Relatos
míticos incas: visión del mundo
y educaciónCésar Valencia
Solanilla
Los relatos
míticos incas contienen una visión del
mundo centrada en la noción del equilibrio
de los seres con la naturaleza y las
instituciones sociales, políticas y
religiosas, y el papel predominante de los
dioses y de los hombres. Sirvieron para
conferir coherencia a los grupos sociales,
para educar en el propósito trascendente de
la armonía total del universo y, por ende,
para conferir sentido. La palabra sagrada
nombra y funda el mundo y es la fuente para
la explicación de todo lo existente, por lo
que su aprendizaje era indispensable no sólo
como expresión de lo religioso sino como
instrumento pedagógico esencial para la
marcha de la comunidad.
En casi todas
las culturas amerindias, los relatos míticos
tienen la múltiple función de conferir sentido
al mundo, organizar el caos, revelar el origen
sagrado de todo lo existente, dotar de coherencia
a la sociedad y servir como fundamento ético y
moral en cuanto hace a la educación. Las
narraciones fabulosas de los dioses primigenios
que existieron en la aurora del universo y de los
héroes culturales que fundaron con su magia y
sabiduría el mundo de la historia, revelan las
raíces remotas de la sociedad, de modo tal que
sirvieron para mantener el equilibrio mediante la
observancia de un conjunto de normas provenientes
de los dioses y necesarias para la sobrevivencia
de grupos sociales, tribus, naciones y de
auténticos imperios, como en caso de los
aztecas, los mayas y los incas. En todos estos
relatos, existe un substrato pedagógico de una
gran importancia para conocer las bases de la
educación en las culturas amerindias.
Desde la
perspectiva de la educación, la idea esencial de
estas narraciones míticas es revelar los
principios éticos y morales que inspiraron a los
dioses y entregaron como legado a los hombres
para la marcha armoniosa de la sociedad. Por ello
como recompensa los hombres deben adorarlos,
manteniendo viva de esta forma la memoria sagrada
del pasado, pero ante todo conservando un
estricto equilibrio en sus instituciones
sociales, políticas y religiosas.
En el imperio
inca, que es tal vez el más extenso del mundo
prehispánico, los relatos míticos tienen una
especial connotación desde el punto de vista de
lo religioso y de lo literario, si se comparan
con relatos de la misma índole en los otros
imperios de alta cultura. Los incas unificaron su
imperio por la concentración del poder
político, militar y religioso en el Inca, que
tenía origen divino, pero también por la
implantación de un idioma común, el runasimi,
que quiere decir «el hablar del pueblo» y que
luego tomaría el nombre de quechua por la
publicación de la obra de Diego González
Holguín, Gramática y arte nueva de la lengua
general de todo el Perú llamada lengua Qquichua
o del Inca en 1607 (1). El quechua, conforme los
estudios de diferentes especialistas(2), debido a su musicalidad, su
plasticidad su flexibilidad y su riqueza
semántica(3), es una lengua que
facilita la expresión literaria, tanto en la
lírica, la narrativa como en el teatro.
Relatos
cosmogónicos, etiológicos y lúdicos
La narrativa fue
el género predilecto de los antiguos pobladores
del Perú y gracias al ejercicio memorístico fue
la base para la preservación de la memoria
colectiva mediante la tradición oral. Los mitos
fueron vertidos a la escritura fonética tomada
del español por algunos de los primeros
cronistas, y aún hoy se conservan muchos relatos
híbridos en las comunidades de los Andes que da
tan de tiempos prehispánicos, lo que demuestra
el fuerte arraigo popular de estas historias y la
voluntad de mantener el quechua como el idioma
que liga al hombre con el pasado (4).
Teniendo en
cuenta las antologías de Carlos Vilanes e Isabel
Córdoba(5) y de Walter Krickberg (6), se toman como base para estas
reflexiones algunos relatos que ilustran con gran
expresividad poética ese nexo entre la palabra
sagrada, la educación y la literatura.
Con
En la selección
de Krickberg, un relato se destaca por su
brevedad y concisión: el del origen de los
hombres por la acción de Con, el dios que
no tenía huesos, creador de los hombres, a
quienes dio fruta y pan y todo o necesario para
vivir. Pero por enojo de lo que hicieron algunos
hombres, convierte la tierra buena en desierto
(la costa), quita la lluvia y sólo deja los
ríos. Es desterrado por Pachacamac (creador),
también hijo del sol, quien convierte a los
hombres en gatos. Crea de nuevo a los hombres y
mujeres tal y como hoy son y los provee de todo
lo que ellos tienen.
