Dominios de
arte en el escenario urbanoMargarita Calle Guerra
Mónica Londoño Villada
"La
obra de arte interactúa y dialoga
con la ciudad, porque la obra de arte
imagina la ciudad y la propone dentro
de un imaginario"
Armando
Silva(1)
Este texto se
acerca a una ciudad trazada por geometrías
complejas que dan al ciudadano la posibilidad de
construir espacios cotidianos. En esta atmósfera
se insertan la obras de arte que entran a
consolidar una instancia de lo público; el museo
se desplaza a las avenidas, a las calles, a los
umbrales de nuevas y variadas construcciones para
propiciar entonces una sensibilidad particular y
colectiva.
Estética
y contexto urbano
La ciudad
anclada en las geometrías que trazan las calles
y avenidas, configura los espacios de la
cotidianidad; en ellas el arte moldea sus propios
escenarios y despliega sus formas y contornos,
con la clarividencia de las nuevas estéticas,
adheridas a las cambiantes formas de
representación urbana, en un ejercicio que
permite al ciudadano articularse al mundo de las
relaciones, los deseos y las necesidades(2), para resurgir dentro de
un nuevo orden, de profundas connotaciones
sociales.
A través de
esta dinámica el objeto artístico se inserta en
el paisaje urbano afectando la realidad,
posibilitando la elaboración de variados
relatos, en una sucesión de alteraciones que
desbordan los modos de simbolizar y prefiguran
una suprarrealidad, donde las nuevas imágenes
discursivas, representan la huella de una
manifestación cultural.
A partir de
estas interacciones la ciudad misma configura
diferentes universos que se resemantizan en lo
proxémico, aduciendo en su expresión complejos
significados. En una visión panóptica(3) de los hechos sociales el
símbolo revitaliza las instancias de sentido y
el hombre se ve entonces, articulado a la
representación permanente de sus particulares
visiones de mundo, un juego en el que cada
individuo elabora su propio lenguaje estético
para nombrar las múltiples miradas de la
realidad.
El acceso al
símbolo en el panorama urbano, genera sucesivos
relatos en donde el sujeto domina, desde su
inconsciente, la trama de la colectividad, las
pulsaciones del deseo y el modelamiento de su
experiencia vital. Desde esta interiorización el
sujeto elabora un discurso, en cuyas afirmaciones
y ambigüedades, subyace tanto el acto creador
como la representación de una realidad hecha
lenguaje. Ahora bien, hay funciones sígnicas que
Lotman denominó funciones semiológicas, en cuya
dinámica se expresan la función estética, que
le corresponde por su naturaleza, y la función
simbólica, activada cuando el objetivismo que
está representando, asimila propiedades del
contexto social, las cuales transforman el uso y
generan consecuencias de acción.
La interacción
arte-ciudad adquiere connotaciones diversas en la
medida en que fusiona elementos creativos con
procesos sociales y naturales, sustentando el
postulado de Kandinsky(4) según el cual el arte no está
por fuera de la vida, ya que nace de un impulso
natural que posibilita el reencuentro de las
relaciones perdidas del hombre con la naturaleza,
por una consciencia interior de las relaciones
orgánicas del mundo y finalmente del cosmos.
Es así como la
obra de arte se constituye en una de las claves
para trascender la ritualidad de cada ciudadano,
en el vínculo que se construye en su devenir y
la facultad ilimitada de abarcar escenarios
sensibles, a través de los cuales divaga el
imaginario y resurge el hombre como principio
unificador de la naturaleza y la creación.
En el ámbito
urbano se conjugan la diversidad de expresiones
que transforman el evento creativo en una
posibilidad simbólica, dentro de un marco de
representación que no es unitario, sino
fragmentario(5), esbozando un panorama cultural
quebrado (collages, mosaicos y metáforas), antes
que de percepciones organizadas. Es en este
escenario donde el arte captura entre sus
dimensiones las formas y atributos que propone,
abrigando un sentido, en donde cada cosa tiene su
razón de ser y posibilita la libre
interpretación.
