Y todo se
quedó en palabrasJulián Serna Arango
Se trata de
una reflexión acerca de la naturaleza de las
palabras, del lugar ocupado por ellas dentro
de la trama de la existencia. Para tal efecto
se parte de la expresión Y todo se quedó
en palabras, que implica la
subordinación de las palabras a las cosas.
Discutidos sus fundamentos, y en particular,
la antítesis entre lo sensible y lo
inteligible, es menester reivindicar el
protagonismo de las palabras.
1. La
teoría referencial del lenguaje
Preguntarnos por
las palabras es una tarea que puede adelantarse
de varias maneras.
¿Valdría la
pena detenernos en las definiciones del término
«palabra» aparecidas en los diccionarios o en
los manuales especializados? En ese caso no
estaríamos realizando ninguna indagación,
simplemente nos estaríamos informando.
Pudiéramos intentar nuestra propia definición.
Ello, no obstante, sería tanto como incurrir en
una petición de principio.
No falta quien
considere superflua la pregunta por las palabras,
cuando a diario las usamos y en ocasiones
hablamos de ellas. Interiorizadas en lo más
profundo de nuestra mentalidad, nuestras ideas en
torno a las palabras estarían al margen de todo
debate; implicadas en nuestros procesos
comunicativos, empero, pudiéramos explicitarlas
si nos acompaña la debida paciencia.
Vamos a tomar
como punto de partida la expresión: Y todo se
quedó en palabras. una expresión acreditada en
la cotidianidad, y que bien pudiera ejemplificar
la manera como asumimos las palabras y revelar el
concepto que tenemos de ellas.
A primera vista
la expresión Y todo se quedó en palabras propia
de la cotidianidad, del habla coloquial,
inclusive, constituye un testimonio relativo a la
intrascendencia de las palabras, a su
infertilidad si se quiere. Sin embargo, la
afirmación Y todo se quedó en palabras, no
sólo informa; en su condición de enunciado
transmite una queja las más de las veces, una
queja contra las palabras por no haber sido más
que eso. Así la queja implicada en la expresión
Y todo se quedó en palabras no agregue nada a la
información propiamente dicha, de seguro no
acontece en vano, y acaso constituya un indicio
de algo.
Si nos quejamos
porque las palabras no son más que eso, ello
revela la supervivencia de expectativas no
satisfechas por las palabras. Es decir, la
expresión Y todo se quedó en palabras, en
cuanto queja sugiere la existencia de un nivel
diferente al de las palabras y superior a ellas.
Mientras en su
contenido proposicional, quien emite la
expresión Y todo se quedó en palabras registra
el confinamiento de la palabra en el plano
semántico; en su condición de enunciado, en
cambio, se queja de tal situación, se lamenta de
la intrascendencia de las palabras. De allí se
colige que la expresión Y todo se quedó en
palabras no resulta tan anodina como a primera
vista parece; ella estaría comprometida con
determinada concepción de la palabra.
Palabras
como progreso, realidad, expresiones como
historia universal, hombre normal, causa
primera o fin último, antítesis como
racionalismo-irracionalismo, forma-contenido,
sujeto-objeto nos comprometen con la
metafísica así las utilicemos para
debatirla.
Asumir que la
expresión Y todo se quedó en palabras no se
agota en su contenido explícito, sino que remite
a contenidos implícitos es una aseveración que
no debería sorprendernos. Las expresiones no
suelen reducirse a lo dicho, a lo explícito, es
necesario, además, contar con lo no dicho, con
lo implícito. Cuando hablamos lo hacemos desde
múltiples presupuestos, presupuestos que nos
comprometen con determinadas ideas o valores no
importa si somos conscientes o no lo somos.
Que determinados
presupuestos permanezcan impensados porque están
incorporados a la cotidianidad desde tiempos
inmemoriales y su presencia suele pasar
desapercibida, constituye un hecho digno de
mención. Acaso no hay mayor homenaje entre los
que pudieran rendirse a una teoría que
reconocerla interiorizada en las más profundas
capas de nuestra mentalidad. De ello se ufana el
liberalismo por ejemplo.
