El futuro de la Universidad

Jaime Carbonell Parra

En este artículo se trata de esclarecer el papel que debe desempeñar la universidad a las puertas del cambio de siglo y de milenio. Se hace un recorrido desde su génesis en el medioevo para comprender su desarrollo contemporáneo. Con respaldo en investigaciones se mencionan sus carencias y riquezas. La reflexión considera a la universidad colombiana frente a las instituciones de los países desarrollados. Y plantea la propuesta de estimar la docencia enfocada al futuro como contraste a la enseñanza tradicional centrada en la información memorística del pasado.

 

El acelerado proceso de cambio de la sociedad encaminada hacia las expectativas del próximo milenio compromete también a la universidad. Como ninguna otra institución la universidad ha sido generadora de las transformaciones en el milenio y en el siglo. Allí se han formado los dirigentes que promovieron las variaciones de mentalidad. En sus aulas y laboratorios se generaron las ideas y experimentos que después la tecnología expandió para aprovechar con ventaja sus ganancias. Además, cuando las crisis derrumbaron imperios, fortunas y naciones, la universidad ha permanecido atareada en su misión del saber. Porque su historia es milenaria, anterior a sectas, grupos económicos o nacionalidades.

Pero la universidad siempre ha estado atenta a los acontecimientos de las épocas para diseñar su enseñanza según la evolución social. Así lo fue en sus orígenes, en la Academia Platónica, preocupada por la formación política de los guardianes del Estado. Subordinando las categorías de la razón a las verdades del dogma en las universidades medievales. O aprovechando la iniciativa privada y el mecenazgo de los magnates de la industria en las bien dotadas universidades de los Estados Unidos. Por eso en este final de siglo, caracterizado por la innovación tecnológica, las tendencias dominantes permiten hacer la proyección de lo que será la universidad en el cercano futuro.

Es pertinente, para comenzar ubicar el sentido o la noción de "universidad", porque su uso cotidiano ha terminado por desgastar la palabra. Así ocurre en las actividades estudiantiles, en las informaciones tendenciosas de la prensa o en los recuerdos nostálgicos de sus profesionales.

"En nuestra época la palabra Universidad, aplicada al terreno cultural, significa lo que más específicamente se indica en italiano con la expresión "Università degli studi" (Universidad de los estudios), esto es, la institución cultural o escuela de grado superior que comprende o aspira a comprender la totalidad de las ramas del conocimiento humano, la universalidad de las clases de especialización del saber y de las formas de preparación científica y técnica superior para el ejercicio de las distintas profesiones intelectuales", dice el profesor italiano Rodolfo Mondolfo (1). Sin embargo, el constante desarrollo tecnológico ha aumentado las disciplinas con la correspondiente separación del saber. Por eso se corre el riesgo de que la universidad no pueda comprender aquella variedad de conocimientos. De allí el aislamiento de las distintas profesiones y la especialización de los saberes científicos y técnicos. Así la universidad deja de abarcar en su acostumbrado ejercicio de integración y jerarquización de los conocimientos. Además esta complejidad de las artes y oficios las ha transformado en organizaciones gigantescas, en multiuniversidades donde predomina la preparación profesional con el descuido de la reflexión crítica. El afán de imitación de nuestra sociedad colombiana ha permitido que se denominen universidades a establecimientos que nada tienen que ver con la cultura superior porque apenas son una copia de los programas norteamericanos para operarios de fundición, perfeccionamiento de contadores, expertos en estética capilar o diligentes administradores de hamburgueserías. Estas desviaciones, fruto del crecimiento del saber y la subordinación cultural, se han incrementado con el afán de lucro de quienes han fundado establecimientos de educación superior, financiados con costosas matrículas, bajo el exclusivo criterio mercantil del rápido enriquecimiento de sus propietarios. Sólo la experiencia, la crítica y la intervención punitiva del Estado pueden controlar esta multiplicación de universidades sin docentes idóneos y sin medios de estudio adecuados que juegan con las esperanzas de los jóvenes y empleados de la clase media.