El proceso de
deconstrucción, convoca al hombre para que a
través de la conjugación de un deseo interno y
la acción del ejercicio perceptivo, propicie el
surgimiento de nuevas realidades, las condiciones
de relación artista-contexto y obra-contexto, ya
sea que esta relación se dé como una actividad
puramente espiritual, o bien coparticipe del
interés por reconstruir nuevas dimensiones
textuales en el campo antropológico; ámbito en
cuyo espacio el arte público se adhiere a la
complejidad urbana y da paso a una nueva
concepción espacio-temporal, a partir del cual
la obra de arte pasa a ser objeto de la vivencia
y expresión de los sentidos citadinos.
La obra
de arte público revitaliza el lugar que
ocupa, le da un nuevo sentido al recorrido,
genera múltiples miradas y convoca en la
ciudad un punto más de referencia.
Espacios
en construcción
"Cubrimos
el universo con nuestros sueños vividos...
Totalizados
sobre el modo de nuestro espacio
interior"
G.
Bachelard (6)
Cada lugar
configura un hacer particular en la medida en que
el hombre habita sus espacios interiores. Allí
el arte confronta la forma con la acción:
despliega en imágenes el tránsito por la ciudad
que deviene sobre los bordes de la calle. Las
geometrías tridimensionales que seducen la
sensibilidad del espectador, se apoderan de los
jardines, las esquinas y las plazas; la obra de
arte revitaliza el lugar que ocupa, le da un
nuevo sentido al recorrido, genera múltiples
miradas y convoca en la ciudad un punto más de
referencia.
En el entramado
de miradas, la ciudad cobra sentido y la
arquitectura complementa esta sintaxis donde la
estética se ubica en un lugar predominante: los
aleros, las puertas y ventanas, los geométricos
andenes, los redondos parques, los puentes que se
interponen entre el arriba y el abajo, conjuntos
residenciales, imponentes edificios y esculturas
diseminadas por la totalidad del paisaje urbano,
configuran un juego de luces y sombras, de formas
y volúmenes. La ciudad se convierte en conjunto
de figuraciones e imágenes: una gran dama de
bronce aprisionada en un abrazo de cemento mira
eternamente su cuerpo en los espejos que simulan
las ventanas y, la vida, de diez metros de alto,
se arrodilla ante la oscura arquitectura del
poder.
Cada obra
delimita un territorio particularmente
significado por el trasfondo artístico: dice que
es forma y su aparición, en el espacio urbano,
alcanza multiplicidad de contenidos, en
tránsitos, en sitios públicos y de interacción
social. Los espacios que ocupan las obras de arte
cobran visibilidad y sus localizaciones en el
croquis urbano trazan una red extendida en el
ambiente de la ciudad. Cada punto de referencia,
configura la dinámica citadina, revitaliza su
contemporaneidad y da nombre propio a los
encuentros. Cada espacio es una creación
temporal, una infinitud sensitiva, aprehensible
sólo en las formas que delinean la arquitectura
y el arte.
Para Leibnitz el
espacio representa el orden de las coexistencias
y la forma de organización de lo coexistente, lo
define en relación con el tiempo, entendido
éste como el orden de las existencias sucesivas,
es decir, la forma de los sucesivo. Desde este
enfoque, el espacio varía constantemente, de él
dependen, según G. Worringer (7) las mutaciones que sufren la
arquitectura, el arte y en general las diversas
formas de la cultura, como una manera de fusionar
en el devenir histórico las evidencias del
quehacer estético. El espacio entonces, no es
permanente, es modificado en la acción constante
del ser por autorrepresentarse, en palabras de
Carlo Aymonino (8), "marca" un
tiempo, más allá de las necesidades, motivos e
impulsos a los cuales obedece el hombre en la
construcción de sus propios espacios
habitacionales.
Toda obra de
arte se estructura necesariamente en la
dimensión de un espacio; éste la interviene, la
transforma, la define y la postula para cumplir
una función comunicativa, porque
"toda
espacialidad real es creada por la
experiencia (
) primero para la
sensibilidad, sobre todo para la vista y
luego para el pensamiento"(9),
derivando un
proceso donde el objeto artístico se carga de
sentido, trasciende el nivel del mensaje y
exterioriza la capacidad del creador para
"influir
en los significados y las emociones
experimentadas por su público mediante
manipulaciones en los medios al servicio de
su talento" (10).
