, el diálogo
interdisciplinario entre las distintas facultades
ha determinado el tono de la vida académica en
las mejores universidades del mundo. Así estas
casas de estudio se han convertido en
fraternidades y no en la lucha entre facultades
como ocurre en nuestro medio. Porque la misión
original de la universidad tiene que ver con la
totalidad de los profesores y de los estudiantes
que se sienten solidarios en la defensa de unos
intereses comunes. Una tradición que se remonta
hasta la Edad Media cuando bajo el nombre de schola
se expresaba la convivencia de los trabajadores
materiales e intelectuales. Una relación
laboriosa donde se creaban y desarrollaban los
oficios y los conocimientos aprovechando la
experiencia de los maestros. Como ocurrió en el
siglo XII en el nacimiento de la Universidad de
Bolonia como reunión de discípulos que buscaron
y eligieron a sus propios maestros. De allí esa
continuidad histórica en la defensa de los
intereses de estas escuelas para enfrentar la
competencia ilícita y garantizar a sus miembros
el desempeño de los oficios. Aquella formación
del trivio y el cuadrivio convive
con la libertad de los discípulos para seguir a
sus maestros y las exenciones que disfrutaban
estudiantes y maestros respecto de impuestos y
servicios.
En América
Latina el año de 1918 ha quedado en la memoria
por motivo del movimiento de la Universidad de
Córdoba. Allí se da inicio al cuestionamiento
del papel de las universidades en la sociedad.
Esta notable experiencia puso de presente varias
exigencias: la demanda de libertad de pensamiento
y de investigación, el respeto de los valores
intelectuales para la elección de los maestros y
la provisión adecuada de los medios necesarios
para el progreso de la ciencia. Además se puso
de presente la vinculación solidaria de toda la
sociedad para garantizar la misión
universitaria. Las tomas de conciencia
posteriores son apenas un eco de aquellas
exigencias. Aunque por proximidad temporal ahora
destaquemos los movimientos estudiantiles de Mayo
del 68 en Francia o los acostumbrados paros de
las asociaciones de profesores por causas
salariales de nuestros días. Así lo reconoce
Jesús Ferro Bayona, rector de la Universidad del
Norte:
"A
partir de este momento, las universidades se
sintieron llamadas a participar en la
modernización de las sociedades, lo que
condujo finalmente a la formación de una
inteligencia crítica que llegó a cuestionar
las es tructura políticas y económicas que
eran obstáculo a la modernización. Nosotros
somos descendientes directos de este
movimiento, ya que todavía no hemos logrado
definir nuestro verdadero papel en el proceso
de modernización, aún en curso"
(6).
El signo de
nuestro tiempo está determinado por la cultura
de mercado. El valor de las personas lo asigna la
posibilidad de adquirir objetos. El anhelo de
felicidad consiste en la subordinación a las
consignas de los publicistas. El predominio de
los medios audiovisuales ha relegado la
tradición de la cultura escrita a un asunto
anacrónico. Aunque los libros continúan
imprimiéndose y su adquisición hace parte de
las necesidades de muchos lo que preocupa es la
calidad del contenido. Porque hoy no interesa
aquella lectura exigente mediada por la
reflexión o las grandes ficciones estructuradas
con un lenguaje cuidadoso donde la escogencia de
cada palabra era casi una labor de orfebrería
como en la obra del novelista francés Gustave
Flaubert. Más bien la cultura de masas
contemporánea nos impone unos modelos de lectura
veloz para hojear las revistas de contenido light,
enterarnos del último best seller o
atraparnos en las informaciones noticiosas de las
grandes cadenas norteamericanas. Así la
reflexión y la lectura agónica han sido
sustituídas por la información al instante y la
lectura masificada de banalidades prohijada por
el imperio de la racionalidad
productivo-instrumental. Como muy bien lo
describe Néstor García Canclini en su análisis
de estas contradicciones de la posmodernidad:
"Una
de las manifestaciones de este cambio es que
las formas argumentativas y críticas de
participación ceden su lugar al goce de
espectáculos en los medios electrónicos, en
los cuales la narración o simple
acumulación de anécdotas prevalece sobre el
razonamiento de los problemas, y la
exhibición fugaz de los acontecimientos
sobre su tratamiento estructural y
prolongado". (7).
