Ciudad y mitos Contemporáneos

Alberto Antonio Verón Ospina

En el presente ensayo nos proponemos realizar una lectura cultural y literaria de la ciudad - mundo fruto de la globalización, pero también de aquella ciudad latinoamericana heredera de la conquista y del romanticismo, la ciudad marginal y la ciudad de dios. Cada uno de estos tipos de ciudad convergen en un fragmento urbano.

 

La fisionomía fue un género menor que se extendió en la prensa francesa del siglo XIX y con el cual se pudo elaborar un trazado de la vida social de las nacientes ciudades modernas de Europa. En las descripciones del fisionomista una vida mezquina, la acción de calibre más elemental resultan pintadas y descritas bajo la familiaridad narrativa del relato. Gracias a este mecanismo los mitos se multiplican a pesar de su carácter profano, signados por la fiebre y la baraúnda de la calle, insertos en un lenguaje que habla de las peripecias del hombre moderno, hombre tecnológico, hombre de la prótesis y de la máquina. Valernos entonces del mito es echar mano de esas fábulas iniciales que narran el trasegar del hombre sobre la tierra; del hombre en cuanto constructor de ciudades , de deseos y obviamente que de mitos.

Ingeniero de urbes erigidas con la palabra, el lenguaje y la ciudad -parodiando el léxico de los medievales- resultan participes de la misma sustancia, evocadores de un punto común de partida de la cultura occidental: la  experiencia crítica del universo de las formas. La ciudad en este caso es la ruta que permite el acercamiento a esa belleza elaborada por el hombre, es ella la base central donde razón y poética se confunden.

El crítico se destaca como un cronista de la belleza; voz racional que aspira a detallar la significación de la producción poética de los hombres. Platón, uno de los primeros estetas de occidente, recuerda en El Fedro que, el mortal si desea acceder a la visión celeste, la podrá conquistar gracias a la temporal posesión de unas alas. Es pues la posibilidad de volar el imperativo de todo espíritu atento a trascender el plano exclusivo de lo terrenal. Las alas han de ser conquistadas por aquellos dispuestos a la posibilidad del amor y de la belleza ya que ambos términos son objetos que se hermanan en el disfrute de lo poético y que arrojan al mortal que lo conquista hacia una visión de orden estético.

La virtud de las alas consiste en llevar lo que es pesado hacia las regiones superiores, donde habita la raza de los dioses, siendo ellas participantes de todo lo que es divino más que todas las cosas corporales. (1).

 

El hombre y la mujer, cruzados por la flecha de Eros, el poeta capaz de develar la fuerza existente en las revoluciones o en las visiones cosmológicas tiene la visión integral tanto de la naturaleza como del hombre, presencias distintas entre si, pero ambas participantes de la misma comunicación con la vida.

El poeta y el enamorado son promovidos por su exaltación a la condición de seres alados; condición que no es permanente para los mortales, pero que se logra fruto de la persistencia apasionada en un deseo que se confía en la obra y que asciende por encima del devenir de la existencia cotidiana.

Pero si los dioses tienen alas, los humanos en cambio apenas acceden a ellas por momentos, porque nuestra condición terrestre obliga a que seamos presas rápidas de un mundo pequeño y sórdido repleto de avaricias y miserias.

El alma no puede volver a la estancia de donde ha partido, sino después de un destierro de diez mil años; porque no recobra sus alas antes a menos que haya cultivado la filosofía con un corazón sincero o amado a los jóvenes con un amor filosófico. A la tercera revolución de mil años si ha escogido tres veces seguidas este género de vida, recobra sus alas y vuela hacia los dioses... (2).

Esa posibilidad momentánea del humano de acceder, vivir y registrar la belleza ha pasado en la cultura occidental por modos diferentes de pensarse y relatarse, constituyéndose una serie de mitos que atestiguan la relación entre la ciudad y el hombre.

La ciudad de Dios

En la edad media reinaba la siguiente percepción en la que convivían dos ordenes urbanos : el de dios y el de los hombres.

Viejos centros urbanos de origen romano, decaídos durante la temprana edad media, y nuevas poblaciones levantadas en los cruces de los caminos o en las proximidades de algún lugar de peregrinación, empezaron a atraer a los campesinos que lograban escapar de los vínculos señoriales para iniciar allí una nueva vida. (3).