En este relato
aparece la noción reiterativa de otros mitos
amerindios de la creación de los hombres en
diferentes instancias y del carácter falible de
los dioses, así como de la distribución
geográfica de los climas, por acción de una
deidad todopoderosa que, en represalia por
acciones indebidas de los hombres, gesta nuevos
sentidos que configuran la historia. Es un relato
cosmogónico con un claro contenido pedagógico
que infunde el respeto a los dioses y confiere un
comienzo sagrado a la naturaleza propia del
Perú, como lo es el carácter desértico de la
costa y la ausencia de lluvia en grandes regiones
del país.
Las
narraciones fabulosas de los dioses
primigenios que existieron en la aurora del
universo y de los héroes culturales que
fundaron con su magia y sabiduría el mundo
de la historia revelan las raíces remotas de
la sociedad (...)
Pachacamac
y Vichama
Como se trata de
un mito un tanto más complejo, se presenta una
síntesis para su mejor comprensión y análisis:
Pachacamac y
Vichama son los hijos del sol. Pachacamac y su
madre son abandonados por el dios sol, no hay
sustento y la madre está muy triste. Solicita al
dios sol la ayude y éste le ordena continuar
sacando raíces para su sustento. Hace que tenga
un hijo suyo, que concibe y pare a los cuatro
días, con gran gozo. Celoso porque puede perder
su adoración, Pachacamac mata a su hermano y lo
despedaza en menudas partes, pero siembra sus
dientes y de allí nace el maíz. Siembra
también las costillas y huesos, de donde brotan
las yucas. De la carne proceden los pepinos ,
pacayes y lo restante de sus frutos y árboles,
que desde entonces se deben al dios Pachacamac,
dios del sustento y la abundancia.
La madre no se
aplaca con las abundancias y su amor y venganza
la hacen clamar al dios sol contra su hijo
Pachacamac. El sol condolido pregunta dónde
guardó la vid y el ombligo del hijo difunto, se
lo muestra, y el dios sol crea de él otro nuevo
hijo que entrega a su madre, quien lo llama
Vichama o Villama, que nace y crece hermoso.
Pachacamac mata
a su madre ya vieja y la divide en pequeños
trozos que hizo comer a los gallinazos y a los
cóndores. Los cabellos y los huesos los guardó
en las orillas del mar; creó hombres y dioses
que poseyesen al mundo y nombró curacas y
caciques que lo gobernaran. Al regreso de
Vichama, siente mucho dolor por la muerte de su
madre y piensa vengarse de su hermano. Hace
recoger una a una las partes de su madre y la
resucita a la vida. Pachacamac, temiendo matar a
ese otro hermano, se metió en el mar en el sitio
que hoy se llama Pachacamac. Vichama, furioso con
su pueblo por no haber podido matar a su hermano
y en venganza por no haber impedido la muerte de
su madre, pidió al dios sol que convirtiera a
los hombres en piedras, como luego se hizo.
Luego el sol y
Vichama se arrepintieron de la impiedad y no
pudiendo deshacer el castigo, quisieron convertir
en dioses a los curacas y caciques. Pero viendo
Vichama el mundo sin hombres y las guacas y el
sol sin quien los adorase, rogó al sol crease
nuevos hombres, y él envió tres huevos, uno de
oro, otro de plata y el tercero de cobre, que son
el origen de los diferentes clases de hombres y
mujeres: del de oro salen los curacas, los
caciques y los nobles; del de plata se
engendraron las mujeres de éstos y del huevo de
cobre la gente plebeya que hoy llaman mitayos y
sus mujeres y familias.
Este relato
mítico también corresponde a la noción del
carácter imperfecto de la obra de los dioses y
de las diferentes etapas que deben recorrerse en
la creación del hombre. Es interesante el
simbolismo del origen sagrado de las cosas por la
destrucción de las deidades, que son
fragmentadas para que de allí se deriven los
alimentos y el sustento de los hombres. Al
fragmentarse en la muerte los dioses por acción
violenta de otros (Pachacamac mata a su hermano
primero y luego a su madre) se está sacralizando
el mundo de la historia, que participa de la
trascendencia desde su origen. La inmolación de
los dioses, su destrucción primero y su
renacimiento luego en este tiempo y espacio
primigenios representan una fusión simbólica de
la muerte y de la vida.
