Tierra Revisitada

Carlos Eduardo Peláez Pérez

Este texto pretende sugerir una lectura del poeta Rosamel del Valle. Lectura de la fuente, del lugar donde surge esta poesía plena, exacta, justa. Lectura del espacio donde se resuelve lo poético: palabra entregada al lenguaje, cifra que rescata al ser sumergido en la tiniebla.

I

Del país de adónde o del país de medianoche se extrae al «ser del sueño en que se agita». La expresión debe ser obtenida por una sensibilidad vigorosa regida por «esfuerzo de la inteligencia». Esta dice el contacto lúcido, el golpe rumoroso que habita el mito: el eco del coro que rodea cada palabra, así como la muerte rodea a la vida, la demencia a la razón. El lenguaje expresa, oye el sonido de la caída, la hecatombe del paraíso.

El país de adónde es el semejante del paraíso del lenguaje de Paul Valéry. El ser es lo exhibido por el lenguaje; éste desnuda el ámbito donde el sueño se explaya larvariamente. La experiencia de obtener un decir de lo que enigma se resuelve, es un secreto, un contacto que parte del ver, de una atmósfera exacta de expresión.

Rigor de la sensibilidad; experiencia de lo ocurrido allá, adónde; atmósfera que se expresa en el mito; son las iniciales de la robusta poesía de Rosamel del Valle. Nacido en Santiago de Chile en 1901 bajo el sugerente nombre de Moisés Gutiérrez. Su obra requiere de la poesía para escucharla, perseguirla en su diáfano rumbo. Su palabra lírica penetra la invisibilidad que pare la noche en su morada de soledad, ubicada en las ciudades del cuerpo.

Su discurso se resuelve en la evocación de lo perdido en el oscuro del enigma. La tiniebla es rota por un tirso que halla en su doble la manera de cantar. El doble es Verónica, Orfeo, Absalón. Imágenes, Colossos, que obtinen tiempo, carnalidad, en la luz que el poeta les proyecta cuando despiertan del sueño estrepitoso en que se encuentran. Su poesía revisita los signos y les proporciona el alimento para que renazcan en ese lugar inaccesible, maravilloso, opuesto al flujo ordinario de la vida. Los signos, viejos, vuelven al encuentro enredados en los sueños. Estos son el dentro que lleva el cuerpo. Tener el sueño es celebrar, convidar al tú que es el yo, nombrar el borroso verano del mundo.

Sus poemas son colossos, dobles, signos del reemplazamiento de lo ausente; presencias que abandonan el vacío y ya no huyen, atrapadas caminan por el cielo estrellado, por el cuerpo en trance. Regresan a las metamorfosis, al país que los espera para devenir en granos indescifrables, en objetos que flotan en un mar del todo no visto.

Su poesía es tensión que se halla en el centro mismo del signo religioso. Su función es hacer patente la presencia del contacto real que señala lo ausente, lo perdido en el olvido. La memoria no es instrumento que evoca sino forma de comunicación, un insertar de nuevo lo perdido en el universo humano.

La religación tiene un envés, la medalla con su cara que no se toca. El unir, el atar, es el arduo esperar el golpe; renovar lo ganado por la muerte, por el olvido; restablecer la luz en la tiniebla es el ethos , la conducta que guía el poeta para decir la armonía de la cuerda que espera ser pulsada. Lo que ha bla es el infinito, el ardor del cuerpo clavado en el tiempo.

Volvamos al doble, al trance de nacimiento, de renovación. Las imágenes son religiosas, seres míticos que ganan la presencia en la sacralidad, en la forma de penetrar lo real, lo misterioso. Ellos se encarnan en la palabra y devienen en signos que hablan la existencia robada, alienada por lo diario vivido. Ellos surgen de la noche, de la madre paridora, órfica, de la tieniebla que extiende sus escalinatas para que penetre el que posee el canto, el conjuro de lo malo que vicia y mata el resplandor de la tierra.

Su religiosidad no es sacramental sino iniciática, apegada al ritual de portar el tirso y ver y escuchar lo visto. Es una suerte de heroicidad que desciende al légamo de la existencia y regresa acrecida de signos perplejos que colocan de nuevo la inocencia de la lengua.

Su heroicidad religiosa se encarna en la palabra del desierto. Palabra que desnuda las cosas y dice el mito o el símbolo de forma viva, ruda: lo que se ve. Su máscara es el mismo rostro. Rosamel descendió por Orfeo y lo trajo a los puertos donde sus semejantes se hundían en la incomprensión de la oscuridad. Orfeo fué ascendido en la constante lucha con Euridíce, en sus 670 versos le arranca las raíces a la tiniebla y regresa al aire, a la luz, el movimiento del relámpago, de lo que no está atado. En este poema divido en 10 secciones se coloca el drama de la vida y la muerte; del amor y la vida; del amor y la muerte. La vida se la regresa a los hombres que sufren el discurso en su propio cuerpo. Es una Euridíce terrestre para un terrestre Orfeo. Es para aquellos que cavan en lo oscuro, que son hechizados por cánticos, amantes de las sirenas; que oyen porque no están aplastados por la ciencia,

«Confundidos

De tener ante la vista las cosas selladas...