No obstante, la misma legislación puede amparar los defectos que presenta la educación superior colombiana. Tal como ha ocurrido con la reforma de la Ley 30 de 1992. La libertad y autonomía consignadas allí han permitido la proliferación de instituciones creadas con fines de lucro o como plataformas políticas de sus propietarios. De esta manera en Colombia se ha ido tergiversando el sentido auténtico de la universidad para transformarla en un medio de notables rendimientos económicos para beneficio de unos pocos. Son estas dos caras de la Ley 30 -la libertad de crear instituciones y la lentitud del sistema de acreditación-las que han arrojado un "saldo rojo" de la educación superior tal como se puede leer en el reciente trabajo investigativo de la periodista Constanza Cubillos(2). Este libro es la radiografía más actual acerca de la crisis de nuestras universidades. Evaluación preocupante porque tomará tiempo un diseño de correcciones de estos aspectos negativos. Mientras las universidades de las naciones desarrolladas se entregan a la investigación y a la asistencia de novedosos proyectos con las empresas en un ambiente postindustrial, nuestras universidades no avanzan por causa de intereses extraños al ámbito universitario. Tal como lo dice Antanas Mockus en el prólogo:

"Tanto la politiquería como el narcotráfico han encontrado en la educación superior un instrumento importante para influir en la sociedad" (3).

 

Esta serie de inquietantes deficiencias no pueden ser la carta de presentación de la universidad colombiana a las puertas del nuevo siglo. Porque la idea que nos hemos formado de la universidad, heredada de las viejas universidades europeas, se nos derrumba como castillo de naipes al tener conocimiento de este destape de su crisis. Así el campus del saber y de la convivencia académica queda reducido a una imagen de engaños e intrigas. Donde las consecuencias del desgreño administrativo deben soportarse durante largos períodos. Porque la estadía efímera de los ministros de educación no garantiza una continuidad de los programas educativos nacionales. Asunto éste de la educación que poca importancia merece a los partidos políticos tradicionales. Por eso los cargos educativos se sortean como una recompensa partidista de segundo orden. Sin una vigilancia constante en el Ministerio de Educación la serie de deficiencias en los establecimientos de educación superior crece sin dolientes. Así ocurre con la tergiversación de la autonomía que ha engendrado una proliferación de programas sin calidad. O la precaria capacidad de las universidades públicas para atender la gran demanda que ha posibilitado la aparición de las llamadas "instituciones garaje". Hasta el fortalecimiento de grupos familiares en las fundaciones universitarias privadas movidos por el afán de enriquecimiento y no por la mística educativa.

Universidades que han surgido con la aparente aprobación del Icfes para después encaminarse por las trochas prohibidas de la estafa y el rendimiento económico. Hay que abrir entonces los ojos cuando queramos educarnos o vincularnos como catedráticos a estas universidades de fachada que se están imponiendo sobre las instituciones tradicionales y respetables. Tal como lo advierte la periodista e investigadora Constanza Cubillos:

"Cuidado. Hay que ir a paso lento. Al pensar en débiles y fuertes, en surgimiento y en desaparición, es inevitable que aparezca en la mente la teoría darwiniana. La precaución es porque hay que pensar dos veces y titubear antes de llegar a creer que esta teoría se puede aplicar a nuestro sistema educativo superior. Todo parece indicar que las débiles de calidad subsisten a la par que las fuertes en excelencia. Las estadísticas así lo demuestran"(4).

 

Pero a grandes males, grandes remedios. Así como la actual globalización de las comunicaciones nos maravilla con las bondades de los programas en universidades de naciones altamente desarrolladas. Donde resalta la calidad de las instalaciones, la modernidad de sus laboratorios de idiomas o las salas de computadores que agilizan el proceso docente y lo envían con orgullo por el ciberespacio. Pero que también resaltan la calidad humana de sus profesores al suministrar la lista de los maestros respaldados por publicaciones meritorias y títulos en escuelas de prestigio. ¿Por qué motivo las universidades colombianas no emprenden ahora mismo un proceso de reingeniería que garantice la calidad académica en este último año que falta para concluir el

