Ciudad y
mitos ContemporáneosAlberto Antonio Verón
Ospina
En el
presente ensayo nos proponemos realizar una
lectura cultural y literaria de la ciudad
- mundo fruto de la globalización, pero
también de aquella ciudad latinoamericana
heredera de la conquista y del romanticismo,
la ciudad marginal y la ciudad de dios. Cada
uno de estos tipos de ciudad convergen en un
fragmento urbano.
La fisionomía
fue un género menor que se extendió en la
prensa francesa del siglo XIX y con el cual se
pudo elaborar un trazado de la vida social de las
nacientes ciudades modernas de Europa. En las
descripciones del fisionomista una vida mezquina,
la acción de calibre más elemental resultan
pintadas y descritas bajo la familiaridad
narrativa del relato. Gracias a este mecanismo
los mitos se multiplican a pesar de su carácter
profano, signados por la fiebre y la baraúnda de
la calle, insertos en un lenguaje que habla de
las peripecias del hombre moderno, hombre
tecnológico, hombre de la prótesis y de la
máquina. Valernos entonces del mito es echar
mano de esas fábulas iniciales que narran el
trasegar del hombre sobre la tierra; del hombre
en cuanto constructor de ciudades , de deseos y
obviamente que de mitos.
Ingeniero de
urbes erigidas con la palabra, el lenguaje y la
ciudad -parodiando el léxico de los medievales-
resultan participes de la misma sustancia,
evocadores de un punto común de partida de la
cultura occidental: la experiencia crítica
del universo de las formas. La ciudad en este
caso es la ruta que permite el acercamiento a esa
belleza elaborada por el hombre, es ella la base
central donde razón y poética se confunden.
El crítico se
destaca como un cronista de la belleza; voz
racional que aspira a detallar la significación
de la producción poética de los hombres.
Platón, uno de los primeros estetas de
occidente, recuerda en El Fedro que, el
mortal si desea acceder a la visión celeste, la
podrá conquistar gracias a la temporal posesión
de unas alas. Es pues la posibilidad de volar el
imperativo de todo espíritu atento a trascender
el plano exclusivo de lo terrenal. Las alas han
de ser conquistadas por aquellos dispuestos a la
posibilidad del amor y de la belleza ya que ambos
términos son objetos que se hermanan en el
disfrute de lo poético y que arrojan al mortal
que lo conquista hacia una visión de orden
estético.
La virtud
de las alas consiste en llevar lo que es
pesado hacia las regiones superiores, donde
habita la raza de los dioses, siendo ellas
participantes de todo lo que es divino más
que todas las cosas corporales. (1).
El hombre y la
mujer, cruzados por la flecha de Eros, el poeta
capaz de develar la fuerza existente en las
revoluciones o en las visiones cosmológicas
tiene la visión integral tanto de la naturaleza
como del hombre, presencias distintas entre si,
pero ambas participantes de la misma
comunicación con la vida.
El poeta y el
enamorado son promovidos por su exaltación a la
condición de seres alados; condición que no es
permanente para los mortales, pero que se logra
fruto de la persistencia apasionada en un deseo
que se confía en la obra y que asciende por
encima del devenir de la existencia cotidiana.
Pero si los
dioses tienen alas, los humanos en cambio apenas
acceden a ellas por momentos, porque nuestra
condición terrestre obliga a que seamos presas
rápidas de un mundo pequeño y sórdido repleto
de avaricias y miserias.
El alma
no puede volver a la estancia de donde ha
partido, sino después de un destierro de
diez mil años; porque no recobra sus alas
antes a menos que haya cultivado la
filosofía con un corazón sincero o amado a
los jóvenes con un amor filosófico. A la
tercera revolución de mil años si ha
escogido tres veces seguidas este género de
vida, recobra sus alas y vuela hacia los
dioses... (2).
Esa posibilidad
momentánea del humano de acceder, vivir y
registrar la belleza ha pasado en la cultura
occidental por modos diferentes de pensarse y
relatarse, constituyéndose una serie de mitos
que atestiguan la relación entre la ciudad y el
hombre.