 

Con San Agustín se acentúa esta separación que convierte los conflictos y las luchas de las ciudades antiguas en la consecuencia del pecado original. Las ciudades de los hombres son fruto de la envidia, de la iniquidad y de la lujuria que recorren los palacios, las plazas, las calles y las habitaciones de los humildes. La ciudad del pecado fue en su momento encarnada por Babilonia, la ciudad de la fornicación y del vicio, pero sucesivamente todas sus crímenes se extendieron a otros escenarios urbanos de la historia como Venecia y Florencia, París y San Petesburgo donde las pestes y las revoluciones son consecuencia de la creciente lejanía de los ciudadanos con respecto del Dios judeo cristiano.

De la ciudad colonial al romanticismo

A la ciudad de Dios sigue la ciudad profana exaltada en el renacimiento europeo. Ella conjuga los elementos de orden estético con las necesidades de la vida política y económica. La ciudad fue erigida en un principio no para albergar la existencia de los hombres, sino para mostrar la trascendencia y el poderío de los valientes. Fue entonces que las ciudades se expandieron y se poblaron de monumentos reservados a la gloria de los jefes, la contemplación de la belleza ha resultado también la perpetuación de historias que nos cuentan de los rasgos más heroicos y atrevidos que convierten a los ciudadanos en dioses alados a quienes se atribuye unos rasgos que nos permiten identificar a cada ciudad con las leyendas y las historias de sus principales hombres.

En nuestras ciudades coloniales, según lo piensa José Luis Romero, los caballeros europeos libraron su última batalla, haciendo de estas una extensión material de esa Europa en la que continuaron viviendo mentalmente a pesar de que la topografía, el clima, el color de la piel de sus habitantes, la naturaleza les advirtiera la inmensa y dura distancia que les separaba.

Se ha hablado de que los conquistadores cedieron a la tentación de ver las tierras descubiertas en términos de fantasía medioeval. Sin embargo, los términos eran justos, y esta visión y esta descripción hicieron parte del choque de culturas. En los españoles subsistía la nostalgia cristiana de la búsqueda del paraíso perdido, en el Jardín de las Hespérides, en las islas afortunadas. En los cronistas perduran esa capacidad de asombro y esa aspiración de encontrar el paraíso, que se transforma en el Dorado. (4)

 

Correspondió al movimiento romántico volver a acrecentar por medio de sus cantos la idea propia del héroe cuya persistencia y empuje fortalece los lazos de unión y resistencia entre las gentes de una ciudad y en especial de la nación. Triunfadores y perdedores, ciudades que hoy se expanden y mañana son borradas por sus nuevos conquistadores se repiten a lo largo del tiempo. Las zonas que se consideran patrimonio histórico de la ciudad son a su vez aquellas que han contado con la presencia del héroe.

El movimiento romántico mira hacia atrás y vuelve la historia en el referente obligado, un lugar para que las nuevas generaciones beban y se vivifiquen de las fuentes de la tradición. Esta es la herencia recibida de la cultura europea, en un momento que América toma consciencia de su sitial privilegiado, espejo donde pueden mirarse los habitantes de los mundos descubiertos y colonizados por el europeo. La idealización romántica de la existencia nos ofrece la aspiración a un reconocimiento pleno de nuestra naturaleza la cual es contemplada por el romántico como una correspondencia entre el hombre y su mundo circundante.

... el ambiente físico afecta directamente las formas de nuestro criterio y nuestra imaginación. Nuestro constante desequilibrio interior es el reflejo inmediato de ese desequilibrio de nuestra atmósfera, de nuestro paisaje, de nuestros climas. Si la naturaleza evita aquí toda forma armoniosa de comportarse, otro tanto sucede en el fondo de nuestros espíritus, donde la inestabilidad parece la forma la forma más permanente de vida. (5)

 

La ciudad fue erigida en un principio no para albergar la existencia de los hombres, sino para mostrar la trascendencia y el poderío de los valientes.

En América la unidad entre el mito y la realidad tuvo efectos en la primera generación de criollos que administraron las ciudades luego de la marcha de los españoles.

El movimiento romántico adquirió fisonomía propia en la América hispánica. Antes que nada, en su ruptura con todo el bagaje de las reglas neoclásicas, nuestros románticos intentaron realmente deshacerse de todo canon. (6).

