La
pereiranidad o el tejido de las identidadesFernando Maldonado
Delgado
Se sostiene
la tesis de que la pereiranidad, entendida
como identidad cultural homogénea de los
pereiranos, es un proyecto fracasado, pues
ella es un tejido de múltiples identidades,
es decir, de múltiples pereiranidades.
La búsqueda de
la Pereiranidad pregunta por la identidad
cultural de los pereiranos, entendida de alguna
manera como homogénea, al participar éstos de
los imaginarios colectivos, fruto de los
contextos compartidos; que dé cuenta, además,
de un proyecto común de ciudad, una ciudad
unitaria y compacta donde todos vivamos la
utopía de unas formas comunes de pensar y
actuar.
Sin embargo,
este modelo de identidad es sólo la expresión
del deseo de los grupos dominantes hegemónicos
que han pretendido imponer su particular visión
del mundo al resto de conciudadanos.
Este proyecto
homogeneizador no es nuevo en nuestra historia.
No olvidemos que la conquista española, o mejor,
castellana ya que los españoles tienen
dificultades para sostener su unidad nacional, no
logró consolidar una identidad en los nuevos
territorios de ultramar, a pesar del casi
exterminio de la población indígena.
También
fracasó dicho proyecto en la colonia, cuando se
cruzaron las raíces de los blancos europeos y
criollos, con las de los indígenas, de los
negros, de los mestizos, de los zambos y de los
mulatos, cada uno con su propio proyecto de vida,
a pesar de escuchar en comunidad la voz del
soberano en el lugar sagrado de la plaza
principal.
Tampoco Bolívar
y la república lograron consolidar la identidad
nacional y con dificultades establecieron una
precaria unidad nacional, reconociendo que
formamos una nación de regiones, la cual los
políticos han fragmentado en profundidad, al
convencernos de que liberales, conservadores y
otros no cabemos en la misma patria, como lo
señala el profesor Fabio Zambrano Pantoja.
Así pues
formamos una sociedad heterogénea, con distintas
formas de relacionarnos entre nosotros y con el
entorno, es decir, con distintos proyectos
culturales y de alguna manera, con varias raíces
étnicas en el comienzo de nuestra nacionalidad,
variedad étnica que constituye nuestra mayor
riqueza.
Esta
heterogeneidad étnica es irrenunciable, pues se
halla definida básicamente por la herencia, por
la vida misma; porque no se escoge ser negro,
mestizo o indígena. Ella es la que estuvo
presente en el acto fundacional de nuestra
ciudad, cuando el padre Cañarte con su ritual,
separó lo sagrado de lo profano y las familias
de notables decidieron qué porción de esta
nueva villa, la Perla del Otún, iba a ocupar
cada ciudadano con su familia, profundizando aún
mas la asimetría entre los diversos grupos que
pactaron construir esta ciudad.
Si bien es
cierto que esta nueva comunidad, a pesar de sus
diferencias, acometió el proyecto colectivo de
crear la nueva urbe, no logró constituir una
polis, en los términos descritos por María
Teresa Uribe de ejercicio de la ciudadanía,
porque sobre la heterogeneidad se impuso un
proyecto hegemónico que escogió a los
ciudadanos notables y al resto lo marginó no
sólo de la adminis tración de la nueva
municipalidad, sino del propio centro geográfico
de ella, al asignarle los terrenos inestables de
las orillas del río tutelar, el Otún, desde
donde estos ciudadanos de segunda, escindidos,
debían subir al centro, a la cima de la planicie
sobre la que se asienta el hoy llamado centro
histórico.
Dicho subir no
era entendido sólo literalmente, sino también
de manera simbólica, pues era en la cima donde
se podría tomar el centro, mostrarse como
ciudadano mas allá de las formas
jurídico-políticas, es decir, construir ciudad,
aunque no ejercer plenamente la ciudadanía en la
democracia representativa que sólo contaba con
su voto. Aquí la ciudad se reconoció
asimétrica, se fragmentó.
En favor de la
discusión podría aceptarse que esta aparente
unidad cultural, fruto del control a la
heterogeneidad dentro de los parámetros
establecidos por la hegemonía, se prolongó
hasta la segunda mitad de este siglo,
compartiendo contextos y negociando imaginarios y
formas de apropiación y construcción del
territorio, aunque no puede soslayarse el paso de
María Cano, la flor del trabajo, y de Ignacio
Torres Giraldo quienes apoyaron la organización
popular en la reivindicación de los derechos de
los trabajadores y mostraron con ello que la
supuesta unidad ciudadana no era monolítica.