Si los
presupuestos implicados en las palabras resultan
discutibles, si nos obligan a ver el mundo, la
historia, la sociedad, en fin, nuestra vida de
manera sesgada, enseguida las calificaríamos (o
descalificaríamos) como prejuicios. Sin embargo,
pensar en nuestros presupuestos como prejuicios
constituye un signo de alarma porque atribuimos
al término prejuicio una indiscutible carga
negativa. Los prejuicios son responsables de
muchos de nuestros fallos porque nos llevan a
mirar en dirección equivocada o para decirlo de
otra manera porque únicamente nos dejan mirar en
determinada dirección. Sin más preámbulos
debemos preguntarnos por los presupuestos de la
expresión Y todo se quedó en palabras, los que
además pudieran resultar prejuicios y en esa
medida perjudicarnos en materia grave. Ello son:
1. Más
allá de las palabras hay algo diferente de
ellas.
2. Las
palabras están en una relación de
subordinación respecto de lo que hay más
allá de ellas; en esos términos las
palabras no son un fin en sí mismas, sino un
medio para otros fines.
No sólo hay
palabras, sino además cosas, y las primeras
estarían subordinadas a las últimas. Pronunciar
una palabra, escribirla, sería utilizar
intermediarios; ver, tocar un fenómeno físico,
en cambio, sería relacionarnos directamente con
el mundo. Cuando las palabras no nos conducen a
interactuar con el mundo, es decir, cuando no
cumplen de modo satisfactorio su rol de
intermediarios arbitramos quejas como la
consignada en la expresión: Y todo se quedó en
palabras. Las palabras serían así fenómenos de
segunda clase y ocuparían un lugar periférico
dentro del escenario de la existencia, mientras
el lugar central estaría reservado, en cambio, a
los fenómenos referidos por ellas. No es otra la
teoría referencial del lenguaje, de acuerdo con
la cual la palabra casa alude a la casa de
ladrillos; la última haría parte de la
«verdadera realidad», no así la primera. Esto
no sólo parece obvio, cuando estaríamos
tentados a decir que lo hemos sabido desde
siempre, pero precisamente por eso podría
tratarse de un prejuicio.
Como nos
interesa llevar nuestra reflexión hasta las
últimas consecuencias, no debiéramos
interrumpirla aquí, sino dar un paso más
adelante y preguntarnos por los presupuestos de
la teoría referencial del lenguaje, es decir,
por los presupuestos de los presupuestos de la
expresión: Y todo se quedó en palabras. No es
difícil responder al interrogante en cuestión.
Distinguir lo físico de lo mental, la
percepción de la intelección constituye el
presupuesto de la teoría referencial del
lenguaje según la cual las palabras sólo son
intermediarios, es decir, fenómenos de segunda
clase.
Que una cosa sea
lo que pensamos y otra lo que vemos parece obvio
y estaríamos tentados a confirmar la distinción
entre lo físico y lo intelectual. Sin embargo,
volver a preguntarse por lo que aparentemente ha
sido resuelto no sólo es la tarea habitual de la
filosofía, sino además el logro más
característico de la condición humana.
¿Es posible
distinguir lo sensible de lo inteligible, lo
físico de lo intelectual? ¿Hay pensamiento sin
percepción, hay percepción sin pensamiento?
Como quiera que no estamos en condiciones de ver,
tocar, y en general percibir los pensamientos
como hacemos a diario con los objetos físicos,
ello pudiera inducirnos a verificar la
distinción entre lo físico y lo intelectual. No
obstante, después de la formulación de teorías
como la de la Gestalt se reconoce (en los
ámbitos académicos) que no hay percepción
pura, cuando en la percepción estaría
comprometido el pensamiento. He ahí una
aseveración que debemos ejemplificar.