En este caso
también es claro el interés didáctico del
relato para la cohesión social: el maíz, fuente
esencial de la alimentación del pueblo inca,
proviene de los dientes de un dios que fue muerto
por su hermano y resucitado por la deidad suprema
del universo, el Sol, para mantener la vida de
los hombres. El simbolismo de la boca y de los
dientes podría interpretarse como la confluencia
sagrada del alimento tanto del origen mítico
como del mundo de la historia, ya que son los
instrumentos que utilizan los hombres para la
subsistencia cotidiana.
En las culturas
mesoamericanas, los mitos cosmogónicos y
antropogónicos tienen una connotación similar:
entre los aztecas Quetzalcóatl se inmola en el
fuego para luego resucitar y cumplir su labor
civilizadora como designio sagrado para su
pueblo; entre los maya-quiché, Hunahpú e
Ixbalanqué se sacrifican también en el fuego
para resucitar y poder de esta manera engañar y
vencer a los terribles señores de Xibalbá,
dioses del inframundo, con lo que empieza la
labor civilizadora en el mundo de la historia.
De igual manera,
en lo que respecta a la estructura social, del
mito se deriva la proveniencia divina de las
clases y castas sociales por determinación de
los dioses, que es un forma de perpetuar el
estatus y de mantener el orden de lo histórico
con un fundamento sagrado. El Inca era un
semi-dios que estaba emparentado con el Sol y las
relaciones en la estructura social eran
absolutamente verticales por mandato de los
dioses.
Coniraya
Coniraya
Viracocha es un dios poderoso que aparece en el
mundo tomando la forma de un indio andrajoso al
que todos despreciaban y echaban en cara su
suciedad. Coni-raya había creado los canales de
irrigación, las terrazas en donde se cultivaban
las plantas en las vertientes de los ríos. Con
su habilidad logró engañar a muchos huacas de
los pueblos por donde pasaba.
La
inmolación de los dioses, su destrucción
primero y su renacimiento luego en este
tiempo y espacio primigenios representan una
fusión simbólica de la muerte y de la vida.
En aquel tiempo
vivía una mujer huaca llamada Cauillaca,
doncella muy bonita que a ningún pretendiente
quiso acceder. Sentada cerca de un árbol llamado
lugma en donde está tejiendo, Coniraya se
le acerca en forma de un pájaro muy bonito que
vuela sobre el árbol. Allí toma una semilla a
semejanza de una fruta madura que deja caer sobre
Cauillaca, que la come y queda embarazada sin que
la haya tocado ningún hombre. Después de nueve
meses pare un hijo sin haber perdido la
virginidad, lo amamanta y después de un año,
cuando el niño empieza a gatear, pide llamar a
los hombres para que se aclarara quién era su
padre.
Se reúnen en
Anchicocha y como todos los hombres quieren
casarse con la diosa, llegan acicalados con su
mejores vestidos y prendas, de acuerdo a sus
rangos. Cauillaca pide a los hombres que digan
quien era el padre y ante el silencio de todos,
decide que el niño identifique a su padre
gateando hasta él y quedándose a sus pies.
Cuando el niño llega donde Coniraya, que tiene
la forma de un indio sucio y andrajoso, se ríe
alegre.
Cauillaca siente
vergüenza por la escogencia que ha hecho el
niño, de modo que decide dejar el pueblo y huir
hacia la orilla del mar. Como Coniraya piensa
ganarse sus favores, se viste con ricos atavíos
de oro pidiendo a Cauillaca que se fije en él.
Pero la mujer, llena de orgulloso desprecio, no
quiso voltear la cara y decide caminar más
rápido. Le responde al dios Vichama que no
quiere ver a nadie desde cuando un hombre
miserable y sucio la ha embarazado. Cauillaca se
retira al mar y entrando en él junto con su
niño, se transforman en roca. Se dice que las
dos rocas, madre e hijo, se pueden ver aún hoy
en día.