Mientras
las universidades de las naciones
desarrolladas se entregan a la investigación
y a la asistencia de novedosos proyectos con
las empresas en un ambiente postindustrial,
nuestras universidades no avanzan por causa
de intereses extraños al ámbito
universitario.
El papel de la
universidad tiene que ser fundamental para buscar
el sentido que se ha extraviado en esta sociedad
de mercado globalizado. No basta con que sus
investigadores colaboren con las empresas en la
producción de más artefactos. Es preciso que
mercancías e instrumentos tengan una adecuación
a nuestro medio. Que la formación en valores, en
ética y en humanidades conceda a los jóvenes el
auténtico discernimiento vital que ahora buscan,
muy equivocados, en los paraísos artificiales de
las drogas. Frente al desarraigo, la esclavitud
por los objetos del mercado y la violencia de los
nacionalismos periféricos la universidad debe
ofrecer seguridad, opciones espirituales y el
espacio adecuado para el ejercicio del diálogo,
el pluralismo y la tolerancia. Aunque estos
propósitos parecen una utopía en la
planificación de nuestras universidades
profesionalizantes.
El auge de la
racionalidad tecnológica en este final de siglo
está caracterizado por una exagerada producción
de bienes y un ejercicio menos pleno de la
ciudadanía. Así el hombre progresa
tecnológicamente pero continúa en un atraso
moral. De allí el imperio de la cultura de la
pasividad y el irracionalismo. Los videos de
Madonna han sustituido la veneración por las
grandes obras de la pintura. Americanización,
globalización de las imágenes, cultura popular
global e imperio de la concepción neoliberal son
las fórmulas de nuestro mundo contemporáneo y
que se ofrecen como proyecciones hacia la primera
mitad del año dos mil. Sin embargo, esta
prosperidad aparente y ventajas de las
comunicaciones no pueden ocultarnos los riesgos.
"El peligro de que se instale en cada uno
de nuestros hogares el reino de la fantasía
radica en que los individuos dejen de luchar por
la creación y se entreguen al espectáculo,
abandonen la razón y den paso a la violencia,
pongan de lado los valores para acceder a un
mundo regido por pasiones", anota Jesús
Ferro, rector de la Universidad del Norte (8).
Por eso la
misión de la universidad para estos próximos
años tiene que ver con la reconquista de la
creación, el ejercicio de la razón crítica y
la construcción de una ética civil que
posibilite la convivencia en nuestras anárquicas
ciudades. Además la formación de élites
intelectuales permitirá corregir los desvíos de
la cultura popular mundial. Así el criterio
mercantil decidido por una minoría de
tecnólogos se abre a la participación
democrática. Pero esta notable misión de la
universidad sólo puede realizarse inspirada en
el espíritu crítico que le ha sido connatural.
Para que invite a los ciudadanos de la sociedad
de consumo a tomar conciencia de este hecho
fundamental: la transformación tecnológica del
mundo es incompleta si no va parela con una
transformación del hombre por medio de la alta
cultura. Y la universidad ha sido siempre la
encargada de la difusión de esta alta cultura,
sobre todo en la recuperación de las letras, de
la filosofía y el arte.
El nuevo
trabajo academico
Esta
actualización de la guía del pensamiento
crítico en la universidad del inmediato futuro
sólo puede tener repercusiones a partir de un
proceso docente renovado. Es evidente que la
vertiginosa carrera de la tecnología sobre los
sistemas sociales desentona con métodos y
contenidos de enseñanza rutinarios. Todavía
para el hombre de la calle e incluso para muchos
directivos, la enseñanza superior ha quedado
reducida al antiguo clisé del monólogo del
catedrático, a la clase magistral del tablero y
la tiza donde los alumnos son seres pasivos. O,
por influjo de la racionalidad instrumental, se
le da mayor valor a la experimentación en los
laboratorios y a la copia de deducciones
matemáticas en desmedro de la lectura y la
discusión de textos.
