El gesto
romántico del modernismo : La
figura cenital de Rubén DaríoWilliam Marín Ospina
El
denominado romanticismo hispanoamericano
hunde sus raíces históricas en el
movimiento social y político liderado por
los intelectuales de la independencia.
Durante el siglo XIX, la poesía empieza a
consolidarse como la expresión del carácter
de una época signada por las convulsiones
sociales. Sus temas serán entonces los
hechos gloriosos de la independencia, el
canto a la naturaleza, el tono pedagógico y
doctrinario; un proyecto estético fundado en
el culto a las formas neoclásicas. El
presente artículo intenta dibujar un camino
de encuentro con la palabra vital: el gesto
romántico del denominado movimiento
modernista que viene a inaugurar en el
contexto hispanoamericano nuestro verdadero
romanticismo.
El
romanticismo hispanoamericano frente a la
corriente romántica europea
El
modernismo fue la respuesta al positivismo,
la crítica de la sensibilidad y el corazón
-también de los nervios- al empirismo y el
cientismo positivista. En este sentido su
función histórica fue semejante a la de la
reacción romántica en el alba del siglo
XIX. El modernismo fue nuestro verdadero
romanticismo, y, como en el caso del
simbolismo francés, su versión no fue una
repetición, sino una metáfora: otro
romanticismo.
OCTAVIO
PAZ
Los
hijos del Limo/Vuelta
El poeta
mexicano Octavio Paz había señalado en su libro
Los hijos del Limo, a propósito del
romanticismo europeo, que «fue un movimiento
literario pero así mismo fue una moral, una
erótica y una política. Si no fue una religión
fue algo más que una estética y una filosofía:
una manera de pensar, sentir, enamorarse,
combatir, viajar. Una manera de vivir y una
manera de morir» (1). Paz realiza así una
radiografía del romanticismo que había nacido
simultáneamente en Inglaterra y Alemania,
movimiento de una gran originalidad poética y
profundamente crítico. Su revolución poética
inaugura una tradición que se extiende hasta
hoy, y que conociéramos fundamentalmente a
través de las letras finiseculares de los
modernistas que constituyen la conciencia lúcida
de la época: su gesto romántico, es el gesto de
rebeldía crítica de una generación frente a la
sociedad que le correspondió vivir. Y su
revolución tenía que liderarse desde la
estética, desde su defensa de la autonomía
poética ante el mundo burgués: el mundo del
vacío espiritual.
Rafael
Gutiérrez Girardot sitúa lúcidamente las
letras de fin de siglo en el contexto europeo que
constituye su referente obligado, especialmente
en el romanticismo inglés y alemán. «Desde
Heins hasta Valle Inclán es su actitud frente a
la sociedad: reaccionan contra ella, contra sus
presiones, contra su moral, contra sus valores
antipoéticos, y lo hacen de manera obstinada, es
decir, subrayando enérgicamente el valor de lo
que esta sociedad ha rebajado de diversas
maneras: el arte, el artista»(2). Es el gesto romántico de
José Fernández en De sobremesa de Silva,
es la actitud heroica del poeta frente al
despotismo del poder soberano en El rey
burgués de Darío. La crítica a los valores
burgueses, que son los de los intereses
particulares, los del lujo, los del dinero. En
este sistema de valores, producto de la sociedad
burguesa, en esta «prosa del mundo» (Hegel), la
de los intereses egoístas y utilitarios, el
hombre, el artista no puede expresar su
esencialidad, su totalidad sustancial. ¿Cuál
sería, entonces, la razón de ser de la
presencia del poeta? En El rey bur gués
hay una tácita burla de la sociedad a la figura
del poeta, y también en el fondo mucho de
indiferencia. «Y cuando cayó la nieve se
olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los
pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al
aire glacial que le mordía las carnes y le
azotaba el rostro» (3). El poeta es así el ser lúcido
ante la sociedad civil que surge de las ideas
ilustradas de la Revolución Francesa, y al
comprender la situación del hombre en esa
sociedad de valores antipoéticos, asume un papel
de crítico de su dinámica, desde su revolución
con el lenguaje poético. Ante sus ojos aparece
la sociedad de la liquidación del orden feudal,
la de los ciudadanos. Una sociedad legalizada con
base en el código napoleónico y la difusión
del utilitarismo de Bentham.