 

En algunas tendencias románticas brota una constante exaltación hacia los lazos con la tierra, a la urgencia de construir y divulgar una identidad entre naturaleza y acciones heroicas, entre lenguaje e identidad con un mundo que ha sido crisol de razas.

Con la aparición de unos países colonias dispuestos a enunciar su propia historia se asiste a una fragmentación de las ciudades que allí fueron levantadas. Las ciudades del nuevo mundo, las urbes de las periferias del planeta otorgan una dinámica donde se reúnen y alteran los antiguos mitos de la cultura europea. Ciudades que viven sus propios dramas particulares y donde en un mismo espacio urbano se presenta una su-matoria vertiginosa de culturas que en el ámbito europeo, africano y asiático costaron siglos enteros.

La ciudad empezó a ofrecer posibilidades insospechadas para el artesano o para el que buscaba el ejercicio del comercio. (...) La vida urbana significó no sólo un acentuado y eficaz ejercicio de la actividad manufacturera y comercial, sino también la posibilidad de un desarrollo intenso de la actividad intelectual.(7)

 

Así como el mestizaje produjo otros rostros y abrió la mentalidad humana hacia nuevas maneras de sentir, el paisaje urbano fue alterado a través de los siglos, el trazado y los contornos que el europeo soñó de América acabó siendo otro. Resultó que entonces distinta fue la fábula urbana de la colonización de América. La sola posición de las ciudades andinas erizadas en las filos de las montañas como una maquinaria a punto de salir volando o desparramarse por los precipicios rebela que al sueño del español, no siguió la copia exacta de su mundo natal. El costo de la aventura y su hallazgo, la exaltación del descubrimiento, la riqueza y la fama, tuvieron su contraparte cuando entendió que el cielo, el agua, las montañas entra las cuales reposaba su ciudad producirían otro hombre: el criollo, alguien que como el mismo europeo podría llevar una cruz en el pecho o la imagen de un santo en las fiestas religiosas, pero que también tenía entre la garganta, ahogado un grito y una extraña voluntad por preguntarse si, esos muros y las instituciones levantadas tras esos muros describían un perfil de su propia realidad de nativo descendiente de españoles.

La ciudad moderna

Nos preguntamos, en el atafago de la cultura contemporánea, ¿qué persiste de la aspiración platónica por contemplar la belleza gracias a las alas de la imaginación y del amor?. Luego de la bomba atómica, en ciudades devastadas por la intolerancia y la injusticia, entre una multitud de mensajes visuales de todo orden y sin control que se adhieren a nuestra sangre como inyecciones de información, ¿qué resta de esa aspiración a la belleza?, ¿cómo nombrarla siquiera sin que causemos risa? ¿cómo volver a inventar un nuevo vuelo, una imaginación clara, una ciudad mejor sin que por ello dejemos de enunciar la ruina y la persistencia del desastre?

El vuelo no es la actitud permanente de los hombres. Según Platón tenemos alas prestadas, nos encontramos presos de las miserias de un cuerpo que se extingue y perece. La experiencia estética entendida como disfrute total de la belleza se presenta en el arte y el amor bajo distintos órdenes, mientras la ciudad resulta ser el escenario privilegiado, el objeto de ese disfrute en el cual el dolor, el temor, la exaltación mística son bebida que a diario consumimos los mortales. Borges al describir a su Buenos Aires natal nos remite a una visión que de lo aéreo y general desciende en lo particular y concreto. La poesía tiene la altura suficiente para ofrecernos el cuerpo exaltado de la ciudad que se desparrama entre agua, cielo y tierra, pero también de descender sobre cada punto de ese escenario donde la vida acaece.