La ciudad
de Dios
En la edad media
reinaba la siguiente percepción en la que
convivían dos ordenes urbanos : el de dios
y el de los hombres.
Viejos
centros urbanos de origen romano, decaídos
durante la temprana edad media, y nuevas
poblaciones levantadas en los cruces de los
caminos o en las proximidades de algún lugar
de peregrinación, empezaron a atraer a los
campesinos que lograban escapar de los
vínculos señoriales para iniciar allí una
nueva vida. (3).
Con San Agustín
se acentúa esta separación que convierte los
conflictos y las luchas de las ciudades antiguas
en la consecuencia del pecado original. Las
ciudades de los hombres son fruto de la envidia,
de la iniquidad y de la lujuria que recorren los
palacios, las plazas, las calles y las
habitaciones de los humildes. La ciudad del
pecado fue en su momento encarnada por Babilonia,
la ciudad de la fornicación y del vicio, pero
sucesivamente todas sus crímenes se extendieron
a otros escenarios urbanos de la historia como
Venecia y Florencia, París y San Petesburgo
donde las pestes y las revoluciones son
consecuencia de la creciente lejanía de los
ciudadanos con respecto del Dios judeo cristiano.
De la
ciudad colonial al romanticismo
A la ciudad de
Dios sigue la ciudad profana exaltada en el
renacimiento europeo. Ella conjuga los elementos
de orden estético con las necesidades de la vida
política y económica. La ciudad fue erigida en
un principio no para albergar la existencia de
los hombres, sino para mostrar la trascendencia y
el poderío de los valientes. Fue entonces que
las ciudades se expandieron y se poblaron de
monumentos reservados a la gloria de los jefes,
la contemplación de la belleza ha resultado
también la perpetuación de historias que nos
cuentan de los rasgos más heroicos y atrevidos
que convierten a los ciudadanos en dioses alados
a quienes se atribuye unos rasgos que nos
permiten identificar a cada ciudad con las
leyendas y las historias de sus principales
hombres.
En nuestras
ciudades coloniales, según lo piensa José Luis
Romero, los caballeros europeos libraron su
última batalla, haciendo de estas una extensión
material de esa Europa en la que continuaron
viviendo mentalmente a pesar de que la
topografía, el clima, el color de la piel de sus
habitantes, la naturaleza les advirtiera la
inmensa y dura distancia que les separaba.
Se ha
hablado de que los conquistadores cedieron a
la tentación de ver las tierras descubiertas
en términos de fantasía medioeval. Sin
embargo, los términos eran justos, y esta
visión y esta descripción hicieron parte
del choque de culturas. En los españoles
subsistía la nostalgia cristiana de la
búsqueda del paraíso perdido, en el Jardín
de las Hespérides, en las islas afortunadas.
En los cronistas perduran esa capacidad de
asombro y esa aspiración de encontrar el
paraíso, que se transforma en el Dorado.
(4)
Correspondió al
movimiento romántico volver a acrecentar por
medio de sus cantos la idea propia del héroe
cuya persistencia y empuje fortalece los lazos de
unión y resistencia entre las gentes de una
ciudad y en especial de la nación. Triunfadores
y perdedores, ciudades que hoy se expanden y
mañana son borradas por sus nuevos
conquistadores se repiten a lo largo del tiempo.
Las zonas que se consideran patrimonio histórico
de la ciudad son a su vez aquellas que han
contado con la presencia del héroe.
El movimiento
romántico mira hacia atrás y vuelve la historia
en el referente obligado, un lugar para que las
nuevas generaciones beban y se vivifiquen de las
fuentes de la tradición. Esta es la herencia
recibida de la cultura europea, en un momento que
América toma consciencia de su sitial
privilegiado, espejo donde pueden mirarse los
habitantes de los mundos descubiertos y
colonizados por el europeo. La idealización
romántica de la existencia nos ofrece la
aspiración a un reconocimiento pleno de nuestra
naturaleza la cual es contemplada por el
romántico como una correspondencia entre el
hombre y su mundo circundante.