siglo?. Ese tiempo malgastado en paros inútiles de las universidades públicas podría dedicarse a la asistencia de seminarios, en intercambios aprovechando las tecnologías contemporáneas, con profesores y rectores de las mejores instituciones de hispanoamérica y del mundo. Vale la pena entonces invertir el orden de las reclamaciones: en primer lugar, poner todo el empeño en la índole de la formación suministrada. Después, el justo reclamo por las reivindicaciones salariales. En ir más allá de la profesionalización y el reduccionismo tecnológico. Para que los profesionales colombianos adquieran conciencia de la importancia de la formación, ética, el alcance de las humanidades y el mérito del pensamiento crítico sobre la información divulgada por los medios de comunicación. Solo así pondríamos a tono nuestras universidades con un mundo en transformación, tal como lo propone el exrector de la Universidad de Salamanca, fundada en el siglo XIII, Julio R. Villanueva:

 

"La Universidad tiene la responsabilidad básica de ofrecer buenas oportunidades de educación y formación que permitan a los estudiantes desarrollar un conocimiento de la sociedad, alcanzar capacidad académica y técnica en determinados campos y acrecentar sus conocimientos" (5).

Así la universidad deja de abarcar en su acostumbrado ejercicio de integración y jerarquización de los conocimientos. Además esta complejidad de las artes y oficios las ha transformado en organizaciones gigantescas, en multiuniversidades donde predomina la preparación profesional con el descuido de la reflexión crítica.

Fortalecimiento del espiritu critico

El mezquino afán profesionalizante ha tergiversado el sentido originario de la universidad. Porque su misión primordial fue en en sus comienzos la de dirigir la unidad de las ciencias. La relación entre los saberes, su jerarquía, el diálogo interdisciplinario entre las distintas facultades ha determinado el tono de la vida académica en las mejores universidades del mundo. Así estas casas de estudio se han convertido en fraternidades y no en la lucha entre facultades como ocurre en nuestro medio. Porque la misión original de la universidad tiene que ver con la totalidad de los profesores y de los estudiantes que se sienten solidarios en la defensa de unos intereses comunes. Una tradición que se remonta hasta la Edad Media cuando bajo el nombre de schola se expresaba la convivencia de los trabajadores materiales e intelectuales. Una relación laboriosa donde se creaban y desarrollaban los oficios y los conocimientos aprovechando la experiencia de los maestros. Como ocurrió en el siglo XII en el nacimiento de la Universidad de Bolonia como reunión de discípulos que buscaron y eligieron a sus propios maestros. De allí esa continuidad histórica en la defensa de los intereses de estas escuelas para enfrentar la competencia ilícita y garantizar a sus miembros el desempeño de los oficios. Aquella formación del trivio y el cuadrivio convive con la libertad de los discípulos para seguir a sus maestros y las exenciones que disfrutaban estudiantes y maestros respecto de impuestos y servicios.

En América Latina el año de 1918 ha quedado en la memoria por motivo del movimiento de la Universidad de Córdoba. Allí se da inicio al cuestionamiento del papel de las universidades en la sociedad. Esta notable experiencia puso de presente varias exigencias: la demanda de libertad de pensamiento y de investigación, el respeto de los valores intelectuales para la elección de los maestros y la provisión adecuada de los medios necesarios para el progreso de la ciencia. Además se puso de presente la vinculación solidaria de toda la sociedad para garantizar la misión universitaria. Las tomas de conciencia posteriores son apenas un eco de aquellas exigencias. Aunque por proximidad temporal ahora destaquemos los movimientos estudiantiles de Mayo del 68 en Francia o los acostumbrados paros de las asociaciones de profesores por causas salariales de nuestros días. Así lo reconoce Jesús Ferro Bayona, rector de la Universidad del Norte:

"A partir de este momento, las universidades se sintieron llamadas a participar en la modernización de las sociedades, lo que condujo finalmente a la formación de una inteligencia crítica que llegó a cuestionar las es tructura políticas y económicas que eran obstáculo a la modernización. Nosotros somos descendientes directos de este movimiento, ya que todavía no hemos logrado definir nuestro verdadero papel en el proceso de modernización, aún en curso" (6).