En las grandes
gestas de la primera mitad de este siglo se
construyeron proyectos comunes que lograron el
concurso de todos los pereiranos: El hospital, el
aeropuerto, y más tarde la villa olímpica, que
bien nos valieron el apellido de Ciudad Cívica,
superpuesto al ya establecido de Perla del Otún.
La fábrica
cambió los ritmos de vida y los horarios de
trabajo rompieron la noche en una ciudad que
insertada en el modelo de desarrollo fordista,
apropió el Estado benefactor, el cual aprovechó
los excedentes cafeteros para crear la
infraestructura que fa cilitara hacer de nuestra
ciudad y de nuestra región, el paradigma del
bienestar.
También
compartimos la bohemia, los versos y los bambucos
de Luis Carlos González en El Páramo y
exaltamos al nivel simbólico la gallardía de
las mujeres pereiranas, incorporando ahora el
nuevo apellido: Querendona, trasnochadora y
morena, la forma mas extendida de nombrar a
nuestra ciudad.
De estas maneras
de nombrar la ciudad, la ancestral, la Perla del
Otún, prácticamente ya no abre el baúl de los
recuerdos ciudadanos. Persisten sí, la Ciudad
sin puertas, Donde no hay forasteros y la
Querendona, trasnochadora y morena, como mejor
reconocen la ciudad los propios y los
extranjeros. Es decir, aquí se evoca la mujer y
los atributos de la feminidad como la amabilidad,
la acogedora bienvenida al nuevo pereirano que
ahora simbolizamos en esa forma ahuecada,
definitivamente femenina del Viaducto que le abre
la ciudad al viajero.
La Querendona
trasnochadora y morena también es la metáfora
del encuentro nocturno, de la integración de
hombres y mujeres con la otredad, de las
transacciones interpersonales en la taberna, en
la discoteca y en todas esas reconstrucciones de
los antiguos cafés y cantinas de corte masculino
de los cuales se excluía a la mujer o se le
enmascaraba como "copera".
También le
rendimos culto a la mujer, a su gallardía y
espíritu emprendedor, a su solidaridad de
compañera incuestionable en todo proyecto
difícil, aún en el más difícil: la
responsabilidad de levantar a una familia. Por
ello rechazamos tajantemente la idea de que las
pereiranas son "mujeres fáciles"
referida a su sexualidad y reconocemos la
autonomía afectiva de nuestras compañeras,
siendo este aspecto también un proyecto cultural
colectivo en el que nos identificamos con la
pereiranidad y lo cantamos en nuestro himno:
"Vivo orgullosa de mis mujeres y de mis
flores que hermanas son".
Estos son los
rasgos sobresalientes que hoy los adultos mayores
reconocemos como la expresión de la
pereiranidad, asentada sobre los antiguos valores
y el civismo que cada pereirano interpretaba
distinto pero que no discutía en aras de la
aparente unidad, de la identidad que celebramos
en cada aniversario en las Fiestas de la Cosecha,
cuando escenificábamos con nostalgia la vida del
arriero, justamente lo que ya no somos, como lo
refiere Manuel Delgado.
La violencia
expulsó a los campesinos de sus fincas y esta
ciudad próspera los atrajo en grandes oleadas
migratorias, de las que dan cuenta las múltiples
tomas de tierras para extender los límites de la
urbe, tomas "ilegales" que fueron
encabezadas por políticos de la izquierda y del
establecimiento, que dejaron al descubierto la
lucha por la construcción de ciudadanía que se
movía debajo de la aparente tranquilidad de la
pereiranidad.
Los nuevos
inmigrantes negociaron con nosotros su idea de
ciudad, una ciudad diferente de la que pudimos
ofrecerles, pues en sus imaginarios cargaban la
nostalgia de sus hogares abandonados y las
ilusiones de una nueva vida en la urbe signada
por la fábrica, con sus tiempos y sus demandas
de tecnología a campesinos que escasamente
leían, escribían y practicaban los rudimentos
matemáticos para vender el café de la cosecha,
pagar los créditos y comenzar el nuevo ciclo.
Esta
heterogeneidad étnica es irrenunciable, pues
se halla definida básicamente por la
herencia, por la vida misma; porque no se
escoge ser negro, mestizo o indígena.