...
el ambiente físico afecta directamente
las formas de nuestro criterio y nuestra
imaginación. Nuestro constante
desequilibrio interior es el reflejo
inmediato de ese desequilibrio de nuestra
atmósfera, de nuestro paisaje, de
nuestros climas. Si la naturaleza evita
aquí toda forma armoniosa de
comportarse, otro tanto sucede en el
fondo de nuestros espíritus, donde la
inestabilidad parece la forma la forma
más permanente de vida. (5)
La
ciudad fue erigida en un principio no para
albergar la existencia de los hombres, sino
para mostrar la trascendencia y el poderío
de los valientes.
En América la
unidad entre el mito y la realidad tuvo efectos
en la primera generación de criollos que
administraron las ciudades luego de la marcha de
los españoles.
El
movimiento romántico adquirió fisonomía
propia en la América hispánica. Antes que
nada, en su ruptura con todo el bagaje de las
reglas neoclásicas, nuestros románticos
intentaron realmente deshacerse de todo
canon. (6).
En algunas
tendencias románticas brota una constante
exaltación hacia los lazos con la tierra, a la
urgencia de construir y divulgar una identidad
entre naturaleza y acciones heroicas, entre
lenguaje e identidad con un mundo que ha sido
crisol de razas.
Con la
aparición de unos países colonias dispuestos a
enunciar su propia historia se asiste a una
fragmentación de las ciudades que allí fueron
levantadas. Las ciudades del nuevo mundo, las
urbes de las periferias del planeta otorgan una
dinámica donde se reúnen y alteran los antiguos
mitos de la cultura europea. Ciudades que viven
sus propios dramas particulares y donde en un
mismo espacio urbano se presenta una su-matoria
vertiginosa de culturas que en el ámbito
europeo, africano y asiático costaron siglos
enteros.
La ciudad
empezó a ofrecer posibilidades insospechadas
para el artesano o para el que buscaba el
ejercicio del comercio. (...) La vida urbana
significó no sólo un acentuado y eficaz
ejercicio de la actividad manufacturera y
comercial, sino también la posibilidad de un
desarrollo intenso de la actividad
intelectual.(7)
Así como el
mestizaje produjo otros rostros y abrió la
mentalidad humana hacia nuevas maneras de sentir,
el paisaje urbano fue alterado a través de los
siglos, el trazado y los contornos que el europeo
soñó de América acabó siendo otro. Resultó
que entonces distinta fue la fábula urbana de la
colonización de América. La sola posición de
las ciudades andinas erizadas en las filos de las
montañas como una maquinaria a punto de salir
volando o desparramarse por los precipicios
rebela que al sueño del español, no siguió la
copia exacta de su mundo natal. El costo de la
aventura y su hallazgo, la exaltación del
descubrimiento, la riqueza y la fama, tuvieron su
contraparte cuando entendió que el cielo, el
agua, las montañas entra las cuales reposaba su
ciudad producirían otro hombre: el criollo,
alguien que como el mismo europeo podría llevar
una cruz en el pecho o la imagen de un santo en
las fiestas religiosas, pero que también tenía
entre la garganta, ahogado un grito y una
extraña voluntad por preguntarse si, esos muros
y las instituciones levantadas tras esos muros
describían un perfil de su propia realidad de
nativo descendiente de españoles.
La ciudad
moderna
Nos preguntamos,
en el atafago de la cultura contemporánea,
¿qué persiste de la aspiración platónica por
contemplar la belleza gracias a las alas de la
imaginación y del amor?. Luego de la bomba
atómica, en ciudades devastadas por la
intolerancia y la injusticia, entre una multitud
de mensajes visuales de todo orden y sin control
que se adhieren a nuestra sangre como inyecciones
de información, ¿qué resta de esa aspiración
a la belleza?, ¿cómo nombrarla siquiera sin que
causemos risa? ¿cómo volver a inventar un nuevo
vuelo, una imaginación clara, una ciudad mejor
sin que por ello dejemos de enunciar la ruina y
la persistencia del desastre?