 

El signo de nuestro tiempo está determinado por la cultura de mercado. El valor de las personas lo asigna la posibilidad de adquirir objetos. El anhelo de felicidad consiste en la subordinación a las consignas de los publicistas. El predominio de los medios audiovisuales ha relegado la tradición de la cultura escrita a un asunto anacrónico. Aunque los libros continúan imprimiéndose y su adquisición hace parte de las necesidades de muchos lo que preocupa es la calidad del contenido. Porque hoy no interesa aquella lectura exigente mediada por la reflexión o las grandes ficciones estructuradas con un lenguaje cuidadoso donde la escogencia de cada palabra era casi una labor de orfebrería como en la obra del novelista francés Gustave Flaubert. Más bien la cultura de masas contemporánea nos impone unos modelos de lectura veloz para hojear las revistas de contenido light, enterarnos del último best seller o atraparnos en las informaciones noticiosas de las grandes cadenas norteamericanas. Así la reflexión y la lectura agónica han sido sustituídas por la información al instante y la lectura masificada de banalidades prohijada por el imperio de la racionalidad productivo-instrumental. Como muy bien lo describe Néstor García Canclini en su análisis de estas contradicciones de la posmodernidad:

"Una de las manifestaciones de este cambio es que las formas argumentativas y críticas de participación ceden su lugar al goce de espectáculos en los medios electrónicos, en los cuales la narración o simple acumulación de anécdotas prevalece sobre el razonamiento de los problemas, y la exhibición fugaz de los acontecimientos sobre su tratamiento estructural y prolongado". (7).

Mientras las universidades de las naciones desarrolladas se entregan a la investigación y a la asistencia de novedosos proyectos con las empresas en un ambiente postindustrial, nuestras universidades no avanzan por causa de intereses extraños al ámbito universitario.

El papel de la universidad tiene que ser fundamental para buscar el sentido que se ha extraviado en esta sociedad de mercado globalizado. No basta con que sus investigadores colaboren con las empresas en la producción de más artefactos. Es preciso que mercancías e instrumentos tengan una adecuación a nuestro medio. Que la formación en valores, en ética y en humanidades conceda a los jóvenes el auténtico discernimiento vital que ahora buscan, muy equivocados, en los paraísos artificiales de las drogas. Frente al desarraigo, la esclavitud por los objetos del mercado y la violencia de los nacionalismos periféricos la universidad debe ofrecer seguridad, opciones espirituales y el espacio adecuado para el ejercicio del diálogo, el pluralismo y la tolerancia. Aunque estos propósitos parecen una utopía en la planificación de nuestras universidades profesionalizantes.

El auge de la racionalidad tecnológica en este final de siglo está caracterizado por una exagerada producción de bienes y un ejercicio menos pleno de la ciudadanía. Así el hombre progresa tecnológicamente pero continúa en un atraso moral. De allí el imperio de la cultura de la pasividad y el irracionalismo. Los videos de Madonna han sustituido la veneración por las grandes obras de la pintura. Americanización, globalización de las imágenes, cultura popular global e imperio de la concepción neoliberal son las fórmulas de nuestro mundo contemporáneo y que se ofrecen como proyecciones hacia la primera mitad del año dos mil. Sin embargo, esta prosperidad aparente y ventajas de las comunicaciones no pueden ocultarnos los riesgos. "El peligro de que se instale en cada uno de nuestros hogares el reino de la fantasía radica en que los individuos dejen de luchar por la creación y se entreguen al espectáculo, abandonen la razón y den paso a la violencia, pongan de lado los valores para acceder a un mundo regido por pasiones", anota Jesús Ferro, rector de la Universidad del Norte (8).

Por eso la misión de la universidad para estos próximos años tiene que ver con la reconquista de la creación, el ejercicio de la razón crítica y la construcción de una ética civil que posibilite la convivencia en nuestras anárquicas ciudades. Además la formación de élites intelectuales permitirá corregir los desvíos de la cultura popular mundial. Así el criterio mercantil decidido por una minoría de tecnólogos se abre a la participación democrática. Pero esta notable misión de la universidad sólo puede realizarse inspirada en el espíritu crítico que le ha sido connatural. Para que invite a los ciudadanos de la sociedad de consumo a tomar conciencia de este hecho fundamental: la transformación tecnológica del mundo es incompleta si no va parela con una transformación del hombre por medio de la alta cultura. Y la universidad ha sido siempre la encargada de la difusión de esta alta cultura, sobre todo en la recuperación de las letras, de la filosofía y el arte.