¿Qué será Buenos Aires?...Es el creciente laberinto de luces que divisamos desde el avión y bajo el cual están la azotea, la vereda, el último patio, las cosas quietas? (8) 

 

La visión racionalista actual de la ciudad puede ser abordada como un objeto de estudio de la planificación; contrariamente en el romántico la ciudad es un cuerpo que apropiamos con todos los sentidos, un texto que se lee al ritmo de la cotidianidad. Si el romántico lee en la naturaleza la expresión real de una divinidad que se hace concreta, la misión del arte y de la poesía habrá de ser la reafirmación del acto cultural mismo, entendido este acto como la creación permanente, la reactualización de los mitos, la vuelta sobre la tradición. En el romántico el afán de placer estético se antepone al ansia ilustrada de una verdad científica. La tecnología sólo es comprensible cuando logra entenderse también como expresión de lo poético. Por eso la atracción de final de siglo por la tecnología y la inserción de esta en el ámbito de la exaltación plástica y la constante aparición de ésta en los relatos literarios obliga a que la tecnología sea enunciada para que así pueda reconocerse en la naturaleza y deje de ser lo otro, lo dominante y macabro a los ojos del romántico. Los relatos de Walter Benjamin y sus ensayos sobre Baudelaire nos incitan a constituir una alianza con el hierro, con la masificación, con toda esa serie de ruidos artificiales propios de la industrialización durante el siglo XIX.

La visión racionalista actual de la ciudad puede ser abordada como un objeto de estudio de la planificación; contrariamente en el romántico la ciudad es un cuerpo que apropiamos con todos los sentidos, un texto que se lee al ritmo de la cotidianidad.

 

Con el ruido aparece por primera vez en la historia de la arquitectura un material de construcción artificial. Estaba sometido a una evolución cuyo tempo se apresura en el curso del siglo. El empuje decisivo lo recibe cuando se pone en claro que la locomotora, con la cual desde el final de los años veinte se hacían tentativas, sólo puede utilizarse sobre raíles de hierro. (9) 

 

Esos ruidos, darán paso a finales de este siglo a un sistema silenciosos, conectado y sistematizado por el tacto digital y la imaginación cibernética. De allí que las transformaciones al interior de la tecnología, el cambio de la tela del cine por la luz cambiante originada en los monitores prefigura las nuevas maneras de relacionarnos con una naturaleza alterada por la máquina.

A finales del siglo XX se vive en ámbitos de carácter urbanos; esto no se produce necesariamente por el tamaño de la ciudad, sino por los efectos de la comunicación masiva a gran escala, que estimula en los individuos la sensación de que se participa de una experiencia común capaz de extenderse y contagiar los rincones más apartados de la tierra. La ciudad estalla en átomos disgregados donde se confunden los medios para proporcionar placer con los fines de control y represión sobre amplios sectores de la sociedad. Y es que en la ciudad resulta más difícil atrincherarse y emboscarse.

Las ciudades han sido reconocidas, numeradas y clasificadas de manera que se puedan evitar los conatos de conspiración. La ciudad tiene también sus pesadillas que asaltan en territorios insospechados y que hacen de muchos, sujetos doblegados a una racionalidad ajena a la voluntad individual.

La ciudad detritus

La ciudad como concepto se convierte en una mega - ciudad real. En la ciudad de hoy se pueden encontrar respuestas a lo que suele llamarse la crisis de los ideales ultra terrenos (10). La realidad posterior a la muerte aparece en el poema de José María Fonollosa, transformada en la ironía del gusano que se asoma por la cavidad de unos ojos. Esa vida pútrida más allá de la misma vida es la que heredan quienes constituyen la ciudad - banquete en que deviene el cadáver ya que otro es el orden que se instaura luego de la muerte. No se trata de la trascendencia donde se castiga, en que para consuelo mortal se constituye una continuidad entre el cuerpo y el espíritu.

... seres trabajando sin descanso

para destruir la forma, este volumen

que la gente conoce por mi nombre. (11) 

 

En Zeleste 15, del poeta Fonollosa, (12)  un ser anónimo del mundo moderno enuncia desde la sombra cada uno de los elementos que considera suyos. Aviones y coches, mujeres y palacios forman parte del hilo lingüístico que configura la dimensión de nuestros afectos. Es la palabra el sedimento invisible que nos agarra de manera cultural al orden de lo humano. Es la palabra el tejido que la araña elabora. Es la frágil palabra que se toma, se cambia y se deja.

Si a una sociedad inmóvil correspondían unas relaciones sociales de lealtad, servidumbre, palabra de amor y misericordia, lo que hoy resulta ser a nuestros ojos convenciones sociales aparecen expuestas y desacreditadas bajo la luz de lo simulado y de lo medial.