Campesinos y
aldeanos que vivían en la premodernidad llegaron
a la ciudad practicante del modernismo, aunque
sin modernidad, enriqueciendo nuestra
heterogeneidad con otros proyectos culturales que
bien se expresaron en la toma de las calles y de
la plaza principal, el parque de Bolívar, el que
hoy muestra con sus mangos y su piso duro la
simbiosis aldea-ciudad y que todos los días los
ciudadanos de los estratos bajos se toman para
ejercer su ciudadanía no sólo simbólica, como
toma del poder del que son excluídos, sino
también física en las estrategias del rebusque
y el comercio informal, acto que les vale la
estigmatización de las hegemonías tradicionales
que en sus periódicos reclaman la expulsión de
estos indeseables de la plaza, la sala de la
ciudad, y de las calles céntricas que
congestionan con su presencia impidiendo el paso
de los automóviles de aquellos ciudadanos que
sólo ven la ciudad desde lejos y que hacen de la
intolerancia su conducta mas frecuente.
María Teresa
Uribe se pregunta en su ponencia cómo será la
comunicación entre estos fragmentos de la urbe
que ha logrado la modernización, y con ello ha
hecho pobladores urbanos, pero que no ha podido
construir la polis, aquella que crea la
participación ciudadana formulada en nuestra
constitución política y que justamente se
ejerce en el planeamiento y en la dirección de
la ciudad, que se escenifica en el uso y defensa
del espacio público, de la calle para todos,
donde se hacen visibles los contrastes, los
conflictos, las tensiones, en fin, los diversos
proyectos de ciudad que corresponden a nuestra
heterogeneidad, la cual implica el reconocimiento
del otro, de la alteridad, de la tolerancia para
convivir con el vendedor ambulante y con el
travestí.
Este proceso de
hibridación cultural es la ciudad, con
múltiples movimientos simultáneos y no
necesariamente concurrentes, con múltiples
identidades, muchas de ellas no reflexionadas,
sólo vividas, pues se nace mestizo o indígena o
negro, cuyo ethos se afianza en la negociación
cultural, en la construcción de proyectos
compartidos y también complementarios, es decir,
con la participación ciudadana, con la
construcción de la polis.
En el reciente
trabajo de ciudad y comunicación se resalta que
los ciudadanos con el uso que hacemos de la urbe,
la descentramos, abandonando muchos sitios por el
desuso, creando una ciudad policentrada,
recomponiendo el mapa con los desplazamientos,
con nuevos núcleos urbanos en la periferia, con
conjuntos cerrados que renuncian a lo público y
centros comerciales conectados por avenidas
rápidas que muestran la imagen fugaz del paisaje
urbano desde la lejanía del automóvil,
fragmentando aún más lo fragmentado, con
múltiples croquis que no se corresponden con el
mapa oficial de la ciudad.
Esta nueva
ciudad es apropiada de manera diferente por los
ciudadanos de los distintos estratos, géneros y
grupos de edad, pues mientras los estratos bajos
la recorren a diario, se recrean en ella y en
ella buscan su sustento, es decir, la usan a
diario, los estratos altos, en contraste, no la
usan, viven en su periferia, se recrean en las
fincas o en los clubes privados; aunque los
ciudadanos de este estrato descendientes del
sector tradicional aún tienen el recuerdo de sus
mayores, ya que el sector alto no tradicional, de
Pinares y de Corales, no tiene arraigos
pereiranos en su memoria.
El estrato
medio, dadas las características de planeación
de su hábitat inmediato, suple la mayoría de
sus necesidades en su propio sector: allí usa la
iglesia, el parque, el supermercado y los
planteles educativos, es decir, usa un fragmento
de ciudad y desde él ve e imagina la totalidad,
la urbe, lógicamente fragmentada.
Los jóvenes que
comparten con los otros jóvenes del resto del
mundo su gusto por la Cocacola y las comidas
rápidas, los vídeo juegos y el zapping,
participan de la cultura de la globalización,
usan la ciudad a su manera y la desean con
edificios más altos y avenidas más rápidas,
pues como hijos de su época, viven el paradigma
informacional y tienen otra idea de la
pereiranidad.
Llama la
atención que la casa, el espacio privado, es el
sitio más seguro que reconocemos los pereiranos,
con ello renunciamos a la construcción de
ciudadanía, de la polis y nos constreñimos en
el espacio más íntimo, con espectáculos
domiciliarios como el vídeo, lo que unido al
modelo de Estado neoliberal, individualista, con
salud, educación y servicios públicos
autocosteables, contratos laborales asimétricos
y afirmación del individuo, hará de Pereira una
ciudad de autistas que en masa fluyan por las
avenidas rápidas, borrando definitivamente la
añorada pereiranidad.
El área
metropolitana, una estrategia de ordenamiento del
territorio que obedece a un nuevo modelo
económico de consumo, extiende el mapa urbano
con La Virginia, una ciudad sin población rural,
y Dosquebradas, el alter de Pereira, la ciudad
industrial con otros ritmos de vida, complicando
más el proyecto hegemónico de identidad.