Al desaparecer
Cauillaca, Coniraya inicia entonces una
persecución por todas partes, que lo hace
preguntar a diferentes animales por el destino de
la mujer: el cóndor dice haberla visto cerca y
le recomienda ir rápido para encontrarla. Como
premio, bendice al cóndor y le dice:
«Vivirás
eternamente, y te doy el poder de volar hacia
donde tú quieras, a través de lugares
desiertos y de valles, de penetrar con la
vista todas las barrancas y tener tu nido
donde nadie pueda estorbarte; te doy la
capacidad de alimentarte sobre todo de la
carne corrompida que encuentres, sea de
guanacos, llamas y corderos; y aún cuando
estos animales vivan y cuando no estén
vigilados por su propietario, los puedes
matar y comérteles. Pero aquel que te mate a
tí será muerto él mismo». (p. 172)
Continúa su
camino y el zorrillo le dice que no vale la pena
perseguir a la diosa pues estaba muy lejos y no
podría alcanzarla. Entonces Coniraya maldijo al
zorrillo:
«En
castigo por la mala noticia que me acabas de
dar te ordeno que vagues por las noches
solamente, que siempre dejes un mal olor y
que siempre seas perseguido y odiado por los
hombres». (p. 172).
Al encontrar al
puma, lo alienta a continuar rápido para
encontrarla. El dios bendice al puma así:
«Tu
serás respetado y temido por todos y te doy
el oficio de castigar y juzgar a los
malhechores. Puedes comerte las llamas de
aquellos que han pecado y aún después de
muerto se te respetará; pues cuando los
hombres te maten y te quiten la piel, no
quitarán la cabeza de la piel sino que la
preparará con todo y dientes y te pondrán
ojos en las cuencas de modo que parezca viva.
También tus pies junto con la cola se
quedarán colgados de la piel y sobre todo,
aquellos que te maten deben llevar tu cabeza
sobre la suya y cubrirse con tu piel. Eso lo
deben hacer en las fiestas principales para
que así seas venerado. Además ordeno, que
aquel que se adorne con tu piel sacrifique en
dicha ocasión una llama y que cante y baile
llevándote sobre sus espaldas». (p. 172).
Sigue su camino
y vuelve a encontrar al zorrillo quien de nuevo
le dice que no valía la pena que corriera tanto
pues no la podría alcanzar. El dios en respuesta
pronuncia esta maldición:
«Ordeno
que desde lejos seas espantado. Cuando los
hombres te vean, aún a gran distancia, irán
a espantarte y cuando mueras nadie se
preocupará ni nadie tomará la molestia de
quitarte la piel o de levantarte siguiera del
suelo». (p. 172)
Encuentra luego
el halcón quien le dice que Cauillaca está muy
cerca. Coniraya determinó entonces que el
halcón sería muy venerado y que tendrá por las
mañanas como desayuno un pajarito que se llama alquenti
y que durante el día podría tomar cualquier
pájaro para comérselo. Quien mata al halcón
debe sacrificar también una llama en su honor y
llevar el pellejo del halcón en su cabeza cuando
cante y baile en las fiestas.
Después se
encontró con un papagayo que otra vez le dio
malas noticias. Por ello determinó que este
animal en el futuro sólo gritaría y chillaría,
y que no tendría ninguna seguridad ni para
comer, pues sus gritos lo delatarían y todos los
hombres lo llegarían a odiar.
«Así le
dio derechos a todos los animales que le
informaban según sus deseos y maldijo a
todos aquellos cuyas informaciones no le eran
agradables». (p. 173)
Al llegar a la
costa, Coniraya se da cuenta que Cauillaca y su
hijo se han convertido en piedras. Allí
encuentra a dos jóvenes bonitas hijas del dios
Pachacamac, que eran cuidadas por una gran
serpiente. Coniraya engaña a la serpiente y se
acuesta con la mayor de ellas. Cuando quiere
hacer lo mismo con la más pequeña, ésta se
escapa en forma de paloma, que los indios llama
Urpi; por eso la madre de las muchachas se llamó
Urpihuachag, que quiere decir «madre de la
paloma».
Por aquel
entonces no había peces en el mar. Debido al
disgusto que para Coniraya representa el que la
madre de las muchachas visite a Cauillaca en el
mar, arroja los peces del estanque al mar, y
desde entonces existen los peces en el mar. Al
regresar Urpihua-chag se enteró de lo ocurrido
con sus hijas y quiere vengarse de Coniraya. Lo
invita a dejarse peinar los cabellos para sacarle
los piojos y así poder matarlo con una piedra.