Es así como la
obra de arte ubicada en el contexto urbano, tiene
valor en sí misma como evento comunicativo, en
la medida en que comporta y prefigura situaciones
donde los procesos de interacción son
inmanentes.
Cada ciudad, en
cuanto construcción inacabada, se consolida en
sí misma como problema estético en la medida en
que propicia diversas formas de expresión, bien
sea a través de los mass media, de la
escenificación urbana, o del espacio y el arte
público, condiciones que hacen posible el
dominio de la realidad como experiencia
consciente y permiten la transformación del
tejido de la urbe en "el espacio de la
comunidad" (11): el gran contexto donde tienen
lugar las transformaciones de la vida moderna y
donde se gestan las experiencias sensibles de los
hombres, como hechos históricos y sociales.
La obra en
circulación
En los procesos
de integración social que pueden establecer los
sujetos en el discurrir de su vida cotidiana, se
formulan las esferas de lo público, aquello que
en palabras de Fabio Velásquez(12)"es básicamente un
ámbito de encuentros y
confrontación
", y lo privado,
construido por un hacer que expresa la existencia
autónoma de un ser ciudadano.
Si se ubica la
obra de arte en este ámbito, más allá de las
connotaciones de monumento histórico o exigencia
de leyes urbanísticas, tanto lo público como lo
privado adquieren niveles de sentido que
desbordan las ya complejas representaciones
simbólicas de la realidad urbana.
Para que una
obra de arte sea pública, es necesario que
cumpla, por lo menos, dos condiciones: en primer
lugar, su circulación debe estar inscrita en
escenarios de cobertura ciudadana, para que sea
reconocida socialmente la trascendencia de la
sensibilidad individual del artista. El segundo
requisito se refiere a las condiciones de
circulación de la obra, en términos de su eficacia
simbólica(13), es decir, en la manera de
activar mecanismos de representación cultural,
en cuyos límites se autodefine y redimensiona
una realidad estética, y se revela un plano de
aceptabilidad pública.
El valor
público de una obra se determina en la medida en
que ésta se muestre en los escenarios de
reconocimiento colectivo, para que genere
expresión y para que actúe independiente de la
forma, sobre cuya base fue concebida. Esta
visión permite articular temáticas de intereses
compartidos por los diferentes actores, a través
de las miradas del escenario público y que, en
un momento del devenir urbano, pasan a ser
relievantes en el contexto social, en virtud de
su tela significativa y múltiple.
Parafraseando a
Hegel, lo público puede interpretarse como el
reflejo de las verdaderas tendencias y
necesidades de la realidad, como entendimiento
humano sano, es decir, configura un tejido de
representaciones colectivas que dan sentido a la
existencia del arte público, inscrito en la
ciudad.
Los paisajes
urbanos se articulan en imágenes moldeadas por
sus habitantes, en representaciones de la vida
que cohesionadas por las redes, tránsitos y
visiones, asimilan culturalmente estos
referentes. La obra de arte es legitimada en el
espacio público, por la interiorización de los
ámbitos de encuentro y la confrontación entre
lo que se muestra y lo que se oculta tras las
evocaciones de una visión estética.
Dinámica
del arte público
En la dimensión
temporal, el arte público ha sido objeto de
continuos procesos de deconstrucción, los cuales
soportan el síntoma mismo de la "disolución
de la imagen finisecular "(14) del monumento,
erigido tradicionalmente para evocar o conmemorar
un acontecimiento, bien sea simbólica o
alegóricamente, actualizando la imagen de una
historia que se escapa entre las fisuras del
tiempo, pero que gracias al talento del creativo
y al experimento de la técnica, se condensan en
representación perenne.
Cada obra pública testimonia un hecho que
permanece válido gracias a la sublimación de
valores culturales y a las dinámicas de
reconstrucción de los espacios socialmente
activos, cuyos relatos simbólicos mantienen
renovado el repertorio de sentidos a través de
los cuales la obra de arte se ubica y trasciende
como arquetipo de la humanidad, señalando las
huellas y vestigios de una herencia enraizada en
la memoria colectiva. Según A. Silva(15) "el uso social de
un espacio marca los bordes dentro de los cuales
los usuarios familiarizados se
autorreconocen", y el arte público es
clave en este proceso.