El vuelo no es
la actitud permanente de los hombres. Según
Platón tenemos alas prestadas, nos encontramos
presos de las miserias de un cuerpo que se
extingue y perece. La experiencia estética
entendida como disfrute total de la belleza se
presenta en el arte y el amor bajo distintos
órdenes, mientras la ciudad resulta ser el
escenario privilegiado, el objeto de ese disfrute
en el cual el dolor, el temor, la exaltación
mística son bebida que a diario consumimos los
mortales. Borges al describir a su Buenos Aires
natal nos remite a una visión que de lo aéreo y
general desciende en lo particular y concreto. La
poesía tiene la altura suficiente para
ofrecernos el cuerpo exaltado de la ciudad que se
desparrama entre agua, cielo y tierra, pero
también de descender sobre cada punto de ese
escenario donde la vida acaece.
¿Qué
será Buenos Aires?...Es el creciente
laberinto de luces que divisamos desde el
avión y bajo el cual están la azotea, la
vereda, el último patio, las cosas quietas? (8)
La visión
racionalista actual de la ciudad puede ser
abordada como un objeto de estudio de la
planificación; contrariamente en el romántico
la ciudad es un cuerpo que apropiamos con todos
los sentidos, un texto que se lee al ritmo de la
cotidianidad. Si el romántico lee en la
naturaleza la expresión real de una divinidad
que se hace concreta, la misión del arte y de la
poesía habrá de ser la reafirmación del acto
cultural mismo, entendido este acto como la creación
permanente, la reactualización de los mitos,
la vuelta sobre la tradición. En el romántico
el afán de placer estético se antepone al ansia
ilustrada de una verdad científica. La
tecnología sólo es comprensible cuando logra
entenderse también como expresión de lo
poético. Por eso la atracción de final de siglo
por la tecnología y la inserción de esta en el
ámbito de la exaltación plástica y la
constante aparición de ésta en los relatos
literarios obliga a que la tecnología sea
enunciada para que así pueda reconocerse en la
naturaleza y deje de ser lo otro, lo dominante y
macabro a los ojos del romántico. Los relatos de
Walter Benjamin y sus ensayos sobre Baudelaire
nos incitan a constituir una alianza con el
hierro, con la masificación, con toda esa serie
de ruidos artificiales propios de la
industrialización durante el siglo XIX.
La
visión racionalista actual de la ciudad
puede ser abordada como un objeto de estudio
de la planificación; contrariamente en el
romántico la ciudad es un cuerpo que
apropiamos con todos los sentidos, un texto
que se lee al ritmo de la cotidianidad.
Con
el ruido aparece por primera vez en la
historia de la arquitectura un material
de construcción artificial. Estaba
sometido a una evolución cuyo tempo se
apresura en el curso del siglo. El empuje
decisivo lo recibe cuando se pone en
claro que la locomotora, con la cual
desde el final de los años veinte se
hacían tentativas, sólo puede
utilizarse sobre raíles de hierro.
(9)
Esos ruidos,
darán paso a finales de este siglo a un sistema
silenciosos, conectado y sistematizado por el
tacto digital y la imaginación cibernética. De
allí que las transformaciones al interior de la
tecnología, el cambio de la tela del cine por la
luz cambiante originada en los monitores
prefigura las nuevas maneras de relacionarnos con
una naturaleza alterada por la máquina.
A finales del
siglo XX se vive en ámbitos de carácter
urbanos; esto no se produce necesariamente por el
tamaño de la ciudad, sino por los efectos de la
comunicación masiva a gran escala, que estimula
en los individuos la sensación de que se
participa de una experiencia común capaz de
extenderse y contagiar los rincones más
apartados de la tierra. La ciudad estalla en
átomos disgregados donde se confunden los medios
para proporcionar placer con los fines de control
y represión sobre amplios sectores de la
sociedad. Y es que en la ciudad resulta más
difícil atrincherarse y emboscarse.