Pero Coniraya lo sabe todo y decide partir para
la tierra de Huarochiri. Y continúa vagando por
las tierras haciendo malas jugadas a los hombres.
El sentido
didáctico de este relato es evidente,
confiriendo un origen sagrado a los animales que
viven en las montañas, ya que el dios otorga las
cualidades o defectos de ellos conforme
correspondan a los deseos de Coniraya, aquejado
por el amor y en una búsqueda afanosa de la
diosa que lo ha rechazado. Por eso otorga los
favores al cóndor, el puma y el halcón, y
maldice al zorrillo y al papagayo. Así mismo,
determina la relación que los hombres tendrán
con los animales y el culto o respeto que les
deben, en la vida cotidiana y en los rituales
colectivos.
En el caso del
puma, es una muestra de la institución de totem
individual, mediante el cual los hombres asumían
el culto de un animal como expresión de la
identidad grupal y protección a su naturaleza
sagrada. En el caso del cóndor, la libertad de
estas monumentales aves para cazar animales que
no tenían propietario, pero sobre todo de ser
respetados y venerados por toda la comunidad, ya
que se establece por el dios la interdicción de
cazarlos bajo la pena de muerte de quien lo
hiciera.
El relato sirve
para explicar el origen sagrado de estos
animales, que tan decisiva importancia tuvieron
en el desarrollo de las ideas religiosas de los
incas: el cóndor como ave símbolo de la
majestuosidad de la naturaleza, que es capaz de
remontar todas las alturas y reproducirse donde
no llega la mano del hombre; y el puma como
metáfora de la agilidad, la fiereza y la fuerza,
expresión del alter ego del guerrero que en las
ritualidades adquiere su espíritu vistiéndose
con su piel en un disfraz que traslada la
sacralidad del animal al hombre que viste la piel
en la ceremonia.
Siendo un relato
mítico de índole cosmogónica y etiológica,
tiene la singularidad de conceder un valor
esencial al amor como fuente generadora de la
naturaleza, ya que la búsqueda del dios es una
búsqueda del amor y la falta de correspondencia
de este un castigo para la soberbia de la diosa
Cauillaca, que se convierte en roca en la soledad
del mar, al no aceptar que un hombre sucio y
miserable (aunque luego se mostrara rico y bien
vestido) pudiera ser el padre de su hijo.
Huatyacuri
Tomado de la
recopilación de Francisco de Avila y traducido
por el gran escritor peruano José María
Arguedas, el mito de Huatyacuri -en la selección
de Carlos Vilanes e Isabel Córdoba(7)- ofrece también unos matices muy
interesantes en la esfera de lo pedagógico,
mostrando la reiteración del amor y el erotismo
en la cultura inca, en especial de su literatura.
El mito dice que
en tiempos antiguos, que los indios llamaban purunpacha,
que quiere decir «tiempo sin rey», vivía un
indio pobre y mal vestido llamado Huatyacuri,
hijo del dios Pariacaca, en la región del cerro
de Condorcoto. Aparecieron allí cinco huevos
grandes, que vio este indio, llamado Huatycuri
porque lo que comía era todo huatyasca, que
quiere decir no cocido ni bien asado, ya que era
muy pobre. Cerca de Condorcoto vivía un hombre
rico, de nombre Tamtañanca, que presumía tener
gran des habilidades y se fingía dios y creador.
Este hombre cayó enfermo de una larga y sucia
enfermedad que nadie podía curar, por lo que no
se explicaban cómo alguien que se presume dios
no puede hacerlo. Tampoco nadie sabía la causa
de su enfermedad. Sólo Huatyacuri lo sabe porque
estando en un camino escucha la conversación
entre dos zorros, uno que viene del mar y otro
que viene de arriba, que dicen:
«Y la
causa es que estando su mujer tostando un
poco de maíz, saltó un grano a sus faldas.
como cada día sucede, y este dio sobre su
natura, el cual grano con otros dio esta
india a comer a un indio y él lo comió y,
después, vino a cometer adulterio con él
esta india.» (p. 346)
Debido a este
percance, dos animales amenazan comer al hombre
enfermo: una gran culebra que está instalada
encima de su casa y un sapo de dos cabezas que
está escondido debajo de la piedra de moler
maíz. Huatyacuri se entera también que una
bella joven, Chaupiñamca, «una moza muy
hermosa, hija de un cacique muy principal, está
muriendo por tener parte y coito con un varón»
(p.346), la que resulta ser la hija del señor
rico enfermo. El dios se ofrece a sanarlo si
tiene los favores de la joven, quien se niega por
tratarse de un indio sucio y pobre. Enterado el
padre y desesperado por sanar, le da su
consentimiento y Huatyacuri comienza la
sanación.