Paz señala en
su libro que el ideal romántico europeo fue la
fusión entre el arte y la vida, el diálogo
entre prosa y poesía; al idealizar la prosa se
renueva el lenguaje poético, determinando el
carácter de una nueva transgresión: la prosa
poética, que en gran parte de los poetas se
confunde con una actitud vital. La experiencia
poética es la experiencia de la vida. Se pierden
así las fronteras entre poesía y prosa. En
Novalis, el verso y la prosa tienen plena
autonomía, lo que no ocurre en Hölderlin, por
ejemplo, donde el pensamiento se traduce en
imágenes sensibles. La visión profética en
Blake es impensable sin la imagen poética. El
poema al decir de Paz es un objeto hecho de
palabras, pero como objeto creado por el hombre
-como realidad verbal- también es
autoconsciencia, autocreación, el poeta se
autocrea. La estética neoclásica había trazado
una división entre vida y arte. El movimiento
romántico que se extiende por toda Europa, funde
la vida y el arte, es su ideal estético y al
mismo tiempo una ruptura con la estética
anterior. La vida adquiere resonancias en la obra
de arte: todo se corresponde porque todo rima en
el universo. Así, surge la experiencia del yo
del poeta como expresión del ritmo del universo.
La analogía
tiene en el romanticismo europeo su dimensión
erótica: la unión de los cuerpos y las almas.
La atracción erótica rompe las reglas de las
jerarquías sociales. La analogía ofrece un
orden del mundo fundado en la armonía, opuesto a
la coerción de un poder omnímodo. En este
sentido, lo que conduce a la revolución, es la
construcción de una sociedad sin clases: la
tradición ocultista de los siglos XVII y XVIII
se mezcla con movimientos de crítica social y
revolucionaria. Se oscila entonces del misticismo
erótico a la idea de una sociedad movida por el
deseo:
En
Francia hubo una literatura romántica -un
estilo, una ideología, unos gestos
románticos- pero no hubo realmente un
espíritu romántico sino hasta la segunda
mitad del siglo XIX. Ese movimiento, además,
fue una rebelión contra la tradición
poética francesa desde el Renacimiento,
contra su estética, tanto como contra su
prosodia, mientras que los romanticismos
inglés y alemán fueron un redescubrimiento
(o una invención de las tradiciones
poéticas nacionales (4).
El romanticismo
español fue de un tono patriótico,
declamatorio, sentimental, una imitación de los
modelos franceses pero sin el yo en su
correspondencia rítmica con el universo, sin la
analogía ni la ironía, sin la economía de su
lenguaje, sin las ideas. Habría que mencionar,
sin embargo, a Bécquer y a Rosalía de Castro
como sus figuras más destacadas. El romanticismo
hispanoamericano fue un romanticismo a imitación
del europeo pero ante todo del romanticismo
francés y español. Pero fue aún más pobre que
el español porque la Revolución de
Independencia terminaría por afectar el tono y
el aliento de la poesía hispanoamericana. Una
revolución inspirada en dos arquetipos de la
modernidad: la Revolución Francesa y la
Revolución de los Estados Unidos. Nuestra
revolución fracasa; fracasa un programa de
libertad e igualdad que había inspirado los
ideales de la revolución burguesa francesa.
El romanticismo
fue una reacción contra el racionalismo del
siglo XVIII, contra los valores de la
ilustración. Los siglos XVI y XVII constituyen
una profunda crisis de la conciencia europea;
crisis que expresa el advenimiento del
capitalismo y, en consecuencia, de la modernidad,
del imperio absoluto de la razón, del
individualismo y la progresiva enajenación del
hombre, que se consolidarán en el siglo XVIII:
el problema de la libertad del hombre. Esta
reacción del movimiento romántico, trajo
consigo una nueva sensibilidad y una nueva
visión del mundo, estableciendo así una ruptura
con el pasado, con la estética grecolatina.
El
modernismo hispanoamericano
Con la
Revolución de Independencia que culmina con la
separación de la tradición española hacia la
primera mitad del siglo XIX, se inaugura un
movimiento de crítica, de acción política,
ante la corrupción de las nacientes repúblicas.