El nuevo trabajo academico

Esta actualización de la guía del pensamiento crítico en la universidad del inmediato futuro sólo puede tener repercusiones a partir de un proceso docente renovado. Es evidente que la vertiginosa carrera de la tecnología sobre los sistemas sociales desentona con métodos y contenidos de enseñanza rutinarios. Todavía para el hombre de la calle e incluso para muchos directivos, la enseñanza superior ha quedado reducida al antiguo clisé del monólogo del catedrático, a la clase magistral del tablero y la tiza donde los alumnos son seres pasivos. O, por influjo de la racionalidad instrumental, se le da mayor valor a la experimentación en los laboratorios y a la copia de deducciones matemáticas en desmedro de la lectura y la discusión de textos.

Se necesita entonces todo un proceso de renovación docente para que consigamos un "aterrizaje suave de la tecnología", como lo plantea Alvin Toffler. Porque es lamentable el anacronismo de manuales y fotocopias, de modelos educativos, formación de los catedráticos y ayudas didácticas en muchas instituciones. Así ocurre en las facultades de medicina, derecho, administración o contabilidad donde los profesionales por horas dictan sus cátedras preparadas en los momentos libres de sus oficinas, sin calidades pedagógicas y apoyadas en sus amarillentos textos de sus años de estudiantes. La actualización, los seminarios de docencia universitaria, la dinamización de las clases con la ayuda de textos recientes e interesantes, el uso de los computadores, el Internet y las ayudas audiovisuales, las salidas de campo, las conferencias, el contacto con empresas, periódicos o museos permiten cambiar los procedimientos rutinarios por una educación más ingeniosa y de acuerdo con esta época de transformaciones.

Si bien el conocimiento del pasado es requisito para comprender el presente, la educación superior contemporánea no puede reducirse a una mera transmisión de la sabiduría antigua. La renovación en todos los órdenes invita a conocer más bien los esfuerzos de los hombres de los últimos años. Es una cuestión de tiempo y porque en los descubrimientos contemporáneos desemboca el saber del pasado para confirmarse o refutarse. Así ocurre con el conocimiento de las últimas tendencias literarias, la hermenéutica de los más recientes filósofos posmetafísicos o el análisis de un libro de haikús japonés. Además la planificación de la docencia universitaria debe prever la dirección y el ritmo del cambio para estar atenta a las necesidades de la comunidad en la oferta de los programas o en la solución de las múltiples preocupaciones. Así lo sugiere el futurólogo Alvin Toffler:

"Para crear una educación superindustrial, debemos producir, ante todo, imágenes sucesivas y alternativas del futuro, presunciones sobre las clases de trabajos, profesiones y vocaciones; presunciones sobre las formas familiares y sobre las relaciones humanas; sobre las clases de problemas éticos y morales que se plantearán; sobre la tecnología ambiente y sobre las estructuras de organización en que nos veremos envueltos" (9).

 

Este cambio de mentalidad en el trabajo académico debe concederle un nuevo valor a la lectura, la discusión de textos y la pluralidad de concepciones del mundo. Para que la universidad no sea sólo fábrica o politécnico sino el auténtico ámbito de la gestación del saber. Un saber armonioso de las humanidades y de las ciencias aplicadas. Además, porque las profesiones del futuro tienen que ver más con el desempeño del entendimiento. Tal como lo anuncia Toffler: "Las máquinas realizarán, cada vez más, las tareas rutinarias; los hombres, las labores intelectuales y de creación" (10).

La universidad colombiana si quiere ponerse a tono con las revoluciones del siglo XXI debe investigar más -sobre su propia realidad o en sintonía con la globalización aquellos asuntos que interesen a la comunidad académica mundial-, debe repetir menos los viejos catecismos de credos políticos abandonados por la sociedad moderna desde la caída del muro de Berlín en 1989 y, sobre todo, estimular la reflexión crítica de los estudiantes para aumentar la indagación en las ciencias sociales y las humanidades. Sólo así la universidad recuperará su dinamismo para transformar la realidad y logrará proponer los valores que irradien a todos los sectores de la comunidad.