Para el efecto,
lo entera sobre los animales que moran en su casa
y la necesidad de matarlos y de reverenciar al
padre de Huatyacuri, que es un verdadero dios.
Relata también el adulterio de su mujer, fuente
esencial de su mal. Al desbaratar la casa y
encontrar a los animales causantes del mal, matan
a la culebra y el sapo de dos cabezas huye a un
manantial, cerca de Anchicocha, «donde dicen
que vive hoy y que a los que llegan allí, o les
hace desaparecer y perderse o se vuelven locos y
mueren» (p. 347)
Esta
intervención del substrato amoroso que
inspira la relación entre el hombre y la
mujer dota a los relatos míticos incas de
una expresividad muy especial, que aparece
también en la diversidad de manifestaciones
poéticas...
El hombre sana y
el dios Huatyacuri puede desde ese momento gozar
a la joven. Desde entonces el dios y la joven
visitan el cerro de Condorcoto, donde están los
cinco huevos.
Sin embargo, el
marido de la hermana de Chaupiñamca, al
enterarse que le ha sido entregada como mujer, se
enoja y decide enfrentarlo para que no sea tenido
por sabio sino por un indio andrajoso. Lo invita
a competir con él, por lo cual Huatyacuri acepta
y va donde su padre Pariacaca, que está en uno
de los huevos del cerro, quien le aconseja que
acepte todos los desafíos y lo consulte cuando
sea del caso. El cuñado rico y presuntuoso le
propone este reto: «Ahora me parece que
veamos quien se aventaja de los dos en beber y
dar de beber y en danzar y hacer danzar para tal
día» (p. 348).
Al consultar a
su padre, Pariacaca le dice que se vuelva huanaco
muerto en un camino por el que vendrían el zorro
y la zorrilla a traerle de beber y con una flauta
para alegrarlo; que al observar en el camino un
huanaco muerto, no perderían la ocasión para
comérselo, de modo que probarían su cuerpo y
cuando éste reviviese dando grandes alaridos,
saldrían corriendo asustados, dejando allí la
chicha, el tambor y la flauta. El dios regresa
con estos elementos a cumplir el reto,
encontrando que su cuñado estaba ya bebiendo y
brindando con mucha gente y su música era tocada
por más de doscientas mujeres. Huatyacuri entra
bailando con su mujer y al comenzar a tocar su
tamborín, «empezó a temblar toda la tierra
como bailando al compás de sonido, de manera que
en esto ya se aventajó al rico, pues no
solamente la gente, mas la misma tierra bailó»
(p. 349).
El cuñado viene
entonces a emborrachar al dios, dándole gran
cantidad de bebida, que no le hace efecto.
Huatyacuri pide a su mujer repartir del
cantarillo del zorro la chicha, que no se agota
nunca y por contrario los emborracha a todos, de
tal manera que resulta vencedor.
Ante este
revés, el cuñado lo reta a ataviarse de gala
con aderezos extraordinarios como los que se
muestran en las fiestas principales. El dios
visita a su padre, quien lo viste con una
camiseta de nieve y vence de nuevo a su
contendor. No contento con esta otra derrota, lo
reta de nuevo, esta vez a llegar a la plaza con
un león a cuestas, bailando. Consultado
Pariacaca por su hijo, le indica que en una
fuente encontrará un león dorado con el que
podrá llegar a la plaza bailando, para
maravillar a los presentes y vencer otra vez a su
cuñado.
El hombre rico
insiste, pues no admite las derrotas. Lo convoca
ahora a construir una casa, para ver quién la
acaba primero. El hombre invita a trabajar a
mucha de su gente, que comienza a edificarla muy
rápido, mientras Huatyacuri y su mujer apenas
avanzan un poco. Acuden entonces en su ayuda y en
silencio infinidad de aves, culebras y otros
animales por lo que terminan la obra en la noche,
venciendo así al rico, con gran admiración de
los presentes.