Pareciera difícil poder salir de las fronteras de la alienación, las cuales no vienen apenas por las calles de la ciudad sino que llegan desde la ciudad virtual de los medios masivos. La reducción de la calzada para el peatón, la segmentación de las áreas de esparcimiento social nos habla de un mecanismo que altera y muta las antiguas formas de contacto social heredadas del proyecto de estado - nación.

Carlos Rincón enuncia,

... la erosión del sentido de hogar - casa (ecoi home) como localidad geográfica específica con una atmósfera distinta y muestra la nostalgia como sentimiento de carencia de hogar - casa, producto psicológico de la modernización y del no - sentirse en - casa en la sociedad, consigo mismo y en el mundo moderno. (13)

 

La erosión del sentido del hogar resulta la forma de una experiencia común a millones de hombres y mujeres que desde la infancia se encuentran signados por un orden de cosas que en palabras de Marx desvanecen las antiguas estructuras de apego y estabilidad. Así la experiencia del nomadismo y del éxodo no hace algo distinto que replicar la realidad informacional signada por un volumen inmanejable de todo orden de mensajes, como por el flujo de vehículos y de mercancías. Si a una sociedad inmóvil correspondían unas relaciones sociales de lealtad, servidumbre, palabra de amor y misericordia, lo que hoy resulta ser a nuestros ojos convenciones sociales aparecen expuestas y desacreditadas bajo la luz de lo simulado y de lo medial. La ciudad es la no-ciudad, el desencuentro reemplaza a las antiguas maneras de encuentro.

La ciudad y el paseante

¿Podríamos hablar de una condición de paseante?. ¿A partir de la nominación de paseante entender buena parte de la literatura en sus diversos géneros: poesía, filosofía, narrativa como las crónicas de un itinerario por el espacio imaginativo de un autor? Los literatos han visto en el viaje la condición privilegiada y excelsa del escritor que decide vivir y construir su propio recorrido. Este viaje presenta en cada caso una geografía y unos límites. Cada autor selecciona su propio paisaje a partir de un misterioso y atractivo mecanismo que le sitúa en el entorno satisfactorio para su creación. Esta condición lleva implícitas variedad de experiencias como la extrema del dolor, en el sentido de que el viaje puede contener las representaciones de la propia autodestrucción.

El paseo es un ejercicio urbano que permite considerar la historia cotidiana de la ciudad a partir de los recorridos que a diario los habitantes y visitantes de una ciudad realizan. Se opta un vuelo por encima de la ciudad con unas alas que son las de la imaginación, focalizando la mirada desde arriba (el que tienen alas, quienes viven en los últimos pisos) o en la calle misma, de modo que tanto el transeúnte como el habitante puedan recoger y expresar las bondades de un espacio que es lugar nombrado tanto como casa o como punto de encuentro en el contexto de una ciudad que vive una situación de indiferencia o desconocimiento del fenómeno arquitectónico y que por consecuencia poco cuestiona la extinción o destrucción de espacios públicos al interior de la ciudad.

El paseo está escrito en la memoria, la memoria de otros paseos que se sustentan en la experiencia previa de la palabra escrita. Es desde allí, en el apriori de quien asume la ciudad como una suma de cuentos, de novelas y poemas que un lugar literario se hace lugar antropológico.

No se llega al lugar fundado por el hombre desposeídos de elementos culturales previas; todo el discurso idealista ofrece suficientes elementos para asumir que la recordación y las ideas innatas permiten que nos apropiemos de un espacio gracias al aliento de una película y que vivamos determinadas experiencias con la certeza de que somos personajes de ficción o que elaboramos una nueva versión de algún argumento. Se trata de una experiencia de lo transtextual que convierte la ciudad en un espacio sígnico. ¿Y cuales son esos espacios significativos de una ciudad?. Se trata de una serie de textos diversos que finalmente tienen de editor a quien los compone por medio de la lectura.

Algunos estudiosos de la ciudad escriben acerca de la muerte de esta. ¿Se trata de un cadáver del que sacamos los últimos beneficios como quien se apropia de la piel y del cabello para hacer cera? Esa misma corriente considera que el modelo cultural dominante aplasta los rescoldos de diferencia e individualidad. Una arquitectura homogénea, una voracidad privada sin límites, la obsesión por el número y la eficiencia convierten la ciudad en un lugar desastroso y de solo tránsito.