Las ciudades han
sido reconocidas, numeradas y clasificadas de
manera que se puedan evitar los conatos de
conspiración. La ciudad tiene también sus
pesadillas que asaltan en territorios
insospechados y que hacen de muchos, sujetos
doblegados a una racionalidad ajena a la voluntad
individual.
La ciudad
detritus
La ciudad como
concepto se convierte en una mega - ciudad real.
En la ciudad de hoy se pueden encontrar
respuestas a lo que suele llamarse la crisis de
los ideales ultra terrenos (10). La realidad posterior a la
muerte aparece en el poema de José María
Fonollosa, transformada en la ironía del gusano
que se asoma por la cavidad de unos ojos. Esa
vida pútrida más allá de la misma vida es la
que heredan quienes constituyen la ciudad -
banquete en que deviene el cadáver ya que otro
es el orden que se instaura luego de la muerte.
No se trata de la trascendencia donde se castiga,
en que para consuelo mortal se constituye una
continuidad entre el cuerpo y el espíritu.
... seres
trabajando sin descanso
para
destruir la forma, este volumen
que la
gente conoce por mi nombre. (11)
En Zeleste 15,
del poeta Fonollosa, (12) un ser anónimo del mundo moderno
enuncia desde la sombra cada uno de los elementos
que considera suyos. Aviones y coches, mujeres y
palacios forman parte del hilo lingüístico que
configura la dimensión de nuestros afectos. Es
la palabra el sedimento invisible que nos agarra
de manera cultural al orden de lo humano. Es la
palabra el tejido que la araña elabora. Es la
frágil palabra que se toma, se cambia y se deja.
Si a una
sociedad inmóvil correspondían unas
relaciones sociales de lealtad, servidumbre,
palabra de amor y misericordia, lo que hoy
resulta ser a nuestros ojos convenciones
sociales aparecen expuestas y desacreditadas
bajo la luz de lo simulado y de lo medial.
Pareciera
difícil poder salir de las fronteras de la
alienación, las cuales no vienen apenas por las
calles de la ciudad sino que llegan desde la
ciudad virtual de los medios masivos. La
reducción de la calzada para el peatón, la
segmentación de las áreas de esparcimiento
social nos habla de un mecanismo que altera y
muta las antiguas formas de contacto social
heredadas del proyecto de estado - nación.
Carlos Rincón
enuncia,
... la
erosión del sentido de hogar - casa (ecoi
home) como localidad geográfica específica
con una atmósfera distinta y muestra la
nostalgia como sentimiento de carencia de
hogar - casa, producto psicológico de la
modernización y del no - sentirse en - casa
en la sociedad, consigo mismo y en el mundo
moderno. (13)
La erosión del
sentido del hogar resulta la forma de una
experiencia común a millones de hombres y
mujeres que desde la infancia se encuentran
signados por un orden de cosas que en palabras de
Marx desvanecen las antiguas estructuras de apego
y estabilidad. Así la experiencia
del nomadismo y del éxodo no hace algo distinto
que replicar la realidad informacional signada
por un volumen inmanejable de todo orden de
mensajes, como por el flujo de vehículos y de
mercancías. Si a una sociedad inmóvil
correspondían unas relaciones sociales de
lealtad, servidumbre, palabra de amor y
misericordia, lo que hoy resulta ser a nuestros
ojos convenciones sociales aparecen expuestas y
desacreditadas bajo la luz de lo simulado y de lo
medial. La ciudad es la no-ciudad, el
desencuentro reemplaza a las antiguas maneras de
encuentro.