Mas allá de la tecnología

Cuando se comparan los registros de inves tigación entre las diferentes universidades, siempre parecen sobresalir los trabajos de descubrimiento empírico. Así ocurre con las instituciones de educación superior de los Estados Unidos donde la calidad está señalada por el número de Premios Nóbel. Desde 1945 han recibido el 56 por ciento de los premios de física, el 42 por ciento de química y el 60 por ciento de medicina. Es evidente que este trabajo de descubrimiento debe enorgullecer la vida académica porque demuestra el éxito alcanzado después de procesos de pasión y esfuerzo. Además es un trabajo académico de descubrimiento que infunde vitalidad y excitación intelectual a las instituciones.

Pero ha llegado el momento de ir más allá del descubrimiento empírico. La universidad orientada así es herencia de la época industrial y del modelo positivista comteano del siglo XIX. Diseñada como una fábrica donde los estudiantes-obreros se someten a una formación autoritaria que tratan de comprobar en laboratorios y talleres. Más bien la cultura contemporánea basada en la información le abre unas nuevas perspectivas a la universidad del futuro. Para privilegiar los saberes de la interpretación y la discusión. Es una especie de retorno mágico, pero en nuestro siglo de los ordenadores personales, al modelo de la universidad medieval con la aplicación de maestros y discípulos en el comentario de los textos de filósofos, poetas y teólogos. Además se trata de un trabajo académico de integración o pluridisciplinario para garantizar una formación universal. Así se corrige la mezquindad de la especialización cuando el profesional solo conoce los contenidos de su campo. Sin correr el riesgo de caer en el diletantismo se trata de traspasar las barreras entre el descubrimiento empírico, la interpretación y la aplicación práctica de los conocimientos en la vida cotidiana. Esta propuesta no es más que un asunto de comunicación entre colegas tal como lo ilustra la experiencia del antropólogo Clifford Geertz en la Universidad de Princeton:

"Investigaciones filosóficas que parecen crítica literaria (piénsese en los escritos de Stanley Cavell sobre Beckett o Thoreau, en los de Sartre sobre Flaubert), discusiones científicas con aspecto de piezas literarias (Lewis Thomas, Loren Eisley), fantasías barrocas presentadas como frías observaciones empíricas(Borges, Barthelme), historias que consisten en ecuaciones y tablas o en testimonios tomados de los tribunales (Fogel y Engerman, Le Roi Ladurie), documentales que se leen como confesiones verdaderas (Mailer), parábolas que hacen las veces de etnografía (Castañeda), tratados teóricos que se emprenden como narraciones de viaje (Lévi-Strauss)" (11).

El auge de la racionalidad tecnológica en este final de siglo está caracterizado por una exagerada producción de bienes y un ejercicio menos pleno de la ciudadanía. Así el hombre progresa tecnológicamente pero continúa en un atraso moral. De allí el imperio de la cultura de la pasividad y el irracionalismo.

Este ejemplo, que no supone un arbitrario colonialismo cultural, ilustra la tendencia académica para el próximo milenio. Donde el modelo de integración permita la apertura de horizontes tanto a las ciencias positivas como a las humanidades. Con este cambio, el paradigma de las disciplinas técnicas le cede su lugar a la filosofía o a la epistemología como reflexión sobre las fronteras de las ciencias. Nuestra universidad colombiana tiene aquí un reto para superar su concepción profesionalizante, girando en el carrusel monotemático del racionalismo instrumental para reconfigurar sus conocimientos con este trabajo académico de integración.

Revolución total del conocimiento

La tendencia del desarrollo de los saberes se orienta hacia una gran sociedad educadora sin barreras. Las redes internacionales de la información permitirán acceder al conocimiento en todos los lugares de la tierra. Los instrumentos portátiles -teléfonos móviles, relojes, agendas,computadores de bolsillo, tarjetas digitales, walkmans- posibilitarán el acceso a bancos de datos, la comunicación instantánea con los especialistas, el contacto con una educación adaptada a las necesidades y caprichos particulares. Se borrarán las fronteras entre la educación y el juego porque el aprendizaje individual en pantallas se asumirá como una distracción virtual más. Pero es el nomadismo de estos instrumentos portátiles lo que señala la diferencia con la educación estática del presente. Este nomadismo tiene sus ventajas en la autonomía de los individuos, en su libertad para no depender demasiado de las instituciones, como lo señala Jacques Attali. Pero también están sus riesgos al tener que subordinarnos a las mercancías:

"Le convertirán en un hombre diferente. Un nómada libre, cubierto de bienes y riquezas. Y, sin embargo, todavía sediento: de saber, de seguridad, de fraternidad" (12).