La ciudad se funda en el dominio de las apariencias...la ciudad, por encima de cualquier artificio reductor, es una ininterrumpida descomposición, un estallido constante de vísceras que palpitan (14)

 

Renglones antes se indicó que en la edad media se impuso la dicotomía teológica entre la ciudad de Dios y aquella de los hombres. La dicotomía pareció superada con el surgimiento de las ciudades burguesas, esplendorosas en su licencia para el placer y la investigación.

A su vez las ciudades coloniales de América extendieron al nuevo mundo las obsesiones europeas -especialmente la parte hispanohablante- en torno de la salvación de las almas y como consecuencia la eliminación de aquellos rescoldos de politeísmo o mentalidad árabe que los ideales caballerescos portugueses y españoles creyeron encontrar en las culturas sometidas.

La ciudad - rumba

Pero existe otra ciudad, la ciudad - rumba, la ciudad - noche que cambia de espacios y se extiende de un lugar a otro como quien cambia de vestido. En la ciudad - rumba sus usuarios tienen la ilusión de que la modelan de acuerdo a sus propios deseos. Los límites entre la voluntad particular de quien desea y busca el placer y la imagen colectiva de un espacio público que se nos manifiesta colonizado por los signos de la moda y del consumo se disuelven, se reducen cuando la música y la belleza de los cuerpos aparecen para estimular, bajo la complicidad de la noche, un nuevo orden de movimientos, maneras de caminar, de seducir, de apropiarse de la calle, de esperar o dialogar en una esquina, de exhibirse bajo la luz artificial de algún sitio.

Más allá del sometimiento cultural a una condición periférica, la ciudad - rumba constituye la manera de tejer un sistema de lazos periferia - mundo gracias a los signos del consumo.

Las zonas - rumba de la ciudad han sido en algunos casos, primero lugar de residencia y luego sector comercial, deviniendo así ruta de ocio, espacio de encuentro. Esta génesis que va del domicilio comercial al paseo lúdico habla de las huellas que sobre la ciudad se dejan, para luego dar paso a la invisibilidad, porque hacerse invisible es parte de lo que buscamos al vivir y recorrer una ciudad. Lo masivo y lo populoso en lo urbano, atestiguan una lógica por medio de la cual todo está de tránsito, a un olor sucede otro, a un cuerpo otro cuerpo, nos estamos acostumbrando a alguien cuando resultamos siendo víctimas del desapego, del abandono, del desamor. El desarraigo es una sensación que aflora en calles y apartamentos, y que se concreta en el no sentirse de ninguna parte.

Más allá del sometimiento cultural a una condición periférica, la ciudad - rumba constituye la manera de tejer un sistema de lazos periferia - mundo gracias a los signos del consumo.

Pero la ciudad - rumba es apenas un fragmento de esta, unas cuantas calles y andenes donde crece una vida de fiesta bajo la instigación del consumo. Lo que había sido el habitat de un grupo social medio y alto se vuelve en una urgencia por tener un ámbito público menos restrictivo que los clubes, de mayor espontaneidad y permisividad. Allí se evidencia el fenómeno del encuentro entre cultura y subcultura.

Si la cultura es un código biológico y una memoria que se hereda, acrecienta y transforma, una sub cultura es un análisis de un aspecto nuevo y parcial de la realidad. La sub cultura surge de la discontinuidad con la cultura dominante. Cuando una subcultura llega a un grado de conflicto inconciliable con la cultura dominante, se produce una contracultura: una guerra entre distintas concepciones de mundo. (...) Así la cultura se nutre de los aportes de las nuevas subculturas. Las olas que incorporan nuevos estilos de vida lo hacen por medio de la moda. De los hippies a los metaleros, pasando por los Punk y llegando a la nueva era, el tiempo con el que llegan las olas resulta cada vez más veloz (15 )

 

En la ciudad - rumba el tránsito de lo privado a lo público tiene en el uso del tiempo de ocio el principal vector de medida y en la juventud la presencia que refrenda a una sociedad que se legitima en los mitos de la belleza y del placer. La ciudad - rumba vive de los excedentes orientados hacia el disfrute. La discoteca y el centro comercial, la heladería y la taberna, el restaurante y los alucinógenos son las mediaciones que nutren al individuo de un combustible hedonista capaz de mantenerlo dispuesto a con tinuar su brega.