Como imperativo
de la modernidad el arte público adopta
connotaciones que le son esenciales para cumplir
su funcion de emplazamiento. El monumento
tradicional se desplaza en su valor, se diluye en
su forma pero trasciende en contenido,
potenciando una representación que deja de ser
etérea para convertirse en experiencia vívida,
capaz de acogerse a las mutaciones de la
sociedad.
Esta nueva condición del arte público en tanto
evanescencia y ensimismamiento, entra a
caracterizar la producción artística desde
finales del siglo XIX, pero encuentra especial
resonancia con Marcel Duchamp (1920), quien
confabulado con los objetos técnicos, se libera
del volumen de la masa y propone un trabajo
basado en el engranaje de la máquina y la
recuperación del objeto banal, para elevarlo a
la categoría de objeto artístico. Condición
que sustenta el proyecto vanguardista del
arte y potencia las actuales tendencias de la
plástica en nuestras ciudades.
Cada
obra pública testimonia un hecho que
permanece válido gracias a la sublimación
de valores culturales y a las dinámicas de
reconstrucción de los espacios socialmente
activos.
Según Xibille(16), con Duchamp se inaugura la modernidad
democrática en el arte, de tal suerte que
cada objeto de la vida cotidiana es susceptible
de ser experimentado como placer estético cuando
es elegido por el artista y postulado dentro de
un conjunto expresivo que, en primera instancia,
absorbe su sentido utilitario y le permite
resurgir bajo un nuevo rótulo y una nueva
opción de pensamiento.
En este sentido
el arte se disuelve en la vida, cautivando la
voluntad del artista, para que las obras
representen lo que realmente se juega en ellas:
la paradoja de la existencia. Se plantea entonces
una apertura en donde el ritmo se circunscribe a
la disolución de la forma, la "desfiguración",
lo visible y lo invisible como soporte del vacío
espacio-temporal de una contemporanidad ambigüa
y reconociblemente efímera, en donde lo inerte
cobra vida en la representación de sus naturales
mutaciones y lo vivo se hace partícipe sólo en
la inminencia de su muerte. En una alusión a
Rosalind Krauss, Xibille denomina ésta como la "condición
negativa del monumento" y al respecto
hace la siguiente caracterización:
1- falta
de sitio o carencia de hogar y una pérdida
absoluta del lugar;
2-
iniciar la etapa que caracterizará la
modernidad escultórica monumental como
abstracción, como puro señalador;
3- ser un
"objeto" descontextualizado y
funcionalmente desplazado;
4-
convertirse en un "conjunto" o
elemento autorreferencial que representa
primordialmente a sus propios materiales o el
proceso de su producción (ensimismamiento);
5- la
fetichización de la base: la escultura se
dirige hacia abajo para absorber el pedestal
en sí mismo y lejos de su lugar
verdadero"(17)
Estos
planteamientos y el mismo manifiesto realista*
publicado en Moscú (1920), por los hermanos
escultores Naum Gabo y Anton Pesvner, nombran las
dinámicas de la modernidad en el arte público y
amplían la óptica de la deconstrucción del
arte, en tanto reconfiguración, para que éste
cumpla con su llamado de
"acompañar
al hombre allá donde transcurre y actúa su
vida infatigable: en la mesa de trabajo, en
la oficina, en la labor, en el descanso y en
el ocio; en los días laborales y en los
festivos, en la casa y en la carretera, para
que la llama de la vida no se apague en el
hombre"(18)
Las calles y las
plazas se recuperan para la expresión y la
ciudad sucumbe, se transforma en su fisonomía
desencadenando lo que Armando Silva(19) llama el efecto mariposa (efecto
Buterfly), una reacción en cadena donde la obra
artística se abre en multiplicidad de
fragmentos, yuxtapuestos o enfrentados, e
interactúa con las contradicciones y
convergencias de una colectividad ávida de
sensaciones, de pulsaciones, de vacíos y
silencios. Además del sentido prístino de las
obras, cuentan sus virtualidades significativas,
contextuales y marginales, para entender la
lógica de la intercomunicación entre el
ciudadano, el objeto artístico y el espacio en
el cual cohabitan.