 

Si la universidad del cercano futuro quiere seguir conservando su posición de liderazgo en el escenario de las sociedades deberá fortalecer aquellas tres virtudes: saber, seguridad y fraternidad. Porque el futuro puede diseñarse a partir del presente es posible invertir los términos para que las visiones apocalíticas se queden en el papel. El deterioro ambiental producto de las imposiciones tecnocráticas, el trastorno de valores, la sobrepoblación pueden transformarse con la capacidad crítica y el aporte universitario de una educación con dimensiones menos pragmáticas. Ello será posible en una universidad que de manera astuta se aproveche de las ventajas de la globalización del conocimiento para hacer presencia simultánea en todas partes. Tal es el proyecto, por ejemplo, de una nueva red de Internet académica en EEUU. Para que la auténtica cultura se imponga al escapismo de los medios. Surgiendo así una dirección del conocimiento que no tiene porqué estar subordinada a la ley del dinero porque vuela más alto que los objetivos de la utilidad y el pragmatismo.

La universidad colombiana no puede ser ajena a estas responsabilidades si quiere mostrar una cara fresca en el complejo amanecer del próximo milenio. Para ello debe fortalecerse con unas políticas de acreditación dirigidas hacia la excelencia. Donde la biblioteca sea el recinto de libros y computadores que impulse la investigación y el saber. Permitiendo así la actualización de los conocimientos de los profesores. Quienes deben ser remunerados en el mismo escalafón de los más altos funcionarios del Estado. Una vez cumplidas con responsabilidad sus tareas de búsqueda del saber y no de adoctrinamiento político. Porque su misión consiste en asegurar el rumbo de la sociedad. Al construir el mundo del futuro con su entrega a una conciencia reflexiva, rediseñando los estilos de vida de los alumnos y sometiendo el avaro orden mercantil de la sociedad de consumo a unas dimensiones de significación más plena. Sólo así ese recinto del saber que tradicionalmente ha sido la universidad puede colaborar con el auténtico progreso según el concepto de Aleksandr Solzhenitsyn:

"Unicamente puede haber un verdadero progreso: la suma total del progreso espiritual de cada individuo, del grado de auto-perfección en el curso de su vida"(13).

NOTAS

(1) MONDOLFO, Rodolfo. Universidad: pasado y presente. Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires: 1966, p.

(2) CUBILLOS, Constanza. Saldo Rojo: Crisis en la educación superior. Planeta, Bogotá: 1998, 446 p.

(3) Ibid. p. 7.

(4) Ibid. p. 105.

(5) VILLANUEVA, Julio. La universidad en un mundo en cambio. En: Los domingos de ABC-Suplemento Semanal. Madrid: abril 8 de 1979, p. 20.

(6) FERRO, Jesús. Visión de la universidad ante el siglo XXI. Ediciones Uninorte, Barranquilla: 1996, p. 45.

(7) GARCIA Canclini, Nestor. Consumidores y ciudadanos: Conflictos multiculturales de la globalización. Grijalbo, México: 1995, p. 25.

(8) Op. cit. p. 28.

(9) TOFFLER, Alvin. El "Shock" del futuro. Plaza&Janes, Barcelona: 1973, p. 422.

(10) Ibid., p. 421.

(11) GEERTZ, Clifford. Blurred Genres: The Refiguration of Social Thought. En: Ernest L. Boyer, Una propuesta para la educación superior del futuro. FCE, México: 1997, p. 41.

(12) ATTALI, Jacques. Milenio. Seix Barral, Barcelona: 1991, p. 67.

(13) SOLZHENITSYN, Aleksandr. Reflexiones en la víspera del siglo veintiuno. En: Fin de siglo: Grandes pensadores hacen reflexiones sobre nuestro tiempo. McGraw-Hill, México: 1996, p. 15.


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