Avidos de dejarse traspasar y de hundir

negras armas» (parte VII Verso 432).

 

Seguir un poema, una fábula, no solo implica la lectura de signos ahí, además exige una trasformación de lo real. La realidad ampliada, descrita por un nacimiento exhorbitante, colossal.

 

Euridíce fue olvido, muerte en el sueño, regreso libre, guiando las «oscuras naves del alma» , sin entregar nada de lo obtenido « a los soldaddos, a las prisiones, a las damas de la caridad, al ladrón abonado a la ópera». Ella obtuvo una patria en la sangre extraviada, una patria parecida al «lecho y el abrazo». Euridíce fue Luisa, Verónica, aquella del manto milagroso. Los seres devienen en nuevos seres, el doble, el colossos, se yergue en su piedra sin raíces para alentar la vida. Verónica cargó con la luz, sola, en medio de la soldadesca, de la gavilla de hombres entregados al afán, a no festejar las bodas del lino y la luz, del rostro y el amor. Verónica está de nuevo en las ciudades, apartada del dios asesinado, de la gente que vio el calvario; ella transita con el amor sellado en el lino, al lado de los pies enlodados. De aquéllos que acompañan al viajero que pregunta para oír el rumor de la medianoche. El viajero es el que huye de la vida petrificada, el que alza un país en la llama, en las escalas que conducen al mar sumergido.

El universo poético de Rosamel del Valle se apareja en hondo sentido al cantar de Cesar Vallejo. El hombre es el centro donde convergen los seres de la noche, los sueños perdidos, los laberintos. Se juega la respiración de la palabra por una ventana que deje entrar un aire más puro, más cargado de los temblores del hombre ante los signos que lo acechan .

El camino hacia el primer día, al día de la visión del aroma terrestre, se hace por la noche y su vasto rumor de celebraciones y signos. Se oye el ruido de la arena , los pasos en un tiempo eterno, no del pasado que es muerte, sino de la luz que regresa al ser de la tiniebla.

Restituír, zurcir lo roto por los ojos alienados; reclamar el pan robado de los que callan por no tener lengua; hacer un dios solo, acompañante de la huída y del regreso; amar en la mujer más que el cuerpo la vida; la vida siempre, como un celebrante del sol, del magnificat del agua y el fuego. Fué lo hecho en poesía, en vigilias, en preguntas que son la propia respuesta. El destino alzado por este poeta de América llevó la lengua hasta la terribilidad de lo que no se oye pero hace un vasto rumor en el cuerpo. Su palabra es genética, entregada a la existencia, a la pasión de construír valles donde pasten los solitarios que besan la Euridíce de siempre, la que no borra la tierra sino que levanta una torre de fuego para decir que allí habita la noche, la madre de los seres sin raíces que esperan la palabra para volver a vivir.

II

Cómo se verifica el que un signo renazca a la luz, que el mito regrese. Solo por el espacio, el espacio de lo poético: la atmósfera. El signo escrito realiza lo ocurrido en el Espíritu. Al decir de Holderlin «En la canciíon sopla Espíritu». La existencia del signo es la existencia total; ella se soluciona con otros signos, con otros símbolos , dando de nuevo vida a lo que estaba perdido larvariamente por el sueño. La existencia es unión de sonido y significado. El sonido es el que arrastra a continuar en el decir, en la fábula. La música, en el caso de Rosamel del Valle, nos conduce hacia un lugar extraído de la noche, de la memoria, de la creación. El significado es un eco, el aura que rodea la palabra indicando una totalidad inacabada, es una suerte de sortilegio que descubre el sentido cuando se ha asumido esa palabra como guía hacia el territorio de lo entreoído y de lo entrevisto.

Seguir un poema, una fábula, no solo implica la lectura de signos ahí, además exige una trasformación de lo real. La realidad ampliada, descrita por un nacimiento exhorbitante, colossal.

El colosso requiere de un sumergimiento en el devenir de su pasado. Esa piedra o cera a mediotratar, esculpir, que hacía las veces de doble, de presencia ante lo ido, mantenía el contacto con los dos mundos, el de la luz y el de la oscuridad: el mundo visible y el invisible.