Recomposición
de sentidos
La asunción de
esta época como novedad móvil tiene
especial connotación en la forma como el arte da
cabida a múltiples tendencias donde la
arquitectura misma se perfila como el resultado
de "actos expresivos individuales" (20), los cuales generan tensiones
espaciales de gran significación estética.
El arte público
convoca a la creación de nuevas significaciones
que desbordan el sentido de la fisonomía urbana;
el ciudadano recrea en su quehacer cotidiano,
evocaciones del espacio que asume como propio:
"La
cosa que se convierte en signo estético le
descubre al hombre la relación entre él
mismo y la realidad"(21).
La formulación
de un objeto en términos estéticos, atrae
diferentes miradas sobre una realidad que recobra
un conjunto de proyecciones imaginarias,
subyacentes en las formas, en las moles que se
levantan en medio de la confusión, en el ir y
venir de los habitantes, que abordan en su
tránsito una ciudad hecha para todos, pero que
en su dinámica cada uno la construye.
En el espacio
público los escenarios del arte se modifican y
los procesos de interpretación de la obra
cambian, se sintonizan con la movilidad de las
nuevas sensibilidades, porque
"lo
público está asociado a una suerte de luz
que hace resaltar los objetos, que transforma
lo incierto y lo oscuro, inclusive los
pensamientos de la mente, las pasiones del
corazón y las delicias de los sentidos. Todo
lo que conforma los encantos de la
intimidad." (22)
Cada obra cuando
se hace pública, asume en su esencia un conjunto
de valores que la hacen partícipe de una
comunidad culturalmente activa. El contacto de
diversas colectividades con el objeto artístico,
genera un sistema elevado de valores que se
asimilan y por ende, modifican su que hacer
axiológico.
Esta afectación
en el espacio de la cotidianidad urbana, dispara
el deleite, las convergencias y contradicciones,
y el individuo rescata de su propio esquema
valorativo, lo que su sensibilidad le permite
desvelar de la propuesta plástica. En esta
simbiosis el arte cobra un lugar preponderante en
las acciones de la vida, un estado que permite la
formulación del "valor estético"
que, en palabras de Mukarovsky, se configura en
un nivel axiológico perteneciente a los
fenómenos sociales. Lo estético entonces,
"entra
en relación estrecha con los valores
extraestéticos contenidos en la obra y
mediante ellos con el sistema de valores que
determinan la práctica de la vida de la
colectividad receptora de la obra" (23).
Las imágenes de
la ciudad se movilizan por el flujo de los
objetos que la habitan, en tanto que el ciudadano
apropia los valores dispersos en ella, fusiona
las cualidades y texturas que trazan los
vínculos formales y expresivos de las obras y,
en este proceso, recrea las metáforas de la
contemporaneidad(24).
En nuestras
ciudades el arte público revitaliza los
recorridos, extrapola su sentido de ornamento
urbano y se inserta en los planos de la
arquitectura cotidiana para transformar el
escenario de la comunidad. La obra se pone en
contacto con el mundo y, aunque prolonga la
nostalgia del museo, recupera el valor de una
obra itinerante, que cobra en la intemperie,
matices que evidencian el transcurso del tiempo;
una obra que llama al ciudadano a acercarse, a
palpar, a recrear con su hacer y decir el objeto
estético.
En el escenario urbano, el arte enraizado en lo
público puede describir el croquis de una ciudad
dinamizada por múltiples representaciones
simbólicas en donde el ciudadano crea universos
de sentido y se reconoce como copartícipe de una
reflexión antropológica.
NOTAS
(1) Aparte de la
entrevista realizada al semiólogo Armando Silva
Téllez, en el marco del seminario Sensibilidad
Contemporánea. Universidad Tecnológica de
Pereira, mayo de 1999.
(2) Expresión
de Germán Muñoz, consignada en la conferencia Lo
simbólico imaginario en objetos culturales
urbanos. Bogotá: Universidad Javeriana.
Simposio Nacional: Ciudad y Comunicación,
Octubre 27 - 29 de 1993.
(3) La figura
del panóptico de Foulcaut se asume en este caso
para explicitar como el ciudadano es capturado
por las miradas de los otros. En este
reconocimiento público, el individuo se mira a
sí mismo revitalizando desde sus motivaciones
íntimas, los actos que le permiten sumarse a la
colectividad.