Para acabar
definitivamente las contiendas y ante la
terquedad del hombre rico, Pariacaca aconseja a
su hijo retarlo a una competencia bien singular y
así se lo hace saber al cuñado:
«Hermano,
ya habéis visto cómo no he rehusado cuanto
habéis querido; razón será ahora que vos
también lo hagais así y sea el caso que
cada uno de nosotros entre a danzar vestido
de una camiseta azul y puestos unos pañuelos
(los cuales se llaman huara) de
algodón blanco en las partes vergonzosas, y
veamos quién de los dos traer mejor recaudo
de esto y lo hace mejor» (p. 351).
El dios lo
asusta con un grito cuando estaba bailando, por
lo que el hombre rico sale corriendo y Huatyacuri
lo convierte en venado. La mujer del hombre
también escapa. Los dos son alcanzados por el
dios, quien reprende a la mujer por haber
aconsejado mal a su marido y la castiga
convirtiéndola en piedra, con la cabeza en el
suelo y los pies arriba, abiertas las piernas, «para
que cuantos aquí llegaren vean tus partes
vergonzosas» (p. 352).
El venado parte
y vive en el monte alimentándose de gente y
luego de multiplicarse profusamente, en cierta
fiesta cantaron diciendo: «Como somos tantos,
podremos comer los hombres», pero un
venadillo confundió la copla y dijo: «¿Cómo,
si somos tantos, no nos comerán los hombres?» (p.
352) y desde esa ocasión, los venados son
comidos por los hombres.
El mito relata
finalmente que de los cinco huevos que había en
el cerro, uno de los cuales era Pariacaca,
salieron cinco halcones que se convirtieron luego
en cinco hombres, los cuales andaban haciendo
maravillas y grandes milagros.
El relato
congrega multiplicidad de sentido y
características bien definitorias de los mitos
incas: el carácter preponderante del amor y la
sensualidad, el papel de la mujer en la
conformación de la historia, el castigo a la
soberbia, la integración de lo cotidiano con lo
maravilloso y la índole didáctica de los
microrrelatos que lo componen. Por estas razones,
se trata de un relato que connota una pluridad de
significados y está provisto de gran simbolismo,
como lo es el Popol Vuh en la cultura maya
quiché o La leyenda de Yurupary en la
amazónica.
(...)
vislumbraron el mundo lleno de poesía y
trascendencia, dejando una huella espléndida
de cómo la palabra nombra la realidad y es
el instrumento más eficaz para perpetuar las
enseñanzas con las que se le imprime
coherencia al universo.
Participa de lo
cosmogónico, en cuanto remite al origen remoto y
fundamental de lo existente, con la metáfora de
los huevos que contienen los dioses principales,
al tiempo que relata la proveniencia del héroe
cultural, Huatyacuri, llegado al pueblo en la
forma típica del indio pobre y sucio al que por
su condición todos menosprecian, pero quien,
gracias a sus poderes, sabiduría y argucias,
logra la satisfacción de sus deseos (goza a la
joven hija del hombre rico) y también castiga la
soberbia de su contrincante en todas las
competencias a que es sometido, venciéndole de
manera rotunda y con la participación de actos
mágicos.
Así mismo, es
un relato de carácter etiológico y lúdico, que
de forma divertida narra el origen sagrado de
ciertos animales como los zorros, las aves, las
llamas, los venados y su relación con los
hombres, así como la explicación de ciertas
toponimias (montañas, lagos, cerros) que están
ligadas a la vida de los enamorados y al amor.
Esta intervención del substrato amoroso que
inspira la relación entre el hombre y la mujer
dota a los relatos míticos incas de una
expresividad muy especial, que aparece también
en la diversidad de manifestaciones poéticas,
como lo son el wawaki (poema erótico
propiciatorio del amor y de la maduración de los
frutos), el taki (poema-canción de tono
picaresco), pero sobre todo el jarawi o turpi
(especie lírica del amor, de la endecha de
enamorado que generalmente se la menta por el
cariño no correspondido)(8).