En Rosamel del Valle se cumple una manera de colosso en todo lo que toca su palabra. Esta no es figuración, no es levantar un drama para ser representado en la inteligencia o en la sensibilidad. Su dramaticidad está al lado de lo indecible, de lo que no habla. Es un Aleluya con signos escriturarios. El aleluya de lo real, de lo que no celebra la tiniebla, porque el oficio de esta es devorador, desértico. La tiniebla y el desierto son experiencias símiles. La palabra tiene que ser rescatada, halla un nuevo territorio : el cuerpo. La existencia se erige, se reconoce como palabra. Ella es lo real que destruye el simún de arena o los rituales de lo petrificado. La existencia no se pierde en la absolutez de lo establecido, en lo enraizado en la repetición. Rosamel se dirigió hacia una ola sin raíces. La imagen antigua regresa en lo signario acrecida como drama que entrega el reconocimiento. Se reconoce que una imagen requiere de movimiento, de temporalidad, de una palingenesia que echa a andar de nuevo la vida. El sol oscuro es transmutado por la palabra en un himno de enigmas. El enigma se identifica con los sueños, con el silencio. La importancia del silencio, del espacio en blanco de la poesía pura, toma en la palabra de Del Valle una especie de envés; no es silencio como ausencia sino la carga de signos que hacen que se erija la fábula como lo verdaderamente real. El silencio es un sonido que se escucha como golpe, como desastre diseminado en los sueños. Estos no son la carga onírica que establecen la analogía con una ilógica, con otra forma de conformar lo real. Ellos son la imagen de lo real, el ámbito que requiere del signo y del contacto para el nacimiento. El sueño es realidad perdida, olvido. La memoria cumple el anverso, ella conduce la mirada a un universo de nuevo visitado. Ella es una idea fiel a la vida, a esa imagen desconocida que el poeta relaciona, signa, para reconocerla en el grano misterioso de lo que asciende, de lo que ha perdido la tiniebla sujetadora.

Su dramaticidad está al lado de lo indecible, de lo que no habla. Es un Aleluya con signos escriturarios. El aleluya de lo real, de lo que no celebra la tiniebla, porque el oficio de esta es devorador, desértico.

La imagen se deshace, se disuelve en su propio no ser. El ser es sin imagen. Esta no es lo reconocido; se reconoce el ser, lo real. No es la figura del colosso como medio de los mundos, sino los mundos en comunicación lo que establece la poesía de Rosamel del Valle. No trae la imagen de Orfeo, sino a Orfeo mismo. La palabra es un acto, no de comunicación, sino de conformación. Ella levanta de nuevo los resplandores que la tierra deja abandonados al polvo y la oscuridad.

La poesía de este poeta chileno es mágica, extrae del signo el mundo habitable por el poeta. ¿Qué mundo habita el poeta? Esta pregunta sólo se señala, se aprende en la fábula, en el mito que trae de nuevo la vida. El mundo no es el arraigado en ideas comunicables sino en signos delirantes que muestran el límite de la existencia. La existencia tiene el orden de la oscuridad y la luz. La claridad se va y estamos muertos. La muerte es un orden que cambia, una orden terres tre, una soledad que comunica el mundo de la natura naturans, que dice sobre lo petrificado el golpe de la lluvia, el ruido de la yerba.

La vida es vida de la noche; la escalinata para ascender y descender hacia la luz, hacia el ser dormido, el jardín perdido. Ella es el Espíritu, la forma que contienen los seres. «El Espíritu de la tierra es pura forma terrestre», nos dice el poeta Rosamel para asegurarnos el cuerpo, para señalarnos el alma, aquello que posee tiempo, aquello que ha sido rozado por la eternidad.

El poeta obtiene una visión, una visión de la tierra. El habita la tierra, está rodeado de signos porque es un signo, «un signo sin interpretación». La palabra deviene en carnalidad, en Ethos. El poeta es la palabra misma. El es que vaticina, el que siente el profundo golpe de lo perdido. Se pierde el silencio de cualquier signo, la posibilidad de decirlo, porque el silencio es el aura, la otra mitad de la materia, la otra mitad de la forma. Cesar Vallejo toma de nuevo actualidad aquí. El signo leído por el poeta peruano fué el hombre con sus miserias, ausencias y terrores. Semejante lo de Rosamel del Valle: el poeta es el que lee lo que el orden establecido acalla, fustiga, ensombrece. Lee el signo de la noche donde brama el libro abierto de la tierra. Lee el golpe videnciando; estableciendo un contacto que las palabras ordenan a partir de un esfuerzo de la sensibilidad y la inteligencia. El poeta despierta el orden «donde la noche es cierta y el sol la verdad escrita». El poeta es un hijo de la luz, un portador del canto y de las visiones. El es el despierto, el vigía, que no deja petrificar la vida, sino que alza el principio y el fin como un relámpago, una brecha de claridad entre dos oscuridades.

El amor es el principio, el motor que eleva la condición terrestre al juego de dados con el dios solitario. Cuando referí religación, es en esta perspectiva del atar, de devolver la luz a las tinieblas terrestres. Lo religioso es un amigar la existencia con la tierra, con lo perdido; es el diálogo de las puertas que se abren y se cierran. La silenciosa vibración del cuerpo enjaulado.

La misión del poeta Rosamel del Valle fué doblegar lo específico; fué darle una bienvenida a la tierra y esperar que el dios surgiera de esa araña invisible que se llama vida. Su punto se resolvió en un viaje secreto, ordenado, hacia los túneles donde la sangre está despierta y oye la imagen y la palabra; el primer mundo y lo dicho por la tierra. En este poeta se cumplió un destino: visitó el territorio del sueño y extrajo el ser. Las fatigas, los terribles desastres del día propiciados por la vida petrificada, quizás estén grabados en sus huesos. Pero el aire del paraíso golpea los tilos crecidos en las estaciones sin fin donde su obra se abandona al sol extraído de la noche.


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Ultima Modificación, Mayo de 2000.
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