Se necesita
entonces todo un proceso de renovación docente
para que consigamos un "aterrizaje suave de
la tecnología", como lo plantea Alvin
Toffler. Porque es lamentable el anacronismo de
manuales y fotocopias, de modelos educativos,
formación de los catedráticos y ayudas
didácticas en muchas instituciones. Así ocurre
en las facultades de medicina, derecho,
administración o contabilidad donde los
profesionales por horas dictan sus cátedras
preparadas en los momentos libres de sus
oficinas, sin calidades pedagógicas y apoyadas
en sus amarillentos textos de sus años de
estudiantes. La actualización, los seminarios de
docencia universitaria, la dinamización de las
clases con la ayuda de textos recientes e
interesantes, el uso de los computadores, el
Internet y las ayudas audiovisuales, las salidas
de campo, las conferencias, el contacto con
empresas, periódicos o museos permiten cambiar
los procedimientos rutinarios por una educación
más ingeniosa y de acuerdo con esta época de
transformaciones.
Si bien el
conocimiento del pasado es requisito para
comprender el presente, la educación superior
contemporánea no puede reducirse a una mera
transmisión de la sabiduría antigua. La
renovación en todos los órdenes invita a
conocer más bien los esfuerzos de los hombres de
los últimos años. Es una cuestión de tiempo y
porque en los descubrimientos contemporáneos
desemboca el saber del pasado para confirmarse o
refutarse. Así ocurre con el conocimiento de las
últimas tendencias literarias, la hermenéutica
de los más recientes filósofos posmetafísicos
o el análisis de un libro de haikús
japonés. Además la planificación de la
docencia universitaria debe prever la dirección
y el ritmo del cambio para estar atenta a las
necesidades de la comunidad en la oferta de los
programas o en la solución de las múltiples
preocupaciones. Así lo sugiere el futurólogo
Alvin Toffler:
"Para
crear una educación superindustrial, debemos
producir, ante todo, imágenes sucesivas y
alternativas del futuro, presunciones sobre
las clases de trabajos, profesiones y
vocaciones; presunciones sobre las formas
familiares y sobre las relaciones humanas;
sobre las clases de problemas éticos y
morales que se plantearán; sobre la
tecnología ambiente y sobre las estructuras
de organización en que nos veremos
envueltos" (9).
Este cambio de
mentalidad en el trabajo académico debe
concederle un nuevo valor a la lectura, la
discusión de textos y la pluralidad de
concepciones del mundo. Para que la universidad
no sea sólo fábrica o politécnico sino el
auténtico ámbito de la gestación del saber. Un
saber armonioso de las humanidades y de las
ciencias aplicadas. Además, porque las
profesiones del futuro tienen que ver más con el
desempeño del entendimiento. Tal como lo anuncia
Toffler: "Las máquinas realizarán, cada
vez más, las tareas rutinarias; los hombres, las
labores intelectuales y de creación" (10).
La universidad
colombiana si quiere ponerse a tono con las
revoluciones del siglo XXI debe investigar más
-sobre su propia realidad o en sintonía con la
globalización aquellos asuntos que interesen a
la comunidad académica mundial-, debe repetir
menos los viejos catecismos de credos políticos
abandonados por la sociedad moderna desde la
caída del muro de Berlín en 1989 y, sobre todo,
estimular la reflexión crítica de los
estudiantes para aumentar la indagación en las
ciencias sociales y las humanidades. Sólo así
la universidad recuperará su dinamismo para
transformar la realidad y logrará proponer los
valores que irradien a todos los sectores de la
comunidad.
Mas allá
de la tecnología
Cuando se
comparan los registros de inves tigación entre
las diferentes universidades, siempre parecen
sobresalir los trabajos de descubrimiento
empírico. Así ocurre con las instituciones de
educación superior de los Estados Unidos donde
la calidad está señalada por el número de
Premios Nóbel. Desde 1945 han recibido el 56 por
ciento de los premios de física, el 42 por
ciento de química y el 60 por ciento de
medicina. Es evidente que este trabajo de
descubrimiento debe enorgullecer la vida
académica porque demuestra el éxito alcanzado
después de procesos de pasión y esfuerzo.