La ciudad
y el paseante
¿Podríamos
hablar de una condición de paseante?. ¿A partir
de la nominación de paseante entender buena
parte de la literatura en sus diversos géneros:
poesía, filosofía, narrativa como las crónicas
de un itinerario por el espacio imaginativo de un
autor? Los literatos han visto en el viaje la
condición privilegiada y excelsa del escritor
que decide vivir y construir su propio recorrido.
Este viaje presenta en cada caso una geografía y
unos límites. Cada autor selecciona su propio
paisaje a partir de un misterioso y atractivo
mecanismo que le sitúa en el entorno
satisfactorio para su creación. Esta condición
lleva implícitas variedad de experiencias como
la extrema del dolor, en el sentido de que el
viaje puede contener las representaciones de la
propia autodestrucción.
El paseo es un
ejercicio urbano que permite considerar la
historia cotidiana de la ciudad a partir de los
recorridos que a diario los habitantes y
visitantes de una ciudad realizan. Se opta un
vuelo por encima de la ciudad con unas alas que
son las de la imaginación, focalizando la mirada
desde arriba (el que tienen alas, quienes viven
en los últimos pisos) o en la calle misma, de
modo que tanto el transeúnte como el habitante
puedan recoger y expresar las bondades de un
espacio que es lugar nombrado tanto como casa o
como punto de encuentro en el contexto de una
ciudad que vive una situación de indiferencia o
desconocimiento del fenómeno arquitectónico y
que por consecuencia poco cuestiona la extinción
o destrucción de espacios públicos al interior
de la ciudad.
El paseo está
escrito en la memoria, la memoria de otros paseos
que se sustentan en la experiencia previa de la
palabra escrita. Es desde allí, en el apriori
de quien asume la ciudad como una suma de
cuentos, de novelas y poemas que un lugar
literario se hace lugar antropológico.
No se llega al
lugar fundado por el hombre desposeídos de
elementos culturales previas; todo el discurso
idealista ofrece suficientes elementos para
asumir que la recordación y las ideas innatas
permiten que nos apropiemos de un espacio gracias
al aliento de una película y que vivamos
determinadas experiencias con la certeza de que
somos personajes de ficción o que elaboramos una
nueva versión de algún argumento. Se trata de
una experiencia de lo transtextual que
convierte la ciudad en un espacio sígnico.
¿Y cuales son esos espacios significativos de
una ciudad?. Se trata de una serie de textos
diversos que finalmente tienen de editor a quien
los compone por medio de la lectura.
Algunos
estudiosos de la ciudad escriben acerca de la
muerte de esta. ¿Se trata de un cadáver del que
sacamos los últimos beneficios como quien se
apropia de la piel y del cabello para hacer cera?
Esa misma corriente considera que el modelo
cultural dominante aplasta los rescoldos de
diferencia e individualidad. Una arquitectura
homogénea, una voracidad privada sin límites,
la obsesión por el número y la eficiencia
convierten la ciudad en un lugar desastroso y de
solo tránsito.
La ciudad
se funda en el dominio de las
apariencias...la ciudad, por encima de
cualquier artificio reductor, es una
ininterrumpida descomposición, un estallido
constante de vísceras que palpitan (14)
Renglones antes
se indicó que en la edad media se impuso la
dicotomía teológica entre la ciudad de Dios y
aquella de los hombres. La dicotomía pareció
superada con el surgimiento de las ciudades
burguesas, esplendorosas en su licencia para el
placer y la investigación.
A su vez las
ciudades coloniales de América extendieron al
nuevo mundo las obsesiones europeas
-especialmente la parte hispanohablante- en torno
de la salvación de las almas y como consecuencia
la eliminación de aquellos rescoldos de
politeísmo o mentalidad árabe que los ideales
caballerescos portugueses y españoles creyeron
encontrar en las culturas sometidas.