Si en medio de
un muro distinguimos una puerta, ello no se
reduce a ver la salida para pasar al otro lado,
cuando, además, implica reconocer algo incluido
en el inventario de nuestras expectativas, algo
que de cierta manera ya conocemos: las puertas.
Si fijamos la atención en el muro haciendo
abstracción de nuestra experiencia acumulada, no
veríamos ninguna puerta, veríamos si acaso un
continuo espacial con variaciones de color y de
forma. De allí a identificar determinada franja
del continuo espacial como una puerta media una
tradición socio-cultural asimilada a través de
los años.
Aunque durante
siglos creímos (y algunos todavía lo creen) que
la mente es un espejo en donde se refleja el
mundo, en los tiempos modernos, en cambio, se ha
hecho evidente que nosotros no vemos el mundo
así no más, sino que lo miramos a partir de
nuestra experiencia acumulada. No en vano la
modernidad se caracteriza por el reconocimiento
de la subjetividad, subjetividad que interviene
en los procesos de conocimiento y comunicación,
y en definitiva no es neutral.
En su condición
de entramado de prejuicios, presunciones y
presupuestos, la subjetividad, la de cada uno de
nosotros varía, varía porque nos hemos forjado
en medio de circunstancias históricas
diferentes. Circunstancias familiares, laborales,
culturales y lingüísticas concurren en el
proceso tendiente a configurar nuestra
subjetividad.
Del
reconocimiento de la subjetividad es menester
inferir que no bastan las intenciones de ser
objetivos y autónomos para efectivamente serlo.
Inconscientes, impensados, implícitos,
múltiples elementos condicionan nuestra
conducta, nuestros procesos mentales de manera
subterránea. ¿ Estamos atrapados en nuestra
propia manera de mirar el mundo ?
Podríamos tomar
conciencia de nuestra subjetividad y neutralizar
su influencia. No obstante, no faltan las
dificultades. Al tiempo que nos emancipamos de
determinadas prejuicios nos comprometemos con
otros. Cambiamos una manera de mirar por otra,
una vía de interpretación por otra. Podemos
avanzar y superar prejuicios aquí y allá, pero
no podemos aspirar a observar el mundo con
objetividad absoluta, como si lo viéramos desde
el ojo de Dios (expresión acuñada por Rorty),
ni actuar con autonomía plena cuando nuestra
precomprensión de mundo a través de la cual
pensamos, y en particular, decidimos, abre
determinados horizontes en detrimento de otros y
en esa medida nos manipula.
Asumir con
Nietzsche que no conocemos hechos, sino
interpretaciones, que los hechos no son dados,
sino construidos cuando no sólo intervienen las
sensaciones, cuando además lo hace nuestra
subjetividad, nuestra cultura, nuestro lenguaje
es una tesis que a algunos ha parecido atrevida y
no han dudado en discutirla con argumentos como
el siguiente. Si viviéramos en medio de
interpretaciones, a la deriva de nuestra
subjetividad, la vida en sociedad, resultaría
imposible; cada cual interpretaría las cosas a
su manera y reinaría la anarquía. Aunque el
tránsito de las premisas a la conclusión no
admite contra-réplica; las premisas, en cambio,
serían discutibles.
¿Estamos
condenados a la anarquía de la subjetividad? No
necesariamente. Si los individuos no sólo
comparten una misma condición biológica, sino
que además son contemporáneos, coetáneos, si
participan de actividades o intereses comunes su
respectiva construcción de mundo será por lo
menos afín. Ello bastaría para explicar la vida
en sociedad a pesar y a partir de la
subjetividad.
Si no es posible
ver el mundo desde afuera, si los hechos no son
dados, sino construidos, si no es posible separar
el sujeto del objeto, no sólo se revelaría
discutible la distinción entre lo físico y lo
intelectual, sino además la teoría referencial
del lenguaje. De allí que los presupuestos de
aseveraciones como Y todo se quedó en palabras,
la distinción entre las palabras y las cosas, la
primacía de las últimas sobre las primeras
también serían discutibles porque nos movemos
en medio de interpretaciones de las cosas
(mientras la cosa en sí se revela inalcanzable
como fuera reconocido por Kant y en lo sucesivo),
es decir, a través de una trama de significado y
sentido.