Hacia la segunda mitad del siglo XIX los
intelectuales abrazan la filosofía de Auguste
Comte y Herbert Spencer, arquetipos de la ciencia
y el progreso. El positivismo en América Latina
no fue la ideología de una burguesía liberal
interesada en el progreso, sino de una
oligarquía de grandes terratenientes.
Hacia 1880 surge
el modernismo hispanoamericano, un movimiento que
al decir de Don Federico de Onís constituyó la
crisis universal de las letras y del espíritu
(la forma hispánica de esa crisis). Nos dice
Paz:
El
modernismo hispanoamericano es, hasta cierto
punto, un equivalente del parnaso y del
simbolismo francés, de modo que nada tiene
que ver con lo que en lengua inglesa se llama
Modernism. Este último designa a los
movimientos literarios y artísticos que se
inician en la segunda década del siglo XX;
el Modernism de los críticos norteamericanos
e ingleses no es sino lo que en Francia y en
los países hispanoamericanos se llama
Vanguardia (5).
El modernismo
fue entonces la respuesta al positivismo como lo
señala Paz en el epígrafe de este ensayo, pero
el positivismo entendido no como un método
científico, sino como una ideología. La
reacción del modernismo fue de una nueva
sensibilidad e imaginación ante la visión fría
de la realidad que el positivismo postulaba.
Como un
auténtico movimiento poético el modernismo se
inicia como una adaptación de la poesía
francesa en nuestra lengua, y se inicia antes en
Hispanoamérica que en España. ¿Por qué? La
razón fundamental de este hecho la determinaría
el marco de la Independencia y el positivismo que
afectaron el sistema de creencias de los
intelectuales hispanoamericanos. Así se
cristaliza un movimiento contra el vacío
espiritual de la época. Es comprensible entonces
que el poeta modernista se sintiera atraído por
la poesía francesa, su sensibilidad, su
estética.
El
afrancesamiento de los modernistas se derivó de
su cosmopolitismo. París fue el centro de una
estética, su estética. Este cosmopolitismo les
permitió a los intelectuales hispanoamericanos
conocer otras literaturas, y así mismo volver
los ojos sobre la identidad americana al
revalorar el pasado indígena. Esta actitud
constituye una crítica a la modernidad y al
«progreso» que empieza a tejerse en la sociedad
de fines de siglo. La experiencia del
Imperialismo que entonces empezaba a acosar al
poeta modernista (intervenciones de Estados
Unidos en América Latina, conflicto de visiones
del mundo), se traduce en la recuperación del
mundo hispánico.
La figura
cenital de Rubén Darío
Entre 1880 y
1890, casi sin conocerse entre ellos,
dispersos en todo el continente -La Habana,
Méjico, Bogotá, Santiago de Chile, Buenos
Aires, Nueva York-, un puñado de muchachos
inicia el gran cambio. El centro de esa
dispersión fue Rubén Darío: agente de
enlace, portavoz y animador del movimiento.
Desde 1888 Darío usa la palabra modernismo
para designar a las nuevas tendencias.
Modernismo: el mito de la modernidad o, más
bien, su espejismo. ¿Qué es ser moderno? Es
salir de su casa, su patria, su lengua, en
busca de algo indefinible e inalcanzable pues
se confunde con el cambio» (6).
El amor al lujo
y al objeto inútil es una sincera crítica al
sistema burgués, que resume el mundo que les
tocó vivir a los poetas hispanoamericanos de
fines de siglo. En Europa se criticaba la
industria (Rimbaud), la idea de progreso como
algo grotesco (Baudelaire). El hispanoamericano
de entonces no tenía la experiencia de la
modernidad, porque nuestras naciones no eran
modernas, no era su realidad la industria, la
democracia y la burguesía, pero sí las
oligarquías feudales y el militarismo. Este fue
el marco en que escribió Darío. Y este fue el
signo de las letras de fin de siglo: «Los
presidentes latinoamericanos de fin de siglo:
jeques sangrientos con una corte de poetas
hambreados»(7).
El rey
burgués, símbolo de una época
Por un período
que cubre de 1880 a 1920 fue cultivado el cuento
por los modernistas. Fue el punto de vista de una
estética, un lenguaje que expresa una renovada
sensibilidad, una reacción contra el
romanticismo, el realismo y el naturalismo. Su
énfasis es la expresión de la sensibilidad
artística, tanto desde el punto de vista de su
temática, como del estilo.