(4) KANDINSKY,
Wassily. Cursos de la Bahaus. España:
Alianza Editorial, 1991, p. 157.
(5) MARCHAN FIZ,
Simón. La estética en la cultura moderna.
España: Gustavo Gili, 1982, p. 322. El autor
hace un acercamiento al panorama actual de las
reflexiones estéticas, partiendo de la
disolución de las categorías de percepción
sistemáticas y organizadas, para configurar un
panorama donde se rinde culto al fragmento y se
asume el arte como una de nuestra necesidades
radicales, en un orden que aflora difusamente
en los más variados ámbitos de nuestra
existencia.
(6) BACHELARD,
Gastón. La poética del espacio. Bogotá:
Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 42.
(7) WORRINGER,
Guillermo. Citado en el documento Concepto del
espacio en la arquitectura. Lección 2. Texto
editado como conferencia. UNAM, México.
(8) AYMONINO,
Carlo. El significado de las ciudades.
España: Hermann Blume, 1983, p. 26
(9) Noción
de espacio y tiempo. Lección 1. Texto
editado como conferencia. UNAM, México.
(10) Tucker W. T
. Un comentario a los experimentos de
comunicación estética. En: Psicología y
artes visuales. Barcelona: Gustavo Gili,
1969. p. 299.
(11) PERGOLIS,
Juan Carlos. Bogotá fragmentada. Tercer
Mundo Editores, Universidad Piloto de Colombia,
1998, p. 8
(12) VELASQUEZ,
Fabio. Ciudad y participación. Cali:
Universidad del Valle, 1997, p. 96.
(13) Según
Lèvi-Strauss, toda obra de arte es poseedora de eficacia
simbólica en la medida en que posee una
amplia capacidad de hacer de los usuarios
hacedores de acciones concretas y reales. Para el
semiólogo Armando Silva, la eficacia
simbólica está condicionada a la eficiencia
y eficacia social, o sea que una obra de arte es
portadora de ésta en la medida en que comporte
contenidos estéticos y simbólicos que llamen a
una transformación, a una práctica, a un uso.
(14) XIBILLE M.,
Jaime. La situación postmoderna del arte
urbano. Medellín Fondo Editorial Universidad
Pontificia Bolivariana, 1995, p. 194.
(15) SILVA,
Armando. Imaginarios Urbanos, Op. cit. p.
53.
(16) XIBILLE M.,
Jaime. Op. cit. p. 196.
(17) Ibid
p. 195
* Es necesario
aclarar que el Manifiesto realista, por
antonomasia, hace referencia al constructivismo
en el arte.
(18) Aparte del Manifiesto
realista, en donde se plantea la
reconstrucción del arte sobre unas bases
completamente nuevas. Enciclopedia El Arte del
Siglo XX - 1900 - 1949. Barcelona: Círculo
de Lectores, p. 255.
(19) Concepto
abordado por Armando Silva Téllez en la
conferencia Arte y Arte Público, en el
marco del Seminario Sensibilidad Contemporánea.
Universidad Tecnológica de Pereira, mayo de
1999.
(20) PERGOLIS,
Juan Carlos. Op. cit. p. 8
(21) MUKAROVSKY,
Jan. Escritos de estética y semiótica del
arte. España: Gustavo Gili, 1975. p.148.
(22) REY,
Germán. Puertas y umbrales de la ciudad.
Bogotá: Universidad Javeriana. Simposio Nacional
Ciudad y Comunicación, Octubre 27-29, 1993.
(23) Mukarovsky,
Jan. Op. cit. p. 101.
(24) García
Moreno, Beatriz. En búsqueda de la poética
de la ciudad: la ciudad como obra de arte en
permanente construcción. En: Pensar la
ciudad. Compilación de Fabio Giraldo y
Fernando Viviescas. Bogotá: Tercer Mundo
Editores, 1996, p. 176. La autora hace una
interesante reflexión al respecto, precisando
como "se parte de creer en la posibilidad
del humano de descubrir, en la medida en que
habita, las diferentes dimensiones y horizontes
que configuran su existencia y complejidad, la
posibilidad de crear una ciudad en la cual se
reconozca y envuelva".
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