Al
hablar, al escribir, al comunicarnos no sólo
trasmitimos información, diseñamos vías
tendientes a la construcción y
reconstrucción de mundo, tendientes a
reproducir la mentalidad que nos gobierna o
por el contrario a socavarla.
2. El
mundo apalabrado
Colocar en
cuestión las presunciones, los compromisos
adquiridos por expresiones del tipo Y todo se
quedó en palabras, y en particular, la
antítesis entre lo sensible y lo inteligible, en
general, es una acción pródiga en
consecuencias.
Los límites del
mundo, y más exactamente del mundo para nosotros
no irían hasta donde se extiende el espacio y el
tiempo infinito, sino hasta donde hemos
apalabrado sentido. Cuanto no tiene sentido para
nosotros es como si no existiera; lo contrario
también es cierto. El hombre es lo que habla.
Si habitamos un
mundo apalabrado, las palabras dejarían de ser
vistas únicamente como medios al servicio de
otros fines; si habitamos un mundo apalabrado la
expresión: Y todo se quedó en palabras pierde
su connotación plañidera.
Así las
mutaciones de léxico y hábitos lingüísticos
no fuesen condición suficiente para adelantar el
cambio -como quiera que exigen la concurrencia de
las respectivas mutaciones histórico-sociales-,
son por lo menos condición necesaria.
Por sorprendente
que parezca la nueva concepción relativa a la
palabra, que no sería el mapa, sino la trama del
mundo para nosotros ha sido sustentada por varios
de los más destacados filósofos
contemporáneos, entre ellos Heidegger y Rorty.
¿No hemos ido
acaso demasiado lejos al supeditar las
transformaciones del mundo a las mutaciones de
léxico? Aseveraciones como esas entran en
abierta contradicción con nuestras más
arraigadas convicciones. El mundo no se cambia
con palabras, sino con hechos escuchamos a
diario. Cuando hablamos de hechos nos referimos
por ejemplo a la política y a la economía. No
obstante, pudiéramos preguntarnos. ¿Un cambio
de gobierno, un paquete de medidas económicas,
un cambio de sistema, inclusive, garantizan el
advenimiento de un hombre diferente? La
experiencia soviética parece desmentirlo. Fue
suficiente un par de años luego de la caída del
muro de Berlín y los vicios propios del
capitalismo individualista hicieron carrera en
una sociedad cuyas tres últimas generaciones
habían rendido culto al socialismo. En ese caso
no diríamos que durante la dictadura del
proletariado todo se quedó en palabras, sino en
medidas económicas y/o relevos en la cúpula del
partido.
Dada la
plasticidad registrada por fenómenos como el
autoritarismo, el individualismo, el maniqueísmo
-que en el último par de siglos han sobrevivido
a las más diversas mutaciones económicas y
políticas, que han pasado de la modernidad a la
postmodernidad sin solución de continuidad,
habiendo asumido como naturales los hábitos
lingüísticos tendientes a la construcción de
mundo alrededor de un centro, los hábitos
lingüísticos comprometidos con la mentalidad
metafísica- parece abrirse camino la idea según
la cual el verdadero cambio se realiza desde la
educación. La tesis, no obstante, resulta
discutible; a través de la historia las
instituciones educativas han sido colonizadas por
fines de diversa índole, religiosos, políticos,
económicos.
¿Es posible
concebir una educación que no sólo nos capacite
para ser más eficientes en un mundo dado o en un
mundo construido bajo parámetros uniformes, para
defender intereses tribales o desarrollar una
investigación mercenaria; es posible concebir
una educación que nos habilite, además, para
repensar la trama de significado y sentido que
configura la existencia, para discutir las vías
tendientes a la construcción de mundo? Por
supuesto que sí.