En estos lugares, en apariencia de paso, coinciden la representación de lo que se piensa un estilo de vida propio, elástico a los deseos de cada uno de quienes viven y participan activamente de estas imágenes. En la ciudad - rumba, lo joven no es un problema biológico sino una actitud social que se construye y se exhibe en la manera de caminar, en el vestir o en la adopción de las prótesis, las lipo - succiones y las lipo - esculturas y las transformaciones plásticas como maneras de acceder a ese ideario masificado de la juventud; esa medida temporal en la que hemos deseado permanecer y enquistarnos.

El transeúnte de la ciudad se coloca en la noche sus alas y se hace paseante. Su experiencia de la belleza deja de ser potestad del crítico y se apropia de quienes disfrutan los placeres sencillos del consumo. Es posible entonces zanjar la discusión sobre como lo global borra las huellas de la identidad local. Y es que la modernidad - mundo se materializa en el pret a porter que exhibe una muchacha, en la artesanía hindú, en los servicios informáticos y celulares que se ofrecen. Pero cada uno de estos usuarios transitan por unas calles donde todavía la gente se conoce y se saluda, donde los unos buscan en otros la señal donde se verifique que los signos de identidad y de demarcación territorial no han sido rotos.

En los espacios públicos se construyen dinámicas gracias a las cuales una oferta cultural variada, no centrada en unos pocos aspectos de la vida, aviva las competencias comunicativas y permite la democratización del espacio. El éxito comunicativo de ciertas zonas nocturnas de la ciudad podría entonces residir en que recoge a los transeúntes, paseantes y habitantes antes que expulsarlos, les brinda esperanzas de encuentro con los otros antes que de soledad. En ella, las categorías de modernidad y modernización de la ciudad alcanzan a tener un nivel de representación.

Es así que desde la música hasta la arquitectura estos fragmentos urbanos son una expresión vital, un atisbo espontáneo de lo que puede ser una parte de la ciudad que comunica, que educa, que tiene espacios para la creación.

NOTAS

(1) PLATÓN. Diálogos. Fedro o del amor. Méjico. Editorial Porrúa. 1984. p. 637

(2) PLATÓN. Op. cit. 1984.

(3) ROMERO, José Luís. La edad media. Fondo de cultura económico de Méjico. Bogotá. 1997. p.62

(4) GOMEZ VALDERRAMA, Pedro. Antología. Prosa y poesía. Serie la granada entreabierta. 75. Instituto Caro y Cuervo. Santafé de Bogotá. 1995. p. 228

(5) RAFAEL MAYA. Obra Crítica. Volumen uno. Ediciones del Banco de la República. 1982. p. 146

(6) HENRÍQUEZ UREÑA, Pedro. Las corrientes literarias en la América Hispánica. Fondo de Cultura Económica. Santafé de Bogotá. 1994. p. 130

(7) HENRIQUEZ UREÑA, Pedro. Op cit. p. 166

(8) BORGES, Jorge Luis. Elogio de la sombra. Emecé Editorial. Colección Piragua de poesía. Buenos Aires. 1969. p. 127.

(9) BENJAMIN Walter. Poesía y capitalismo. Iluminaciones III. Editorial Taurus. Madrid. 1987. p. 174

(10) La crisis de los ideales ultra - terreno tienen que ver con la conmoción en todos aquellos supuestos causales, inevitables, signados por la voluntad de algún ser interventor. Estas concepciones imperantes en la filosofía pero también en el léxico del pensamiento social se encuentra hoy sometida a dura crítica.

(11) FONOLLOSA, José María. Barcelona : ciudad del hombre. DVD. Poesía. Barcelona. 1996.

(12) FONOLLOSA. Op cit. p. 15

(13) RINCÓN Carlos. La simultaneidad de lo simultáneo. Ediciones Universidad Nacional. Santafé de Bogotá. p. 97-98

(14) GIMENO, Alberto. "Por una poética de la podredumbre urbana" Tomado de Las Artes. Suplemento cultural Diario del Otún. Pereira. Domingo 28 de julio de 1996.

(15) VERÓN OSPINA, Alberto Antonio. Ritos y transformaciones en los usos culturales de la ciudad. p. 70. Op cit.


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