Los pereiranos
asumimos el civismo como amabilidad y
solidaridad. La participación ciudadana desde
las formas jurídico políticas es precaria, al
persistir el modelo de democracia representativa,
el individualismo de muchos ciudadanos y el
hegemonismo de los grupos políticos que
alineados en los partidos tradicionales se
reparten milimétricamente el poder en atención
al número de votos. Claro que a este concepto de
participación ciudadana se oponen las otras
formas de construir ciudadanía: la acción
comunitaria en la autoconstrucción de viviendas,
el uso y la evocación de la ciudad, que son más
vitales.
Este panorama
nos da la idea de la movilidad del territorio que
como espacio recorrido y nombrado, es decir,
semantizado, es construído y reconstruído con
los diferentes usos y también con las
evocaciones, aquéllas imágenes de la ciudad
conocida, añorada y deseada. Si bien los usos
nos fragmentan la ciudad, es en el espacio de las
evocaciones cruzadas donde los ciudadanos
integramos la ciudad con nuestras redes
simbólicas.
Si la identidad
se construye en la apropiación y semantización
del territorio, con espacios compartidos y
proyectos culturales comunes, es claro que en
Pereira no tenemos una identidad, una
pereiranidad, pero en cambio somos inmensamente
ricos con múltiples identidades, con nuestros
múltiples proyectos culturales, los cuales,
aunque no coinciden, podemos superponerlos para
tejer la ciudad. No en vano en el trabajo de
Ciudad y comunicación referido, todos los
pereiranos en los distintos estratos, géneros y
grupos de edad, soñamos una Pereira más amable,
más acogedora, con empleo para todos, más
segura, con mejor calidad de vida para todos.
Esto nos lleva a
concluir que vale la pena negociar los proyectos
de ciudad no concurrentes, complementarios; y
crear muchos espacios de encuentro ciudadano como
las tomas artísticas del centro histórico y su
Plaza de Bolívar, "que es de todos",
así como de los parques y demás espacios
públicos, donde escenifiquemos nuestras
identidades y nos reconozcamos como distintos,
diferentes, aunque parecidos; y podamos decir que
la pereiranidad es un tejido de muchas
pereiranidades; al fin y al cabo, la unidad de la
diferencia es la primera ley de la dialéctica.
BIBLIOGRAFIA
ZAMBRANO P,
Fabio. Cultura e identidad nacional, una
mirada desde la historia.En: Revista
Nómadas No.1, p.59-67. Santafé de Bogotá.
U. Central.
ELIADE, Mircea. Lo
Sagrado y lo profano 9º. Edición. Hamburgo
S.A. 1996, p.58.
URIBE, María
Teresa. De la urbe a la polis: La
construcción de ciudadanía. En: Memorias
del seminario Comunicación y ciudad.
Medellín, Junio 15 al 17 de 1995. Pontificia
Universidad Bolivariana.
Es interesante
hacer una lectura de la fotografía del Viaducto
que ilustra el libro Imaginario Femenino y
ciudad, editado por la Universidad Tecnológica
de Pereira.
DELGADO, Manuel.
La identidad de los inmigrantes: Etnicidad y
usos simbólicos del espacio urbano. En: Fundación
Habitat Colombia. Producción, uso y consumo de
la ciudad. Santafé de Bogotá: Guadalupe
Ltda. 1996. P, 123.
VÁSQUEZ, Teresa
y MALDONADO, Fernando. Pereira,: La aldea en
la ciudad o viceversa? En: Revista de
Ciencias Humanas No. 15, 1998. Pereira. UTP.
URIBE, María
Teresa. Op. Cit.
En el Diario del
Otún se editorializó contra estos grupos de
ciudadanos que tienen derecho a ejercer su
sexualidad como crean que debe ser; además, es
continua la satanización de los vendedores
ambulantes en un momento que la economía y los
desplazamientos por la guerra no dejan otra
alternativa a estos ciudadanos que también
tienen derecho a realizar su proyecto de vida en
la ciudad que nos ayudan a construir.
BEDOYA, Olga
Lucía y otros. Imaginario femenino y ciudad.
Editorial Tercer mundo - Universidad Tecnológica
de Pereira. 1999.
Croquis y Mapa
son conceptos tomados de Armando Silva T.
Imaginarios Urbanos. Tercer Mundo Editores.
Santafé de Bogotá.
BEDOYA, Olga.
Imaginario Femenino y Ciudad. Op. Cit.
La ciudad ahora
celebra un interesante programa: "La plaza
no es de Bolívar, es de todos" con tomas
artísticas de ella.
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