A la educación
comprometida con determinado modelo de sociedad,
con determinados credos, partidos o marcas, que
opera la respectiva clausura de mundo, es
menester oponer una educación que no sólo
reivindique la historicidad, la contingencia del
mundo para nosotros, sino que además promueva
una serie de hábitos intelectuales insurgentes;
que asuma el pensar como un repensar, como un
esfuerzo por transmutar preguntas en respuestas;
que reconozca en el diálogo la oportunidad de
recontextualizar nuestras ideas y creencias; en
la lectura y la escritura la vía para apalabrar
sentido, para gestar mundo.
Al hablar, al
escribir, al comunicarnos no sólo trasmitimos
información, diseñamos vías tendientes a la
construcción y reconstrucción de mundo,
tendientes a reproducir la mentalidad que nos
gobierna o por el contrario a socavarla. Por lo
que dice, por lo que hace con lo que dice, por
los presupuestos que devienen implícitos,
inconscientes, impensados, por los hábitos
lingüísticos involucrados, en síntesis, la
palabra puede ser cómplice o ariete. Bastan
algunos ejemplos.
Cuando definimos
un concepto damos un paso en dirección al
universalismo, si lo contextualizamos, en cambio,
lo reconocemos único e irrepetible. Mientras el
discurso arquitectónico asume las fisuras como
un lastre, la ironía las reconoce como salidas
de emergencia. Palabras como progreso, realidad,
expresiones como historia universal, hombre
normal, causa primera o fin último, antítesis
como racionalismo-irracionalismo,
forma-contenido, sujeto-objeto nos comprometen
con la metafísica así las utilicemos para
debatirla.
No obstante, un
cambio de mentalidad, de actitud no es asunto
sencillo. Prácticas pedagógicas como la clase
magistral, la reducción de los contextos al
contexto literario, la de la interpretación a la
exégesis, el primado del tratado, reproducen el
autoritarismo, el individualismo, el maniqueísmo
de una sociedad condenada al dogmatismo, pero
también al nihilismo; de una sociedad que no
estaría preparada para adelantar la
construcción de mundos alternativos si sus
ideales devienen obsoletos.
Para transformar
una mentalidad comprometida con un modelo de
mundo que gira alrededor de un centro son
necesarias una serie de mutaciones de léxico y
hábitos lingüísticos realizadas a través del
proceso educativo. De allí la condición de la
posibilidad de los cambios histórico-sociales,
de los cambios tendientes a relevar el
individualismo y el autoritarismo, los cuales ya
no serían saboteados por la inercia de la
mentalidad metafísica.
3.Conclusión
De Nietzsche
hasta nuestros días se viene operando un
auténtico giro copernicano en lo relativo a la
relación entre las palabras y las cosas.
Cotidiana, frágil, profana, la palabra ayer se
concebía el doble espiritual de las cosas, y
había sido relegada a la periferia del
acontecer; la palabra, o mejor, las palabras, sus
contenidos implícitos y explícitos, en cambio,
se reconocen hoy como la trama de significado y
sentido en medio de la cual las cosas adquieren
su identidad para nosotros.
Así como
determinado léxico y hábitos lingüísticos
dieron lugar en su momento a otras tantas
aperturas de mundo, dicho léxico y hábitos
lingüísticos pueden terminar enquistados en las
capas más profundas de nuestra mentalidad
constituyendo un lastre.
Seguir
ensamblando las experiencias propias de un mundo
postmoderno, iconoclasta, pero también
perspectivista, contextualista mediante el
léxico y hábitos lingüísticos
consuetudinarios resultaría inconsecuente, y en
esa medida las nuevas posturas filosóficas
serían incapaces de mutar la mentalidad
metafísica, así como las conductas
individualistas, autoritarias, maniqueístas de
allí mismo derivadas, y estaríamos así
condenados a repetir la frase plañidera y
patética: Y todo se quedó en palabras.
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