La ciudad
- rumba
Pero existe otra
ciudad, la ciudad - rumba, la ciudad -
noche que cambia de espacios y se extiende de
un lugar a otro como quien cambia de vestido. En
la ciudad - rumba sus usuarios tienen la
ilusión de que la modelan de acuerdo a sus
propios deseos. Los límites entre la voluntad
particular de quien desea y busca el placer y la
imagen colectiva de un espacio público que se
nos manifiesta colonizado por los signos de la
moda y del consumo se disuelven, se reducen
cuando la música y la belleza de los cuerpos
aparecen para estimular, bajo la complicidad de
la noche, un nuevo orden de movimientos, maneras
de caminar, de seducir, de apropiarse de la
calle, de esperar o dialogar en una esquina, de
exhibirse bajo la luz artificial de algún sitio.
Más allá del
sometimiento cultural a una condición
periférica, la ciudad - rumba constituye
la manera de tejer un sistema de lazos
periferia - mundo gracias a los signos del
consumo.
Las zonas -
rumba de la ciudad han sido en algunos casos,
primero lugar de residencia y luego sector
comercial, deviniendo así ruta de ocio, espacio
de encuentro. Esta génesis que va del domicilio
comercial al paseo lúdico habla de las huellas
que sobre la ciudad se dejan, para luego dar paso
a la invisibilidad, porque hacerse invisible es
parte de lo que buscamos al vivir y recorrer una
ciudad. Lo masivo y lo populoso en lo urbano,
atestiguan una lógica por medio de la cual todo
está de tránsito, a un olor sucede otro, a un
cuerpo otro cuerpo, nos estamos acostumbrando a
alguien cuando resultamos siendo víctimas del
desapego, del abandono, del desamor. El
desarraigo es una sensación que aflora en calles
y apartamentos, y que se concreta en el no
sentirse de ninguna parte.
Más
allá del sometimiento cultural a una
condición periférica, la ciudad - rumba
constituye la manera de tejer un sistema de
lazos periferia - mundo gracias a los signos
del consumo.
Pero la
ciudad - rumba es apenas un fragmento de
esta, unas cuantas calles y andenes donde crece
una vida de fiesta bajo la instigación del
consumo. Lo que había sido el habitat de un
grupo social medio y alto se vuelve en una
urgencia por tener un ámbito público menos
restrictivo que los clubes, de mayor
espontaneidad y permisividad. Allí se evidencia
el fenómeno del encuentro entre cultura y
subcultura.
Si la
cultura es un código biológico y una
memoria que se hereda, acrecienta y
transforma, una sub cultura es un análisis
de un aspecto nuevo y parcial de la realidad.
La sub cultura surge de la discontinuidad con
la cultura dominante. Cuando una subcultura
llega a un grado de conflicto inconciliable
con la cultura dominante, se produce una
contracultura: una guerra entre distintas
concepciones de mundo. (...) Así la cultura
se nutre de los aportes de las nuevas
subculturas. Las olas que incorporan nuevos
estilos de vida lo hacen por medio de la
moda. De los hippies a los metaleros, pasando
por los Punk y llegando a la nueva era, el
tiempo con el que llegan las olas resulta
cada vez más veloz (15 )
En la ciudad
- rumba el tránsito de lo privado a lo
público tiene en el uso del tiempo de ocio el
principal vector de medida y en la juventud la
presencia que refrenda a una sociedad que se
legitima en los mitos de la belleza y del placer.
La ciudad - rumba vive de los excedentes
orientados hacia el disfrute. La discoteca y el
centro comercial, la heladería y la taberna, el
restaurante y los alucinógenos son las
mediaciones que nutren al individuo de un
combustible hedonista capaz de mantenerlo
dispuesto a con tinuar su brega.
En estos
lugares, en apariencia de paso, coinciden la
representación de lo que se piensa un estilo de
vida propio, elástico a los deseos de cada uno
de quienes viven y participan activamente de
estas imágenes. En la ciudad - rumba, lo
joven no es un problema biológico sino una
actitud social que se construye y se exhibe en la
manera de caminar, en el vestir o en la adopción
de las prótesis, las lipo - succiones y las lipo
- esculturas y las transformaciones plásticas
como maneras de acceder a ese ideario masificado
de la juventud; esa medida temporal en la que
hemos deseado permanecer y enquistarnos.