Además es un trabajo académico de
descubrimiento que infunde vitalidad y
excitación intelectual a las instituciones.
Pero ha llegado
el momento de ir más allá del descubrimiento
empírico. La universidad orientada así es
herencia de la época industrial y del modelo
positivista comteano del siglo XIX. Diseñada
como una fábrica donde los estudiantes-obreros
se someten a una formación autoritaria que
tratan de comprobar en laboratorios y talleres.
Más bien la cultura contemporánea basada en la
información le abre unas nuevas perspectivas a
la universidad del futuro. Para privilegiar los
saberes de la interpretación y la discusión. Es
una especie de retorno mágico, pero en nuestro
siglo de los ordenadores personales, al modelo de
la universidad medieval con la aplicación de
maestros y discípulos en el comentario de los
textos de filósofos, poetas y teólogos. Además
se trata de un trabajo académico de integración
o pluridisciplinario para garantizar una
formación universal. Así se corrige la
mezquindad de la especialización cuando el
profesional solo conoce los contenidos de su
campo. Sin correr el riesgo de caer en el
diletantismo se trata de traspasar las barreras
entre el descubrimiento empírico, la
interpretación y la aplicación práctica de los
conocimientos en la vida cotidiana. Esta
propuesta no es más que un asunto de
comunicación entre colegas tal como lo ilustra
la experiencia del antropólogo Clifford Geertz
en la Universidad de Princeton:
"Investigaciones
filosóficas que parecen crítica literaria
(piénsese en los escritos de Stanley Cavell
sobre Beckett o Thoreau, en los de Sartre
sobre Flaubert), discusiones científicas con
aspecto de piezas literarias (Lewis Thomas,
Loren Eisley), fantasías barrocas
presentadas como frías observaciones
empíricas(Borges, Barthelme), historias que
consisten en ecuaciones y tablas o en
testimonios tomados de los tribunales (Fogel
y Engerman, Le Roi Ladurie), documentales que
se leen como confesiones verdaderas (Mailer),
parábolas que hacen las veces de etnografía
(Castañeda), tratados teóricos que se
emprenden como narraciones de viaje
(Lévi-Strauss)" (11).
El auge
de la racionalidad tecnológica en este final
de siglo está caracterizado por una
exagerada producción de bienes y un
ejercicio menos pleno de la ciudadanía. Así
el hombre progresa tecnológicamente pero
continúa en un atraso moral. De allí el
imperio de la cultura de la pasividad y el
irracionalismo.
Este ejemplo,
que no supone un arbitrario colonialismo
cultural, ilustra la tendencia académica para el
próximo milenio. Donde el modelo de integración
permita la apertura de horizontes tanto a las
ciencias positivas como a las humanidades. Con
este cambio, el paradigma de las disciplinas
técnicas le cede su lugar a la filosofía o a la
epistemología como reflexión sobre las
fronteras de las ciencias. Nuestra universidad
colombiana tiene aquí un reto para superar su
concepción profesionalizante, girando en el
carrusel monotemático del racionalismo
instrumental para reconfigurar sus conocimientos
con este trabajo académico de integración.
Revolución
total del conocimiento
La tendencia del
desarrollo de los saberes se orienta hacia una
gran sociedad educadora sin barreras. Las redes
internacionales de la información permitirán
acceder al conocimiento en todos los lugares de
la tierra. Los instrumentos portátiles
-teléfonos móviles, relojes,
agendas,computadores de bolsillo, tarjetas
digitales, walkmans- posibilitarán el acceso a
bancos de datos, la comunicación instantánea
con los especialistas, el contacto con una
educación adaptada a las necesidades y caprichos
particulares. Se borrarán las fronteras entre la
educación y el juego porque el aprendizaje
individual en pantallas se asumirá como una
distracción virtual más. Pero es el nomadismo
de estos instrumentos portátiles lo que señala
la diferencia con la educación estática del
presente. Este nomadismo tiene sus ventajas en la
autonomía de los individuos, en su libertad para
no depender demasiado de las instituciones, como
lo señala Jacques Attali. Pero también están
sus riesgos al tener que subordinarnos a las
mercancías:
"Le
convertirán en un hombre diferente. Un
nómada libre, cubierto de bienes y riquezas.