En su afán
de crear el arte por el arte, los modernistas
rechazaron las historias sentimentales y los
episodios melodramáticos de los románticos;
los cuadros demasiado localizados de los
realistas y los estudios demasiado
«científicos» de los naturalistas. El
héroe modernista era el artista (o
sencillamente el hombre) sensible,
incapacitado por la sociedad burguesa que lo
rodeaba (8).
El rey
burgués se publica en el año de 1887 en el
periódico La Época de Santiago de Chile,
más tarde fue incluido en Azul, libro que
reúne versos y cuentos y que marca un precedente
para la literatura hispanoamericana. Darío se
empeñó en la renovación literaria del idioma
español. Se expresa su mayor innovación en los
cuentos:
«los
cuales alcanzan gran brillantez por su
imaginativa temática, el lenguaje, la forma
y la estructura, marcando así un evidente
contraste con el romanticismo naturalista» (9).
Como José
Fernández (alter ego de Silva en De sobremesa),
aquí el poeta es el núcleo de la acción,
frente al rey burgués que simboliza el poder y
el orden de un mundo sofisticado rodeado de
comodidades, lujo y exotismo. El exotismo se
revela claramente como el recurso estilístico
propio del movimiento modernista (japonerías,
chinerías, objetos de arte, columnas de
alabastro, leones de mármol como los de los
tronos salomónicos, refinamiento). Así mismo,
el tratamiento de la ironía consolida la
estilística modernista (en la pregunta: ¿era
un rey poeta? No, amigo mío: era el rey
burgués). También constituye parte del
escenario creado por el poeta, el mundo clásico:
diosas, musas, ninfas, sátiros.
El rey
burgués es la síntesis de la época;
revelador de las profundas transformaciones en la
estructura social derivadas del positivismo y la
economía, que generan el proceso de urbanismo de
la sociedad hispanoamericana de fines de siglo.
Ya se ha inaugurado un cambio de tono en la
poética: la autonomía poética frente a la
península, independencia frente a los temas
románticos y naturalistas. El poeta es la voz
que se levanta ante la figura del burgués para
criticar un estado de cosas que estructuran el
mundo: las relaciones de poder impuestas por el
mercado económico que es el signo de la época
finisecular. Es la condena al vacío espiritual
de la época:
Un día le
llevaron una rara especie de hombre ante su
trono, donde se hallaba rodeado de
cortesanos, de retóricos y de maestros de
equitación y de baile.
-¿Qué es
eso-? Preguntó
-Señor, es
un poeta
El rey
tenía cisnes en el estanque, canarios,
gorriones, senzontes en la pajarera; un poeta
era algo nuevo y extraño (10).
Los escritores
modernistas se encontraron frente a una realidad
de profundas raíces históricas y tuvieron plena
conciencia de ello. Esto les permitió ensayar y
perfilar una escritura en prosa y en poesía.
Expresaron estéticamente su visión
anticapitalista, artesanal de un lenguaje
convertido en objeto, su rebeldía frente a la
sociedad que condena al artista, que en su
desprecio lo margina.
NOTAS
(1) PAZ,
Octavio. Los hijos del Limo/Vuelta. Oveja
Negra, Bogotá, 1985. p. 54.
(2) GUTIÉRREZ
GIRARDOT, Rafael. Modernismo, supuestos
históricos y culturales. Fondo de Cultura
Económica de Colombia, Bogotá, 1987. p. 26.
(3) Aparece por
primera vez en La Época, con el título Un
cuento alegre. Santiago, 4 de noviembre de
1887. p, 131. Y posteriormente como El rey
burgués, en todas las ediciones de Azul.
(4) PAZ, Op.
Cit., p. 70.
(5) Ibid,
p. 77.
(6) Ibid,
p. 79.
(7) Ibid,
p. 80.
(8) MENTON,
Seymour. El cuento hispanoamericano 1-2.
Fondo de Cultura Económica. México, 1964. p.
165-166.
(9) LONDOÑO
VÉLEZ, Santiago. El cuento hispanoamericano
en el siglo XIX. En: A propósito del
cuento hispanoamericano siglo XIX. Norma,
Bogotá, 1997. p. 21.
(10) DARÍO. Op.
Cit., p. 129.
|