En todos ellos,
el amor y el erotismo funcionan como núcleo
estructurante de la visión del mundo, que nos
brinda posibilidades bien sugestivas de
aproximación a la idiosincrasia indígena de los
andes suramericanos, en particular del Perú,
Ecuador y Bolivia. Para el caso de los relatos
míticos, desarrolla la idea básica del
sentimiento amoroso ligado a la sensualidad y
erotismo por medio de los cuales se desencadenan
hechos fundamentales en la realidad mítica que
producen sentido, ya bien sea generando castigo,
como en el caso de la altiva joven que no acepta
haber sido preñada por un joven androjoso y
pobre, aunque luego se le revele como dios; o de
la recompensa mediante el gozo y el disfrute de
los sentidos, como el de la hija de Tamtañanca.
Esa voluntad de hacer del amor y del erotismo una
condición claramente humana que enaltece a los
seres y produce rupturas esenciales desde el
punto de vista de lo mitológico, podrían
funcionar como antecedentes remotos del tono
tierno y lastimero respecto del amor al igual que
la exaltación de la sensualidad, tan
características en las creaciones líricas
quechuas, aún las más antiguas.
La multiplicidad
de sentidos que se revelan cuando se encara el
estudio de estas formas de expresión literaria
que desafortunadamente fueron mucho tiempo
relegadas a simples relatos con poca
trascendencia en lo religioso -desde la óptica
de la cultura occidental de los vencedores- es
una muestra del maravilloso legado de nuestros
antepasados, que vislumbraron el mundo lleno de
poesía y trascendencia, dejando una huella
espléndida de cómo la palabra nombra la
realidad y es el instrumento más eficaz para
perpetuar las enseñanzas con las que se le
imprime coherencia al universo.
NOTAS
(1) LARA,
Jesús. La poesía quechua, Fondo de
Cultura Económica, México, D.F., 1979, sostiene
sin embargo que existen textos anteriores, como
los de D. Sant Tomás, Gramática y arte
antigua de la lengua general del Perú, 1560,
y de Antonio Ricardo, Doctrina cristiana en
quichua y aymara, 1584. La publicación
temprana de estas obras fue motivada por la
necesidad de evangelizar a los indios valiéndose
de su idioma.
(2) Ver LARA,
Jesús. Op. cit., BASADRE, Jorge. Literatura
inca, París, Desclée de Brouwer, 1938;
MOSSI, Miguel Angel. Manual del idioma general
del Perú. Gramática razonada de la lengua
quechua. Imprenta La minerva, 1889 (citado
por CID Perez, José y Dolores Martí en Teatro
indio precolombino, Aguilar, S.A., 1964).
(3) LARA,
Jesús, Op. cit., p. 48-49., cita un
ejemplo deslumbrante de esa flexibilidad y
riqueza semántica: «No hay en el mundo un
lenguaje en el cual se pueda manifestar con un
solo verbo tantos estados de ánimo, tantos
grados de dulcedumbre, o de ternura, o de
pasión, o de ira, o de desdén...» Y toma como
la utilización del vocablo Munaway, que
en castellano significa ámame.: «En el
quechua, es distinto. Munaway es el
equivalente del español; pero es demasiado duro,
descortés, ineficaz. Hay que suavisarlo, hacerlo
más insinuante: munakúway. Si hay que
pedircon dulzura: munaríway. Si hay una
ternura honda que mostrar: munarikúway.
Si se quiere volcar todo el caudal de ternura que
se atesora: munariri-kúway. Si se llega
el caso de insistir: munalláway. Si es
necesario rogar: munakulláway. Insistir
en el ruego: munarikulláway. La
imploración se expresa también: munaririkulláway.
Los estados de ánimo contrarios son manifestados
también de una manera peculiar».
(4) La obra de
José María Arguedas -que escribió en quechua y
en español- es una muestra vehemente de esta
voluntad en la búsqueda, afirmación y
revelación de la identidad cultural entroncada
con el pasado a través de la lengua.
(5) VILANES,
Carlos y Córdoba, Isabel. Literaturas de la
América precolombina, Istmo, Madrid, 1990.
(6) KRICKBERG,
Walter. Mitos y leyendas de los aztecas,
incas, mayas y muiscas. Fondo de Cultura
Económica, México, D.F., 1992. Los números de
la página en el texto correponden a esta
edición.
(7) VILANES,
Carlos y Córdoba, Isabel. Op. cit. Los
números de la página en el texto correponden a
esta edición.
(8) VILANES,
Carlos y Córdoba, Isabel. Op. cit. Una
reflexión amplia y lúcida sobre este aspecto
puede verse en texto citado de Jesús Lara. Cfr.
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