Y, sin embargo, todavía sediento: de saber,
de seguridad, de fraternidad" (12).
Si la
universidad del cercano futuro quiere seguir
conservando su posición de liderazgo en el
escenario de las sociedades deberá fortalecer
aquellas tres virtudes: saber, seguridad y
fraternidad. Porque el futuro puede diseñarse a
partir del presente es posible invertir los
términos para que las visiones apocalíticas se
queden en el papel. El deterioro ambiental
producto de las imposiciones tecnocráticas, el
trastorno de valores, la sobrepoblación pueden
transformarse con la capacidad crítica y el
aporte universitario de una educación con
dimensiones menos pragmáticas. Ello será
posible en una universidad que de manera astuta
se aproveche de las ventajas de la globalización
del conocimiento para hacer presencia simultánea
en todas partes. Tal es el proyecto, por ejemplo,
de una nueva red de Internet académica en EEUU.
Para que la auténtica cultura se imponga al
escapismo de los medios. Surgiendo así una
dirección del conocimiento que no tiene porqué
estar subordinada a la ley del dinero porque
vuela más alto que los objetivos de la utilidad
y el pragmatismo.
La universidad
colombiana no puede ser ajena a estas
responsabilidades si quiere mostrar una cara
fresca en el complejo amanecer del próximo
milenio. Para ello debe fortalecerse con unas
políticas de acreditación dirigidas hacia la
excelencia. Donde la biblioteca sea el recinto de
libros y computadores que impulse la
investigación y el saber. Permitiendo así la
actualización de los conocimientos de los
profesores. Quienes deben ser remunerados en el
mismo escalafón de los más altos funcionarios
del Estado. Una vez cumplidas con responsabilidad
sus tareas de búsqueda del saber y no de
adoctrinamiento político. Porque su misión
consiste en asegurar el rumbo de la sociedad. Al
construir el mundo del futuro con su entrega a
una conciencia reflexiva, rediseñando los
estilos de vida de los alumnos y sometiendo el
avaro orden mercantil de la sociedad de consumo a
unas dimensiones de significación más plena.
Sólo así ese recinto del saber que
tradicionalmente ha sido la universidad puede
colaborar con el auténtico progreso según el
concepto de Aleksandr Solzhenitsyn:
"Unicamente
puede haber un verdadero progreso: la suma total
del progreso espiritual de cada individuo, del
grado de auto-perfección en el curso de su
vida"(13).
NOTAS
(1) MONDOLFO,
Rodolfo. Universidad: pasado y presente. Editorial
Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires:
1966, p.
(2) CUBILLOS,
Constanza. Saldo Rojo: Crisis en la educación
superior. Planeta, Bogotá: 1998, 446
p.
(3) Ibid. p.
7.
(4) Ibid. p.
105.
(5) VILLANUEVA,
Julio. La universidad en un mundo en cambio. En:
Los domingos de ABC-Suplemento Semanal. Madrid:
abril 8 de 1979, p. 20.
(6) FERRO,
Jesús. Visión de la universidad ante el
siglo XXI. Ediciones Uninorte, Barranquilla:
1996, p. 45.
(7) GARCIA
Canclini, Nestor. Consumidores y ciudadanos:
Conflictos multiculturales de la globalización.
Grijalbo, México: 1995, p. 25.
(8) Op. cit. p.
28.
(9) TOFFLER,
Alvin. El "Shock" del futuro.
Plaza&Janes, Barcelona: 1973, p. 422.
(10) Ibid., p.
421.
(11) GEERTZ,
Clifford. Blurred Genres: The Refiguration of
Social Thought. En: Ernest L. Boyer, Una
propuesta para la educación superior del futuro.
FCE, México: 1997, p. 41.
(12) ATTALI,
Jacques. Milenio. Seix Barral, Barcelona:
1991, p. 67.
(13)
SOLZHENITSYN, Aleksandr. Reflexiones en la
víspera del siglo veintiuno. En: Fin de
siglo: Grandes pensadores hacen reflexiones sobre
nuestro tiempo. McGraw-Hill, México: 1996,
p. 15.
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