El transeúnte
de la ciudad se coloca en la noche sus alas y se
hace paseante. Su experiencia de la belleza deja
de ser potestad del crítico y se apropia de
quienes disfrutan los placeres sencillos del
consumo. Es posible entonces zanjar la discusión
sobre como lo global borra las huellas de la
identidad local. Y es que la modernidad - mundo
se materializa en el pret a porter que
exhibe una muchacha, en la artesanía hindú, en
los servicios informáticos y celulares que se
ofrecen. Pero cada uno de estos usuarios
transitan por unas calles donde todavía la gente
se conoce y se saluda, donde los unos buscan en
otros la señal donde se verifique que los signos
de identidad y de demarcación territorial no han
sido rotos.
En los espacios
públicos se construyen dinámicas gracias a las
cuales una oferta cultural variada, no centrada
en unos pocos aspectos de la vida, aviva las
competencias comunicativas y permite la
democratización del espacio. El éxito
comunicativo de ciertas zonas nocturnas de la
ciudad podría entonces residir en que recoge a
los transeúntes, paseantes y habitantes antes
que expulsarlos, les brinda esperanzas de
encuentro con los otros antes que de soledad. En
ella, las categorías de modernidad y
modernización de la ciudad alcanzan a tener un
nivel de representación.
Es así que
desde la música hasta la arquitectura estos
fragmentos urbanos son una expresión vital, un
atisbo espontáneo de lo que puede ser una parte
de la ciudad que comunica, que educa, que tiene
espacios para la creación.
NOTAS
(1) PLATÓN. Diálogos.
Fedro o del amor. Méjico. Editorial Porrúa.
1984. p. 637
(2) PLATÓN. Op.
cit. 1984.
(3) ROMERO,
José Luís. La edad media. Fondo de
cultura económico de Méjico. Bogotá. 1997.
p.62
(4) GOMEZ
VALDERRAMA, Pedro. Antología. Prosa y poesía.
Serie la granada entreabierta. 75. Instituto Caro
y Cuervo. Santafé de Bogotá. 1995. p. 228
(5) RAFAEL MAYA.
Obra Crítica. Volumen uno. Ediciones del
Banco de la República. 1982. p. 146
(6) HENRÍQUEZ
UREÑA, Pedro. Las corrientes literarias en la
América Hispánica. Fondo de Cultura
Económica. Santafé de Bogotá. 1994. p.
130
(7) HENRIQUEZ
UREÑA, Pedro. Op cit. p. 166
(8) BORGES,
Jorge Luis. Elogio de la sombra. Emecé
Editorial. Colección Piragua de poesía. Buenos
Aires. 1969. p. 127.
(9) BENJAMIN
Walter. Poesía y capitalismo. Iluminaciones
III. Editorial Taurus. Madrid. 1987. p. 174
(10) La crisis
de los ideales ultra - terreno tienen que ver con
la conmoción en todos aquellos supuestos
causales, inevitables, signados por la voluntad
de algún ser interventor. Estas concepciones
imperantes en la filosofía pero también en el
léxico del pensamiento social se encuentra hoy
sometida a dura crítica.
(11) FONOLLOSA,
José María. Barcelona : ciudad del
hombre. DVD. Poesía. Barcelona. 1996.
(12) FONOLLOSA. Op
cit. p. 15
(13) RINCÓN
Carlos. La simultaneidad de lo simultáneo.
Ediciones Universidad Nacional. Santafé de
Bogotá. p. 97-98
(14) GIMENO,
Alberto. "Por una poética de la
podredumbre urbana" Tomado de Las Artes.
Suplemento cultural Diario del Otún. Pereira.
Domingo 28 de julio de 1996.
(15) VERÓN
OSPINA, Alberto Antonio. Ritos y
transformaciones en los usos culturales de la
ciudad. p. 70. Op cit.
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